Guerrero del asfalto

Por: Luis Arturo Vahos
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Es inusual en nuestros viajes poner nuestra atención con afecto en nuestros medios de transporte, a menos que nos lleve en un ser vivo, como un caballo o un camello.  Esta vez, sin embargo, se mira afectuosamente un bus de transporte terrestre; singular sí, pero muy de nuestra idiosincrasia colombiana: un bus pirata.

Eran las 5 a.m. de un sábado de octubre, hace diez años. Aún recuerdo los detalles. Partíamos de Bogotá a Barranquilla. En la mano portaba ansioso el pasabordo frente al mostrador donde una rubia, vestida de rojo, se comunicaba con alguien a través del micrófono de su diadema negra, que lucía muy bien coronando su cabeza. La contemplaba encantado, hasta que habló a través del altoparlante, anunciando que nuestro avión no podía salir, porque tenía una falla mecánica. Ya no la vi tan bella, pues esa voz que informaba retrasos no correspondía con su estampa y hasta noté que sus enormes pestañas eran de plástico.

Hacia la costa caribeña partimos a las 10 a.m. Volamos sin sobresaltos ‒odio esos bancos de nubes que suben de repente las naves para dejarlas caer con estremecimientos que humedecen y enfrían mis manos‒. Esta vez pude dormir hasta el anuncio de “prepárense para aterrizar”. Tenía prisa. No solo dejé presuroso el avión, sino que subí a un taxi para llegar pronto al barrio Simón Bolívar, donde tomaría un bus para Santa Marta. Allá me esperaban familiares y amigos para disfrutar de unos días de arena, sol y mar. 

Mi prisa, sin embargo, no era asunto de la empresa Brasilia. Solo me ofrecía la posibilidad de partir a las 2 p.m. No sé si fue la sensación de calor o la dificultad de encontrar comida vegetariana lo que me impulsó a subir a un bus en la calle, haciendo caso omiso a quienes me habían advertido que era mala idea viajar en un bus “pirata”. Un joven pregonero anunciaba la partida inmediata de aquel automotor que avanzaba en marcha lenta y apenas cobraba $10.000 hasta Santa Marta, en su ruta hasta Maicao. Pagué esa suma al asistente, quien me dio un comprobante. Luego, noté que había otro asistente cobrando pasajes al fondo del bus. Casi inmediatamente entró otro, acompañando a una familia, a la cual asignó asientos, y después un cuarto personaje con otros pasajeros. En total, había cinco personas acompañándonos, dos de ellos “tiqueteando”.

Cuando no cabían más pasajeros apareció un personaje que demostraba, con sus ademanes y gestos, que estaba a cargo del bus. No solo revisó los comprobantes de pago, sino que exigió a uno de los asistentes que le entregara el dinero de la venta de los pasajes. Después de contar pasajeros y recontar dinero, sospechó que lo estaban “tumbando”. Lo comprobó al preguntarnos a unos pocos cuánto habíamos pagado y notar diferencia en nuestros recibos con respecto al dato que sus ayudantes anotaban. 

En mi caso me habían cobrado $10.000, aunque mi viaje terminara kilómetros antes de Santa Marta, pero anotaron $7000 en la planilla. Esto enfureció al dueño del negocio, quien se retiró vociferando en busca de los dos traidores, pero solo encontró a uno para confrontarlo con nuestra información; el otro ya no estaba. Después de amenazas de una parte, explicaciones y retorno de dinero al transportador (no a nosotros) todo volvió a la calma, con excepción de un pasajero que reclamó por lo suyo y fue bajado, sin contemplaciones, previa la devolución de su dinero. Los transportadores sabían que aquel día no había suficiente oferta de transporte y sí mucha demanda, pues era la víspera de un puente festivo.

La última discusión al inicio de este viaje, que no mostraba signos de arrancar, se dio entre el dueño y uno de los voceadores, quien reclamaba molesto su propina, pues había conseguido persuadir a dos pasajeros de tomar el transporte alternativo y no el de la empresa regulada. “Si te sirve la mitad, y el resto cuando regrese; tómalo. Si no, póngala como quiera, mijo”, fue la solución al impase y la señal de que, al fin, el automotor iniciaba su marcha. Tanto alboroto por la propina atrajo la atención de un policía de tránsito. Al requerir los documentos pertinentes, conductor y dueño bajaron para entablar una conversación con el agente estatal, cuyo contenido no fue posible escuchar. Parecía revisar documentos. Supongo que uno de esos papeles debió ser un billete, pues las sonrisas y el apretón de manos como despedida pareció indicarlo. Lo realmente significativo es que ahora sí comenzaba aquel viaje hacia mi destino.

Durante esos minutos de espera para que partiera el bus, estuve tentado de bajarme y  quedarme a la orilla de la vía, a la espera de otra opción, pero decidí correr el riesgo de la aventura en un transporte pirata, en parte porque ya me había familiarizado con algunos pasajeros, con quienes compartí galletas y nueces que traía conmigo y, sobre todo, porque contemplar el paisaje me curó de recelos: el mar a mi izquierda creaba ciénagas pequeñas y grandes, de innumerables formas, a las que nutría de vida marina, lo que aprovechaban pescadores con el agua arriba de la cintura o navegando en pequeñas canoas. Las bandadas de garzas y gaviotas moteaban de blanco el cielo azul, además de señalar a los pescadores por donde nadaban los peces. 

Esta visión teñida de ensueño me mantuvo entretenido hasta que el estruendo producido por el estallido de una de las llantas y el zigzagueo subsiguiente de aquel aparato que no se detenía ni se mantenía en su carril surgió como una pesadilla en la que parecía inminente una zambullida aparatosa en una de aquellas lagunas de agua salada. El terror se reflejaba en los rostros; solo una señora perdió el control y gritó. Sus vecinos procuraron calmarla y después la regañaron por su falta de fe y su llamado a la tragedia con su vocería. Cuando, al fin, el conductor pudo detener aquel rebelde automotor y bajó a revisar el daño, decidió que debía continuar el viaje en esas condiciones, con la promesa de andar muy lentamente y parar a reparar el daño en el peaje, 20 kilómetros adelante. La señora, furiosa esta vez, cambió sus gritos por reclamos y amenaza de una denuncia ante la policía, lo que no inquietó a los responsables del viaje. Incluso la calmaron con la idea de que, precisamente, en el peaje encontraría agentes de policía. Con cinismo se reían.

Era cierto; en el peaje había varios policías que eran viejos conocidos del conductor, quien se adelantó a contarles por qué había traído el bus hasta ese sitio con una llanta reventada, pues lo consideraba el mejor lugar de la zona para desvararse porque había dos montallantas a unos pasos de allí. Los policías estuvieron de acuerdo; su actitud condescendiente desanimó cualquier denuncia de nuestra parte. La curiosidad de los pasajeros ya no se centró en lo que la señora diría a la policía, pues nuestro interés estaba en enterarnos acerca de cómo se resolvería el problema técnico que nos detuvo. 

Las condiciones deplorables que ostentaba aquella rueda reventada y arrastrada varios kilómetros no auguraban solución fácil y rápida. También nos apremiaba la necesidad de encontrar sitios que pudiésemos utilizar como baños improvisados y la compra de algunas golosinas y refrescos para calmar el hambre y la sed. Le advertí al conductor que debajo del bus había una fuga de un líquido viscoso, seguramente de los frenos, pero me respondió: “lo que ve caer, amigo, no es del freno, sino del depósito del baño que está al lado. Es mejor que no lo verifique con sus dedos. Eso explica por qué ese servicio higiénico está cerrado”. 

Observé con detalle el estado de aquel aparato, en que había confiado cuando me prometieron un viaje rápido por solo $10.000. El tanque para el baño tenía un dispositivo de drenaje bien extraño: media botella de coca-cola litro invertida; una manguera rota descolgaba en otra parte, indicando que alguna vez aquel transporte dispuso de aire acondicionado; en uno de los costados, un golpe había dañado la puerta de un depósito de equipaje y abundaban los rayones sobre la pintura. Miré, entonces, aquel bus con respeto. Se me reveló de pronto como un viejo guerrero del asfalto, lleno de cicatrices y del que todos en la vía esperábamos algo: los pasajeros. un tiquete barato y el arribo a tiempo; los policías, su “mordida”; los vendedores, el  sustento diario; el montallantas, el pago de la reparación; los voceadores, la propina; los niños, la gran oportunidad de acompañar a sus mayores fuera de su casa y, hasta una prostituta, el disfrute de un paseo gratis en el asiento al lado del conductor. La de este viaje acompañaba a uno de los vendedores de tiquetes, no al chofer, aunque aprovechaba los descuidos de aquel, para mostrar sus atributos a los otros socios, sobre todo al dueño del bus. Cuando su amante del día notaba algo, marcaba su territorio con un beso o rodeando su talle con un brazo. 

A las cinco de la tarde me bajé de aquel guerrero y me dirigí al hotel. Me acompañaba una sensación ambigua: cierta urgencia de tomar una ducha y darle algo a mi estómago, mirar la cara de los amigos que me esperaban, saber de mi esposa e hija que venían en otro vuelo y cierta nostalgia de no haber compartido con mi amiga Joyce aquella aventura en esta tierra, para ella exótica: mi Colombia.  

Luis Arturo Vahos V.

Mayo, 2021

7 Comentarios

Reynaldo Pareja 8 mayo, 2021 - 11:17 am

Luis Arturo, con esta narracion se nos perfila otro cuentista que nos deleitara en el futuro con otra aventura colombiana, como solo Colombia la brinda, Felicitaciones por tu aventura que me hizo recordar tantos viajes aparatosos hechos en esa inigualable Macondo nuestra.

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Jorge Luis Puerta 8 mayo, 2021 - 12:36 pm

Entretenido, bien escrito, atrapa…gracias a tu buena pluma. Pido solo una reivindicación y espero no equivocarme: quisiera que tu “guerrero informal” no haya sido una buena “escalera” o “chiva” como les decimos allá y como parece insinuar la foto. Yo a las “escaleras” o “chivas” les erigiría altares. Nunca me varé con ellas, ni en el Valle, ni en Antioquia. ¿A dónde no llegaba una “chiva”? ¿Algún transporte más democrático que ellas? ¿Algún tipo de movilidad más aireado? ¿Algún vehículo de arte popular más versátil pintado y decorado por sus cuatro costados por artistas populares anónimos, dignos de exposiciones y muestras ambulantes? Exijo una aclaración, como diría Condorito!!!

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Dario Gamboa 9 mayo, 2021 - 8:33 pm

Jorge Luis y Luis Arturo. Al leer el comentario anterior, decidí rescatar la honra del funcionamiento ejemplar de los buses escalera y las chivas y buscar una imagen que correspondiera mejor a la narración de Luis Arturo. Por eso he cambiado la foto por un bus mas acorde con la descripción espectacular de Luis Arturo. Vuelven las “chivas” y las “escaleras” al altar de Jorge Luis…

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Carlos Posada 8 mayo, 2021 - 8:16 pm

Muy divertido y muy aventurero tu viaje; y la narración me pareció formidable. Un momento de la vida, convertido en una buena historia. Gracias por el relato.

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Marcela Olivas 9 mayo, 2021 - 5:07 pm

LUIS ARTURO
que bien pintada esa realidad de nuestros pueblos latinoamericanos, la tortura necesaria…
muy cercano ¡.

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Jorge Luis Puerta 11 mayo, 2021 - 8:49 am

Chivas y escaleras reivindicadas!!!! Gracias, Darío.

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Margarita R. Caicedo L. 12 mayo, 2021 - 11:02 am

Maravillosa narración, la disfruté mucho.
Gracias.

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