Home Cultura Contra el héroe cristiano (2)

Contra el héroe cristiano (2)

Por Alberto Echeverri
681 vistas
Download PDF

El mito del héroe en Occidente ha ido adquiriendo dimensiones cotidianas desde el incremento de los medios de comunicación social. La fe de los cristianos no solo resulta influenciada por la multiplicidad de la figura heroica, sino que parece disfrutarla y aun contribuir a su prolongación cultural. 

¿Un héroe o una heroína cristianos? 

                  En sus inicios, la Iglesia cristiana habló siempre de mártires, no de héroes. Aquellos afrontaban con dignidad e indefensos, las acciones agresivas de otros, el héroe lideraba las propias desde una posición de poder. Esos primeros cristianos, mujeres y hombres, buscaban el reino de Dios “como un viaje espiritual y como una reacción política en evolución frente a los actos absurdos de violencia, desigualdad e injusticia que caracterizaban a los reinos de los hombres” (Horsley & Silberman, 2005, p.7).

Cuando superó los varios siglos cuando el martirio estuvo a la orden del día, la Iglesia sintió la necesidad de promover sus propios héroes, permitiendo que se tildara de tales a los que lograron sobrevivir en medio de las luchas iconoclastas, a los que superaron las épocas de las herejías, a los reyes y las reinas que castigaban con su poder a quienes se rebelaban contra el autoritarismo de papas, obispos y aun de simples párrocos. Y no dudó en incluir como heroica, la sola profesión de oponerse a la degradación moral de la sociedad europea que hacían los anacoretas, los cenobitas y los monjes. 

                  Las desastrosas cruzadas contra los turcos, alentadas en buena parte por la percepción de que su fe islámica era distinta a la de Occidente, quisieron en algún momento superar los tiempos medievales. Como resultado de ellas surgieron los héroes de ambos bandos, cristianos y no cristianos. Todavía en el siglo XVI los europeos -y en consecuencia quienes invadieron los territorios de la actual América y buena parte del Africa- se vanagloriaban de las hazañas heroicas de sus campeones. 

Con esos símbolos, entre otros muchos, se propusieron educar en la fe cristiana a las nuevas generaciones de mestizos que fueron habitando los territorios arrebatados a indígenas y negros. No es de extrañar que las fábulas y leyendas de héroes nada americanos ni africanos poblaran la imaginación de los reducidos al vasallaje, pero al mismo tiempo lograran suscitar en ellos los propios. Estos serían testimoniados por los relatos de escribanos e historiadores en los primeros siglos de la colonización; si las religiones de los indios americanos los tuvieron, persisten aún, por ejemplo, en la conciencia, cada vez más difundida, de los afroamericanos practicantes de la religión yoruba. 

                  Cuando España se asomaba temerosa al renacimiento, a poco seguida de Portugal, ya los dos nacientes imperios habían vivido de heroísmo en todas sus declinaciones posibles, el futuro almirante Colón desembarcó en las Indias occidentales. Con el advenimiento de los cristianos españoles y portugueses, heredamos los americanos el panteón griego, el romano y el medieval de sus héroes, como también el de sus conquistadores que, en nombre de Dios y del monarca de turno se apoderaron de cuanto no les pertenecía. 

Les sucedieron los gestores de las muchas políticas, las civiles y las eclesiásticas, que aumentaron las gestas heroicas; solo que con frecuencia narraban las de ellos mismos. Las crisis sociales y económicas de los siglos sucesivos despertaron un curioso significado de heroísmo: lo merecía, y continúa mereciéndolo, quien no se dejaba comprar cuando sus informaciones o sus actividades, un trabajo como tantos, ponían al descubierto intereses extraños poco éticos; se trataba -y se trata- de periodistas, investigadores, escritores, jueces, abogados, líderes religiosos de diversas denominaciones. 

Hasta cuando nos encontramos con los héroes mediáticos; entonces numerosas iglesias y entidades semejantes entraron en la brega por hacer visible la propia imagen, estimulando acciones que dejaran en claro sus individuales diferencias porque rayaban en lo heroico. Pienso que puede explicarse el fenómeno, al menos parcialmente, por el hecho de que en un mundo como el nuestro, la mirada ética resulta sustituida por el discurso moralizante de “las buenas costumbres”. Entonces, las “acciones heroicas” se reducen a la superación de lo moralmente correcto, y la existencia del héroe pierde su sentido. Para muestra, los modernos pseudo héroes de la política, “una suerte de productos míticos elaborados a priori cuya nota distintiva se asienta casi con exclusividad sobre un entusiasmo retórico que se diluye a medida que se va poniendo de manifiesto lo vacuo de sus discursos”; mera propaganda partidista, extraña a la esfera de lo simbólico (Bauzá, 1991, p.161).

                  Consciente o inconscientemente, los cristianos, tanto en Oriente como en Occidente, hemos sido permeados por la misma dinámica. Repetimos los esquemas de la heroicidad con personajes, por ejemplo, como el franciscano san Maximilian Kölbe que tomó el lugar del prisionero padre de familia, ofreciéndose al carnicero nazi; un héroe repentino a quien no tenemos problema en juntar con decenas de santos que han sido proclamados tales porque “han practicado virtudes en grado heroico”. Sin dar aquí lugar a un tratado sobre la galaxia de la virtud, que depende siempre del entorno cultural, me atrevo a afirmar que su observancia produce, en quien las practica, un ciudadano auténtico, quizás una verdadera persona. 

Existen, además, las virtudes cristianas. Solo que parecen no bastar al ideario cristiano tales virtudes puestas en acción: para ser elevado a la condición de héroe entre los cristianos, vale decir santo, la mera virtud tiene que alcanzar un grado inédito. De ahí la aguda interpretación del calvinista escocés Thomas Carlyle (1841/1967, p.45), historiador y filósofo (*1795 +1881): “¿El mismo cristianismo no tiene quizás el propio germen en este culto de los héroes (…), en esta sumisión ardiente y sin límites por una divina forma de hombre?”.

                  Puede constatarse, sin embargo, que son muy raros los tratadistas del heroísmo humano que incluyen a Jesús, el Mesías cristiano, en tal categoría. De él ha subrayado la teología su calidad de profeta, de buscador de Dios, de poeta de la compasión y narrador de parábolas, de curador de la vida, de defensor de los últimos, de maestro de vida, de creador de un movimiento renovador como carismático itinerante, de sabio entre los sabios de la antigüedad, de creyente fiel, de amigo de la mujer, aun de conflictivo y peligroso, de mártir del reino de Dios, de resucitado por Dios (Barbaglio, 2012; Pagola, 2013); pero no de héroe. Ni siquiera su muerte cruenta es testimoniada por quienes la narran en términos épicos. Y el documento quizá más antiguo que escenifica su resurrección, deja en vilo la trasmisión del hecho a los discípulos de Jesús, pues los probables testigos de lo que se les ha comunicado “no dijeron nada a nadie porque tenían miedo” (Evangelio de Marcos 16,8); igual había sucedido poco antes con el testimonio que da María de Magdala “a los que habían andado con Jesús”, quienes “no le creyeron” (Evangelio de Marcos 16,10-11). 

                  Leídos los relatos evangélicos desde la perspectiva en que fueron escritos, la pascual muerte y resurrección, adquieren su justa dimensión los símbolos de realeza atribuidos a la persona de Jesús (por ejemplo, la adoración de los magos, su entrada triunfal en Jerusalén): al momento de la pasión, la coronación con espinas y las ridiculizantes insignias regias (el cetro de caña, las vestimentas sobre el cuerpo desnudo y martirizado, el trono inexistente) evidencian la versión evangélica de Jesús rey. 

Rechaza en repetidas ocasiones a quienes pretenden hacerlo tal, porque su reino no es de este mundo, afirmará él mismo (Evangelio de Juan 18,36), aunque lo promete para la historia presente (Evangelios de Mateo 5, 3-12 y de Lucas 6, 20-23). En el fondo, se trata solo de un ser humano que cumple la misión de anunciarlo como un don, y que afronta las consecuencias del envío que se le ha confiado. Sus propias palabras en el evangelio son la mejor comprobación: “Servidores inútiles somos, no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación” (Evangelio de Lucas 17,10), y él mismo uno de ellos. 

Ha preferido ser rechazado, antes que tolerar otro tanto para los demás porque el horizonte preferencial de su mirada va en dirección de los de abajo, de los últimos en la sociedad. Si la condición heroica subraya la independencia del sujeto que busca la justicia por sí mismo, el Nazareno reafirma siempre su dependencia de otro a quien llama su Padre. Ningún lector atento de los evangelios cristianos podría detectar los rasgos de un héroe en alguno de los discípulos que elige Jesús; se trata de gentes del común, asumidas por él con múltiples defectos, no solo con la posibilidad de que lo abandonen, sino también de que lo traicionen. Nunca acepta que los muchos que caminan a su lado generen una simbiosis con él, hasta el punto de, una vez resucitado, desaparecer cuando alguien quiere apropiárselo (Evangelios de Lucas 24, 31-32 y Juan 20,16-17). No, Jesús de Nazaret no es un héroe.  

                  Abundan hoy los libros, las películas, las series de televisión que han ido creando toda una ciencia-ficción en torno a la persona de Jesús de Nazaret, y en el fondo subrayando su condición heroica. Un solo ejemplo, entre muchos: El código Da Vinci de Dan Brown. Precisa José Antonio Pagola (pp.529-530) que sus autores no tienen en cuenta la investigación moderna, se niegan a los criterios de historicidad, hacen afirmaciones provocadoras en contra de lo investigado de primera mano y seleccionan episodios secundarios por su potencial sensacionalista. Pero, sobre todo, ignoran lo que constituye el mensaje central de la persona de Jesús.

                  El ámbito castrense en todas las latitudes propicia la mentalidad heroica. Por eso la metáfora militar tiene que ver de alguna manera con nuestro tema. Presente de manera amplia en el epistolario del apóstol Pablo (Barrios Tao, 2008, p.177), es relevante en su carta a los cristianos de Éfeso (Carta a los Efesios 6,14-17) para simbolizar el papel de quien anuncia el evangelio y el combate del cristiano contra el mal. Pero no aparece en los cuatro evangelios que hablan de ejércitos en contadas ocasiones: se trata, por ejemplo, de una parábola de Jesús (Evangelio de Lucas 14,31-33) o de cierto centurión romano que pide para un criado suyo la acción curativa del Nazareno mientras describe la relación con sus propios subalternos (Evangelios de Mt 8,5-13 y de Lucas 7,1-10). Hay que advertir que la moderna exégesis bíblica ha llamado la atención sobre la ideologización sufrida por los escasos textos del Nuevo testamento referidos al mundo de la milicia, citado de manera siempre alusiva. (Continuará).

Alberto Echeverri

Rovellasca, Italia

Octubre, 2024

0 comentario
0

También te gustara

Deja un comentario