Una noche buena en el cabo de la vela

Por: Luis Arturo Vahos
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Después de dar una mirada singular a la conformación de varias partes de la geografía colombiana, el autor nos relata un minucioso viaje a La Guajira, emprendido hace más de 10 años, que tiene un final sorpresivo.

Si miras a Colombia desde el cielo, podrás notar que se parece a uno de esos monstruos de una serie de dibujos animados importada del Japón, como Psycotic. Parada en una sola pata, cual zancuda, en Leticia, muestra un grueso rabo formado por Vichada y Guainía, que menea airosa frente a Venezuela, y a la vez hunde una colita provocadora en las selvas brasileñas. Arrastra una panza enorme por Amazonas y Putumayo, dejando ver impúdicamente una herida al norte de Tumaco y un ombligo sin sanar aún, formado por las bocas del San Juan. Si Panamá fuera nuestra, tendríamos trompa de elefante, pero arrancada sin cirugía y anestesia; nos dejaron una quijada puntiaguda y la boca siempre abierta en Urabá, como paisa aterrado, que pronuncia su ¡Eh…, ave maría, pues!

Colombia, frente al mar Caribe, es pura cabeza, tan extraña y deforme que siendo gruesa en la frente donde están Cartagena, Barranquilla y Santa Marta, presenta un absceso enorme sobre una de sus sienes ‒la Sierra Nevada‒ y se cubre con un gorro de dormir, cuyo extremo termina cayendo hacia atrás sobre el golfo de Venezuela.

La naturaleza y los tratados internacionales la dejaron así, con esa forma monstruosa, como de pesadilla, pero cuando desciendes de la estratosfera y decides recorrer sus paisajes no vuelves a tener miedo. Una sonrisa dichosa se posará siempre en tu boca y tus ojos no querrán pestañear para no perder detalles. Tu nariz olvidará sus reacciones alérgicas y gozará de mil aromas traídos por el viento desde sus selvas, sembrados y jardines.

En octubre de 2009, viajé por esa parte que parece un gorro de dormir: La Guajira.

Partimos de un hotel en Santa Marta a las 4.30 a.m. con rumbo al Cabo de la Vela. Después de recoger otros turistas en El Rodadero, la primera luz del día nos acogió fuera de Santa Marta en una vía que avanza entre el mar y la Sierra Nevada. Hacia la sección costera se extendían plantaciones de plátano y hacia el otro lado se podía ver estribaciones montañosas, terminadas en picos nevados que pinchaban el azul. 

Atravesamos varios ríos, disfrutamos de unas deliciosas arepas con queso en una parada del camino y poco a poco la exuberante vegetación se fue tornando en praderas donde pastaba ganado vacuno. Luego, ya no hubo vacas, ni praderas, sino manadas de chivos que arrancaban hojas de arbustos espinosos esparcidos en un paraje llano y semidesértico, que anunciaba nuestra entrada a la Guajira. 

La vía, de pronto, se convirtió en una amplia autopista a lo largo de unos cientos de metros. “Esta fue pista de narcos”, relató el guía. Era usada por los traficantes de marihuana en su época dorada. En un momento dado, simplemente hacían parar el tráfico en ambos extremos de la “pista” mientras cargaban su mercancía y la hacían volar hasta Norteamérica. Nos contó, además, que habíamos dejado la baja Guajira, para adentramos en la media Guajira.

La carretera no solo deja de ser autopista asfaltada, sino que se convierte en vía polvorienta por kilómetros, bajo un cielo azul sin una nube. Polvo, calor, monotonía del paisaje ‒cactus, arbustos espinosos, dividivis, uno que otro aceituno, chivos vagabundos, algún indígena pastor‒ hasta que regresa el color en los vestidos de mujeres indígenas, que anuncian con sus sonrisas que estamos en tierra wayúu y pronto podremos conocer Uribia, la antigua capital de La Guajira. 

En ese poblado de indígenas y mestizos, estuvimos poco tiempo. El necesario para cambiar una llanta que se había reventado en el camino y para darle una vuelta a su plaza central en un medio de transporte singular, el bicitaxi (góndola para dos pasajeros halada por una bicicleta).

Después de Uribia, se nota un extraño contraste: el ambiente casi primitivo es cortado por una vía férrea tan moderna que los faroles de iluminación usan energía solar. Por ella solo transita el tren que transporta carbón del Cerrejón hacia el mar. Nos explican que allá en el Cerrejón existe una villa tan moderna como cualquiera del primer mundo europeo o estadounidense, donde descienden aviones privados con ejecutivos que vienen a negociar el negro mineral y viven rozagantes niños de ojos azules y cabello dorado, consentidos por sus padres, que juegan golf después del trabajo.

La visión de contraste se hizo dramática cuando dejamos la vía destapada principal y tornamos rumbo al mar. En ese trayecto la carretera se convierte en una madeja de caminos orientados hacia el océano. Los tubos de drenaje que deberían pasar por debajo de la vía están uno o dos metros arriba, señalando por donde se transitaba antes del invierno pasado. Es una clara señal de que estamos en un terreno donde, aunque casi no llueve, cuando sucede se forman torrentes de agua lluvia capaces de arrasar el paisaje y tornarlo irreconocible. Algo, sin embargo, no parece cambiar: aparecen de pronto bandadas de niños semidesnudos que salen de ranchos pajizos al encuentro de los turistas. Esperan un saludo y muchos dulces, como en halloween. El bus no debe detener su marcha para evitar la avalancha ruidosa que solo se detiene a recoger dulces que se les lanza lejos para evitar accidentes.  Mientras ellos saborean la dulce golosina no puedo dejar de probar el salobre sabor de una lágrima que resbala sin querer.

Y llegamos al Cabo de la Vela, pueblo wayúu, con calles de arena, donde viven familias unidas por estrechos lazos, dedicadas a producir y comerciar artesanías y la ganadería de chivos. No vi pescadores, a pesar de estar a orillas de un mar tan verde y transparente como una joya, después de una playa de arena blanca y menuda, que en la noche invita a sentarse y dejar vagar la mirada y el alma por un cielo adornado de estrellas, con Vía Láctea incluida. Al bajar la mirada, llena los ojos El Pilón, un cerro donde algunos creyentes intentaron por tres veces asentar una estatua de la Virgen María, hasta que un descreído la arrojó al mar. Cuando se sube hasta ese cerro se tiene la sensación de vuelo sobre el inmenso mar a un lado, colinas desérticas al otro y el viento que susurra sones extraños al oído. Dos turistas ebrios, de ron y de paisaje, llamaban a sus amigos por celular desde el único sitio donde funciona con certeza la señal para contarles que estaban en un lugar donde hasta un alma de piedra cae de rodillas.

Esa noche fue una “noche buena”, no porque fuera navidad, sino porque se inició con una visita al cerro del faro, desde donde se puede encerrar en una cámara un atardecer de ensueño con arreboles cual ventiscas de luz y porque hubo fogata bajo el techo de estrellas donde se contaron historias de nunca acabar.

 Por boca de un habitante, nos enteramos en poco tiempo de la cultura wayúu. Supimos de sus matrimonios arreglados por el tío de la novia, de los velorios que duran un mes y de las núbiles que permanecen un año aprendiendo a ser mujeres subidas en un chinchorro al que solo accede su abuela; nos enteramos de los pleitos arreglados mediante palabreros y el pago en especie y/o efectivo por las ofensas hechas entre miembros de la comunidad. Aprendimos que es posible hacer las paces y perdonarse sin encerrar a nadie en una cárcel ni cobrar con sangre ofensa alguna, por grave que sea. Y sentimos, como los wayúu, que la muerte no separa a nadie, sino que es otra forma de unión, incluso más estrecha. Por ello, no fue extraño que a la fogata se hubiera unido el fantasma de una matrona de la aldea, que gozaba de esa playa y de nuestros cuentos. 

También fue una noche buena, porque a un ingeniero bumangués que nos acompañaba con su familia se le ocurrió que ya era hora de conocernos mejor. Entonces, compartimos la mesa durante la cena. Y fue buena porque dormimos en chinchorros sintiendo el respirar o el roncar de los que ya no éramos simplemente compañeros de viaje, sino unos colombianos unidos por el azar para disfrutar de nuestra tierra, sin preocuparnos de bobadas como, por ejemplo, del origen del nombre Uribia que, aunque algunos lo dijeran, nada tenía que ver con el presidente de ese entonces. 

Del regreso, nada cuento. Por mí, me hubiera quedado allá, apacentando chivos hasta reunir un número suficiente para atreverme a buscarme un palabrero que arreglara mi adopción como wayúu.

Luis Arturo Vahos Vega

Febrero, 2021

5 Comentarios

Darío Gamboa 17 febrero, 2021 - 1:25 pm

Que bella descripción Luis Arturo! Tu caracterización geográfica del cuerpo de Colombia es muy original y significativa!! Me quito el sombrero!!!

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Jorge Luis Puerta 17 febrero, 2021 - 6:16 pm

Amigo: yo pude cumplir ese sueño en enero 2019. Era de los pocos lugares de Colombia aún desconocidos para mí. Tus descripciones juguetonas y precisas me hicieron recordar también que el chofer con el que íbamos tenía la colección de vallenatos más extensa, que nos acompañó la ida y vuelta de todo el viaje, marcada por ese “cantor de Fonseca” que es como el himno Guajiro. Pero también esas dolorosas imágenes de los niños wayúu corriendo a los carros para lograr algunas migajas, los asentamientos humanos que viven del contrabando de la gasolina y duermen siempre con el miedo. Las frágiles esperanzas de los recién desmovilizados con enormes ganas de tener una segunda oportunidad…todo eso también me dejó mi viaje al Cabo de la Vela.

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César Balcázar 18 febrero, 2021 - 9:33 am

Fantástico el relato, me gustó la manera como comienza hablando de la parte geográfica de Colombia; luego pasa a contar los sucesos maravillosos que paso como turista, recuerdos que quedan marcados.

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Pilar 18 febrero, 2021 - 10:43 am

Y me subí al cielo para volver a ver a mi Colombia y llegue a las nubes de la Guajira para recordar y volver a soñar con su viento , con su arena , con sus mochilas, con su gente , con sus sonrisas y así mantener la ilusión de un día VOLVER
Luis Arturo me encanto tu relato 💚

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Shirley Meneses 18 febrero, 2021 - 8:51 pm

No conozco la Guajira pero después de esa belleza descrita con tanto detalle y pasión seguro será un destino en mi próximo viaje a Colombia.
Gracias por ese bello relato

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