Fueron los obispos francos quienes instituyeron la fiesta de Todos los santos para cristianizar, decían ellos, la celebración del fin de año de los celtas. Era el siglo IX.
Pero desde el II en oriente y desde el III en occidente, la Iglesia festejaba el día del nacimiento, es decir, del martirio de quienes habían sido muertos en esa forma; de hecho, solo eran considerados santos en esa época los mártires. En 1475 el papa Sixto IV decretó que la conmemoración de Todos los santos fuera festiva para la Iglesia de occidente el 1 de noviembre.
No se trata por tanto, de reunir en una sola jornada todos los cristianos que han sido proclamados santos hasta el momento, como parecieran mostrarlo la multitud de bienaventurados, ellas y ellos que ilustran el interior de las cúpulas de muchas iglesias, sobre todo católicas y en raras ocasiones algunas de las protestantes más antiguas.
Al menos, según la tradición cristiana acorde con las Escrituras de la segunda alianza (el “Nuevo Testamento”), se trata de nuestra fiesta, la de todas las bautizadas y todos los bautizados, que hemos sido hechos santos por el Espíritu de Dios que se nos ha donado en el bautismo al ser incorporados a Cristo Señor. Obviamente los santos canonizados están incluidos en ese evento. Y para quien quiera festejar su bautismo, que lo ha incorporado a la comunidad de los cristianos, es este el día preciso.
La costumbre de los celtas que organizaban banquetes fúnebres junto a las tumbas abiertas de sus muertos condujo a la Iglesia a conmemorar sus difuntos de otra manera. Los romanos honraban a los ya fallecidos recordando a los propios padres de manera especial en la fecha de nacimiento de cada uno de ellos. Los cristianos bizantinos retomaron esa tradición con sus mártires pero trasladando el cumpleaños a la fecha del sacrificio, de su ingreso a la vida eterna; lo hacían simbólicamente en la transición entre el invierno y la primavera.
Pocos siglos después, a finales del siglo X, fueron imitados por los monasterios benedictinos occidentales. La costumbre se extendió a toda la iglesia como recurrencia litúrgica para el 2 de noviembre desde el siglo XVI. Una fecha para celebrar la plena participación de nuestros difuntos en la resurrección de Cristo Señor. Un tiempo pues para cantar la benevolencia y la misericordia del Padre de Jesús con ellos. Y no exclusiva ni principalmente para disfrutar de las indulgencias atribuidas a la oración en honor de los muertos.
Nota: La Biblia, en particular el casi desconocido libro del Levítico, diferencia claramente lo sacro de lo santo, llamando al Dios de los hebreos El Santo. La segunda alianza retomará ese mismo significado al dar el nombre de santos a los bautizados.


5 Comentarios
Desconocía el origen de ambas festividades, Alberto. Gracias por este aggiornamento.
Que sigas ilustrándonos “a los de abajo”. Un abrazo.
¡¡¡Arriba los de abajo!!!
Es curioso que sean celebraciones seguidas
Me gustó tu curiosidad, Alberto Mario. Y me alborotaste la mía. Reulta que en 608d.C. Bonifacio IV remplazó las fiestas “paganas” (romanas, celtas, etc.) -que buscaban tener lejanos los espiritus de los difuntos cuando estos pretendían vengarse de las fechorías de los vivos- por la fiesta de Todos los Santos. Pero se siguieron conmemorando los difuntos (el solo recordarlos no sería cristiano porque creemos que están/son resucitados).