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Crónicas de arriba desde abajo – Los “papas hampones”

Por Alberto Echeverri
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Retomo el tema. Me refiero al calificativo que según mi amigo Rodolfo, admirador de Linguacuta, su (y mi) personaje preferido de los Diálogos de ultratumba‒, merecen varios de los pontífices en ejercicio durante el siglo X, en tiempos que para nosotros se nos antojan remotísimos. 

En “una época destinada a profanar la santidad de la Iglesia” ‒es opinión de Claudio Rendina‒, dos papas proclamados santos enmarcan los decenios próximos al siglo X, tanto el precedente como el sucesivo: san Adriano II (884-885) y san León IX (1049-1054). Un título que no recibió ningún otro de los 25 elegidos durante los 100 años que van del 901 al 1000 d.C. Fue esa la primera vez que la Iglesia del primer milenio vivió cien largos años sin un solo santo. 

Fueron precedidos por Juan IX, elegido en 898 y muerto de repente en enero del 900; benedictino alemán, tras haber anulado el “concilio cadavérico” que había juzgado al papa Formoso en presencia de sus restos mortales. se lió en una interminable discusión con los aspirantes a emperador del mundo conocido. 

Benedicto IV (900-903) lo sucedió León V (903), quien duró solo un mes: depuesto por Cristóforo (¡“portador de Cristo”, reza su nombre!), presbítero romano, no es seguro si este lo hizo ejecutar, pero sí que murió en la cárcel. 

Años antes, excomulgado y exiliado por Juan IX como promotor del concilio cadavérico, será Sergio III (904-911) el primer papa elegido por la familia romana más influyente. Caerá así en poder de Teodora, consorte del tirano de turno y madre de la famosa Marocia, lo que dará lugar en el pontificado a “la época del régimen de las prostitutas y de la pornocracia”, como señaló un historiador del siglo XVI. Cierto obispo influyente atribuirá al pontífice una relación con Marocia, la quinceañera que le dará un hijo, el futuro Giovanni XI. Sergio III, tirano consecuente, no solo condenó y luego anuló la elección de su antiguo predecesor Formoso, sino que persiguió a todos los obispos por él nombrados. 

Marionetas en poder de Marocia serán varios sucesores. Modesto y dado al culto divino, resulta escasa la información sobre León VI(928), hijo del ya famoso asesino Cristóforo, consagrado mientras Juan X languidecía en la cárcel. Sucede algo similar con otro de ellos, Esteban VII (928-931). En seguida Marocia, aspirante a reina, pero ya patricia y senadora, logrará poner en el solio pontificio a Juan XI (931-935). El hijo tenido de la relación con Sergio III bendecirá el nuevo matrimonio de la madre con Hugo, hermano del difunto asesino Guido, unión considerada entonces incestuosa por la ley eclesiástica, y coronará emperador al advenedizo; en una Roma que toleraba la existencia del pontificado, verá a Marocia encarcelada por Alberico II, hijo de otra unión materna. Terminará Juan XI en la cárcel y morirá retenido por su hermanastro. 

Sobrevino entonces León VII (936-939), benedictino romano, adicto en todo al advenedizo Alberico, a quien llamó “misericordioso, dilecto hijo espiritual y glorioso príncipe de los romanos” pues, comenzando por Cluny, este beneficiaba las propiedades del papa interesándose por la reforma y reconstrucción de los monasterios en contra de los barones y sus vasallos que los usufructuaban. 

Ni de Esteban VIII (939-942), ni de Marino II (942-946), romanos ambos, se conoce el desempeño; de escasa personalidad, favorecieron siempre a Alberico. Este, a punto de morir durante el pontificado de Agapito II (946-955), otro romano incapaz de intrigas políticas, hizo jurar a los nobles y al clero de Roma que el pontífice sucesor sería su hijo Octaviano. 

En efectoOctaviano, príncipe y senador a los 18 años, sucedió a Agapito II con el nombre de Juan XII (955-964), pero no renunció a la vida depravada precedente: el palacio del Laterano, residencia habitual pontificia, se colmó de bellas mujeres y hermosos jóvenes. Émulo de Calígula, que nombró senador a su caballo, designó diácono a un caballerizo y obispo a un muchacho de diez años al que era afeccionado. Enemigo de Berengario emperador, ofreció el imperio al germano Otón, al que finalmente coronó en Roma porque favorecía su ambiciosa y violenta recuperación del poder territorial de la Iglesia. En sus acciones militares hacía cortar la nariz y la lengua a sus enemigos. Jugando a dos caras, retornó a la alianza con Adalberto, hijo de Berengario, que tuvo como resultado su derrota y fuga de Roma a donde había entrado Otón. El nuevo emperador convocó un concilio para juzgar al papa, acusado de simonía, brujería, homicidio, juramento en falso, sacrilegio, incesto con sus parientes, entre ellos dos hermanas. El reo excomulgó al monarca, pero este, sin permitirle defensa alguna, condenó a su opositor e hizo cesar su misión. Dos versiones hay de la muerte de Juan XII: la más benigna, un ataque apoplético; la otra, la de los romanos, que sostenían que el diablo (el esposo, es obvio) lo había defenestrado al sorprenderlo con su mujer adúltera. 

León VIII (963-965), un laico romano, participó en el concilio que destituyó al antecesor. En dos días recibió lectorado, acolitado, subdiaconado, diaconado y presbiterado, hasta ser consagrado papa por imposición de Otón. Evitó la masacre que seguía a la entrada del emperador a Roma, pero sus habitantes reclamaron la presencia de Juan XII quien, retornando de su refugio en Córcega, en un apresurado concilio hizo anular la deposición en su contra, mientras dejaba cesante a su vez al recién elegido León VIII, que moriría al año siguiente. 

Al puesto de Juan XII, el pueblo romano, negándose a reconocer a León VIII, designó para el Laterano a Benedicto V (964-965). Pero vuelto a la carga Otón, asedió a Roma un mes después y convocó otro concilio que depuso a Benedicto, logrando también que fuese aprobado un decreto imperial de renuncia de los romanos a la elección papal y a dar cuenta en el futuro al eventual emperador germánico de la gestión pontificia. Furioso en plena asamblea, León VIII despojó a Benedicto V del palio pontificio, rompió el báculo, y le impuso el exilio en calidad de solo diácono.  Otón se lo llevó consigo a Hamburgo bajo la vigilancia de un obispo. Será el único papa del siglo X que tendrá fama de santidad entre los cristianos de la época. 

Juan XIII (965-972) era obispo. Fue elegido papa en presencia de dos obispos enviados por Otón ‒según tradición, era hijo de una hermana de Marocia, acusador activo de Juan XII y León VIII‒. Los romanos se rebelaron, con la ayuda del prefecto de la ciudad, pues lo retuvieron por ser impuesto por Otón I. Vuelto a Roma, este dominó la revuelta y entregó el prefecto al papa; ningún escrúpulo tuvo Juan XIII en someterlo a una crudelísima burla pública, terminando por exiliarlo en Alemania mientras agradecía al emperador, al que coronó tal, de allí a poco que hubiese arrojado fuera de los muros de la ciudad los cadáveres de los dos jefes de los revoltosos.  Demostró sin ambages que sostenía la cátedra de Pedro solo gracias al gobernante laico. 

Romano y confirmado por Otón I, odiado por sus paisanos, Benedicto VI (973-974) se impuso contra los nobles opuestos a él bajo la dirección de un hermano de Juan XIII, hasta la muerte del emperador a mediados de 973. Destituido entonces y encarcelado, lo remplazará un diácono con el nombre de Bonifacio VII; considerado un antipapa, algunos cronistas reportan como obra suya el estrangulamiento del predecesor todavía vivo y la fuga hacia Constantinopla con el tesoro de la Iglesia ante el recrudecimiento de la revuelta. 

Benedicto VII (974-983), un obispo, será confirmado papa por Otón II y se dedicará a la reforma de los monasterios y la actividad misionera. Ayudado por el emperador ante las nuevas revueltas populares, los intereses del monarca en pro de Alemania serán privilegiados en el concilio de 981, donde Benedicto VII condenó solemnemente la simonía.  

Juan XIV (983-984), su obispo archicanciller imperial, antes de morir Otón I lo había designado papa. De inmediato la familia líder de las revueltas precedentes hizo volver de Bizancio al depuesto Bonifacio VII; una vez encarcelado Juan XIV, aquel lo sucedió. Meses después, el pontífice morirá envenenado. Pero Bonifacio, quien había hecho arrancar los ojos a un cardenal enemigo suyo, perderá el favor de los rebeldes, que lo asesinarán, arrojando su cadáver en una plaza romana. 

Elegido por la facción imperial contra el querer popular, Juan XV (985-996) era hijo de un presbítero romano, Aunque este papa empezó a desafiar a sus aliados, mientras movía con ellos componendas políticas hacía otro tanto con el líder de los rebeldes. No pasaron muchos años cuando, después de haber favorecido los intereses financieros de este, malogró su ascendiente ante él y tuvo que escapar de la ciudad; desde su refugio ofreció la corona de rey de los romanos a Otón II, pero este murió antes de recibirla. Luego, dejó el mundo Juan XV, exaltado en san Juan de Letrán con el epitafio de “egregio doctor”.

Germano de 24 años, capellán y cuñado de Otón III, Gregorio V (996-999) obtendrá de él el papado. Acusado de corrupción por los romanos, huyó de Roma ante la rebelión popular capitaneada por Cresencio, el consabido noble levantisco, a pesar de la clemencia usada por Gregorio con él poco antes al ser juzgado culpable de la deposición de Juan XV.  Cresencio ofreció el pontificado al obispo Giovanni Filagato, calabrese, con el nombre de Juan XIV. Antipapa, será apresado por Otón III y correrá peor suerte que el prefecto romano bajo Juan XIII, pues le cortarán nariz, lengua y orejas y le arrancarán los ojos; su protector morirá decapitado. Restaba casi un año para el final de siglo al fallecer Gregorio V. 

Elegido previamente por Otón III, Silvestre II (999-1003), monje benedictino francés, arzobispo de Reims y luego de Ravena, consejero imperial, gozaba de tal erudición que para los romanos supersticiosos solo podía tener origen demoníaco, pues en ese momento cundían los terrores milenaristas. El “papa mago” había frecuentado el islamismo y por eso apostatado, aunque ocultando el hecho. Abogará por la renovación del imperio de los romanos, bajo la protección de Otón III, instalado en el Aventino, y con Roma como centro. Primer papa en hacerlo, llamará a la liberación del Santo Sepulcro de manos musulmanas, pero cuando Alemania reclamó la presencia de su emperador ‒que falleció de allí a poco‒, volvieron las protestas populares. Es probable que Silvestre II haya muerto asesinado.  

Sabemos de sobra que, así los parientes hayan perpetrado maldades, los orígenes familiares de los papas no son de su responsabilidad, pero sí los males que ellos mismos realizaron, con mucha probabilidad influidos por las enseñanzas y las acciones de quienes los educaron. 

Quizás el hecho que la historia reconoce hoy como propio de esos tiempos, el de la multiplicidad de leyendas y confusiones de la realidad con supersticiones y creencias fuera de toda lógica racional, mitigue en parte el horror que los hechos reportados causan en cualquier creyente, pero ‒como mínimo‒ solo pueden ser calificados de delincuentes los pontífices de los que estas páginas han inventariado sus fechorías.

¡Mucha religión, poco evangelio!, diría algún observador crítico.

Nota: Aunque hay múltiples fuentes, he utilizado solamente dos: John O’ Malley, Storia dei papi, 2011 y Claudio Rendina, I papi. Da San Pietro a papa Francesco, 2013.

Alberto Echeverri                                                                                                                

 Noviembre 26, 2025

8 Comentarios
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8 Comentarios

Rodolfo R. de Roux 24 enero, 2026 - 5:24 am

Alberto, me parece útil la santa paciencia que has tenido para refrescarnos la memoria con el somero recuento de las fechorías de algunos “vicarios de Cristo”. Y digo “útil” porque en el tiovivo de la Historia nunca se puede decir, “nunca jamás”: los humanos somos los únicos animales capaces de meter la pata varias veces en el mismo hueco. De todo se ha visto y se verá en la viña del Señor.

Para quien pueda pensar que estás exagerando, subrayo que una de tus dos “fuentes” es el respetado historiador John O’Malley, finado sacerdote jesuita.

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Alberto Echeverri 25 enero, 2026 - 5:22 am

Estupena la re-pata en el hueco. Otro abrazo.

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William Mejia 24 enero, 2026 - 6:47 am

Un siglo con 23 papas y dos antipapas, Alberto. Maleantes, antes que pertenecientes al hampa, término criollo asociado con bandas organizadas para cometer delitos. Antes sobrevivieron el papado y la Iglesia. Gracias por un recuento histórico que desconocía.

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Alberto Echeverri 25 enero, 2026 - 5:28 am

Pues, amigo William, màs de uno fue un honorable hampòn. Pero todos maleantes. Muy gentil por tu comentario. Un abrazo.

Respuesta
Alberto Echeverri 6 febrero, 2026 - 1:24 pm

“….y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, William. Consolémonos de verdad.

Respuesta
Alberto Betancourt 24 enero, 2026 - 11:18 am

Gracias por tu reveladora exposición de una etapa tan oscura en la historia de la Iglesia.

Respuesta
Alberto Echeverri 25 enero, 2026 - 5:25 am

Oscuridad y luz. Es el juego de siempre en el mundo y por eso en la Iglesia, “casta meretrix” como decìa nuestro finado Agustìn. Un abrazo, Alberto.

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Alberto Echeverri 6 febrero, 2026 - 1:23 pm

Espero la hayas disfrutado. Con la larga misericordia que aprendimos.

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