Se trata de una expresión que existe todavía en las lenguas más conocidas por los colombianos. Su origen se pierde no en la noche de los tiempos pero sí en los siglos pasados.
Desde la segunda mitad del siglo XX ha llegado casi a desaparecer del habla cotidiana. Porque, en principio bella, se trasformó poco a poco en una especie de conjuro usado siempre en ventaja del consumidor, de aquel en cuyos labios aflora.
“Gracias a Dios no soy mala gente como lo es aquel vecino mío”, “gracias a Dios mis hijos son distintos de los otros”, “gracias a Dios la enfermedad de mi marido no fue mortal”, “gracias a Dios superé el examen para ingresar a la universidad”, “gracias a Dios recuperé a tiempo la bicicleta después del incidente”, etc. etc. Un cumplido se hace también gustosamente: “Gracias a Dios en tu fábrica no fuiste licenciado como tantos de tus colegas de trabajo”. ¿Se dan cuenta ustedes de que, en todos los casos, el posesivo mío va escondido al centro de la frase? Más aún, en plural las cosas no serían distintas: nuestro, nuestra, y así por el estilo.
En el estudio del español cuando tenía catorce años, creía yo que muchos otros no resultaban incluidos en ese discurso del “gracias a Dios”: los que en efecto hacían el mal, los hijos con defectos físicos o psíquicos, los enfermos, los muertos, los suspendidos en las pruebas académicas, los vehículos que no llegaban puntuales. Por añadidura, ni siquiera los trabajadores obligados a recluirse en casa sin ninguna otra posibilidad. En el fondo, se trataba y se trata siempre de las imágenes de Dios que nos hemos construido… a nuestra imagen y semejanza, siempre en nuestro egoísta y exclusivo interés. Nada de sorprendente si alguno, tiempo atrás, ha fantaseado con la expresión: ¡Gracias a Dios soy ateo!
Fue la acusación de Jesús a los maestros de Israel en su época: “Ustedes tergiversan las palabras de Moisés y las de la Escritura”. Su Padre, el padre de Jesús, es uno que habla de amor, de misericordia, de justicia. En suma, de responsabilidad frente al hombre en su relación consigo mismo, con el otro, y con el mundo. Y así, la pérdida del trabajo, la muerte de alguien y aun la propia, las enfermedades… pueden ser interpretadas como don, como oportunidad. Oportunidades para dar gracias al Dios que hace surgir flores entre las piedras.
Alberto Echeverri
Agosto, 2026

