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Alberto Echeverri

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Se trata de una expresión que existe todavía en las lenguas más conocidas por los colombianos. Su origen se pierde no en la noche de los tiempos pero sí en los siglos pasados.

Desde la segunda mitad del siglo XX ha llegado casi a desaparecer del habla cotidiana. Porque, en principio bella, se trasformó poco a poco en una especie de conjuro usado siempre en ventaja del consumidor, de aquel en cuyos labios aflora. 

“Gracias a Dios no soy mala gente como lo es aquel vecino mío”, “gracias a Dios mis hijos son distintos de los otros”, “gracias a Dios la enfermedad de mi marido no fue mortal”, “gracias a Dios superé el examen para ingresar a la universidad”, “gracias a Dios recuperé a tiempo la bicicleta después del incidente”, etc. etc. Un cumplido se hace también gustosamente: “Gracias a Dios en tu fábrica no fuiste licenciado como tantos de tus colegas de trabajo”. ¿Se dan cuenta ustedes de que, en todos los casos, el posesivo mío va escondido al centro de la frase? Más aún, en plural las cosas no serían distintas:  nuestro, nuestra, y así por el estilo.  

En el estudio del español cuando tenía catorce años, creía yo que muchos otros no resultaban incluidos en ese discurso del “gracias a Dios”: los que en efecto hacían el mal, los hijos con defectos físicos o psíquicos, los enfermos, los muertos, los suspendidos en las pruebas académicas, los vehículos que no llegaban puntuales. Por añadidura, ni siquiera los trabajadores obligados a recluirse en casa sin ninguna otra posibilidad. En el fondo, se trataba y se trata siempre de las imágenes de Dios que nos hemos construido… a nuestra imagen y semejanza, siempre en nuestro egoísta y exclusivo interés. Nada de sorprendente si alguno, tiempo atrás, ha fantaseado con la expresión: ¡Gracias a Dios soy ateo!

Fue la acusación de Jesús a los maestros de Israel en su época: “Ustedes tergiversan las palabras de Moisés y las de la Escritura”. Su Padre, el padre de Jesús, es uno que habla de amor, de misericordia, de justicia. En suma, de responsabilidad frente al hombre en su relación consigo mismo, con el otro, y con el mundo. Y así, la pérdida del trabajo, la muerte de alguien y aun la propia, las enfermedades… pueden ser interpretadas como don, como oportunidad. Oportunidades para dar gracias al Dios que hace surgir flores entre las piedras.

Alberto Echeverri

Agosto, 2026

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Que las cosas no fueron ni serán como eran antes de la pandemia, lo sabemos todos. El problema es que, fuera del período del COVID, al menos en apariencia, las cosas no estaban iguales en el curso de los meses y de los años. El maléfico virus solo despertó en nosotros la conciencia de la constante variación de los tiempos. 

Sin embargo, todavía sentimos no solo ansia sino también nostalgia. Porque quisiéramos que nuestros hábitos se prolongaran sin fin: el café de la mañana, la pausa a mitad de la jornada de trabajo, el tren o el autobús que se detienen en el mismo lugar, la hora y el sitio del almuerzo con los colegas de trabajo o la familia, el aperitivo -si nos lo podemos permitir- o “las onces” * con los amigos al final de la tarde o en ocasiones con algún pariente; la televisión en compañía de los hijos, un sobrino o un nieto, las “buenas noches” antes de irnos a la cama. Saber que estos pequeños gestos se repiten todos los días nos confiere un invisible sentimiento de seguridad. Si faltan, irrumpe el miedo. 

Nada más extraño para la fe de un cristiano que fiarse tan solo de esta infinita reiteración de lo mismo.  Si el Señor Jesús ha resucitado, si ha resucitado en verdad, significa que todo es nuevo. La oscuridad de la tumba ha sido dejada fuera porque sus primeros pasos los ha cumplido el Resucitado en un jardín, el mismo de su sepultura; al fin de cuentas fue en un jardín, en el Edén, el primer sitio donde Dios se encontró con Eva y Adán. Y una mujer, María de Magdala, ha sido la primera que lo ha visto: “No me retengas”, le ha dicho el Señor. Porque la historia nunca se detiene. 

Desear que la realidad torne a ser la de otras épocas significa cerrarse ante la vida que se renueva cada día. Rechazar la resurrección de Jesús, del Resucitado que se pone en camino con los suyos. Y que envía, más allá de los hábitos cotidianos, a quienes quieren estar con él. 

*”Las onces”, que en otras partes son llamadas” merienda” o “algo”, en la Bogotá colombiana tradicional se toman entre cuatro y cinco de la tarde. Es evidente que nada tienen que ver con la hora vespertina: dice la leyenda que se trata de las once letras que componen la palabra aguardiente… Invito a los lectores a no pensar mal de quienes inventaron el nombre de un encuentro tan interesante.

Alberto Echeverri

Julio, 2026

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Números, cifras, porcentajes, cálculos… estamos más que habituados a estas realidades que sirven para gestionar la vida pública en cuanto tiene que ver con la economía, la salud, la educación, y aun el credo religioso. 

Sin previsiones, expresadas también con cifras, las naciones no pueden garantizar a sus ciudadanos una existencia digna y justa. 

El mismo Jesús ha hecho cálculos en una de sus parábolas. Un rey que quiere afrontar el ejército de otro soberano deberá tener en cuenta la cantidad de sus recursos, al menos el total de sus guerreros, para vencer al enemigo: sería una tontería atacar al otro si las propias cifras plantean una evidente desventaja.

Los romanos invasores y explotadores de los hebreos en tiempos de Jesús se jactaban de la superioridad numérica de sus tropas. Las temibles legiones del imperio romano habían conquistado ya medio mundo y continuaban sus campañas contra el resto faltante.

Uno de tantos centuriones va donde el Señor en busca de ayuda para cierto servidor suyo, un esclavo  que está enfermo. Las diversas traducciones del texto griego usado por el evangelio para designar al joven, obviamente un hebreo que estaría encargado de las tareas domésticas del romano, no trasmiten una idea clara del vínculo existente entre ambos. Son varios los estudiosos de la Biblia que identifican las palabras del centurión, “mi hijo”, “mi muchacho”, con una relación homosexual. Nada de extrañar en una época en la que estos enlaces, sobre todo al interior de la alta oficialidad del ejército romano, eran algo normal. 

Sin embargo, para Jesús aquel centurión y aquel muchacho no son números ni cifras para archivar en un fascículo etiquetado “homosexuales”. Invitado por el romano a visitar al joven con sorprendente conciencia de la propia indignidad, el Señor lo hace retornar a casa, asegurándole que desde ese mismo instante su petición había sido escuchada. Y resulta al menos curioso que la iglesia católica romana haya conservado en su liturgia eucarística, para prepararnos a la comunión, las palabras de un homosexual.

Alberto Echeverri

Julio, 2026

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Érase una vez un mundo en que el honor era algo construido por la gente misma.

Mujeres y hombres honraban sus vidas en la medida en que las acciones concretas hablaban de su dignidad, de su credibilidad, porque el decir y el actuar coincidían en su historia. Sucedía a veces en tal medida que ella o él eran promovidos al honor de la santidad entre los cristianos. Y así el honrar a los santos no era nada distinto de reconocer en ellos la integridad de la vida. 

La historia había comenzado desde la declaración de las diez palabras, los diez mandamientos: “Honrar a padre y madre”. En su pacto con Israel, Yavé Dios pensaba en padres verdaderos, es decir, aquellos que generaban hijos educados para la belleza, la bondad, la verdad. En suma, para la vida. 

Hubo, sin embargo, una época que hizo una denigrante lectura de la palabra bíblica. Desde entonces “honrar a padre y madre” significó que el padre era algo sagrado pues la Escritura lo ponía en primer lugar; el segundo correspondía a su mujer, no otra cosa que un accesorio más; los doctos la llamaron complemento. 

Mientras Jesús afirmaba que su Dios era trinidad, y por tanto, una comunidad de amor, aquel padre se aburría en su solitaria dignidad. Ya que no había construido su propio honor, empezó a exigírselo a los otros: debía ser honrado a pesar de sus patrañas. Fue así como quiso hacerse pagar los tantos sacrificios que había asumido en nombre de los hijos. Y el honor fue ubicado en el primer puesto, más allá de la vida misma que poco a poco perdió su significado. 

Ya que el padre era el origen de la familia, el fundamento de toda humana existencia, bien podía él decidir sobre la vida y la muerte no solo de los hijos sino de todos los demás. Los tribunales rebajaron las penas para quien asesinaba al que había irrespetado su propiedad más preciada, la mujer: era tan solo un delito de honor. Al fin de cuentas era él, el varón, el garante de un derecho concedido por Dios mismo.

En un cierto momento, Eva y Adán descubrieron en el jardín del Edén que estaban desnudos. Vale decir, llegaron a tomar conciencia de su propia realidad. Y si aquel padre de quien hablamos descubriese su propia desnudez…

Alberto Echeverri

Junio, 2026

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Individuos y grupos elegidos por la divinidad para tener poder sobre sus semejantes parecen haber existido desde siglos inmemoriales. 

Pero el lío comenzó para nosotros cuando una dudosa traducción del texto, respaldada por la ambición de los destinatarios directos, convirtió al Israel bíblico en “el pueblo elegido”, con artículo determinado, ni siquiera uno de los tantos posibles. Y como los cristianos, sobre todo los católicos, nos hemos sentido sucesores directos de ese pueblo, somos ahora nosotros los elegidos por Dios. 

Gentes tan dignas, nada menos que seleccionadas de entre tantísimas otras, merecen las mayores consideraciones. De ahí que la nobleza de nuestros invasores -me refiero a la clase social existente entre ellos, no a su magnanimidad- y los gustos burgueses que de ellos heredamos hayan logrado que la eventual elección divina recaiga por añadidura en determinados sujetos. 

Para los tiempos que hoy corren, los del mundo secularizado, esa señal no distingue tanto a los que optan por una “vocación religiosa” -aunque no faltan- sino ante todo a los políticos. Hay unos que, según el decir de muchos, son los que nos conducen al desastre, pues han sido elegidos por un personaje al que preferimos no dar nombre preciso, el enemigo del Todopoderoso. Y hay otros en quienes residen cualidades insuperables con las que el Omnipotente, que los prefiere a cualquier otro, ha adornado sus preclaras personas: cuando él pone sus ojos sobre uno de ellos, es porque ha decidido que de esa manera se perpetúe en honor suyo la pugna entre el ángel bueno y el ángel malo, pues para el partido del primero nos ha elegido desde siempre.  

Hay que elegir a quien valga la pena que confiemos en él o en ella para que, al menos, nos proteja de caer en el abismo, opinaban los abuelos. Sabían que no era asunto de la Trinidad santísima sino, en exclusiva, problema nuestro esa designación. Por eso en vísperas de cualquier elección política habría que añadir una petición final al Padrenuestro: “Libranos, Señor, de tus elegidos”. El amén (¡así sea!) es conclusión obligada de cualquier oración cristiana.  

Alberto Echeverri

Junio, 2026

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Cuentan cada tanto las crónicas de la televisión, la radio y la prensa escrita las proezas de tantos connacionales y de algunos llegados hace poco a Colombia que incendian inmensos territorios del país. Las motivaciones son variopintas. Dos entre las más usadas: desde el sagaz que quiere comprar el terreno (a veces hectáreas desmesuradas) a bajo precio hasta el enfermo mental que enciende la mecha convencido de su inteligencia superior ante el espectáculo del mundo carbonizado que le genera profunda serenidad interior.                

Hemos sido los occidentales, según los investigadores, quienes hemos creado el tormento de las hogueras para las brujas -raramente se trataba de un brujo-, los herejes, los hebreos, los protestantes, los musulmanes… Otros pueblos, menos cultos creemos nosotros, preferían expedientes más “moderados”: decapitación, ahorcamiento, crucifixión. Ninguno de estos métodos parece que tuviese la crueldad de la muerte entre las llamas. 

El fuego, uno de los cuatro elementos de la naturaleza, ha deslumbrado siempre a mujeres y hombres. Abundan además las experiencias espirituales reportadas por la historia de las diversas religiones. Para los cristianos, y también para nuestros antepasados bíblicos, el fuego es un símbolo de la presencia invasora de Dios que empuja a ir más más allá de las dificultades o los acontecimientos no placenteros. En suma, el fuego del Espíritu. Que resulta acoplado al viento. Y todos sabemos lo que logran provocar en conjunto el fuego y el viento. 

“He venido a incendiar el mundo, ¡y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!”.  Los biblistas afirman que el evangelista Lucas piensa en el bautismo del Espíritu (¡el viento!) y el fuego de Pentecostés. Por tanto, corresponde a nosotros, cristianos, escoger entre quemar la tierra y las criaturas que en ella viven o hacerla arder en el fuego del Espíritu. 

Alberto Echeverri

Mayo, 2026

                                                                                                                                

                                                                                                                                    

                                                

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“Todos hermanos, hermanos todos” subrayaba el papa Francisco más de un quinquenio atrás. De lo contrario, como advertía Mahatma Gandhi, “ojo por ojo y el mundo se volverá ciego”. Una lectura, la de Francisco, de muchos trozos evangélicos, entre ellos uno mal conocido: “Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o mediador sobre ustedes?”. Es Jesús quien responde a la cuestión que le plantea uno de sus oyentes: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. 

Justo como en los actuales tiempos: miremos el eterno litigio, hecho de muerte y destrucción, entre el estado de Israel y la Palestina que trata de convertirse en país. Un mismo origen el de ambos pueblos, una historia compartida desde hace siglos. Sin embargo, la supuesta fraternidad ha provocado una enemistad que perdura hasta hoy. 

La alianza iniciada por el Dios que confesaba el Israel bíblico ha desembocado, para muchos israelíes, en un asunto exclusivamente jurídico: si se practicaban determinados ritos y normas, el Dios de los patriarcas y los profetas, de Judith y de Sara, de Ester y Ruth, el de Salomón y David protegería a los suyos, vale decir, solo a Israel. Un Dios, en suma, juez de los hombres y entre los hombres. 

Es algo habitual entre nosotros que también los social media sean usados para compartir nuestras opiniones sobre la actual guerra entre los dos países. Vale la pena, sin embargo, estar atentos al modo como lo hacemos, porque nos arriesgamos a ofender muchas sensibilidades distintas. Hay un estilo francamente fraternal de plantear las discusiones y hay otro hostil. Este último nos conduce a juzgar a los demás. Entonces, ¿por qué no poner en discusión más bien el propio estilo de vida y los propios valores? Probablemente descubramos que también el Dios de Jesús ha renunciado a ser juez entre nosotros. Y sobre nosotros mismos. 

Alberto Echeverri 

Mayo, 2026

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En la segunda mitad del siglo XIX dos mujeres estadounidenses, madre e hija, obtuvieron, según muchas otras connacionales, una conquista: un día de fiesta especial para las mamás, las de su país obviamente. 

En realidad, querían crear amistad entre las madres de los soldados, caídos y sobrevivientes, de la conflagración entre el norte y el sur. La cosa llegó a ser casi universal, por lo menos para el occidente del mundo que la celebra gustoso. Con el tiempo, un pequeño litigio surgió, por todas partes, sobre si la fecha debía ser la del segundo domingo de mayo o preferencialmente la más cercana a la llegada del estipendio quincenal… ¡”Poderoso caballero es don dinero”!, decíamos tiempo atrás. 

No falta sin embargo otra opinión sobre el origen de la festividad. Sería más bien una venganza. Y una venganza entre silenciosa y humorística. Nadie se negaría a festejar la propia madre, las madres de su familia y aun aquellas de los amigos. ¡Faltaría más! 

Pero en el fondo, las mamás, dejadas siempre al segundo puesto en la familia porque la casa, los bienes todos y hasta los hijos pertenecían al patrón, el eterno macho, elegido por el buen Dios (¿?) para dominar la escena, se cansaron y empezaron a decir su palabra.

Se hartaron de ser “los ángeles del hogar”, como decía alguno de los manuales de urbanidad que conocimos. Al menos un día durante el año estarían colmadas de regalos, incluida la celebración de la misa en su intención, y a veces algún paseo o pequeño viaje del grupo familiar. 

Pero cuando a la casa de la madre llegan a festejarla novias y novios, las nueras y los yernos, los hijos casados o inveterados solteros, y las respectivas hordas de nietas y nietos … ¡ay!… la pobre mamá queda condenada a recibirlos a todos: ¡al fin de cuentas el hogar de la madre es siempre el mejor! Y a hacer de comer y beber para toda la tropa. Tendrá que contentarse con los regalitos de cada uno de los autoinvitados…

Me doy cuenta de que, en el evangelio de Lucas, la única mujer atareada con los oficios de la casa no es ni siquiera una mamá. Marta “se gana” una delicada reprensión del amigo Jesús cuando protesta porque su hermana María no le ayuda sino que prefiere permanecer escuchando al huésped. De hecho, las madres de las que hablan los evangelistas no parecen tener mucho que ver con las actividades domésticas; ¿quizá solo la suegra de Pedro o la mujer que empasta la harina?

Así sea una bella cosa celebrar las faenas de la madre en una fecha especial, las mamás tienen necesidad de atenciones todos los días del año. Lejos de nosotros el convertirnos en niños consentidos. Más bien hijos siempre gratos por el regalo de haber tenido una madre. 

Alberto Echeverri

Mayo, 2026

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El infierno es un tema antiquísimo en nuestra cultura. Sirve no solo a muchas religiones, también a la vida cotidiana. 

Los culpables de ciertos pecados, seleccionados siempre de acuerdo con la mentalidad de las diversas épocas más que en virtud de lo dictaminado por los textos religiosos fundacionales, tendrán como destino definitivo el infierno, es decir, las regiones inferiores de la tierra misma lejanas, en todo caso, del cielo. Porque las regiones superiores, los llamados cielos, son la residencia definitiva -y exclusiva- de los justos, que mirarán a los condenados desde el más allá de las nubes y las estrellas, sin posibilidad de comunicarse con ellos. Los peores sufrimientos se dan por descontado para los réprobos.  

En las casas, las oficinas públicas y privadas, las fábricas y aun las calles ese “¡vete al infierno!” ha llegado a ser un insulto corriente, demasiado corriente. Sin arribar al silencioso pero cruel placer de los testigos, que hacen ver las películas sobre las ejecuciones como abrazo con la muerte, nosotros colombianos, si estamos llenos de rabia, enviamos gustosos a los demás fuera de la vista de los comunes mortales. 

Las primeras pinturas cristianas de Jesús resucitado nunca muestran el momento mismo de la salida del sepulcro, esas son muy posteriores. Los cristianos orientales representan al Resucitado en su descenso a los infiernos, a los lugares inferiores, donde esperaban al Mesías matriarcas y patriarcas, profetisas y profetas, reinas y reyes, y todos los justos fallecidos antes de su llegada, comenzando por Eva y Adán. 

Si antes de cualquier otra cosa el Resucitado llegó al infierno para liberar de la muerte a aquellos que se habían fiado del amor de Dios, quizás el infierno merecería una mirada distinta. Al menos por parte de los cristianos. 

Alberto Echeverri

Mayo, 2026

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En la Italia católica se celebra el 19 de marzo la “fiesta del padre”. Pero en la liturgia es la fiesta de san José. He pensado en el significado para los católicos del rol que tuvo el padre putativo de Jesús (la palabreja, que tiene mal sabor entre nosotros, indica que “se decía que era su padre”) en el pequeño trío del que hizo parte. Y he descubierto que los cristianos de hoy sabemos poquísimo sobre él. 

Nota de la Redacción: Por un error editorial, este artículo debería haber sido publicado el 19 de Marzo, la “fiesta del Padre” como lo dice su autor. Lo hacemos hoy, día de “San José Obrero”, para celebrar su faceta de trabajador y carpintero.

Como de costumbre, los nombres de los personajes importantes de la segunda alianza (el Nuevo Testamento) son simbólicos. Nos reenvían a la primera alianza, al así llamado Antiguo Testamento. Nuestro José entra así en la órbita de su homónimo de la época de los viejos patriarcas. Este último era hijo de Jacob, un nombre que quiere decir Israel, y por eso el padre de los hebreos que llegaron a ser israelitas. José de Nazaret estaría entonces al origen de la prolongación del pueblo de Dios del que hace parte la Iglesia.  

El José antiguo era muy joven, el más pequeño de los doce hijos de Jacob. Nada tiene que ver entonces san José con las tantas imágenes que lo figuran como un hermoso viejecito (que fuese bello o feo nadie lo sabe), semejante más a un abuelo que tiene en brazos un nietecito, no un hijo. La hipótesis de que María fue confiada a un marido entrado en años para proteger su virginidad, quizá costumbre de la época, no parece tener fundamento evangélico. Pero, ante todo, estoy convencido de que María y sus padres no eligieron para ella como novio un anciano: ¡también la futura madre de Jesús, al igual que las normales muchachas de su tiempo, tenía un mínimo de buen gusto!… con respeto de los lectores ancianos, incluido yo mismo.

Perdonó el primigenio José a sus hermanos que, celosos ante las evidencias de la preferencia de Jacob por ese hijo, lo vendieron a unos desconocidos mercaderes. Caídos los once en desgracia, prófugos en Egipto para escapar de una tremenda carestía en Israel mientras José detentaba el segundo lugar en la corte del Faraón, reconoció a sus hermanos desde el inicio del reencuentro, pero ellos no a él. Y si san José se une a María para colaborar en la extensión del pueblo de Dios, también es uno que perdona: tuvo que “perdonar” a Dios que le confiaba una misión para él incomprensible (¡ser padre de un niño nacido del Espíritu Santo!). Y todo, como en los años del antepasado José, a través de sueños. 

¿Podría por tanto obligarse a san José a continuar siendo el patrono de esos padres que no cumplen sus responsabilidades para con los hijos? Estamos demasiado habituados a verlo como prototipo de los buenos papás, de los que parecieran existir cada día menos. Por otra parte, los santos cristianos no resultan propuestos de modelos imitables solo para los justos, sino sobre todo para los pecadores: como los hermanos del primer José. 

Alberto Echeverri

Marzo, 2026

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“He hecho testamento antes de vacunarme”. Eran las palabras de muchos, por los tiempos del COVID-19 y aún después, ante la interminable discusión internacional a propósito de las vacunas. 

La sólita carrera contra la muerte. Al mismo tiempo, hay tantos que no han tenido algún momento para manifestar o firmar su última voluntad: la anciana sin ayuda ni parientes que muere sola en casa suya; el habitante de la calle que se extingue de un momento a otro sobre el andén; el niño que, embarcado sobre una canoa en busca de libertad pero ahogado, es devuelto por el mar a la playa de un país extraño… Más todavía, ninguno tiene cosa alguna que dejar a los otros en herencia. 

Miedo ante el final de la vida. De la hermana muerte que nos acompaña en todo momento desde el nacimiento. “Es de la muerte la única realidad de la que podemos estar seguros” decían desde hace siglos los antepasados. Hoy preferimos no pensar en ella como algo cierto. Hacemos lo posible, y a veces lo imposible, por alejarla de nuestros proyectos. No falta alguno que recomienda tomarla del pelo, con la sonrisa irónica del sabelotodo que cree haber aprendido a vivir un poco mejor. Pero “la pelona” permanece allí, al lado y de frente a nosotros, imperturbable. 

La condena a muerte emitida por un tribunal continúa estando en discusión a nivel mundial. Pero hubo alguien que la asumió no impávido sino como obvia consecuencia de sus pronunciamientos ante las injusticias y las idolatrías de todo género, surgidos inevitablemente de su propia misión. 

Jesús de Nazaret marcha, sufriente pero sereno, hacia Jerusalén donde sus contradictores se han puesto de acuerdo para asesinarlo. La narración de los evangelistas lo muestra sospechoso de esos planes. Que tenía que dar por descontado, había subrayado él mismo con frecuencia durante su vida. No retrocederá ni siquiera en el huerto de Getsemaní, angustiado porque habría preferido un final distinto para su historia. 

Colombia, “expectativa de vida en torno a los 78 años (dato de 2026), entre los primeros cinco países sudamericanos, cifra superior al promedio mundial de 73,5 años”. Atención, sin embargo: los tradicionales tres años de “vida pública” de Jesús, narrados por la historia sagrada de antaño, según los estudiosos se redujeron en realidad a un año y medio al máximo. ¿Entonces?

Alberto Echeverri

Abril, 2026

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Black and white photo of a crucifixion sculpture with dramatic sky backdrop.
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Pareciera que el asunto de los méritos, y por eso de los merecedores, perteneciese a la más antigua historia de la humanidad. Desde que el mundo es mundo se ha dicho que son los merecedores los únicos que merecen figurar en la sociedad, en la familia: vale decir, los que poseen algo de lo cual jactarse y nunca avergonzarse. Sin embargo, más de una, más de uno de ellos podría llegar, a pesar de sí mismo, a hacerse indigno; por tanto, escaso de méritos

En la vida pública se trasforma en persona virtuosa aquella o aquel que lo merece: presidenta o presidente, senadora o senador, alcalde o alcaldesa, empresario o empresaria, policía, juez, ministro de la iglesia, etc. De todas y de todos, antes de confiarles el encargo, se enlistan los méritos. 

Más todavía entre nosotros cristianos: del protestante o del ortodoxo o del católico de a pie se espera que conduzca una vida acorde con su fe, de un obispo que merezca su nombramiento, y así por el estilo, de un reverendo, de la superiora de una congregación religiosa, del seminarista que se prepara a su ordenación para el ministerio, del acólito así sea apenas un niño, de la catequista o del catequista… La liturgia misma de la misa terminaba las oraciones invocando los méritos de Cristo Señor pues hemos estado convencidos de que el buen Dios Padre no puede responder a nuestras súplicas si su Hijo no hubiera tenido méritos, y abundantísimos. 

Obviamente, existen por igual, en lugar de los merecedores o junto a ellos, los no merecedores, los “indignos”. Algunos de esos resultan simplemente descartados, proscritos de la especie humana. Pero como nunca falta alguno peligroso, y en extremo, se lo somete al público ludibrio o se lo mata: “!merecía morir!”, gritan entonces muchos entre quienes están convencidos del exceso de sus propios méritos. Uno de estos, el conocido jefe de Estado que en la escena internacional continúa haciendo cuanto le viene en gana para procurarse el nobel de la paz, persuadido de merecerlo, en justicia, de tiempo atrás… 

¿Recuerdan Uds. que uno de esos indignos, sin mérito alguno según sus mismos paisanos, fue un cierto sujeto llegado de un pueblucho, cuya familia no figuraba para nada en la vida pública, y que caminaba siempre acompañado de un grupillo de gente sospechosa? Terminó además en el peor modo posible, condenado a una muerte infamante. Había prometido la mar de cosas bellas para quienes no merecían nada porque él mismo no hablaba nunca de méritos ni de gente merecedora. Se llamaba Jesús de Nazaret. 

Alberto Echeverri        

Abril, 2026

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Hace cerca de cinco siglos, Thomas Hobbes, un filósofo inglés creador de cierta teoría del Estado moderno, afirmaba que el hombre no es más que un lobo para los otros hombres. 

Incluidas las señoras, obviamente. Quería subrayar la tremenda agresividad que reside en cada uno de nosotros en la relación con los connaturales. 

Pero desde ese momento fue el pobre lobo el que se ganó las antipatías ajenas. Quienes lo conocen saben muy bien que el animalejo ataca a algún ser viviente solo si está atormentado por una gran hambre. De resto, como lo supo san Francisco en Gubbio, puede ser un huésped más o menos agradable en los paseos por el bosque. La desventurada Caperucita Roja por tanto se tropezó con uno absolutamente famélico.

Por fuera del hambre biológica existen otros tipos de hambre. Uno es el hambre de poder. Para testimoniarlo, las transnacionales, por ejemplo. Tiempo atrás se hablaba por todas partes de ciertos oligarcas que reúnen inmensas fortunas, delante de tantísimos connacionales que exhiben estómagos hambrientos. Y sobre todo tenemos la guerra que todos temíamos, hoy a las puertas: que es una fea, muy fea historia de agresividad sin límites. 

Al mismo tiempo, sin embargo, no faltan las historias de superación de la agresividad, cuando esta resulta sustituida por una solidaridad que empieza por no tener, tampoco ella, límites. Advierta el lector que gente tan pródiga solo recibe la aceptación ajena cuando es blanca y rubia: los negros africanos o afroamericanos, los asiáticos de piel oscura o los indios no cuentan, son rechazados. Unos y otros padecen la realidad del lobo humano, sea mujer u hombre, hambriento de su “raza”. 

También Jesús oyó decir a sus compaisanos que no era “hijo de Abraham” (el buen patriarca llevaba siglos en el limbo, esperando la resurrección): hambre de una familia distinguida, connotada, digna de consideración. No simple respeto de los otros por lo que son, simples criaturas vivientes. Y entre estas, hijos de Dios: lo ha declarado Jesús de Nazaret. 

Alberto Echeverri

Rovallesca, Italia, Marzo 2026

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Para muchos, mujeres y hombres, resulta ser un problema mayúsculo, o cuando menos un desafío, eso de amar a los papás. 

El texto del catecismo habló siempre tan solo de honrarlos. Pero en el español latinoamericano la honra se nos quedó relegada a las honras fúnebres para cualquier persona y a la honorabilidad de la conducta propia o ajena; por eso hacemos equivalentes honra y amor. Y como el precepto figura entre los “mandamientos de la ley de Dios” que, si ignorados, nos ubican fuera del equipo de los salvados, el asunto genera una culpabilidad permanente. Porque, además y si queremos ser francos, abundan el padre y la madre que, en términos de merecimientos, solo son acreedores de ser dejados en el olvido hasta llegar a la negación de cualquier relación con ellos: lo testimonia en varios países la cifra creciente de parricidios, no pocas veces a manos de menores de edad.

Para mayor confusión en el evangelio, el mismo Jesús tiene tan solo un padre que se decía era el suyo -putativo, aunque la palabreja suene mal a algunos- y de la madre se ha dicho cada cosa poco amable o todavía viviente se la ha elevado a los cielos en cuerpo y alma. 

Corría el año 1893 cuando, en un contexto antimodernista y antisocialista, creó León XIII la fiesta de la Sagrada Familia, pero muchos siglos antes Jesús en su predicación invitaba, a quien quería ser discípulo suyo, a preferirlo a él mismo sobre el padre, la madre, los hermanos, la esposa, el esposo y hasta los propios hijos.

El texto bíblico nunca habla de amar a los padres, manda que los honremos. Más todavía, en esa honra no incluye a los hermanos ni a otros parientes que se nos asignan junto a los genes trasmitidos al concebirnos: con estos y aquellos tendremos que construir la familia, que nos llega predeterminada por las pequeñas y grandes decisiones de los progenitores. Hay pues todo un reto en el ideal de la fraternidad humana como base de una sociedad mejor.

De los padres nos viene la existencia misma: honrarlos significa estar prontos a reconocer activamente su (inevitable) papel en nuestra vida y por eso respetarlos. Más allá de lo ejemplares que sean en la vida pública o de su comportamiento con nosotros o con nuestros hermanos. En fin, más allá del amor que “sintamos” por ellos.

Y entonces, ¿qué pasa con el padre de Jesús, al que llamamos padre nuestro y a quien estamos convocados los cristianos a amar, no solo a honrar? Creo que la diferencia está en la desmesura del amor de ese padre por su hijo, cuyo rostro ve reflejado en cada uno de nosotros. El honrar a los que nos han traído al mundo se trasforma así en un camino para acoger el amor del Padre. 

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Quizás una bella declaración. Pero… ¿de una propiedad de otro? ¿Más bien de la dependencia de quien, dispuesto a ingresar en el mundo de la “educación superior” -la que en la vieja tradición occidental formaba para ejercer en la sociedad como adulto- debe ser vigilado por sus docentes como si fuera un niño porque tan solo está a punto de terminar la “educación media”? 

¿Declaración de la relación afectiva, cultivada en un camino que se ha hecho junto al hijo, por parte de quien afirma ser su padre?

Cierta deriva “familiarista” en nuestra cultura que oscila entre los meros vínculos de sangre y el componente religioso, no tiene empacho alguno en llamar padre también al fundador de cualquier organización ideada por un solo hombre. Lo que, en mi opinión, nos ha conducido al reconocimiento de una propiedad exclusiva sobre las ideas y, en consecuencia, de las decisiones tomadas por los adultos que la administran. Lo he oído en estos días de boca de un empresario: “!Yo soy el papá!”. No uno que ha dado vida a una institución social, política, religiosa, cultural, etc. ¡No! Uno que trasmite con claridad que las ideas pregonadas por él, humanas o benéficas, son de su absoluta propiedad, crecieron en su cuna. 

La relación padre-hijo es una realidad histórica. Y al mismo tiempo un asunto complejo, que los dos tendrán que poner en discusión por causa del factor poder donde ambos resultan siempre implicados.

El Señor Jesús ha llamado padre a alguno que, permaneciendo en el misterio, le significa la única verdadera explicación del itinerario de su propia vida, muerte y resurrección; para colmo, invita a sus discípulos a no llamar a nadie “padre” en este mundo. 

Y José de Nazaret transcurre su historia, breve por cuanto tiene que ver con el dato evangélico, entre la duda y la fe a propósito de su paternidad sobre el hijo de María. Parece haberlo entendido, desde el inicio de su libro, el autor de Don Quijote (un “cristiano nuevo” el personaje y quizá también Cervantes) quien se burla de merecer el ser tenido como padre de las 800 páginas escritas por él. Pertenece, por tanto, en exclusiva a los hijos identificar como papá a alguien. 

Sin embargo, existen cristianos que sostienen ser papás de alguna cosa. Probablemente las “madres” de esa realidad, si existieran, podrían dar su opinión a tal propósito. Mientras tanto el Evangelio, en lugar de padres y de madres, prefiere hablar de hermanos. Por lo demás, con un significado absolutamente nuevo que descarta los simples lazos de sangre.

Alberto Echeverri

Rovallesca, Italia

Febrero, 2026

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