Puebliando ando

Por: Samuel Arango
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salento, quindío, people

Puebliar es un privilegio que solo se les permite a muy pocos. Vendedores, transportadores, comerciantes… Cuando es por obligación, casi no se disfruta. Puebliar por placer y con amigos es una excepción y un privilegio de muy pocos en el mundo, sí, ¡en el mundo!

Puebliar significa embriagarse de paisajes, llenarse de conocimientos, vivir experiencias irrepetibles, conocer personas que nunca vas a volver a ver, pero que siempre has de recordar. Cuando uno pueblea aprende lo que jamás va a lograr en un aula. Puebliar es sentir frío y calor, brisas y sofocos, risas y preocupaciones que pasan pronto. Es esperar y correr, sudar y tiritar. Viajar es llenar de estética el alma y de saberes el seso. Puebliar es adentrarse en los caminos de la geografía y en los vericuetos de los hombres. Es conocer la historia, la geografía, la culinaria, las culturas, los cuentos. 

Cuando uno pueblea, aprende a distinguir los olores del guano en la Amazonía, de la sal en la Guajira, de la guayaba en Barbosa y Vélez, de la boñiga en los Llanos, de los mariscos entre los manglares de Tumaco y de cebolla en la laguna de Tota, en Boyacá. Es aspirar con fruición los aromas ignotos de los guadales en el Quindío. Es percibir el olor de la madera y los bejucos en Urabá. Puebliar es tocar las aguas tibias del Caribe, la arena brusca del Cabo de la Vela y la lana virgen de Boyacá. Es escuchar el grito alegre y penetrante de los monos chillones, el viento huracanado y silvador del desierto, los pericos multicolores de Leticia, el grito profundo de los búhos y las lechuzas. Es oír la serenata perenne que ofrece el silencio de los nevados y los picos retadores.

Puebliar es distinguir los colores chillones y festivos del litoral, o los serenos y serios de las alturas. 

Puebliar en Antioquia es meterse de lleno bajo la ruana de las arboledas, de los caminos de herradura. Es seguir el paso de las mulas en los barrizales que con su chuc, chuc, chuc, andan al paso de la experiencia profunda. En Antioquia se reúnen en alegre algarabía los tiples, las maracas, las flautas y los tambores. En Antioquia se sube, se baja, se resbala, se espera, se asientan todas las experiencias posibles. Los ojos se embriagan de belleza, de sueños y de fantasías.

Y no hemos tocado a la gente. Cuando se caminan las sendas de Antioquia se topa uno con toda la gente buena que en el mundo existe. Desde el tradicional y querido bobo del pueblo, hasta la matrona caderona que se cansó de cambiar pañales y la chapolera que canta sus pesares sin sentir vergüenza. Niños cacheticolorados, embarrados. Jóvenes de mirada esperanzada y ganosa. Muchachas que apenas explotan a la vida detrás de unos ojos ensoñadores y enigmáticos. Trabajadores que le meten el hombro al presente mientras miran el futuro que se repite sin contemplaciones. Fondas, caminos, travesías, monumentos a curas fundadores.

En todos los caminos aparecen, como por milagro, los cristos y las vírgenes. Una religiosidad entre profunda y supersticiosa, pero convencida. Devociones a uno u otro santo. Advocaciones a veces absurdas, pero siempre significativas.

Y si hablamos de comida, el asombro nos invade. Las mejores morcillas de Envigado, los inigualables chorizos de Santa Rosa de Osos, los pandequesos de Cuibá, los frisoles de Liborina, los panderos de La Pintada, el blanqueado de Girardota. Comida a montones con arepas de cayana, de pelao, redondas y planchas. 

Puebliar es, pues, una experiencia inolvidable, digna de reyes y que ojalá no sea solo de amigos pensionados que entienden que ahora sí pueden disfrutar la vida, porque puebliar es vida.

El secador solar de los campesinos, hace parte del hermoso paisaje caminero

El buen puebliar exige ciertas características que no es fácil que se den al tiempo. pero afortunadamente en este grupo de puebliadores se dan. No les interesa ni el licor ni el cigarrillo, casi todo les gusta, no ponen problemas por todo, son buenos conversadores, discuten ‒pero no pelean‒, se respetan y admiran entre sí, saben hablar y saben escuchar, tienen muy buen humor, son buenos comelones; pocos, pero madrugadores y muy puntuales. Planean bien los viajes. 

Al mismo tiempo que comparten un modo de vivir, cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas. Uno planea la gira con horas, segundos, distancias, actividades. Otro conoce el departamento de Antioquia al dedillo, sabe por dónde se va, por dónde se regresa, qué hay para conocer, de quién son las tierras, quién hizo el puente sobre cada quebrada; le encanta conducir, especialmente por carreteras destapadas e inmundas. Otro es parco y solo habla cuando los demás terminan, el que habla de último, habla mejor, escribe bien y olvida el bastón cada que puede. Otro es experto en culinaria tradicional y típica, distingue entre el sabor de un chorizo santarrosano y otro de Santa Fe, lleva bien las cuentas de la “vaca” a la que todos aportan, sin que les cobren, pide rebaja hasta en los peajes, sabe de ganado y conoce los animales mejor que a los políticos, Otra es la mamá, pendiente de que no vayan a dejarla y de que todos estén bien; aconseja, mima y concluye al final de cada tema. Otro es alegre y chistoso, aunque lo caracterizan los chistes flojos, disfruta el paisaje, la compañía, las comidas, la gente de los pueblos y hasta los bobos de la plaza principal. Otro es médico y pronostica el futuro corporal de los paseantes, sabio y generoso.

En fin, ¡pasear con buenos amigos y compañeros es un placer casi sensual!

Lo mejor del grupo es su capacidad de gozar, de extasiarse, de admirar, de emocionarse ante el espectáculo glorioso de la naturaleza que se detecta en cada animal, en cada planta, en las vegas y los bosques, en los ríos, quebradas y saltos, en los guaduales y los yarumos, en las plantas como las orquídeas y las semillas como el ojo de venado. Este grupo de paseadores es único e irrepetible. Algunas veces viajan amigos invitados, si hay puesto en el único vehículo, aunque siempre caben en el corazón.

Una de las delicias de las puebliadas es, sin duda, encontrar cantidades de detalles que se habían olvidado o que apenas se conocen: detalles de comida, de caminos, de personas, de acontecimientos. No es posible hablar de una vez de todo lo que nos hemos topado puebliando, pero por ahora van algunos ejemplos de lo que hemos visto y disfrutado: en una palabra, vivido.

En comidas recordamos en algún pueblo la “sopa de cura de vereda” ‒una de las más deliciosas y típicas de los paisas‒, que aún se ve, pero que por desgracia escasea. Es la sopa de arroz con carne molida, tajada de plátano maduro, huevo frito blandito y culantro. Otra sopa como para dioses es la sopa de guineo, que no le gusta mucho a uno de nuestros paseadores, no entiendo por qué. También va con culantro ‒al culantro ahora le dicen cilantro porque las damas devotas de los pies del divino rostro, escrupulosas ellas, lo pidieron‒. Ni qué decir del sancocho trifásico que nos mira desde el fondo de la olla de barro con unos enormes ojos de manteca. Carne de res (morrillo), costilla de cerdo y rabadilla de gallina. Le agregamos las increíbles y nunca bien ponderadas papas rellenas que saben a gloria. Los enamorados de Gloria entienden. O los chorizos “no me olvides” y los pandequesos de Santa Rosa. O los tamales de Mira en Santa Fe de Antioquia. O la aguapanela con quesito de Don Matías.

Disfrutamos de la vitamina Ch, prohibida por los médicos, pero recomendada por nosotros: chicharrón, chorizo, chinchurria, para no hablar del rollo rojo de tienda que vuelve loco a otro de nuestros compañeros de viaje. También se encuentra el tradicional fiambre de paseos, envueltos en hoja de biao o de plátano, con huevo duro, tajada de maduro, carne dura, arroz, papa cocida, arepa y aguacate.

En las tiendas de abarrotes de todas las plazas encontramos los tradicionales sombreros aguadeños, el mentolín ‒que sirve para todo‒ o el Vick Vaporub que alivia las picaduras y que descubrimos que si se unta en el cuerpo o se deja abierto en la mesa de noche, aleja los malditos zancudos. Aprovechamos para maldecir a Noé que echó una pareja de ellos en el Arca, antes del diluvio. También se ven las herraduras de todos los tamaños, las enjalmas, las zamarras, las alforjas ‒madres del carriel‒, el jabón de tierra, sal Glauber y el horroroso hígado de bacalao que les daban a todos los hijos de la familia de mi novia adolescente, cuando terminaban de almorzar y que fui incapaz de tolerar. 

Uno de los aspectos que más sobresalen en las carreteras son los objetos religiosos. Van desde las cruces con el nombre del finado, hasta las grutas de la Virgen adornadas con farolas de los camiones. Vírgenes pintadas con colores chillones como el azul godo, el verde cogollo y el rojo bermellón. Incluso con labios pintados. Son miles las estatuas de la Virgen que cuidan el camino, así les falte la cabeza, o una mano, o el Niño Jesús. Lo más curioso es que más del 90 % de estas vírgenes son zurdas, pues cargan el Niño en su mano izquierda. Nadie sabe si María, la madre de Jesús, realmente era zurda.

En los encuentros religiosos del camino conocimos la historia del papa de Barbosa y del pregonero de Copacabana, la meseta de las brujas en Ciudad Bolívar y la loma del amor en Dabeiba, en cuya cima las parejas se unen en sexual abrazo y ruedan pegados, por la ladera. Acá nos acordamos y reímos con sana irreverencia de una tradicional copla llanera que reza: “Cuándo será que taremos, /como los pies del Señor, / uno encimita del otro/ y un clavito entre los dos”.

Aún nos reímos de la anécdota de uno de nuestros contertulios de viaje que le preguntó a un viejo sacristán de pueblo el nombre de los santos que rodeaban la nave central de la Iglesia, para terminar preguntando: y de todos estos santos, ¿el único vivo sos vos?

Abundan en las iglesias los Señores Caídos, santa Laura, el padre Marianito, las vírgenes en todas sus advocaciones, san Martín de Porres, san Francisco, el Corazón de Jesús, pero sin duda sobresale la copia fiel, en mármol y de autor italiano, de la Pietá de Miguel Angel que se encuentra en el templo de San Pedro de Los Milagros. Cien veces he ido a verla y espero ir otras cien veces.

El camino continúa. Iremos comentando las sorpresas de los caminos y de los pueblos y los paisajes que se nos meten por los ojos y nos alimentan el alma.

Samuel Arango M.

Mayo, 2021

3 Comentarios

Carlos Posada 12 mayo, 2021 - 8:44 am

Qué delicia de plan! Ojalá pudiera yo clasificar para uno de esos programas tan envidiables. Antioquia, y toda Colombia es un tesoro de paisajes, de gentes y de naturaleza que para nuestra alma y corazón, no se compara con nada. Gracias José Samuel por tan deliciosa crónica.

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Hernando Bernal A. 12 mayo, 2021 - 10:30 am

Samuel: escribes con un gusto y un placer, de tal calidad, que lo tuyo merece ser parte de la gran literatura del país. Saludos

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John Arbeláez 12 mayo, 2021 - 2:20 pm

Como siempre, las crónicas de Samuel son un deleite para la imaginación y la fantasía.

Mil gracias por tan estupenda crónica de tus puebliadas, seguro con los Nostrates…

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