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Luis Arturo Vahos

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Todo nos habla de Él.

Si Señor, Dios mío y de todo el universo, desde que tu sol alumbra y calienta mis mañanas, desde que alimentas y nutres mis piernas para dar la caminata mañanera, tiendes todas tus trampas.

Apenas cruzo apurado la portería, no te veo vestido de portero y mi saludo se queda enredado en alguna mueca, parecida a la sonrisa que no fue.

Ni te adivino en el ciclista que roza mi pierna y grita: “¡¡fíjate cucho por dónde pisas!!”.

Fue más fácil entrever tu sonrisa detrás de los ojos taciturnos del mugriento vagabundo acomodando sus trapos para dormir la resaca. En los pobres ya nos habías advertido que sueles camuflarte, por eso te di agua.

Una joven atleta adelantó mis pasos dejando en mis narices su aroma de jazmines, el arrebol de sus cabellos dorados y el vaivén cadencioso de sus nalgas. Era la invitación matutina a mirar sin deseos a una de tus criaturas y caí muy tonto en la más astuta de tus trampas. Es la ventaja de conocerme desde adentro.

Pero reconocí tu voz en el canto del turpial, evité pisar tu forma de hormiga y hasta recordé con devoción el “coffe de light” que pusiste una vez en mi mano, mientras atravesabas mi alma con tu mirada.

Perdón por olvidar que en Tí somos, nos movemos y existimos, que nos habitas como el perfume en la flor y el fuego en la piedra.

Y no nos dejes caer en tus trampas. AMÉN.

Luis Arturo Vahos Vega

Marzo, 2024

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Los temores a enfrentar los retos de toda nueva tecnología son naturales. Imagino a nuestros antepasados intentando domesticar el fuego y sus quemaduras acompañadas de gruñidas maldiciones. 

Creo que estamos frente a una situación parecida y es nuestro deber obtener el mejor provecho de la IA. Por ello me atreví a conversar con “la bestia”, sobre mi quehacer como profesor de filosofía.

Estimado ChatGTP:

– LAV: A mis 79 años leo poco, pienso mucho y dudo siempre. Para no enloquecer, aferro mi mente a certezas simples, deporte diario y charlas con algún vecino o amigo. Años atrás, fui profesor de filosofía en colegios de educación media, pero mi carácter y excesivo trabajo me acercaron a la locura. Eso me llevó a no poder leer, escribir ni enseñar. Tampoco podía renunciar a ser profesor, pues era padre de tres niños y no sabía desempeñar otro trabajo. 

Dividí entonces cada curso de estudiantes en grupos de cuatro y asigné a cada uno determinados autores y dos o tres preguntas simples, pero de respuesta compleja. Durante dos semanas deberían los estudiantes consultar en la biblioteca, la tercera semana relatar lo consultado a todo el curso, otras dos semanas las dedicamos a debatir los informes. Para los debates cada grupo asumía uno de estos roles: “no me convences”, “si es así, por qué entonces…”, “como dijo el filósofo…” “definamos términos…” y el profesor simplemente respondía a cualquier duda con un nuevo desafío, un gesto burlón, o un silencio, así casi le permitían dormir. Existían tres secretarias (os), quienes ganarían o perderían la materia si el profesor les aceptaba o no la monografía con el resumen de todos los debates. En el curso, los estudiantes sólo perdían la materia por un número x de inasistencias sin excusas, o por ser pasivos en los debates. Comprendes el método usado para mis clases?

– ChatGTP: Sí, comprendo el método que usaste en tus clases de filosofía. Parece un enfoque interesante y desafiante para los estudiantes, ya que los obliga a investigar y reflexionar sobre las ideas y teorías de los filósofos por sí mismos y luego presentar sus hallazgos al grupo. La división en grupos de cuatro y asignación de autores y preguntas parece fomentar la colaboración y el trabajo en equipo, mientras que los roles de los debates les permiten a los estudiantes expresar sus propias opiniones y aprender a argumentar y contraargumentar de manera efectiva.

También es interesante que hayas creado incentivos para los estudiantes en la forma de las secretarías que ganaban o perdían la materia según si el profesor les aceptaba o no la monografía. Esto podría haber motivado a los estudiantes a comprometerse más en el proceso de aprendizaje y fomentar su participación activa en los debates.

En general, parece que tu método enseñaba a los estudiantes a pensar críticamente y a comunicar de manera efectiva sus propias ideas, habilidades que son importantes no solo en el ámbito académico, sino también en la vida en general.

– LAV: Ahora escribe brevemente las instrucciones que debería darle a mis estudiantes, para que, utilizando chatGPT como herramienta de trabajo, debatan tres postulados sobre la naturaleza del ser humano, según Sócrates, Nieztche y Federico Engels, siguiendo el método indicado anteriormente.  

– ChatGTP: Por supuesto, aquí te dejo un posible conjunto de instrucciones para tus estudiantes:

  1. Divídanse en grupos de cuatro y elijan a un representante que será responsable de coordinar y presentar los resultados del grupo.
  2. Cada grupo deberá investigar los postulados sobre la naturaleza del ser humano según Sócrates, Nietzsche y Federico Engels, y formular dos o tres preguntas simples, pero de respuesta compleja, relacionadas con los postulados de cada filósofo.
  3. Durante las dos primeras semanas, dediquen tiempo a consultar en línea y a través de ChatGPT las respuestas a las preguntas que han formulado sobre los postulados de los filósofos asignados.
  4. En la tercera semana, cada grupo deberá presentar a todo el curso un resumen de las respuestas obtenidas, destacando las similitudes y diferencias entre los postulados de cada filósofo.
  5. Durante las siguientes dos semanas, dediquen tiempo a debatir los informes de cada grupo. Para ello, cada grupo deberá asumir uno de los siguientes roles: “no me convences”, “si es así, por qué entonces”, “como dijo el filósofo” o “definamos términos”.
  6. El profesor actuará como moderador del debate, respondiendo a cualquier duda con un nuevo desafío, un gesto burlón o un silencio.
  7. Habrá tres secretarías (os), las cuales ganarán o perderán la materia según si el profesor les acepta o no la monografía con el resumen de todos los debates. Las secretarías se rotarán cada semana y serán responsables de tomar notas y registrar los resultados del debate del grupo en ese momento.
  8. La materia se perderá si un estudiante tiene un número X de inasistencias sin excusas o si es pasivo durante los debates.

Recuerda que este es solo un conjunto posible de instrucciones y que puedes ajustarlo según tus necesidades y las necesidades de tus estudiantes. ¡Buena suerte con tus clases! 

– LAV: Gracias. Tomaré nota de tus “instrucciones”, pero cambiaré cada período para evitar que sea muy mecánico el proceso. Si examinas Los Diálogos de Platón, Ecce Homo de Nietzche, cuáles postulados de estos dos autores sobre la naturaleza del ser humano destacarías. Sé breve en la respuesta. 

– ChatGTP: De Platón, uno de los postulados más destacados sobre la naturaleza del ser humano es la teoría de las formas o ideas, según la cual la realidad material es solo una sombra o imitación imperfecta de las formas o ideas eternas e inmutables. Asimismo, la teoría platónica de la reminiscencia sostiene que todo conocimiento es recordado de una existencia anterior, antes de que el ser humano encarnara en este mundo.

Por otro lado, Nietzsche rechazaba la idea de que el ser humano tuviera una naturaleza fija o esencial, y en su lugar, defendía una concepción dinámica de la existencia. Nietzsche sostenía que el ser humano es una obra de arte en constante proceso de creación, y que la vida debe ser vivida con intensidad y pasión, sin estar limitada por prejuicios o creencias limitantes. Además, Nietzsche creía que el ser humano es capaz de crear sus propios valores y sentido de la vida, y que debe superar la moralidad impuesta por la religión y la cultura para alcanzar una verdadera realización personal.

– LAV: Y de Federico Engels, ¿cuáles postulados sobre el ser humano resaltarías.? Sé breve.

– ChatGTP: De Federico Engels, uno de los postulados más destacados sobre el ser humano es la idea de que la naturaleza humana no es fija o inmutable, sino que está en constante evolución y desarrollo. Engels creía que la sociedad y el medio ambiente donde se encuentra el ser humano, son factores cruciales en la formación de su carácter y comportamiento, y que la historia de la humanidad puede ser vista como una lucha por la libertad y la emancipación. Además, Engels enfatizó la importancia de la cooperación y la solidaridad entre los seres humanos, como una condición necesaria para el progreso social y el bienestar colectivo.

– LAV: Si es así, entonces Nieztche y Federico Engels coinciden bastante y se diferencian de Platón. En qué coinciden, en qué se diferencian los tres autores? Escribe la respuesta en un cuadro comparativo. 

– ChatGTP:

Tema / AutorPlatónNietzscheFederico Engels
Naturaleza HumanaEl ser humano tiene una naturaleza esencial y eterna, y el conocimiento verdadero es recordado de una existencia anterior.El ser humano no tiene una naturaleza fija o esencial, y está en constante evolución y desarrollo.La naturaleza humana no es fija ni inmutable, y es moldeada por la sociedad y el ambiente donde se encuentra.
RealidadLa realidad material es una sombra o imitación imperfecta de las formas o ideas eternas e inmutables.La realidad es cambiante y está en constante flujo y el ser humano debe crear su propio sentido de la vida.La realidad material es el resultado de las interacciones sociales y económicas, y la historia de la humanidad es una lucha por la emancipación y la libertad.
ConocimientoEl conocimiento verdadero es recordado de una existencia anterior y está basado en la contemplación de las formas o ideas eternas e inmutables.El conocimiento es subjetivo y está influenciado por la perspectiva individual del ser humano y debe ser creado y reinterpretado constantemente.El conocimiento es moldeado por la sociedad y el medio ambiente donde se encuentra el ser humano, y debe ser compartido y utilizado en beneficio colectivo.
MoralidadLa moralidad está basada en la contemplación de las formas o ideas eternas e inmutables, y es impuesta por la religión y la cultura.La moralidad impuesta por la religión y la cultura es una limitación para la realización personal, y el ser humano debe crear sus propios valores y sentido de la vida.La moralidad es moldeada por la sociedad y el ambiente en el que se encuentra el ser humano, y debe estar basada en la cooperación y solidaridad entre los seres humanos.

En resumen, Platón cree en una naturaleza humana esencial y eterna, una realidad material imperfecta, un conocimiento verdadero basado en la contemplación de las formas eternas, y una moralidad impuesta por la religión y la cultura.

Nietzsche cree en una naturaleza humana dinámica, una realidad en constante flujo, un conocimiento subjetivo y una moralidad basada en la creación de valores personales. 

Engels cree en una naturaleza humana moldeada por la sociedad y el ambiente, una realidad material creada por las interacciones sociales y económicas, un conocimiento compartido y utilizado en beneficio colectivo y una moralidad basada en la cooperación y solidaridad entre los seres humanos.

-LAV: Me gustan la precisión de tus cuadros y la concisión de los resúmenes. Dadas las limitaciones de espacio, dejo acá mi charla contigo sobre la metodología que podría utilizar para mis clases de filosofía. Gracias, ChatGTP.

Luis Arturo Vahos

Mayo, 2023

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Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos esta tarde en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores los videos de estas muestras especiales para cada uno. 

Exjesuitas en tertulia- 14 de Julio, 2022
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Algo debe estar escrito en el destino de Colombia para que fuera Gustavo Petro ‒y no otro‒ el llamado a consolidar la paz en este ensangrentado país. No me refiero al cabalístico número 9…

Pareciera que la vida de Gustavo Petro estuviera asociada con el número 9: las circunstancias muestran que nació un 19 de abril, militó en el M-19, se desmovilizó en 1990, pactó con las fuerzas políticas de esa época la Constitución de 1991, el 29 de mayo el Pacto Histórico consiguió 29 representantes a la Cámara y un número inédito (20) curules en Senado; ni siquiera que el 19 de junio alcanzó con Francia Márquez la presidencia. Sin embargo, nada de eso es señal de su destino.

Lo realmente venturoso para este país es que Gustavo Petro, para cumplir a sus electores y a Colombia entera las ambiciosas promesas de campaña, debió someterse a la crudeza de números nada míticos: de los 108 senadores, el Pacto Histórico logró 20 (o quizá solo 19, si a Piedad Córdoba la enjuician y debe dejar su curul), y no los 30 que había proyectado; en la Cámara, de los 188 obtuvo 29 representantes. Alcanzar las anheladas mayorías absolutas para imponer las necesarias reformas cual aplanadora ya no era real. Si tal cosa hubiese ocurrido, el reformismo duraría tal vez cuatro años y las derechas neoliberales retomarían el Estado en el siguiente período, como ocurrió con Lasso en Ecuador, para intentar lo imposible: domar el descontento social. El Pacto, para ser histórico y no pasajero, debe cubrir a la mayoría del pueblo colombiano. Eso lo entendió el candidato inmediatamente. Aunque ganara la presidencia no tendría gobernabilidad.

A partir de ese momento se notó en Gustavo Petro la sabiduría del estadista, o si otros quieren verlo así, la capacidad de leer la realidad política para adaptarse de inmediato a los hechos. No solo moderó el discurso; abrió sus brazos hacia sectores que lo rechazan con o sin razón o están a la espera de que el Centro Esperanza se recupere. Asigna a Roy Barreras, avezado político conocedor de los entramados politiqueros y con amigos en todos los partidos (pues ha militado en todas las vertientes liberales, a excepción del Nuevo Liberalismo) la tarea de contactar a todas las colectividades para invitarlas a participar en un amplio acuerdo nacional. 

Roy llegó a decir que en solo 72 horas había tenido conversaciones con al menos 57 dirigentes políticos de todos los partidos. Ese papel lo ejercerá con mucho más detalle en el nuevo Congreso de la República, pues logró el consenso para ser presidente del Senado. La apuesta por un acuerdo nacional para pactar sobre lo fundamental había sido el sueño de Álvaro Gómez Hurtado. Esa apertura fue la semilla de lo que hoy viene creciendo: la esperanza, a la par que la disminución del temor, a pesar de voces tremendistas como la del expresidente Pastrana.

El pasado reciente ya se ve lejano. La llegada al Congreso de Rodolfo Hernández y su fórmula vicepresidencial, con una postura de contribuir a ese pacto después de conquistar más de 10.000.000 de votos, pesa más que estridentes voces aisladas. Los números se imponen. La imagen de Fajardo enseñando su voto en blanco, candidato que solo sedujo al 2.24 % de los votantes, contrastó con la de millones de nuevos electores. 

El destino, ese 19 de junio, tomó la forma de campesinos embarrados al cruzar caminos veredales, filas de indígenas en sus resguardos, canoas repletas por los ríos chocoanos, jóvenes ansiosos por estrenar su cédula, mujeres de todas las clases esperanzadas. Los “nadies y las nadies” aparecieron al final en la tarima del Movistar Arena rodeando a la elegida vicepresidenta Francia Márquez y luego al nuevo presidente Gustavo Petro. Esa multicolor y alegre fiesta se replicó en calles de pueblos y ciudades. Y esa esperanza renacida que sentía ese 50,44 % de electores comenzó a expandirse desde esa noche a partir del discurso sereno, pacifista, acogedor del nuevo presidente de los colombianos. 

Álvaro Uribe, que aceptó dialogar, colocando a Colombia por encima del rencor, es una señal. Más aún: la designación de ese otro Álvaro ‒Leyva Durán‒ como canciller muestra que la figura de la guerra, representada en uno, y la de la terca lucha por la paz, del otro, pueden al fin confluir en una sola imagen: la de una Colombia que emprende, ahora sí, el largo camino de la reconciliación y de una paz esquiva, para que el campo reverdezca y el trabajo fructifique. 

¿Será posible que la encíclica Fratelli Tutti tenga al fin asidero en la Tierra? De todos depende que así sea.

Los invito a repensar nuestro papel para que Colombia sea la ganadora final. 

Luis Arturo Vahos Vega

Septiembre, 2022

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El ejercicio que ha ocupado las últimas tertulias de los jueves, donde nos hemos atrevido a mirar nuestras vidas con el fin de encontrar aprendizajes que puedan ser útiles, me hace pensar que el ejercicio mismo de dicha introspección compartida es ya un aprendizaje estupendo y demuestra una madurez grupal, digna de ser replicada por otros.

Me inclino respetuoso ante los amigos que aceptaron el reto de compartir aprendizajes vitales y nos regalaron destellos de vida en los cuales amor, fe, servicio, creatividad, desprendimiento, empresa, ciencia, amistad y espiritualidad son muestra de lo que somos.

Cómo no sentir respeto y un poquitín de envidia ante la fe ilustrada de Reynaldo Pareja, certificada con lágrimas; la de Bernardo Nieto, digna del más inocente de los niños, como requería Jesús de Nazaret o la de Hernando Bernal: trabajo, servicio y armonía musical. Admirables, prácticas, sencillas las enseñanzas de Goyo; sabios y fundados en la experiencia los consejos de Darío Gamboa. Actitud de confianza paciente la demostrada por Vicente Alcalá, a la espera del retoño que se convierte en árbol y la flor que deviene en fruto, cuyo aroma se presintió años atrás y hoy se degusta en familia. 

Tanta generosidad y autenticidad de todos los que participaron en la primera sesión se convierte en formidable reto que pretendo asumir.

Mi vida no acaba de aprender; no es imitable. Si Darío la graficara, se parecería mucho a los cuadros que produce Wall Street en días de crisis como los actuales. He cruzado muchos puentes que me han permitido experimentar desde la más genuina espiritualidad hasta los abyectos e inconfesables comportamientos que envilecen a cualquiera, aunque nunca haya caído en la criminalidad. He tenido suerte. Hoy pienso que es gracia, porque no he sucumbido, y atisbo desde mi pequeñez un final donde seré recibido con misericordia.

Esta certeza ha nacido de mi práctica diaria de contacto con esa realidad que vibra en nuestro interior a otro nivel y que fue despertada hace treinta y cinco años por mi maestro Ajaib Singh Yi.

Estoy seguro ahora de transitar hacia el Verdadero Hogar, aunque ego, avaricia, codicia, ira y lujuria siempre estén ahí como piedras resbaladizas que amenazan mis pasos. Mirando hacia atrás, sé que ya no hay culpa, ni miedo. También sé que la persistencia en seguir la senda ‒sin duda, sin prisa, sin pereza‒, me hará cruzar la meta definitiva como lo he logrado en las maratones que he corrido. 

Y de no lograrlo en esta vida, cuento con la promesa de otras vidas, si fueran necesarias.

Gracias. 

Luis Arturo Vahos

Junio 2022

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Textos hay que “enseñan” a escribir. Incluso, utilicé varios cuando me desempeñé como profesor. Ahora no pretendo enseñar, sino participar en la tertulia más amena y enriquecedora de la que tenga memoria: esta de los jueves por la tarde, compartiendo experiencias de escribir.

Mi experiencia inicial de escribir se dio hacia los nueve años cuando me atreví a glosar con preguntas y subrayados aquella primera lectura que, cual ola de mar tormentoso, hizo crujir el tablado del desprevenido bote donde viajaba mi inocencia, en un diálogo con Arthur Schopenhauer, acerca de El amor, las mujeres y la muerte.

La siguiente fue cuando me preparaba para ser un bachiller de pueblo, con un cura de rector del colegio, mientras al otro lado de la plaza, detrás de la iglesia y bajo tutela celosa, las monjas “educaban” a la juventud femenina en La Normal.

Además de estudiar, cruzar miradas y sonrojar mejillas, el verdadero quehacer taimado de nosotros y de aquellas niñas ‒en la plaza, bajo una gigantesca ceiba; durante la misa, las procesiones religiosas o en los “certámenes literarios”‒, fue lo que las dos instituciones de enseñanza media de Sopetrán se inventaron, para dicha mía, pues mis ojos en ese momento no solo se alimentaban descubriendo redondeces bajo uniformes a cuadros azules y blancos, cuando oídos e imaginación se entrenaban con versos y prosas para ellas, rebuscando la expresión exacta que evitara la censura del cura y al mismo tiempo lograra la atención de la verdadera dueña de nuestras palabras. 

Ese ejercicio me enseñó la forma; pero la unión de contenido y forma la hizo posible aquella inolvidable pecosa de labios finos, voz de arrullo y diamantina mirada cuando me indicó la rendija exacta de la celosía en la ventana que coincidía con su cama. Desde la acera que recorría el largo muro lateral de La Normal deslicé poemas, que ella leía bajo las sábanas, alumbrando mis versos con linterna. Muchas veces recogí allí mismo esquelas selladas con el dibujo de unos labios rojos pintados con lápiz de color.

Apenas solo una persona extraña conoció aquella extraordinaria producción literaria. La monja que descubrió ese truco de amores decidió hacerme su amiga y logró que, terminada la secundaria, quemara en una fogata un cuaderno de cien hojas y una sarta de cartas humedecidas con lágrimas, como ofrenda al Jesús de la Compañía, donde solo recuerdo haber escrito un soliloquio que los redactores del medio informativo y literario del juniorado en Santa Rosa de Viterbo no se atrevieron a publicar por “pacato”. 

Tal vez, la mejor producción literaria como jesuita fueron las cartas que nos cruzamos con el padre provincial de entonces y con el padre Arrupe, General de la Compañía, donde quedaron plasmados argumentos, quejas y perplejidades que terminaron con mi desvinculación de la comunidad. 

Esto me conduce a la primera certeza: solo cuando en nuestro interior se configura la necesidad de expresarse ‒y no pretendemos enseñar‒, aparece el escritor.

Escribir por “oficio”, es más exigente, mal pago y no ofrece el tibio sabor que nos deja la literatura, donde el placer de oírnos es suficiente para convertir imágenes, sentires y placeres ficticios o añorados en palabras que hacen brotar mundos nuevos, donde es posible encontrarnos con otros cuando nos lean.

De esa escritura nacida para demostrar algo, conservo colaboraciones como Filosofía: Guía de estudio para la validación del bachillerato académico, ICFES, 1984; un capítulo en el tomo I de la Historia de la Educación en Bogotá, titulado La reforma educativa de 1893: epílogo de una estrategia, Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo (IDEP), 1999; Mujer y Educación en la Nueva Granada, Comunicación Creativa, 2002, y el capítulo Modernización de los Sistemas Educativos Iberoamericanos Siglo XX, del tomo II de la colección Pedagogía e Historia, IDEP, 2004. 

Semillas de Fuego, mi única novela, es el escrito que más amo, porque de alguna manera es también otra historia de amor como la recogida en aquel cuaderno adolescente, que voló convertido en llamas hacia el cielo, según me aseguró aquella monja, de lo cual hoy no estoy seguro.

En cambio, estoy convencido de haber perdido tiempo y energía cuando escribía en un panfleto, con formato de semanario, llamado Maestro y combatiente, cuyos ejemplares espero que la Biblioteca Nacional los haya convertido en material de reciclaje, aunque reconozco haberlos trabajado y distribuido con verdadera pasión. 

Esto me demuestra que no todo lo hecho con ardor es, por ello, digno de orgullo, y que los discursos hechos con la intención de conseguir adeptos, además de pervertir la literatura, no dejan aquel sabor indescriptible que sí consigue el ejercicio de escribir por la necesidad o el placer de hacernos parte de la comunidad humana, como es el caso de la participación en exjesuitasentertulia.blog

Luis Arturo Vahos

Junio, 2022

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El Pacto Histórico lleva un buen tiempo discutiendo, precisando, acordando y difundiendo el contenido programático de su propuesta política. Al mismo tiempo, ha estado trabajando en la construcción de su organización, la cual hoy agrupa cada vez más colombianos provenientes de distintos orígenes y condiciones.

Desde el año 2021, el Pacto Histórico ha venido discutiendo y precisando el contenido programático de su propuesta política, a la vez que trabajando en la construcción de su organización, que agrupa cada vez más colombianos de orígenes y condiciones diversas. El resultado no parece, a mi modo de ver, una opción de izquierda, ni mucho menos comunista. Es, más bien, un movimiento amplio donde cabe cualquier colombiano que siente la necesidad de darle un cambio profundo a nuestra realidad. 

Este movimiento político es un pacto por el trabajo digno, la productividad y la vida; por oportunidades y garantías sociales, por la naturaleza y la crisis climática y por la paz y la democracia.

Hasta aquí y ahora ha dado la impresión de ser un programa sobre lo obvio. Sin embargo, a medida que la discusión se ha profundizado, el discurso general ha pasado a plantear la necesidad de:

– Reformar el sistema de salud.

– Reformar la Policía.

– Acelerar el tránsito de una matriz energética, basada en hidrocarburos, a una más limpia.

– Efectuar una ruptura democrática con la tendencia neoliberal de la economía.

– Brindar respeto y acogida dialogal a la protesta social.

– Incluir a las minorías y comunidades históricamente relegadas o estigmatizadas y a la mujer, como igual en derechos.

– Llevar a cabo una reforma rural.

– Alcanzar la soberanía alimentaria.

– Renegociar los tratados de libre comercio.

– Establecer unas relaciones internacionales fundadas en el respeto mutuo y la no interferencia en los asuntos internos de los países.

– Lograr una solución política al conflicto social y armado.

Votaré, no tanto por Petro sino, ante todo, por lo que significa el Pacto Histórico.

Luis Arturo Vahos

Marzo, 2022

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Este segundo artículo sobre el significado de la Navidad comienza con una referencia literaria a Dickens, y luego comercial, para pasar a la experiencia personal de esa época del año en un contexto de pobreza. Otro significado llegó más tarde.

Paparruchas.

Así llamaba el avaro Scrooge a las festividades navideñas, en Canción de Navidad, de Charles Dickens, como fría explicación a su falta de sensibilidad por todo lo que no fuera dinero.

Los comerciantes de hoy le aconsejarían que fuese más práctico. Pues si tanto amaba el frío metal, debería invertirlo en llenar el mercado de todos los objetos que, la imaginación humana y la tecnología, pueden crear para satisfacer la demanda de los pueblos cristianos en esta época. Los chinos hace rato siguen este consejo. Se hacen ricos aprovechando las necesidades creadas por las diversas costumbres. La ideología es lo de menos.

Mi papá también era práctico. Era diciembre de 1952 y no tenía dinero para regalarnos los juguetes que pedíamos al niño Jesús, en una carta dejada bajo el viejo pesebre que desempolvábamos y decorábamos cada año. Optó por regalarnos una cruda verdad: el niño Jesús no trae los regalos, ni los magos y mucho menos Papá Noel. Claro, lo poco que tenemos a Dios lo debemos y no necesita envolver nada en papel para que le demos gracias. Hagamos una fiesta de Navidad rezando el Rosario y cantando los villancicos de radio Sutatenza.

Y así se hizo aquella noche del 24 de diciembre. Los siete hijos (de los 11 que formaríamos luego la pollada completa), unimos las voces al coro de la radio y celebramos cantando el nacimiento de Jesús en Belén.


De la cocina mamá trajo natilla y leche, pero no pudo contestar a la pregunta de una de mis hermanas: “¿por qué esta vez no hay buñuelos?”.

Papá la fulminó con su mirada como respuesta y luego le dijo: no vayas a quemarte con la leche por bocona. Pero sí hubo buñuelos y más natilla al día siguiente por cuenta de una vecina que nos visitó para compartir, mientras saludaba diciendo ¡feliz navidad! a todos.

Muchas navidades pasaron en casa sin árbol ni regalos. Las novenas eran sobrias; el viejo pesebre menos colorido y más lacerado, aunque el niño se mantuviese lozano y sonrosado, pues pasaba la novena escondido.

La dulzura de navidad solo vino a revelarse en el Noviciado de La Ceja, cuando algunos de ustedes se acercaron cantando Noche de Paz a mi cuarto para entregarme la sotana. Desde ese día para mí ha sido Nochebuena. Desde aquel diciembre supe que dar y recibir cantando es lo que define la Navidad y que esa actitud de compartir cosas, abrazos y sueños nos hace familia.

Los jueves con ustedes refuerzan en mi ese mismo sentimiento. Gracias.

Luis Arturo Vahos

Diciembre, 2021

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Atribuido al Maestro y poeta musulmán Kabir (1398-1518), el texto que poseo es una traducción de 1993, basada en la edición crítica de Swami Yugalanda (1914), editada bajo la supervisión del Maestro Sant Ajaib Singh, quien me inició en 1987.

Kabir advierte que “solo unos pocos santos lo entenderán”. Tal vez por ello sus enseñanzas han originado varias corrientes espirituales y religiosas en la India, que hacen énfasis en aspectos a veces contradictorios.

Yo lo describiría como un drama cosmogónico, donde la Eternidad y el Tiempo están personalizados en dos entidades: el indescriptible, todopoderoso y compasivo Sat Purush, y uno de sus hijos, con quien disputa, el poderoso Kal, la simiente inmortal de la vida, la cual es creada inicialmente por Sat Purush como emanación de su propio Ser eterno y, luego, es tomada por Kal para mantener su propio universo temporal, compuesto por tres planos de existencia: material, astral y el causal.

En este drama, Sat Purush decide llevar de nuevo a su hogar eterno las almas atrapadas por Kal en innumerables cuerpos, donde transmigran sin esperanza de liberación, en la rueda del Samsara.

Para hacerlo, encomienda la tarea del rescate a otro de sus hijos, que no es más que Él mismo en cuanto Verbo Encarnado, quien aparece en la forma de algún hombre santo. Este Santo o Maestro vive como un hombre o mujer perteneciente a un pueblo o cultura para ilustrar a las almas sobre la existencia del Hogar Eterno al que pertenecen por derecho, situado más allá del cuarto plano de existencia (denominado Sachkand). Además de ilustrar a las almas sobre su realidad, logra despertar dentro de ellas la añoranza por la eternidad y las conecta, mediante su poder, con la corriente ascendente del Shabda, la cual resuena en el interior de cada uno y hala hacia esa dimensión.

Kal, a su vez, intenta por todos los medios mantener a las almas en los planos temporales. Utiliza también a maestros que, enseñando parte de la verdad, orientan a las almas por vías de no retorno al Verdadero Hogar. Así como Sat Purush nos habita como alma, Kal hace lo propio como mente. Y mientras el primero inspira a meditar en el Shabda, que nos hace desprendidos, amorosos, humildes, pacíficos, puros y constantes, Kal hace que la mente nos mantenga entretenidos en ideologías y constantemente justifique nuestro vivir dando gusto a los sentidos externos, haciendo que las almas vivan atrapadas en las trampas del apego, el ego, la avaricia, la codicia, la lujuria, la ira. Peor aún, sus emisarios pueden conectar a sus seguidores con un sonido interno de naturaleza descendente.

Kabir se descubre ante un discípulo, elegido por él, como enviado del Sat Purush. Lo inicia y le muestra el camino interno. Y cuenta cómo ha buscado su alma encarnada a través de cuatro Edades, por miles de años.  Ha encarnado como emisario del Sat Purush en cada edad con nombres distintos, dando origen a varias dinastías de Maestros. En esta última Edad (la de hierro), 42 encarnaciones se producirían a partir de él, hasta el fin de los tiempos.

El Anuräg Sagär consta de una introducción, cuatro capítulos y un epílogo, además de notas explicativas, a las que es necesario recurrir con frecuencia, pues el formato de diálogos, precedidos por invocaciones, himnos, relatos y exhortaciones lo hace necesario.

Es un libro para lectura meditativa. A él regreso con frecuencia, como quien necesita regresar a un manantial de agua fresca.

Luis Arturo Vahos Vega  

Agosto, 2021

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A los lectores del blog queremos contarles que desde hace 14 meses venimos reuniéndonos, semana a semana, en tertulias amigables, para conversar sobre muy diversos temas. Esas tertulias alimentan el blog y este aprovecha lo compartido allí. 

Ante la dolorosa situación que atravesamos en Colombia decidimos manifestarnos. Por eso, les propusimos a quienes desearan hacerlo, que escribieran un texto breve al respecto.

Este artículo hace parte de la cosecha que obtuvimos.

Aquel domingo a finales de mayo, después de un mes del estallido social de 2021, cuando Colombia vivía un tercer pico de la pandemia, las calles de varias ciudades vieron un color nuevo agregado al variopinto que la protesta nos regalaba a diario: el blanco.

Muy de blanco, a distancia prudente, en filas paralelas y custodiadas por uniformados y camuflados, marchaba la “gente de bien”.

Algunas veces coincidieron con las animadas marchas jóvenes alegres, irreverentes, participantes del paro nacional.

Muchos deseábamos que en alguna esquina una escena de abrazos y sonrisas mezclara todos los colores y que se oyera un grito que los uniera a todos: ¡Hurra, hurra!, ¡Egan, Egan! o ¡Viva la selección!

No fue así: la hora del almuerzo se acercaba para “la gente de bien” y, ordenadamente, regresaban a sus casas, si bien la mayoría había desayunado y en sus morrales llevaba agua y las golosinas de la merienda. 

Por otro lado, los irreverentes jóvenes no habían aprendido esa lección de buenas maneras y persistían en bloquear, señalar, reclamar, insultar. No había caso. Que la policía, asistida por el ejército, se encargara de enseñar, a su manera, la lección de cómo debe reclamarse en este país.

En las barricadas, que la gente común se atuviera a las consecuencias de no saber comportarse. La economía no puede parar, el bienestar de los que no protestan no debe torpedearse. Allá los indígenas con sus reclamos imposibles, los atenidos de todas las edades y colores que emprendan alguna iniciativa creativa; que al fin de cuentas el que lo cree, lo crea. Es asunto de proponérselo para salir adelante. Al Estado no se le puede pedir lo que no puede dar; además, el cúmulo de necesidades represadas no es asunto de este gobierno, sino del anterior. Y que no vengan ahora del extranjero a enseñarnos acerca de la democracia, los derechos humanos y otras veleidades. ¡Que gasten sus discursos en Venezuela o Nicaragua!

¿Qué pienso de esto?

Siguiendo a Mauricio García Villegas, columnista de El Espectador, creo, como decía él en su artículo del 4 de junio de 2021*: 

“Nuestra mente está bien diseñada para proclamar y defender principios, no para entender el comportamiento humano como un resultado de las circunstancias. Estamos más predispuestos para la indignación virtuosa que para entender una realidad llena de causas y efectos”. 

Por ello, nos es difícil juzgar el comportamiento ajeno dentro de contextos y circunstancias condicionantes. Nos cuesta ponernos en los zapatos ajenos. No obstante, me atrevo a preguntarle a cualquier persona de bien en cuál de las marchas se sentiría mejor, si su desayuno de ese día lo hubiera hecho en la olla comunitaria, con un tinto y un pan, y si no supiera qué, dónde ni cuándo almorzaría.

De lo que estoy seguro es de que están inventándose en nuestras calles auténticas formas de democracia. Colombia no será la misma, incluso si avanza la solución de fuerza, de encubrimiento, de negación o de mentira. Ya nadie se traga el cuento del flautista de Hamelín, a quien siguen los ratones. 

Con Petro o sin Petro, el pueblo despertó y no se siente representado sino por él mismo. Soy optimista, a pesar de todo. 

https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/mauricio-garcia-villegas/sobre-la-indignacion-virtuosa/

Luis Arturo Vahos 

Agosto, 2021

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Todo era hermoso cuando la niñez aún lucía su sonrisa desdentada y los aviones eran de papel. Entonces apareció el miedo y la sonrisa blanca, en dentadura nueva, se enturbió.

Con la aparición del miedo en la vida llegaron experiencias repetidas de desamor y aprendimos el odio contra nosotros mismos, que es el peor de todos los odios. Porque muchos, desde distintas y respetables trincheras, arrojaron basura sobre nuestra corporalidad, que es la más evidente forma de nuestro ser.

Matones en la escuela enmascararon nuestras facciones o modo de caminar en un apodo y lograron que odiáramos esa caricatura que provocaba hilaridad en otros.

Sacerdotes, en el confesionario, convirtieron experiencias íntimas con nuestros cuerpos en pecado. Y hasta aprendimos que la mortificación corporal nos precavía del mal y del maligno.

Se nos inculcó a ver al otro (sobre todo a la otra) como ocasión de perdernos, no de crecer. La precaución se volvió omnipresente y hermana del temor. Se hizo algo tan natural y esencial, que sin ella hubiésemos perecido muy temprano. Ni nos vacunaríamos, ni ahorraríamos y hubiéramos perdido el camino que nos tiene donde nos encontramos ahora.

Esa precaución, convertida en miedo, conduce por caminos miserables. Se vuelve paranoia que frena, timidez acentuada que aísla y apoca, misoginia y recelo.

¿Y qué pasa cuando ese temor lo proyecto sobre los demás? ¿Si convierto al otro en un peligro potencial o, lo que es peor, en objeto de rechazo? 

Aprendo a enmascarar personas bajo prejuicios; aquello que temo en mí, ¿lo odio en los demás? Si es así, estoy preparado, “educado”, para aceptar el prejuicio como algo completamente “normal”.

Hoy, cuando las redes son el campo de acción de maquinarias, botsinfluencersfake news, etc., ¡qué fácil presa hemos llegado a ser! Reenviamos basura sin previo análisis porque realimenta nuestros profundas inseguridades y miedos.

La precaución tiene muchas formas, juegos y pretensiones. Incluso, se ha ampliado y convertido en verdaderos regímenes educativos, sistemas legales, aparatos de terror.

Acudiendo a miedos reales o ficticios se hace política y se establecen regímenes por todas partes, de Oriente a Occidente, de Norteamérica hasta el cono Sur.

Tal vez un autoanálisis como este allane caminos de reconciliación entre nosotros a partir de la aceptación y del reencuentro con el bello ser que un día fuimos. 

Acogeremos la promesa del Reino que nos habita si nos comportamos a la altura de los niños.

Luis Arturo Vahos

Agosto, 2021

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En El Profeta, de Khalil Gibran, Ramiro Valencia encontró certezas dignas de compartir. Una de ellas, “Solo da, el que a sí mismo se da”, fue corroborada en las espontáneas presentaciones de los participantes cuando respondían a la pregunta sobre cuál ha sido el libro más importante en su vida.

La respuesta a la pregunta ¿cuál es su libro favorito? constituyó la temática que tuvo la virtud de congregarnos para dialogar durante dos sesiones y que ahora estamos compartiendo en este blog.

En los comentarios surgió una inquietud: ¿por qué todos experimentamos un profundo sentimiento de hermandad, de aceptación respetuosa y admiración embelesada frente a las lecturas que hicieron los compañeros que decidieron exponer su experiencia?

Supongo que, en gran medida, porque se cumplía en vivo la enseñanza del profeta. Una situación como esta no se logra con frecuencia en las redes sociales, donde nos encontramos muchos de los que asistimos a la cita gozosa los jueves o escribimos y comentamos en el blog

Tal vez Hannah Arendt (1906-1975) nos ayude a desentrañar la paradoja.

Esta pensadora del siglo XX, judío-alemana-norteamericana, de difícil ubicación ideológica, porque desdeñaba toda ideología, no se contentó con describir el acaecer de su tiempo, como historiadora y periodista, sino que arriesgó su comodidad personal al intentar explicarse y explicar de un modo filosófico lo que observaba. Para ello, asumió el método de pensadores antiguos, como Aristóteles, de quien aprendió que el pensar, ese diálogo interior honesto que nos permite distinguir, comprender, valorar, también hace libre al que lo comparte, lo socializa y se atreve a confrontar sus hallazgos con lo alcanzado por otros. El socializar honesto nos humaniza, por lo tanto, y nos hace libres.

Libertad vedada para quienes, atrapados por una ideología, reproducen en sus mentes y expresiones la “verdad” dictada, el “sentido común “, lo “conveniente “, “lo legal” y reenvían en las redes lo que otros producen, como una mercancía de consumo, nacida muchas veces de un robot. 

Compartir así nos priva del gozo que produce el contacto dialogal con otros seres libres. Nos comportamos como Dasein, seres-en-el mundo; perdidos en la impersonalidad compartida, estableciendo relaciones funcionales con el entorno, como explicó Heidegger, profesor y amante de Hannah, a quien ella criticó por perderse en la trampa ontológica de su discurso al considerar como constituyente del ser humano esa impersonal forma de existencia. 

Para Hannah, en cambio, pensar la realidad es la vía del encuentro o del desencuentro y condición de posibilidad para la creatividad, pues cada uno es individuo único e irrepetible que en su ejercicio aporta siempre algo nuevo y acepta que los demás son también originales formas de la existencia. Cómo no admirar y amar lo diverso. ¿No es acaso el jardín más bello aquel donde encontramos juntas más variadas formas y colores? Lo diverso unido en armonía es creación, es bello. La admiración es un primer paso en el camino del amor. Ingrediente necesario de lo humano.

Por otro lado, Hanna encuentra que la verdadera democracia se origina en ese ejercicio dialogal de seres libres que produce acuerdos e incluso reglas compartidas. Se aventura a afirmar que la génesis de la democracia americana la gestaron los migrantes que arribaron a Norteamérica en el Mayflower, en 1620, pues el Mayflower Contract fue el primer documento de gobierno en la colonia de Plymouth. Documento redactado por los padres peregrinos, acordado con los migrantes antes del desembarco, el cual se constituyó en modelo para las demás comunidades que se formaron en las colonias, reglas mínimas de convivencia que regirían su vida en esa tierra nueva.

Los libros que nos ayudaron a ese encuentro con nosotros mismos, a reconocernos como irrepetibles formas de la Creación parece que son los compañeros necesarios de este viaje por el mundo, como lo son quienes desde su originalidad comparten su vivencia.

Luis Arturo Vahos

Mayo, 2021

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Es inusual en nuestros viajes poner nuestra atención con afecto en nuestros medios de transporte, a menos que nos lleve en un ser vivo, como un caballo o un camello.  Esta vez, sin embargo, se mira afectuosamente un bus de transporte terrestre; singular sí, pero muy de nuestra idiosincrasia colombiana: un bus pirata.

Eran las 5 a.m. de un sábado de octubre, hace diez años. Aún recuerdo los detalles. Partíamos de Bogotá a Barranquilla. En la mano portaba ansioso el pasabordo frente al mostrador donde una rubia, vestida de rojo, se comunicaba con alguien a través del micrófono de su diadema negra, que lucía muy bien coronando su cabeza. La contemplaba encantado, hasta que habló a través del altoparlante, anunciando que nuestro avión no podía salir, porque tenía una falla mecánica. Ya no la vi tan bella, pues esa voz que informaba retrasos no correspondía con su estampa y hasta noté que sus enormes pestañas eran de plástico.

Hacia la costa caribeña partimos a las 10 a.m. Volamos sin sobresaltos ‒odio esos bancos de nubes que suben de repente las naves para dejarlas caer con estremecimientos que humedecen y enfrían mis manos‒. Esta vez pude dormir hasta el anuncio de “prepárense para aterrizar”. Tenía prisa. No solo dejé presuroso el avión, sino que subí a un taxi para llegar pronto al barrio Simón Bolívar, donde tomaría un bus para Santa Marta. Allá me esperaban familiares y amigos para disfrutar de unos días de arena, sol y mar. 

Mi prisa, sin embargo, no era asunto de la empresa Brasilia. Solo me ofrecía la posibilidad de partir a las 2 p.m. No sé si fue la sensación de calor o la dificultad de encontrar comida vegetariana lo que me impulsó a subir a un bus en la calle, haciendo caso omiso a quienes me habían advertido que era mala idea viajar en un bus “pirata”. Un joven pregonero anunciaba la partida inmediata de aquel automotor que avanzaba en marcha lenta y apenas cobraba $10.000 hasta Santa Marta, en su ruta hasta Maicao. Pagué esa suma al asistente, quien me dio un comprobante. Luego, noté que había otro asistente cobrando pasajes al fondo del bus. Casi inmediatamente entró otro, acompañando a una familia, a la cual asignó asientos, y después un cuarto personaje con otros pasajeros. En total, había cinco personas acompañándonos, dos de ellos “tiqueteando”.

Cuando no cabían más pasajeros apareció un personaje que demostraba, con sus ademanes y gestos, que estaba a cargo del bus. No solo revisó los comprobantes de pago, sino que exigió a uno de los asistentes que le entregara el dinero de la venta de los pasajes. Después de contar pasajeros y recontar dinero, sospechó que lo estaban “tumbando”. Lo comprobó al preguntarnos a unos pocos cuánto habíamos pagado y notar diferencia en nuestros recibos con respecto al dato que sus ayudantes anotaban. 

En mi caso me habían cobrado $10.000, aunque mi viaje terminara kilómetros antes de Santa Marta, pero anotaron $7000 en la planilla. Esto enfureció al dueño del negocio, quien se retiró vociferando en busca de los dos traidores, pero solo encontró a uno para confrontarlo con nuestra información; el otro ya no estaba. Después de amenazas de una parte, explicaciones y retorno de dinero al transportador (no a nosotros) todo volvió a la calma, con excepción de un pasajero que reclamó por lo suyo y fue bajado, sin contemplaciones, previa la devolución de su dinero. Los transportadores sabían que aquel día no había suficiente oferta de transporte y sí mucha demanda, pues era la víspera de un puente festivo.

La última discusión al inicio de este viaje, que no mostraba signos de arrancar, se dio entre el dueño y uno de los voceadores, quien reclamaba molesto su propina, pues había conseguido persuadir a dos pasajeros de tomar el transporte alternativo y no el de la empresa regulada. “Si te sirve la mitad, y el resto cuando regrese; tómalo. Si no, póngala como quiera, mijo”, fue la solución al impase y la señal de que, al fin, el automotor iniciaba su marcha. Tanto alboroto por la propina atrajo la atención de un policía de tránsito. Al requerir los documentos pertinentes, conductor y dueño bajaron para entablar una conversación con el agente estatal, cuyo contenido no fue posible escuchar. Parecía revisar documentos. Supongo que uno de esos papeles debió ser un billete, pues las sonrisas y el apretón de manos como despedida pareció indicarlo. Lo realmente significativo es que ahora sí comenzaba aquel viaje hacia mi destino.

Durante esos minutos de espera para que partiera el bus, estuve tentado de bajarme y  quedarme a la orilla de la vía, a la espera de otra opción, pero decidí correr el riesgo de la aventura en un transporte pirata, en parte porque ya me había familiarizado con algunos pasajeros, con quienes compartí galletas y nueces que traía conmigo y, sobre todo, porque contemplar el paisaje me curó de recelos: el mar a mi izquierda creaba ciénagas pequeñas y grandes, de innumerables formas, a las que nutría de vida marina, lo que aprovechaban pescadores con el agua arriba de la cintura o navegando en pequeñas canoas. Las bandadas de garzas y gaviotas moteaban de blanco el cielo azul, además de señalar a los pescadores por donde nadaban los peces. 

Esta visión teñida de ensueño me mantuvo entretenido hasta que el estruendo producido por el estallido de una de las llantas y el zigzagueo subsiguiente de aquel aparato que no se detenía ni se mantenía en su carril surgió como una pesadilla en la que parecía inminente una zambullida aparatosa en una de aquellas lagunas de agua salada. El terror se reflejaba en los rostros; solo una señora perdió el control y gritó. Sus vecinos procuraron calmarla y después la regañaron por su falta de fe y su llamado a la tragedia con su vocería. Cuando, al fin, el conductor pudo detener aquel rebelde automotor y bajó a revisar el daño, decidió que debía continuar el viaje en esas condiciones, con la promesa de andar muy lentamente y parar a reparar el daño en el peaje, 20 kilómetros adelante. La señora, furiosa esta vez, cambió sus gritos por reclamos y amenaza de una denuncia ante la policía, lo que no inquietó a los responsables del viaje. Incluso la calmaron con la idea de que, precisamente, en el peaje encontraría agentes de policía. Con cinismo se reían.

Era cierto; en el peaje había varios policías que eran viejos conocidos del conductor, quien se adelantó a contarles por qué había traído el bus hasta ese sitio con una llanta reventada, pues lo consideraba el mejor lugar de la zona para desvararse porque había dos montallantas a unos pasos de allí. Los policías estuvieron de acuerdo; su actitud condescendiente desanimó cualquier denuncia de nuestra parte. La curiosidad de los pasajeros ya no se centró en lo que la señora diría a la policía, pues nuestro interés estaba en enterarnos acerca de cómo se resolvería el problema técnico que nos detuvo. 

Las condiciones deplorables que ostentaba aquella rueda reventada y arrastrada varios kilómetros no auguraban solución fácil y rápida. También nos apremiaba la necesidad de encontrar sitios que pudiésemos utilizar como baños improvisados y la compra de algunas golosinas y refrescos para calmar el hambre y la sed. Le advertí al conductor que debajo del bus había una fuga de un líquido viscoso, seguramente de los frenos, pero me respondió: “lo que ve caer, amigo, no es del freno, sino del depósito del baño que está al lado. Es mejor que no lo verifique con sus dedos. Eso explica por qué ese servicio higiénico está cerrado”. 

Observé con detalle el estado de aquel aparato, en que había confiado cuando me prometieron un viaje rápido por solo $10.000. El tanque para el baño tenía un dispositivo de drenaje bien extraño: media botella de coca-cola litro invertida; una manguera rota descolgaba en otra parte, indicando que alguna vez aquel transporte dispuso de aire acondicionado; en uno de los costados, un golpe había dañado la puerta de un depósito de equipaje y abundaban los rayones sobre la pintura. Miré, entonces, aquel bus con respeto. Se me reveló de pronto como un viejo guerrero del asfalto, lleno de cicatrices y del que todos en la vía esperábamos algo: los pasajeros. un tiquete barato y el arribo a tiempo; los policías, su “mordida”; los vendedores, el  sustento diario; el montallantas, el pago de la reparación; los voceadores, la propina; los niños, la gran oportunidad de acompañar a sus mayores fuera de su casa y, hasta una prostituta, el disfrute de un paseo gratis en el asiento al lado del conductor. La de este viaje acompañaba a uno de los vendedores de tiquetes, no al chofer, aunque aprovechaba los descuidos de aquel, para mostrar sus atributos a los otros socios, sobre todo al dueño del bus. Cuando su amante del día notaba algo, marcaba su territorio con un beso o rodeando su talle con un brazo. 

A las cinco de la tarde me bajé de aquel guerrero y me dirigí al hotel. Me acompañaba una sensación ambigua: cierta urgencia de tomar una ducha y darle algo a mi estómago, mirar la cara de los amigos que me esperaban, saber de mi esposa e hija que venían en otro vuelo y cierta nostalgia de no haber compartido con mi amiga Joyce aquella aventura en esta tierra, para ella exótica: mi Colombia.  

Luis Arturo Vahos V.

Mayo, 2021

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En una rememoración de más de medio siglo, con evocación del cilicio y la disciplina, el autor alude a un túnel que no era físico, sino interior, acompañado de cierto sentimiento de culpa.

No era como aquel inconcluso túnel de la Línea, oscuro en sentido literal y figurativo, ni como el que transitan los moribundos antes de arroparse en luz. Era peor: no concluiría algún día, ni ofrecería paz en su final. Las tinieblas eran su ropaje y no cedían ante las temblorosas manos del novicio cuando las utilizaba a manera de espantamoscas. Cerrar los ojos mientras se avanzaba era menos aterrador, pero el oído se afinaba y percibía lo sutil. Incluso distinguía el lamento fingido después del splash de la “disciplina”, que golpeaba una espalda, el espontáneo quejarse asordinado de alguien infligiéndose placer. 

La hora tardía, el amanecer lejano, la urgencia de orinar presente y una nueva culpa que taladraba el alma por juzgar mal a sus hermanos. La única opción era su avanzar silencioso, palpando y contando puertas, para orientar los pasos y garantizar el regreso al cuarto. El oscuro corredor del claustro ofrecía el servicio de baños solo en un extremo, donde se podía encender la luz eléctrica el tiempo estrictamente necesario para aliviar el cuerpo antes de tornar a la penumbra silente del regreso.

Y así cada noche. Preguntándose si era posible ser valiente de día y cobarde al anochecer. ¿A quién contar los miedos sin arrancar sonrisas? Tal vez a la Virgen que adornaba uno de los muros o san Estanislao de Kostka, a quien debía imitarse. El cuadro de la Virgen no era muy práctico, pues amamantaba un hermoso bebé, de quien se podía sentir envidia. Entonces, una nueva culpa se anidaba dentro, no curada mediante la confesión ante el maestro de novicios, pues tal sacrílego sentimiento era incomprensible para él; había que vencerlo con diez golpes más de ese látigo acordonado llamado disciplina y un punto más de presión sobre el muslo, con aquel aparato metálico denominado silicio. Tal vez hubiese sido más eficaz hacer cambiar el cuadro italiano de la matrona por La Inmaculada de Murillo, que al menos conservaba el recato del artista español, o suprimir las torturas recetadas, pues al pasar cada mañana rumbo a la capilla ese caminar lento por la presión del metal revivía el recuerdo de la causante de tal culpa.

Si, el verdadero túnel de aquel novicio estaba en él: sentirse miserable pecador incorregible y experimentar el temor, aquel terrible miedo a perderse sin remedio. Hasta que una noche alumbró la oscuridad un resplandor, tenue, pero suficiente para animarse a sentir el apoyo celestial. Provenía del cuadro de san Estanislao. Hacia él orientó sus pasos. Olvidó contar las puertas como seguro del retorno; más qué pesar, ¡qué pesar! 

Ese resplandor era el reflejo de una ventana abierta que dejaba pasar un rayo de luna clara. El novicio, entonces, se recostó junto a su alero y allí permaneció alelado contemplando la luna hasta la hora del ángelus, fría la piel, aunque más tibio el corazón.

Luis Arturo Vahos Vega

Abril, 2021

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