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Contra el héroe cristiano[1]

Por Alberto Echeverri
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Alberto Echeverri nos envía esta colaboración donde disecciona, con ejemplos y muchas referencias, los roles que cumple la figura del héroe en nuestras sociedades. En cuatro entregas sucesivas nos acercaremos a esa realidad.

Hay un concepto común a la mayoría de los mitos burgueses: la irresponsabilidad del hombre (Barthes, 1957/2002, p. 248).

Ante mi necesidad de cuestionar la figura del héroe cristiano, hay que empezar por poner en discusión la del heroísmo como símbolo humano.

De tiempo atrás vengo tomando conciencia de sentirme invadido por héroes de todos los tamaños, formas, géneros y rostros. Niños, jóvenes, adultos y no pocos ancianos nos vemos empujados a soñar con el héroe. La palabra misma aparece cada día en la televisión, el cine, la prensa, en las diversas expresiones del arte, en la literatura, el teatro, en la música y sobre todo en el deporte. Incluidos los cristianos, que compartimos el entusiasmo por ese personaje con creyentes de otras denominaciones. Una rápida ojeada a la web me informa sobre el “héroe cristiano”: al menos en la versión de lengua hispánica, el primero en lista es uno de ingrata memoria para la democracia y aun para la fe de cualquier creyente, el dictador español Francisco Franco.

                  Ante mi necesidad de cuestionar la figura del héroe cristiano, hay que empezar por poner en discusión la del heroísmo como símbolo humano. Y preguntarse a continuación por su coherencia al interior de la fe cristiana. Las páginas siguientes buscan plantear ambos problemas, alimentadas por la hipótesis de que lo acontecido en la historia del cristianismo con los héroes conduce a medidas de orden político, de política a veces eclesiástica y otras no eclesiástica, en suma, de la conducción de la cosa pública, por quienes en alguna forma, detentan el poder. 

Un asunto hermenéutico: en la perspectiva de Hans-Georg Gadamer (1999, pp. 351-414), se trata de estudiar el mundo con apertura, humildad y prudencia, no de explicarlo por fuerza, sino de comprenderlo, de lograr una perspectiva coherente, ni única ni definitiva.

La invasión de los héroes

                  Quizá por cosas de la edad el primero que me ha venido a la mente ha sido el compañero de Sancho Panza, don Quijote de la Mancha. Pero hay acuerdo en apodarlo como el antihéroe por excelencia (McLean, 2002). Los discutidos orígenes hebreos de su creador, Miguel de Cervantes (Alvar, 2005), y en todo caso su simpatía por los cristianos nuevos que parece remontarse a parientes venidos de ellos (Eisenberg, 2005), pudieron influir en su personal negativa a hacer del malhadado castellano un héroe; aún estaba fresca la memoria lamentable de las cruzadas cristianas, incluida la de los niños y la más próxima de la reconquista de Granada, que habían llevado a la Península a echar por tierra poco a poco la inclusión religiosa y, a la par, la elemental convivencia de los judíos con los árabes y los españoles. 

                  La literatura, el teatro, la pintura, la escultura, la música, la danza, y en época reciente los historiadores, politólogos, sociólogos, psicólogos y otros escritores han ido tomando nota de los héroes producidos en todos los rincones del planeta a lo largo de la historia. Más allá del universo de los griegos y de los romanos, de la historia medieval y renacentista, de la modernidad misma, la América Latina de los años sesenta conoció y degustó el mito del Che Guevara que, declinado en muy variados lenguajes, unos revolucionarios y otros burgueses, lo condujo a ser conocido como un producto de latitudes de un cúmulo de pueblos y tierras exóticas, el tercer mundo, el del subdesarrollo. 

                  Los antropólogos hablan hoy de “los heroicos mil individuos” de la especie Homo ergaster -por exactitud 1 280, según la ciencia, sobrevivientes indómitos de una de las primeras glaciaciones, 900 000 años atrás, durante el período del pleistoceno medio, de donde habría surgido el homo heidelbergensis y, con el correr de los siglos, la especie humana actual (Dusi, 2023, p. 27). 

                  Un acucioso estudio de Patricia Cardona (2006) proporciona para hoy varios tipos de héroe (pp. 58-67): el mítico, el trágico, el civilizador, el novelesco y el mediático. Los tres primeros, el mítico (Hércules), el trágico (Edipo) y el civilizador (Prometeo) pertenecen a los tiempos clásicos; la admiración que se les profesó desde los primeros siglos de la cultura griega y romana fue prolongada por Occidente al menos hasta la época medieval porque el mítico fundaba la ley, el trágico la defendía y padecía por la justicia, y el civilizador entregaba las fuerzas de los dioses encarnadas en la cultura. 

                  Sin duda alguna, el héroe clásico en términos estrictos no es dios ni hombre, cabalga trágicamente entre las dos condiciones. Su valentía, sus gestas, el ser vencedor sobre las más grandes adversidades lo hacen semejante a los dioses; como ellos posee virtudes especiales: belleza corporal, fortaleza física, templanza, valentía, ingenio, prudencia y sagacidad para encarar los retos, entre ellos proteger a los hombres, incluso de la rudeza con la que los dioses los castigan y les hacen sentir debilidades mortales. Sus hazañas son grandes, su poder para vencer a los enemigos es reconocido y ensalzado, y su capacidad de enfrentarse a causas “imposibles” e irrealizables es trágica porque evidencia la vulnerabilidad que su ser oculta (Cardona, 2006, p. 53).

                  En el héroe se manifiesta un ser humano en rebelión contra los esquemas que su entorno social y sobre todo político quieren imponerle: el aguerrido y popularísimo Hércules de la Grecia antigua sufre aun la envidia de los dioses. El héroe busca, por encima de todo, la justicia. Es un transgresor de los límites y en grado inédito. Mediador entre este mundo y el otro, afirma Joseph Campbell (Bauzá, 1998, p. 153) que “desafía a la velocidad, al destino y a la muerte misma” porque para él la esencia de la vida consiste en una permanente e infinita superación de obstáculos, que solo interrumpe la muerte; y, para que la admiración por él trascienda las generaciones, “es preciso que muera prematuramente” (pp. 171.172). El propósito ético que pretende siempre transmitir a sus defendidos y al entorno lo inscribe en el panteón. 

                  “Son dioses inacabados” (Cardona, 2006, p. 58) los héroes míticos y también los civilizadores. Muchos entre quienes sucedieron a nuestros “civilizadores” pretendieron otro tanto, sobre todo en el mundo de la política y de la cultura; al igual que el de su perfil primigenio, despreciaron las leyes cósmicas[1], instituyeron las leyes de la cultura y con ello proclamaron un nuevo sentido de la historia. A cambio, sus antecesores trágicos, “épicos por excelencia” (p.59), instauraban la ley, la respetaban y defendían por dura que fuese; tenían sus orígenes en los dioses pero eran hombres, y por eso sufrían. Pero en los últimos seis siglos, el incremento de la narrativa literaria relevó un cuarto ejemplar heroico, el novelesco que, a diferencia de los precedentes, construye sus propias leyes pues sus luchas no son eternas sino internas, y sus viajes lo conducen dentro de sí mismo (p. 62). 

                  Al ascender en Occidente los valores prosaicos de la burguesía –estamos a mediados del siglo XV– la literatura reforzó la exaltación de la temeridad. Se adquiría mayor valor cuanto más se arriesgaba la vida en combates desiguales. Abundaba el heroísmo de los nobles, y con mayor razón el de los príncipes, “caballeros sin miedo”, porque sentirlo era cosa de un bajo nacimiento, lastre de los villanos. El renacimiento sucesivo se encargará de corregir esa imagen de la valentía nobiliaria. “La revolución burguesa  -acotarán Del Castillo & Cano- en la presentación de una obra reciente de Terry Eagleton (1990/2006, p. 25), escondió su falta de heroísmo con imágenes épicas trasnochadas; pero la revolución socialista es una épica sin héroes, una poesía del Unmensch, de los desgraciados que no aspiran a nada, excepto a subvertir toda aspiración”Hasta llegar a nuestros tiempos cuando “el miedo ante el enemigo se ha convertido en la norma” (Delumeau, 1989, pp. 12-17). 

                  Las poblaciones indígenas de Latinoamérica tuvieron sus propios héroes[2], y mayormente frente a las crueldades de las dominaciones europeas. A ellos se sumarían los que resultaron de las sublevaciones de los esclavos africanos llegados a la América española y portuguesa. Y al producirse la liberación del despotismo extranjero, los himnos de los distintos países surgidos de ella harían la épica de los héroes producidos durante las campañas políticas y militares de su lucha por la independencia. En el de Colombia, entre las pocas estrofas que habitan todavía mi memoria, hay una -la undécima- que canta, a propósito de uno de los héroes rebelados contra la tiranía española en la Nueva Granada: “Ricaurte en San Mateo / en átomos volando / deber antes que vida / con llamas escribió”[3].

                  Me resulta evidente que los colonizadores de América, Asia y África en la edad llamada moderna, quisieron asumir el perfil de los héroes civilizadores, sólo que imponiendo modelos culturales a gentes que ya tenían otros muy diversos; cantan todavía sus glorias las estatuas que se erguían en nuestros parques y plazas, hasta hace poco pues las va suprimiendo un reciente movimiento iconoclasta en protesta por los derechos pisoteados entonces.

                  Del mundo que los iberoamericanos habíamos creado hasta fines del siglo pasado pudo afirmar el maestro Octavio Paz (1987, p.451): “No tuvimos Ilustración porque no tuvimos (la) Reforma, ni un movimiento intelectual y religioso como el jansenismo francés. La civilización hispano-americana es admirable por muchos conceptos, pero hace pensar en una construcción de inmensa solidez -a un tiempo convento, fortaleza y palacio- destinada a durar, no a cambiar.

                  Hacia la primera mitad del siglo XX, antes de la implosión de los medios masivos de comunicación, nació el célebre movimiento del escultismo, difundido a nivel intercontinental. Con él empezó a generarse el héroe de los nuevos tiempos, garantizado sí por una tradición, pero proveniente de una escuela que superaba el círculo estrecho de la familia para entrenarlo con el objetivo de que llegara a serlo.

Niños y jóvenes scouts eran formados no solo para ser buenos ciudadanos sino, y ante todo, para ser héroes. Las niñas, las adolescentes y las adultas fueron admitidas en los batallones heroicos tan solo algunos decenios más tarde, dado el virilismo que predicaban los scouts.  Sir Robert Baden-Powell, el fundador, sostenía desde los inicios en 1908 que “la religión debe ser enseñada al joven no en agua de rosas ni en modo misterioso y lúgubre; él está dispuestísimo a acogerla si se le muestra en su aspecto heroico” (Subin, 2023, p.196). 

Contra el escepticismo religioso de finales del XIX, en el nuevo siglo el escultismo exaltaba “la convicción en la propia fe y en el derecho de dominar y guiar el planeta” (p.196). Un cristianismo muscular, de origen protestante, pero que la Iglesia católica romana poco a poco fue acogiendo, enfatizando sus logros educativos, aunque a mi juicio de manera acrítica[4]

Valdría la pena el estudio hermenéutico crítico, animado por los dirigentes religiosos de las tres grandes iglesias cristianas, de las obras de Rudyard Kipling (1865-1936), el premio Nobel británico admirado y muy leído por los jóvenes, tanto scouts como extraños al movimiento, al menos hasta los años setenta del siglo XX; pintaba el Oriente como “…una especie de fantástico campo de adiestramiento donde eran enviados los muchachos a convertirse en verdaderos hombres (Subin, p.205)[5], dejando de lado lo femenino. Alcanza a percibirse el influjo del perfil de las y los popularísimos scouts en el trazado asumido por los mass media para su propia figura heroica, propiciando “escuelas para héroes”. 


[1] Los movimientos ambientalistas actuales subrayan la grave irresponsabilidad de estos hombres y mujeres.

[2] Por ejemplo, Bochica fue desde los inicios, para la variopinta etnia muisca que pobló buena parte del centro de Colombia, un héroe civilizador más que un dios (Medina de Pacheco, 93).

[3] Himno nacional de Colombia (1887). 

[4] Los dos últimos papas, al igual que varios predecesores, han favorecido el movimiento con documentos laudatorios: Benedicto XVI (2007). Francisco (2019): en esta ocasión, los recibidos en audiencia especial eran 5.000. 

[5] No rinde buen servicio a la imagen del escultismo el duro e incisivo documental fílmico (Los archivos secretos de los Boy Scouts de EE. UU., Netflix, 2023), del ya conocido director estadounidense Brian Knappenberger, quizá porque evidencia los excesos de la mentalidad virilista que marcó desde los inicios a la organización.  


[1] Artículo de reflexión, producto de investigación no financiada.

Alberto Echeverri

Rovellasca, Italia

Octubre, 2024

4 Comentarios
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4 Comentarios

Vicente Alcalá 28 octubre, 2024 - 10:36 am

Querido Alberto, bienvenido -de nuevo- al blog y a la tertulia. Tu tema, como tantos otros, se hace casi infinito por los diferentes puntos de vista e interpretaciones (historia, cultura, época, latitudes, autores…) Sin olvidar el peso del inconsciente personal y el inconsciente colectivo, manifestado en los arquetipos. Esperamos tus próximas entregas.

Respuesta
Juan+Gregorio+Velez 28 octubre, 2024 - 10:15 pm

Gracias Alberto. Realmente el Escultismo formó en mí una personalidad fuerte y una gran orientación al servicio. Nunca tendré suficiente gratitud por el bien recibido con ese movimiento. Esperamos las próximas entregas para avanzar en la comprensión del tema.

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William Mejia 29 octubre, 2024 - 6:56 am

Al leer tu texto, Alberto, recordé el libro “Manuel Pacho” de Eduardo Cabalero Calderón (el relato de un hombre que carga en sus espaldas el cadáver putrefacto de su padre), que en el epílogo dice: “Cualquier hombre, por humilde e insignificante que sea, tiene alguna vez en su vida un minuto heroico, un instante de acercamiento al héroe. Este no lo es diariamente y a todas horas. Se necesitan circunstancias ajenas a él mismo, indeterminadas por su voluntad, para la conformación del heroísmo y el momento heroico. El héroe no es heroico sino esporádicamente, muchas veces un momento no más”. Quedo pendiente del resto de tu texto.

Respuesta
Hernando+Bernal+A. 30 octubre, 2024 - 6:24 am

Alberto: Muchas gracias por tu escrito. Desarrolla un tema que si bien es de estirpe histórica merecer ser renovado y reconstruido en la forma precisa y documentada como lo haces. Esperamos tus siguientes entregas. Hernando

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