El mito del héroe en Occidente ha ido adquiriendo dimensiones cotidianas desde el incremento de los medios de comunicación social. La fe de los cristianos no solo resulta influenciada por la multiplicidad de la figura heroica, sino que parece disfrutarla y aun contribuir a su prolongación cultural.
De mitos e ideologías
El Supermán y el Batman estadounidenses que invadieron particularmente la América Latina a mediados de los años cincuenta, se vieron obligados a generar la correspondiente versión femenina, so pena de entrar en conflicto con las mujeres que se tomaban los escenarios de la política y también deseaban un personaje propio.
No ha pasado mucho tiempo antes de que, en los últimos decenios del siglo XX y los primeros del XXI, el universo mediático fabricara una irrefrenable marea de supuestos héroes, mujeres y hombres, animales, plantas, elementos del espacio sideral, seres de otros mundos -incluida, claro está, ultratumba- con facciones de monstruos o de extraterrestres, que asaltaron los hogares de los cinco continentes.
Gracias a Internet y a la gran pantalla, series de televisión como “Trono de espadas” o “Juego de tronos” están alcanzando cifras astronómicas de acceso, porque acuden a ellas gentes de cualquier género y edad y condición social que no han tenido dificultad alguna en ver remplazado el sapiente y simpático heroísmo del aspirante a mago “Harry Potter” y sus amigos (el libro había alcanzado 500 millones de copias a los diez años de su publicación) por el de reyes o gobernantes o tiranos o líderes mafiosos con sus respectivos avatares -nótese: en posiciones siempre dominantes- que pueblan hoy la cotidiana espectacularidad donde participan familias enteras desde la propia casa, en distintas latitudes. Por añadidura, parafraseando a Umberto Eco (1995), en más de una ocasión se trata de seres apocalípticos, que juntan a la violencia de sus acciones el miedo y aun el horror ante un futuro cada vez más incierto y siempre trágico.
Otto Rank (1884 +1939), un estudioso del personaje heroico, no duda en afirmar (1809/1981, p. 111): “Los mitos de héroes equivalen, por muchos rasgos esenciales, a las ideas delirantes de algunos individuos psicóticos que padecen delirios de persecución y de grandeza, esto es, a los paranoicos”. El crítico alemán subraya “el carácter egotista” del paranoico: “su exaltación de los padres… no es más que un medio para la exaltación de sí mismo” (p. 112). Para el héroe “el rango de sus ascendientes se torna frecuentemente una fuente de los mayores trastornos e infortunios”; el rescate y la venganza son conclusiones naturales, pues los padres aparecen como sus primeros y más poderosos oponentes (pp. 80.88.92)[1].
La de Rank no es más que una de las varias hipótesis sobre el origen del héroe. En cualquier caso, nuestro protagonista, en definitiva, aparece como un modelo prototípico, un “arquetipo” que “responde a patrones universales e inmutables, que hacen de él un personaje fundamental en la construcción de referentes culturales y en la instauración de un sentido mitológico” (Cardona, 2006, p. 57), sentido mitológico característico de todas las culturas. Los mitos son tan viejos como el mundo de los seres humanos, desde su nacimiento en la vieja Mesopotamia (Rank, 1809/1981, p. 10) y su paso por Egipto, Grecia, Roma, el Oriente y el Occidente hasta el día de hoy. En la sociedad burguesa que mitifica, sea la oveja sea la vaca, el mito expresa “un habla despolitizada (…) porque suprime la dialéctica, organiza un mundo sin contradicciones puesto que no tiene profundidad” (Barthes, 1970/2002, pp.238.241). “Cuando la revolución se trasforma en “izquierda”, mitifica por ejemplo a Stalin, produciendo “un metalenguaje inocente” que deforma el mito en “naturaleza” y por tanto no esencial (p. 243). A mi parecer, Barthes no duda en situar hoy el mito a la derecha, donde “se ubica estadísticamente (pues) postula la inmovilidad de la naturaleza” y entonces “la historia se evapora” (pp. 245.248)[2].
Difícilmente se negará que, al mismo tiempo, en las diversas épocas corresponde a un producto ideológico. Eagleton Terry en su Introducción a la teoría literaria ha definido la ideología como “esos modos de pensamiento, valoración, percepción y creencia que guardan algún tipo de relación con el mantenimiento y la reproducción del poder social” (Trifonas, 2004, p. 78). Cierto, una forma de apropiarnos de nuestro destino; solo que fabricada, en la era contemporánea, para ser consumada mientras nos divertimos, y por eso sin discreción alguna o, al menos, con un mínimo de ella. Vale decir que hemos transitado desde el mundo de las ideas al de la ideología[3]: según Barthes, “el mito exuda ideología” porque “trasforma el significado en forma”, recuerda Trifonas (p. 24). Recurriendo de nuevo a la expresión de Patricia Cardona, hemos pasado del héroe mítico al mediático.
La ideología acompañante inmancable del mito obra por tanto, en las múltiples representaciones del héroe mediático, oculta pero actuante en un medio de comunicación facilitador de su cautivante figura. A la ideologización de la cultura contemporánea ha contribuido sin duda el universo de los medios de comunicación de masas[4]. Pero los culpables no son los instrumentos, ellos solo reflejan y vehiculan, en proporciones gigantescas, las que Galli (2022, p. 22) ha enumerado entre las “ideologías de la posmodernidad: el neoliberalismo[5], el populismo, la ecología, el feminismo, lo “políticamente correcto”, las microideologías identitarias”. Como en toda ideología, en las de nuestro mundo contemporáneo residen parcialidad y totalidad, crítica y conformismo, acción y coacción (Galli, p.63): el mejor caldo de cultivo para actuar una manipulación.
Pero son las microideologías identitarias las que, a mi parecer, esconden una problemática más aguda. Bien podría definirlas un párrafo del politólogo Amador Fernández Savater (2012, p. 8) a propósito de la ficción política:
La ficción es la potencia de humanización por excelencia: si los seres humanos no somos simplemente un “producto necesario” de las determinaciones biológicas y sociales, sino que tenemos la capacidad de hacernos un cuerpo nuevo, la ficción actualiza y verifica esa potencia, interrumpiendo los automatismos, haciéndonos insumisos a nuestro destino escrito en los genes, los apellidos, el lugar de nacimiento o la condición social.
La ideologización de los héroes se revela por igual en la tendencia innegable a idolatrarlos. Sucedía con algunos de los héroes clásicos. Al transitar desde el héroe mítico al mediático, nos hemos ido habituando al lenguaje que en los medios de comunicación habla una y otra vez de los “ídolos de la canción”, del deporte, del cine.
Aunque los héroes tradicionales rara vez fueron confundidos con los dioses, del ídolo a la sustitución de éste por un dios había un corto trecho, que hoy superamos con mayor facilidad. En los movimientos semi políticos y apolíticos que todavía operan en el siglo XXI a favor del nazismo y el fascismo de nueva estampa[6], se evidencia la huella de todos esos individuos -raramente se trata de mujeres- que han sido elevados a la categoría de dioses. Recuérdense, por ejemplo, en el Berlín de 1936, las figuras premiadas de los vencedores en las competencias de los juegos olímpicos durante el pleno dominio del nacional-socialismo. Es verdad que el advenimiento de Adolfo Hitler y de Benito Mussolini a comienzos del siglo XX, así como el de los autócratas y opresores que los antecedieron o sucedieron, fue preparado por una cierta oleada literaria durante el siglo XIX; pero la irrupción en la escena pública de tales sujetos[7] no fue ni ha sido una eventualidad.
En Occidente, muchos entre quienes detentan ciertas ambiguas ideologías identitarias se confiesan cristianos y argumentan a su favor citando la Biblia, con preferencia el Antiguo Testamento, que asumen al pie de la letra. Es claro que no dudan nunca de las traducciones que corrompen el sentido original del texto, y menos aún son conscientes de la evolución de la fe de Israel a través de la que el cristianismo llama la segunda alianza, la del Nuevo Testamento. Al mismo tiempo, se advierte el color de la piel de sus personajes preferidos y del ámbito cultural donde prefieren moverse, el de la burguesía de “raza” blanca[8], de sexo masculino las más de las veces, porque gentes de otro género no tienen ningún derecho en el panteón de los héroes, a menos que decidan constituirse en una micro ideología identitaria alternativa[9].
Hoy por hoy, cuando el horizonte de los dioses va desdibujándose[10], no han desaparecido los héroes: “siguen existiendo para que la fe en la vida no decaiga” (Savater, 2004, p. 200). Ahora son todos superhéroes. Y mediáticos. Dominados por la ciencia y la tecnología, las alteraciones genéticas que les han dado nacimiento, los trasforman en “mutantes bondadosos”. En todo caso “con superpoderes que controlan los desmanes de la ciencia, su vestido de superhombres hace que cualquier hazaña les sea posible” (Cardona, 2006, p. 64).
Los hay en versión para niños y adultos. Ni el ya atávico Supermán, ni el Hombre y la Mujer Araña, ni los X-Men, ni el increíble Hulk, ni la Mujer Invisible, ni la Mujer Gato, ni Elektra, ni los Ninja son ya hijos de los dioses, aunque no falta alguno que afirma serlo; plenamente humanos, interesados en la intersubjetividad, abundan en ellos los sentimientos que los determinan a salvar la especie humana. Coherentes con la ideología que los vio nacer, defienden las tradiciones institucionales y el proyecto de la modernidad: la justicia, el orden, la autoridad (p.67). Algunos de ellos, sin embargo, ceden ante el gusto casi obsesivo por la apocalíptica, que se vale del miedo ante un futuro nada previsible; entonces, más que por la nobleza y el valor, optan por la violencia, que juzgan necesaria para exorcizarnos del pánico.
(Continuará…).
[1] Argumenta Bauzá (p.148) contra Rank que, al afirmar este el origen del héroe en su infancia, olvida que los mitos no son elaborados por este sino por los pueblos, adultos por tanto: pienso que el autor uruguayo no advierte las implicaciones que tiene la interpretación psicoanalítica del colega.
[2] Cuando se extiende el uso de la pólvora con fines bélicos, pierden sentido los combates individuales, y por tanto la valentía del héroe en sus luchas singulares; de ahí el delinearse de un héroe “más inclinado a lo doméstico y lo cotidiano que (a) lo sobrenatural y lo invencible” (Bauzá, pp. 123-24).
[3] El filósofo francés Destutt de Tracy acuñó el término a principios del siglo XIX como “ciencia de ideas”.
[4] Que tienden a desresponsabilizar, aislar y aun anonimizar al sujeto (Galli, p. 145).
[5] En particular, de la ideología neoliberal es lícito afirmar que su elemento justificativo “está en el pensamiento único… que presupone los individuos como igualmente proyectados hacia la competición, lo que obviamente favorece al que, en la realidad concreta, atravesada por desigualdades estructurales, es ya un privilegiado” (Galli, pp. 134-35: el autor habla del Estado social como “víctima del neoliberalismo” (pp. 133-34].
[6] En opinión de Galli (p. 144), “las nuevas ideologías se hacen consistentes más en movimientos que en partidos, en afirmaciones identitarias inmediatas que en proyectos de tipo colectivo”.
[7] “Dioses por procura” llama a este tipo de gentes Ana Della Subin (2023).
[8] “Cómo la blancura llegó a ser deificada en el nuevo mundo”: así subtitula Ana Della Subin un extenso apartado (pp. 305-378) que dedica al argumento.
[9] De héroes trasformados en dioses por los antiguos y los nuevos pobladores de América, África y aun de Asia informa en detalle el citado estudio de Ana Della Subin.
[10] Otto Rank (p. 16) sostuvo que el mito -me permito incluir allí el heroico- comienza por un nivel terrestre para proyectarse luego al “universo celeste”: este no parece interesar al héroe contemporáneo porque tampoco resulta un objetivo propio de la modernidad a la que pertenece.
Alberto Echeverri
Rovellasca, Italia
Noviembre, 2024


1 comentario
Agradable, actual y claro tu ensayo sobre los héroes. Además de bien documentado. Gracias. Esperamos ansiosos la segunda parte.