Hace cerca de cinco siglos, Thomas Hobbes, un filósofo inglés creador de cierta teoría del Estado moderno, afirmaba que el hombre no es más que un lobo para los otros hombres.
Incluidas las señoras, obviamente. Quería subrayar la tremenda agresividad que reside en cada uno de nosotros en la relación con los connaturales.
Pero desde ese momento fue el pobre lobo el que se ganó las antipatías ajenas. Quienes lo conocen saben muy bien que el animalejo ataca a algún ser viviente solo si está atormentado por una gran hambre. De resto, como lo supo san Francisco en Gubbio, puede ser un huésped más o menos agradable en los paseos por el bosque. La desventurada Caperucita Roja por tanto se tropezó con uno absolutamente famélico.
Por fuera del hambre biológica existen otros tipos de hambre. Uno es el hambre de poder. Para testimoniarlo, las transnacionales, por ejemplo. Tiempo atrás se hablaba por todas partes de ciertos oligarcas que reúnen inmensas fortunas, delante de tantísimos connacionales que exhiben estómagos hambrientos. Y sobre todo tenemos la guerra que todos temíamos, hoy a las puertas: que es una fea, muy fea historia de agresividad sin límites.
Al mismo tiempo, sin embargo, no faltan las historias de superación de la agresividad, cuando esta resulta sustituida por una solidaridad que empieza por no tener, tampoco ella, límites. Advierta el lector que gente tan pródiga solo recibe la aceptación ajena cuando es blanca y rubia: los negros africanos o afroamericanos, los asiáticos de piel oscura o los indios no cuentan, son rechazados. Unos y otros padecen la realidad del lobo humano, sea mujer u hombre, hambriento de su “raza”.
También Jesús oyó decir a sus compaisanos que no era “hijo de Abraham” (el buen patriarca llevaba siglos en el limbo, esperando la resurrección): hambre de una familia distinguida, connotada, digna de consideración. No simple respeto de los otros por lo que son, simples criaturas vivientes. Y entre estas, hijos de Dios: lo ha declarado Jesús de Nazaret.
Alberto Echeverri
Rovallesca, Italia, Marzo 2026


4 Comentarios
Si el hombre es lobo para el hombre -y la mujer, también- para evitar ardientes debates metafísicos no se debe poner esta afirmación (tú no lo haces) junto a la de Génesis 1,26: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. ¡Adelante con tus crónicas!
Habrìa que discutir despacio la afirmaciòn del Gènesis. Siempre un sìmbolo de lo que deberìa ser logrado. Un abrazo.
Alberto, tu análisis pone de relieve la dualidad contradictoria que todos tenemos. Que somos capaces de ser lobos hambrientos con quienes nos encontramos y despreciamos, o ángeles de compasión, sacrificio, empatía, perdón, alegría, creatividad enaltecedora, artista y transformador de la materia en mil y una invenciones estupendas. La contradicción parece estar enraizada en los valores con los que nos criamos y vivimos, o en los antivalores con los que nos convertimos en monstruos destructivos. Cuando la pasion desbordada, el ansia de poder y la persecucion de la autoridad sin restriccion nos define y guia nuestras acciones nos convertimos en el lobo cuya meta exclusiva es el oprimir, explotar, engañar, robar, destruir. De ahí la imperiosa necesidad de llevar un inventario constante de las motivaciones que tenemos para hacer lo que hacemos de manera que podamos mantener bajo control nuestros impulsos negativos.
Lo expresas mejor que yo, querido Rey. Un abrazo.