Pareciera que el asunto de los méritos, y por eso de los merecedores, perteneciese a la más antigua historia de la humanidad. Desde que el mundo es mundo se ha dicho que son los merecedores los únicos que merecen figurar en la sociedad, en la familia: vale decir, los que poseen algo de lo cual jactarse y nunca avergonzarse. Sin embargo, más de una, más de uno de ellos podría llegar, a pesar de sí mismo, a hacerse indigno; por tanto, escaso de méritos
En la vida pública se trasforma en persona virtuosa aquella o aquel que lo merece: presidenta o presidente, senadora o senador, alcalde o alcaldesa, empresario o empresaria, policía, juez, ministro de la iglesia, etc. De todas y de todos, antes de confiarles el encargo, se enlistan los méritos.
Más todavía entre nosotros cristianos: del protestante o del ortodoxo o del católico de a pie se espera que conduzca una vida acorde con su fe, de un obispo que merezca su nombramiento, y así por el estilo, de un reverendo, de la superiora de una congregación religiosa, del seminarista que se prepara a su ordenación para el ministerio, del acólito así sea apenas un niño, de la catequista o del catequista… La liturgia misma de la misa terminaba las oraciones invocando los méritos de Cristo Señor pues hemos estado convencidos de que el buen Dios Padre no puede responder a nuestras súplicas si su Hijo no hubiera tenido méritos, y abundantísimos.
Obviamente, existen por igual, en lugar de los merecedores o junto a ellos, los no merecedores, los “indignos”. Algunos de esos resultan simplemente descartados, proscritos de la especie humana. Pero como nunca falta alguno peligroso, y en extremo, se lo somete al público ludibrio o se lo mata: “!merecía morir!”, gritan entonces muchos entre quienes están convencidos del exceso de sus propios méritos. Uno de estos, el conocido jefe de Estado que en la escena internacional continúa haciendo cuanto le viene en gana para procurarse el nobel de la paz, persuadido de merecerlo, en justicia, de tiempo atrás…
¿Recuerdan Uds. que uno de esos indignos, sin mérito alguno según sus mismos paisanos, fue un cierto sujeto llegado de un pueblucho, cuya familia no figuraba para nada en la vida pública, y que caminaba siempre acompañado de un grupillo de gente sospechosa? Terminó además en el peor modo posible, condenado a una muerte infamante. Había prometido la mar de cosas bellas para quienes no merecían nada porque él mismo no hablaba nunca de méritos ni de gente merecedora. Se llamaba Jesús de Nazaret.
Alberto Echeverri
Abril, 2026


5 Comentarios
Saludable, Alberto, que nos incites a reflexionar sobre la plaga de “merecedores”, embriagados de hybris, que se proclaman seguidores de aquel que dijo: “Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Lc 17,10).
Alberto, muy bien recuerdas que hay títulos muy merecidos y otros muy inmerecidos. El mejor título es para aquellos que aman en espíritu y en verdad, de palabras y obras.
Alberto: Pienso que en el panorama de la política actual abundan los que sin tener mérito más allá de ser payasos, logran con sus payasadas convencer al público que tienen méritos y “emboban” a los electores más allá de todo límite racional. Saludos. Hernando
Oportuna reflexión, Alberto, desde abajo.
Siempre desde abajo,amigo John.