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Hernando Bernal Alarcón

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La utopía de la sostenibilidad (2 de 3) *

Para pensar en la utopía del siglo XXI, que remplace el deterioro de las utopías que configuraron la modernidad, y teniendo en cuenta la ocurrencia de los fenómenos globales creados por las pandemias y el debilitamiento del diálogo entre las naciones, hay que partir de la profunda duda que se ha generalizado sobre la permanencia del hombre en el planeta Tierra y sobre el futuro mismo de la humanidad. 

La pregunta que surge se refiere a definir si dadas las condiciones actuales es previsible la permanencia de la sociedad actual y qué sería preciso hacer para sortear la tendencia hacia su posible desaparición. 

Dar una respuesta es lo que se intenta, con el énfasis en el concepto de sostenibilidad como aseguramiento del futuro y como logro de los esfuerzos que es preciso orientar y realizar para obtenerlo: la sostenibilidad como utopía.

Para comprender esta nueva utopía social del siglo XXI, formulada como sostenibilidad, es preciso profundizar y analizar las siguientes dimensiones: la relación entre el mundo y la vida de la sociedad, los efectos del desarrollo económico, los avances de la ciencia y el manejo de la tecnología, y la nueva concepción del humanismo y la naturaleza humana. 

Analizar estas dimensiones implica tener en cuenta las teorías sobre aspectos como la complejidad, el caos, la incertidumbre, la gobernanza mundial, la globalización de la economía y la aculturación, la sociedad del riesgo, las redes sociales y el mundo digital y conectado, la posverdad, el predominio de lo virtual y de la inteligencia artificial en la interacción humana, entre muchas otras aproximaciones teóricas que configuran el instrumental epistémico con el cual es preciso analizar y afrontar las características de la realidad actual.

1. Relación mundo / sociedad humana

El análisis parte de reconocer que la presencia del hombre sobre la Tierra ha producido un deterioro planetario. 

El planeta Tierra, como hábitat humano, ha influido en la creación y características culturales de las sociedades. A su vez, las sociedades humanas han transformado el mundo en que vivimos. La presencia del hombre como hecho histórico ha influido en los cambios geológicos, climáticos y culturales en el mundo y sigue influyendo en su transformación posible y adecuada como hábitat y como naturaleza. Esta es la posición de los antropólogos que al analizar las eras geológicas han formulado la teoría del antropoceno. A este respecto se afirma que el mundo, entendido como el planeta Tierra, ha existido sin el hombre y va a seguir existiendo, así el hombre, o la sociedad humana, desaparezcan: 

El mundo existe sin el hombre y acabará sin él” (Claude Lévi-Strauss). 

Como corolario, es posible preguntarse: si la sociedad humana no es eterna, sino susceptible de desaparecer, ¿cuál es el sentido de la sostenibilidad y del desarrollo sostenible?

El desarrollo sostenible es una fórmula alterna del desarrollo económico que, como tal, se basa en la reproducción del capital, que enfatiza el crecimiento de las economías nacionales, entendidas como incremento del producto interno bruto, pero con “cuidado de no agotar los recursos que pertenecen a las generaciones siguientes” (Brundtland, 1985).

Por su parte, la concepción simple de sostenibilidad se centra en el cuestionamiento sobre si con las pautas actuales de consumo y deterioro del planeta, el mundo actual y la sociedad pueden seguir existiendo. Se enfatiza en factores acelerantes y amenazantes ante los cuales es necesario idear respuestas como el control del cambio climático, la utilización de nuevas fuentes de energía, los nuevos ordenamientos necesarios para la transformación de la economía mundial a través de la economía circular ‒para señalar solo algunos asuntos complejos de difícil realización‒. Es decir, se parte de reconocer que la presencia del hombre sobre la Tierra puede no ser permanente y que de no corregirse ciertas tendencias es posible que el factor humano desaparezca como agente natural en la subsistencia del planeta. 

2. Desarrollo económico vs. sostenibilidad

Profundizando en el tema de la sostenibilidad surge el cuestionamiento sobre el modelo económico predominante en las sociedades, que puede formulase así:

Para la permanencia del hombre en el planeta Tierra hay que definir si es posible elaborar y poner en práctica un concepto de desarrollo económico que no solo contemple el crecimiento del producto bruto interno de los países, sino que tenga en cuenta la circularidad del uso de los recursos naturales y ambientales para el logro de un bienestar estable y permanente.

Se entiende el desarrollo económico como el crecimiento del producto interno bruto para ser utilizado “y distribuido” entre el número total de miembros de una sociedad, es decir, para ser aprovechado por toda ella. La realidad ha demostrado que el crecimiento económico, si bien ha traído beneficios a cada sociedad en particular, también ha operado como factor de diferenciación socioeconómica: “hace más ricos a los ricos y, en muchos lugares, especialmente del Tercer Mundo, hace más pobres a los pobres”. Es decir, paradójicamente la producción de una mayor riqueza a nivel mundial ha significado también indicadores de miseria e incremento progresivo de las diferencias entre países y regiones.

Sin embargo, es preciso reconocer también que en muchos lugares el crecimiento económico ha producido un incremento de las posibilidades de bienestar para vastos sectores de la población, que en esa forma se han beneficiado de un desarrollo con equidad, que es el término que se utiliza para calificar el ingreso de las poblaciones desfavorecidas a los niveles de vida propios de las clases medias. Por lo tanto, las políticas públicas que pretenden aplicarse a nivel global y, principalmente, en los países más pobres, se orientan en términos de equidad, que es el propósito fundamental para promover un cambio social. 

No obstante, la pregunta central subsiste. Conviene pensar que el crecimiento económico tal y como lo señalan los teóricos de la economía no es un fin en sí mismo, sino un propósito para obtener adecuados niveles de vida para todos los ciudadanos y que, además, el ritmo de crecimiento no es la medida adecuada para evaluarlo, si no se tiene en cuenta la relación entre disponibilidad de recursos, posibilidades de uso y requerimientos demográficos. En esta óptica el que un país se desborde en su crecimiento económico debería considerarse no como una señal de buen augurio, sino como una llamada de atención sobre los profundos desafueros que conlleva el incremento de los factores disruptivos. 

Es decir, en el contexto global se considerará nocivo medir el desarrollo económico solo en términos cuantitativos. Será necesario, además, replantear los conceptos aceptados por la globalización y exigir el pago de los costos de las externalidades en la industrialización. Esto se refiere especialmente a asignar recursos para la solución de asuntos tales como polución ambiental, incremento de la toxicidad, efecto invernadero, recuperación por agotamiento y uso indebido de recursos, deterioro y desaparición de especies biológicas, afectaciones en las costas oceánicas, costo injusto de acceso a materias primas y demás problemas que ha causado la sola economía de mercado.

La sostenibilidad global se logrará cuando se cambien los parámetros de la relación existente entre crecimiento económico y equidad social. De no lograrse estos cambios la humanidad queda signada con el riesgo de su desaparición. 

3. Los límites de la ciencia y el control del desarrollo tecnológico

Un tercer nivel en el análisis de la sostenibilidad se relaciona con el uso de las tecnologías e innovaciones producto de los avances científicos. Esto significa dar respuesta a las siguientes preguntas: 

¿Es posible y conveniente detener los avances del conocimiento científico? 

El avance de la tecnología, ¿puede tener efectos nocivos y negativos para la deshumanización de la sociedad? 

¿Qué efectos positivos tienen las innovaciones tecnológicas en el cambio y la innovación social?

Para responder esos interrogantes hay que partir de esta premisa: el conocimiento es una característica esencial del hombre y de la humanidad y no es ni conveniente, ni posible detener su progreso y crecimiento. El asunto tiene profundos matices filosóficos que se relacionan con la concepción sobre la naturaleza racional del hombre, con propuestas psicológicas ‒como cuando se afirma que la individualidad es fruto del conocimiento de sí mismo‒, y con características trascendentales en cuanto ‒como lo señalaba Teilhard de Chardin‒ el desarrollo de la mente humana hacia lo infinito es la esencia de la evolución y de la relación de Dios con el hombre y del hombre con su Creador. 

Sociológicamente, se señala que el progreso del conocimiento debería beneficiar a toda la humanidad y no servir como aliciente para ahondar las diferencias entre personas, regiones y países. El progreso de los conocimientos es, por lo tanto, un asunto complejo en sí mismo, en el cual podría llegarse a formular políticas públicas para generalizar sus beneficios, podrían plantearse propuestas éticas para orientar sus procesos, se encontrarían límites epistémicos en razón del alcance y uso de los instrumentos que se utilizan y podrían elaborarse orientaciones pragmáticas para controlar y supervisar el uso que se haga de ellos. 

En el fondo, subsiste la necesidad de orientar el desarrollo de la ciencia y la tecnología en forma tal que profundice y no anule, mediante su desbordamiento, el sentido de lo humano. Hacer conciencia de esta necesidad y de esta posibilidad es imperativo para resolver el dilema propuesto sobre la desaparición del hombre sobre la Tierra. O, para expresarlo en forma positiva, para dar un nuevo sentido a este concepto de sostenibilidad que permea la utopía contemporánea en el siglo XXI. 

4. La nueva concepción de humanismo

Lo humano, además de la capacidad de tomar decisiones racionales y asumir sus consecuencias, implica aceptación de principios, reconocimiento de valores compartidos, defensa de la imaginación y los sentimientos humanos, cultivo de la estética, compartir ideas y razones, sana competencia, trabajo en equipo y vida en comunidad. 

La historia del hombre sobre la Tierra puede definirse como un largo proceso mediante el cual la humanidad no solo ha fortalecido la capacidad para resolver los problemas que afectan la cotidianidad de la vida, tales como salud, vivienda, alimentación, abrigo, defensa y bienestar general, sino principalmente como un desarrollo de la conciencia, entendida como ese conocerse el hombre a sí mismo y afirmar su identidad y su diferenciación de los demás seres en el mundo. Es un proceso que ha significado liberación de las limitaciones que afectan la vida de los grupos humanos. Con esta consideración se amplía el análisis ya formulado en la primera pregunta sobre la interacción entre hábitat y sociedad humana. 

La profundización de los procesos de transformación del mundo por la acción humana ‒ocurrida principalmente con el inicio de las revoluciones industriales a partir del siglo XVIII y su aceleración en la tercera y cuarta revoluciones industriales en los siglos XX y XXI‒ ha conducido al reconocimiento de efectos tales como el agotamiento de recursos naturales, la desaparición de especies biológicas, el cambio climático ‒como resultado de la huella de carbono en la atmósfera‒, los efectos de la sobrepoblación, el deterioro de bosques y praderas, la deforestación de las grandes extensiones que suministran la renovación del oxígeno en el aire, el deshielo en los polos y en las cumbres de las cordilleras, las modificaciones en los océanos y la destrucción de corales por la mala administración de los desechos industriales y por la proliferación de los plásticos, junto con muchos otros factores ambientales y sociales producto de la concentración urbana. 

Al mismo tiempo se han dado situaciones propiamente sociales, como la concentración de la riqueza, el incremento de las condiciones de pobreza, la proliferación de la indigencia, el hambre generalizada en poblaciones vulnerables, la inconformidad y la indignación de la juventud, la organización cada vez más sofisticada de la rebeldía y la inconformidad y demás procesos sociales potenciados por la explosión de los medios masivos de comunicación y acentuado por la redes sociales producto de la conectividad y la interacción global. 

Todos estos hechos y muchos más que podrían enunciarse han creado la sensación del fin más o menos próximo del hombre en el mundo. La respuesta ante tantas calamidades ha acentuado la necesidad de la sostenibilidad como utopía propia de la sociedad actual.

Es preciso reconocer que en este marco un tanto apocalíptico hay elementos que lo matizan y sirven como contraparte y razón para la esperanza, cuando se reconocen los efectos logrados en lo relacionado con el bienestar en los temas que más impactan la vida del hombre, como el incremento de los índices de esperanza de vida, los grandes desarrollos de la medicina y la salud preventiva, la provisión e incremento de las condiciones de vivienda mediante programas cada vez más sofisticados de construcción y urbanismo, con provisión de servicios públicos, la producción de alimentos con estándares de mayor calidad y amplios mecanismos de distribución y acceso, el aceleramiento de los sistemas de comunicación física y geográfica que promueven la interacción entre naciones y pueblos, el incremento de la calidad de los procesos educativos y la apertura para el acceso a los diferentes grupos y estratos sociales, la conectividad global y el desarrollo de los medios de comunicación y su potenciación como mecanismos de información, capacitación y entretenimiento, la proliferación de las artes y los espacios culturales que favorecen la expresión, la creatividad y el desarrollo de las potencias de creación e imaginación, el uso productivo y recreativo del tiempo libre y del ocio, la institucionalización de los sistemas de gobierno y manejo de las sociedades y la posibilidad de generalizar los servicios del Estado en todos los territorios y con influencia en todos los ciudadanos de los países, el fortalecimiento de los sistemas estatales que apoyan la creación de leyes, la equidad, el ejercicio de la justicia y el fortalecimiento de la equidad, a la par con el establecimiento de mecanismos para la solución constructiva de los conflictos sociales. 

Todos estos avances, resultados, capacidades, cualidades, procesos y estructuras, fruto de la gestión humana forman parte, junto con muchos otros no mencionados, de la utopía de la sostenibilidad humana propia del siglo XXI, pues son los que se deben conservar, mantener, perfeccionar y cualificar como elementos de humanidad y como proyección de la presencia cada vez más perfeccionada de la presencia del hombre en el mundo. 

Así pues, la proyección del humanismo en la utopía de la sostenibilidad debe tener en cuenta tanto los aspectos negativos para corregirlos, como los enormes avances logrados por la humanidad, para preservarlos y superarlos. 

El dilema de la concepción moderna de sostenibilidad, como utopía actual de la humanidad en el siglo XXI, consiste en tener en cuenta los diagnósticos negativos y conjuntamente el reconocimiento de los grandes avances logrados por la presencia del hombre en la construcción de su sociedad. 

La solución al dilema de la sostenibilidad debe ser fruto de decisiones y conciencia individual para resolverlo y de políticas públicas y decisiones de largo alcance global, para lo cual es necesario trabajar mancomunadamente y con intensidad en el ámbito de una gobernanza mundial. 

En este análisis, que busca enriquecer la reflexión sobre el concepto de sostenibilidad, es preciso ampliar el enorme papel que ha tenido el desarrollo de la ciencia y la tecnología en el rompimiento de los equilibrios entre mundo y sociedad, desarrollo económico y uso racional de los recursos, y prever lo que el desbordamiento del progreso científico y la tecnificación pueden producir en el mantenimiento o destrucción de lo humano. 

Este texto forma parte de los documentos que se prepararon para la participación de la Asociación Colombiana de Universidades ASCUN para su intervención en la III Conferencia Mundial de Educación Superior de la Unesco. Esta conferencia, reunida en Barcelona en mayo de 2022, tuvo por objeto reformular las ideas y prácticas de la educación superior para garantizar el desarrollo sostenible del planeta y la humanidad.

Hernando Bernal Alarcón

Junio, 2022

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En búsqueda de una respuesta (1 de 3) *

Indagar sobre el futuro de la sociedad y la sociedad del futuro aparentemente sería formular una sola pregunta y, por lo tanto, una simple repetición de la misma idea. El objetivo de este escrito es demostrar que cada una de ellas tiene un sentido propio que requiere su propia respuesta. 

Responder al futuro de la sociedad parte de reconocer los síntomas cuya gravedad podría llevar a la desaparición de la humanidad como habitante del planeta Tierra. La respuesta está marcada por el signo de la sostenibilidad, la cual se formula a su vez como una utopía en construcción. 

La visión de la sociedad del futuro se elabora a partir de la innovación disruptiva creada por los avances de la ciencia, en especial lo relacionado con la biotecnología y la ingeniería genética, hacia algo que sería considerado como una distopía: es decir, la configuración y el predominio de una especie de seres racionales más allá del ser humano. 

En la conjunción de las dos posibles respuestas existe, por lo menos, la esperanza de que si no se diera la sostenibilidad del hombre en su condición actual, pudiera darse sin embargo la trascendencia de su racionalidad y de su comportamiento en seres con capacidad de mantener y prosperar en cualquiera de los mundos posibles. 

¿Utopía o distopía?

La humanidad realiza un permanente cuestionamiento sobre su futuro, el cual ‒a su vez‒ implica reconocer las limitaciones que con frecuencia ocurren sobre las realidades y deficiencias de su propio presente y de su cotidiano acontecer. 

Cuando Tomás Moro en el siglo XVI inventó y usó por primera vez el término utopía (1516), aludió precisamente a esta inconformidad sobre la situación que vivía la sociedad europea de ese entonces. Lo hizo, además, como resultado de la actividad del descubrimiento y colonización de las Américas, cuyo inicio lo había dado el encuentro de nuevas tierras y nuevas sociedades, resultado del viaje de Colón (1492) en busca de caminos diferentes para acceder a las Indias o sociedades del Oriente. 

Para Moro, la utopía era una descripción dada por los marineros que buscaban nuevos mares y nuevas tierras y, por lo tanto, nuevas formas de vivir y comportarse en sociedad. En su carácter de hombre público, perteneciente a la nobleza de ese momento, imaginó un mundo regido por leyes diferentes y por formas diversas de funcionamiento y comportamiento de los Estados y gobiernos europeos. Describió una sociedad con un funcionamiento distinto en lo relacionado con el derecho a la propiedad individual y con un contrato social logrado por consenso que requería, por ende, la total aquiescencia de los ciudadanos que la conformaban.

Moro acentuó la necesidad de una clase dirigente, con sabiduría y alta responsabilidad en el sentido de Platón ‒descrito en La República‒ y que, por lo tanto, reflejaba una democracia aristocrática basada en la excelencia humana y en la participación y aquiescencia ciudadanas. Expuso la necesidad de la organización inteligente de grupos humanos con estructuras jerárquicas y mecanismos permanentes de supervisión. Es decir, una utopía en términos académicos, o sea, entendida como algo probablemente irrealizable. 

El pensamiento sobre la sociedad posible y deseable venía desde la antigüedad. No se lo tuvo entonces como algo utópico, en el sentido de imposible, sino como una alternativa de sociedad que podría y debería implementarse. Tal fue la concepción Agustiniana sobre la Ciudad de Dios, que en contraposición a la sociedad de los hombres contemplaba la necesidad de llevar a la realidad mundana la vigencia del reino de Dios mediante la construcción de naciones en las cuales se realizaran a cabalidad los preceptos cristianos, especialmente los relacionados con las bienaventuranzas. 

En la sociedad occidental de los últimos siglos convergieron, sin lograr una cohesión y manteniendo sus diferencias, las ideologías de Moro, Platón, Agustín, Bacon y Marx, cada una de las cuales generó una utopía propia y diferente. En esta situación de convivencia ideológica, la utopía de la democracia participativa de Moro y Platón, y la utopía espiritualista de Agustín en la Ciudad de Dios, por una parte, se han visto enriquecidas por la utopía del desarrollo económico, entendido como la sociedad del consumo masivo, fruto en parte de la utopía científica de Bacon, y por su opuesto, la sociedad comunista fruto del materialismo dialéctico propuesto por Marx, por otra, las cuales predominan como características de la sociedad actual, si bien se traducen en una polarización antagónica entre ambas, propia de la realidad y de la praxis política de las naciones y de la gente que las configura. 

El saldo ideológico que para el mundo de la modernidad ha resultado de esta simbiosis ideológica se traduce en el reconocimiento de los derechos humanos como único elemento aglutinante de la sociedad actual. Los derechos humanos universales, a los cuales no se habría podido llegar sin los conflictos mundiales de las dos guerras que ocurrieron en la primera mitad del siglo XX, se consideran por lo tanto como un consenso de valores que es posible compartir a pesar de las diferencias ideológicas.

Además, en el mundo moderno es preciso señalar que la dialéctica social para establecer el predominio de los valores humanos universales ha conducido a manejar, e inclusive superar, las diferencias provenientes por razón de género, edad, procedencia, ubicación geográfica y origen étnico, dando pie a movimientos sociales reivindicativos que, además de su sustento ideológico, promueven estructuras legales que los favorecen, los afirman y los hacen posibles.

Sin embargo, en la búsqueda de esta utopía por el bienestar, por la promoción de la igualdad, por el logro de la equidad ‒entendida como acceso a las oportunidades en la participación de los beneficios obtenidos por la reproducción del capital y el desarrollo tecnológico‒, los hechos contundentes de incremento de las diferencias sociales han creado un clima de rechazo o, por lo menos, de escepticismo ante el valor de todas las ideologías que les dieron sustento. En consecuencia, las ideas y formas de democracia, cristianismo, capitalismo, socialismo, marxismo, desarrollismo, globalización ‒para señalar solo las más importantes‒ han sido llamadas a calificar servicios en razón de sus debilidades, cobijadas todas ellas con el apodo de “metarrelatos”. 

Esta última tendencia de escepticismo ideológico es lo que se ha llamado “posmodernismo”, cuya definición implica reconocer que toda utopía es ineficiente e incapaz de realizarse a sí misma y en la que, además de sus resultados positivos, es preciso cualificarla también por sus posibles efectos negativos. Con esto se llega a la concepción de la distopía, entendida como aquella utopía con visos negativos y nefastos que sería necesario redefinir o reconceptualizar.   

La incertidumbre y la desilusión sobre las utopías que conforman el mundo de la posmodernidad ha producido desde comienzos del siglo XXI hechos tan protuberantes como la agresión al país del capitalismo con el derrumbe del Word Trade Center en Nueva York en septiembre 11 de 2001, las manifestaciones de la primavera árabe en los países islámicos, el movimiento de los indignados en Europa ‒principalmente en los países ibéricos‒, las grandes manifestaciones antigobierno orquestadas entre ideólogos y medios de influjo en la opinión pública en China y en otros muchos países, como en 2021 en Cuba y  Colombia, y el florecimiento de los populismos, especialmente en las países latinoamericanos. Todos estos hechos confirman la nueva visión distópica sobre el futuro de la sociedad, entendida a su vez como inconformidad generalizada sobre los sueños utópicos que en alguna forma predomina en el ambiente intelectual contemporáneo.

Además, los hechos actuales derivados de la pandemia del Covid-19 y su globalización en términos de crisis económicas y laborales, y el derrumbe de la confianza en las instituciones creadas para asegurar la paz mundial, como resultado del conflicto en Ucrania, han acentuado la preocupación por el futuro de la humanidad ante la crisis biológica que tiende a acentuarse y ante la probabilidad del escalamiento de un conflicto bélico con características nucleares y catastróficas. 

La conclusión que surge como resultado de esta visión histórica conlleva a cuestionar si es posible la formulación de una nueva utopía para la sociedad del futuro y definir cuál podría ser.  

Ciertamente y como resultado de lo aprendido del análisis histórico la visión de futuro no podrá quedarse solo en el sueño de una sociedad mejor (utopía), sino que tendrá que prever los resultados futuros con sus limitaciones, riesgos, imposibilidades, fallas y dificultades (distopía).

Este texto forma parte de los documentos que se prepararon para la participación de la Asociación Colombiana de Universidades ASCUN para su intervención en la III Conferencia Mundial de Educación Superior de la Unesco. Esta conferencia, reunida en Barcelona en mayo de 2022, tuvo por objeto reformular las ideas y prácticas de la educación superior para garantizar el desarrollo sostenible del planeta y la humanidad.

Hernando Bernal Alarcón

Junio, 2022

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El tema de las preferencias políticas es de enorme importancia y enorme complejidad. Es necesario enfrentarlo en dos niveles, que en cierta forma son diferentes: el de las ideas y el de las personas (o sea, los candidatos y sus grupos o partidos), aunque al final los dos niveles convergen en uno solo, cuando se llega el momento de depositar el voto en la urna. 

Pienso que América Latina se debate en este momento histórico en el tema de la igualdad y la equidad y que la polarización se centra en las posibles maneras de desatar este nudo gordiano. En gran medida los niveles de desigualdad y de diferencia en los ingresos han sido el resultado de un liberalismo económico desbordado, que propende por el incremento del producto bruto interno de los países (crecimiento económico), solo a través de las leyes del mercado, pero no por la distribución, utilización y usufructo de dicho bienes y servicios en forma equitativa para la sociedad. 

Dicho en términos populares, “cada vez más los pocos ricos son más ricos y los muchos pobres son cada vez más pobres”. Esto se debe a la consagración del dogma de la reproducción y concentración del capital como característica inalienable, una idea consagrada por el neoliberalismo o el liberalismo salvaje. Además, la globalización incrementó las diferencias en la productividad del capital, en razón del atraso tecnológico de nuestros países, debido a las raíces históricas e ideológicas que desafortunadamente heredamos de nuestra colonización y de los subsiguientes procesos libertarios, torpemente realizados por nuestras elites políticas, que nos han puesto en desventaja de competitividad con otros países y regiones del mundo.

En este panorama se incrementa la falsa esperanza en un líder que sea capaz de sacar adelante al país. Líder que las grandes masas consideran que es imposible que lo produzca la burguesía tradicional, como fue lo propio en los siglos anteriores. Por esa razón, un país económica y culturalmente más avanzado, como lo fue Chile, estrena como presidente una personalidad nueva, con dinámicas contrastantes muy profundas en contra del liderazgo desarrollista reconocido a nivel latinoamericano y que guio gran parte de los procesos económicos de posguerra en el continente a través de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL). 

Por esta misma razón Perú, país con indicadores económicos muy promisorios y con una multiculturalidad muy compleja, también elige a un maestro de escuela de una población minúscula y desconocida, pero él mismo (posiblemente muy inteligente) con escasa formación académica. Y en el contexto de estas elecciones democráticas y populares está el telón elaborado por ese embeleco que llaman “socialismo bolivariano”, que produce realidades tan crueles y lamentables como Venezuela y Nicaragua, y otras que tienen que ser recuperadas en lo posible, como es el caso de lo que se espera que pueda ocurrir en Ecuador y Bolivia. 

Siguiendo el ejemplo de lo sucedido en Chile es muy posible que en las elecciones de este año en Colombia veamos finalmente enfrentados a los dos polos opuestos, con altas probabilidades de que la balanza se incline hacia la izquierda beligerante. Parecen efímeras y débiles las coaliciones políticas, tanto de centro izquierda como de centro derecha. 

Para mí, es preocupante que pierda fuerza la Coalición de la Esperanza, que consideraría de mis preferencias, porque en ella se conjugaría la veteranía y la experiencia de quien logró un acuerdo de paz, conjuntamente con el vigor en sus herederos, de quien soñó y trabajó por un nuevo liberalismo, reforzado por quienes propenden por una economía verde y circular, dinamizado además por la experiencia de dirigentes que han ejercido con voluntad y sacrificio diferentes cargos públicos, sin desconocer asimismo que puedan participar académicos con posiciones ideológicas utopistas. 

Espero que puedan limar sus diferencias, acordar unos principios y valores comunes y en especial trabajar con liderazgo de equipo, mancomunadamente –si llegan al poder–, deponiendo hasta lo posible los egos exaltados que a veces los caracterizan.

Hernando Bernal Alarcón

Febrero, 2022

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Mi gran amigo y compañero desde la niñez, Alberto Betancur Ángel ‒un músico y organista consumado y profesional‒ en cierta ocasión en que discutíamos sobre interpretación musical, me dijo: “Hernando, usted no comprende. Es que la música no es intelectualidad, sino sentimiento y subconsciente. Por eso, no eres un músico”.

Parto del reconocimiento de que Alberto Betancur tenía toda la razón y sigue teniéndola; él continúa haciendo muy buena música, mientras yo me contento con recordar y gozar, eso sí, de la buena música. Porque la música que no soy capaz de interpretar tiene sin embargo un hondo significado para mí, a lo largo y en todos los momentos de mi vida, 

Para mí la Navidad es y ha sido música. Imposible olvidar cuando niños respondíamos a los gozos de Navidad con el “ven, ven, ven a nuestras almas”, con diferentes versiones y musicalidades. Éramos todos cantando, grandes y pequeños, presididos por la tonalidad de mi mamá, que había estudiado música, y tenía una hermosa voz de soprano. Y cantábamos “el Tutaina, A la nanita nana, Antón tiruliru liru y Campana sobre campana”. Eran villancicos traídos de España, porque todavía no habían hecho fama Mi burrito sabanero ni Brincan y bailan los peces en el río, propios de nuestro folclor, ni el Tamborilero que muchos piensan se inspiró en el currulao de la costa Pacífica, y menos aún el Noche de paz, el Santa viene a visitarnos o el White Christmas, propios de nuestros vecinos del norte, y que no se conocen como villancicos, sino como carols

Imposible olvidar, cuando ya estábamos en la Compañía, el “No sé, Niño hermoso, que he visto yo en ti” interpretado por Oscar Buitrago con su hermosa voz de tenor, acompañado por nosotros en el nuevo órgano de Santa Rosa en un hermoso tono de do menor, al comienzo de la celebración de la Misa de Navidad. Era un salto hacia el misticismo que profundizaba nuestra espiritualidad, fortalecida además por el desarrollo tonal del Adeste fideles, laeti triumphantes y por los Aleluya, el “Gloria cantan en el Cielo, gloria a Jesús, Rey del Amor” y demás motetes que configuran el mensaje pascual. 

Para mí, Santa Rosa de Viterbo ofreció otras oportunidades musicales de importancia. Haber conocido a través de los españoles, como Uranga ‒el director del coro‒, que se formaban con nosotros para trabajar en Venezuela, tonadas navideñas como Veinticinco de Diciembre, fun, fun, fun del legado catalán, el Zagalillo y el Pastores venid de otras regiones de España. Además, como curador que era de la discoteca, haber descubierto la grabación completa del Mesías de Haendel, oratorio sagrado de gran envergadura, cuya primera parte ‒referida al nacimiento‒ lo celebra con una tocata pastoral solo para orquesta, y con el aria para soprano Rejoice, rejoice greatly que reproduce las palabras del ángel y del pueblo como celebración de la alegría por el nacimiento de Jesús.

Para mí, la música sigue siendo la Navidad. A partir del 16 de diciembre acostumbro escuchar, día a día, una por una, cada una de los seis corales que conforman el Oratorio de Navidad de Juan Sebastián Bach, complementados por el Magnificat de su hijo Felipe Emanuel, y condimentados con los Conciertos italianos, de carácter barroco, compuestos por Locatelli, Corelli y Torelli, y por el Gloria de Vivaldi. Desde hace algunos años estas obras pueden escucharse a través de hermosos videos, grabados por las mejores orquestas y los y las vocalistas más reconocidos mundialmente, en el You Tube. 

La sazón intelectual y artística de la Novena de Aguinaldos puede complementarse con la lectura de los evangelios de san Juan y de san Lucas y, lógicamente, con los tamales propios de la región cundiboyacense y el pernil, el aguardiente, la pólvora y los globos de la navidad paisa, tal como lo han descrito nuestros compañeros en esta hermosa celebración de Navidad que estamos compartiendo. 

Hernando Bernal Alarcón

Diciembre, 2021

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La Navidad es una hermosa fiesta en familia, sobre la cual es preciso que hablemos a nuestros nietos para que entiendan y no olviden el sentido de dicha celebración. Sugiero conversar acerca de aspectos como los que aparecen en el sigiente texto.

¿Sabían ustedes que la figura de Santa Claus –más conocido como Papá Noel– fue una invención de Coca-Cola?

Sí, aunque no se lo menciona abiertamente. Es decir, es un producto publicitario de Coca-Cola, la gaseosa gringa que apareció hacia 1920, después de la primera guerra mundial.  Si bien la publicidad de la bebida lo utilizó desde entonces, dándole el carácter de un gnomo o un elfo, el real y bondadoso Papá Noel con barba blanca, barriga protuberante y casaca de color rojo, tomando y ofreciendo Coca-Cola, solo apareció hasta 1930. 

Y desde entonces Papá Noel, a quien ahora se lo conoce como Santa, se convirtió en el símbolo de la navidad como evento comercial. Es decir, se ha trastocado el sentido de la idea esencial de Christmas como nacimiento de Cristo. Este significado, por causa quizás de la publicidad de Coca-Cola, parece olvidado totalmente en el mundo industrializado. 

Sin embargo, la “Nativitá” fue la idea inicial de San Francisco, el Poverello de Asís, el santo totalmente opuesto al boato del comercio capitalista, cuando en 1223 inventó el pesebre para hacer énfasis en el nacimiento pobre de Jesús.

Pero vamos poco a poco. ¿Acaso Santa, Santa Claus, Noel y Papá Noel son el mismo personaje? 

La respuesta también es sí, aunque parezca extraño. El nombre original correspondió a un obispo del siglo IV de nuestra era, san Nicolás de Bari, quien siendo de familia acaudalada regaló su herencia a los pobres de su región, ubicada en Anatolia o Asia Menor. Algunos imaginan que distribuyó monedas a los niños y a las viudas y otros que las lanzó por la chimenea… Por haber sido originalmente la representación de un obispo ha utilizado en su nueva función el rojo propio de la dignidad episcopal… Aunque también sea el mismo color del logo de la Coca-Cola. 

En Alemania, san Nicolás se convirtió en Niklaus y en Holanda fue conocido como Sinterklaas. En Italia y en los países de idiomas derivados del latín (Francia, España y Portugal) el nombre se transforma en Noel, posiblemente como contracción del significado: pascual o viejito pascuero.

Y en Nueva York, que inicialmente se llamó New Amsterdam, adquirió finalmente el nombre y la figura de Papá Noel, que sin perder su autenticidad pronto se convirtió en persona casada y con mujer, conocida también como Santa… Algunos prefieren decir que es su hija… Gajes del oficio en su función como símbolo publicitario.  

No parece haber nada de “feminismo” en la duplicación del nombre y en la adquisición de nuevas y más atractivas personalidades. En castellano diríamos que ahora Papá Noel lleva también a reconocer a Mamá Noel y a la Niña Noel ‒y posiblemente al Niño Noel‒ para completar la familia. Pero, ¡ojo! Este último personaje, el niño Santa, no debería ser confundido o remplazar al Niño Jesús, símbolo cristiano de la Navidad, según el evangelio. 

Junto a la figura amable de Papá Noel se encuentra el árbol de Navidad, símbolo también de la abundancia, que con sus adornos de múltiples colores cobija bajo su ramaje los regalos, cada uno con el nombre de la persona a quien se lo entregan, debidamente engalanados también con papeles y tarjetas alusivas a la fecha. Los regalos conducen también a la imagen de una factoría, ubicada en el Polo Norte, en donde trabajan los elfos que los empacan, y desde donde Papá Noel viaja en la noche del 24 de diciembre, en un trineo conducido por renos ‒uno de ellos conocido como Rudolph– para depositar a través de las chimeneas los regalos a los niños que se han portado bien durante el año. 

 ¿Y acaso Papá Noel, los elfos, los renos, el árbol, la chimenea y los regalos son solo la Navidad?

Para nosotros, los que nos confesamos cristianos, no deberían serlo solamente. Aprovechemos con enorme alegría y entusiasmo esa fiesta de la abundancia y la solidaridad en familia, pero no olvidemos que en el corazón de los creyentes, la Natividad hace alusión al nacimiento de Cristo. De ahí su nombre de Christmas

Por esa razón, san Francisco de Asís centró en el pesebre el símbolo de la Navidad. Siguiendo la narración del evangelio de san Lucas los protagonistas son el Niño Jesús, la Virgen María y San José, acompañados por el asno y el buey, y por los pastores que celebran la natividad con sus cantos y alegrías, en respuesta al mensaje de los ángeles del cielo que anunciaron el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios. Temas todos que implican una creencia y una fe, que sin obviar las observaciones de la crítica escriturística, se centran en el profundo misterio de la encarnación, que es el puente que une nuestra naturaleza humana y mortal con la eternidad y la misericordia de un Dios, Padre y Creador.

Por eso, en nuestro país nos preparamos para la Navidad con la novena de aguinaldos en la cual diariamente, a partir del 16 de diciembre, nos centramos en la meditación de los eventos que la anteceden, comenzando por la reflexión sobre la voluntad de Dios de enviarnos a su Hijo para nuestra redención, continuando con el aviso del ángel a María, para que expresara su voluntad de engendrar al Mesías, pasando por la visita que como mujer encinta hizo a su prima Santa Isabel, y por las dudas de José sobre la maternidad de su esposa, para llegar finalmente, después de un viaje agotador,  a empadronarse por orden del emperador romano, en un pueblo minúsculo, Belén,  que por ser la cuna del rey David era visitado por muchas personas y posiblemente por muchos “lagartos” (en el sentido bogotano: individuos que echan flores, buscan amistades y hacen lo necesario para escalar posiciones) y no disponía de lugares adecuados (posadas y hosterías) para dar albergue a la familia de José, artesano y carpintero (posiblemente de clase media), por lo que el Niño tuvo que nacer en un pesebre (lugar donde comen los animales) en un portal e iniciar así su vida mortal.

Hernando Bernal Alarcón

Diciembre, 2021

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A los lectores del blog queremos contarles que desde hace 14 meses venimos reuniéndonos, semana a semana, en tertulias amigables, para conversar sobre muy diversos temas. Esas tertulias alimentan el blog y este aprovecha lo compartido allí. 

Ante la dolorosa situación que atravesamos en Colombia decidimos manifestarnos. Por eso, les propusimos a quienes desearan hacerlo, que escribieran un texto breve al respecto.

Este artículo hace parte de la cosecha que obtuvimos.

Protestas, paros, bloqueos, vandalismo, represión… Hechos ocurridos en Colombia a partir de mayo de 2021 conforman el clima político de las vecinas elecciones de Presidente, Alcaldes, Congreso y otras instituciones públicas en el año 2022. 

La polarización se siente en todos los niveles de la opinión pública y en los diferentes estratos sociales que conforman la población de las capitales, las ciudades, los departamentos, las regiones y los sectores rurales. Orientarla en forma positiva requiere fijar con claridad los objetivos políticos que deben regir la orientación del país para los próximos 30 años, hasta el 2050.

El primer objetivo es la construcción de las condiciones para una paz estable y dinámica, tarea señalada por los que suscribieron los pactos, quienes a su vez consideraron que era difícil, dolorosa y a largo plazo.

El segundo objetivo es la superación de la pandemia para restituir la seguridad biosocial y prevenir los riesgos de otras calamidades semejantes en el futuro cercano.

El tercer objetivo es la reconstrucción de la base productiva del país en forma tal que satisfaga las necesidades actuales, lo logre para todos los ciudadanos, sin exclusiones, y mantenga los equilibrios en el uso de los recursos sin perjudicar a las generaciones por venir.

El cuarto objetivo es el reordenamiento de los procesos y mecanismos para la producción y utilización de las fuentes energéticas, en forma tal que nuestra nación colabore en la regulación de los factores causantes del calentamiento global.

El quinto objetivo es la restitución del Estado de derecho para que se favorezca el bien común de todos los ciudadanos en el marco de los derechos humanos, evitando a su vez los desequilibrios causados por el predominio de intereses de grupos, estratos sociales, asociaciones, sindicatos, empresas y demás elementos de disociación y enfrentamiento social. 

En sexto lugar es preciso favorecer una cultura de la solidaridad y la transparencia, que respetando las diferencias y las individualidades permita la construcción positiva de nuevas realidades permita la reconstrucción de la confianza en las instituciones de la nación para favorecer la reconstrucción del tejido social del país.  

Es conveniente que la utopía conformada por el logro de estos seis objetivos (paz sostenible, control del riesgo biosocial, reconstrucción de la base productiva, manejo del calentamiento global, derechos humanos y reconstrucción del tejido social) se convierta en planteamientos políticos diferenciados que constituyan una guía para la selección y elección de los nuevos gobernantes. 

La tarea  nuestra, como un grupo más de adultos importantes,  podría ser ayudar desde nuestra perspectiva,  en la construcción de estos pensamientos políticos y participar en la difusión de los mismos entre las nuevas generaciones.

Hernando Bernal A.

Agosto, 2021

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Umberto Eco, el semiólogo italiano, era conocido por sus sesudos ensayos (Apocalípticos e integrados, Lector in fabula, Los límites de la interpretación, Decir casi lo mismo…), hasta que debutó como literato y su primera novela (publicada en 1980) se convirtió en la favorita de uno de nuestros compañeros. 

“Es un lugar oscuro, con la defensa a la oscuridad de la ignorancia”. Así puedo describir El nombre de la rosa, de Umberto Eco. 

Un monasterio en el centro de Italia. Año 1000, época de la historia occidental que se abre desde el medioevo para desembocar en el Renacimiento, con el renacer de la claridad del pensamiento. 

El escenario: una biblioteca manejada por un monje ciego, el único que puede moverse con facilidad en los oscuros corredores, entre papiros y palimpsestos.  

El foco de la historia: un documento antiguo, cuyo secreto es descubrir que Cristo se reía, como cualquier otro ser humano. 

Mueren todos los que quieren acceder a dicho documento, mientras el fraile visitante y su compañero, con ínfulas de detectives londinenses, precursores de Sherlock Holmes, tratan de descubrir a los asesinos que operan de acuerdo con las horas canónicas propias, que rigen el ritmo de la vida religiosa en esa época. 

La solución final: el incendio de la biblioteca, con la muerte del conocimiento compendiado en los libros, en un fuego que solo dura una noche y desaparece para siempre. 

Previo a la llegada del Renacimiento ocurrieron 600 años de dificultad de acceso al saber, desde el trívium y el quadrivium de Carlomagno, en el año 800, hasta el siglo XV, hacia 1450, cuando el acceso al conocimiento en el mundo occidental principió a lograrse con la aparición de la imprenta. 

Esto lo señala La Galaxia Gutenberg, el libro básico de Marshall McLuhan. Entonces, la publicación del libro hace que aparezca el público y, de este modo, que se superen las prohibiciones que existían para acceder a los libros, con la aparición de las universidades en Bolonia, París, Salamanca y Oxford, que permitieron que el conocimiento fuera accesible a todos los ciudadanos –siempre y cuando supieran leer y escribir–. 

Y la lucha para que el alfabeto fuera del dominio de todos y que, por lo tanto, el conocimiento llegara a ser propiedad individual. 

Lograr que esa riqueza de la humanidad sea realmente compartida nos ha llevado años y aún no lo hemos logrado en la actualidad.

Hernando Bernal A.

Julio, 2021

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Hoy se vive la explosión de las inconformidades de amplios sectores de la población. Se manifiesta en la sacralización de la protesta social como un derecho prioritario. Es en parte muy significativa, fruto de la desesperanza que afecta vivencialmente a las juventudes, ante la incertidumbre del futuro y ante la constatación de una realidad que se manifiesta a diario en la disminución progresiva de las oportunidades; específicamente, en lo relacionado con desocupación y bajos índices de empleabilidad, inestabilidad laboral e incapacidad de diseñar e implementar un plan de vida. 

La explosión de inconformidades de amplios sectores de la población es un fenómeno mundial que se ha venido repitiendo en las últimas décadas con situaciones conflictivas, como la primavera de los países árabes, las protestas de las juventudes en Hong Kong, los movimientos de los “indignados” en Europa, los movimientos indigenistas en América Latina y la insurrección en Chile, conducente esta última a un profundo cambio constitucional. Es una ola creciente de insatisfacciones ante los efectos nocivos de desigualdad, injusticia social y disminución de oportunidades, producto de una globalización económica mal concebida y ejecutada, que favorece solo a los que tienen y ahonda las brechas entre los estratos sociales. 

La descripción de esta situación por parte de los analistas del tema se basa en las siguientes reflexiones:

Cabe destacar que tanto gran parte de la juventud simpatizante, así como los estudiantes, fueron quienes constituyeron la base que desató la cadena de eventos que condujo a forjar el movimiento; lo cual, desde una perspectiva amplia, no es para nada accidental, sino más bien necesario. Podemos explicar lo afirmado líneas atrás desde una perspectiva de la juventud como fuerza motora. Las personas que acceden a la educación ganan sentido crítico; dominan además la tecnología y por esto mismo, como medio de expresión, utilizan los medios de información ‒no burocratizados‒ para expresar sus opiniones o para revelar al mundo aconteceres que, en muchos casos, los gobiernos desean ocultar (podemos recordar en este sentido lo ocurrido en los países árabes y cómo el pueblo de esta comunidad pudo revelar al mundo, a través de la Internet, las injusticias cometidas por parte de los mandos militares y políticos)[1].

Nos correspondió el turno de padecer esta situación de desencanto y desesperanza en Colombia, al llegar a los primeros años de la tercera década del siglo XXI, signados además por la explosión de la pandemia del COVID-19 que ha afectado hondamente el crecimiento económico y catapultado la polarización política, las diferencias regionales, la indigencia y el retorno a niveles de pobreza a vastos sectores de la población que en los últimos años habían obtenido un poder de producción y consumo propio de las clases medias, en un país que promisoriamente parecía ingresar al club de los desarrollados. Como lo señala la CEPAL, Colombia forma parte del panorama latinoamericano que se describe en los siguientes términos:

1. Previo al COVID-19, América Latina y el Caribe mostraban bajo crecimiento, espacio limitado de política fiscal y conflictos sociales crecientes. 

2. Sus efectos generarán la recesión más grande que ha sufrido la región: -5,3 %. 

3. Desplome del comercio (-15 %), el turismo y las remesas (-20 %).

4. Aumenta el desempleo con efectos en pobreza y desigualdad. 

5. Con graves efectos diferentes según grupo social: adultos mayores, niñez, jóvenes, mujeres, pueblos indígenas, afrodescendientes. 

6. Las medidas anunciadas buscan contener el virus, proteger los ingresos, el trabajo y las empresas. 

7. La pandemia evidenció brechas estructurales y carencias del sistema de salud del régimen de bienestar, así como debilidades históricas del sistema productivo. 

8. Han reorientado sus presupuestos públicos, pero será insuficiente y se requerirá financiamiento externo a bajos costos, con alivios al servicio de la deuda a los MICS y en especial a El Caribe. 

9. El reinicio de las economías nacionales y la flexibilización de la parada productiva requiere equilibrar la trayectoria COVID-19 y las consideraciones socioeconómicas. 

10. Debilitamiento del multilateralismo, proteccionismo y menor cooperación internacional[2].

En búsqueda de una racionalidad para entender la duración e intensidad y las modalidades, procedimientos, actitudes y comportamientos de los paros, bloqueos, agresiones, destrucción y demás formas de violencia implícita en la protesta social, y que además justifican y dan pie a su sacralización como derecho humano prioritario, se encuentran los siguientes principios generalizados a nivel global y adaptados a cada caso particular, así no se encuentren explícitos en cada uno de ellos[3]:

1. Las prioridades de toda sociedad avanzada han de ser la igualdad, el progreso, la solidaridad, el libre acceso a la cultura, la sostenibilidad ecológica y el desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas.

2. Existen unos derechos básicos que deberían estar cubiertos en estas sociedades: derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz.

3. El actual funcionamiento de nuestro sistema económico y gubernamental no atiende a estas prioridades y es un obstáculo para el progreso de la humanidad.

4. La democracia parte del pueblo (demos = pueblo; cracia = gobierno), así que el gobierno debe ser del pueblo. Sin embargo, la mayor parte de la clase política ni siquiera nos escucha. Sus funciones deberían ser la de llevar nuestra voz a las instituciones, facilitando la participación política ciudadana mediante cauces directos y procurando el mayor beneficio para el grueso de la sociedad, no la de enriquecerse y medrar a nuestra costa, atendiendo tan solo a los dictados de los grandes poderes económicos y aferrándose al poder a través de una dictadura partitocrática. 

5. El ansia y acumulación de poder en unos pocos genera desigualdad, crispación e injusticia, lo cual conduce a la violencia, que rechazamos. El obsoleto y antinatural modelo económico vigente bloquea la maquinaria social en una espiral que se consume a sí misma, enriqueciendo a unos pocos y sumiendo en la pobreza y la escasez al resto. Hasta el colapso.

6. La voluntad y fin del sistema es la acumulación de dinero, primándola por encima de la eficacia y el bienestar de la sociedad. Despilfarrando recursos, destruyendo el planeta, generando desempleo y consumidores infelices.

7. Los ciudadanos formamos parte del engranaje de una máquina destinada a enriquecer a una minoría que no sabe ni de nuestras necesidades. Somos anónimos, pero sin nosotros nada de esto existiría, pues nosotros movemos el mundo.

8. Si como sociedad aprendemos a no fiar nuestro futuro a una abstracta rentabilidad económica que nunca redunda en beneficio de la mayoría, podremos eliminar los abusos y carencias que todos sufrimos.

9. Es necesaria una Revolución Ética. Hemos puesto el dinero por encima del Ser Humano y tenemos que ponerlo a nuestro servicio. Somos personas, no productos del mercado. No soy solo lo que compro, por qué lo compro y a quién se lo compro (Manifiesto Democracia Real Ya, 2011)[4].

¿Quién puede dudar de la veracidad y significación de estos asertos? En el procedimiento para el logro de su ejecución queda vedado siquiera reflexionar o criticarlos so pena de aparecer como retardatario. Clamar además, conjuntamente, por el respeto a la vida humana, a la propiedad de las personas o las empresas, por el derecho al trabajo y a la movilidad personal, por el derecho a la asociación y al libre ejercicio de la libertad individual, por la libertad de expresión, por el acceso a las oportunidades de progreso y realización, y por la defensa de la autoridad, el Estado y el bienestar comunitario como fruto del esfuerzo personal y familiar, son conceptos trágicamente retardatarios que deben supeditarse al derecho a la protesta, que es el único valedero. 

Y todo esto disfrazado con la voluntad de paz y el aparente rechazo a la violencia como mecanismo retórico para institucionalizarla. Si no es así, o se pone en duda, simplemente acuda a los medios de la opinión pública, especialmente los noticieros, donde la palabra “pacífico” o “pacífica” antecede o califica tanto las marchas, como las agresiones, como los incendios, como el ansia de destrucción y sus consecuencias, como el asalto a las ambulancias, como el saqueo a los transportes de víveres y medicamentos, como la destrucción sistemática de las agencias del Estado al servicio de la justicia y del orden, haciéndose verbo en el estilo de los locutores que la repiten (pacífica) por lo menos cada minuto y que exportan su producto comunicacional para crear imágenes que desvirtúan la realidad más allá de las fronteras. 

La sacralización del derecho a la protesta es solo un instrumento para neutralizar al Estado, subvertir el orden y propiciar el caos, como mecanismo para una nueva realidad que se apresura establecer y que solo se vislumbra como el preludio, utilizando medios democráticos como las próximas campañas presidenciales ya en proceso, para inmovilizar el poder gubernamental y político en la manida conceptualización del “bolivarismo” criollo, credo compartido por las disidencias en conjunto con Cuba, con Maduro, con el ELN, y también con vastos sectores de la juventud del país. 

1 Galvis Gómez, Fabio Andrés (2012). Análisis de la figura de “Los indignados” a la luz de la teoría de la subpolítica de Ulrich Beck. Revista Filosofía UIS, 11(2), 81-96.

https://revistas.uis.edu.co/index.php/revistafilosofiauis/article/view/3365/4639

² Bárcena, Alicia (2020), Diez mensajes centrales. Marco analítico de los efectos del COVID-19. Santiago de Chile: CEPAL.  https://www.cepal.org/sites/default/files/presentation/files/200605_final_presentacion_parlamericasv_alicia_barcena.pdf

³ Velasco Acedo, Pilar (2011). No nos representan. El Manifiesto de los Indignados en 25 propuestas. Madrid: Martínez Roca.

⁴ Galvis, Fabio, o. c.

Hernando Bernal A. 

Mayo, 2021


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Continuando su tertulia inicial, Hernando Bernal nos hizo reflexionar sobre las etapas del  transhumanismo y poshumanismo a la luz de las implicaciones éticas de asuntos como la creación de los cyborgs, los implantes de órganos, las medicinas antiedad hasta llegar a la posibilidad de la inmortalidad. Planteó dilemas como conservacion vs transformación, imposición o no de  límites al desarrollo científico, potenciación y transformación para qué y cómo responder a temas como dignidad, libertad, autonomía y equidad en cada una de las alternativas del futuro.

Presentacion / tertulia con nuestro grupo el 15 de Abril, 2021
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artificial intelligence, brain, think
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Nuestro expositor combinó su exposición con varias minitertulias. Definió relacionalmente lo humano, la humanidad, el humanismo y las humanidades y nos asomó al transhumanismo y el poshumanismo. De lo filosófico a lo científico, Hernando se adentró en los desarrollos científicos que acompañan el transhumanismo y el poshumanismo y dejó pendiente para su segunda presentación conversar sobre los dilemas éticos que implicarían la aceptación o el rechazo de los dos nuevos tipos de humanismo. 

Presentacion-tertulia con el grupo de exjesuitas el 18 de Marzo del 2021
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Resulta paradójico que hoy, afligidos por la pandemia del COVID-19 y la muerte diaria de muchas personas a nivel global, un sector significativo del mundo científico esté preocupado por incrementar la potencia biológica e intelectual del ser humano, alargar el ciclo de vida de la humanidad y pensar en la utopía de la inmortalidad.

Es paradójico que en el momento actual, afligidos como estamos por la pandemia del COVID-19, con el fallecimiento cotidiano de un sinnúmero de personas a nivel global, un sector significativo del mundo científico esté preocupado por tres asuntos controversiales: la posibilidad de incrementar la potencia biológica e intelectual del ser humano, el alargamiento del ciclo de vida de la humanidad y la utopía de la inmortalidad: vida y muerte entrelazadas en una danza ritual.

La potenciación biológica e intelectual del ser humano (enhancement) ocurre a tres niveles: el terapéutico sustitutivo, como cuando se remplaza un órgano humano por una prótesis o por un órgano perteneciente a otro individuo (transplante de riñón o de corazón); el de potencialidad orgánica, como cuando dicha prótesis mecánica mediante biotecnología y nanotecnología entra en conexión directa con el sistema nervioso, y el de la potencialidad inducida mediante drogas y estimulantes que afecta especialmente la capacidad de la mente y los procesos sensitivos e intelectuales.

Además, como asunto de gran potenciación, se señala la relación entre la inteligencia natural del hombre y la denominada inteligencia artificial (AI, artificial intelligence), mediante la cual las máquinas no solo multiplican la capacidad de análisis, sino que tienden a desplazar el poder de las decisiones humanas.  En el ámbito de la ciencia ficción se señala la posibilidad de descargar la memoria de un sujeto pensante en el disco duro de un computador (upload), dada la implantación que ya se ha hecho de chips en el cerebro de algunas personas.

En el ámbito del alargamiento de la vida hay tres niveles. El primero, como resultado de los esfuerzos de la humanidad en el control de las enfermedades y el mejoramiento de las condiciones de vida, se traduce en incremento de los índices de longevidad de la población. Es una lástima que esté signado por el flagelo de la desigualdad. El segundo, resultante del remplazo de los órganos afectados mediante trasplantes por órganos biológicos o por implantación de prótesis de alta tecnología. Y uno tercero, que se vislumbra como la adaptación del overhaul o revisión, sustitución y cambio de órganos, programado para asegurar los problemas de desgaste y para alargar indefinidamente el funcionamiento de los organismos biológicos, posibilidad que desafortunadamente estaría limitada por los recursos personales y familiares disponibles. Esta última práctica de renovación biológica daría origen a la utopía de la inmortalidad mediante la cual la vida podría tornarse indefinida y superar las barreras de la desaparición individual.

Pero además de estos tres niveles –potenciación del ser humano, alargamiento de la vida y búsqueda de la inmortalidad–, el desarrollo tecnológico actual, basado en la aparición y potenciación de los robots, conduce a una posición radicalmente diferente: el remplazo del género humano por seres inteligentes y animados, pero de total naturaleza cibernética, denominados cíborgs, por la fusión de los términos cybernetic y organism. Esta sustitución se logrará gradual y paulatinamente, en la medida que adquiera una mayor autonomía la inteligencia artificial, con capacidad de reproducirse a sí misma, y en la medida que dicha AI se implante y se reproduzca en los organismos robotizados. Se visualiza que este proceso permitirá al hombre explorar el universo y poblar las galaxias.

El concepto del superhombre (superman), si bien ha sido popularizado por las historietas cómicas y las series y películas del cine y la televisión, tiene su origen filosófico desde comienzos de la cultura occidental con los héroes griegos, las divinidades romanas y los dioses nórdicos. Nietzsche lo expresó filosóficamente en sus teorías que originaron la supremacía racial y llevaron al holocausto en la segunda guerra mundial. La humanidad se caracteriza por el proceso de evolución y perfeccionamiento indefinido, que ha tenido predecesores desde el helenismo, pasando por el Renacimiento y las teorías darwinistas de la evolución y se ha concretado en las ideologías que tienen como fundamento el culto y defensa de la excelencia individual y social: racismo, aislacionismo, segregacionismo y elitismo, para nombrar las más significativas.

El nivel de potenciación (enhancement) y el organismo cibernético (cíborg) se diferencian cualitativamente y generan dos maneras de visualizar al ser humano: el transhumanismo, que enfatiza el perfeccionamiento de lo existente en la naturaleza humana, y el poshumanismo, que lleva a pensar en un fin de la naturaleza humana actual, tal como la consideramos hoy, y a la creación de una nueva especie de seres que estarían más allá y conformarían una nueva forma de comportamiento mecánico, con la capacidad de observación, análisis, actuación, decisión y prospección que caracterizan lo que ahora entendemos como funciones propias de la humanidad.

Si bien desde una dimensión conceptual existen diferencias de grado y naturaleza entre las concepciones transhumanista y poshumanista, una y otra plantean asuntos comunes que es preciso concretar para entender su concepción real. Dichos asuntos se refieren a lo histórico, lo antropológico, lo ético y lo prospectivo, como cuatro asuntos que deben clarificarse para lograr una profunda comprensión de la visión filosófica que subyace al papel y función de lo humano en su concepción actual, en su transformación y en su visión de futuro.

Desde el punto de vista histórico es preciso fijar como época de inicio el pensamiento de Giovanni Pico della Mirandola, hacia finales del siglo XV, cuando ubica al hombre como un ser perfectible y centro del mundo. Conviene señalar la evolución del humanismo –como pensamiento y concepción sobre lo humano– desde el Renacimiento, pasando por el predominio de las ideologías, el modernismo, la revolución tecnológica y su epítome en el posmodernismo y las actuales revoluciones tecnológicas.

En antropología se habla del antropoceno como una edad geológica propia del desarrollo industrial que dejó una huella indeleble en el mundo físico y en la transformación de la naturaleza. Esta clasificación está íntimamente relacionada con el uso de los recursos para la generación de energía, con los cambios climáticos y, en general, con los efectos que la presencia del homo faber tecnológico está causando en la naturaleza y el planeta Tierra.

Lo ético tiene que ver con las funciones y los límites de las decisiones sobre uso, fomento e incremento de la tecnología. Si bien no pueden detenerse los enormes esfuerzos de la mente humana por descifrar los enigmas de la naturaleza y el universo, ni pueden frenarse los avances de la ciencia, la innovación y la inventiva humana, es preciso reflexionar y tomar posición sobre los límites de las aplicaciones tecnológicas, especialmente cuando afectan la naturaleza misma de la decisión, la libertad y el desarrollo humanos. Cómo controlarlos y promoverlos se torna en un dilema ético de suma importancia y amplia trascendencia.

La dimensión prospectiva –el futuro deseable– puede considerarse tanto en sus aspectos positivos –el alargamiento de la existencia y la ampliación de las capacidades humanas– como en sus connotaciones posiblemente negativas, consistentes en la sustitución de la naturaleza humana por una estructura mecánica, pero pensante, con consecuencias de enorme trascendencia en lo relacionado con la conformación de las sociedades, el incremento de las desigualdades, la posible desaparición del pensamiento liberal y la democracia participativa, y el fin de la autonomía y la libertad individuales; es decir, el fin de la persona en sus dimensiones política, económica, cultural y social.

Lo cierto es que estamos a las puertas de un nuevo humanismo, ante el cual ya están reaccionando no solo los investigadores de las ciencias físicas y biológicas, sino también los gestores de la economía, los gobernantes de los países y localidades, los pastores religiosos, los líderes políticos, los guardianes de las ideologías, los financistas e industriales, los forjadores de opinión, los artistas e inclusive los deportistas.

Es preciso reconocer que no estamos en una era de cambio, sino en un cambio de era, que se está forjando a través de las elecciones que como humanos y seres libres y pensantes tenemos que tomar para decidir sobre la dirección del cambio que estamos padeciendo. Somos actores y observadores en el drama de las transformaciones que se fraguan por la conjunción y el enfrentamiento de las fuerzas que propenden por la destrucción del ser humano –pandemias, excesos tecnológicos e incremento de las desigualdades– y las tendencias por preservar y transformar nuestra naturaleza. 

Se requiere la construcción de un nuevo humanismo que concilie, en el marco de la equidad social, lo propio del hombre y el gran desarrollo de la ciencia y la tecnología, fruto de la acción pensante. Una paradoja, cuyo espacio o topos (utopía o distopía) es la propia mente y voluntad humana. 

O pensamos y actuamos como humanos, en conjunción de inteligencia, responsabilidad, sensibilidad y comunidad, o tendemos a desaparecer como humanidad. 

Documentos consultados

Bostrom, Nick (2011). Una historia del pensamiento transhumanista.  Argumentos de razón técnica: Revista española de ciencia, tecnología y sociedad, y filosofía de la tecnología, 14, 157-191. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3821388

Harari, Yuval Noah (2016). Homo Deus. Breve historia del porvenir. Barcelona: Debate.

Simon, Zoltán Boldizsár (2019). The story of humanity and the challenge of posthumanity. History of Human Sciences, 32 (2), 101-120.https://www.researchgate.net/publication/326480440_The_story_of_humanity_and_the_challenge_of_posthumanity/link/5b50c82fa6fdcc8dae2f6a8d/download

Simon, Zoltán Boldizsár (2020). The limits of anthropocene narratives, European Journal of Social Theory, 23 (2), 184-199.

https://www.academia.edu/37441428/The_Limits_of_Anthropocene_Narratives

Hernando Bernal Alarcón

Marzo, 2021

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En este capítulo, Hernando resume el mensaje central del papa Francisco en relación con los migrantes y refugiados del mundo, basado en datos de Naciones Unidas y las causas de políticas, sociales o naturales de las migraciones. Un corazón abierto al mundo entero trae sugerencias clave y concretas acerca de cómo acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes en el mundo entero. 

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Estamos llegando al final de 2020, un año extremadamente complejo para todos los habitantes del planeta. El virus, un ser mínimo en su estructura, pero máximo en su capacidad de proliferación y daño, se ha llevado ya a más de 1.600.000 habitantes y se ha incrustado en el organismo de casi cien millones de personas. Cifras importantes, así se las quiera minimizar cuando se las compara con los que fallecen como producto de otras dolencias y de múltiples accidentes. 

Por otro lado, el virus nos ataca principalmente a los que hemos vivido más años y es más efectivo cuanto menor sea el bienestar económico del paciente y mayores las dolencias crónicas que tengamos. Tiene un valor profiláctico en su afectación a quienes seamos más débiles y vulnerables, confirmando así las leyes de la evolución biológica. El desarrollo de la ciencia y la tecnología ha disminuido su impacto, que de haberse potencializado podría haber afectado a un número muy amplio de los más de siete mil ochocientos millones de habitantes de las naciones en el mundo actual. 

La pandemia y las múltiples regulaciones para disminuir su impacto han afectado nuestra forma de vida y nos están dejando un conjunto de lecciones que es preciso subrayar. A manera de inventario señalo varias en dos dimensiones de la ética.

En relación con la ética individual:

1º. Ética del cuidado: “Aprende a cuidarte a ti mismo como exigencia esencial del cuidado de los demás”.

2º. Ética del control de las emociones: “Aprende a controlar tus emociones (resiliencia) como un requisito para no perturbar a los demás y como un modelo para que los demás también aprendan a controlarlas” (salud mental).

3º. Ética del manejo de las relaciones humanas: “No le hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Aprende a responder a los demás en la forma que ellos están esperando de ti” (manejo y uso constructivo de los conflictos).

4º. Ética del uso y del manejo productivo del tiempo: “Observa el ordenamiento de la cotidianidad organizando los siguientes asuntos: tiempo para el trabajo, tiempo para el descanso, tiempo para la familia y para estar con los demás, tiempo para la salud y tiempo para progresar” (el trabajo en casa como un componente de la nueva normalidad).

5º. Ética económica en el uso de los recursos escasos a nuestra disposición: “El manejo de la tendencia al consumismo; el ahorro y la previsión como pautas de comportamiento individual y social”.

La pandemia también nos ha planteado una serie de preguntas para la construcción de una nueva ética social. Señalo los siguientes asuntos:

1º. El nuevo significado de lo humano: ¿Qué significa ser humano? ¿Cuáles son los derechos y deberes que importa el ser humano? El derecho humano a la salud universal, entendido como el acceso a las vacunas y a los tratamientos efectivos y seguros. 

2º. ¿Cuáles son los límites de la ciencia y la tecnología? ¿Cuál debe ser la actitud de la humanidad cuando los avances científicos y tecnológicos afectan la vida humana y la sostenibilidad del planeta Tierra (cuidado de la Casa Común)?

3º. ¿Cómo cuantificar los efectos del desarrollo y el crecimiento? ¿En qué medida demográfica podemos seguir creciendo? ¿En qué medida económica podemos seguir consumiendo sin deteriorar definitivamente nuestro entorno físico y ambiental?

4º. ¿Cómo ampliar el ámbito de la ciudadanía y la civilidad, entendidas como comportamiento respetuoso? ¿Cuáles son los límites y las exigencias del comportamiento individual en relación con el Estado, los gobiernos y las instituciones que aseguran y defienden nuestra civilidad?

5º. ¿Cómo lograr la equidad, la justicia y la participación social ‒urgencia de construir caminos de acceso al bienestar para todos los habitantes del planeta y de abrir puertas para el goce universal y amplio de todos los derechos‒? 

Cuando al final del año 2020 nos demos el saludo de un próspero año nuevo 2021, pensemos en que solo se hará real este deseo en la medida que hayamos utilizado las lecciones que nos dejó el virus y según la forma como hayamos respondido a los interrogantes que nos plantea la nueva normalidad. 

Hernando Bernal Alarcón

Diciembre, 2020

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Nací con una visión religiosa fundada en el Catecismo Astete, es decir, absolutamente dogmática e inmodificable. Hijo de un hombre admirable, recio y profundamente severo consigo mismo, con un sentido penitente de la religión y una práctica agobiante de la misma como miembro de la congregación de la adoración nocturna (una noche entera cada semana de rodillas ante el Santísimo), bogotano rolo con las eses sibilantes, partícipe piadoso en las procesiones de Semana Santa, Corpus Christi y demás festividades; asiduo feligrés de las misas diarias en San Ignacio y billarista consumado en el segundo piso del Restaurante Internacional de la calle 13, donde vendían las mejores empanadas de la ciudad capital de entonces (años 40 del siglo pasado). Es decir, la que al norte terminaba en San Diego de la calle 26 con carrera séptima y al sur en el lago de San Cristóbal, cerca de la ciudadela del padre José María Campoamor S.J., a quien mi padre veneraba y en cuya Caja de Ahorros, con las Marías que atendían, nos enseñó a depositar los centavitos para nuestro futuro.

Por su parte, el sentido religioso de mi madre no era el Astete, sino el cultivo del bello canto en el coro de San Agustín, iglesia de enorme abundancia pictórica a la cual asistía para armonizar con su educada voz de soprano las ceremonias religiosas de entonces: misas, novenarios, motetes, horas santas, rosarios, bendiciones, trisagios, cuarenta horas, procesiones, aguinaldos y demás parafernalia litúrgica. Ella reflejaba el lado amable de la religión, heredada del abuelo boyacense a quien recuerdo cada vez que oigo la balada de Serrat sobre el tío Alberto ‒un hombre correcto, pero “buena vida”, a quien no solo quise, sino que admiré‒ y de mi abuela, ella sí muy estricta, pero práctica y empresaria en su devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro y en el enfrentamiento con los protestantes que por esa época hacían su aparición en Boyacá. 

En ese contexto dialéctico entre una religiosidad austera y orientada al sacrificio y una espiritualidad estética y amable me fui para la Escuela Apostólica a los 11 años, con gran complacencia de mi papá ‒que me visitaba con frecuencia‒, y con la reticencia y posible molestia y pesar de mi mamá, quien nunca estuvo de acuerdo con mi llamada vocacional. Cuando en el año que terminaba el juniorado murió mi papá, caí en la cuenta de que la vocación era de él y no mía. En ese momento comenzó la reflexión sincera sobre si debía quedarme en la Compañía o buscar otras posibilidades en mi plan de vida. Entonces, decidí retirarme cuando cursaba el segundo año de filosofía. Realmente no me sentía a gusto con la disciplina jesuítica y añoraba los placeres de una vida normal y sencilla, sin tantas complicaciones espirituales y búsqueda incesante, imposible y contradictoria de la perfección individual: vida en familia, con una compañera invaluable, con hijos y hasta nietos, con libertad de decisión, con riesgos, trabajos, felicidades, tristezas y responsabilidad cotidiana. Dios me lo ha concedido en abundancia. 

A la formación en la Compañía le debo, sin embargo, lo poco o mucho que haya podido hacer en la vida. Para mí no es solo agradecimiento, sino un reconocimiento profundo del enorme valor y significado de un humanismo integral que ha dado sentido a los ideales y trabajos emprendidos e implementados en favor de la educación de adultos campesinos y demás responsabilidades académicas asumidas en años posteriores.

Con otros tres compañeros exjesuitas que se retiraron en la misma época fuimos alumnos fundadores de la controvertida facultad de sociología de la Universidad Javeriana: una etapa sensacional de proyección intelectual y política que nos condujo a posiciones divergentes y opuestas. Mi orientación y las circunstancias vitales me llevaron a formar parte relevante en la construcción e implementación del modelo de las escuelas radiofónicas que pastoralmente era un derivado de las orientaciones de la entonces denominada teología de las realidades temporales, producto de la reflexión de los teólogos de la Universidad de Lovaina sobre el sentido de la encarnación del hijo de Dios en el mundo. 

François Houtart y Roger Vekemans, conjuntamente con Camilo Torres y Gustavo Pérez, adicionaron la reflexión sobre el ejercicio del poder, la violencia institucionalizada y la constatación de la injusticia social, que con Gutiérrez condujo posteriormente a la teología de la liberación, tendencia política que fue asumida muy tímidamente en nuestro trabajo pastoral. Fueron años preconciliares, conciliares y posconciliares de enfrentamientos, de enorme riqueza y discusión intelectual, y también de búsqueda de formas eficientes de espiritualidad aplicada a la transformación de las estructuras de la sociedad. Un tipo de espiritualidad no individual, sino colectiva, y con un profundo sentido existencial. Eso era lo que yo inconscientemente había añorado.

Los enfrentamientos profundos, desmesurados y un tanto violentos con las estructuras jerárquicas e inquisitoriales del catolicismo tradicional ayudaron a resquebrajar la armadura dogmática de una fe a rajatabla y a buscar con el estudio y la lectura de autores como Hans Küng una visión teológica para un mundo cambiante, heterogéneo, complejo y ecuménico, que a su vez diera sentido existencial a la religiosidad individual y colectiva.

Después de muchos ires y venires he podido reconstruir una espiritualidad no basada en el dogma, ni en la imposición, sino en la búsqueda y el afianzamiento de una amistad con el hijo del hombre y el hijo de Dios hecho hombre, tal como lo sugiere la lectura del Jesús histórico de José Antonio Pagola*, libro que me suministró Gonzalo Amaya S.J. para orientar y dar sentido a esta última etapa de mi vida.    

* José Antonio Pagola (2013), Jesús. Aproximación histórica. Madrid: PPC.

Hernando Bernal Alarcón

Diciembre, 2020

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Además de lo que significó el Nuevo Mundo para España como utopía política, religiosa y económica, la utopía como experimento de una nueva organización social, engendrado por el pensamiento filosófico como búsqueda de un modelo de sociedad perfecta, según lo expresado por Moro y por Platón, se dio también en la América Latina. Esto ocurrió durante el período de la Colonia, cuando los jesuitas en el siglo XVIII decidieron experimentar e implantar el modelo de las Reducciones como una forma de civilizar siguiendo normas europeas y de catequizar en el cristianismo a las tribus denominadas salvajes de las naciones del Continente, entonces en formación. Se trató entonces de convertir en realidad el mundo ideal que habían previsto los filósofos europeos[1].

Hablar de las Reducciones es referirse a los jesuitas. Estos, mejor conocidos como la Compañía de Jesús, eran y son una orden religiosa, establecida por Iñigo de Loyola (1491-1556) y sus compañeros, el cual habiendo militado como soldado resolvió transferir al grupo religioso por él establecido, el espíritu, la disciplina y la normatividad de un ejército presto para la batalla. Habiendo resultado herido en una escaramuza militar, Iñigo se recluyó para recuperarse en una cueva de Manresa en 1522 y allí meditó y concibió la vida de Cristo y la historia de la cristiandad como una guerra que el príncipe del mal libra permanentemente contra las fuerzas del bien para subyugar sus almas y llevarlas al infierno. El campo de contienda es el alma de cada persona y la lucha se libra en el interior de cada una de ellas. Sale vencedor quien sea capaz de dominar sus pasiones y elevarse por ese medio a la santidad que Dios propone como camino para el desarrollo de la libertad de elección individual. Para eso hay que ejercitarse diariamente y controlar cada actividad y cada pensamiento para caminar así por la vía de la perfección. El examen de conciencia realizado por lo menos dos veces al día, y el control permanente para subyugar la concupiscencia, constituyen la agenda del verdadero soldado de Cristo.

La disciplina ignaciana se convirtió en el rasgo principal de la institución establecida por él. A partir de los ejercicios espirituales[2] realizados anualmente y de meses enteros dedicados a la meditación, la oración y la disciplina corporal, los jesuitas transfirieron a sus colegios, institutos y establecimientos creados para la evangelización y el aprendizaje de la doctrina cristiana este tipo de ordenamiento, que implicaba un control exacto del horario diario, con momentos dedicados a la oración, otros para el trabajo, otros más para la lectura y el estudio, además de actividades complementarias, tales como el cultivo del arte, la recreación y el deporte o el ejercicio corporal. Tan sagradas como las horas de oración, eran los momentos para el consumo de los alimentos, los cuales se utilizaban para la lectura de textos sagrados y para la socialización de los mismos mediante el trabajo en seminarios, muchos de los cuales se hacían a la usanza de la academia socrática, es decir, paseando en grupos pequeños de tres o cuatro personas, de un lugar para otro en los jardines de los conventos y de los colegios, después de las horas de comida.    

Una de las características de esta disciplina comunitaria, como ocurría también con otras órdenes religiosas, como los benedictinos, era que mediante el trabajo en común, debidamente organizado, planificado y controlado, se podían satisfacer en forma creciente las necesidades comunes, construyendo así comunidades autosuficientes. La producción de alimentos, la dotación de vestido y calzado, la asignación de los lugares de habitación, el amoblamiento, la infraestructura misma de los lugares, el transporte y almacenamiento de los diferentes productos, la distribución de los mismos según las necesidades de tiempo y lugar, la implementación de servicios públicos y comunales eran atendidos por la comunidad en forma eficiente en cada sitio y para cada época del año, creando así agrupaciones realmente autosuficientes. El ritmo del día y el trabajo de cada persona se regulaba a través de las campanas, que al sonar eran consideradas como la voz de Dios. La autoevaluación, tanto personal como organizacional, estaba en el orden del día. El examen de conciencia que realizaba cada persona se efectuaba también con frecuencia en grupo para controlar la forma como cada comunidad lograba las metas de evangelización y de progreso espiritual y humano que se habían previsto.

Esta disciplina de cuartel, que era propia de quienes hacían sus votos como miembros de la Compañía de Jesús, inspiraba también el manejo y el comportamiento de todos los que en alguna forma u otra se educaban en sus instituciones y colegios, si bien con menos rigurosidad por no pertenecer a la orden religiosa. Fueron estos principios establecidos para la construcción de comunidades autónomas y autorreguladas los que orientaron la creación y el funcionamiento de las famosas Reducciones que establecieron los misioneros jesuitas en América Latina. 

Añádase a esto que en la estructura del pensamiento jesuítico, la disciplina exterior estaba complementada por un enorme desarrollo de la mente, del pensamiento y de la dialéctica, mediante la cual no solo se fortalecía el desarrollo de la propia personalidad, sino que se promovían pautas de criticidad muy acentuadas. Esta fue una característica de la herencia que Íñigo le transmitió a la Orden, como resultado de sus estudios humanísticos en la Universidades de Alcalá, Salamanca y París (1526-1535), centros académicos ampliamente reconocidos en la Europa del Renacimiento.  Mientras la disciplina externa propia de los cuarteles se reforzaba para acatar y cumplir las órdenes, inclusive bajo el mandato de la obediencia ciega, paralelamente la conciencia crítica de quienes cumplían las reglas y prestaban obediencia permitía que la aquiescencia externa no se convirtiera en sumisión servil o en complacencia hipócrita. Las órdenes se cumplían, pero una vez ejecutadas siempre existía la posibilidad de búsqueda de alternativas y, por lo tanto, de innovar y de crear. En consecuencia, la obediencia ciega bien entendida no era un acto de sumisión irracional, sino un momento de suspensión del juicio (punto ciego) por razones estratégicas superiores. Los jesuitas fueron no solamente una orden religiosa inspirada en la disciplina militar, sino un palenque de ejercicio intelectual y de búsqueda científica de la verdad con una profunda inspiración crítica. La conjunción de estas dos fuerzas, una consensuada disciplina exterior y una creativa disciplina del conocimiento, convirtieron a los jesuitas en la fuerza creadora de la modernidad cristiana.

En este paradigma de autonomía como práctica de una profunda disciplina intelectual, el libre-pensamiento no se asimilaba a indisciplina, revuelta o rechazo irracional y violento, sino a búsqueda de posibilidades alternativas y apertura hacia nuevas formas de acción. Ejercicio de la autonomía dentro de una estricta disciplina podría ser el motto de la formación jesuítica. Este es un paradigma bastante difícil de aprender y de adquirir, pero más difícil aun de entender, asimilar y aceptar para los poderosos (iglesias, autoridades, gobiernos, mandamases, grupos intelectuales) que tienden a ejercer el autoritarismo entre sus subordinados (súbditos, fieles, seguidores, admiradores) y, por lo tanto, obran en forma dogmática y excluyente de cualquier otra posición ideológica. Sin embargo, es un paradigma generador de progreso, que está en la base de la construcción de una sana y participativa democracia, mediante la formación de personas responsables y dueñas de sí mismas. Esta dinámica creativa propia del espíritu jesuítico se aplicó también a la educación de los indígenas americanos en las reducciones regentadas por la Compañía de Jesús.

Según los historiadores, 

Se le daba el nombre de Reducciones a una especie de aldea de indios cristianos, con algunas características propias como: legislación autónoma; gobierno ejercido por los misioneros, tanto en lo espiritual y religioso como en lo político y económico. Su propósito era llevar a los indios a una vida estable, acostumbrándolos al trabajo regular de la agricultura, los artes y los oficios, y de evangelizarlos por medio de la catequesis y la predicación para hacer de ellos buenos cristianos[3]

El primer sistema de reducciones fue elaborado por los misioneros franciscanos que llegaron a la catequización de México, por solicitud de Cortés. La palabra “reducciones” se usaba en la época como comunidad, pues significaba reunir o congregar en asentamientos de misión. El experimento social de los jesuitas trataba de organizar los grupos indígenas a la manera de los burgos europeos, con total libertad ciudadana y un manejo social eficiente, nacido de una educación responsable, que mantenía al mismo tiempo vivos y enriquecía los valores de una cultura ecológica inmensamente rica. 

En 1537, el papa Paulo III había condenado inequívocamente la esclavitud de los pueblos indígenas de América y los reyes de España habían promulgado leyes humanitarias en su defensa. Pero la distancia era un gran obstáculo para su observancia. Los jesuitas comprendieron que para proteger a los indios había que hacer comunidades separadas de las zonas colonizadas por los europeos. Allí podrían vivir con libertad y dignidad, sin dejar de contribuir a las tasas exigidas por la Corona. Así llegaron a establecer y administrar 48 pueblos de la zona del río Paraná y muchos otros en diversas regiones de América Latina, hasta su expulsión en 1768 por orden de Carlos III, rey de España.

El fundamento filosófico y ético que dio lugar a la creación de las reducciones se soportaba en los argumentos que se debatían en Europa ante el mismo emperador Carlos V (1500-1558), y de los cuales fue un campeón el dominico fray Bartolomé de las Casas (1484-1566), quien sostenía que las poblaciones indígenas de América estaban configuradas por personas humanas, con iguales derechos, capacidades, obligaciones y uso de la libertad que la población europea que realizó la Conquista. Contra dicha tesis militaba con enorme acerbo de argumentos Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), respaldado por los conquistadores, quien predicaba la obligatoria sumisión de los indígenas del continente para que a través de la dependencia y el servicio a los frailes y a los conquistadores pudieran superar su salvajismo innato y adquirir un alma humana. En estos argumentos predominaba en los hispanos una visión de superhombres o de raza superior, propia de la construcción de la nacionalidad ibérica, que además fue común en el pensamiento de la época y que prevaleció en Europa durante los siglos posteriores y dio lugar a través de la filosofía de Nietzsche y del nacionalsocialismo a los problemas del Holocausto y de la actual segregación de las poblaciones migrantes. 

Más específicamente, las reducciones jesuíticas fueron un modelo de aculturación, conducente a la integración de tribus americanas primitivas, principalmente pero no en forma exclusiva de grupos nómadas y cazadores que habitaban en las grandes planicies y junto a las corrientes de los caudalosos ríos Uruguay y Paraná, mediante procesos de formación para todos sus miembros: desde los más ancianos hasta los más jóvenes y recién nacidos, sin exclusión por razón de género. La construcción del modelo, por ser tan complejo e innovador, requirió de una gran imaginación y una enorme capacidad de resolución de problemas.

Según lo señalado, se construyeron comunidades autodependientes, capaces de subsistir a través de su propio trabajo y de mantenerse estables dentro de una dinámica de progreso material, que rompía de tajo la dependencia de las potencias colonizadoras en el continente. Cada grupo etario y cada género eran objeto de una educación apropiada para la construcción de una comunidad estable, asentada en un lugar fijo. Los grupos familiares gozaban de sus propios espacios. Los jóvenes recibían capacitación para el trabajo según sus preferencias y cualidades, desarrollando un profundo espíritu de equipo y camaradería. Se estimulaba el deporte y el cultivo de las artes. Fue notoria la capacidad de creación musical que se propició entre los habitantes. Se fomentó el estudio y la sistematización de las lenguas indígenas, sin descuidar el aprendizaje del español, y para algunos alumnos más avanzados los conocimientos del latín y la introducción a la lógica tomística. 

Existían campos comunes para la producción de alimentos y parcelas propias para las familias. Hombres y mujeres aprendían diferentes técnicas y desarrollaban habilidades para los oficios, según su género. Se crearon talleres para el trabajo de la madera, los metales, la herrería y la elaboración de diferentes materiales, telares y artesanías. Se construyeron y habilitaron establos y caballerizas. Las cosechas se almacenaban adecuadamente en vista a su conservación y se establecieron procedimientos de comercialización de los productos con las comunidades hispanas y europeas asentadas en las regiones vecinas. Los principales productos que se cultivaron fueron algodón, tabaco, hierba mate y cueros, que se negociaban y exportaban a Europa a través de Buenos Aires. 

Cuando dichas agrupaciones comenzaron a ser atacadas por los grupos de portugueses en búsqueda de reclutamiento de esclavos para sus plantaciones, los habitantes recibieron entrenamiento en el uso de las armas por parte de los hermanos jesuitas que habían prestado su servicio militar en las guerras europeas. Este fue quizás uno de los aspectos más vilipendiados del modelo de las Reducciones por el impacto que causaba en la estructura de las encomiendas, propia de la colonización española, pues disminuía el reclutamiento abierto y forzoso de mano de obra para el enriquecimiento de las familias procedentes de la península ibérica. Es decir, la obra misionera jesuítica encontró gran oposición por parte de los colonizadores europeos. Los paulistas (llamados así por proceder de Sao Paulo) capturaban miles de indios para venderlos como esclavos. Ellos destruyeron totalmente las primeras dos Reducciones del Paraguay y posteriormente llegaron a destruir 26 de las 48 que crearon los jesuitas. Por otra parte, los encomenderos españoles, colonizadores encargados de la organización del trabajo en las colonias, trataban a los indios como esclavos y se opusieron frontalmente a las reducciones, porque en estas comunidades los indígenas eran tratados como personas y no simplemente como animales de carga.[4]

Si bien en la concepción del modelo de las reducciones puede argüirse la influencia de Tomás Moro (1478-1535), hay unos elementos de organización que corresponden en forma más amplia al modelo de utopía que elaboró Tomás Campanella (1568-1639), en el cual el énfasis de la organización de la nueva sociedad giraba alrededor de la autoridad emanada de Dios, más que de la libertad nacida del buen uso de la razón, como era el caso en la versión de Moro.

Si la Compañía de Jesús hubiera tenido éxito en este experimento social, la suerte del continente habría sido diferente. Lo que los jesuitas iniciaron entonces se presentaría ahora, en la era de los neologismos, con el calificativo de empoderamiento, porque tenía que ver con las formas del poder que era y sigue siendo un tema tan apetecido y tan debatido. 

Las misiones fueron un salto de edades históricas ‒posiblemente del neolítico a la alta edad media‒ bajo el imperio de la cruz evangelizadora, que produjo mártires y posiblemente muertes de ambos lados. Así consta en los cuadros primitivistas de reducciones como la de Concepción, en el Chaco, a doscientos cincuenta kilómetros al noreste de Santacruz de la Sierra, la floreciente y moderna ciudad de Bolivia, la orgullosa nación descendiente del Tiahuanaco.

Para los modernos antropólogos, y quizás para los defensores de la actual cultura indígena latinoamericana, esto podría calificarse como un enorme despropósito: tratar de enclaustrar la libertad de movimiento y de acción de grupos primitivos, con una cultura ecológica a la medida de sus necesidades y posibilidades, para construir lo que los detractores inmediatamente calificaron como la república jesuítica. Esto ciertamente podría entenderse así, si no fuera porque el descubrimiento había roto durante más de siglo y medio, antes de iniciarse el experimento jesuítico, el equilibrio histórico y se había traspasado el punto de no retorno. La única posibilidad de conservar algo de la valiosa cultura de las tribus de las pampas latinoamericanas era que se agruparan, se establecieran en ciudades asentadas sobre sillares de piedra y con murallas de defensa, como es visible en la muy bien restaurada reducción de San Ignacio del Paraguay; que aprendieran a defenderse de los blancos depredadores y barbados, inclusive utilizando armas de fuego; que  absorbieran su idioma y su cultura para aprender a manejarlos en beneficio de la propia identidad como indígenas, y que en una síntesis novedosa hubieran generado un nuevo grupo con la faz y con algunos conocimiento útiles del conquistador, pero con el alma, la sensibilidad, la estética y el amor y respeto por la naturaleza propios del indígena. 

Eso fue lo que pretendieron hacer los jesuitas. Nada menos que tratar de recrear el alma de la América Latina mediante un mestizaje nuevo e históricamente relevante. Como el movimiento de la historia no podía regresarse, había por lo menos que sembrar la simiente de una nueva raza. Y esta nueva raza, por no haber triunfado el experimento, se quedó a medio hacer, o hecha en dos mitades.  

Los jesuitas de entonces no eran antropólogos, sino evangelizadores. Tampoco eran, como la gran mayoría de los demás colonizadores, simples mercachifles, vendedores de espejos y baratijas, como los ridiculizados por Les Luthiers; ni eran encomenderos que con el traje de la nobleza española y la anuencia de la Corona establecían un sistema de servilismo y esclavitud. Menos aún fueron cazadores de cabezas de indios, como los tristemente recordados lusitanos, para quienes el objetivo de su lucro personal implicaba trasladar a los indígenas a las metrópolis y venderlos por su peso y su figura en los mercados de esclavos. De ahí el valor defensivo de las reducciones.

Sin embargo, la nueva cultura que hubiera podido surgir como resultado de esa maravillosa simbiosis entre el realismo mágico de la América indígena y las virtudes de perseverancia, disciplina, rectitud y honestidad que pretendían inculcarse en las misiones jesuíticas quedó trunca. No hubo simbiosis, sino un dualismo estructural que se manifiesta cotidianamente y que forma la sustancia misma de la vida del pueblo latinoamericano.

El modelo de las reducciones, que llegó a congregar a más de 100.000 indígenas, llegó a su fin por las gestiones que los grupos de poder en Europa ejercieron ante el rey de España y ante el Papa, para que fueran disueltas. Se estableció entonces una pauta cultural de veto a cualquier acción que se realizara para evangelizar a los indígenas que no condujera a su sumisión absoluta a las autoridades religiosas y del imperio. Pauta que ha permanecido inmutable a pesar de los cambios sufridos con la independencia, y que en su momento llevó incluso a la supresión total de la Compañía de Jesús por el papa Clemente XIV en 1768.

Puede afirmarse que la inspiración del pensamiento cristiano en la construcción de un modelo de utopía latinoamericana era simplemente la continuación del pensamiento de la Ciudad de Dios de San Agustín, en el caso de este experimento con un matiz profundamente socialista cristiano, enraizado en el reconocimiento y manejo de las realidades temporales. Además, este había sido el espíritu del cristianismo que dio lugar a la creación de las naciones y a la configuración de los países que hoy denominamos Europa.

Bernal Alarcón, Hernando (2017), Utopía y transformación cultural. Un ensayo sobre el significado de la acción cultural. Bogotá: UNAD. 


[1] Es preciso anotar que el intento de creación de comunidades utópicas en América, como fue el caso de las Reducciones de los jesuitas, no fue el único experimento de innovación social que se realizó. Posteriormente, Owen (1771-1858), que a la par de filósofo era industrial, trató de establecer en América del Norte una colonia según los principios del socialismo utópico, en lo que se denominó la Nueva Armonía (1825).

[2] Para una comprensión más completa del papel de los ejercicios espirituales en la configuración de la espiritualidad de los jesuitas, ver Enrique García Hernán (2013), Ignacio de Loyola. Madrid: Santillana.

[3] Leo Kohler (1978), Los tres héroes de Caaró y Pirapó. Tomado de documentos sobre las Reducciones jesuíticas del Paraguay. La Rioja (Argentina), Centro de Investigación y Promoción Científico Cultural. Instituto Superior del Profesorado, pp. 31 ss.

[4] Ibid.

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