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Alberto Echeverri

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Hijos hay muchos. Algunos gentiles, otros amargos, aquellos optimistas, los de más allá dedicados a hacer la propia voluntad y así por el estilo. 

En Colombia empiezan a faltar los hijos de acuerdo con recientes estadísticas. Sin embargo, los niños son estimados, protegidos, amados; en tantísimos casos, sobreestimados. 

Sobreestimados quiere decir que se les profesa un afecto rayano en la adoración: “Mi tesoro adorado” para muchas mamás, no importa la edad del vástago. El papá no se atreve a usar ese lenguaje pero en el fondo siente lo mismo. ¿Ellas y ellos han olvidado quizás el primer mandamiento, la primera palabra: “Al Señor tu Dios servirás y a él solo adorarás”? Quizá lo peor no sean los casos individuales. El extremo es, sin duda, el culto de la juventud agazapado en  ese estilo de la relación entre padres e hijos. 

El tío anciano y la abuela decrépita estorban, la suegra o el suegro seniles suscitan fastidio. Los hijos nunca, menos aún si llegaron hace poco tiempo. Los proyectos de los padres tienen siempre que ver con estos seres que comienzan a vivir. Los viejos no merecen proyectos, al fin de cuentas morirán en cualquier momento. Pareciera que nuestra época fuera el tiempo de la juventud y solo de ella. Hace tiempo las antigüedades eran estimadas, apreciadas, muy bien pagadas. Hoy estas viejeras han pasado, lo importante es renacer siempre. O, al menos en la era de los cirujanos plásticos, mantener el rostro y el cuerpo jóvenes porque las arrugas ya no suscitan admiración. 

Afirman los teólogos que no se entiende la fe cristiana sin el pasado hebreo. He pensado con frecuencia que el san José, padre putativo de Jesús, que desde hace siglos resulta pintado y esculpido como de edad avanzada y por eso patrono de los agonizantes y de la buena muerte (la de los ancianos, obviamente), no sea otra cosa que el mejor símbolo de una venganza sofisticada: la de los admiradores de los viejos profetas contra el sobredimensionamiento de la juventud. 

Pero si de hecho nuestras raíces, las de los cristianos y las que heredó América Latina de la colonizadora Europa, son más, mucho más antiguas, en el fondo ya no se trata de una moderna adoración de los niños. Tan solo del simple y rotundo miedo a la muerte, siempre al acecho. Lo demostró la pandemia de hace varios años. 

Alberto Echeverri

Octubre, 2026

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Es verdad que no todo cuanto leemos en el Evangelio narra hechos históricos verificables.  Lo sabían los mismos evangelistas que preferían usar símbolos (también lingüísticos) para anunciar a los demás, no testigos de la presencia de Jesús como ellos, una experiencia que percibían fuera de lo común. 

Pero ha sido ese un hábito generador de muchas dificultades cuando tratamos de entender ciertos términos, usados por los cuatro autores, en el modo de escribir una lengua que, ¡puf!, mezclaba el hebreo con el griego; lejano este último para nosotros, propio de especialistas el otro.

A ese propósito, si leemos el texto evangélico nos parece que Jesús no se interesa tanto por los enfermos en cuanto tales como sí lo hace con los pobres:  dar el primer puesto a los pobres fue su opción, y debería ser por tanto la nuestra. “A los pobres los tendrán siempre con ustedes” afirma él mismo en cercanías de Jerusalén la víspera de su pasión. Economistas y sociólogos están de acuerdo en sostener que haya sido la pasada pandemia una de las causas del atraso y del retardo en las soluciones a la pobreza. Una de esas fallas, el que buena parte de nuestros ancianos -hoy en aumento cada vez más acelerado- y no pocos adultos vayan al encuentro de la muerte por causa de diversas enfermedades: el famoso coronavirus, escaso hoy pero todavía actuante, es una prueba irrebatible. Entonces, ¿no sería posible incluir en ese primer puesto a los enfermos? 

Somos nosotros, y no por cierto el evangelio cuando sabe que los enfermos hacen parte de los pobres a los que respalda la actitud de Jesús, quienes hemos trasformado el sustantivo, el nominativo pobre en un subsidiario adjetivo. Por eso hablamos de “pobre enfermo”, “pobres enfermos”, “pobres pacientes recluidos en un hospital”. Y también por eso, como en los tiempos de la pre- y la postpandemia, procuramos mantenernos lejos de los enfermos y de los centros que los acogen. 

Ha llegado la hora de cambiar nuestro modo de expresarnos: “pobres porque enfermos”, “pobres porque sufrientes, “pobres porque recluidos en un hospital”, “pobres porque sometidos a largos tratamientos”. En suma, porque necesitados de misericordia, una misericordia que surja desde nuestras vísceras. Como la de Jesús frente a los enfermos. 

Alberto Echeverri

 septiembre 2026 

                                                           

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Oramos con gusto por los otros. Encomendamos a Dios la vida de nuestros seres queridos, de los enfermos, de los pobres conocidos y desconocidos, del vendedor de periódicos que frecuentamos, de la empleada del supermercado cercano, del párroco amigo, a veces la de algún enemigo, y así por el estilo. Pero raramente, o mejor nunca, incluimos en la oración a quienes asisten a los servicios fúnebres. 

Sin embargo, también ellos tienen necesidades como los demás, como nosotros. Y alimentan recuerdos del pasado vivido, con sus dolores y sus alegrías. Quienes son pareja esperan el retorno a casa para abrazar a los niños y descansar. Y, al igual que tantos entre nosotros, están preocupados por llegar al final de mes con lo necesario para pagar los impuestos y saldar las deudas. Se sienten siempre en vilo los funebreros entre el porvenir personal -si vivirán todavía más o menos años- y el futuro laboral, incluido el de sus hijos. 

Cierto que no los incluimos en nuestras oraciones por maldad, sino por simple miedo. Nuestro incontestable miedo a la muerte, de la que ellos se ocupan un día tras otro. Un oficio que ha llegado a ser, desde hace algunos siglos, una verdadera profesión. En tiempos antiguos los muertos eran sepultados por sus parientes o amigos. También la Biblia narra el final de la vida de los patriarcas, de algún rey o profeta con tonos un tanto solemnes, incluida la sepultura. Jesús mismo recibió un sepelio misericordioso por parte de discípulos encubiertos; y de las piadosas mujeres que se trasformarían en las primeras testigos de la resurrección; iban en realidad al sepulcro para ungir a su amigo por última vez. 

Los asistentes de los servicios fúnebres en todo el mundo tuvieron que ocuparse de los últimos gestos de despedida hacia los innumerables muertos por causa del COVID, sepultados por fuerza en silencio, lejanos de sus familias y sus amigos. Así no conocieran esos difuntos. Y hoy lo hacen con los anónimos habitantes de la calle que fallecen por el frío, con los soldados y los niños y los ancianos que mueren destrozados en las guerras de todos los días. Merecen sin duda nuestra simpatía y solidaridad, y nuestro respeto, aún en la oración. 

Alberto Echeverri

Septiembre, 2026

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Retornan con frecuencia los mismos titulares de periódicos y noticieros en la televisión y la radio. Hablan de las estadísticas colombianas de los nuevos feminicidios, más de 472 casos durante el año 2025 -según la Defensoría del pueblo-, más de una mujer agredida a muerte cada día. 

Un dato curioso: en Italia, en tiempos de la pandemia, no obstante la situación, fueron cerca de 100. Es verdad que el abuso sexual de una joven o de cualquier mujer es repugnante. Pero el ataque con ácido, el apuñalamiento y sobre todo su asesinato me dejan sin palabras. 

Perder la cabeza, sentimientos de profunda rabia y aun furia por la traición de la novia o la esposa con un eventual amante, agrias discusiones sobre la educación de los hijos, problemas financieros, intervenciones arbitrarias de los suegros o de los parientes, falta de una suficiente atención a las necesidades y expectativas del cónyugue, rechazo inadecuado de las atenciones del cortejador, y un largo etcétera. Todas son excusas que nunca terminan y que a veces llegan a ser justificantes hasta en los tribunales. Hombres que nunca han terminado de serlo.

Me viene a la memoria la actitud de Jesús ante la Samaritana a pesar de sus cinco maridos, a los que por entonces agregaba un amante: ausencia absoluta de crítica por ese motivo, invitación a abrirse ante una nueva realidad. Má aún: su encuentro con la mujer que se había encorvado porque estaba poseída por un demonio; se atreve hasta a transgredir el sábado imponiendo las manos sobre ella, una que según los vecinos tenía fama de pública pecadora.

Otros tiempos, dirán tantos. ¿También para quien se precia de ser cristiano?

Alberto Echeverri

Septiembre, 2026

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Haz click aquí para disfrutar de la presentación de Alberto Echeverri: https://youtu.be/ny0L-eXU7ds

Exjesuitas en tertulia- 30 de Julio, 2026

Mi aprendizaje del Campeonato Mundial de Fútbol 2026

Alberto Echeverri

No conozco el fútbol como debería, si quiero ser ciudadano de este mundo.  Solo recuerdo que en el Noviciado y el Juniorado fui asignado, como medio (allí instalaban a los inexpertos “tiesos”) del inmortal Coimbra, perdedor obstinado frente al espléndido Oxford.

En este último jugaban, al lado de Fernando Londoño, César Uribe, el inolvidable “Motorcito” y otros similares. Tuve siempre el consuelo de que, para San Ignacio, Coimbra era lugar de sus afectos, porque se sentía eterno deudor del rey portugués Juan III, defensor de la naciente Compañía cuando los gobiernos de la época estaban en su contra. Después preferí el básquet hasta que me encontré en Italia con gente que lo tomaba muy en serio y decidí sobrevivir a un posible e irremediable accidente.

No conozco pues el fútbol pero aprendí a disfrutarlo y, reconozco que tardíamente, solo en los grandes partidos internacionales televisados. Repetía así la escena de mi madre que, en sus últimos años, acompañada de mi difunto hermano Eduardo y copa de aguardiente en la mano como buena paisa, le hacía la barra al Deportivo Cali, a veces al América, o a la Selección Colombia. Fue entonces cuando empecé a interrogarme por el sentido de un supuesto deporte donde veía crecer las agresiones entre jugadores, entrenadores y aficionados, durante los desafíos y después de ellos. 

Si hay algo bello en el deporte es el respeto por las habilidades de aquel y aquellos con quienes se compite. Siento ese juego del fútbol como una especie de danza que hace parte de la gratuidad de la vida y por eso mutuamente respetuosa, donde las habilidades de cada quien son decisivas a la hora de definir un triunfo. 

Pero cuando el que tiene el balón recibe un empujón del adversario o es “abrazado”, o sufre la gambeta para quitarle la bola pues lo único que importa es el triunfo -y con él las medallas, los dineros y el prestigio-, hemos penetrado en el estrechísimo túnel de la competitividad, donde solo hay lugar para los vencedores. El perdedor, claro está, tiene también su derecho… a llorar el fracaso. Los árbitros aparecen imperturbables ante los que, en mis tiempos del Coimbra, se consideraban faules o faltas que merecían un cobro del contrario; ahora son incidentes sin importancia. El saludo final entre los así llamados jugadores, versión edulcorada de la pareja “amigos y enemigos”, resulta entonces de una rampante hipocresía.

Se repite hasta el cansancio que el deporte evita las guerras porque canaliza la agresividad humana, heredada del enfrentamiento entre Caín y Abel pero también de quienes los sucedieron. Sigo soñando con deportistas, por cierto escasos, como los que en el reciente campeonato internacional gozaban el partido, aunque el ganador fuera el equipo contrario: lo evidenciaban sus gestos y sobre todo su sonrisa. 

Para mí son esos los ciudadanos del mundo, no por fuerza los vencedores estadísticos de cada encuentro o del torneo completo. 

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Se trata de una expresión que existe todavía en las lenguas más conocidas por los colombianos. Su origen se pierde no en la noche de los tiempos pero sí en los siglos pasados.

Desde la segunda mitad del siglo XX ha llegado casi a desaparecer del habla cotidiana. Porque, en principio bella, se trasformó poco a poco en una especie de conjuro usado siempre en ventaja del consumidor, de aquel en cuyos labios aflora. 

“Gracias a Dios no soy mala gente como lo es aquel vecino mío”, “gracias a Dios mis hijos son distintos de los otros”, “gracias a Dios la enfermedad de mi marido no fue mortal”, “gracias a Dios superé el examen para ingresar a la universidad”, “gracias a Dios recuperé a tiempo la bicicleta después del incidente”, etc. etc. Un cumplido se hace también gustosamente: “Gracias a Dios en tu fábrica no fuiste licenciado como tantos de tus colegas de trabajo”. ¿Se dan cuenta ustedes de que, en todos los casos, el posesivo mío va escondido al centro de la frase? Más aún, en plural las cosas no serían distintas:  nuestro, nuestra, y así por el estilo.  

En el estudio del español cuando tenía catorce años, creía yo que muchos otros no resultaban incluidos en ese discurso del “gracias a Dios”: los que en efecto hacían el mal, los hijos con defectos físicos o psíquicos, los enfermos, los muertos, los suspendidos en las pruebas académicas, los vehículos que no llegaban puntuales. Por añadidura, ni siquiera los trabajadores obligados a recluirse en casa sin ninguna otra posibilidad. En el fondo, se trataba y se trata siempre de las imágenes de Dios que nos hemos construido… a nuestra imagen y semejanza, siempre en nuestro egoísta y exclusivo interés. Nada de sorprendente si alguno, tiempo atrás, ha fantaseado con la expresión: ¡Gracias a Dios soy ateo!

Fue la acusación de Jesús a los maestros de Israel en su época: “Ustedes tergiversan las palabras de Moisés y las de la Escritura”. Su Padre, el padre de Jesús, es uno que habla de amor, de misericordia, de justicia. En suma, de responsabilidad frente al hombre en su relación consigo mismo, con el otro, y con el mundo. Y así, la pérdida del trabajo, la muerte de alguien y aun la propia, las enfermedades… pueden ser interpretadas como don, como oportunidad. Oportunidades para dar gracias al Dios que hace surgir flores entre las piedras.

Alberto Echeverri

Agosto, 2026

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Que las cosas no fueron ni serán como eran antes de la pandemia, lo sabemos todos. El problema es que, fuera del período del COVID, al menos en apariencia, las cosas no estaban iguales en el curso de los meses y de los años. El maléfico virus solo despertó en nosotros la conciencia de la constante variación de los tiempos. 

Sin embargo, todavía sentimos no solo ansia sino también nostalgia. Porque quisiéramos que nuestros hábitos se prolongaran sin fin: el café de la mañana, la pausa a mitad de la jornada de trabajo, el tren o el autobús que se detienen en el mismo lugar, la hora y el sitio del almuerzo con los colegas de trabajo o la familia, el aperitivo -si nos lo podemos permitir- o “las onces” * con los amigos al final de la tarde o en ocasiones con algún pariente; la televisión en compañía de los hijos, un sobrino o un nieto, las “buenas noches” antes de irnos a la cama. Saber que estos pequeños gestos se repiten todos los días nos confiere un invisible sentimiento de seguridad. Si faltan, irrumpe el miedo. 

Nada más extraño para la fe de un cristiano que fiarse tan solo de esta infinita reiteración de lo mismo.  Si el Señor Jesús ha resucitado, si ha resucitado en verdad, significa que todo es nuevo. La oscuridad de la tumba ha sido dejada fuera porque sus primeros pasos los ha cumplido el Resucitado en un jardín, el mismo de su sepultura; al fin de cuentas fue en un jardín, en el Edén, el primer sitio donde Dios se encontró con Eva y Adán. Y una mujer, María de Magdala, ha sido la primera que lo ha visto: “No me retengas”, le ha dicho el Señor. Porque la historia nunca se detiene. 

Desear que la realidad torne a ser la de otras épocas significa cerrarse ante la vida que se renueva cada día. Rechazar la resurrección de Jesús, del Resucitado que se pone en camino con los suyos. Y que envía, más allá de los hábitos cotidianos, a quienes quieren estar con él. 

*”Las onces”, que en otras partes son llamadas” merienda” o “algo”, en la Bogotá colombiana tradicional se toman entre cuatro y cinco de la tarde. Es evidente que nada tienen que ver con la hora vespertina: dice la leyenda que se trata de las once letras que componen la palabra aguardiente… Invito a los lectores a no pensar mal de quienes inventaron el nombre de un encuentro tan interesante.

Alberto Echeverri

Julio, 2026

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Números, cifras, porcentajes, cálculos… estamos más que habituados a estas realidades que sirven para gestionar la vida pública en cuanto tiene que ver con la economía, la salud, la educación, y aun el credo religioso. 

Sin previsiones, expresadas también con cifras, las naciones no pueden garantizar a sus ciudadanos una existencia digna y justa. 

El mismo Jesús ha hecho cálculos en una de sus parábolas. Un rey que quiere afrontar el ejército de otro soberano deberá tener en cuenta la cantidad de sus recursos, al menos el total de sus guerreros, para vencer al enemigo: sería una tontería atacar al otro si las propias cifras plantean una evidente desventaja.

Los romanos invasores y explotadores de los hebreos en tiempos de Jesús se jactaban de la superioridad numérica de sus tropas. Las temibles legiones del imperio romano habían conquistado ya medio mundo y continuaban sus campañas contra el resto faltante.

Uno de tantos centuriones va donde el Señor en busca de ayuda para cierto servidor suyo, un esclavo  que está enfermo. Las diversas traducciones del texto griego usado por el evangelio para designar al joven, obviamente un hebreo que estaría encargado de las tareas domésticas del romano, no trasmiten una idea clara del vínculo existente entre ambos. Son varios los estudiosos de la Biblia que identifican las palabras del centurión, “mi hijo”, “mi muchacho”, con una relación homosexual. Nada de extrañar en una época en la que estos enlaces, sobre todo al interior de la alta oficialidad del ejército romano, eran algo normal. 

Sin embargo, para Jesús aquel centurión y aquel muchacho no son números ni cifras para archivar en un fascículo etiquetado “homosexuales”. Invitado por el romano a visitar al joven con sorprendente conciencia de la propia indignidad, el Señor lo hace retornar a casa, asegurándole que desde ese mismo instante su petición había sido escuchada. Y resulta al menos curioso que la iglesia católica romana haya conservado en su liturgia eucarística, para prepararnos a la comunión, las palabras de un homosexual.

Alberto Echeverri

Julio, 2026

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Érase una vez un mundo en que el honor era algo construido por la gente misma.

Mujeres y hombres honraban sus vidas en la medida en que las acciones concretas hablaban de su dignidad, de su credibilidad, porque el decir y el actuar coincidían en su historia. Sucedía a veces en tal medida que ella o él eran promovidos al honor de la santidad entre los cristianos. Y así el honrar a los santos no era nada distinto de reconocer en ellos la integridad de la vida. 

La historia había comenzado desde la declaración de las diez palabras, los diez mandamientos: “Honrar a padre y madre”. En su pacto con Israel, Yavé Dios pensaba en padres verdaderos, es decir, aquellos que generaban hijos educados para la belleza, la bondad, la verdad. En suma, para la vida. 

Hubo, sin embargo, una época que hizo una denigrante lectura de la palabra bíblica. Desde entonces “honrar a padre y madre” significó que el padre era algo sagrado pues la Escritura lo ponía en primer lugar; el segundo correspondía a su mujer, no otra cosa que un accesorio más; los doctos la llamaron complemento. 

Mientras Jesús afirmaba que su Dios era trinidad, y por tanto, una comunidad de amor, aquel padre se aburría en su solitaria dignidad. Ya que no había construido su propio honor, empezó a exigírselo a los otros: debía ser honrado a pesar de sus patrañas. Fue así como quiso hacerse pagar los tantos sacrificios que había asumido en nombre de los hijos. Y el honor fue ubicado en el primer puesto, más allá de la vida misma que poco a poco perdió su significado. 

Ya que el padre era el origen de la familia, el fundamento de toda humana existencia, bien podía él decidir sobre la vida y la muerte no solo de los hijos sino de todos los demás. Los tribunales rebajaron las penas para quien asesinaba al que había irrespetado su propiedad más preciada, la mujer: era tan solo un delito de honor. Al fin de cuentas era él, el varón, el garante de un derecho concedido por Dios mismo.

En un cierto momento, Eva y Adán descubrieron en el jardín del Edén que estaban desnudos. Vale decir, llegaron a tomar conciencia de su propia realidad. Y si aquel padre de quien hablamos descubriese su propia desnudez…

Alberto Echeverri

Junio, 2026

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Individuos y grupos elegidos por la divinidad para tener poder sobre sus semejantes parecen haber existido desde siglos inmemoriales. 

Pero el lío comenzó para nosotros cuando una dudosa traducción del texto, respaldada por la ambición de los destinatarios directos, convirtió al Israel bíblico en “el pueblo elegido”, con artículo determinado, ni siquiera uno de los tantos posibles. Y como los cristianos, sobre todo los católicos, nos hemos sentido sucesores directos de ese pueblo, somos ahora nosotros los elegidos por Dios. 

Gentes tan dignas, nada menos que seleccionadas de entre tantísimas otras, merecen las mayores consideraciones. De ahí que la nobleza de nuestros invasores -me refiero a la clase social existente entre ellos, no a su magnanimidad- y los gustos burgueses que de ellos heredamos hayan logrado que la eventual elección divina recaiga por añadidura en determinados sujetos. 

Para los tiempos que hoy corren, los del mundo secularizado, esa señal no distingue tanto a los que optan por una “vocación religiosa” -aunque no faltan- sino ante todo a los políticos. Hay unos que, según el decir de muchos, son los que nos conducen al desastre, pues han sido elegidos por un personaje al que preferimos no dar nombre preciso, el enemigo del Todopoderoso. Y hay otros en quienes residen cualidades insuperables con las que el Omnipotente, que los prefiere a cualquier otro, ha adornado sus preclaras personas: cuando él pone sus ojos sobre uno de ellos, es porque ha decidido que de esa manera se perpetúe en honor suyo la pugna entre el ángel bueno y el ángel malo, pues para el partido del primero nos ha elegido desde siempre.  

Hay que elegir a quien valga la pena que confiemos en él o en ella para que, al menos, nos proteja de caer en el abismo, opinaban los abuelos. Sabían que no era asunto de la Trinidad santísima sino, en exclusiva, problema nuestro esa designación. Por eso en vísperas de cualquier elección política habría que añadir una petición final al Padrenuestro: “Libranos, Señor, de tus elegidos”. El amén (¡así sea!) es conclusión obligada de cualquier oración cristiana.  

Alberto Echeverri

Junio, 2026

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Cuentan cada tanto las crónicas de la televisión, la radio y la prensa escrita las proezas de tantos connacionales y de algunos llegados hace poco a Colombia que incendian inmensos territorios del país. Las motivaciones son variopintas. Dos entre las más usadas: desde el sagaz que quiere comprar el terreno (a veces hectáreas desmesuradas) a bajo precio hasta el enfermo mental que enciende la mecha convencido de su inteligencia superior ante el espectáculo del mundo carbonizado que le genera profunda serenidad interior.                

Hemos sido los occidentales, según los investigadores, quienes hemos creado el tormento de las hogueras para las brujas -raramente se trataba de un brujo-, los herejes, los hebreos, los protestantes, los musulmanes… Otros pueblos, menos cultos creemos nosotros, preferían expedientes más “moderados”: decapitación, ahorcamiento, crucifixión. Ninguno de estos métodos parece que tuviese la crueldad de la muerte entre las llamas. 

El fuego, uno de los cuatro elementos de la naturaleza, ha deslumbrado siempre a mujeres y hombres. Abundan además las experiencias espirituales reportadas por la historia de las diversas religiones. Para los cristianos, y también para nuestros antepasados bíblicos, el fuego es un símbolo de la presencia invasora de Dios que empuja a ir más más allá de las dificultades o los acontecimientos no placenteros. En suma, el fuego del Espíritu. Que resulta acoplado al viento. Y todos sabemos lo que logran provocar en conjunto el fuego y el viento. 

“He venido a incendiar el mundo, ¡y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!”.  Los biblistas afirman que el evangelista Lucas piensa en el bautismo del Espíritu (¡el viento!) y el fuego de Pentecostés. Por tanto, corresponde a nosotros, cristianos, escoger entre quemar la tierra y las criaturas que en ella viven o hacerla arder en el fuego del Espíritu. 

Alberto Echeverri

Mayo, 2026

                                                                                                                                

                                                                                                                                    

                                                

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“Todos hermanos, hermanos todos” subrayaba el papa Francisco más de un quinquenio atrás. De lo contrario, como advertía Mahatma Gandhi, “ojo por ojo y el mundo se volverá ciego”. Una lectura, la de Francisco, de muchos trozos evangélicos, entre ellos uno mal conocido: “Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o mediador sobre ustedes?”. Es Jesús quien responde a la cuestión que le plantea uno de sus oyentes: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. 

Justo como en los actuales tiempos: miremos el eterno litigio, hecho de muerte y destrucción, entre el estado de Israel y la Palestina que trata de convertirse en país. Un mismo origen el de ambos pueblos, una historia compartida desde hace siglos. Sin embargo, la supuesta fraternidad ha provocado una enemistad que perdura hasta hoy. 

La alianza iniciada por el Dios que confesaba el Israel bíblico ha desembocado, para muchos israelíes, en un asunto exclusivamente jurídico: si se practicaban determinados ritos y normas, el Dios de los patriarcas y los profetas, de Judith y de Sara, de Ester y Ruth, el de Salomón y David protegería a los suyos, vale decir, solo a Israel. Un Dios, en suma, juez de los hombres y entre los hombres. 

Es algo habitual entre nosotros que también los social media sean usados para compartir nuestras opiniones sobre la actual guerra entre los dos países. Vale la pena, sin embargo, estar atentos al modo como lo hacemos, porque nos arriesgamos a ofender muchas sensibilidades distintas. Hay un estilo francamente fraternal de plantear las discusiones y hay otro hostil. Este último nos conduce a juzgar a los demás. Entonces, ¿por qué no poner en discusión más bien el propio estilo de vida y los propios valores? Probablemente descubramos que también el Dios de Jesús ha renunciado a ser juez entre nosotros. Y sobre nosotros mismos. 

Alberto Echeverri 

Mayo, 2026

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En la segunda mitad del siglo XIX dos mujeres estadounidenses, madre e hija, obtuvieron, según muchas otras connacionales, una conquista: un día de fiesta especial para las mamás, las de su país obviamente. 

En realidad, querían crear amistad entre las madres de los soldados, caídos y sobrevivientes, de la conflagración entre el norte y el sur. La cosa llegó a ser casi universal, por lo menos para el occidente del mundo que la celebra gustoso. Con el tiempo, un pequeño litigio surgió, por todas partes, sobre si la fecha debía ser la del segundo domingo de mayo o preferencialmente la más cercana a la llegada del estipendio quincenal… ¡”Poderoso caballero es don dinero”!, decíamos tiempo atrás. 

No falta sin embargo otra opinión sobre el origen de la festividad. Sería más bien una venganza. Y una venganza entre silenciosa y humorística. Nadie se negaría a festejar la propia madre, las madres de su familia y aun aquellas de los amigos. ¡Faltaría más! 

Pero en el fondo, las mamás, dejadas siempre al segundo puesto en la familia porque la casa, los bienes todos y hasta los hijos pertenecían al patrón, el eterno macho, elegido por el buen Dios (¿?) para dominar la escena, se cansaron y empezaron a decir su palabra.

Se hartaron de ser “los ángeles del hogar”, como decía alguno de los manuales de urbanidad que conocimos. Al menos un día durante el año estarían colmadas de regalos, incluida la celebración de la misa en su intención, y a veces algún paseo o pequeño viaje del grupo familiar. 

Pero cuando a la casa de la madre llegan a festejarla novias y novios, las nueras y los yernos, los hijos casados o inveterados solteros, y las respectivas hordas de nietas y nietos … ¡ay!… la pobre mamá queda condenada a recibirlos a todos: ¡al fin de cuentas el hogar de la madre es siempre el mejor! Y a hacer de comer y beber para toda la tropa. Tendrá que contentarse con los regalitos de cada uno de los autoinvitados…

Me doy cuenta de que, en el evangelio de Lucas, la única mujer atareada con los oficios de la casa no es ni siquiera una mamá. Marta “se gana” una delicada reprensión del amigo Jesús cuando protesta porque su hermana María no le ayuda sino que prefiere permanecer escuchando al huésped. De hecho, las madres de las que hablan los evangelistas no parecen tener mucho que ver con las actividades domésticas; ¿quizá solo la suegra de Pedro o la mujer que empasta la harina?

Así sea una bella cosa celebrar las faenas de la madre en una fecha especial, las mamás tienen necesidad de atenciones todos los días del año. Lejos de nosotros el convertirnos en niños consentidos. Más bien hijos siempre gratos por el regalo de haber tenido una madre. 

Alberto Echeverri

Mayo, 2026

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El infierno es un tema antiquísimo en nuestra cultura. Sirve no solo a muchas religiones, también a la vida cotidiana. 

Los culpables de ciertos pecados, seleccionados siempre de acuerdo con la mentalidad de las diversas épocas más que en virtud de lo dictaminado por los textos religiosos fundacionales, tendrán como destino definitivo el infierno, es decir, las regiones inferiores de la tierra misma lejanas, en todo caso, del cielo. Porque las regiones superiores, los llamados cielos, son la residencia definitiva -y exclusiva- de los justos, que mirarán a los condenados desde el más allá de las nubes y las estrellas, sin posibilidad de comunicarse con ellos. Los peores sufrimientos se dan por descontado para los réprobos.  

En las casas, las oficinas públicas y privadas, las fábricas y aun las calles ese “¡vete al infierno!” ha llegado a ser un insulto corriente, demasiado corriente. Sin arribar al silencioso pero cruel placer de los testigos, que hacen ver las películas sobre las ejecuciones como abrazo con la muerte, nosotros colombianos, si estamos llenos de rabia, enviamos gustosos a los demás fuera de la vista de los comunes mortales. 

Las primeras pinturas cristianas de Jesús resucitado nunca muestran el momento mismo de la salida del sepulcro, esas son muy posteriores. Los cristianos orientales representan al Resucitado en su descenso a los infiernos, a los lugares inferiores, donde esperaban al Mesías matriarcas y patriarcas, profetisas y profetas, reinas y reyes, y todos los justos fallecidos antes de su llegada, comenzando por Eva y Adán. 

Si antes de cualquier otra cosa el Resucitado llegó al infierno para liberar de la muerte a aquellos que se habían fiado del amor de Dios, quizás el infierno merecería una mirada distinta. Al menos por parte de los cristianos. 

Alberto Echeverri

Mayo, 2026

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En la Italia católica se celebra el 19 de marzo la “fiesta del padre”. Pero en la liturgia es la fiesta de san José. He pensado en el significado para los católicos del rol que tuvo el padre putativo de Jesús (la palabreja, que tiene mal sabor entre nosotros, indica que “se decía que era su padre”) en el pequeño trío del que hizo parte. Y he descubierto que los cristianos de hoy sabemos poquísimo sobre él. 

Nota de la Redacción: Por un error editorial, este artículo debería haber sido publicado el 19 de Marzo, la “fiesta del Padre” como lo dice su autor. Lo hacemos hoy, día de “San José Obrero”, para celebrar su faceta de trabajador y carpintero.

Como de costumbre, los nombres de los personajes importantes de la segunda alianza (el Nuevo Testamento) son simbólicos. Nos reenvían a la primera alianza, al así llamado Antiguo Testamento. Nuestro José entra así en la órbita de su homónimo de la época de los viejos patriarcas. Este último era hijo de Jacob, un nombre que quiere decir Israel, y por eso el padre de los hebreos que llegaron a ser israelitas. José de Nazaret estaría entonces al origen de la prolongación del pueblo de Dios del que hace parte la Iglesia.  

El José antiguo era muy joven, el más pequeño de los doce hijos de Jacob. Nada tiene que ver entonces san José con las tantas imágenes que lo figuran como un hermoso viejecito (que fuese bello o feo nadie lo sabe), semejante más a un abuelo que tiene en brazos un nietecito, no un hijo. La hipótesis de que María fue confiada a un marido entrado en años para proteger su virginidad, quizá costumbre de la época, no parece tener fundamento evangélico. Pero, ante todo, estoy convencido de que María y sus padres no eligieron para ella como novio un anciano: ¡también la futura madre de Jesús, al igual que las normales muchachas de su tiempo, tenía un mínimo de buen gusto!… con respeto de los lectores ancianos, incluido yo mismo.

Perdonó el primigenio José a sus hermanos que, celosos ante las evidencias de la preferencia de Jacob por ese hijo, lo vendieron a unos desconocidos mercaderes. Caídos los once en desgracia, prófugos en Egipto para escapar de una tremenda carestía en Israel mientras José detentaba el segundo lugar en la corte del Faraón, reconoció a sus hermanos desde el inicio del reencuentro, pero ellos no a él. Y si san José se une a María para colaborar en la extensión del pueblo de Dios, también es uno que perdona: tuvo que “perdonar” a Dios que le confiaba una misión para él incomprensible (¡ser padre de un niño nacido del Espíritu Santo!). Y todo, como en los años del antepasado José, a través de sueños. 

¿Podría por tanto obligarse a san José a continuar siendo el patrono de esos padres que no cumplen sus responsabilidades para con los hijos? Estamos demasiado habituados a verlo como prototipo de los buenos papás, de los que parecieran existir cada día menos. Por otra parte, los santos cristianos no resultan propuestos de modelos imitables solo para los justos, sino sobre todo para los pecadores: como los hermanos del primer José. 

Alberto Echeverri

Marzo, 2026

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