Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos esta tarde en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores los videos de estas muestras especiales para cada uno.
Pilar Balcázar
Pilar Balcázar
Casada con Darío Gamboa desde 1991, y viviendo ahora en Alicante, España. Padres de Santiago y Camilo residentes hoy en New York. Odontóloga de profesión y artista de corazón. Promueve la buena nutrición y la gratitud como estilos de vida. Estudiosa constante del camino de la evolución diaria y cree que lo mejor está por llegar. Disfruta de la naturaleza, los amigos, el sol, la luna, el yoga y de respirar profundo.
Llegó el día. Iba para Nueva York con Anamaría, mi ahijada de 16 años. Lo planeamos desde muchos meses, años atrás y, como todo, se dio en el momento que tenía que ser. Hicimos un estudio de lo que queríamos ver y hacer, y diseñamos nuestros días dejándolos fluir con nuestra energía física y “álmica”.
Nos encontramos con un cielo pintado de azul, un clima ideal, un aire fresco y una actitud neoyorquina que se nos contagió hasta la médula, dándonos ese sabor de enamoramiento y alegría permanente.

La vivencia de caminar con una persona local hace una gran diferencia. Observamos desde diferentes puntos la grandiosa Manhattan, sus rascacielos y el sol que se escabullía entre líneas, dejándonos como rayos de fuego sagrado, donde mi corazón palpitó acelerado y agradecido. Llené mi alma de naturaleza y de amor infinito. Las conversaciones profundas reinaron acostados mirando hacia cielo, apoyados en las barrigas unos con otros.
Fuimos a los parques en Brooklyn, como el Socrates Sculpture Park, para encontrarnos con un “sólo sé que nada sé”, porque no había más que una hermosa vista a la isla Roosevelt Island, situada en el lado del East River ‒la rama oriental del rio Hudson‒, y a parques como Rayner Park y Gantry Plaza State Park, que abrieron los brazos para recibirnos y darnos su verdor, su frescura, su olor, su gente y su música que ondeaba al son de la tarde, disfrutando su estilo. Aquí está un letrero de Pepsi-Cola para que los turistas nos tomemos la foto. Nuestro primer día había cumplido su objetivo. El mejor abrebocas para pensar que “quieres vivir en NY cuando tengas 20 años”.
Las caminatas de más de 15.000 pasos diarios nos permitieron un baño de conocimiento de lo esencial de Nueva York. Tomamos el tren “J” en la estación de Halsey, camino a Little Island, un parque relativamente nuevo, donde se unen la naturaleza y el arte con caminos curvos y ondulantes, y escaleras que te llevan a la cima para apreciar la hermosa ciudad sobre el río Hudson. Muchas plantas y verdor y una programación muy variada: teatro y música para todo tipo de gente. Realmente mucha creatividad humana. Seguimos caminando por el high line desde la calle 13 hasta la 36, para observar allí otra locura arquitectónica: The Vessel, una escultura en forma de escalera que de lejos ‒para mí era otro edificio más‒, que se sumaba a todo lo que mi ojo pudo admirar viendo cada rascacielos mientras disfrutábamos el high line.

Dentro de nuestra agenda estaba planeado ir a almorzar a Chinatown. Allí disfrutamos sabores diferentes y muy placenteros al paladar; caminamos y sentimos el pueblo y la cultura asiática. Terminamos la tarde en Soho, agradecidas y cansadas.
Dispuestas a empezar de nuevo, caminando por las calles hacia Williamsburg, tomamos el tren hacia el Museo Metropolitano, donde pude ver el interés de Anamaría por entrar en una sala u otra, pues lo había estudiado en clase de Historia o de Arte y era importante corroborar lo aprendido. ¡Qué alegría! Mi alma continuaba llenándose.

Tomamos un bus por toda la quinta avenida. La idea era recorrer los puntos importantes después de ojear el Central Park, el Rockefeller Center, Time Square, entrar a la Biblioteca Pública, conocer las tiendas famosas de ropa de segunda, merodear por lo hippie chick y terminar el día en un festival de la India en Washington Park, mirando otra vez al cielo acompañadas de música que me llevó al pasado.
Nos esperaba otro parque: Brooklyn Bridge Park y mucho por caminar. Este ofrece vistas exuberantes y una caída del sol con la Estatua de la Libertad de sombra. Pudimos observar el majestuoso puente de Brooklyn y el Manhattan Bridge. Tomamos las fotos en el punto perfecto y ¡a disfrutar el domingo a nuestras anchas! Después de almorzar caminamos hacia el Parque Domino para explorarlo y disfrutarlo. Cerramos la noche en un restaurante japonés donde enmarcamos la conversación. Este New York me supo a puro amor.

¿Y saben por qué se llama New York? Pues un día esta tierra fue del rey Carlos II de Inglaterra, quien se la regaló a su hermano, el duque de York. ¡Y este la bautizó Nueva York!
Pilar Balcázar
Julio, 2022
¿Despertar con soroche en México? ¡Sí!, en Ciudad de México
Desperté con soroche por la altura de Ciudad de México, después de haber vivido una primera tarde de integración canina: tres perros, “hijos” de Virginia, mi sobrina, y cuatro perros más, rotativos, que ella cuida hasta entregarlos en adopción. ¡Ah!, y dos gatos que robaron mi corazón.
Comenzamos nuestro paseo con un buen té caliente y caminamos hacia el parque de Chapultepec. Este parque es un gran pulmón de la ciudad, rodeado de muchos pinos y árboles con tallos donde pude observar la calidad de la madera. El bosque olía a humedad, a frescura y el día prometía una subida de temperatura de esas que yo sí disfruto.

Esta vez hicimos el mejor tour gastronómico. Podría recomendarles restaurantes, pues la verdad estuvieron “muy padre”. La “Ciudad de México”, esa parte que vemos cuando nos metemos dentro de una burbuja, es realmente bellísima. Los jardines, todo el tiempo en reforma en “el paseo de la Reforma”, muy coloridos y muy floridos. El color verde parecía verde esperanza, reforestando los corazones mexicanos. La seguridad del camino se sintió limpia como si el viento constantemente estuviera llevándose los malos espíritus.
Amé México y, más aún, la compañía. Visitar el museo de Arte Moderno, el Jardín Botánico, el Zócalo, la Catedral ‒que dicen que se está hundiendo unos cuantos centímetros por año, como le pasó a la iglesia de Guadalupe, pues como dice la canción… “México en una laguna”‒. Después, el Palacio de Bellas Artes, donde presenciamos el ballet folclórico y pude notar que Latinoamérica está muy amarrada hasta en la música. Nosotros queriendo ver diferencias, cuando realmente somos uno.

También pude apreciar a Frida, la mujer ícono, muestra de valentía y de tesón ‒admiro su vida y su arte‒. Ahora este nuevo estilo Frida Live, que hacen con varios artistas, posibilita apreciar y aprender de manera diferente. Luego, las lomas de Chapultepec, las colonias Polanco, Roma, Juárez, Condesa, distribuyendo la fuerza corporal para caminar cada día más de 10.000 pasos y eso sí, dedicando dos o más horas para “la comida” (el almuerzo) de las 4 de la tarde, porque “donde fueres, haz lo que vieres”.
Y comer a conciencia. Sí. A eso nos dedicamos: a degustar y saborear con el paladar abierto, un poco de picante y poco animal. Los vegetales reinaron en la mesa, de diferentes formas y algunas nuevas para mí. Los huevos en salsas y colores y combinación de sabores, las frutas por cosecha ‒como el mango‒, que lo sentí orgulloso porque sabe que la gente lo mira con ganas y las papilas gustativas se te vuelven agua y este dice: “calma, calma, ya voy a adornar tu plato, pues tengo el color de la luz del sol”.
Aquí la madre naturaleza dotó a los mexicanos de la variedad perfecta para que mantuvieran las costumbres de cocina de sus ancestros y ahora, con la fusión y la creatividad, logren sacar platillos que solo los encuentras en México.

Yo, hoy, con mi conciencia de muchos años de catar placeres como el vino, repito el viaje a México solo por el gusto que sentí en mi paladar ‒y en mi estómago‒, porque la característica mayor fue “¡que sea saludable!”.
En esta oportunidad solo me faltó el contacto con mi chamán, ese que le pide permiso al divino espíritu para hacer cualquier movimiento, ese que sí se fusionó con nuestra madre Tierra y sabe respetarla y amarla. Ese que enseña a todo aquel que quiera despertar.
México, ¡espérame porque voy a regresar!
Pilar Balcázar
Junio, 2022
En Asheville, Carolina del Norte, poca historia aprendí, pero sí pude sentir el aire, el viento, los olores, el color, el amor de familia y la energía que fluye y te hace vibrar.
Asheville, una ciudad pequeña, se ubica al noroeste del estado de Carolina del Norte. Es conocida por su arte y su arquitectura histórica del siglo XIX.
Sus montañas iluminan el ambiente y sus árboles se mueven danzantes, dando un aroma a hoja fresca, a madera húmeda, lo que provoca la necesidad de respirar profundo, de llenarte de ese oxígeno que aclara tus pulmones.
Aprendí y reafirmé con Mateo, el esposo de mi prima Nancy, que las plantas nos escuchan, que tienen alma y que se ponen más bellas cuando las halagamos. Él vive y muere por sus siembras y yo sentí que todas ellas darán fruto pronto porque quieren complacerlo.

Al sur de Asheville visitamos Greenville, población conocida por su río que atraviesa la ciudad, dándole un toque de vacaciones, pues la gente lo usa para pasear, bañarse o. simplemente, deleitarse mirándolo. El sonido que desata la caída del agua te inmiscuye en su realidad y puedes olvidar la tuya, lo que regala paz para el alma y se ofrece toda para tus ojos y oídos.
¿Y qué tal el Blue Way que nos sumerge en el mundo del bosque y montaña, y llega a una partecita de Pisgah Forest? Al hacer algo de senderismo se encuentra otro regalo: una hermosa cascada metida entre piedras y rocas, donde el sol se filtra entre las ramas para calentar un tris el ambiente, y hay más cascadas: Triple Falls, donde después de caminar media milla, tus ojos quedan abrumados ¡ante tanta belleza del Creador! Torrentes de agua que caen dejando un sonido y una sensación de armonía total, envuelta con el canto de los pájaros. Desde un solo punto puedes apreciar las tres cascadas.

¿Qué más puede pedirse? Solo agradecer, tener todavía piernas, rodillas y cadera para moverme y ojos y oídos para ver, observar y escuchar. Y no podría olvidar la capacidad humana que construyó el bello castillo de Biltmore State: cada detalle con gusto exquisito de la familia Vanderbilt, rodeado de jardines que, desde lo alto, permite apreciar toda la tierra que rodea esta bella ciudad de Asheville.

Probar los vinos criados en sus tierras y destilados con fina coquetería para volverlos únicos de esa región me gustó mucho. Catar, saborear y escuchar la historia de la familia que con amor y pasión se dedicó al vino artesanal blanco, rojo y rosado para dejar su legado.

Nos despedimos de Asheville y de los primos Lindo, que son los más lindos, pues nos acogieron con tanto amor que nos sentimos en casa.
Pilar Balcázar
Julio, 2021
Savannah fue fundada en 1733. Es la ciudad más antigua del estado de Georgia (Estados Unidos) y sí que se sienten sus años, en sus árboles, en su arquitectura, en sus calles, en sus parques y en sus monumentos.
Se habla mucho del pasado de Savannah y sus pobladores quieren hacer sentir que allí deambulan sus espíritus en la melena de las ceibas o en las mansiones donde asustan, porque cuenta la leyenda que “todavía aquella mujer no se ha liberado de su dolor físico y se queja y llora después de media noche…”.

Con Darío nos quedamos en un hotel viejo. ¿Qué tan vetusto? No sé, pero al amanecer oí el vuelo de un pájaro dentro de mi habitación. Lo busqué con mi mirada dormida y no lo vi. Después me dije: si es real, es hijo de Dios; si no lo es, también lo fue. Entonces, volví a mi almohada y continué un sueño placentero.
Pero eso sí, les digo que Savannah tiene algo especial, algo muy bonito en su aire. Se siente el amor del Creador…

Caminar y descubrir cada parque más grande que el otro y ver las calles oscuras por el follaje de los árboles, bajar a ver el rio de cerca, oír música y comer patas de cangrejo recién sacado de la red, acompañado de una copa de vino y, de repente…, sentir que la mirada de tu hombre es la misma de hace 30 años, cuando estaba en plan de conquista, con sus ojos tranquilos y su amor sereno, que es lo que he sentido cada amanecer a su lado…, ¿qué más pedirle a la vida? Solo agradecimiento, porque fui escogida para vivir en el paraíso de la Tierra y este, hoy, se llama Savannah, Georgia.
¡Gracias, Savannah, por tu energía, que revolvió mi alma!
Pilar Balcázar
Abrir la conciencia cuando se experimentan cosas diferentes, entrar a otros planos donde se vive el eterno presente y se encuentra el alma. Fui testigo y parte de un encuentro sin tiempo ni espacio.
Caminábamos por las calles de Ginebra rumbo a la cita esperada, mientras nos preguntábamos si creíamos en la reencarnación…
La respuesta la obtuvimos cuando, de repente, vimos a la derecha un letrero que decía ALHAMBRA. Yo comenté: ahí está la respuesta. ¿Cómo no creer? ¡Qué sensación tan especial! ¿Sería una señal? ¿Una coincidencia? O, simplemente, ¡una afirmación!

Sigo creyendo en la reencarnación porque lo siento en mi ADN. Me gusta creer, me da paz y seguridad… Ya conocía este plano terrenal ‒y Darío también‒, y hoy nos encontramos con ella. Una persona que fue parte del pasado de Darío: ¡su hermana! Esta es la razón por la que hicimos el viaje a Ginebra, para conocerla, sentirla, oírla y seguir creyendo que es ella.
Todo empezó durante la pandemia, con las reuniones por zoom. Darío y sus innumerables conexiones hicieron realidad un curso de medicina homeopática y cuántica, dictado por un sabio en este tema que vive en Lugano, Suiza. Durante tres meses, además de aprender, conocimos a Paola, su hija.
Ella se dedica al chamanismo y a la práctica holística: es su profesión. Comenzó hace unos meses unas sesiones en privado con Darío para ayudarle a encontrar sus cuatro puntos de constitución, de manera que le sirvieran para resolver sus problemas crónicos de salud.
En la segunda sesión, que fue como una terapia ‒preguntas que iban desde hoy hasta el ayer remoto‒, Darío habló de la muerte de su hermana Gloria. Ella era azafata de Avianca y en 1959 murió en un accidente aéreo en un vuelo de Bogotá a Lima, Perú.
Después de hablar de este tema, Darío sintió que frente a la pantalla ¡estaba sentada su hermana! Un frío recorrió su cuerpo y ella lo notó. ¿Qué pasa? ‒le preguntó. Él, con lágrimas, le dijo: Paola, te pareces mucho a mi hermana. Ella guardó silencio y luego le respondió: bien podría ser. Quiero contarte que desde niña le he tenido miedo a los aviones. He vivido tres intentos de accidente aéreo y he trabajado mucho tratando de sanar ese terror. Haciendo eso, te cuento que una vez soñé que moría en un accidente aéreo…
¿Coincidencia? Y esto no es lo único: hay más detalles y similitudes que te hacen preguntarte: ¿reencarnación? No hay certeza alguna, pero se percibe una honda conexión de años. Un cariño mutuo se sintió y las ganas de conocerla fueron cada vez más intensas.
Esta ‒por llamarla de alguna manera “Diosidencia”‒, sí que te hace temblar. Nos citamos con ella y sus niños en Ginebra, en un lugar donde venden pianos: 15 Rue de la Rotisserie. Resultó que al frente… está un teatro llamado Alhambra (así, en español). ¿Por qué la cita fue allí? Paola no sabe lo que siento por la Alhambra… Lo escribí en un articulo llamado “La magia del pasado en La Alhambra”. (*)
¿Qué pensar de toda esta mezcla de sentimientos y coincidencias? ¿Tú creerías en las vidas pasadas?

Así comenzaron dos días intensos, donde fuimos redescubriendo la cantidad de similitudes entre Paola y Gloria. Paola nos llevó a dar la vuelta al lago Leman, visitando cada pueblo: Morges, Lausanne ‒donde se observa el lago con el encanto de la tarde soleada y las rocas como vivas al movimiento del agua‒, Montreux, donde caminamos por sus calles en subida, degustamos el vino de la región, con salchichón y panecillos de queso, y Villeneuve, donde nos tocó la caída del sol. Allí tomamos una bebida anaranjada que muchos tenían en sus mesas.

Mientras tanto, iban y venían muchas preguntas, conociendo a esa mujer sensible, diferente por el gran don de ver un poco más allá. A esto se dedica: a ayudar a muchos a encontrarse y a avanzar por la geometría de la vida, como lo llama ella. Una geometría que no terminamos de conocer y por eso muchas veces vivimos la vida sin encontrarle sentido y privándonos de ser felices.
Paola considera este encuentro como un gran paso, al tener claro el porqué de sus debilidades, ver las causas y entender ciertos comportamientos. Ya quisiéramos muchos que la vida nos diera la oportunidad de conocer el pasado y así mejorar el presente para entender que la vida terrenal es corta y es AHORA, y que nuestra misión es ser felices, disfrutando y agradeciendo con conciencia cada instante.
Terminamos este breve encuentro con el alma llena. Por mi parte, maravillada con esta historia que me inspira a contarla y compartirla porque me enorgullece ser parte de ella.
Pilar Balcázar
Noviembre, 2021
(*) www.exjesuitasentertulia.blog/?s=La+magia+del+pasado
Solo nos conocíamos por teléfono y mensajes de texto. Sin embargo, había intuido que teníamos mucho en común. Nos reunimos, entonces, sin expectativas y con las manos llenas de macarons de la panadería de la esquina, de galletas del bosque Perche y de una botella de vino francés.
Llegamos y nos encontramos con un bello apartamento de 55 metros cuadrados en París, con muchos detalles bien puestos y dos almas gigantes que no cabían en él. La mesa servida dio espera al abrazo, a las primeras palabras de popayanejos, a averiguar de cuál familia éramos, primos de quien, a conocernos y a contestar mil preguntas que fuimos resolviendo envueltas en el primer ron cartagenero, el llamado Dictador. ¡Muy recomendable! Siguió un delicioso vino tinto que hacía honor a Francia, con aroma a madera seca, acompañado de aceitunas verdes y negras y pedacitos de saucisson (salchichón)… ¡exquisito!

Las palabras iban y venían, hasta que la mesa nos llamó. Primer plato: pimentón relleno de atún y vegetales con pepinos tocados de anchoas en aceite de oliva. Aquí, cambio de vino, pues el blanco era el acompañamiento perfecto.

Llegó luego a la mesa un arroz “pegado”, hecho en una olla persa. Eso nos trasladó a la niñez, cuando nos peleábamos el “pegao” (raspao, cucayo o pega, según las diferentes regiones de Colombia), que estuvo acompañado de unas piernas de gallina con aceitunas, en salsa de limones confitados que se consiguen en el mercado artesanal local.

Terminamos esta primera etapa y volvimos al vino tinto. Llegaron los quesos, el pan y una ensalada de hojas de lechuga. ¿Sería que estábamos en Cómo agua para chocolate?
No había comido así, con mente abierta ‒y boca también‒. Aprendí sobre el origen de cada uno de los quesos que había en la tabla, costumbre francesa que no podía faltar. Y nos fueron preparando, contándonos la historia del bajativo que vendría después del postre: ¡una gran sorpresa!
Era una bella botella transparente con una pera adentro, típico de una región de Normandía, donde a los árboles de pera les amarran una botella para que las peras se desarrollen adentro y queden listas para ser envasadas con un delicioso y fuerte elíxir, que remueve, agita tu cuerpo y tu sistema circulatorio y prepara tu sistema digestivo para que acepte la siguiente dosis de comilona.

El postre, delicioso: helado decorado con los macarons del barrio y la galleta de Perche.
Hicimos una pausa, a la espera del café colombiano, un tinto divinamente servido y acompañado de un delicado trozo de chocolate oscuro. Yo iba a cerrar mi cuota de comida, pero ¿cómo hacerlo? Faltaba probar aquel famoso elíxir.
¡Guau: fuerte, firme, quemante…! Degusté el bajativo de pera.
Habían pasado cuatro horas dedicadas al deleite de sabores, olores, aromas, texturas y buenos temas de conversación. Allí sentimos el placer de vivir en Europa y se abrieron mis antenas aventureras…, quizás para dar algún día el siguiente paso.
Como si nos conociéramos de siempre, nos despedimos con la ilusión de repetir una velada parecida. La “vara” estuvo bien alta. Veremos cómo será la próxima.

Agradecimos por abrirnos las puertas de su casa y de su corazón.
Pilar Balcázar
Octubre, 2021
Años atrás veía fotos de este monte y me preguntaba: ¿será posible que algún día vaya y lo conozca? Oía tantas historias de la marea que subía y bajaba y que había días en que no era posible llegar. Entonces comencé a leer para entender y tener claro cómo ir y poder subir al punto más alto sin preocuparme por la marea.
Era tal mi emoción que este Monte empezaba a aparecerse en todas partes: libros, fotos, revistas, comentarios de amigos en Facebook, en Instagram… Entonces, me dije: ¡ya! Ya llegó la hora. Y llegó de verdad. Hicimos planes para viajar a Normandía, cerrando el viaje con el punto más al occidente de la región en el Monte Saint-Michel.
Manejamos desde Paris y pasamos por algunas ciudades durante varios días. Llegado el día reservado, nos dirigimos al suroccidente de las playas de Omaha Beach que guardan una gran historia: en ellas aconteció el día “D” del desembarco que fue clave para ponerle fin a la segunda guerra mundial.
Aproximándonos por la carretera y entrando al área, a lo lejos se alcanza a ver como un triángulo entre la bruma y el sol tenue. A medida que vas acercándote puedes apreciarlo mejor.

Llegamos a las cercanías y nos registramos en un hotel ubicado a 3,5 kilómetros de la subida o puerta principal del monte.
Salimos. Eran las 5.30 p.m. y una temperatura de 20 grados centígrados. Un sol suave caía sobre un puente casi seco. Comenzamos a caminar muy emocionados hacia lo desconocido y añorado. Nos cruzamos con 3 o 4 personas y vimos que pasó un bus con algunos pasajeros… Desconocíamos si había horarios o reglas para visitar ese lugar.
Terminamos de recorrer el puente. Tomamos muchas fotos y entramos a un área más amplia, como un parqueadero para bicicletas, dicen que no más de 100. Aquel bus llega hasta un punto en el puente, el chofer se baja, cierra con llave delantera, se sube por la parte trasera del bus y comienza a manejar de regreso. ¿Habían visto un bus de doble cara? Pues este lo es…
A lado y lado notamos arena húmeda y entendimos que ahí era donde la marea sube y cubre toda la zona, hasta convertir el Monte en una pequeña isla. Entonces, me pregunté cuándo subiría.

Entramos por la puerta principal. Algunas tiendas estaban cerradas y había muy poca gente. Caminamos por su única calle ‒no tan amplía‒ que va subiendo hasta la parte más alta, donde está el monasterio. Bajamos y decidimos cenar en un lugar que estuviera abierto. ¡Qué suerte la nuestra! Conseguimos la mejor vista frente a un ventanal desde donde vimos la caída del sol y también a unos cuantos turistas que regresaban hacia la arena húmeda adentrándose en un mar sereno. Parecía que no tenían ganas de retornar.

Esto nos llamó la atención. Observamos a un grupo de 8 a 10 personas, acompañado de un guía que indicaba dónde pisar. Estuvimos pendientes de ver cuándo volvían. Cayó la noche oscura y fresca y no vimos su regreso. ¿Le darían la vuelta a todo el Monte? O simplemente no regresaron… Nuestro mesero hizo muchas bromas al respecto, pues decía que muchos caminaban con ganas ¡de que la arena se los tragase!
Muchos hablan de su experiencia con la marea, pero la verdad es que no es tan dramático. Los especialistas del clima saben cuál será el comportamiento del agua y esta sube pocas veces al año: invierno y con luna. ¡Hasta saben la hora en que sucederá! Muchas de las personas que trabajan en el Monte Saint-Michel terminan su jornada a las 11.00 p.m. y salen de regreso para sus casas sabiendo que no tendrán problema con que el mar haya subido.
Nosotros, con el corazón contento y unos cuantos vinos en el sistema digestivo, caminamos de regreso en medio de la oscuridad. Tomamos el bus y a descansar se dijo, porque al día siguiente estaríamos de vuelta para recorrer el Saint-Michel con ojos de luz.

Y así fue. Ya había mucha más gente. Hicimos fila para entrar al monasterio. Lo recorrimos y escuchamos su historia. Todavía viven monjes allí: celebran misas, estudian y se preparan como en una abadia. Es un lugar lleno de entradas y salidas, subidas, bajadas y jardines preciosos con una vista alucinante y una energía que te envuelve.

De día era otra sensación. Mi alma se llenó de agradecimiento. Observé cada detalle desde las alturas, imaginé la marea cuando subía, vi cómo cambiaba color del agua cuando variaba el ángulo de mi mirada. Mis ojos se iban al infinito y la energía fluía. Parecía que todos allí estábamos felices.


Dispones de unas tres horas para hacer esta visita. Recorres el monte, lo observas, lo agradeces y te vas con el corazón contento a seguir tu próximo destino. Tuvimos la fortuna de ver su noche y su día.
Por la tarde estuvimos en ciudades cercanas y al anochecer preparamos lo necesario para un picnic viendo la caída del sol frente al Monte Saint-Michel.
¿Desearías algo mejor?

Pilar Balcazar
Septiembre, 2021
Con este artículo termino los relatos del viaje que hicimos con Darío, inmediatamente antes de que en 2020 comenzara la pandemia del COVID-19, al denominado subcontinente indio, una experiencia llena de vivencias, conocimiento y recuerdos imborrables.
Amanecimos en Agra y viajamos muy temprano para Vrindavan, ciudad donde está el templo más antiguo de Brahma, una de las deidades más importantes del hinduismo. Ese día celebraban el Holi, que es una fiesta antiquísima de colores del amor, en la cual la gente festeja el amor eterno y divino de Radha Krishna. Todos salen a las calles a pintarse con polvos, y a bailar y cantar.

No quería participar de esta celebración, pero no quise ser la que introducía el desorden, pues recordaba mi ciudad Popayán con fiestas de este tipo, que nunca me han gustado… y, bueno, ¡oh sorpresa! Igual que en Popayán y este año, además, ¡con agua! Íbamos yendo en tuk tuk hacia el templo y en menos de 10 minutos estábamos pintados con mil colores y emparamados. No lo disfrutamos, el clima era un poco frío y algunas personas estaban resfriadas desde la mojada anterior.
Volvimos al hotel, donde con dulzura alguien pintó nuestros rostros, pues para ellos esto tiene un significado especial. Pasamos un resto de día tranquilos y en paz, viendo corretear a los micos por balcones y ventanas después de robar con mucha astucia los anteojos de los turistas. ¡Todo un espectáculo!

En la tarde nos invitaron a un concierto de flauta, tambores y mantras, pero primero nos dieron una charla sobre el significado de esta fiesta. Luego, bailamos y gozamos de sonidos sublimes, como las voces de tres niños que hacían parte de los mantras.

De aquí salimos a cenar comida típica y a lo típico: en el suelo y con la mano. La disfruté muchísimo, pues era nuestra última cena y mañana sería nuestro último día en la India.
Al día siguiente y muy temprano fuimos a clase de yoga con la maestra Mataji, una mujer muy pausada y sabia. De despedida, ella habló tan hermoso que me transporté y quise quedarme allí con esta gente tan sencilla y auténtica. Amé a esa mujer desde anoche en la ceremonia y hoy cerró con broche de oro. Sus palabras se incrustaron en mis venas y tendones y sentí el deseo de abrazarla, como si la conociera de muchos años.
La experiencia fue tan especial que de verdad me dije: ¡cómo quisiera volver! Ella decía que lo único seguro es que todos los días hay cambio, hay transformación, que debemos dar sin esperar recibir, que si nos ponemos a esperar llegan la tristeza y la frustración, que debemos aprender el desapego a las cosas y a los seres queridos y que mientras más lleves a tu divinidad en tu corazón, más cerca estarás de la paz que anhelas, serás más sensato y nada ni nadie te sacará de tu centro.
Dijo también que existe un solo Dios y que respetemos los muchos maestros. Son tus actos los que cuentan. Si no vivimos para servir, no servimos para vivir. Son las palabras que recuerdo de ella.
Todo esto ya lo hemos oído. La tarea es volverlo consciente, así como la respiración es el mejor vehículo para centrarte y conectarte. La respiración lo es todo y, sin embargo, lo damos por hecho. Dijo que siempre agradeciéramos y actuáramos con consciencia…
Nos despedimos de esta maestra con lágrimas en los ojos y llegamos al templo donde había una energía bellísima: música, gente cantando, flores y mucho colorido.

Estuvimos allí durante unos 30 minutos. Después me dije: ¡hasta pronto, India! Luego, a subir las maletas y viajar tres horas en bus hasta el aeropuerto de Delhi: cada persona del grupo de turistas a su respectivo destino.
See you son, India, ¡me llevo tu gente en mi corazón!
Pilar Balcázar
Marzo, 2020
Si fuera a contarles aventuras…, esta experiencia inesperada en una estación casi que perdida de la República Checa, con mi esposo y mis dos hijos adolescentes, sí que fue una aventura de verdad.
Después de unos días en Praga, tomamos el tren con destino a Viena. Teníamos que hacer una escala en la población de Nadrazi, para un cambio de tren. Supuestamente todo estaba planeado para que así fuera, pero el tren salió dos minutos retrasado de Praga, lo cual hizo que perdiéramos la conexión en nuestro camino a Viena. Corrimos de un lado a otro con nuestro equipaje para tratar de tomar a tiempo a nuestro tren, pero el esfuerzo fue inútil. Salió, sin que pudiéramos alcanzarlo.

Bueno, lo perdimos, nos dijimos. Quizás habrá otro pronto, pero supimos que el siguiente tren pasaría ocho horas después. ¿Esperar ocho horas en esa estación? ¡Ni de vainas! Averiguamos y descubrimos que podíamos irnos en un taxi. Estábamos apenas a dos horas y media de Viena por carretera.
Allí comenzó la nueva aventura. Nadie hablaba inglés, francés, español o portugués. Nos daba la impresión de que todos estuvieran enojados. Nadrazi era un pueblo sombrío, un poco frío, viejo y acabado. Parecía como si se hubiera quedado en 1900. Además, su gente tenía una actitud poco amigable. Se veían refunfuñones y amargados…
En esa estación de tren emprendimos la tarea de preguntar uno a uno quién hablaba alguno de los idiomas antes mencionados. Al fin, alguien entendió algo y fue a buscar a un chico libanés. Le expusimos nuestra idea de conseguir un taxi que nos llevara a Viena. El chico, con unos dientes muy blancos y una sonrisa amable, se dispuso a colaborarnos. Yo lo amé de inmediato, pues su sonrisa contrastaba ante tanta indiferencia y mala cara. Este ángel nos ayudará, pensé…
Después de 10 minutos volvió y nos dijo:
‒Encontré un hombre que está dispuesto a llevarlos hasta el hotel en Viena. Les costará 200 euros. No tendrán de qué preocuparse. Es bueno, conoce el camino y sabe dónde queda su hotel… Eso sí, ¡solo habla checo!
Aceptamos, más por salir de ese ambiente hostil que por otra cosa, pues ocho horas de espera en esa estación y sin poder comunicarnos, se sentirían como si fueran 16.
Nuestro salvador llegó. Nos saludó con un gesto. Era alto, flaco, de ojos azules saltones, peludo y de barba descuidada. Darío se hizo adelante y yo atrás con nuestros tesoros, Santiago de 16 y Camilo de 15. Ese carro partiría a lo desconocido para nosotros, rodeados solo por una campana de fe y confianza. Todo estará bien, me dije.
Todos íbamos en silencio, mirando el paisaje, montañas bajas y mucha planicie, llena de molinos de viento, uno que otro pueblo desolado, sin un alma en la calle, y una carrilera que a veces se dejaba ver, también vacía y triste.

Yo, con mi mente positiva y tratando de respirar con normalidad, hilaba pensamientos para tener algo que decir. Era extraño: se había enmudecido el diálogo familiar. De pronto, Darío le comenta al señor algo sobre los molinos de viento y el taxista le responde: humm…, humm, y seguimos callados. Decidí romper el silencio y hablar con los chicos: intentamos relajarnos admirando el paisaje y comentando al respecto entre nosotros cuatro.
Transcurrieron las dos horas y media y nos fuimos adentrando en una ciudad con cara de gente. ¡Esto es Viena, dijimos!

Tras 15 minutos de recorrido por la ciudad, el taxista se detuvo y se bajó del carro. Empezó a sacar el equipaje y nosotros todavía adentro. Debe ser aquí el hotel, nos dijimos. ¡Sí, síii! ¡Bajémonos! Le agradecimos al señor: gracias, merci, thank you, obrigado… Probablemente entendió por nuestras caras felices. Le pagamos y se devolvió a su mundo triste y hostil…
Buscamos la dirección y nos dimos cuenta de que la entrada al hotel era en la esquina. ¿Es aquí! ¡Hemos llegado! ¡Qué alivio!, pues la mente colombiana que a veces se imagina cosas hace que el estrés florezca. ¡Ya estábamos en Viena, la ciudad donde compusieron Mozart y Beethoven! Ahora, ¡a disfrutar su música, sus conciertos, sus palacios, sus museos, sus jardines, su arquitectura, sus parques!

Viena es realmente una ciudad que te inspira, te hace tomar un fuerte suspiro y decir otra vez: ¡Gracias, estamos en Viena! ¡A gozársela!
Pilar Balcázar
Julio, 2009
Continuando el relato de nuestro viaje a la India, Jaipur fue la tercera ciudad que visitamos. Allí viven los padres de Sam, esposo de Anku, nuestros guías, cuya familia entera nos atendió como anfitriones. De nuevo sentimos la intensidad de su respeto familiar, la sabiduría de los mayores, la apertura al visitante y el deseo de agradar y comprender las diferencias que nos ayudan a crecer.
Jaipur*, la capital del estado de Rajasthán, es una ciudad grande, con carácter, mucha historia y lugares hermosos por conocer. La llaman la ciudad rosada porque la construyeron con estuco rosado y a comienzos del siglo XX, para recibir al entonces príncipe de Gales, volvieron a pintar las edificaciones de color rosa.
El primer día desayunamos solo frutas porque estábamos invitados a una clase de Sujok, ciencia ancestral de sanación ‒una terapia alternativa‒, que utiliza presión en las manos y en los pies para que te sientas mejor. La clase nos la dio la mamá de Sam: es uno de sus hobbies.

Aprendimos, practicamos y, en un día, empezamos a ver los resultados. Recordé que en cada pie y en cada mano están las terminaciones nerviosas conectadas con cada órgano de nuestro cuerpo. Por lo tanto, puedes percibir en tu pie tu sistema digestivo, reproductor, respiratorio, etc. Quedé muy interesada por aprender más. Ya lo verán…

Después de la clase llegaron los tíos y el papá de Sam y empezó la ceremonia del fuego, como celebración de bienvenida. En el medio de un salón de su casa fuimos prendiendo poco a poco el fuego hasta que la madera adquirió color rojizo, fundiéndose en una sola llama y dándonos un poco de calor, pues era una mañana bastante fría para mi piel. Se agradeció al Creador y se pidió por luz y mucha salud para el mundo que está pasando por un momento muy frágil. Fue una ceremonia grandiosa, con muchos mantras, donde todos participamos, hablando perfecto inglés. La comunicación fue muy buena y me sentí bilingüe.
Luego nos sentamos a disfrutar un brunch. La mesa estaba muy bellamente dispuesta, con su juego de vajilla que quizás era para recibir a la visita. Ellos nos atendían y pasaban una variedad de manjares nativos para que probáramos de todo. ¡Se sentía muy bonito! Love is in the air. No podía creer tanta atención y variedad. Fue una sensación que agradecí en silencio. Estábamos en medio de una familia india, compartiendo unas costumbres de una manera muy profunda. Di gracias una y más veces. Pusieron el picante aparte (Anku ya conocía mi flojera con lo picante) para que yo probara de todo. ¡Qué delicia, qué sabores, qué olores, qué texturas! Y ellos caminando alrededor de nosotros, pendientes de cada detalle. ¡Que experiencia tan única vivimos ese día!
Salimos con “barriga llena, corazón contento” a conocer la ciudad. La primera parada fue en el observatorio Jantar Mantar, que mandó construir el rey en 1734 porque quería explorar todo lo que pudiera verse en el espacio: planetas, estrellas, constelaciones. Deseaba también crear un horario, un calendario y hallar su relación con los signos del zodiaco. Por eso, decidió levantar la ciudad alrededor del punto más exacto del “Reloj del Sol”.

Caminamos después al centro, hacia el Hawa Mahal, un palacio lleno de ventanas, como de juguete. Lo utilizaban para venir a meditar, subir y deleitarse con la vista, mientras el viento se colaba por cada espacio y cada ventana. Solo era para eso: ¡para alabar al viento!

Nos desplazamos luego al palacio Amber y al Nahagar Fort, una fortaleza localizada en una montaña. De lejos se veía cómo la muralla china… Muchos kilómetros: así, tal cual. No sé por qué este lugar no es más conocido. El mundo tiene que saber más de más este subcontinente asiático.
Tomamos un jeep para subir a esa montaña, por calles estrechas y con la oportunidad de ver monos en su salsa. De repente, ¡un ruido encima de nuestra cabeza! Eran ellos, los micos, saltando y jugando de un lado a otro. Son famosos y además ladrones. Les gusta llevarse las gafas de los turistas. Llegamos al castillo y de ahí, a caminar y subir para observar la belleza de su construcción y la vista panorámica de Jaipur.

Almorzamos un poco tarde en un restaurante. ¡Nos sentimos en el siglo XV! ¡Qué atención, qué comida tan deliciosa y qué postre! Los meseros nos invitaron a conocer la casa que usan para atender invitados muy especiales. ¡Todo de plata! Sillas, mesas, adornos, copas, cubiertos como para asombrarse de verdad: bello, ¡bellísimo!

Bajamos cuando caía la tarde. Terminada la aventura, nos llevaron de compras. Teníamos que regresar con un atuendo indio… Llegada la hora de cenar, todo me pareció exquisito. ¡Me estaba enamorando de la riqueza de sabores de la India!
* El sufijo pur, frecuente en el nombre de ciudades indias, suele significar asentamiento, ciudad, fortaleza o castillo.
Pilar Balcázar
Marzo, 2020
Hoy amanecimos en Jodhpur. Hermoso clima en la mañana, fresco, tanto como para una chaqueta y un gorro para hacer yin yoga afuera, en medio del verde de los campos y del azul de la piscina.
El desayuno fue nuestro desayuno normal: dinos cómo quieres que te preparen los huevos y los acompañantes. Darío ya estaba extrañando una comida occidental. Salimos en plan de turismo a la ciudad antigua, llamada Ciudad azul. Muchas de sus paredes, techos, pisos y escaleras son azules. Esta coloración fue una herencia de la cantidad de brahmanes que vivieron allí y que mandaron pintar sus casas de ese color para diferenciarlas de las de las demás personas.

Caminamos unas dos horas. En una esquina me sentí en Mykonos (Grecia), en otra me sentí en Fes (Marruecos), en otro lugar me sentí en Granada por algunos balcones y cuando llegamos a un mirador y observamos la muralla en la montaña, la fortaleza real Meheranger, construida en el siglo XV, me sentí en la Alhambra cuando se la mira desde las cuevas de Sacromonte…

¡Qué mezcla de recuerdos, buenas sensaciones y emociones! Sentí que una energía hermosa nos rodeaba: todas esas paredes querían decirme algo, las puertas y ventanas me sonreían y la gente que nos encontrábamos en el camino nos saludaba. Los niños querían conversar, darnos sus manitas y mirarnos. Sentí felicidad en el aire, a pesar de la pobreza extrema circundante.
El recorrido incluyó la casa donde creció la mamá de Anku. Una construcción de 123 años donde viven su abuela, dos tíos, la tía y la nana que la crio. Todos ellos salieron a darnos la bienvenida y nos mostraron su casa con mucho orgullo. Subimos hasta la terraza y la recorrimos completa.

Me dio mucho gusto tener la oportunidad de estar con personas locales y percatarme de su modo de vivir. Disfruté con conciencia esta visita familiar. Luego, nos dirigimos a un colegio donde el abuelo de Anku fue profesor de matemáticas. ¡Qué colegio! Cada aula abierta y en una de ellas, había niñas en clase, con una profesora que parecía parte de las alumnas. Las distrajimos por unos minutos: pedían fotos por doquier.

Después viajamos en tuctuc por unas calles estrechas donde escasamente cabe un solo mototaxi. ¡La sensación fue indescriptible! Parecía que estuviéramos en una montaña rusa de Disney. ¡Wow! No sé cómo no se accidentan más: son unos especialistas en conducir por esas callejuelas.
Esta vez sí disfruté el almuerzo. ¿O sería que estaba aprendiendo a tolerar un poco el picante con una nueva modalidad? El cocinero me sugirió que le pusiera panela raspada a la comida. Así lo hice: entonces, comí y repetí.
La tarde fue para seguir caminando, ver tiendas, el acueducto y conocer el palacio real. Ese día estaban preparando una fiesta. Vimos que muchos invitados llegaban y la guardia real los recibía con tambores y un desfile. Sorpresiva e inesperadamente nos tocó vivir ese momento especial.

Regresamos al hotel y a las 5:30 p.m., como los británicos, tomamos el té inglés en el jardín del hotel. Por la noche, los padres de Anku nos invitaron a una cena hecha por su mamá. Todos disfrutamos de sabores y texturas diferentes a las de un restaurante local. ¡Toda una comida gourmet! Para mí, resultó un poco picante. Sin embargo, esta vez también repetí.
La velada acabó a las 9:00 de la noche. Nos fuimos a descansar, rellenos de cuerpo y alma, pues habíamos tenido un día realmente maravilloso.
Pilar Balcázar
Marzo, 2020
A través de la fundación Nuevalife.org, participo en un grupo internacional de asistencia a la comunidad wayúu del norte de la Guajira colombiana. Pensamos que íbamos a dar apoyo en accesos al agua, la educación, la salud y el cuidado animal, pero salimos aprendiendo de ellos cariño, acogida, sinceridad y cultura.
Hoy es nuestro segundo día de experiencia en las comunidades Wuayuu. El tiempo pasa lento y nos alcanza para hacer muchas cosas. El calor sube grado a grado y, de repente, veo caras rojas y deshidratadas. Necesitamos parar, tomar agua y descansar. Estamos pintando las paredes de afuera y mejorando la escuela de la comunidad.

Un grupo de personas de la comunidad Jayapamana nos recibió en un salón con algunos profesores y nos ofreció una bebida blanca, quizás avena, pero pronto corrió una voz: “No se la tomen, está hecha con agua del grifo, …¡qué pena! Fue un momento incómodo: había que cuidar nuestros estómagos. También nos ofrecieron chivo a la brasa. Nunca lo había probado. No soy amiga de comerme esos animalitos. Otra vez, ¡qué incomodidad!

Después compartieron sus costumbres, sus bailes típicos y vestidos y nos contaron el significado de un baile llamado La Yona. Es una danza al compás de tambores, donde ellos buscan equilibrio social, solidaridad colectiva y relación entre el cosmos y el ser humano. En él, muchas mujeres corretean al hombre que se mueve de espaldas hasta hacerlo rendirse a sus pies.
Después de una demostración, nos escogieron a Camilo y a mí para interpretarlo. Lo sentimos en el alma y en el cuerpo, pues no fue tan sencillo terminarlo. Reímos y nos divertimos. Había mucha alegría en el ambiente.

Almorzamos a la sombra. Una mujer wayúu nos llamó a cada una de nosotras para pintarnos la cara. Era su regalo, su ofrenda.

Ver caras felices de todas las edades no tiene precio. Compartir mi teléfono y hacerlos reír con los filtros fue lo máximo. Sentir que quieren estar cerca de ti, tomarte la mano y que al menos les des una mirada de complicidad.
Mi corazón se ha expandido nuevamente y mi alma se ha llenado de agradecimiento con Dios, con la vida, con Nuevalife.org y con cada uno de los miembros de esta gran familia.
Mañana será un nuevo despertar e iremos a otra ranchería.
Me voy feliz y agradecida, con la convicción de que volveré a ver crecer estas caritas.
Pilar Balcázar
Diciembre 2019
“Bajémonos a la realidad“ fue nuestro lema de hoy en Cinque Terre.
Ya no estamos para subir y bajar escaleras. ¡Ya noooo! Se nos pasó el tiempo y la hora. ¡No es la edad: es la salud!

Mis células me ruegan que no abuse de ellas. Con la escalera que tenemos que subir para llegar a nuestra habitación es más que suficiente. ¡Son casi 40 escalones.
De la estación del tren son apenas 377 escalones de bajada. Y ¿qué tal el regreso?
La idea era caminar por una hora, pero no contábamos con estas “maravillosas” escaleras Volvimos a la dura realidad.
Decidimos tomar un bus que nos bajara a la estación del tren y allí comprar un pase por el día y conocer así los cinco pueblos de Cinque Terre.
Empezamos por Riomaggiore, que es un pueblo menos antiguo, muy pequeño, con subidas y bajadas. Llegamos hasta donde comenzaba el camino peatonal, pero estaba cerrado. Lo llaman la vía del amor.

La puerta está forrada de candados donde los enamorados se juran amor eterno. Observamos y leímos algunas notas escritas que me hicieron llevar esta energía al cielo y pensar que ojalá les dure.

Luego tomamos el tren y pasamos por Manarola, Vernazza y Monterosso, donde nos bajamos. Caminamos por esta población y disfrutamos una paleta de frutas mientras nuestros ojos se deleitaban con el paisaje. La gente del polo, creo yo, bañándose en estas playas heladas, llenas de hombres que venden diversidad de telas con mandalas coloridos.
Seguimos nuestro objetivo de conocer otro pueblo. Tomamos el tren y regresamos a Vernazza, donde almorzamos en la plaza central frente a un espectáculo variado.

Allí vimos hombres que escalaban las rocas para luego lanzarse al agua, la llegada de embarcaciones con muchos turistas, pintores que hacían acuarelas de todos los tamaños y un paisaje totalmente alucinante.
Disfrutamos la plaza. Vimos cómo los vecinos sacaban su ropa a asolear en los balcones. El almuerzo estuvo delicioso, regado con un buen vino italiano y finalizamos con el té de costumbre.

Tomamos de nuevo el tren para ir a Manarola. Allí pudimos caminar por las rocas pegadas al mar por un camino que solo estaba disponible por un pequeño tramo. Llegar, tocar el agua helada, descansar y respirar el aire fresco que nos regalaba la naturaleza no tuvo precio.

Regresamos lentamente y subimos hasta tomar el tren. Luego, en bus, nos dirigimos al centro de Corniglia, el pueblo que habíamos escogido para pernoctar. Otra vez más escalones ese día. Llegamos a nuestra habitación sin ganas de salir de esa pajarera.
Por la noche, pensar…: ¿será que volvemos a bajar?
Pilar Balcázar
Mayo 2019
Hoy quiero compartir con ustedes esta reflexión.
Hoy más que nunca respiro y agradezco.
No me dejo contaminar por el ambiente. Yo soy yo, un ser único.
Hoy he decidido olvidarme de la política, de la división, del odio, de todos los sentimientos que traen mala energía.
Hoy escojo ser feliz y agradezco estar aquí, en este país que me abrió sus puertas y que ha aportado mucho a mi felicidad.
Hoy escojo ver lo bueno y lo bello del paisaje de la Pacha Mama, de las noches y de los días.
Hoy escojo seguir soñando que hay gente maravillosa, con grandes ideales, que piensa en los otros antes que en su propio beneficio.
Hoy solo quiero atraer a mi entorno magia y amor.
Hoy cierro mis ojos y limpio todo lo negativo que rozó mi piel y mi mente en días pasados.
Hoy no permitiré que nada quiebre el amor que siento dentro de mí.
Hoy decido seguir el camino de mi evolución aceptando y tolerando lo que hay sin que deje huella negativa en mí.
Hoy quiero seguir creciendo, entendiendo que el amor une y no divide, que el amor es esencia, es respiración, es vida…
Los amo.
Lo siento.
Perdónenme.
Gracias.
Pilar Balcázar
Noviembre 4, 2020

