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Alberto Echeverri

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Desde hace buen tiempo, lograr el primer lugar en cualquier competencia da imagen, ha llegado a ser la única posibilidad para vivir como hombre auténtico. Y en los últimos decenios, como auténtica mujer. Los otros, los que en la vida llegan segundos o terceros, no valen mayor cosa. O soy yo el campeón, la campeona, o no soy nadie.

Por los años 80 conocimos Nacidos para perder, un título editorial estadounidense. Pertenecíamos en parte a esa generación, la de la postguerra, condenada a la desilusión por la guerra fría. Y como la memoria se diluye con el tiempo, hoy los segundos y terceros puestos parecen haber sido inventados como premio de consolación en las competencias olímpicas o en los concursos televisivos. Al punto que el color mismo de las medallas o de los distintivos que simbolizan la clasificación (de clase: ¿linaje?, ¿especie?, ¿género?) no brillan como el oro, resultan algo descoloridos para nuestro gusto. Que más de uno, y más de una, de esos segundos o terceros lugares haya optado por un mal camino o, en última instancia, por el suicidio pareciera darse por descontado: “¡Se necesita un poco de dignidad!”, ha dicho algún comentarista cínico. 

Hay un pequeño detalle en el Evangelio que solo percibe un lector atento. El Señor Jesús, la noche antes de su condena a muerte, lavó los pies de sus discípulos, luego volvió a vestirse… pero no se quitó el delantal que había tomado para el lavatorio. Lo que significa que el Mesías, una vez resucitado, proclamado hijo de Dios, continuaba siendo servidor, más aún, esclavo de los otros. Ni siquiera se puso en el segundo o en el tercer puesto, sino en el último.

¿Podría entonces un bautizado, que presume de ser su discípulo, sentirse invadido por la felicidad porque ha logrado un puesto, preminente o menos, en la maratón de la vida?

Alberto Echeverri

Rovallesca, Italia

Febrero 2026

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Pocos días atrás se reabrieron escuelas y colegios y después las universidades. Tiendas, almacenes, industrias y otros servicios que tomaron vacaciones desde diciembre, tantas oficinas del estado que estuvieron en pausa durante varias semanas, en fin, parroquias y diócesis. 

Curiosamente, al recomenzar, muchos de nosotros miramos siempre el último trabajo o la reciente ocupación, abandonados un poco antes, quizá sin terminarlos bien; al volver al uno o la otra, pensamos en ultimar lo que no finalizamos entonces. Sin embargo, el verdadero recomenzar se inicia desde las raíces. Si la historia recorrida no resulta incorporada en nuestra vida de hoy, obtendremos algún provecho, es cierto, pero los verdaderos frutos, la durabilidad en el tiempo, no existirán.

Dos versiones presenta el evangelio sobre la planta de higos que Jesús encuentra durante uno de sus tantos viajes. Según Lucas, el Señor narra una parábola: un hombre llegó a su viña a buscar frutos en el árbol de higos plantados por él pero, al no encontrarlos, pidió al viñador que lo cortara; éste suplicó a su patrón que tuviera paciencia y lo dejara en pie hasta la estación portadora de fecundidad.

Marcos y Mateo, en cambio, atribuyen la maldición de Jesús a la planta porque tenía hambre y no descubrió en ella sino hojas y ningún fruto. Ambos gestos son proféticos y reenvían a las tradiciones de la primera alianza (el Antiguo Testamento). Sin embargo, más allá del significado bíblico, podemos confrontarnos con los dos trozos evangélicos. 

¿Tendremos que continuar esperando, sin una fecha precisa, que nuestra vida produzca algo bueno? ¿O más bien caer en manos de alguno que nos rechaza porque esa vida no es digna de un ser humano?

En verdad, sin raíces nada podemos hacer. Quizá por ese motivo la primera vivienda de los primeros seres humanos, ella y él, fue un jardín, colmado de raíces de toda clase. Creado por Dios en el Edén, dice el Génesis. 

Pero … ¿recuerdan ustedes que tanto Eva como Adán se escondieron tras los árboles del jardín, llenos de miedo ante su propia irresponsabilidad? 

¡Y todavía pretendemos hablar de raíces!

Alberto Echeverri

Rovellasca, Italia

Febrero 2026

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La primera idea que me vino a la mente fue escribir algo sobre el diablo, un personaje muy familiar, cuya ausencia lamentan muchos. Pero al final me decidí por otra figura, la del fanático. 

Comencemos entonces por reconocer que en todos nosotros reside un pequeño fanático. Que se esconde siempre, pequeño, pequeñito…  ¡Quizás el diablo, a la postre, no esté tan ausente!.

No parece una novedosa noticia para nadie el hecho de que, sin excepción, tendemos a ser fanáticos, y por tanto sin posibilidad alguna ni de elección ni de arrepentimiento, atados a una idea, a una persona, a la familia, a una religión, a una guerra, a un periódico o a una app, al país que nos acoge, a un partido político, a la “raza”, al “equipo del alma” (¿y quién no lo está?) y así por el estilo… 

Lo llamamos amor, lealtad, devoción, veracidad u otros tantos bellos nombres. Definimos nuestra vida según estas susodichas fidelidades. Nos negamos la mínima posibilidad de reconocer las manchas sobre el objeto de nuestro “amor”. Más todavía, declaramos traidores a quienes se atreven a actuar de otra manera: no importa si ese infiel vive cerca de nosotros, vecino o pariente o colega de trabajo o “hermano en Cristo”.

Amos Oz, el escritor hebreo muerto en 2018, crecido en la Jerusalén devastada por la guerra, tuvo una bella intuición. En lugar de islas, como nos ha definido alguien, los seres humanos deberíamos transformarnos en penínsulas. Con los pies -o con la cabeza, depende del punto de vista- en tierra y con el resto del cuerpo abierto a la inmensidad del mar. 

Que es igual para todos, grandes y pequeños, negros o blancos o amarillos o rojos, feos y hermosos, enfermos y sanos, sapientes o simplemente inteligentes, pobres y ricos. Abiertos por tanto a los otros. Y a la historia. 

Quizá los brazos del Crucificado tienen algo de peninsular. Están siempre abiertos. 

Alberto Echeverri

Enero, 2026

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Todavía recuerdo el primer instructivo que logré medio leer cuando estudiaba el alemán, hoy olvidado en buena parte por falta de ejercicio. Era un pequeño electrodoméstico. “Tome el dispositivo en las manos…”. Solté la risa, pues me parecía obvio que era ese el primer paso, pero aprendí que no resultaba tan evidente.

Hoy abundan los manuales de instrucciones para todos los gustos. Se me ocurre ofrecer uno… sobre las tantas formas de suicidarse. Espero no ser acusado de inmoralidad ante la competente autoridad por algún guardián de la ortodoxia cristiana o de las derechas políticas. 

Lo llamo arte porque no cualquier persona sabe tomar entre sus manos un pincel, un escalpelo, un simple lápiz para el diseño o dar a la luz una melodía. Se necesita talento. Y son pocos quienes lo tienen. A continuación van algunas de las contribuciones que se me ocurren a este curioso tipo de arte que asegura el ingreso en la eternidad.

Primer camino. Ya que entre sus catorce y dieciséis años, o aún menos, ha llegado al convencimiento de haberse topado con su deslumbrante media naranja, colabore para que él o ella controle su teléfono celular, su computador y otros “dispositivos”. Continúe así hasta el día del intercambio de argollas. No habrá pasado demasiado tiempo para que el día que el feliz Adonis o la alegre Popea arme una pelea de alquilar balcón porque el celo de la propiedad privada devora sus entrañas. Si en el intento por sobrevivir usted dejó de respirar, sepa que encontró la muerte de común acuerdo.  

Segundo camino. Si todavía no ha contraído nupcias, cásese enamorado hasta los tuétanos. Ud. encontró al ángel del paraíso y sería un tonto o una tonta si le permitiera volver al cielo donde reclaman su presencia. Si logra una separación o un divorcio civilizados, habrá evitado su deceso. De lo contrario, que Dios se apiade de su alma. 

Tercer camino, que nunca falla (¡a la tercera va la vencida!). Apéguese en tal forma a su cónyuge o a su pretendiente, que ni vea ni oiga ni entienda que uno de los dos – a veces ambos- es un violento o una violenta de quien hay que poner pies en polvorosa. Y prosiga compartiendo su casa y su cama con él o con ella. En poco tiempo el suicidio será efectivo, pues el otro habrá ganado la partida cuando ustede termine en el cementerio.  

Cuarto camino, ame a sus hijos con furia, es decir, protéjalos sin medida alguna, no les permita relacionarse con el mundo cruel en el que corren tantos peligros: logrará que vivan ciegos, sordos y mudos en el lugar del que hacen parte a pesar de Ud. Se lo devolverán con creces: Ud. se quedará solo o sola, y el odio filial le procurará una tumba temprana con el epitafio “Al padre amoroso”, “A la madre amorosa”. 

Quinto camino, trabaje, trabaje, trabaje sin descanso. No se pensione nunca porque no lo permiten ni el honor masculino ni la responsabilidad femenina, variaciones sofisticadas del miedo ante la enfermedad o la vejez o la muerte que están siempre al acecho. Al final, Ud. morirá antes de tiempo para consuelo de quienes podrán aprovecharse de los bienes que tuvo que abandonar. 

Sexto camino, póngase al timón del carro cuando esté bebido o drogado. Si sus amigos lo han acompañado en la fiesta, apueste una o varias carreras a la velocidad del rayo. Cumpla, eso sí, con el deber cívico de fijar una recompensa en contante para los que extraigan sus cenizas de entre las latas chamuscadas del vehículo. 

Séptimo camino. Engorde sin preocuparse de lo que come y bebe porque cualquier cosa es bienvenida a su boca, como cuando usted era bebé y tenía que saborear cuanto llegaba a sus manos para reconocerle una identidad. Los otros protestarán al comprobar que su cuerpo ocupa demasiado espacio en todas partes y sus desplazamientos son demasiado lentos. Además, evite moverse porque la quietud se ha vuelto virtud en este mundo tan complejo. Por favor, sea gentil con sus deudos y disponga desde ya una modesta suma de dinero para una sepultura digna del cincuentón o sesentón que falleció de repente. 

Octavo camino, consuma plástico en todas las formas posibles y deshágase de él cuanto antes para poder adquirir nuevas versiones de lo mismo. Ud. bien sabe que ya hemos logrado almacenar tanto plástico en el cerebro cuanto se requiere para fabricar una cucharita. No se asuste del alzheimer: hay sitios -solo que cada vez más costosos- donde lo cuidarán hasta la muerte, que le saldrá al encuentro sin que Ud. se dé cuenta de su llegada. 

Noveno camino, no pida ayuda cuando sepa que la necesita. Los hombres nacieron tales para luchar y las mujeres para tomar el planeta tierra en serio. Poco a poco sus problemas personales crecerán sin medida y Ud. ingresará con paso firme en ese mundo del desequilibrio mental que solemos llamar, gentilmente eso sí, depresión. Así anticipará Ud. su deceso.  No hay pues necesidad alguna de acudir a las leyes que en tantos países permiten el suicidio asistido. Todo es cuestión de creatividad artística. Los anteriores nueve caminos (el 9 es uno de los números de las esferas celestes y también el de los círculos infernales) han sido solo sugerencias que le permiten a Ud. generar otros aún más originales.  Sócrates y los grandes suicidas de todas las épocas lo envidiarían si hubieran gozado el privilegio de conocerlo.

Alberto Echeverri

Enero, 2026

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Retomo el tema. Me refiero al calificativo que según mi amigo Rodolfo, admirador de Linguacuta, su (y mi) personaje preferido de los Diálogos de ultratumba‒, merecen varios de los pontífices en ejercicio durante el siglo X, en tiempos que para nosotros se nos antojan remotísimos. 

En “una época destinada a profanar la santidad de la Iglesia” ‒es opinión de Claudio Rendina‒, dos papas proclamados santos enmarcan los decenios próximos al siglo X, tanto el precedente como el sucesivo: san Adriano II (884-885) y san León IX (1049-1054). Un título que no recibió ningún otro de los 25 elegidos durante los 100 años que van del 901 al 1000 d.C. Fue esa la primera vez que la Iglesia del primer milenio vivió cien largos años sin un solo santo. 

Fueron precedidos por Juan IX, elegido en 898 y muerto de repente en enero del 900; benedictino alemán, tras haber anulado el “concilio cadavérico” que había juzgado al papa Formoso en presencia de sus restos mortales. se lió en una interminable discusión con los aspirantes a emperador del mundo conocido. 

Benedicto IV (900-903) lo sucedió León V (903), quien duró solo un mes: depuesto por Cristóforo (¡“portador de Cristo”, reza su nombre!), presbítero romano, no es seguro si este lo hizo ejecutar, pero sí que murió en la cárcel. 

Años antes, excomulgado y exiliado por Juan IX como promotor del concilio cadavérico, será Sergio III (904-911) el primer papa elegido por la familia romana más influyente. Caerá así en poder de Teodora, consorte del tirano de turno y madre de la famosa Marocia, lo que dará lugar en el pontificado a “la época del régimen de las prostitutas y de la pornocracia”, como señaló un historiador del siglo XVI. Cierto obispo influyente atribuirá al pontífice una relación con Marocia, la quinceañera que le dará un hijo, el futuro Giovanni XI. Sergio III, tirano consecuente, no solo condenó y luego anuló la elección de su antiguo predecesor Formoso, sino que persiguió a todos los obispos por él nombrados. 

Marionetas en poder de Marocia serán varios sucesores. Modesto y dado al culto divino, resulta escasa la información sobre León VI(928), hijo del ya famoso asesino Cristóforo, consagrado mientras Juan X languidecía en la cárcel. Sucede algo similar con otro de ellos, Esteban VII (928-931). En seguida Marocia, aspirante a reina, pero ya patricia y senadora, logrará poner en el solio pontificio a Juan XI (931-935). El hijo tenido de la relación con Sergio III bendecirá el nuevo matrimonio de la madre con Hugo, hermano del difunto asesino Guido, unión considerada entonces incestuosa por la ley eclesiástica, y coronará emperador al advenedizo; en una Roma que toleraba la existencia del pontificado, verá a Marocia encarcelada por Alberico II, hijo de otra unión materna. Terminará Juan XI en la cárcel y morirá retenido por su hermanastro. 

Sobrevino entonces León VII (936-939), benedictino romano, adicto en todo al advenedizo Alberico, a quien llamó “misericordioso, dilecto hijo espiritual y glorioso príncipe de los romanos” pues, comenzando por Cluny, este beneficiaba las propiedades del papa interesándose por la reforma y reconstrucción de los monasterios en contra de los barones y sus vasallos que los usufructuaban. 

Ni de Esteban VIII (939-942), ni de Marino II (942-946), romanos ambos, se conoce el desempeño; de escasa personalidad, favorecieron siempre a Alberico. Este, a punto de morir durante el pontificado de Agapito II (946-955), otro romano incapaz de intrigas políticas, hizo jurar a los nobles y al clero de Roma que el pontífice sucesor sería su hijo Octaviano. 

En efectoOctaviano, príncipe y senador a los 18 años, sucedió a Agapito II con el nombre de Juan XII (955-964), pero no renunció a la vida depravada precedente: el palacio del Laterano, residencia habitual pontificia, se colmó de bellas mujeres y hermosos jóvenes. Émulo de Calígula, que nombró senador a su caballo, designó diácono a un caballerizo y obispo a un muchacho de diez años al que era afeccionado. Enemigo de Berengario emperador, ofreció el imperio al germano Otón, al que finalmente coronó en Roma porque favorecía su ambiciosa y violenta recuperación del poder territorial de la Iglesia. En sus acciones militares hacía cortar la nariz y la lengua a sus enemigos. Jugando a dos caras, retornó a la alianza con Adalberto, hijo de Berengario, que tuvo como resultado su derrota y fuga de Roma a donde había entrado Otón. El nuevo emperador convocó un concilio para juzgar al papa, acusado de simonía, brujería, homicidio, juramento en falso, sacrilegio, incesto con sus parientes, entre ellos dos hermanas. El reo excomulgó al monarca, pero este, sin permitirle defensa alguna, condenó a su opositor e hizo cesar su misión. Dos versiones hay de la muerte de Juan XII: la más benigna, un ataque apoplético; la otra, la de los romanos, que sostenían que el diablo (el esposo, es obvio) lo había defenestrado al sorprenderlo con su mujer adúltera. 

León VIII (963-965), un laico romano, participó en el concilio que destituyó al antecesor. En dos días recibió lectorado, acolitado, subdiaconado, diaconado y presbiterado, hasta ser consagrado papa por imposición de Otón. Evitó la masacre que seguía a la entrada del emperador a Roma, pero sus habitantes reclamaron la presencia de Juan XII quien, retornando de su refugio en Córcega, en un apresurado concilio hizo anular la deposición en su contra, mientras dejaba cesante a su vez al recién elegido León VIII, que moriría al año siguiente. 

Al puesto de Juan XII, el pueblo romano, negándose a reconocer a León VIII, designó para el Laterano a Benedicto V (964-965). Pero vuelto a la carga Otón, asedió a Roma un mes después y convocó otro concilio que depuso a Benedicto, logrando también que fuese aprobado un decreto imperial de renuncia de los romanos a la elección papal y a dar cuenta en el futuro al eventual emperador germánico de la gestión pontificia. Furioso en plena asamblea, León VIII despojó a Benedicto V del palio pontificio, rompió el báculo, y le impuso el exilio en calidad de solo diácono.  Otón se lo llevó consigo a Hamburgo bajo la vigilancia de un obispo. Será el único papa del siglo X que tendrá fama de santidad entre los cristianos de la época. 

Juan XIII (965-972) era obispo. Fue elegido papa en presencia de dos obispos enviados por Otón ‒según tradición, era hijo de una hermana de Marocia, acusador activo de Juan XII y León VIII‒. Los romanos se rebelaron, con la ayuda del prefecto de la ciudad, pues lo retuvieron por ser impuesto por Otón I. Vuelto a Roma, este dominó la revuelta y entregó el prefecto al papa; ningún escrúpulo tuvo Juan XIII en someterlo a una crudelísima burla pública, terminando por exiliarlo en Alemania mientras agradecía al emperador, al que coronó tal, de allí a poco que hubiese arrojado fuera de los muros de la ciudad los cadáveres de los dos jefes de los revoltosos.  Demostró sin ambages que sostenía la cátedra de Pedro solo gracias al gobernante laico. 

Romano y confirmado por Otón I, odiado por sus paisanos, Benedicto VI (973-974) se impuso contra los nobles opuestos a él bajo la dirección de un hermano de Juan XIII, hasta la muerte del emperador a mediados de 973. Destituido entonces y encarcelado, lo remplazará un diácono con el nombre de Bonifacio VII; considerado un antipapa, algunos cronistas reportan como obra suya el estrangulamiento del predecesor todavía vivo y la fuga hacia Constantinopla con el tesoro de la Iglesia ante el recrudecimiento de la revuelta. 

Benedicto VII (974-983), un obispo, será confirmado papa por Otón II y se dedicará a la reforma de los monasterios y la actividad misionera. Ayudado por el emperador ante las nuevas revueltas populares, los intereses del monarca en pro de Alemania serán privilegiados en el concilio de 981, donde Benedicto VII condenó solemnemente la simonía.  

Juan XIV (983-984), su obispo archicanciller imperial, antes de morir Otón I lo había designado papa. De inmediato la familia líder de las revueltas precedentes hizo volver de Bizancio al depuesto Bonifacio VII; una vez encarcelado Juan XIV, aquel lo sucedió. Meses después, el pontífice morirá envenenado. Pero Bonifacio, quien había hecho arrancar los ojos a un cardenal enemigo suyo, perderá el favor de los rebeldes, que lo asesinarán, arrojando su cadáver en una plaza romana. 

Elegido por la facción imperial contra el querer popular, Juan XV (985-996) era hijo de un presbítero romano, Aunque este papa empezó a desafiar a sus aliados, mientras movía con ellos componendas políticas hacía otro tanto con el líder de los rebeldes. No pasaron muchos años cuando, después de haber favorecido los intereses financieros de este, malogró su ascendiente ante él y tuvo que escapar de la ciudad; desde su refugio ofreció la corona de rey de los romanos a Otón II, pero este murió antes de recibirla. Luego, dejó el mundo Juan XV, exaltado en san Juan de Letrán con el epitafio de “egregio doctor”.

Germano de 24 años, capellán y cuñado de Otón III, Gregorio V (996-999) obtendrá de él el papado. Acusado de corrupción por los romanos, huyó de Roma ante la rebelión popular capitaneada por Cresencio, el consabido noble levantisco, a pesar de la clemencia usada por Gregorio con él poco antes al ser juzgado culpable de la deposición de Juan XV.  Cresencio ofreció el pontificado al obispo Giovanni Filagato, calabrese, con el nombre de Juan XIV. Antipapa, será apresado por Otón III y correrá peor suerte que el prefecto romano bajo Juan XIII, pues le cortarán nariz, lengua y orejas y le arrancarán los ojos; su protector morirá decapitado. Restaba casi un año para el final de siglo al fallecer Gregorio V. 

Elegido previamente por Otón III, Silvestre II (999-1003), monje benedictino francés, arzobispo de Reims y luego de Ravena, consejero imperial, gozaba de tal erudición que para los romanos supersticiosos solo podía tener origen demoníaco, pues en ese momento cundían los terrores milenaristas. El “papa mago” había frecuentado el islamismo y por eso apostatado, aunque ocultando el hecho. Abogará por la renovación del imperio de los romanos, bajo la protección de Otón III, instalado en el Aventino, y con Roma como centro. Primer papa en hacerlo, llamará a la liberación del Santo Sepulcro de manos musulmanas, pero cuando Alemania reclamó la presencia de su emperador ‒que falleció de allí a poco‒, volvieron las protestas populares. Es probable que Silvestre II haya muerto asesinado.  

Sabemos de sobra que, así los parientes hayan perpetrado maldades, los orígenes familiares de los papas no son de su responsabilidad, pero sí los males que ellos mismos realizaron, con mucha probabilidad influidos por las enseñanzas y las acciones de quienes los educaron. 

Quizás el hecho que la historia reconoce hoy como propio de esos tiempos, el de la multiplicidad de leyendas y confusiones de la realidad con supersticiones y creencias fuera de toda lógica racional, mitigue en parte el horror que los hechos reportados causan en cualquier creyente, pero ‒como mínimo‒ solo pueden ser calificados de delincuentes los pontífices de los que estas páginas han inventariado sus fechorías.

¡Mucha religión, poco evangelio!, diría algún observador crítico.

Nota: Aunque hay múltiples fuentes, he utilizado solamente dos: John O’ Malley, Storia dei papi, 2011 y Claudio Rendina, I papi. Da San Pietro a papa Francesco, 2013.

Alberto Echeverri                                                                                                                

 Noviembre 26, 2025

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Que Dios esté en todas partes es una idea que gusta a muchos de nosotros. Más todavía, Dios sería el todo y toda la realidad, aun aquella posible, sería Dios. Cosas de filósofos, diría alguno. Sin embargo, este tipo de invasión de la divinidad no parece sorprender al mundo del siglo XXI. 

El buen Dios tendría los rasgos de un ser sideral que vive en todas partes y, al mismo tiempo, en ninguna parte. En suma, un Dios sin espacio porque, afirman los simpatizantes de esa teoría, no puede tener un cuerpo físico. 

El Evangelio nos muestra una realidad absolutamente diversa. Jesús de Nazaret encuentra a Dios, ninguno distinto de su Padre, presente en todos y en toda la realidad. El mantiene los lirios del campo y los pájaros del cielo: obvio, a través de la colaboración del hombre que crea las condiciones para que continúen con vida. Pero Jesús halla a Dios en el interior de toda mujer y todo hombre, porque aquello que llamamos espíritu resulta no ser otra cosa que la presencia del Espíritu en cada uno de nosotros.

Lo que significa que hay un espacio que compete a Dios. El espacio de Dios está poblado por los seres humanos. Y por sus obras. Sin El, aquello que llamamos la realidad simplemente no existiría. En conclusión, hay que respetar el espacio de Dios, la mujer y el hombre vivientes, y los seres que los rodean. Aquellos y estos no viven en un lugar sagrado, como prefieren afirmar tantos: ese sería un espacio para Dios. Del que Él, el Santo, no tiene necesidad, porque el Señor, al menos el Padre de Jesús, se niega a ser manipulado.  

Quizá lo exprese mejor un místico alemán del siglo XVII, Johannes Scheffler[1]: “¡Oh ser incomparable! Dios está del todo fuera de mí, / y también del todo en mí: todo, allí y todo, aquí”. Y para otros gustos, el sevillano Antonio Machado, del siglo XX[2]: “Todo hombre tiene dos / batallas que pelear: / en sueños lucha con Dios; / y despierto con el mar”. 


[1] El peregrino querúbico, IV, 154.

[2] Proverbios y cantares, XXVIII.

Alberto Echeverri

Enero, 2026

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Me gustan las lenguas. La curiosidad por las etimologías y por la historia de las palabras me han hecho descubrir que el español resulta más explícito y taxativo que el italiano -vivo a diario con él- cuando se trata de diferenciar entre el SER y el ESTAR.  

La filosofía, por otra parte, me enseñó que la realidad suele ocultarse más de cuanto lo creemos: mi excelente profesor de Metafísica, Jaime Hoyos, se escondía detrás de la cátedra y desde esa simpática ausencia suya, irreverente según muchos en un jesuita profesor universitario, nos mostraba la diferencia entre el inasible SER y el simple ESTAR. 

Habituado a la lectura de la Biblia aun sin ser exégeta, y si la memoria no me traiciona, en el evangelio abunda el SER. Al mismo tiempo, aparece escaso el ESTAR. Por lo menos en labios de Jesús, que habla con frecuencia de quién no es él, y a veces -sobre todo según Juan- de quién es en efecto. En oposición, el ESTAR se reserva a la descripción de las situaciones solo territoriales, físicas, localizadas por Jesús y sus discípulos. Una ojeada al evangelio permite a cualquier persona verificar ese contraste por cuenta propia. 

En definitiva, para Jesús SER es lo más importante. Los personajes de sus parábolas, a los que encuentra o se hacen encontrar por él, otros que por el contrario discuten con él o lo persiguen… unos y otros SON. Parece casual el sitio donde ESTÁN o donde ESTUVIERON, si bien cada lugar trasmite algo simbólico; más aún, el origen de alguien no le significa algo extraordinario; la gente no tiene mayor valor porque provenga de una precisa geografía o viva en una casa mejor. Todos, sin excepción, son personas. Según él, SERES amados por el mismo Padre de todos, su Padre. 

¿Una consecuencia? Si cualquier pequeña o grande posesión entra en la esfera del ESTAR (un tiempo está en manos de un patrón y luego cambia de propietario), quiere decir que nadie puede convertirse en propiedad de otro. Su SER pertenece siempre al misterio del mismo Dios. “Mi mujer, mi hijo, mi marido, mis empleados, mi casa, mi vehículo, mi trabajo”, y un largo etcétera competen al territorio del ESTAR: en este momento figuran en tu ámbito de acción, poco después las cosas se modifican y, hete aquí, lo uno o lo otro no está, ya no te pertenece.

Acabo de recordar (y quizá sea pertinente) ese texto bíblico con el que comienza el libro del Eclesiastés, que la Biblia hebrea llama Qohélet:

“¡Vana ilusión, vana ilusión! ¡Todo es vana ilusión!”

Nota: La palabra hebrea Qohélet significa algo así como “el predicador que se dirige a la asamblea”. En realidad, lo que salta a la vista desde el inicio es un diálogo sapiencial del autor consigo mismo. Y con la asamblea, la de los que saben escuchar. 

Alberto Echeverri

Noviembre, 2025

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Enthusiastic Nigerian fan showcases cultural pride with green face paint and costume.
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La primera idea que me vino a la mente fue escribir algo sobre el diablo. Un personaje muy familiar, cuya ausencia lamentan muchos. Pero al final me decidí por otra figura, la del fanático. 

Comencemos entonces por reconocer que en todos nosotros reside un pequeño fanático. Que se esconde siempre, pequeño, pequeñito…  ¡Quizás el diablo, a la postre, no esté tan ausente! 

No parece una nueva noticia para nadie el hecho de que, sin excepción, tendemos a ser fanáticos, y por tanto sin posibilidad alguna ni de elección ni de arrepentimiento, atados a una idea, a una persona, a la familia, a una religión, a una guerra, a un periódico o una app, al país que nos acoge, a un partido político, a la “raza”, al “equipo del alma” (¿y quién no lo está?) y así por el estilo… 

Lo llamamos amor, lealtad, devoción, veracidad y le damos otros tantos bellos nombres. Definimos nuestra vida según estas susodichas fidelidades. Nos negamos la mínima posibilidad de reconocer las manchas sobre el objeto de nuestro “amor”. Más todavía, declaramos traidores a quienes se atreven a actuar de otra manera: no importa si ese infiel vive cerca de nosotros, vecino o pariente o colega de trabajo o “hermano en Cristo”.

Amos Oz, el escritor hebreo muerto en 2018, crecido en la Jerusalén devastada por la guerra, tuvo una bella intuición. En lugar de islas, como nos ha definido alguien, los seres humanos deberíamos transformarnos en penínsulas. Con los pies -o con la cabeza, depende del punto de vista- en tierra y con el resto del cuerpo abierto a la inmensidad del mar. Que es igual para todos, grandes y pequeños, negros o blancos o amarillos o rojos, feos y hermosos, enfermos y sanos, sapientes o simplemente inteligentes, pobres y ricos. Abiertos por tanto a los otros. Y a la historia. 

Quizá los brazos del Crucificado tienen algo de peninsular: están siempre abiertos. 

Alberto Echeverri

Noviembre, 2025

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Fueron los obispos francos quienes instituyeron la fiesta de Todos los santos para cristianizar, decían ellos, la celebración del fin de año de los celtas. Era el siglo IX. 

Pero desde el II en oriente y desde el III en occidente, la Iglesia festejaba el día del nacimiento, es decir, del martirio de quienes habían sido muertos en esa forma; de hecho, solo eran considerados santos en esa época los mártires. En 1475 el papa Sixto IV decretó que la conmemoración de Todos los santos fuera festiva para la Iglesia de occidente el 1 de noviembre. 

No se trata por tanto, de reunir en una sola jornada todos los cristianos que han sido proclamados santos hasta el momento, como parecieran mostrarlo la multitud de bienaventurados, ellas y ellos que ilustran el interior de las cúpulas de muchas iglesias, sobre todo católicas y en raras ocasiones algunas de las protestantes más antiguas.

Al menos, según la tradición cristiana acorde con las Escrituras de la segunda alianza (el “Nuevo Testamento”), se trata de nuestra fiesta, la de todas las bautizadas y todos los bautizados, que hemos sido hechos santos por el Espíritu de Dios que se nos ha donado en el bautismo al ser incorporados a Cristo Señor. Obviamente los santos canonizados están incluidos en ese evento. Y para quien quiera festejar su bautismo, que lo ha incorporado a la comunidad de los cristianos, es este el día preciso. 

La costumbre de los celtas que organizaban banquetes fúnebres junto a las tumbas abiertas de sus muertos condujo a la Iglesia a conmemorar sus difuntos de otra manera. Los romanos honraban a los ya fallecidos recordando a los propios padres de manera especial en la fecha de nacimiento de cada uno de ellos. Los cristianos bizantinos retomaron esa tradición con sus mártires pero trasladando el cumpleaños a la fecha del sacrificio, de su ingreso a la vida eterna; lo hacían simbólicamente en la transición entre el invierno y la primavera. 

Pocos siglos después, a finales del siglo X, fueron imitados por los monasterios benedictinos occidentales. La costumbre se extendió a toda la iglesia como recurrencia litúrgica para el 2 de noviembre desde el siglo XVI. Una fecha para celebrar la plena participación de nuestros difuntos en la resurrección de Cristo Señor. Un tiempo pues para cantar la benevolencia y la misericordia del Padre de Jesús con ellos. Y no exclusiva ni principalmente para disfrutar de las indulgencias atribuidas a la oración en honor de los muertos.  

Nota: La Biblia, en particular el casi desconocido libro del Levítico, diferencia claramente lo sacro de lo santo, llamando al Dios de los hebreos El Santo. La segunda alianza retomará ese mismo significado al dar el nombre de santos a los bautizados. 

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El jueves 3 de julio pasado escogimos como tema de nuestra tertulia semanal intercambiar y enriquecernos con las experiencias como migrantes de muchos de nosotros que hemos vivido más de cinco años en algún otro país. Presentamos hoy algunas de las participaciones individuales durante la tertulia.

Exjesuitas en tertulia, 3 de Julio, 2025 – Alberto Echeverri, desde Rovellasca, Italia.

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El jueves 6 de marzo tuvimos la idea de volver a encontrarnos para compartir un momento poético como el primero que tuvimos el año pasado. La particularidad fue que propusimos sacar algunos poemas del “baúl de los recuerdos” y nos llevamos muchas buenas sorpresas. En este blog iremos publicando a quienes en algún momento “cometieron” poesía, para el placer de todos.

Exjesuitas en tertulia- Marzo 6 del 2025

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El mito del héroe en Occidente ha ido adquiriendo dimensiones cotidianas desde el incremento de los medios de comunicación social. La fe de los cristianos no solo resulta influenciada por la multiplicidad de la figura heroica, sino que parece disfrutarla y aun contribuir a su prolongación cultural. 

De mitos e ideologías 

                  El Supermán y el Batman estadounidenses que invadieron particularmente la América Latina a mediados de los años cincuenta, se vieron obligados a generar la correspondiente versión femenina, so pena de entrar en conflicto con las mujeres que se tomaban los escenarios de la política y también deseaban un personaje propio. 

No ha pasado mucho tiempo antes de que, en los últimos decenios del siglo XX y los primeros del XXI, el universo mediático fabricara una irrefrenable marea de supuestos héroes, mujeres y hombres, animales, plantas, elementos del espacio sideral, seres de otros mundos -incluida, claro está, ultratumba- con facciones de monstruos o de extraterrestres, que asaltaron los hogares de los cinco continentes. 

Gracias a Internet y a la gran pantalla, series de televisión como “Trono de espadas” o “Juego de tronos” están alcanzando cifras astronómicas de acceso, porque acuden a ellas gentes de cualquier género y edad y condición social que no han tenido dificultad alguna en ver remplazado el sapiente y simpático heroísmo del aspirante a mago “Harry Potter” y sus amigos (el libro había alcanzado 500 millones de copias a los diez años de su publicación) por el de reyes o gobernantes o tiranos o líderes mafiosos con sus respectivos avatares -nótese: en posiciones siempre dominantes- que pueblan hoy la cotidiana espectacularidad donde participan familias enteras desde la propia casa, en distintas latitudes. Por añadidura, parafraseando a Umberto Eco (1995), en más de una ocasión se trata de seres apocalípticos, que juntan a la violencia de sus acciones el miedo y aun el horror ante un futuro cada vez más incierto y siempre trágico. 

                  Otto Rank (1884 +1939), un estudioso del personaje heroico, no duda en afirmar (1809/1981, p. 111): “Los mitos de héroes equivalen, por muchos rasgos esenciales, a las ideas delirantes de algunos individuos psicóticos que padecen delirios de persecución y de grandeza, esto es, a los paranoicos”. El crítico alemán subraya “el carácter egotista” del paranoico: “su exaltación de los padres… no es más que un medio para la exaltación de sí mismo” (p. 112). Para el héroe “el rango de sus ascendientes se torna frecuentemente una fuente de los mayores trastornos e infortunios”; el rescate y la venganza son conclusiones naturales, pues los padres aparecen como sus primeros y más poderosos oponentes (pp. 80.88.92)[1].

                  La de Rank no es más que una de las varias hipótesis sobre el origen del héroe. En cualquier caso, nuestro protagonista, en definitiva, aparece como un modelo prototípico, un “arquetipo” que “responde a patrones universales e inmutables, que hacen de él un personaje fundamental en la construcción de referentes culturales y en la instauración de un sentido mitológico” (Cardona, 2006, p. 57), sentido mitológico característico de todas las culturas. Los mitos son tan viejos como el mundo de los seres humanos, desde su nacimiento en la vieja Mesopotamia (Rank, 1809/1981, p. 10) y su paso por Egipto, Grecia, Roma, el Oriente y el Occidente hasta el día de hoy. En la sociedad burguesa que mitifica, sea la oveja sea la vaca, el mito expresa “un habla despolitizada (…) porque suprime la dialéctica, organiza un mundo sin contradicciones puesto que no tiene profundidad” (Barthes, 1970/2002, pp.238.241). “Cuando la revolución se trasforma en “izquierda”, mitifica por ejemplo a Stalin, produciendo “un metalenguaje inocente” que deforma el mito en “naturaleza” y por tanto no esencial (p. 243). A mi parecer, Barthes no duda en situar hoy el mito a la derecha, donde “se ubica estadísticamente (pues) postula la inmovilidad de la naturaleza” y entonces “la historia se evapora” (pp. 245.248)[2].

                  Difícilmente se negará que, al mismo tiempo, en las diversas épocas corresponde a un producto ideológico. Eagleton Terry en su Introducción a la teoría literaria ha definido la ideología como “esos modos de pensamiento, valoración, percepción y creencia que guardan algún tipo de relación con el mantenimiento y la reproducción del poder social” (Trifonas, 2004, p. 78). Cierto, una forma de apropiarnos de nuestro destino; solo que fabricada, en la era contemporánea, para ser consumada mientras nos divertimos, y por eso sin discreción alguna o, al menos, con un mínimo de ella. Vale decir que hemos transitado desde el mundo de las ideas al de la ideología[3]: según Barthes, “el mito exuda ideología” porque “trasforma el significado en forma”, recuerda Trifonas (p. 24). Recurriendo de nuevo a la expresión de Patricia Cardona, hemos pasado del héroe mítico al mediático. 

                  La ideología acompañante inmancable del mito obra por tanto, en las múltiples representaciones del héroe mediático, oculta pero actuante en un medio de comunicación facilitador de su cautivante figura. A la ideologización de la cultura contemporánea ha contribuido sin duda el universo de los medios de comunicación de masas[4]. Pero los culpables no son los instrumentos, ellos solo reflejan y vehiculan, en proporciones gigantescas, las que Galli (2022, p. 22) ha enumerado entre las “ideologías de la posmodernidad: el neoliberalismo[5], el populismo, la ecología, el feminismo, lo “políticamente correcto”, las microideologías identitarias”. Como en toda ideología, en las de nuestro mundo contemporáneo residen parcialidad y totalidad, crítica y conformismo, acción y coacción (Galli, p.63):  el mejor caldo de cultivo para actuar una manipulación. 

                  Pero son las microideologías identitarias las que, a mi parecer, esconden una problemática más aguda. Bien podría definirlas un párrafo del politólogo Amador Fernández Savater (2012, p. 8) a propósito de la ficción política: 

La ficción es la potencia de humanización por excelencia: si los seres humanos no somos simplemente un “producto necesario” de las determinaciones biológicas y sociales, sino que tenemos la capacidad de hacernos un cuerpo nuevo, la ficción actualiza y verifica esa potencia, interrumpiendo los automatismos, haciéndonos insumisos a nuestro destino escrito en los genes, los apellidos, el lugar de nacimiento o la condición social.

                  La ideologización de los héroes se revela por igual en la tendencia innegable a idolatrarlos. Sucedía con algunos de los héroes clásicos. Al transitar desde el héroe mítico al mediático, nos hemos ido habituando al lenguaje que en los medios de comunicación habla una y otra vez de los “ídolos de la canción”, del deporte, del cine.

Aunque los héroes tradicionales rara vez fueron confundidos con los dioses, del ídolo a la sustitución de éste por un dios había un corto trecho, que hoy superamos con mayor facilidad. En los movimientos semi políticos y apolíticos que todavía operan en el siglo XXI a favor del nazismo y el fascismo de nueva estampa[6], se evidencia la huella de todos esos individuos -raramente se trata de mujeres- que han sido elevados a la categoría de dioses.  Recuérdense, por ejemplo, en el Berlín de 1936, las figuras premiadas de los vencedores en las competencias de los juegos olímpicos durante el pleno dominio del nacional-socialismo. Es verdad que el advenimiento de Adolfo Hitler y de Benito Mussolini a comienzos del siglo XX, así como el de los autócratas y opresores que los antecedieron o sucedieron, fue preparado por una cierta oleada literaria durante el siglo XIX; pero la irrupción en la escena pública de tales sujetos[7] no fue ni ha sido una eventualidad.

                  En Occidente, muchos entre quienes detentan ciertas ambiguas ideologías identitarias se confiesan cristianos y argumentan a su favor citando la Biblia, con preferencia el Antiguo Testamento, que asumen al pie de la letra. Es claro que no dudan nunca de las traducciones que corrompen el sentido original del texto, y menos aún son conscientes de la evolución de la fe de Israel a través de la que el cristianismo llama la segunda alianza, la del Nuevo Testamento. Al mismo tiempo, se advierte el color de la piel de sus personajes preferidos y del ámbito cultural donde prefieren moverse, el de la burguesía de “raza” blanca[8], de sexo masculino las más de las veces, porque gentes de otro género no tienen ningún derecho en el panteón de los héroes, a menos que decidan constituirse en una micro ideología identitaria alternativa[9].

                  Hoy por hoy, cuando el horizonte de los dioses va desdibujándose[10], no han desaparecido los héroes: “siguen existiendo para que la fe en la vida no decaiga” (Savater, 2004, p. 200). Ahora son todos superhéroes. Y mediáticos. Dominados por la ciencia y la tecnología, las alteraciones genéticas que les han dado nacimiento, los trasforman en “mutantes bondadosos”. En todo caso “con superpoderes que controlan los desmanes de la ciencia, su vestido de superhombres hace que cualquier hazaña les sea posible” (Cardona, 2006, p. 64).

Los hay en versión para niños y adultos. Ni el ya atávico Supermán, ni el Hombre y la Mujer Araña, ni los X-Men, ni el increíble Hulk, ni la Mujer Invisible, ni la Mujer Gato, ni Elektra, ni los Ninja son ya hijos de los dioses, aunque no falta alguno que afirma serlo; plenamente humanos, interesados en la intersubjetividad, abundan en ellos los sentimientos que los determinan a salvar la especie humana. Coherentes con la ideología que los vio nacer, defienden las tradiciones institucionales y el proyecto de la modernidad: la justicia, el orden, la autoridad (p.67). Algunos de ellos, sin embargo, ceden ante el gusto casi obsesivo por la apocalíptica, que se vale del miedo ante un futuro nada previsible; entonces, más que por la nobleza y el valor, optan por la violencia, que juzgan necesaria para exorcizarnos del pánico. 

(Continuará…).


[1] Argumenta Bauzá (p.148) contra Rank que, al afirmar este el origen del héroe en su infancia, olvida que los mitos no son elaborados por este sino por los pueblos, adultos por tanto: pienso que el autor uruguayo no advierte las implicaciones que tiene la interpretación psicoanalítica del colega.

[2] Cuando se extiende el uso de la pólvora con fines bélicos, pierden sentido los combates individuales, y por tanto la valentía del héroe en sus luchas singulares; de ahí el delinearse de un héroe “más inclinado a lo doméstico y lo cotidiano que (a) lo sobrenatural y lo invencible” (Bauzá, pp. 123-24).

[3] El filósofo francés Destutt de Tracy acuñó el término a principios del siglo XIX como “ciencia de ideas”.

[4] Que tienden a desresponsabilizar, aislar y aun anonimizar al sujeto (Galli, p. 145). 

[5] En particular, de la ideología neoliberal es lícito afirmar que su elemento justificativo “está en el pensamiento único… que presupone los individuos como igualmente proyectados hacia la competición, lo que obviamente favorece al que, en la realidad concreta, atravesada por desigualdades estructurales, es ya un privilegiado” (Galli, pp. 134-35: el autor habla del Estado social como “víctima del neoliberalismo” (pp. 133-34].

[6] En opinión de Galli (p. 144), “las nuevas ideologías se hacen consistentes más en movimientos que en partidos, en afirmaciones identitarias inmediatas que en proyectos de tipo colectivo”.

[7] “Dioses por procura” llama a este tipo de gentes Ana Della Subin (2023).  

[8] “Cómo la blancura llegó a ser deificada en el nuevo mundo”: así subtitula Ana Della Subin un extenso apartado (pp. 305-378) que dedica al argumento.

[9] De héroes trasformados en dioses por los antiguos y los nuevos pobladores de América, África y aun de Asia informa en detalle el citado estudio de Ana Della Subin.

[10] Otto Rank (p. 16) sostuvo que el mito -me permito incluir allí el heroico- comienza por un nivel terrestre para proyectarse luego al “universo celeste”: este no parece interesar al héroe contemporáneo porque tampoco resulta un objetivo propio de la modernidad a la que pertenece.

Alberto Echeverri

Rovellasca, Italia

Noviembre, 2024

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El mito del héroe en Occidente ha ido adquiriendo dimensiones cotidianas desde el incremento de los medios de comunicación social. La fe de los cristianos no solo resulta influenciada por la multiplicidad de la figura heroica, sino que parece disfrutarla y aun contribuir a su prolongación cultural. 

¿Un héroe o una heroína cristianos? 

                  En sus inicios, la Iglesia cristiana habló siempre de mártires, no de héroes. Aquellos afrontaban con dignidad e indefensos, las acciones agresivas de otros, el héroe lideraba las propias desde una posición de poder. Esos primeros cristianos, mujeres y hombres, buscaban el reino de Dios “como un viaje espiritual y como una reacción política en evolución frente a los actos absurdos de violencia, desigualdad e injusticia que caracterizaban a los reinos de los hombres” (Horsley & Silberman, 2005, p.7).

Cuando superó los varios siglos cuando el martirio estuvo a la orden del día, la Iglesia sintió la necesidad de promover sus propios héroes, permitiendo que se tildara de tales a los que lograron sobrevivir en medio de las luchas iconoclastas, a los que superaron las épocas de las herejías, a los reyes y las reinas que castigaban con su poder a quienes se rebelaban contra el autoritarismo de papas, obispos y aun de simples párrocos. Y no dudó en incluir como heroica, la sola profesión de oponerse a la degradación moral de la sociedad europea que hacían los anacoretas, los cenobitas y los monjes. 

                  Las desastrosas cruzadas contra los turcos, alentadas en buena parte por la percepción de que su fe islámica era distinta a la de Occidente, quisieron en algún momento superar los tiempos medievales. Como resultado de ellas surgieron los héroes de ambos bandos, cristianos y no cristianos. Todavía en el siglo XVI los europeos -y en consecuencia quienes invadieron los territorios de la actual América y buena parte del Africa- se vanagloriaban de las hazañas heroicas de sus campeones. 

Con esos símbolos, entre otros muchos, se propusieron educar en la fe cristiana a las nuevas generaciones de mestizos que fueron habitando los territorios arrebatados a indígenas y negros. No es de extrañar que las fábulas y leyendas de héroes nada americanos ni africanos poblaran la imaginación de los reducidos al vasallaje, pero al mismo tiempo lograran suscitar en ellos los propios. Estos serían testimoniados por los relatos de escribanos e historiadores en los primeros siglos de la colonización; si las religiones de los indios americanos los tuvieron, persisten aún, por ejemplo, en la conciencia, cada vez más difundida, de los afroamericanos practicantes de la religión yoruba. 

                  Cuando España se asomaba temerosa al renacimiento, a poco seguida de Portugal, ya los dos nacientes imperios habían vivido de heroísmo en todas sus declinaciones posibles, el futuro almirante Colón desembarcó en las Indias occidentales. Con el advenimiento de los cristianos españoles y portugueses, heredamos los americanos el panteón griego, el romano y el medieval de sus héroes, como también el de sus conquistadores que, en nombre de Dios y del monarca de turno se apoderaron de cuanto no les pertenecía. 

Les sucedieron los gestores de las muchas políticas, las civiles y las eclesiásticas, que aumentaron las gestas heroicas; solo que con frecuencia narraban las de ellos mismos. Las crisis sociales y económicas de los siglos sucesivos despertaron un curioso significado de heroísmo: lo merecía, y continúa mereciéndolo, quien no se dejaba comprar cuando sus informaciones o sus actividades, un trabajo como tantos, ponían al descubierto intereses extraños poco éticos; se trataba -y se trata- de periodistas, investigadores, escritores, jueces, abogados, líderes religiosos de diversas denominaciones. 

Hasta cuando nos encontramos con los héroes mediáticos; entonces numerosas iglesias y entidades semejantes entraron en la brega por hacer visible la propia imagen, estimulando acciones que dejaran en claro sus individuales diferencias porque rayaban en lo heroico. Pienso que puede explicarse el fenómeno, al menos parcialmente, por el hecho de que en un mundo como el nuestro, la mirada ética resulta sustituida por el discurso moralizante de “las buenas costumbres”. Entonces, las “acciones heroicas” se reducen a la superación de lo moralmente correcto, y la existencia del héroe pierde su sentido. Para muestra, los modernos pseudo héroes de la política, “una suerte de productos míticos elaborados a priori cuya nota distintiva se asienta casi con exclusividad sobre un entusiasmo retórico que se diluye a medida que se va poniendo de manifiesto lo vacuo de sus discursos”; mera propaganda partidista, extraña a la esfera de lo simbólico (Bauzá, 1991, p.161).

                  Consciente o inconscientemente, los cristianos, tanto en Oriente como en Occidente, hemos sido permeados por la misma dinámica. Repetimos los esquemas de la heroicidad con personajes, por ejemplo, como el franciscano san Maximilian Kölbe que tomó el lugar del prisionero padre de familia, ofreciéndose al carnicero nazi; un héroe repentino a quien no tenemos problema en juntar con decenas de santos que han sido proclamados tales porque “han practicado virtudes en grado heroico”. Sin dar aquí lugar a un tratado sobre la galaxia de la virtud, que depende siempre del entorno cultural, me atrevo a afirmar que su observancia produce, en quien las practica, un ciudadano auténtico, quizás una verdadera persona. 

Existen, además, las virtudes cristianas. Solo que parecen no bastar al ideario cristiano tales virtudes puestas en acción: para ser elevado a la condición de héroe entre los cristianos, vale decir santo, la mera virtud tiene que alcanzar un grado inédito. De ahí la aguda interpretación del calvinista escocés Thomas Carlyle (1841/1967, p.45), historiador y filósofo (*1795 +1881): “¿El mismo cristianismo no tiene quizás el propio germen en este culto de los héroes (…), en esta sumisión ardiente y sin límites por una divina forma de hombre?”.

                  Puede constatarse, sin embargo, que son muy raros los tratadistas del heroísmo humano que incluyen a Jesús, el Mesías cristiano, en tal categoría. De él ha subrayado la teología su calidad de profeta, de buscador de Dios, de poeta de la compasión y narrador de parábolas, de curador de la vida, de defensor de los últimos, de maestro de vida, de creador de un movimiento renovador como carismático itinerante, de sabio entre los sabios de la antigüedad, de creyente fiel, de amigo de la mujer, aun de conflictivo y peligroso, de mártir del reino de Dios, de resucitado por Dios (Barbaglio, 2012; Pagola, 2013); pero no de héroe. Ni siquiera su muerte cruenta es testimoniada por quienes la narran en términos épicos. Y el documento quizá más antiguo que escenifica su resurrección, deja en vilo la trasmisión del hecho a los discípulos de Jesús, pues los probables testigos de lo que se les ha comunicado “no dijeron nada a nadie porque tenían miedo” (Evangelio de Marcos 16,8); igual había sucedido poco antes con el testimonio que da María de Magdala “a los que habían andado con Jesús”, quienes “no le creyeron” (Evangelio de Marcos 16,10-11). 

                  Leídos los relatos evangélicos desde la perspectiva en que fueron escritos, la pascual muerte y resurrección, adquieren su justa dimensión los símbolos de realeza atribuidos a la persona de Jesús (por ejemplo, la adoración de los magos, su entrada triunfal en Jerusalén): al momento de la pasión, la coronación con espinas y las ridiculizantes insignias regias (el cetro de caña, las vestimentas sobre el cuerpo desnudo y martirizado, el trono inexistente) evidencian la versión evangélica de Jesús rey. 

Rechaza en repetidas ocasiones a quienes pretenden hacerlo tal, porque su reino no es de este mundo, afirmará él mismo (Evangelio de Juan 18,36), aunque lo promete para la historia presente (Evangelios de Mateo 5, 3-12 y de Lucas 6, 20-23). En el fondo, se trata solo de un ser humano que cumple la misión de anunciarlo como un don, y que afronta las consecuencias del envío que se le ha confiado. Sus propias palabras en el evangelio son la mejor comprobación: “Servidores inútiles somos, no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación” (Evangelio de Lucas 17,10), y él mismo uno de ellos. 

Ha preferido ser rechazado, antes que tolerar otro tanto para los demás porque el horizonte preferencial de su mirada va en dirección de los de abajo, de los últimos en la sociedad. Si la condición heroica subraya la independencia del sujeto que busca la justicia por sí mismo, el Nazareno reafirma siempre su dependencia de otro a quien llama su Padre. Ningún lector atento de los evangelios cristianos podría detectar los rasgos de un héroe en alguno de los discípulos que elige Jesús; se trata de gentes del común, asumidas por él con múltiples defectos, no solo con la posibilidad de que lo abandonen, sino también de que lo traicionen. Nunca acepta que los muchos que caminan a su lado generen una simbiosis con él, hasta el punto de, una vez resucitado, desaparecer cuando alguien quiere apropiárselo (Evangelios de Lucas 24, 31-32 y Juan 20,16-17). No, Jesús de Nazaret no es un héroe.  

                  Abundan hoy los libros, las películas, las series de televisión que han ido creando toda una ciencia-ficción en torno a la persona de Jesús de Nazaret, y en el fondo subrayando su condición heroica. Un solo ejemplo, entre muchos: El código Da Vinci de Dan Brown. Precisa José Antonio Pagola (pp.529-530) que sus autores no tienen en cuenta la investigación moderna, se niegan a los criterios de historicidad, hacen afirmaciones provocadoras en contra de lo investigado de primera mano y seleccionan episodios secundarios por su potencial sensacionalista. Pero, sobre todo, ignoran lo que constituye el mensaje central de la persona de Jesús.

                  El ámbito castrense en todas las latitudes propicia la mentalidad heroica. Por eso la metáfora militar tiene que ver de alguna manera con nuestro tema. Presente de manera amplia en el epistolario del apóstol Pablo (Barrios Tao, 2008, p.177), es relevante en su carta a los cristianos de Éfeso (Carta a los Efesios 6,14-17) para simbolizar el papel de quien anuncia el evangelio y el combate del cristiano contra el mal. Pero no aparece en los cuatro evangelios que hablan de ejércitos en contadas ocasiones: se trata, por ejemplo, de una parábola de Jesús (Evangelio de Lucas 14,31-33) o de cierto centurión romano que pide para un criado suyo la acción curativa del Nazareno mientras describe la relación con sus propios subalternos (Evangelios de Mt 8,5-13 y de Lucas 7,1-10). Hay que advertir que la moderna exégesis bíblica ha llamado la atención sobre la ideologización sufrida por los escasos textos del Nuevo testamento referidos al mundo de la milicia, citado de manera siempre alusiva. (Continuará).

Alberto Echeverri

Rovellasca, Italia

Octubre, 2024

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Alberto Echeverri nos envía esta colaboración donde disecciona, con ejemplos y muchas referencias, los roles que cumple la figura del héroe en nuestras sociedades. En cuatro entregas sucesivas nos acercaremos a esa realidad.

Hay un concepto común a la mayoría de los mitos burgueses: la irresponsabilidad del hombre (Barthes, 1957/2002, p. 248).

Ante mi necesidad de cuestionar la figura del héroe cristiano, hay que empezar por poner en discusión la del heroísmo como símbolo humano.

De tiempo atrás vengo tomando conciencia de sentirme invadido por héroes de todos los tamaños, formas, géneros y rostros. Niños, jóvenes, adultos y no pocos ancianos nos vemos empujados a soñar con el héroe. La palabra misma aparece cada día en la televisión, el cine, la prensa, en las diversas expresiones del arte, en la literatura, el teatro, en la música y sobre todo en el deporte. Incluidos los cristianos, que compartimos el entusiasmo por ese personaje con creyentes de otras denominaciones. Una rápida ojeada a la web me informa sobre el “héroe cristiano”: al menos en la versión de lengua hispánica, el primero en lista es uno de ingrata memoria para la democracia y aun para la fe de cualquier creyente, el dictador español Francisco Franco.

                  Ante mi necesidad de cuestionar la figura del héroe cristiano, hay que empezar por poner en discusión la del heroísmo como símbolo humano. Y preguntarse a continuación por su coherencia al interior de la fe cristiana. Las páginas siguientes buscan plantear ambos problemas, alimentadas por la hipótesis de que lo acontecido en la historia del cristianismo con los héroes conduce a medidas de orden político, de política a veces eclesiástica y otras no eclesiástica, en suma, de la conducción de la cosa pública, por quienes en alguna forma, detentan el poder. 

Un asunto hermenéutico: en la perspectiva de Hans-Georg Gadamer (1999, pp. 351-414), se trata de estudiar el mundo con apertura, humildad y prudencia, no de explicarlo por fuerza, sino de comprenderlo, de lograr una perspectiva coherente, ni única ni definitiva.

La invasión de los héroes

                  Quizá por cosas de la edad el primero que me ha venido a la mente ha sido el compañero de Sancho Panza, don Quijote de la Mancha. Pero hay acuerdo en apodarlo como el antihéroe por excelencia (McLean, 2002). Los discutidos orígenes hebreos de su creador, Miguel de Cervantes (Alvar, 2005), y en todo caso su simpatía por los cristianos nuevos que parece remontarse a parientes venidos de ellos (Eisenberg, 2005), pudieron influir en su personal negativa a hacer del malhadado castellano un héroe; aún estaba fresca la memoria lamentable de las cruzadas cristianas, incluida la de los niños y la más próxima de la reconquista de Granada, que habían llevado a la Península a echar por tierra poco a poco la inclusión religiosa y, a la par, la elemental convivencia de los judíos con los árabes y los españoles. 

                  La literatura, el teatro, la pintura, la escultura, la música, la danza, y en época reciente los historiadores, politólogos, sociólogos, psicólogos y otros escritores han ido tomando nota de los héroes producidos en todos los rincones del planeta a lo largo de la historia. Más allá del universo de los griegos y de los romanos, de la historia medieval y renacentista, de la modernidad misma, la América Latina de los años sesenta conoció y degustó el mito del Che Guevara que, declinado en muy variados lenguajes, unos revolucionarios y otros burgueses, lo condujo a ser conocido como un producto de latitudes de un cúmulo de pueblos y tierras exóticas, el tercer mundo, el del subdesarrollo. 

                  Los antropólogos hablan hoy de “los heroicos mil individuos” de la especie Homo ergaster -por exactitud 1 280, según la ciencia, sobrevivientes indómitos de una de las primeras glaciaciones, 900 000 años atrás, durante el período del pleistoceno medio, de donde habría surgido el homo heidelbergensis y, con el correr de los siglos, la especie humana actual (Dusi, 2023, p. 27). 

                  Un acucioso estudio de Patricia Cardona (2006) proporciona para hoy varios tipos de héroe (pp. 58-67): el mítico, el trágico, el civilizador, el novelesco y el mediático. Los tres primeros, el mítico (Hércules), el trágico (Edipo) y el civilizador (Prometeo) pertenecen a los tiempos clásicos; la admiración que se les profesó desde los primeros siglos de la cultura griega y romana fue prolongada por Occidente al menos hasta la época medieval porque el mítico fundaba la ley, el trágico la defendía y padecía por la justicia, y el civilizador entregaba las fuerzas de los dioses encarnadas en la cultura. 

                  Sin duda alguna, el héroe clásico en términos estrictos no es dios ni hombre, cabalga trágicamente entre las dos condiciones. Su valentía, sus gestas, el ser vencedor sobre las más grandes adversidades lo hacen semejante a los dioses; como ellos posee virtudes especiales: belleza corporal, fortaleza física, templanza, valentía, ingenio, prudencia y sagacidad para encarar los retos, entre ellos proteger a los hombres, incluso de la rudeza con la que los dioses los castigan y les hacen sentir debilidades mortales. Sus hazañas son grandes, su poder para vencer a los enemigos es reconocido y ensalzado, y su capacidad de enfrentarse a causas “imposibles” e irrealizables es trágica porque evidencia la vulnerabilidad que su ser oculta (Cardona, 2006, p. 53).

                  En el héroe se manifiesta un ser humano en rebelión contra los esquemas que su entorno social y sobre todo político quieren imponerle: el aguerrido y popularísimo Hércules de la Grecia antigua sufre aun la envidia de los dioses. El héroe busca, por encima de todo, la justicia. Es un transgresor de los límites y en grado inédito. Mediador entre este mundo y el otro, afirma Joseph Campbell (Bauzá, 1998, p. 153) que “desafía a la velocidad, al destino y a la muerte misma” porque para él la esencia de la vida consiste en una permanente e infinita superación de obstáculos, que solo interrumpe la muerte; y, para que la admiración por él trascienda las generaciones, “es preciso que muera prematuramente” (pp. 171.172). El propósito ético que pretende siempre transmitir a sus defendidos y al entorno lo inscribe en el panteón. 

                  “Son dioses inacabados” (Cardona, 2006, p. 58) los héroes míticos y también los civilizadores. Muchos entre quienes sucedieron a nuestros “civilizadores” pretendieron otro tanto, sobre todo en el mundo de la política y de la cultura; al igual que el de su perfil primigenio, despreciaron las leyes cósmicas[1], instituyeron las leyes de la cultura y con ello proclamaron un nuevo sentido de la historia. A cambio, sus antecesores trágicos, “épicos por excelencia” (p.59), instauraban la ley, la respetaban y defendían por dura que fuese; tenían sus orígenes en los dioses pero eran hombres, y por eso sufrían. Pero en los últimos seis siglos, el incremento de la narrativa literaria relevó un cuarto ejemplar heroico, el novelesco que, a diferencia de los precedentes, construye sus propias leyes pues sus luchas no son eternas sino internas, y sus viajes lo conducen dentro de sí mismo (p. 62). 

                  Al ascender en Occidente los valores prosaicos de la burguesía –estamos a mediados del siglo XV– la literatura reforzó la exaltación de la temeridad. Se adquiría mayor valor cuanto más se arriesgaba la vida en combates desiguales. Abundaba el heroísmo de los nobles, y con mayor razón el de los príncipes, “caballeros sin miedo”, porque sentirlo era cosa de un bajo nacimiento, lastre de los villanos. El renacimiento sucesivo se encargará de corregir esa imagen de la valentía nobiliaria. “La revolución burguesa  -acotarán Del Castillo & Cano- en la presentación de una obra reciente de Terry Eagleton (1990/2006, p. 25), escondió su falta de heroísmo con imágenes épicas trasnochadas; pero la revolución socialista es una épica sin héroes, una poesía del Unmensch, de los desgraciados que no aspiran a nada, excepto a subvertir toda aspiración”Hasta llegar a nuestros tiempos cuando “el miedo ante el enemigo se ha convertido en la norma” (Delumeau, 1989, pp. 12-17). 

                  Las poblaciones indígenas de Latinoamérica tuvieron sus propios héroes[2], y mayormente frente a las crueldades de las dominaciones europeas. A ellos se sumarían los que resultaron de las sublevaciones de los esclavos africanos llegados a la América española y portuguesa. Y al producirse la liberación del despotismo extranjero, los himnos de los distintos países surgidos de ella harían la épica de los héroes producidos durante las campañas políticas y militares de su lucha por la independencia. En el de Colombia, entre las pocas estrofas que habitan todavía mi memoria, hay una -la undécima- que canta, a propósito de uno de los héroes rebelados contra la tiranía española en la Nueva Granada: “Ricaurte en San Mateo / en átomos volando / deber antes que vida / con llamas escribió”[3].

                  Me resulta evidente que los colonizadores de América, Asia y África en la edad llamada moderna, quisieron asumir el perfil de los héroes civilizadores, sólo que imponiendo modelos culturales a gentes que ya tenían otros muy diversos; cantan todavía sus glorias las estatuas que se erguían en nuestros parques y plazas, hasta hace poco pues las va suprimiendo un reciente movimiento iconoclasta en protesta por los derechos pisoteados entonces.

                  Del mundo que los iberoamericanos habíamos creado hasta fines del siglo pasado pudo afirmar el maestro Octavio Paz (1987, p.451): “No tuvimos Ilustración porque no tuvimos (la) Reforma, ni un movimiento intelectual y religioso como el jansenismo francés. La civilización hispano-americana es admirable por muchos conceptos, pero hace pensar en una construcción de inmensa solidez -a un tiempo convento, fortaleza y palacio- destinada a durar, no a cambiar.

                  Hacia la primera mitad del siglo XX, antes de la implosión de los medios masivos de comunicación, nació el célebre movimiento del escultismo, difundido a nivel intercontinental. Con él empezó a generarse el héroe de los nuevos tiempos, garantizado sí por una tradición, pero proveniente de una escuela que superaba el círculo estrecho de la familia para entrenarlo con el objetivo de que llegara a serlo.

Niños y jóvenes scouts eran formados no solo para ser buenos ciudadanos sino, y ante todo, para ser héroes. Las niñas, las adolescentes y las adultas fueron admitidas en los batallones heroicos tan solo algunos decenios más tarde, dado el virilismo que predicaban los scouts.  Sir Robert Baden-Powell, el fundador, sostenía desde los inicios en 1908 que “la religión debe ser enseñada al joven no en agua de rosas ni en modo misterioso y lúgubre; él está dispuestísimo a acogerla si se le muestra en su aspecto heroico” (Subin, 2023, p.196). 

Contra el escepticismo religioso de finales del XIX, en el nuevo siglo el escultismo exaltaba “la convicción en la propia fe y en el derecho de dominar y guiar el planeta” (p.196). Un cristianismo muscular, de origen protestante, pero que la Iglesia católica romana poco a poco fue acogiendo, enfatizando sus logros educativos, aunque a mi juicio de manera acrítica[4]

Valdría la pena el estudio hermenéutico crítico, animado por los dirigentes religiosos de las tres grandes iglesias cristianas, de las obras de Rudyard Kipling (1865-1936), el premio Nobel británico admirado y muy leído por los jóvenes, tanto scouts como extraños al movimiento, al menos hasta los años setenta del siglo XX; pintaba el Oriente como “…una especie de fantástico campo de adiestramiento donde eran enviados los muchachos a convertirse en verdaderos hombres (Subin, p.205)[5], dejando de lado lo femenino. Alcanza a percibirse el influjo del perfil de las y los popularísimos scouts en el trazado asumido por los mass media para su propia figura heroica, propiciando “escuelas para héroes”. 


[1] Los movimientos ambientalistas actuales subrayan la grave irresponsabilidad de estos hombres y mujeres.

[2] Por ejemplo, Bochica fue desde los inicios, para la variopinta etnia muisca que pobló buena parte del centro de Colombia, un héroe civilizador más que un dios (Medina de Pacheco, 93).

[3] Himno nacional de Colombia (1887). 

[4] Los dos últimos papas, al igual que varios predecesores, han favorecido el movimiento con documentos laudatorios: Benedicto XVI (2007). Francisco (2019): en esta ocasión, los recibidos en audiencia especial eran 5.000. 

[5] No rinde buen servicio a la imagen del escultismo el duro e incisivo documental fílmico (Los archivos secretos de los Boy Scouts de EE. UU., Netflix, 2023), del ya conocido director estadounidense Brian Knappenberger, quizá porque evidencia los excesos de la mentalidad virilista que marcó desde los inicios a la organización.  


[1] Artículo de reflexión, producto de investigación no financiada.

Alberto Echeverri

Rovellasca, Italia

Octubre, 2024

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La hermana muerte 

Por Alberto Echeverri
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En nuestra tertulia número 166 del 26 de Octubre de este año, hablamos sobre la muerte. Varios de nosotros quisimos dejar, por escrito, nuestros testimonios frente a ella y los hemos ido publicando en este blog. Cerramos esta serie con las reflexiones de Alberto Echeverri y de Juan Laureano Gómez.

Así la llamó Francisco de Asís. Hermana como los “hermanos de Jesús” en el evangelio: compañeros de juegos, vecinos muy familiares, parientes lejanos que comparten la vida cotidiana. 

Sangre de la propia sangre, no importa si tienen o no un DNA compatible con el mío. Pero padre, madre y hermanos que lo tienen similar porque también los míos se han encontrado con ella. Alguno de ellos ha creído morir en algún momento y ha retornado a la que llamamos vida. 

Hermana muerte porque más tarde o más temprano, todos sin excepción, llegamos a una cita con ella: tanto vale que la incluyamos, si no al interior de la familia, ojalá entre las amistades casi íntimas. 

Y cuando el mundo en que vivimos se ve inundado por ella, fruto de la irresponsabilidad y aun indiferencia de tantos (¿quizá de las mías?), ya no está lejos. Cercanísima cuando visita a alguien a quien queremos entrañablemente, nos deja sin palabras cuando acontece. 

Por eso muchos prefieren soslayarla, y no solo en la simple conversación de cada día, sino también huyendo de los lugares donde se congregan quienes se han hermanado con ella, los cementerios. “Lugar de reposo” los llamaban los griegos, y de ahí ese lugar común que alude al “descanso eterno”, como si toda la vida fuera una carrera de la que por fuerza, con o sin financiación, hay que pensionarse; para colmo, la palabreja “cementerio” pareciera aludir sobre todo al cemento con el que se cierran las tumbas. 

Un misterio esta hermandad con la muerte. Y sin embargo, allí está. En espera de nuestro encuentro, para acogernos. Porque una hermana necesita abrazar. Y ser abrazada. A menos que prefiramos pasar de largo ante el que con ella quiere abrazarnos para siempre. 

Alberto Echeverri

Rovellasca, Italia, 25 octubre 2023

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