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Alberto Echeverri

La hermana muerte 

Por Alberto Echeverri
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En nuestra tertulia número 166 del 26 de Octubre de este año, hablamos sobre la muerte. Varios de nosotros quisimos dejar, por escrito, nuestros testimonios frente a ella y los hemos ido publicando en este blog. Cerramos esta serie con las reflexiones de Alberto Echeverri y de Juan Laureano Gómez.

Así la llamó Francisco de Asís. Hermana como los “hermanos de Jesús” en el evangelio: compañeros de juegos, vecinos muy familiares, parientes lejanos que comparten la vida cotidiana. 

Sangre de la propia sangre, no importa si tienen o no un DNA compatible con el mío. Pero padre, madre y hermanos que lo tienen similar porque también los míos se han encontrado con ella. Alguno de ellos ha creído morir en algún momento y ha retornado a la que llamamos vida. 

Hermana muerte porque más tarde o más temprano, todos sin excepción, llegamos a una cita con ella: tanto vale que la incluyamos, si no al interior de la familia, ojalá entre las amistades casi íntimas. 

Y cuando el mundo en que vivimos se ve inundado por ella, fruto de la irresponsabilidad y aun indiferencia de tantos (¿quizá de las mías?), ya no está lejos. Cercanísima cuando visita a alguien a quien queremos entrañablemente, nos deja sin palabras cuando acontece. 

Por eso muchos prefieren soslayarla, y no solo en la simple conversación de cada día, sino también huyendo de los lugares donde se congregan quienes se han hermanado con ella, los cementerios. “Lugar de reposo” los llamaban los griegos, y de ahí ese lugar común que alude al “descanso eterno”, como si toda la vida fuera una carrera de la que por fuerza, con o sin financiación, hay que pensionarse; para colmo, la palabreja “cementerio” pareciera aludir sobre todo al cemento con el que se cierran las tumbas. 

Un misterio esta hermandad con la muerte. Y sin embargo, allí está. En espera de nuestro encuentro, para acogernos. Porque una hermana necesita abrazar. Y ser abrazada. A menos que prefiramos pasar de largo ante el que con ella quiere abrazarnos para siempre. 

Alberto Echeverri

Rovellasca, Italia, 25 octubre 2023

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A los lectores del blog queremos contarles que desde hace 14 meses venimos reuniéndonos, semana a semana, en tertulias amigables, para conversar sobre muy diversos temas. Esas tertulias alimentan el blog y este aprovecha lo compartido allí. 

Ante la dolorosa situación que atravesamos en Colombia decidimos manifestarnos. Por eso, les propusimos a quienes desearan hacerlo, que escribieran un texto breve al respecto.

Este artículo hace parte de la cosecha que obtuvimos.

Desde hace unos años estoy habituado a preguntarme “dónde estoy parado”, para mirar los acontecimientos que me rodean. Es obvio que el hecho geográfico de la distancia influye en esa mirada, al igual que la cultura que estoy viviendo. No obstante, intento decir mi palabra desde otra latitud (Italia). 

Creo que la historia de mi país tiene un largo recorrido aunque lo que de ella conocemos en detalle se remonta a algo más de 530 años. Los antepasados de quienes nos descubrieron y nos encubrieron apenas hace parte de nuestra conciencia. A partir de ese final del siglo XV de la era común –la historia de las religiones obliga a respetar los diversos credos– comenzó a radicarse entre nosotros, a poco de la sorpresa mutua de pobladores indígenas y advenedizos, conquistados los unos y conquistadores los otros, el sentimiento de que los huéspedes (hospes, decían los antiguos romanos) eran enemigos (hostes, según ellos). Fue entonces cuando la hospitalidad, que había sido siempre generosa y tolerante cuando el enemigo tocaba a la puerta sin agredir, se convirtió en hostilidad permanente, que con el tiempo llegaría hasta el odio.  

La razón: el poder de quienes conquistaban fue trasformando el estado de cosas originario en castas, en unas gentes que “tenían clase” y otras gentes que simplemente eran “de otra clase”, digamos que desclasadas. Y así la “clase social” empezó a ser la clave de la historia colombiana. Como los conquistadores, ahora colonizadores, sumaron a los pobladores del continente otros seres humanos que consideraban bestias de carga, las clases sociales se complejizaron aún más: los desclasados se tornaron marginados, marginales.  

Los de las castas superiores habían empezado a llamarse “los buenos”, que se consideraron siempre más numerosos que sus contrarios. Por supuesto, los malos eran los de las inferiores.  Los primeros honraban al dios del triunfo, el del crecimiento. Los segundos tenían que conformarse con “mi Diosito” y “la Virgencita”: muy respetuosos –el respeto era un rito religioso de norma entre las castas– los escribían con mayúscula; y cuando ni él ni ella bastaban, añadían algún santo o santa. Todo dependía del estrato, el nuevo nombre de las castas. Pero con el correr del tiempo llegó la rabia. Incontenible. porque oculta durante demasiados años, siglos. Por eso, todo explotó. 

Hubo gente, sin embargo, que asumió los riesgos de la educación. De la re-educación de las castas para que los de arriba y los de abajo aprendieran a ser simples seres humanos. Que, por serlo, podían empezar a llamarse hermanos, pues los unían la mismísima vulnerabilidad y fragilidad, bellas sin embargo, de todo lo humano. En la Biblia, las aventuras de los patriarcas hebreos y de los discípulos cristianos los habían convertido en hermanos sin vínculos de sangre y ni siquiera de cultura.  

Quizás una mirada nueva a la historia futura de nuestro país logre que la rampante desigualdad se trasforme, no tan solo en igualdad, sino en oportunidades distintas para todos. 

Alberto Echeverri

Julio, 2021

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“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor… Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza… Este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso –que eran los más del año– se daba a leer libros de caballería”.

“Y llegó a tanto su curiosidad y desatino que vendió muchas fanegas de tierras para comprar libros de caballería en que leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos. (…) Perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entender las razones por las que se le había secado el cerebro y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles si resucitara para solo ello”.

Mi libro preferido es, sin duda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Identificado una buena parte de mi vida con el talante de Ignacio de Loyola, un casi contemporáneo del autor del libro, pero más del personaje clave, las coincidencias y los contrastes entre uno y otro continúan dándome tema de meditación y honda reflexión. 

El místico Ignacio se había iniciado leyendo libros de caballería, y loco el Quijote por dedicarles demasiado tiempo, todavía me pregunto si en realidad lo era tanto como él mismo confesó a la hora de su muerte. Al fin de cuentas el reposado y muy cuerdo Ignacio apuntará a los “locos por Cristo” en las jornadas culmen de los Ejercicios Espirituales.

Hidalgo don Quijote, hidalgo Íñigo de Loyola. “Hijos de algo”, de “alguien”. Desconocida la familia de don Quijote, conocida la de Ignacio, no solo en su pueblo sino además en el ámbito de la corte real y hasta en los tribunales. Lejos de los fastos del imperio el peregrino Íñigo, un giróvago sin destino ni regia procedencia y sin señor que se le pudiera morir, el Quijote.  Solo en los comienzos Íñigo, acompañado Ignacio de otros más tarde y sobre todo durante los últimos años de su vida; en raras ocasiones solo el Quijote, acudido por el barbero o el escribano o el cura y en especial por la imposible Dulcinea del Toboso, aventura tras aventura en compañía de Rocinante y su fiel escudero Sancho.  

Solitario en su locura don Quijote, solitario Ignacio buena parte de su muy singular proceso interior. Ignacio morirá solo; reconvertido en don Alonso Quijano “el bueno a secas”, don Quijote expirará rodeado por las lágrimas de Sancho y sus amigos y servidores. 

Intencionado el Quijote en su testamento a dejar un reino al escudero “por la sencillez de su condición y fidelidad de su trato”, ninguna recomendación podrá hacer Ignacio al final de su vida. Arrepentido de su locura el Ingenioso Hidalgo en su lecho de muerte, pedirá perdón a Sancho, que ha pasado de ser simple escudero a “amigo”, por hacerle “caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo”; sereno al final, confirmado y aun reconfirmado en su experiencia, Ignacio de Loyola. 

Dos vidas cuyos rasgos coinciden más de una vez.  Dos caballeros andantes. Que, con perdón de don Quijote, todavía existen. 

Alberto Echeverri

Junio, 2021

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El documento que enmarca la dispensa del celibato sacerdotal, que concede el Papa y notifica el obispo a quien le competa, es debatido en este artículo, publicado en 2016 por una persona que ha vivido ese proceso.

En pocas ocasiones las revistas de teología someten al tamiz de la crítica las decisiones judiciales, vale decir canónicas, de la Iglesia. Los tiempos que vive la comunidad de los creyentes requieren contrastar la confesión de fe y el uso que la autoridad eclesiástica hace del “poder de las llaves”, que Cristo confirió a los sucesores de Pedro en el pontificado y, por extensión, a los obispos.  

Un aspecto de la vida de los católicos que la mayoría desconoce es el referido a las consecuencias cotidianas que tiene, para el presente y el futuro del individuo y de la comunidad diocesana con la cual se identifique, la “pérdida del estado clerical”. 

El siguiente texto de la Congregación para el Clero no se dirige solo a determinadas personas ‒entre quienes solicitan la dispensa del ejercicio del ministerio presbiteral‒, que el Código de Derecho Canónico (CIC) identifica como “dispensa del celibato sacerdotal”. El texto es, a todas luces, un formato idéntico para la generalidad de los casos.

SUMARIO DEL RESCRIPTO DE DISPENSA DEL CELIBATO SACERDOTAL

1.   El rescripto de dispensa del celibato sacerdotal, concedida por el Sumo Pontífice, que debe ser notificado al solicitante por el Ordinario competente lo antes posible:

  1. Produce su efecto desde el momento de la notificación;
  2. Comprende inseparablemente la dispensa del sagrado celibato y la pérdida simultánea del estado clerical. No puede el solicitante separar esos dos elementos, ni aceptar el primer recusando el segundo.
  3. Si el solicitante es religioso, el rescripto concede también la dispensa de los votos (en cuanto sea necesario).
  4. El mismo rescripto lleva consigo, en cuanto sea necesaria, la absolución de las censuras.
  5. La notificación de la dispensa al solicitante puede hacerse personalmente, por el mismo Ordinario o su delegado o por el notario eclesiástico, o por carta certificada. El Ordinario debe devolver una copia del rescripto debidamente firmado por el solicitante, como prueba de que este lo ha recibido y acepta sus preceptos.
  6. La noticia de la concesión de la dispensa anótese en los libros de bautizados de la parroquia del solicitante.
  7. Por lo que se refiere a la celebración del matrimonio canónico, se ha de aplicar lo establecido en el Código de Derecho Canónico. Cuide el Ordinario de que todo se realice prudentemente, sin especial solemnidad exterior.
  8. La autoridad eclesiástica a quien corresponde notificar debidamente el rescripto al solicitante, exhórtele encarecidamente a participar en la vida del Pueblo de Dios de modo congruente con su nueva situación, a dar edificación y a mostrarse así como un buen hijo de la Iglesia. Al mismo tiempo, hágale saber cuanto sigue:
  1. el presbítero dispensado pierde, por el mismo hecho de la dispensa, las dignidades y oficios eclesiásticos; y no queda ligado por más tiempo a las demás obligaciones propias del estado clerical;
  • queda excluido del ejercicio del sagrado ministerio, a excepción de lo dispuesto en los cánones 976 y 968 §2, y, por ello, no puede tener la homilía ni puede ejercer un oficio directivo en el ámbito pastoral ni desempeñar el cargo de administrador parroquial;
  • no puede desempeñar ningún cargo en los Seminarios e Institutos equiparados. En otros Institutos de estudios de grado superior, dependientes en cualquier modo de la Autoridad eclesiástica, no puede ejercer un cargo directivo;
  • en los Institutos de estudios de grado superior, dependientes o no de la Autoridad eclesiástica, no puede enseñar ninguna disciplina propiamente teológica o íntimamente conectada con ella;
  • en los Institutos de estudios de grado inferior, dependientes de la Autoridad eclesiástica, no puede ejercer cargos de dirección ni enseñar una disciplina propiamente teológica. La misma prohibición afecta al presbítero dispensado en cuanto a la enseñanza de la Religión en Institutos del mismo grado, no dependientes de la Autoridad eclesiástica;
  • de suyo, el presbítero dispensado del celibato sacerdotal, y con mayor razón si se ha casado, debe apartarse de los lugares en que su anterior condición es conocida, y no puede desempeñar en ninguna parte el servicio de lector y acólito ni de la distribución de la comunión eucarística.
  • El Ordinario diocesano del domicilio donde mora el solicitante puede, según su prudente juicio y conciencia, después de haber oído a las personas interesadas y de haber ponderado bien las circunstancias, dispensarlo de algunas y aun de todas las cláusulas del rescripto reseñadas en las letras e) y f).
  • Téngase por norma conceder estas dispensas solamente después de transcurrido algún tiempo de la pérdida del estado clerical y por escrito.
  • Finalmente, impóngase al solicitante alguna obra de piedad y caridad.

Del problema de la libertad religiosa no resuelto por Vaticano II parecieran quedar consecuencias relevantes para las medidas que toma la autoridad canónica en este documento. Si hubo una dimensión de la libertad cristiana de la que no logró dar cuenta la asamblea conciliar fue justamente de la libertad de los miembros de la iglesia hacia el interior de la misma. La discusión sobre los límites por atribuir a la tolerancia, orquestada por el temor a los brotes de modernismo y a las corrientes ateístas y a la naciente indiferencia religiosa, no permitió decir una palabra contundente acerca de los conflictos internos que tenían ya una larga historia en la comunidad eclesial. 

Los párrafos siguientes no hacen una lectura especializada del rescripto, como la que podría realizar un experto en derecho canónico. Es la de un exclérigo a cuya formación filosófica y teológica han contribuido muchos, lo que ‒a su juicio‒ le permite interpretar un documento eclesial desde el marco de su propia fe y del común sentir. 

Un examen del texto

De acuerdo con los encargados de la causa jurídica, el Papa está concediendo una gracia [*]. Poco feliz parece la expresión que evoca la épica de los circos romanos o de los corredores de la muerte de las prisiones modernas. En aquellos, el pulgar del emperador, vuelto hacia abajo o hacia arriba, decidía sin remisión la muerte o la vida para quien había sido sometido al espectáculo del populacho sediento de sangre; en estos, la llamada telefónica de última hora de un mandatario que escuchan unos pocos testigos seleccionados, a los que todavía hoy incita la exigencia de una justicia vengadora.  

El documento declara que la dispensa se está concediendo para “el sagrado celibato y el estado clerical”.  No es del todo coherente atribuir el calificativo de “sagrado” al celibato y no hacer otro tanto con el estado clerical, que implica la recepción del sacramento del orden ministerial.  En cualquier caso, el celibato corresponde a una respetable norma, de antigua data, aunque no fundacional –heredada de elementos constitutivos de la vida monástica surgida en los primeros siglos cristianos‒, mientras que el sacramento hunde sus raíces en la revelación bíblica y la antiquísima tradición eclesial.  

Según el numeral 4, primera de las determinaciones de la Congregación, el Ordinario –por lo general el obispo diocesano‒ debe cuidar que el matrimonio canónico de quien ha sido dispensado del celibato “se realice prudentemente, sin especial solemnidad exterior”. Quien leyera el documento se asombraría de que el sacramento del matrimonio (hoy rechazado por muchos jóvenes y adultos católicos, y cuestionado por no creyentes o pertenecientes a otras confesiones religiosas, dada la vida incoherente de numerosos cónyuges católicos) no pueda celebrarse con la solemnidad deseable. Se da por descontado que resulta necesario prevenir las extravagancias de algunos expresbíteros en sus respectivos matrimonios… o publicitadas uniones libres, pero no es forzoso concluir que todo exclérigo intente montar un espectáculo al desposarse sacramentalmente.

El numeral 5 es el más complejo por su contenido, que comprende seis literales. Inicia con la exhortación a que el peticionario “se muestre como buen hijo de la Iglesia… participando en la vida del Pueblo de Dios de manera coherente con su nueva situación, dando edificación”. Resuena la voz bíblica de las cartas paulinas que convocan a la coherencia cristiana asumida en los compromisos de su bautismo, pero este nunca llamaría a un cristiano “hijo de la iglesia”, pues su fe en Cristo Señor lo obligaba a reconocerse miembro de su cuerpo, que es la Iglesia, y como hijo de Dios Padre.

Sigue una serie de prohibiciones (que son tanto el “no poder” como el “deber”) para quien ha recibido la dispensa, consecuencia de su “exclusión del sagrado ministerio”. No puede encargarse de la homilía en una celebración litúrgica, “ni ejercer un oficio directivo en el ámbito pastoral ni desempeñarse como administrador parroquial”. Si bien son aceptados los laicos para cualquiera de esas tres funciones, el nuevo laico no está facultado para hacerlo. 

En la misma tónica, los literales c, d y prohíben al nuevo laico desempeñarse en un cargo directivo o docente de teología o “religión”, tanto en los “institutos de grado superior” como en los de “grado inferior”, dependientes o no dependientes de la autoridad eclesiástica. Cualquier observador cristiano consideraría una pérdida para la misión evangelizadora de la Iglesia prescindir de alguien que ha tenido una formación teológica esmerada, misión a la que se comprometió el eventual docente e investigador. Quien mire esta situación probablemente no entenderá por qué la autoridad eclesiástica busca intervenir en los ámbitos de la educación estatal ‒primaria, media y universitaria‒, en contra de la reconocida independencia de los poderes civiles que la Iglesia tanto ha reclamado para sí.

El literal plantea al nuevo laico una situación desconcertante: deberá “apartarse de los lugares en que su anterior situación es conocida”. Esta norma en ocasiones le exigirá ausentarse de países en los que ha ejercido el ministerio y, eventualmente, aun de continentes, pues no todos los presbíteros y diáconos han residido exclusivamente en los márgenes de una sola diócesis o nación. Parece importar poco o nada que el ejercicio del ministerio presbiteral por el nuevo laico haya sido o no adecuado: ¿comporta un juicio de valor afirmar que cuanto interesa a la autoridad eclesiástica es única y exclusivamente el hecho de que un célibe ya no lo es? 

El mismo literal reitera que el nuevo laico “no puede desempeñar en ninguna parte la posibilidad del servicio de lector y acólito ni de la distribución de la comunión eucarística”. En este caso, la situación geográfica deja de ser significativa, pues cubre los cinco continentes. 

Se le niega toda posibilidad de ejercicio de un ministerio laical, para el que suele existir una breve formación del candidato, menos intensa y extensa que la del antiguo clérigo. A la autoridad que emana el documento parece tenerla sin cuidado el potencial beneficio de la comunidad creyente, pues el texto no hace referencia alguna a una eventual y efectiva situación de incoherencia del nuevo laico en su vida cristiana que pusiera en cuestión su testimonio de fe. 

Los numerales 6 y 7 plantean alguna remisión de las sanciones: el Ordinario del lugar de residencia del antiguo clérigo podrá “según su prudente juicio y conciencia” dispensar de lo tocante al lugar de residencia, de la colaboración eventual en un ministerio laical y de la enseñanza de la religión o la asunción de un cargo directivo “en los institutos de grado inferior, dependientes o no de la autoridad eclesiástica”. Esta es la única situación referida al eventual testimonio de la comunidad cristiana de la que hace parte concreta el antiguo clérigo, si bien consultada por la autónoma voluntad del obispo diocesano. Extraña que se abra la puerta a la enseñanza religiosa de los menores de edad, muchos de los cuales resultan siendo más receptores que actores de la misma, pero se cierre al aprendizaje de jóvenes y adultos, que sin dificultad alguna se muestran de ordinario dispuestos a la libre discusión.   

En conclusión, se tiene la impresión de que el nuevo laico es condenado a una especie de condena de la memoria (los antiguos romanos la llamaban damnatio memoriae): se le obliga a afrontar las consecuencias familiares, sociales, laborales y aun políticas de su reciente opción de vida, como si su decisión de pasar al estado laical fuera una deslealtad a la Iglesia antes que a sí mismo. En la práctica se niega al nuevo ingresado en la asamblea de los fieles laicos la posibilidad de colaborar profesionalmente en su crecimiento personal, en el de su comunidad diocesana y del pueblo o nación a los que pertenece, pues la formación religiosa y teológica que tuvo de muy poco le servirá porque no puede ponerla lícitamente al servicio de otros, ni siquiera de su familia de hecho y de la que en el futuro quiera configurar. Resuena en el fondo la poco venturosa “reducción al estado laical” con que el CIC, que gobernó a la Iglesia católica romana de 1918 a 1983, llamó a la dispensa del celibato ministerial.

La última determinación (“impóngase al solicitante alguna obra de piedad y caridad”) precisa que la solicitud del clérigo amerita una penitencia, asunto que la Iglesia legisla de ordinario para quien ha cometido un delito o, al menos, un pecado oculto cuando este es reconocido en el sacramento de la reconciliación. Cabe preguntarse si igual norma existe para el obispo que hace una demanda similar a la del presbítero, o para quienes solicitan la declaración de nulidad de su matrimonio, pues al fin de cuentas el primero y los segundos han dejado atrás un estado de vida avalado por un sacramento.   

Ausencias en el documento 

Lo primero que se echa de menos es la garantía ‒o al menos la promesa‒ de una ayuda espiritual para el nuevo laico. Por añadidura, ¿qué colaboración en ese itinerario hallará el clérigo que en el momento de su separación del ministerio está pasando por una crisis de fe?

Era de esperarse que a la exhortación “a dar edificación y a mostrarse… como buen hijo de la Iglesia” (numeral 5) sucediera alguna referencia a la vocación laical, bellamente ilustrada por el Concilio Vaticano II. Excepción hecha del solicitante que rechaza su compromiso bautismal, abandona la comunidad católica para afiliarse a otra iglesia o declara indiferencia religiosa, el nuevo laico está obligado a hacer realidad su compromiso en la construcción de un mundo de justicia y de paz desde el ejercicio de su profesión y su inserción familiar. Si en algún trance necesita apoyo es precisamente en ese momento.  

Por otro lado, si a dos laicos jóvenes les resultan difíciles los primeros años de vida matrimonial, más lo serán para un hombre que desee casarse y que ha vivido en comunidad de varones célibes. Eventualmente, la dificultad será mayor cuanto más tiempo haya durado esa convivencia. De nuevo, no hay garantía de un apoyo para manejar las contrariedades y aun conflictos que le planteará la vida conyugal. 

En definitiva, el documento no revela ninguna noción de un cuerpo que necesita de todos sus miembros. La Iglesia de santos y pecadores que el obispo Agustín de Hipona tenía en sus entrañas –y bien sabía él de lo uno y de lo otro‒ resulta la gran ausente en el rescripto. 

Finalmente, hay que señalar que las leyes en la Iglesia, como para infortunio de muchos sucede en los demás colectivos humanos, parecen aplicarse según la persona. Son de conocimiento público los casos de exclérigos que ocupan cargos de responsabilidad y aun de docencia teológica o de disciplinas “íntimamente conectadas con la teología” –lo que prohíbe el documento‒ en corporaciones universitarias que dependen de la autoridad eclesiástica, incluidas las pontificias. En número mayor están quienes hacen otro tanto en instituciones de educación superior y en escuelas no dependientes de dicha autoridad; muchos se desempeñan como docentes de religión o ministros de la palabra y de la eucaristía en escuelas parroquiales y en iglesias diocesanas. Y no falta el que ha sido designado para una función pastoral. Cierto es que el texto de la Congregación del Clero permite al obispo de la jurisdicción en que reside el nuevo laico dispensarlo de la limitación tocante a estas últimas funciones (numeral 5, literales e y f); pero tan solo de ellas, nunca de las precedentes (literales bcd de ese numeral). 

La Constitución apostólica con que Juan Pablo II promulgó en 1983 el nuevo Código de Derecho Canónico manifestaba que había que poner de relieve, entre “los elementos que caracterizan la imagen verdadera y propia de la Iglesia”, el que esta había sido presentada doctrinalmente –por el Vaticano II‒ como pueblo de Dios, como comunión, como partícipe de la triple misión de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Y acotaba: “Con esta doctrina se conexiona (…) la que se refiere a los deberes y derechos de los fieles, y particularmente de los laicos…”.

Es de esperar que 30 años después de que el CIC ha visto la luz y cuando el último Concilio está a punto de cumplir los 50 de su conclusión tan hermosas palabras se vayan haciendo realidad.   

[*] A propósito de la dispensa del celibato el Código de Derecho Canónico (c. 291) establece “…la pérdida del estado clerical no lleva consigo la dispensa de la obligación del celibato, que únicamente concede el Romano Pontífice”. Quizás esta norma explique el porqué de la “gracia”. Sorprende que en todos los casos el Papa se reserve la dispensa de una norma canónica cuando el sacramento del orden –que según una antigua tradición teológica “imprime carácter”, o sea, marca con un sello indeleble al consagrado por él‒ puede ser dejado en suspenso por una autoridad distinta de la suya durante varios años, aun hasta la muerte del interesado por la sanción.    

Alberto Echeverri G.

Abril, 2021

Texto adaptado por William Mejía de: Echeverri, Alberto (2016). Claridad con las cosas: ¿Un día después? Contribución al debate sobre la “dispensa del celibato clerical”. Perseitas, 4(2), 233-259.

https://www.funlam.edu.co/revistas/index.php/perseitas/article/view/2016/1561

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El padre putativo de Jesús hace parte de la revelación atestiguada por el Nuevo Testamento, la de los relatos de Lucas y Mateo sobre la infancia de Jesús, última etapa de la redacción de los evangelios sinópticos. La personalidad de este santo plantea más de un problema a la devoción e incluso a la doctrina de la Iglesia católica romana, porque ha quedado en la sombra a través de los siglos. El silencio sobre su existencia está en línea con su vida oculta.

José fue de sangre real, como lo atestigua la genealogía de Jesús en Mateo (1, 1ss) y cuando aparece en escena, en la somera referencia de Lucas (1, 27). Ambas citas tienen por objeto mostrar su raigambre judía y su procedencia profética.

Tras los orígenes del cristianismo, donde tuvo una consideración significativa, la figura de san José entró en un extraño mutismo que se prolongó por cerca de 1000 años, hasta transformarse en símbolo de variadas políticas eclesiales en los últimos cinco siglos. 

No siempre han sido coherentes los esfuerzos de los papas y, en general, de los teólogos católicos romanos por delinear la figura evangélica de san José, a pesar de que unos y otros logran proporcionar elementos de importancia para la construcción de una auténtica teología josefina.

El predecesor en la primera alianza, José, hijo de Jacob, de quien nacen las doce tribus que darán origen al pueblo de Israel, fue llamado “salvador del mundo” por el faraón egipcio, sorprendido ante su gestión de los recursos imperiales y la generosidad con sus hermanos que había vuelto a encontrar. Un salvador que anticipa la intervención futura de Yahvé en el hijo de José de Nazaret, el Jesús también nazareno.

En la imaginería dedicada a san José, el bastón, símbolo del peregrino y el primero que lo caracteriza en los íconos y la pintura románica medieval se transformó primero en una adelfa, luego en una azucena. Ya había empezado a ser preferido san Cristóbal como patrono de los peregrinos, sobre todo de los que debían afrontar algún peligro. Más tarde, José de Nazaret dejó de ser un joven para lucir como un hombre entrado en años hasta transformarse en un anciano que, acompañado de la azucena, sostiene en brazos a un recién nacido, a veces un niño de corta edad. De ahí que haya transmutado en protector de los ancianos, por demás cercanos a la muerte.

El “santo patriarca José”, como la tradición católica romana ha gustado en llamarlo durante siglos, se revela ante todo como un creyente que cumple un itinerario nada fácil. En abundancia lo han testimoniado frescos, mosaicos y pinturas de los primeros siglos cristianos, que muestran a un joven, relativamente maduro, sumido en actitud meditativa y casi siempre al margen de la escena principal. Es justamente el primer dato relevante que emerge de su presentación evangélica y, por eso, el hermoso símbolo del peregrino.

Llegamos así a la sugerente, pero espinosa, cuestión de la “sagrada familia de Nazaret”. De muy larga tradición en la Iglesia occidental, a través de los siglos han corrido peregrinas ideas acerca de ella, fruto de la imaginación piadosa ante las necesidades sociales y psicológicas de diversas épocas, originadas a su vez en los relatos de los evangelios apócrifos entremezclados con las leyendas populares.

El grupo conformado por Jesús, José y María en un poblado de Israel nada parece tener de comunidad familiar, al menos para su inmediato contexto judío, si atendemos a la narración evangélica: la madre es virgen, mientras no lo son sus contemporáneas que aspiraban siempre a una maternidad fecunda; muestra un solo hijo y el padre no puede dar fe ante los vecinos de la bendición divina en una prole numerosa, propia de su tiempo. Los evangelios sinópticos confieren la autoridad en Nazaret a quien debería figurar como segundo en orden jerárquico por ser varón. Última en las costumbres judías, la mujer termina teniendo mayor importancia que el marido, relegado en nuestro caso a un tercer lugar. El padre nunca habla; la madre lleva la voz cantante en los dos capítulos de Lucas y Mateo. El hijo no exhibe un obsequioso respeto por sus progenitores al pronunciar la única y perentoria frase con la que termina el relato de la infancia de Jesús, antes de que uno solo de los evangelistas enuncie en dos líneas los rasgos propios de su obediencia filial.

Aún más: las palabras de Jesús no pueden resonar con mayor dureza en los oídos de José, en apariencia desclasado de su papel de padre y casi que rechazado por su desconocimiento de los más importante: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían ustedes que debo ocuparme de las cosas de mi Padre? (Mc 3, 31-35). Y no parecieran honrar a José y María las únicas palabras con que Marcos se refiere a la infancia de Jesús: “¿De dónde ha sacado este esa sabiduría y los milagros que hace? ¿No es este el hijo del carpintero, el hijo de María…? (Mc 6, 2-3). Por añadidura, tras comenzar su predicación, los preocupados familiares ‒quiénes sean no lo dice el texto; solo de “parientes” tenemos noticia en la historia evangélica‒ pretenden regresarlo a casa, “pues decían que se había vuelto loco (estaba fuera de sí)” (Mc 3, 21).

Como el José antecesor de la primera alianza, José de Nazaret descubre en los sueños el designio del amor de Dios sobre su hijo y su esposa y lo sigue sin dudarlo. Pareciera que con su claridad ante las sombras del mundo onírico reivindicara la oscuridad en que su figura ha permanecido por tanto tiempo. Ha estado rodeado de las escasas palabras de María y, al final de su camino evangélico, de las únicas puestas en boca del Jesús niño. La narración evangélica no explicita la presencia de José en los diálogos de María con el ángel y con Isabel, ni un eventual recuento de su esposa a él.

El Jesús de Marcos que pronuncia sus primeras frases después del Bautista, y el de Juan que hace otro tanto luego de las de su madre María, es precedido por el silencio absoluto de José, el padre. En ese ambiente aparece José como “testigo ocular del nacimiento”, “testigo de la adoración de los pastores” y “de los magos”, en fin, “testigo de la virginidad de María”. Quizá la búsqueda del hijo que sus padres daban por perdido, definida por la madre “angustiosa” para ambos, revela el significado más hondo de su silencio, transparentado por sus acciones.

No han faltado las instituciones católicas que se identifican con la función educadora de José frente a Jesús, subrayada por la primigenia teología cristiana que, sin embargo, recibió una mínima acogida en los siglos ulteriores. De nuevo, la historia que da base a la idea no va más allá de la muy escueta referencia evangélica a la llamada “vida oculta” de Jesús en Nazaret, que una tradición no verificada ha precisado hasta los 30 años de edad. Una mayor atención a su presencia en los antiquísimos íconos que ha conservado la iglesia cristiana ortodoxa podría lograr una explicitación de esa tarea por parte del santo justamente con su silencio; el silencio en que parece relegado por el mismo Jesús que nunca habla de él como padre, pero le atribuye un lugar de privilegio en el reino, el de los que están atentos a la palabra de Dios y la ponen por obra (Mc 3, 33-35; Lc 8, 21; Mt 12, 48-50).

Al igual que durante un eclipse “la sombra de la Tierra nos revela la verdadera naturaleza de la Luna”, la sombra que por tanto tiempo se ha cernido sobre la figura de san José permite vislumbrar el rostro del Padre. La teología ha tenido que vérselas generalmente con la penumbra, aquella región a donde llega la luz desde fuentes ideales. Explica Tomás de Aquino la intuición de Agustín de Hipona sobre uno de dos tipos de conocimiento, el vespertino: se trata del conocimiento del ser de la criatura. Por eso, la teología comienza a la hora del poniente, cuando va concluyendo el día e irrumpiendo la noche; entonces la sombra ha terminado su recorrido. 

José hace parte de la invitación renovada a ocuparse en serio, como dice Casati, de “las sombras que, en vez de ocultar, revelan”. O si se prefiere, glosando a Raimon Panikkar, cuando la sombra da acceso a los relámpagos que, a veces blancos y a veces rojos, son azules, los aislamientos artificiales ya no sirven; entonces el problema del otro empieza a convertirse en el propio interrogante, pues se ha adquirido la nueva inocencia, la inocencia consciente; a mi juicio, la que simboliza el peregrino José de Nazaret.

Alberto Echeverri

Adaptado por William Mejía del texto original “José de Nazaret, un creyente ensombrecido”, publicado en Perseitas 6 / 1 (2018), 71-97.

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Como la Compañía me regaló la oportunidad de profundizar en teología espiritual hasta con un doctorado, tengo mucho problema con la palabreja espiritualidad. Desde hace tiempo vengo diciendo que es como la melcocha, estira hacia donde uno quiera, con el riesgo de que resulten productos sin forma alguna. Pero dejémosla en paz para poder entendernos, solo espero que la mía sea coherente. 

Mi clima interior permanente en los últimos años es el de una continua acción de gracias. “Por tanto bien recibido”, como diría nuestro padre Ignacio. Doy gracias todo el día por la gente que encuentro y la que no conozco, por el día, por la luz, el agua, el viento, por la oscuridad, por el arte que en Italia es desbordante, por la historia que he vivido y por la que estamos viviendo, con todos sus mases y sus menos. Gracias muy especiales por mis amigos y mi familia, sobre todo por mis padres a quienes ya recibió el amor de Dios en su casa; unos y otros me han ayudado, aun con sus limitaciones, a conservar el indispensable equilibrio mental para continuar amando la vida que se me da a diario, sin resquemores y sin reclamos que a nada conducen. Y gracias por la vejez que va irrumpiendo y por la hermana muerte que en cualquier momento del camino me espera y nos espera.  

Por todo eso es tan importante para mí la Eucaristía dominical –en Italia y en Europa en general ha desaparecido la especial de muchas fiestas religiosas-, pero siento mucha dificultad con las liturgias, supuestamente celebradas por funcionarios del altar, y por colaboradores que ni siquiera saben proclamar la Palabra, ni seleccionar los cantos e interpretarlos desde dentro de sí mismos, y tampoco desempeñar otros oficios con la dignidad que es propia de un culto que alimente la vida de quienes, también supuestamente, participamos en él. En muchas ocasiones, porque pertenezco desde 2015 a un grupo ecuménico laical de origen italiano hoy extendido por todo el país, el SAE (Secretariado de Actividades Ecuménicas), prefiero participar, comunión incluida si son protestantes porque los ortodoxos no lo admiten, en una celebración de otras iglesias cristianas. Participo con mucha alegría en las bellísimas liturgias del monasterio italiano de Bose, a dos horas de casa y por eso saltuariamente (imprescindibles en Navidad y Pascua), porque es la única experiencia ecuménica en Italia; en él residen unos 80 monjes, ellas y ellos, que viven de su trabajo en la agricultura biológica y las publicaciones teológicas siempre de tipo ecuménico. También hacer parte de un grupo de 40 personas que llegan de diversos sitios de Italia a una sesión de dos días intensos para profundizar en lo que me revela un texto evangélico cualquiera, me ha ayudado a mirar la Palabra no en perspectiva de comentario exegético ni con destino a otros, sino en lo que dice sobre mí y mi propia vida. El grupo es animado por una exreligiosa francesa de 87 años, que se retiró de su congregación mucho tiempo atrás junto con las novicias de las que era maestra; su origen parcialmente hebreo y su estupendo conocimiento de esa lengua, del griego bíblico y de la teología  completan una experiencia que en época reciente hemos convenido continuar por vía telemática.   

Me he ofrecido a más de un párroco, incluido el mío que anda por los 50 años, para colaborar en esa liturgia preparando los lectores, los acólitos, proclamando la Palabra, ayudando en la catequesis… sin respuesta alguna: la absoluta prohibición del documento pontificio que en 2013 me concedía la “gracia” de la (pésimamente llamada) “dispensa del celibato sacerdotal” parece seguir vigente en la muy católica Italia, a pesar de los cambios de Francisco. Mi párroco prefiere que en el boletín trimestral de la parroquia, y lo hago con gusto, escriba una sección de tipo histórico sobre la diócesis de Como y la parroquia del pueblo de 7500 habitantes donde vivimos, Rovellasca, con más de 15 siglos de antigüedad la primera y 500 años de origen la segunda. Dos años atrás me invitó a dirigir la catequesis de adultos (30-40 jovencitos de 60 abriles en adelante), pero al poco tiempo limitó el encargo, debido a las protestas de varios que no estaban de acuerdo en que yo insistiera en expresar públicamente su propia experiencia de fe o su opinión sobre el tema tratado. Solo querían oír al experto, como era su costumbre inmemorial. 

He dejado de pedirle al Padre de Jesús alguna respuesta a una necesidad de otros o mía; sé que no es muy humilde la actitud, pero en fin, por ahí voy. Mi única petición constante es la de que el Espíritu nos regale y me regale su luz para que quienes lo necesitan, yo incluido, podamos discernir lo que más convenga al mundo y a la historia personal. El rito ambrosiano, propio de la vecina arquidiócesis de Milán, algo distinto del romano que conocemos, ha cooperado a que recupere el sentido bíblico de la liturgia y a darle más importancia al Espíritu Santo para contrastar el cristocentrismo del rito ambrosiano y el semitrinitarismo del romano (bueno, son juicios míos, discutibles como tantas cosas en el mundo). El rito está muy extendido en los pueblos vecinos, pues esa arquidiócesis es geográficamente la más grande del mundo católico. Advierto en mí algo que todavía falta: la dimensión de saber adorar en silencio. Espero afrontarlo en el tiempo que aún se me regale. 

Italia es un país relativamente pequeño, con una población numerosa, en fácil conexión geográfica con otros países también pequeños y con culturas muy variadas, pero que van evolucionando hacia una cierta comprensión y colaboración mutua en lo que hoy llamamos la “comunidad europea”, por la que transitan día tras día gentes de otros continentes. Vivir aquí me ha permitido entrar en contacto con grupos y personas que me confrontan en todos los órdenes: la fe, la cultura, los valores, la visión del mundo. En contraste, además, con la América Latina tan nueva y tan llena de jóvenes, Italia es el primer país en Europa (y segundo en el mundo) en población de viejos y ancianos: por ejemplo, hace poco tres rovelasquesas apagaron su torta de cumpleaños con 100 velitas; en fin, los rovelasqueses hombres duran un poco menos, pero suelen morir de los 70 años en adelante.  

Como he contado a algunos de nuestro grupo ADTLV, me ocupo la mayoría del tiempo en investigar sobre el hecho religioso en todas sus modalidades (religiones, arte y cultura religiosos, ateísmo, deísmo, indiferencia religiosa, posreligiosidad, espiritualidades…); me intereso particularmente por la libertad religiosa. Soy miembro del grupo de investigación colombiano Sagrado y profano, radicado en la Escuela de Historia de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y en el Instituto Colombiano de Estudio de las Religiones; acompaño el semillero de investigación que está anexo a él. Las publicaciones y las discusiones son un acicate para mi propia vida de fe. Algo parecido puedo decir del movimiento laical Nosotros somos iglesia, similar al homónimo de otros países, que nació católico y hoy es ecuménico; desde 2014 pertenezco al grupo italiano que tiene sede en Milán. 

Y muy particularmente doy gracias todos los días por Maria Grazia, italiana, docente de latín, griego e italiano, de historia y geografía, que el amor de Dios me regaló hace buen tiempo (cumplimos ocho años de matrimonio civil italiano y seis del sacramental colombiano). Si a la Compañía debo 45 años de mi historia, sin la presencia cotidiana de esta compañera, amiga y esposa, la mayoría de las experiencias que estoy viviendo serían casi que inexistentes.

Alberto Echeverri

Rovellasca, agosto de 2020                                        

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Italia es un país relativamente pequeño, con una población numerosa, en fácil conexión geográfica con otros países también pequeños y con culturas muy variadas, pero que van evolucionando hacia una cierta comprensión y colaboración mutua en lo que hoy llamamos la “comunidad europea”, por la que transitan día tras día gentes de otros continentes. 

Vivir aquí me ha permitido entrar en contacto con grupos y personas que me confrontan en todos los órdenes: la fe, la cultura, los valores, la visión del mundo. En contraste, además, con la América Latina tan nueva y tan llena de jóvenes, Italia es el primer país en Europa (y segundo en el mundo) en población de viejos y ancianos. 

En septiembre, tres rovelasquesas apagaron su torta de cumpleaños con 100 velitas. Los rovelasqueses varones duran un poco menos, pero los “jovencitos” suelen morir de los 70 años en adelante. La mayoría de las mujeres de esta población fallece con más de 80 años a las espaldas: ¡un argumento que comprueba que la presumida superioridad de la resistencia masculina no es válida! 

Hace unos meses el colectivo Unidos por Colombia, que reúne a los colombianos residentes en el norte de Italia ‒una mayoría en Milán y otros en los pueblos de la periferia‒, me han invitado a unirme a ellos en el consejo de la asociación, un puesto que pocos quieren ocupar debido a sus ocupaciones laborales y familiares. Como de costumbre, hasta hace poco una mujer era la que había asumido la responsabilidad del grupo. 

Es una lástima que los socios no superemos ni siquiera el 30 % de los colombianos a quienes se han sido dirigido en espera de una respuesta. Y nada ayuda el consulado colombiano, el único en un país de más de 1760 kilómetros de longitud territorial (hay otro cónsul honorario en Génova). Nuestro consulado apenas dispone de la información de que “en el norte de la república viven cerca de 30.000 colombianos”, que se suman a otros 200.000 inmigrantes, solamente entre ecuatorianos y peruanos.

Alberto Echeverri                                   

Noviembre de 2020

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La historia deja traslucir cierta verdad inquietante: las iglesias cristianas han ido cayendo en una ideologización laicista de sus creaciones artísticas que ha llevado a las políticas eclesiásticas a tomar la delantera sobre la expresión de la fe.  Una revisión somera de lo acontecido en la iglesia católica romana permitirá clarificar esta afirmación. Procederemos a una evaluación del significado que la santidad ha tenido para la devoción popular en la Colombia del siglo ya terminado y primer decenio del sucesivo. Nuestro objeto de trabajo no será la noción misma, sino su reflejo en la expresión pictórica y escultórica de ella a través del culto a los santos que a lo largo de esa época, los siglos XIX y XX, la Iglesia propiciaba en el país.  

El Concilio Vaticano II (1962-1965) declaraba en 1963:

“Entre las actividades más nobles del ingenio humano se cuentan (…) las bellas artes, principalmente el arte religioso y su cumbre, que es el arte sacro. Estos (…) están relacionados con la infinita belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios (…). La Iglesia nunca consideró como propio estilo artístico alguno, sino que, acomodándose al carácter y las condiciones de los pueblos y a las necesidades de los diversos ritos, aceptó las formas de cada tiempo, creándose en el curso de los siglos un tesoro artístico. (…) Ha de ejercerse libremente con tal que sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia”.

El diccionario de la Real Academia Española reserva ideología para la “rama de las ciencias filosóficas que trata del origen y clasificación de las ideas” e ideologizar para “imbuir una determinada ideología”. El Diccionario de uso del español la señala como “Doctrina. Ideario. Conjunto de ideas o de ideales”. Sin embargo, el uso marxista del vocablo ha llevado a una definición que las ciencias sociales han asumido progresivamente: “un conjunto de proposiciones teoréticas (ideas, principios, objetivos, ideales, esquemas interpretativos, directivas de valor) que ambicionan constituirse en guía de la praxis de la vida de los hombres” (Yannarás). Ideología e ideologización, por tanto, corren paralelas: existe la primera, pues confluye por fuerza en la segunda. Es justamente una ideologización lo que ha sucedido en el arte cristiano. El itinerario seguido por la significación de los santos a quienes más acude la piedad del colombiano medio lo revela en abundancia.

Empezando por la que ha asumido la representación de la Trinidad, que el cristianismo ubica al centro de su confesión de fe. No es raro encontrarla incluida, sin precedencia alguna sobre las demás, entre las numerosas efigies de santos que ornamentan las columnas de una de tantas iglesias parroquiales o capillas privadas. El conjunto de personajes esculpidos o pintados subraya la encarnación del Hijo, resulta haciendo otro tanto con el Padre y simbolizando, por lo general con una paloma, al Espíritu Santo. De ahí que el arte peruano y boliviano, y en parte el ecuatoriano, han llegado a mostrarnos un “Jesús del gran poder” que en ocasiones tiene tres rostros idénticos y cuya festividad adquiere un significativo despliegue procesional.

 

Las imágenes de san José, el padre de Jesús, plantean un extraño conflicto con las de san Antonio de Padua. José de Nazaret exhibe dos símbolos idénticos a los que presenta el santo italiano: el Jesús niño, por lo general en brazos, y el lirio o la azucena representativos de la virginidad. Con una diferencia radical: José es un hombre demasiado mayor frente a una María casi adolescente, o totalmente anciano y Antonio un joven, por lo general atractivo.  Ningún testimonio evangélico reporta la edad del padre nutricio o putativo de Jesús, mientras aparece un hombre adulto, no muy entrado en años, en los iconos y mosaicos bizantinos. De la predicación apasionada del santo italiano en defensa de los pobres solo saben algunos de sus devotos que convencía más a los peces que a sus oyentes. El esfuerzo de Pío XII en 1955 por reemplazar la fiesta socialista del trabajo por la de san José obrero, patrono de los trabajadores, no parece tener hoy mayor importancia; en cambio, se le ha confiado la protección de los moribundos porque una leyenda sin base evangélica asegura que murió a los ciento veinte años en brazos de María ‒su esposa desde que él tenía noventa de edad‒ y de Jesús, quien para entonces había llegado a los treinta y estaba a punto de ingresar en la vida pública.

Sorprende también la así llamada “Sagrada familia”, de la que grabados, pinturas y esculturas ‒una costumbre muy antigua‒ nos muestran abundantes referencias a los escritos apócrifos del cristianismo originario y no al evangelio, escaso en informaciones como grupo social.  Según las corrientes en América Latina, al menos desde el punto de vista de la composición artística, María la madre adquiere mayor relieve que el hijo, en realidad el más importante. José queda reducido a un papel terciario, expresado por su edad, la de un anciano, y por su actitud lejana y su ubicación, detrás o muy al costado, en el conjunto de la imagen; en muchos casos, se tiene la impresión de que sobrara su presencia en el grupo. Se da por descontado que los rostros y gestos de los tres personajes nada tienen que ver con el indígena ni el negro que pueblan el continente; como máximo, se asemejan a los de un criollo.

Con raras excepciones, san Juan Bautista, en palabras del mismo Jesús “el mayor entre los nacidos de mujer”, un personaje crucial en el arte de la edad media y del renacimiento, ha adquirido escasa relevancia en la comunidad católica romana del país, que prefiere centrar su atención en otros santos que le resultan más cercanos. Ninguna atracción despierta su figura adusta, macilenta y de un cuerpo envejecido por la penitencia, a pesar de que las fuentes bautismales ornamentadas con pinturas o esculturas alusivas a él suelen mostrarlo joven y en ocasiones acompañado de Jesús mismo, a quien bautiza. Interrogados sobre el papel clave del Bautista en el evangelio cristiano, poco o nada afirman conocer los católicos romanos. Hasta hace poco tiempo algunos sabían que era hijo de Isabel, a quien el rosario mariano identificaba como prima de la madre de Jesús. Y no faltan quienes aseguran que administró a Jesús el sacramento cristiano del bautismo: ¿un velado rechazo de la fe judía en la que ambos mueren?

Otro tanto sucede con los cuatro autores de los evangelios cristianos: Marcos, Lucas, Mateo y Juan. Algún encanto, novelesco en ocasiones, ha adquirido la figura del apóstol Juan, mientras en años recientes las de Mateo y Lucas se reducen a la selección de un nombre para los recién nacidos sin que cuente el que hayan sido bautizados o no. En cambio, la piedad popular ha puesto en lugar relevante a un desconocido san Marcos de León, de quien el animal acompañante hace manifiesto que se trata ni más ni menos que del evangelista Marcos; pero los devotos, desconocedores de la historia del discípulo del apóstol Pedro, poco se interesan por su eventual significado porque solo los atrae su eficiencia milagrosa.

No menos extraña resulta la situación, en el conjunto de los santos cristianos, de los Apóstoles, “los Doce” según el evangelio. Abundan sus representaciones grupales, por lo general en el marco de la última cena que comparten con Jesús. Excepción hecha de san Pedro y san Juan, es Judas Iscariote la personalidad que en los últimos decenios provoca una creciente fascinación. Relegado durante siglos al papel del traidor, y por eso despreciado, la curiosidad fantasiosa del barroquismo latinoamericano lo ha elevado hasta un puesto de realce en el que se entremezclan relatos de cierta novelística contemporánea que le atribuye extrañas relaciones con personajes para y extraevangélicos.

La típica barba de un san Pedro anciano, que empuña las llaves distintivas del poder atribuido a la Iglesia de atar y desatar, pero asignadas a él por el humor popular como portero del cielo, en tanto que san Pablo hace otro tanto con la espada que simboliza su martirio son algunas de las someras informaciones en mano de la mayoría de los laicos católicos romanos acerca de los dos apóstoles claves en la consolidación de la fe cristiana.  Esos laicos no tienen mayor noticia sobre los restantes miembros del grupo de los Doce: del apóstol Tomás solo se critica su incredulidad ante el Resucitado, algunos identifican a Mateo el apóstol con el autor evangélico o saben que hay entre los discípulos de Jesús un Judas “bueno”, Tadeo, quien recibe atención en Colombia y en otras regiones de América Latina. Y aunque los nombres de unos y otros dan identidad a instituciones educativas, parroquias, seminarios, diócesis, etc., se desconoce su ubicación en el relato evangélico.

Mayor entusiasmo que los dos símbolos, respectivamente, del pastoreo de la Iglesia y de su misión hacia el exterior despierta una figura singular, hoy excluida del santoral de la Iglesia, pero en cuyo culto y estima insisten todavía muchos creyentes. Se trata de san Cristóbal, a quien se ha encargado desde hace siglos proteger a quienes emprenden un viaje, a pesar de que, en realidad, el primer viajero reportado en la historia del cristianismo fue José de Nazaret. Según la leyenda, Reprobus era un semita (¿hebreo, árabe?) que había servido al rey de Canaán, de cara aterradora y más de dos metros de altura, convertido por un monje que le impuso como penitencia por su mala vida pasada ayudar el tránsito de los peregrinos obligados a la travesía de un río caudaloso (versión cristiana del mito de Caronte, el navegante de los infiernos que conduce a través de la laguna Estigia a los recién llegados). En ese oficio se encuentra un día con el niño a quien carga al hombro para cumplir su tarea: Jesús en persona. Entonces cambiará su nombre por el de Cristóbal, “portador de Cristo”. 

Esta etapa del relato encarna la cristianización de otro mito: el de Eneas constreñido a escapar de la destruida Atenas, que lleva consigo a su padre Anquises y a su hijo Ascanio para llegar al lugar donde poco después se fundará Roma.  La investigación ha develado que Reprobus o Cristóbal, de quien se dice que fue martirizado hacia fines del siglo III y por eso es muy venerado en las iglesias orientales, se habría confundido con san Menas, un soldado romano de indudable historicidad que se va al desierto egipcio tras su bautismo y es hecho mártir en Alejandría a comienzos del siglo IV; patrono de peregrinos, mercaderes y caravanas del desierto frente a nuestro Cristóbal, protector de atletas, marineros y viajeros. Nótese que subyacen aquí las secretas pugnas por la preeminencia interna de las primitivas comunidades eclesiales hacia los tiempos de Constantino y de las luchas iconoclastas apenas en los inicios. 

He hablado hasta aquí de santos varones, con excepción de las referencias a la virgen María. No examinaré la devoción y el culto a la madre de Jesús, que merece consideración exhaustiva porque es sintomático y revelador del estado de la fe cristiana en el país. Para determinar, por ejemplo, los motivos de las ocultas pugnas entre sus diversas y abundantísimas advocaciones (virgen del Carmen, de Fátima, de Lourdes, de los Dolores, de la Medalla Milagrosa…), y de preferencia por las europeas sobre las locales y nacionales. Valdría la pena encuestar jóvenes católicos colombianos sobre el nombre y la historia de la advocación mariana de su preferencia y hacerlo en forma diferenciada por cada departamento para detectar su conocimiento de la Virgen correspondiente a la propia región: el resultado pondrá al descubierto los alcances de la evangelización sobre la figura de María para ellos. 

En la representación artística del apóstol Juan, por lo general identificado con el autor del evangelio y las cartas que llevan su nombre, una larga tradición lo iguala con el “discípulo amado”, citado repetidas veces en el evangelio atribuido al mismo Juan. El evangelio solo afirma que el discípulo amado, que estaba al lado de Jesús en la cena de la noche de la pasión, será invitado a señas por su compañero Pedro a pedirle al Maestro que señale al potencial traidor y, por eso, “acercándose más a Jesús” le hará la pregunta. Por el mismo texto, único entre los cuatro canónicos, nos enteramos de que acompaña a María, la madre de Jesús, y a María Magdalena en la tarde de la crucifixión. Siempre al costado de Jesús y reclinado en su pecho durante la última cena, o completando el grupo de los evangelistas con el águila a su lado, escultores y pintores se complacen en subrayar su juventud y diseñarle un cuerpo que hace presentes un rostro y unos ademanes que trasgreden los tradicionales límites de la masculinidad y la feminidad. Escasísimas las noticias, sin embargo, sobre el discípulo Juan del que hablan los evangelios sinópticos, ambicioso del primer puesto entre sus compañeros para dominar sobre ellos y uno de los que dejan solo a Jesús en su camino a la cruz.  América Latina prefiere, por lo general, verlo en la escena del Calvario, y en varios lugares es tradicional la mutua persecución física de las imágenes de san Pedro y san Juan, en competencia con la Magdalena, la mañana del día de Pascua. 

La historiografía de los santos cristianos demuestra que la historia de sus hechos reales y verificables solo constituye para muchos creyentes un símbolo de la presencia de Dios en el mundo. Que es, al fin de cuentas lo que importa cuando de verdadera experiencia religiosa se trata, pero a riesgo de prolongar los valores de la mentalidad dominante en las diversas culturas y épocas; una visión del hombre y del mundo que no siempre corresponde a la palabra del evangelio sobre uno y otro.   

Alberto Echeverri 

Adaptado por William Mejía de: Una lectura alternativa de la historia del culto a los santos en la pintura y escultura de Colombia en los siglos XX y XXI. Revista Logos Ciencia & Tecnología,  9 (1), julio-diciembre de 2017, 63-77. https://revistalogos.policia.edu.co:8443/index.php/rlct/article/view/406  

Nota del autor para quienes consulten el artículo original:

Reclamé a la dirección de la revista Logos, Ciencia & Tecnología por una serie de errores en la publicación del texto, que no correspondían al que yo había enviado. La respuesta fue la de que debía volver a subirla a la plataforma para que los editores verificaran mi queja. Un procedimiento típico de organizaciones como la de las Escuelas de la Policía Nacional, responsables de la revista, a las que poco interesan las personas de quienes gratuitamente colaboramos en su promoción. Nunca me había sucedido lo mismo con otras publicaciones.   

 

Nota del adaptador: las imágenes son meramente ilustrativas. No corresponden al estudio hecho por el autor.re

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