“Todos hermanos, hermanos todos” subrayaba el papa Francisco más de un quinquenio atrás. De lo contrario, como advertía Mahatma Gandhi, “ojo por ojo y el mundo se volverá ciego”. Una lectura, la de Francisco, de muchos trozos evangélicos, entre ellos uno mal conocido: “Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o mediador sobre ustedes?”. Es Jesús quien responde a la cuestión que le plantea uno de sus oyentes: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.
Justo como en los actuales tiempos: miremos el eterno litigio, hecho de muerte y destrucción, entre el estado de Israel y la Palestina que trata de convertirse en país. Un mismo origen el de ambos pueblos, una historia compartida desde hace siglos. Sin embargo, la supuesta fraternidad ha provocado una enemistad que perdura hasta hoy.
La alianza iniciada por el Dios que confesaba el Israel bíblico ha desembocado, para muchos israelíes, en un asunto exclusivamente jurídico: si se practicaban determinados ritos y normas, el Dios de los patriarcas y los profetas, de Judith y de Sara, de Ester y Ruth, el de Salomón y David protegería a los suyos, vale decir, solo a Israel. Un Dios, en suma, juez de los hombres y entre los hombres.
Es algo habitual entre nosotros que también los social media sean usados para compartir nuestras opiniones sobre la actual guerra entre los dos países. Vale la pena, sin embargo, estar atentos al modo como lo hacemos, porque nos arriesgamos a ofender muchas sensibilidades distintas. Hay un estilo francamente fraternal de plantear las discusiones y hay otro hostil. Este último nos conduce a juzgar a los demás. Entonces, ¿por qué no poner en discusión más bien el propio estilo de vida y los propios valores? Probablemente descubramos que también el Dios de Jesús ha renunciado a ser juez entre nosotros. Y sobre nosotros mismos.
Alberto Echeverri
Mayo, 2026


1 comentario
Alberto, dice Humberto Maturana que amar es reconocer y aceptar al otro como legítimo otro. Cómo nos cuesta trabajo aceptar lo otro del otro ! Y que sea legítimo…