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Luis Arturo Vahos

beyond, death, life after death
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En una rememoración de más de medio siglo, con evocación del cilicio y la disciplina, el autor alude a un túnel que no era físico, sino interior, acompañado de cierto sentimiento de culpa.

No era como aquel inconcluso túnel de la Línea, oscuro en sentido literal y figurativo, ni como el que transitan los moribundos antes de arroparse en luz. Era peor: no concluiría algún día, ni ofrecería paz en su final. Las tinieblas eran su ropaje y no cedían ante las temblorosas manos del novicio cuando las utilizaba a manera de espantamoscas. Cerrar los ojos mientras se avanzaba era menos aterrador, pero el oído se afinaba y percibía lo sutil. Incluso distinguía el lamento fingido después del splash de la “disciplina”, que golpeaba una espalda, el espontáneo quejarse asordinado de alguien infligiéndose placer. 

La hora tardía, el amanecer lejano, la urgencia de orinar presente y una nueva culpa que taladraba el alma por juzgar mal a sus hermanos. La única opción era su avanzar silencioso, palpando y contando puertas, para orientar los pasos y garantizar el regreso al cuarto. El oscuro corredor del claustro ofrecía el servicio de baños solo en un extremo, donde se podía encender la luz eléctrica el tiempo estrictamente necesario para aliviar el cuerpo antes de tornar a la penumbra silente del regreso.

Y así cada noche. Preguntándose si era posible ser valiente de día y cobarde al anochecer. ¿A quién contar los miedos sin arrancar sonrisas? Tal vez a la Virgen que adornaba uno de los muros o san Estanislao de Kostka, a quien debía imitarse. El cuadro de la Virgen no era muy práctico, pues amamantaba un hermoso bebé, de quien se podía sentir envidia. Entonces, una nueva culpa se anidaba dentro, no curada mediante la confesión ante el maestro de novicios, pues tal sacrílego sentimiento era incomprensible para él; había que vencerlo con diez golpes más de ese látigo acordonado llamado disciplina y un punto más de presión sobre el muslo, con aquel aparato metálico denominado silicio. Tal vez hubiese sido más eficaz hacer cambiar el cuadro italiano de la matrona por La Inmaculada de Murillo, que al menos conservaba el recato del artista español, o suprimir las torturas recetadas, pues al pasar cada mañana rumbo a la capilla ese caminar lento por la presión del metal revivía el recuerdo de la causante de tal culpa.

Si, el verdadero túnel de aquel novicio estaba en él: sentirse miserable pecador incorregible y experimentar el temor, aquel terrible miedo a perderse sin remedio. Hasta que una noche alumbró la oscuridad un resplandor, tenue, pero suficiente para animarse a sentir el apoyo celestial. Provenía del cuadro de san Estanislao. Hacia él orientó sus pasos. Olvidó contar las puertas como seguro del retorno; más qué pesar, ¡qué pesar! 

Ese resplandor era el reflejo de una ventana abierta que dejaba pasar un rayo de luna clara. El novicio, entonces, se recostó junto a su alero y allí permaneció alelado contemplando la luna hasta la hora del ángelus, fría la piel, aunque más tibio el corazón.

Luis Arturo Vahos Vega

Abril, 2021

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Después de dar una mirada singular a la conformación de varias partes de la geografía colombiana, el autor nos relata un minucioso viaje a La Guajira, emprendido hace más de 10 años, que tiene un final sorpresivo.

Si miras a Colombia desde el cielo, podrás notar que se parece a uno de esos monstruos de una serie de dibujos animados importada del Japón, como Psycotic. Parada en una sola pata, cual zancuda, en Leticia, muestra un grueso rabo formado por Vichada y Guainía, que menea airosa frente a Venezuela, y a la vez hunde una colita provocadora en las selvas brasileñas. Arrastra una panza enorme por Amazonas y Putumayo, dejando ver impúdicamente una herida al norte de Tumaco y un ombligo sin sanar aún, formado por las bocas del San Juan. Si Panamá fuera nuestra, tendríamos trompa de elefante, pero arrancada sin cirugía y anestesia; nos dejaron una quijada puntiaguda y la boca siempre abierta en Urabá, como paisa aterrado, que pronuncia su ¡Eh…, ave maría, pues!

Colombia, frente al mar Caribe, es pura cabeza, tan extraña y deforme que siendo gruesa en la frente donde están Cartagena, Barranquilla y Santa Marta, presenta un absceso enorme sobre una de sus sienes ‒la Sierra Nevada‒ y se cubre con un gorro de dormir, cuyo extremo termina cayendo hacia atrás sobre el golfo de Venezuela.

La naturaleza y los tratados internacionales la dejaron así, con esa forma monstruosa, como de pesadilla, pero cuando desciendes de la estratosfera y decides recorrer sus paisajes no vuelves a tener miedo. Una sonrisa dichosa se posará siempre en tu boca y tus ojos no querrán pestañear para no perder detalles. Tu nariz olvidará sus reacciones alérgicas y gozará de mil aromas traídos por el viento desde sus selvas, sembrados y jardines.

En octubre de 2009, viajé por esa parte que parece un gorro de dormir: La Guajira.

Partimos de un hotel en Santa Marta a las 4.30 a.m. con rumbo al Cabo de la Vela. Después de recoger otros turistas en El Rodadero, la primera luz del día nos acogió fuera de Santa Marta en una vía que avanza entre el mar y la Sierra Nevada. Hacia la sección costera se extendían plantaciones de plátano y hacia el otro lado se podía ver estribaciones montañosas, terminadas en picos nevados que pinchaban el azul. 

Atravesamos varios ríos, disfrutamos de unas deliciosas arepas con queso en una parada del camino y poco a poco la exuberante vegetación se fue tornando en praderas donde pastaba ganado vacuno. Luego, ya no hubo vacas, ni praderas, sino manadas de chivos que arrancaban hojas de arbustos espinosos esparcidos en un paraje llano y semidesértico, que anunciaba nuestra entrada a la Guajira. 

La vía, de pronto, se convirtió en una amplia autopista a lo largo de unos cientos de metros. “Esta fue pista de narcos”, relató el guía. Era usada por los traficantes de marihuana en su época dorada. En un momento dado, simplemente hacían parar el tráfico en ambos extremos de la “pista” mientras cargaban su mercancía y la hacían volar hasta Norteamérica. Nos contó, además, que habíamos dejado la baja Guajira, para adentramos en la media Guajira.

La carretera no solo deja de ser autopista asfaltada, sino que se convierte en vía polvorienta por kilómetros, bajo un cielo azul sin una nube. Polvo, calor, monotonía del paisaje ‒cactus, arbustos espinosos, dividivis, uno que otro aceituno, chivos vagabundos, algún indígena pastor‒ hasta que regresa el color en los vestidos de mujeres indígenas, que anuncian con sus sonrisas que estamos en tierra wayúu y pronto podremos conocer Uribia, la antigua capital de La Guajira. 

En ese poblado de indígenas y mestizos, estuvimos poco tiempo. El necesario para cambiar una llanta que se había reventado en el camino y para darle una vuelta a su plaza central en un medio de transporte singular, el bicitaxi (góndola para dos pasajeros halada por una bicicleta).

Después de Uribia, se nota un extraño contraste: el ambiente casi primitivo es cortado por una vía férrea tan moderna que los faroles de iluminación usan energía solar. Por ella solo transita el tren que transporta carbón del Cerrejón hacia el mar. Nos explican que allá en el Cerrejón existe una villa tan moderna como cualquiera del primer mundo europeo o estadounidense, donde descienden aviones privados con ejecutivos que vienen a negociar el negro mineral y viven rozagantes niños de ojos azules y cabello dorado, consentidos por sus padres, que juegan golf después del trabajo.

La visión de contraste se hizo dramática cuando dejamos la vía destapada principal y tornamos rumbo al mar. En ese trayecto la carretera se convierte en una madeja de caminos orientados hacia el océano. Los tubos de drenaje que deberían pasar por debajo de la vía están uno o dos metros arriba, señalando por donde se transitaba antes del invierno pasado. Es una clara señal de que estamos en un terreno donde, aunque casi no llueve, cuando sucede se forman torrentes de agua lluvia capaces de arrasar el paisaje y tornarlo irreconocible. Algo, sin embargo, no parece cambiar: aparecen de pronto bandadas de niños semidesnudos que salen de ranchos pajizos al encuentro de los turistas. Esperan un saludo y muchos dulces, como en halloween. El bus no debe detener su marcha para evitar la avalancha ruidosa que solo se detiene a recoger dulces que se les lanza lejos para evitar accidentes.  Mientras ellos saborean la dulce golosina no puedo dejar de probar el salobre sabor de una lágrima que resbala sin querer.

Y llegamos al Cabo de la Vela, pueblo wayúu, con calles de arena, donde viven familias unidas por estrechos lazos, dedicadas a producir y comerciar artesanías y la ganadería de chivos. No vi pescadores, a pesar de estar a orillas de un mar tan verde y transparente como una joya, después de una playa de arena blanca y menuda, que en la noche invita a sentarse y dejar vagar la mirada y el alma por un cielo adornado de estrellas, con Vía Láctea incluida. Al bajar la mirada, llena los ojos El Pilón, un cerro donde algunos creyentes intentaron por tres veces asentar una estatua de la Virgen María, hasta que un descreído la arrojó al mar. Cuando se sube hasta ese cerro se tiene la sensación de vuelo sobre el inmenso mar a un lado, colinas desérticas al otro y el viento que susurra sones extraños al oído. Dos turistas ebrios, de ron y de paisaje, llamaban a sus amigos por celular desde el único sitio donde funciona con certeza la señal para contarles que estaban en un lugar donde hasta un alma de piedra cae de rodillas.

Esa noche fue una “noche buena”, no porque fuera navidad, sino porque se inició con una visita al cerro del faro, desde donde se puede encerrar en una cámara un atardecer de ensueño con arreboles cual ventiscas de luz y porque hubo fogata bajo el techo de estrellas donde se contaron historias de nunca acabar.

 Por boca de un habitante, nos enteramos en poco tiempo de la cultura wayúu. Supimos de sus matrimonios arreglados por el tío de la novia, de los velorios que duran un mes y de las núbiles que permanecen un año aprendiendo a ser mujeres subidas en un chinchorro al que solo accede su abuela; nos enteramos de los pleitos arreglados mediante palabreros y el pago en especie y/o efectivo por las ofensas hechas entre miembros de la comunidad. Aprendimos que es posible hacer las paces y perdonarse sin encerrar a nadie en una cárcel ni cobrar con sangre ofensa alguna, por grave que sea. Y sentimos, como los wayúu, que la muerte no separa a nadie, sino que es otra forma de unión, incluso más estrecha. Por ello, no fue extraño que a la fogata se hubiera unido el fantasma de una matrona de la aldea, que gozaba de esa playa y de nuestros cuentos. 

También fue una noche buena, porque a un ingeniero bumangués que nos acompañaba con su familia se le ocurrió que ya era hora de conocernos mejor. Entonces, compartimos la mesa durante la cena. Y fue buena porque dormimos en chinchorros sintiendo el respirar o el roncar de los que ya no éramos simplemente compañeros de viaje, sino unos colombianos unidos por el azar para disfrutar de nuestra tierra, sin preocuparnos de bobadas como, por ejemplo, del origen del nombre Uribia que, aunque algunos lo dijeran, nada tenía que ver con el presidente de ese entonces. 

Del regreso, nada cuento. Por mí, me hubiera quedado allá, apacentando chivos hasta reunir un número suficiente para atreverme a buscarme un palabrero que arreglara mi adopción como wayúu.

Luis Arturo Vahos Vega

Febrero, 2021

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Al cumplir 68 años, Luis Arturo decidio aprovechar el gusto de su hijo por este deporte, para dedicarse a completar maratones. Luego de consultar los médicos y hacer algunos ensayos, se embarco a disfrutar las maratones, para superar sus propias metas, conocer otras personas, competir con personas mas jóvenes y beneficiarse del reconocimiento de su familia y la admiración de jóvenes. Casi 4 maratones completadas le llevaron al limite de su salud y al máximo de su satisfacción en las grandes maratones del mundo.

Presentacion al grupo el 22 de Octubre, 2020
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Me asomo a tus ojos y ahí estás. Saludo con resplandor de pupilas, mostrando los dientes, sonrisa que espera otra sonrisa para estar en paz.

Cuando ausente, la ausencia es presencia en la loza que friego y el aderezo que agrego a tu paladar, que aún no está.

Te cuido agregando la cantidad precisa de cemento a la arena para la casa que vas a comprar. Mezclo y remezclo para hacer seguros tus sueños, aunque en los míos una casa no esté.

Apretados, bien apretados quedaron los pernos al montar las llantas de tu carro, aunque olvidaste la propina. Voluntaria, lo sé; para mí, necesaria antes de la anhelada y escasa quincena. Que tengas buen viaje: dicen que es muy bella aquella ciudad.

Tintinean las monedas en mi bolsillo para tus manos sucias, no importa si ajustas para tu dosis. Es lo que esperas de mí. Soy esperanza y eso es bueno.

No te busco. Es redundante ir en busca del que siempre está. A veces, eres lector; otras, alumno, cuyo trabajo examino. O simplemente te cruzas sin mirar en mi camino. 

Soy disponible, solo eso. Para tu sonrisa de ojos bajos y tu mano temblorosa al cruzar la calle. Si te sirvo de bastón, apóyate en mi brazo. Si de compañía siénteme cerca, que el tiempo espera cuando no hay prisa.

Unas veces piden pan; otras, leche. “Para un tinto, patrón”. Tal vez más expedita es la moneda; pero “¿con qué quieres el café?”. Torna amigo al mendigo.

Sin evadir, pago el tributo con el que Estado te sirve. Si allá toman algo, te robaron ellos, no yo. Y culpable es tu voto. Lo del político, oficio.

Mi palabra te cuida cuando escojo el adjetivo. Calificativos hay muchos, acarician unos, hieren otros. “Tener la razón” es excusa de crueles. La sinrazón de amar me seduce. 

No es santidad; es cálculo. No quisiera anochecer Mr. Hyde y amanecer cucaracha. Pensar que soy el Otro de Él me conviene, me apacigua. 

Luis Arturo Vahos V.

Diciembre, 2020

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Todo era hermoso cuando la niñez aún lucía su sonrisa desdentada y los aviones eran de papel. Entonces apareció el miedo y la sonrisa blanca en dentadura nueva se enturbió.

La vida trajo experiencias repetidas de desamor y aprendimos el odio contra nosotros mismos, que es el peor de todos los odios. Porque muchos, desde distintas y respetables trincheras, arrojaron basura sobre nuestra corporalidad, que es la más evidente forma de nuestro ser.

Matones en la escuela enmascararon nuestras facciones o modo de caminar en un apodo y lograron que odiáramos esa caricatura que provocaba hilaridad en otros.

Sacerdotes, en el confesionario, convirtieron experiencias íntimas con nuestros cuerpos en pecado. Y hasta aprendimos que la mortificación corporal nos precavía del mal y del maligno.

Se nos inculcó a ver al otro (sobre todo a la otra) como ocasión de perdernos, no de crecer. La precaución se volvió omnipresente y hermana del temor. Se hizo algo tan natural y esencial, que sin ella hubiésemos perecido muy temprano. Ni nos vacunaríamos, ni ahorraríamos y hubiéramos perdido el camino que nos tiene donde nos encontramos ahora.

Esa precaución, convertida en miedo, conduce por caminos miserables. Se vuelve paranoia que frena, timidez acentuada que aísla y apoca, misoginia y recelo.

¿Y qué pasa cuando ese temor lo proyecto sobre los demás? ¿Si convierto al otro en un peligro potencial o, lo que es peor, en objeto de rechazo? 

Aprendo a enmascarar personas bajo prejuicios; aquello que temo en mí, ¿lo odio en los demás? Si es así, estoy preparado, “educado”, para aceptar el prejuicio como algo completamente “normal”.

Hoy, cuando las redes son el campo de acción de maquinarias, bots, influencers, fake news, etc., ¡qué fácil presa hemos llegado a ser! Reenviamos basura sin previo análisis porque realimenta nuestros profundas inseguridades y miedos.

La precaución tiene muchas formas, juegos y pretensiones. Incluso, se ha convertido en verdaderos regímenes educativos, sistemas legales, aparatos de terror.

Acudiendo a miedos reales o ficticios se hace política y se establecen regímenes por todas partes, de Oriente a Occidente, de Norteamérica hasta el cono Sur.

Tal vez autoanálisis como este allane caminos de reconciliación entre nosotros a partir de la aceptación y del reencuentro con el bello ser que un día fuimos. 

Acogeremos la promesa del Reino que nos habita si nos comportamos a la altura de los niños.

Luis Arturo Vahos

Noviembre, 2020

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Existen cuarenta maneras de practicar yoga. La más simple, quizás, es el surat shabda yoga. Su técnica es muy sencilla: ponerse cómodo, quieto, cerrar los ojos, dirigir la mirada interna hacia el entrecejo y entretener la mente en la repetición de unas palabras. Con esa mecánica y una práctica diaria, constante, se consigue disciplina, sosiego y buen dormir, aunque escaso progreso espiritual, si lo entendemos como un cambio cualitativo en nuestro interior. 

En mi caso, lo que hizo la diferencia fue la presencia, una mirada, un dulce coffee light puesto en mi mano, mientras una persona a quien todos reconocían y veneraban cómo “maestro“ me sonreía. Esa diferencia no la ocasionó una práctica ascética exigente, sino alguien de calidad espiritual tan elevada que contagió mi vida con su espiritualidad al dirigirme su atención.

A partir de ese sutil contacto, mi experiencia interna de ver y oír se convirtió en la fuente de las certezas, donde la fe estorba y la razón está de más.

Por eso, la pregunta acerca de en qué creo carece de sentido para mí. ¿En quién creo? se convierte en el interrogante que trataré de contestar.

Creo en el Verbo hecho carne que ha habitado siempre entre nosotros, aunque con diversos nombres y características propias, en contextos sociales, religiosos y culturales distintos. Hoy su nombre es Sadhu Ram, pero hace veinte años mi maestro se llamaba Ajaib singh Ji. Vivía en un desierto del estado de Rajastán (India), donde administraba su finca, de la que no solo vivía él, sino todo el que allí llegara a meditar y trabajar.

¿Qué hacía de él algo tan especial como para llamarlo “Verbo Encarnado”? No se distinguía de los demás humanos, a menos que lo miráramos con otros ojos. Vivía de su propio trabajo. Nunca se casó, aunque pudo haberlo hecho. No cobraba por sus servicios de director espiritual. Sin embargo, había una diferencia cualitativa: no pedía a los demás que hicieran algo que él no hubiera logrado de modo excelso. Su presencia, su sola mirada, transformaba. Pasé llorando dos días después de que me mirara, sin poder calmarme, hasta que quedé liviano como una pluma y lleno de felicidad. 

Meditábamos un promedio de siete horas diarias. Cuando una nube de mosquitos rondaba nuestras cabezas, nos decía que olvidáramos toda distracción. De hecho, a ninguno de nosotros lo picó un solo mosquito durante esos veinte días que compartimos en Bombay.

No todo el que tuvo esta vivencia la describe igual. Quienes recibieron experiencias inefables ni siquiera hablan de ellas, pues algo de esoterismo hay en esto. Consideran que callar es mejor, pues no buscan adeptos. 

Yo había empezado el proceso de iniciación tres años antes de visitarlo. El comienzo fue tan frustrante que unas horas después estuve a punto de suicidarme. Sentía mi vida sin objeto después de muchas búsquedas, de enlistarme en diversos credos y prácticas, que luego desechaba porque descubría que en ellos había algo absurdo. 

Había puesto toda mi esperanza en recibir una experiencia del más allá durante la iniciación. Todos los que se iniciaron contaron dichosos lo que habían recibido, menos yo. Me sentí el patito feo. 

Cuando ya tenía escrita la consabida carta de despedida de este mundo y un menjurje mortal sobre el escritorio, sonó el teléfono. “Aló, ¿hablo con Luis Arturo?”. Me llamaba el responsable de darnos las instrucciones durante la iniciación. Me dijo: “Te llamo de parte de tu maestro Ajaib. ¿Cómo te sientes?”. No supe qué responder. “He buscado tu número toda la mañana por orden de él, para que te dijera que ya estás conectado, que no te preocupes, que todo va a estar bien, que las penas pasan como hojas arrastradas por el viento”. 

En ese momento el aire de mi ventana hizo caer la hoja de aquella carta al piso. ¿Qué más necesitaba oír? Solo agradecí la llamada y me eché a llorar. Hoy comparto esta experiencia con ustedes, buscadores como yo, de una respuesta a la difícil pregunta del inicio. Gracias.

Luis Arturo Vahos

Septiembre 2020

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