Quizás una bella declaración. Pero… ¿de una propiedad de otro? ¿Más bien de la dependencia de quien, dispuesto a ingresar en el mundo de la “educación superior” -la que en la vieja tradición occidental formaba para ejercer en la sociedad como adulto- debe ser vigilado por sus docentes como si fuera un niño porque tan solo está a punto de terminar la “educación media”?
¿Declaración de la relación afectiva, cultivada en un camino que se ha hecho junto al hijo, por parte de quien afirma ser su padre?
Cierta deriva “familiarista” en nuestra cultura que oscila entre los meros vínculos de sangre y el componente religioso, no tiene empacho alguno en llamar padre también al fundador de cualquier organización ideada por un solo hombre. Lo que, en mi opinión, nos ha conducido al reconocimiento de una propiedad exclusiva sobre las ideas y, en consecuencia, de las decisiones tomadas por los adultos que la administran. Lo he oído en estos días de boca de un empresario: “!Yo soy el papá!”. No uno que ha dado vida a una institución social, política, religiosa, cultural, etc. ¡No! Uno que trasmite con claridad que las ideas pregonadas por él, humanas o benéficas, son de su absoluta propiedad, crecieron en su cuna.
La relación padre-hijo es una realidad histórica. Y al mismo tiempo un asunto complejo, que los dos tendrán que poner en discusión por causa del factor poder donde ambos resultan siempre implicados.
El Señor Jesús ha llamado padre a alguno que, permaneciendo en el misterio, le significa la única verdadera explicación del itinerario de su propia vida, muerte y resurrección; para colmo, invita a sus discípulos a no llamar a nadie “padre” en este mundo.
Y José de Nazaret transcurre su historia, breve por cuanto tiene que ver con el dato evangélico, entre la duda y la fe a propósito de su paternidad sobre el hijo de María. Parece haberlo entendido, desde el inicio de su libro, el autor de Don Quijote (un “cristiano nuevo” el personaje y quizá también Cervantes) quien se burla de merecer el ser tenido como padre de las 800 páginas escritas por él. Pertenece, por tanto, en exclusiva a los hijos identificar como papá a alguien.
Sin embargo, existen cristianos que sostienen ser papás de alguna cosa. Probablemente las “madres” de esa realidad, si existieran, podrían dar su opinión a tal propósito. Mientras tanto el Evangelio, en lugar de padres y de madres, prefiere hablar de hermanos. Por lo demás, con un significado absolutamente nuevo que descarta los simples lazos de sangre.
Alberto Echeverri
Rovallesca, Italia
Febrero, 2026

