Desde hace buen tiempo, lograr el primer lugar en cualquier competencia da imagen, ha llegado a ser la única posibilidad para vivir como hombre auténtico. Y en los últimos decenios, como auténtica mujer. Los otros, los que en la vida llegan segundos o terceros, no valen mayor cosa. O soy yo el campeón, la campeona, o no soy nadie.
Por los años 80 conocimos Nacidos para perder, un título editorial estadounidense. Pertenecíamos en parte a esa generación, la de la postguerra, condenada a la desilusión por la guerra fría. Y como la memoria se diluye con el tiempo, hoy los segundos y terceros puestos parecen haber sido inventados como premio de consolación en las competencias olímpicas o en los concursos televisivos. Al punto que el color mismo de las medallas o de los distintivos que simbolizan la clasificación (de clase: ¿linaje?, ¿especie?, ¿género?) no brillan como el oro, resultan algo descoloridos para nuestro gusto. Que más de uno, y más de una, de esos segundos o terceros lugares haya optado por un mal camino o, en última instancia, por el suicidio pareciera darse por descontado: “¡Se necesita un poco de dignidad!”, ha dicho algún comentarista cínico.
Hay un pequeño detalle en el Evangelio que solo percibe un lector atento. El Señor Jesús, la noche antes de su condena a muerte, lavó los pies de sus discípulos, luego volvió a vestirse… pero no se quitó el delantal que había tomado para el lavatorio. Lo que significa que el Mesías, una vez resucitado, proclamado hijo de Dios, continuaba siendo servidor, más aún, esclavo de los otros. Ni siquiera se puso en el segundo o en el tercer puesto, sino en el último.
¿Podría entonces un bautizado, que presume de ser su discípulo, sentirse invadido por la felicidad porque ha logrado un puesto, preminente o menos, en la maratón de la vida?
Alberto Echeverri
Rovallesca, Italia
Febrero 2026

