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Francisco Jose De Roux S.J.

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En esta entrega final de su conferencia en el Boston College, Pacho subraya el reto que significó enfrentar y descubrir la verdad de cara a las diferentes esferas del poder y hace un llamado a seguir adelante.

¿Cómo te atreves?

Esta es la pregunta que muchos buscadores de la verdad en muchos lugares se han hecho. ¿Cómo te atreves a considerarte humano, gozando de seguridad y comodidad, sin importarte que junto a ti, millones de niños, mujeres y hombres, sean destruidos por la violencia y la guerra? Esta es la pregunta que nos hacemos en este planeta totalmente interconectado donde todos somos vecinos, ¿cómo nos atrevemos a llamarnos humanos?

No es una pregunta sobre la verdad. La verdad ya se sabe. Lo que se pregunta es cómo, sabiendo la verdad, todavía nos comportamos como lo hacemos. Es la pregunta más incómoda. Se puede expresar o realizar de varias maneras.

¿Cómo se atreven a seguir produciendo armas atómicas capaces de destruir miles de millones de seres humanos? Y el jesuita Daniel Berrigan, y su hermano Philip y sus compañeros, fueron enviados a la cárcel. ¿Cómo se atreven ustedes, líderes de las naciones ricas, a seguir destruyendo el planeta con la contaminación de sus industrias? Y los poderosos medios de comunicación atacaron la valentía de Greta Thunberg como radical y psicológicamente enferma. ¿Cómo se atreven ustedes, soldados colombianos, a asesinar a nuestros niños y presentar sus cuerpos como terroristas muertos en combate, cuando sabían que nunca participaron en la guerra? Y las mamás fueron señaladas como mentirosas y manipuladas por los enemigos de la nación.

Ahora, la pregunta tiene una nueva dimensión cuando somos cristianos: ¿Cómo nos atrevemos a llamarnos testigos de Jesús cuando no nos preocupamos por los heridos en el camino a Jericó?

Conocemos a bastantes personas que, inspiradas por el Evangelio, encarnaron con su vida esta pregunta. Martin Luther King Junior dejó su comunidad en Memphis para preguntar a los estadounidenses cómo nos atrevemos nosotros, los racistas, a llamarnos una democracia nacional. Y le dispararon a Martin Luther King Junior. Monseñor Oscar Romero, fue poseído por la pregunta cuando vio asesinar a su amigo jesuita Rutilio Grande, y desde ese momento en sus sermones, todos los domingos, preguntó, ¿cómo se atreven a matar a mi pueblo? Romero fue baleado cuando estaba celebrando misa. Y hay muchos otros ejemplos en la historia cristiana.

La conclusión es obvia, si nos atrevemos a llamarnos seguidores de Jesús, cada día debemos estar junto a las víctimas de la violencia humana al costado del camino, desde la experiencia de nuestra vulnerabilidad y el reconocimiento de nuestra responsabilidad ética. Y, si no somos tocados por la compasión, y nunca tenemos tiempo de dar prioridad al dolor del prójimo, por favor no hablemos del Dios de Jesús, porque, viendo nuestro comportamiento, víctimas y victimarios se alejarán de Jesús, y la sociedad nunca entenderá de quién estamos hablando, cuando hablamos del Dios de nuestro señor Jesucristo.

También está la otra parte. La alegría, la paz interior, la fuerza para continuar, la experiencia de una resurrección en marcha. De la vida que sale de la muerte.

Primero, las víctimas, los sobrevivientes. De ellos hemos recibido las más sinceras expresiones de agradecimiento. Asimismo, la confianza y el reconocimiento de los responsables que han reconocido su participación en crímenes de guerra, porque apreciaron ser acogidos, acompañados y protegidos en su conversión.

Y la experiencia de lo que sucede contra toda esperanza, el milagro del perdón. El comandante del ejército que acude a la madre del joven que asesinó, le cuenta públicamente cómo cometió el crimen y le pide perdón. El líder negro del pueblo donde una bomba destruyó la capilla y dejó más de cien muertos, se adelanta y ofrece perdón a los guerrilleros con la condición de que depongan las armas. Los comandantes guerrilleros que vienen al pueblo que atacaron muchas veces, y cuentan a la comunidad como mataron a sus seres queridos y piden perdón, y la comunidad expresa dolor e indignación y finalmente accede a otorgar el perdón. Esto sucedió muchas, muchas veces.

Ha habido todo tipo de reconocimientos al trabajo de la Comisión de la Verdad. Premios de derechos humanos, premios de la paz, homenajes en las Cortes colombianas, felicitaciones institucionales por parte del Secretario de Naciones Unidas, y del Consejo de Seguridad, nos han recibido en el Departamento de Estado y por Senadores de EE.UU., en el Parlamento Europeo, en Madrid, París, Bruselas , Roma, México, Buenos Aires, incluyendo doctorados honorarios por el Informe Final. Y los miembros de la Comisión son continuamente invitados a conferencias, entrevistas de radio y televisión, y discursos ante diferentes audiencias.

Todavía es emocionante recibir expresiones de gratitud de mujeres y hombres que se nos acercan para expresar su aprecio por el trabajo de la Comisión. Niños y jóvenes pidiendo hacerse una foto. Muchas veces, al correr por las calles, en la rutina de la madrugada, hay alguien que me detiene para darme las gracias.

Tengo que decir que estos reconocimientos me dejan con un sabor agridulce porque nuestra tarea no ha terminado. El fruto que ha surgido de nuestro esfuerzo no está maduro, tiene que pasar por las discusiones de ideas y el largo camino de la reconciliación para que esté sazonado. Recibir recompensas cuando no has terminado, da un sentimiento de alegría, pero siempre mezclado con insatisfacción por todo lo que queda por hacer.

Adelante

El Informe Final de la Comisión de la Verdad de Colombia es solo un aporte a la búsqueda incesante de la verdad, que nos permita rescatarnos a nosotros mismos como seres humanos. De ahí el título: “Hay futuro si hay verdad”. Esperamos que este aporte sea de utilidad no solo para Colombia sino también para otros países. La conversación está abierta a todos los puntos de vista, siempre que se den con el sincero interés de profundizar en la verdad sobre las víctimas, la tragedia humana que provocamos con nuestro comportamiento moral, religioso, social, económico, político y militar. 

Nos alienta encontrar que hay un número creciente de jóvenes, en todas partes, que están trabajando por la verdad y la paz entre los seres humanos y con la naturaleza. Jóvenes que valoran las diferencias culturales y étnicas, y que ya están construyendo un mundo mejor para los niños del mañana, y su visión trasciende fronteras nacionales y culturales y religiosas.

Mi visa se retrasó en el consulado estadounidense en Bogotá cuando estaba a punto de viajar a los Estados Unidos. Que yo sepa, un funcionario del Consulado de los Estados Unidos en Bogotá sintió la necesidad de estudiar mi caso más a fondo y retuvo mi pasaporte. Por un lado, eso retrasó mi sueño de estar en Boston College por un año académico completo, pero también demuestra que algunos miran con recelo nuestra misión.

Gracias a Jim Keenan, el padre Leahy y la fuerte intervención de Peter Martin, recuperé mi pasaporte. Y pude participar en Roma como Profesor Gasson, en un diálogo entre grupos políticos enfrentados en Colombia, para promover la reconciliación y construir el futuro. El Papa Francisco apoyó este diálogo discreto y profundo, animado por el Padre General de los Jesuitas. Cuando regresé a Bogotá desde Roma, gracias a la efectiva intervención del Boston College, todos en la Embajada de los Estados Unidos me recibieron amablemente y mi visa para ingresar a los Estados Unidos, en pocas horas, estuvo lista. Así que aquí estoy.

Desde 1980 trabajo por la paz en Colombia. En aproximadamente una década, mi vida habrá terminado. Para mí es claro que no voy a conocer y ver la Gran Paz en Colombia, ni el mundo sin guerra. Pero no pierdo la esperanza.

Pedro Claver, jesuita catalán, desde 1616, dedicó todos los días de su vida a la dignidad humana de los “negros”, que llegaban a Cartagena para ser vendidos en el mercado, como animales de trabajo, mientras la ciudad católica, llena de iglesias, negó esta realidad. Pedro recibió a los supervivientes africanos del angustioso viaje con profundo respeto. Después de 38 años sin descanso, Pedro falleció. No pudo lograr que la Iglesia se levantara contra la esclavitud, pero nunca perdió la esperanza. Sabía que la dedicación total de su vida inspiraría el cambio. Y cuando Pedro partió en 1684, se despidió en paz de sus hermanos negros. La semilla de su vida daría fruto en todo el mundo.

No perdamos la esperanza.

Francisco José de Roux S. J.

Boston, Estados Unidos.

Marzo 20, 2023

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El informe de la Comisión de la Verdad, también considera a la iglesia católica como un actor principal. En la segunda parte de la conferencia, Pacho trata de explicar lo que ha significado esta enorme tarea para los comisionados.

La historia de la Iglesia Católica en Colombia, es una historia de pecadores y de santos. De compasión y de confusión con el poder. El clero y los laicos fueron actores en la violencia entre los partidos políticos, el siglo pasado, cuando los católicos conservadores lucharon contra los católicos liberales y socialistas. Después de 1960, durante la guerra entre el Estado y la guerrilla, han sido asesinados miembros de la Iglesia, mensajeros de la paz, al lado del sufrimiento humano, jóvenes, mujeres y laicos, así como monjas, sacerdotes y obispos.

Muchos esperaban que la Comisión de la Verdad escribiera la defensa de la Iglesia durante esta compleja historia. Pero la Comisión no se hizo para defender a ningún sector, sino para llegar al corazón de la tragedia humana, acompañar a las víctimas y explicar el por qué.

Un tema que necesita ser explicado es por qué la guerra ha sido entre católicos que se odiaban a muerte, y por qué la evangelización no evitó el conflicto armado. Y por qué la educación moral en una nación totalmente católica no enseñó compasión por el sufrimiento, apertura y amor maduro. La Comisión de la Verdad mostró el bien que hace la Iglesia y también la violencia que producen los creyentes católicos.

Colombia necesita que las organizaciones importantes del país reconozcan públicamente su responsabilidad ante los millones de víctimas y su compromiso con el cambio. La Iglesia, representada por los obispos, no ha querido hasta hoy reconocer su contribución a la violencia y pedir perdón. Debe hacerlo, porque la Iglesia es la principal autoridad moral pública del país, y si la Iglesia reconoce y pide perdón, abrirá el camino para que los partidos políticos, las empresas industriales, los militares, los intelectuales, reconozcan, pidan perdón, y cambien.

Segunda parte: 

El impacto interno de una comisión de la verdad

Nosotros, los comisionados, 5 mujeres y 6 hombres, elegidos por un Comité de Selección independiente en diciembre de 2017, venimos de diferentes orígenes culturales, espirituales, étnicos y académicos. Sin embargo, no éramos representantes de ningún grupo sino representantes del pueblo colombiano.

En mi caso personal, vine como católico y como jesuita a la Comisión, no para producir un documento de la Iglesia o de la Compañía de Jesús, sino un documento de los ciudadanos de Colombia y para los ciudadanos de Colombia.

Fui designado presidente de la Comisión por el Comité de Selección. Era mi responsabilidad defender la autonomía de la Comisión. En la protección de nuestra autonomía surgieron tensiones internas. La situación más difícil ocurrió cuando el comisario, que era un ex mayor del ejército, nos quiso subordinar a las Fuerzas Militares. Dos meses antes del final dimitió y se unió a la extrema derecha política para atacar a la Comisión.

Era consciente del valor extraordinario de los miembros de la Comisión y también de nuestras limitaciones. Varias veces recibí sugerencias de afuera para crear un grupo paralelo, diferente a los comisionados, para producir el documento final que yo firmaría como presidente. Nunca lo acepté. El grupo de Comisionados fue el elegido por el Comité de Selección, el reto estaba con este grupo, para cumplir con la misión. Y lo logramos.

Juntos, establecimos el método de búsqueda de la verdad, que les presenté en mi primera conferencia en noviembre pasado. Ese método, estuvo enfocado en buscar las mejores explicaciones inteligentes, hasta encontrar las mejores respuestas a las preguntas que plantean los datos, cuando la realidad se impone, y exige afirmación o negación. Y, tras un proceso de discernimiento, buscar y formular recomendaciones eficaces, acordes con la verdad encontrada, para frenar la crisis humanitaria.

Buscar la verdad desde lo más profundo del drama humano requiere un desapego total de cualquier interés que se convierta en obstáculo en el camino hacia la desnuda realidad. Porque si tienes que proteger algo material o espiritual, no tienes la libertad que exige la verdad.

He encontrado un espacio para preservar la libertad en media hora de silencio, todos los días, compartido con gente de la Comisión. El silencio aclara la diferencia entre tener voluntad, es decir, la capacidad de juzgar el bien y el mal, y tener libre albedrío. Cuando pasas por el proceso de liberación de todas las emociones donde estamos atrapados por miedos, afectos y preocupaciones sobre lo que los demás esperan de nosotros. De ahí podría venir la prudencia y el coraje para actuar, sin importar el costo.

Finalmente, para mí, la Eucaristía ha sido siempre una experiencia conmovedora de gracia, misericordia y libertad en Jesús. En la mesa del pan y del vino nos ha adaptado el desafío de Simeón a María (Lc. Lc 2, 35): “Tú has sido destinada a que muchos caigan y otros se levanten. Seréis signo de contradicción, para que se esclarezcan las intenciones de muchos corazones. Y una espada penetrará tu alma.”

Antes de participar en la Comisión de la Verdad, pensaba que tenía suficiente conocimiento del sufrimiento físico y emocional de las víctimas y del drama de los victimarios. A lo largo de los meses, me di cuenta de mi ignorancia y aprendí lo lejos que estaba de la magnitud del trauma y lo lejos que estaba de la compasión y el amor verdadero.

Entrar en la tragedia humana de la guerra es descender a los infiernos de las víctimas y los victimarios. La tragedia emocional de varios millones de sobrevivientes no tiene fondo. En cualquier momento, los que estén molestos con las conclusiones de la Comisión, pueden atacar. A veces estos enfrentamientos son respetuosos, a veces son dramáticos e inesperados. La señora que te cruza por la calle y te insulta, hijo de puta. El hombre que te ataca dentro de un avión, lo suficientemente fuerte como para que todos los pasajeros sientan su indignación. El collage perfecto de una foto, en la que estás vestido de guerrillero con una ametralladora en las manos. El programa de radio que repite todos los días que la comisión no es confiable.

Esto nos permite entender que el conflicto ha calado en toda la sociedad, y que nosotros somos parte del problema. Estás entrando en la frágil realidad de tu vulnerabilidad, y te vuelves parte de tu pueblo, y sientes profundamente que el prójimo, brutalmente afectado por la guerra y la violencia, es como tú, humano, con emociones, miedos, sueños, familia, hijos y esperanzas. Entonces uno descubre cómo se afecta la propia dignidad y cómo es imposible ser ético si se desprecia a los heridos al borde del camino.

Sólo después de terminar nuestro trabajo comprendí lo afectados que estaban mis compañeros, mujeres y hombres, mi gente de la Comisión. Entrar cada día en escuchar y acompañar. Ser confrontado internamente y amenazado externamente. Para tratar de comprender y explicar el mal ilimitado e inexplicable. Todo apurado, y con poco tiempo para atender el impacto acumulativo que el sufrimiento les estaba produciendo. Hoy reconozco que desde mi lugar no brindé el apoyo suficiente a estas personas que fueron tan importantes en el proceso. Pagaron inmensos costos personales y familiares, poniendo en riesgo sus vidas y su salud emocional. Una lección que me gustaría transmitir a cualquier otra comisión de la verdad en cualquier parte del mundo es: si por amor decides entrar en el infierno de las víctimas y los victimarios, cuídate.

Cuando el poder se siente amenazado por la verdad, destruye a los buscadores de la verdad. El poder puede ser el Estado, los militares, los paramilitares, la guerrilla, los políticos. A veces la Iglesia Católica también ha sido un perseguidor mundano de aquellos que buscan la verdad humana.

Quienes están en el poder, normalmente encubren sus crímenes contra los seres humanos. Los documentos oficiales que contienen estos delitos son de alto secreto. En los batallones de Colombia estos documentos fueron quemados a finales de año. Y, en algunos casos, quienes revelan estas verdades son procesados como conspiradores, enemigos de la seguridad nacional o enemigos de la revolución.

Los más duros ataques de los poderes políticos y militares para destruir la credibilidad de la Comisión de la Verdad fueron dirigidos contra mí, porque la figura de un sacerdote católico genera respeto, y la autoridad moral de un jesuita diciendo estas verdades es inaceptable.

He experimentado personalmente la violencia del poder. Un día, el máximo comandante paramilitar me amenazó en persona, porque le dije al Presidente la ubicación del cuartel paramilitar donde mataron a muchos campesinos, información que los militares le habían ocultado al Presidente. Otro día fui secuestrado por guerrilleros fuertemente armados que hicieron un simulacro de juicio en el bosque para condenarme a muerte, y mientras yo presentaba mi defensa todos en la sala gritaban “mentiroso, mentiroso”.

La violencia del poder fue mucho más brutal con otros buscadores de la verdad. Alma Rosa, mi amiga y abogada, fue despedazada con una motosierra cuando dijo la verdad sobre los paramilitares aliados con el corrupto alcalde de Morales. Sergio Restrepo Jaramillo, hermano del alma, jesuita, fue asesinado frente a la capilla de la parroquia rural, por decir la verdad sobre la violencia contra los campesinos pobres. Monseñor Giuliani, quien presidía la Comisión de la Verdad de Guatemala, fue asesinado dos semanas después de entregar las conclusiones de la Comisión.

Siempre llega un momento en que los buscadores de la verdad se encuentran con el dilema de decir la verdad o permanecer en silencio. A veces son momentos dramáticos, en los que los torturadores quebrantan a los testigos y los obligan a decir lo que quieren los perpetradores. Como hicieron brutalmente los criminales de la CIA con María del Carmen, sobreviviente del asesinato de los jesuitas en El Salvador. Sin embargo, prevalece la pasión por los hermanos asesinados, como sucedió con María del Carmen, cuando recuperó su empoderamiento para gritar públicamente, los vi, los vi, los soldados mataron a los padres.

Francisco de Roux S.J.

Marzo 20, 2023

Boston College, Estados Unidos

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En esta quinta entrega, Pacho nos muestra las reacciones de los militares, de los partidos políticos y de los organismos internacionales ante el trabajo de la Comisión de la Verdad.

Los militares consideraron que sólo lo que decían de sí mismos podía ser cierto. Esperaban que el Informe Final demostrara que ellos eran los buenos y que la guerrilla y los líderes de la protesta social eran los malos. Pero la Comisión no fue instituida para saber quiénes eran los buenos y quiénes los malos. La Comisión fue instituida para recibir víctimas de todos los bandos y explicar la tragedia humana del conflicto. Al hacerlo, la Comisión encontró responsabilidades éticas, históricas y políticas en todos los lados, y tenía la obligación de hacer públicas estas responsabilidades.

Un día el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas nos hizo una presentación sobre el poderío militar de Colombia, el más grande, mejor equipado, mejor entrenado del continente después de EE.UU., incluso equipado y entrenado por EE.UU. Uno de los grandes comandantes me preguntó, ¿qué te parece esta maravilla? Mi respuesta fue, ¿cómo es posible que teniendo un aparato de seguridad así tengamos varios millones de víctimas? El comandante reaccionó y dijo, es tu culpa porque no nos dejaste ganar la guerra. Le respondí, no Almirante, el problema fue usted, que no nos dejó hacer las paces. La Comisión sabe que cada año adicional de guerra significa decenas de miles muertos en combate y millones de víctimas civiles. Y sabemos que hay responsabilidades graves de gobiernos y grupos políticos que llevan a los militares y al pueblo a la guerra. Esto es cierto para Colombia y para el mundo entero.

La Comisión entendió la necesidad de un cambio profundo en la institución castrense tras descubrirse la verdad de los falsos positivos. Ocurrió, cuando los comandantes presentaron como resultados positivos del combate, la matanza de miles de jóvenes completamente inocentes de familias pobres. Los soldados moralmente corruptos los asesinaron y presentaron sus cuerpos como si hubieran muerto en combate, en un ejemplo típico del comportamiento de “recuento de cadáveres” de la guerra de Vietnam. Otra evidencia de la necesidad de un cambio moral en el sistema de seguridad fueron las muchas acciones violentas brutales en las que el ejército y la policía apoyaron a los narcotraficantes paramilitares.

Un cambio en el sistema de seguridad significa una transformación cultural en la ética, formación y doctrina de los soldados, policías e instituciones de inteligencia, así como un cambio en la sociedad. Como sucedió cuando los ciudadanos estadounidenses exigieron un cambio cultural en la policía de este país después del asesinato de innumerables afroamericanos desarmados. El cambio exige que el ejército y la policía sean líderes en la construcción de confianza, al servicio de la grandeza de la paz.

La Comisión busca desacralizar a los héroes de la guerra, su majestad y su poder. El ejército y la policía no son sagrados. Lo sagrado son las personas en armonía con la naturaleza. El ejército y la policía son servidores de lo sagrado.

Alabamos a los héroes del ejército porque ofrecen sus vidas en las guerras por nuestra seguridad. Pero, ¿quién está librando estas guerras? El esclarecimiento de la verdad nos ayudó a comprender los intereses detrás de las guerras. Intereses que se aprovechan del afán de justicia y la pasión de quienes quieren defender la patria. ¿Por qué en Colombia se hizo morir a miles de jóvenes campesinos en la guerra inútil? ¿Por qué miles de jóvenes estadounidenses tuvieron que morir en Vietnam, Irak y Afganistán? Y hoy, en Ucrania, además del crimen invasivo de Putin, ¿qué otros intereses, de otras naciones, empujan a la juventud ucraniana a morir en una guerra de todo o nada?

Los presidentes y los políticos esperaban que la Comisión mostrara los logros que habían alcanzado durante sus mandatos. La Comisión no los olvidó, pero tuvo que explicar por qué bajo los últimos 6 presidentes y parlamentarios, Colombia tuvo más de 7 millones de víctimas. Por eso le preguntamos a cada presidente: ¿por qué usted no frenó la tragedia humana durante su mandato presidencial?

El Partido Centro Democrático que es la oposición de derecha, desarrolló una campaña política contra la Comisión de la Verdad. La Comisión explicó que no pertenecía a ningún partido político y por lo tanto el Informe Final era intransigente y, en muchos aspectos, políticamente incorrecto. Y que no entramos en ninguna discusión política pública porque no estábamos haciendo política.

La Comisión tiene la responsabilidad de contribuir a la construcción colectiva de la mayor democracia política posible. Pide a los participantes un diálogo capaz de compartir los valiosos aportes y también los fracasos y crímenes de todos lados. Exige franqueza y humildad. La construcción es posible, si los líderes reconocen que somos seres falibles, vulnerables, que cometemos errores, y que tenemos que construir juntos, en responsabilidad común.

La comunidad internacional, los embajadores y la ONU, dieron un importante apoyo al proceso de paz entre el Estado colombiano y las FARC. Estuvieron al lado de la Comisión de la Verdad para brindar apoyo político y económico. Los embajadores estuvieron presentes incluso en regiones remotas de Colombia, acompañando a las comunidades. Después de compartir nuestra misión con ellos, nos gustaría hacer estas observaciones:

1. La presencia de la comunidad internacional es imperativa en procesos de conflicto interno o entre dos naciones. Colombia es un ejemplo. Países con posiciones diferentes, como Estados Unidos y Cuba, jugaron un papel importante en la paz entre el Estado colombiano y las FARC. Gracias a la Unión Europea y los países latinoamericanos, terminó la amenaza de un conflicto armado entre Colombia y Venezuela. Esto muestra la relevancia de la participación de otros países en la construcción de confianza y la apertura del diálogo entre dos oponentes y puede ser una lección para conflictos como el de Ucrania.

2. El esclarecimiento de la verdad es muy importante para solucionar un conflicto interno o internacional. Sin embargo, hay mucha resistencia a la verdad. En España, por ejemplo, existe una férrea oposición a la búsqueda de la verdad durante la guerra civil y durante el gobierno de Franco. Francia no ha querido descubrir la verdad sobre el conflicto en Argelia. Irlanda del Norte está de acuerdo en que establecer una institución de la verdad habría facilitado la paz, pero no era factible hacerlo.

3. Ha habido alrededor de 30 Comisiones de la Verdad en el mundo desde la Comisión Argentina en el año 1983. Las Comisiones han evolucionado hacia el esclarecimiento de la verdad histórica y las responsabilidades éticas y políticas, y han dejado las responsabilidades legales a los tribunales nacionales e internacionales. Porque se ha aprendido que la verdad jurídica, la verdad de los jueces por sí sola, no conduce a la convivencia pacífica. De ahí surge la iniciativa de una Comisión de la Verdad internacional, con autoridad moral, creíble y permanente, que promueva un diálogo mundial al más alto nivel, en análisis de conflictos, que establezca esclarecimientos históricos, políticos y éticos y que presente también recomendaciones viables para la paz y la convivencia mundial. No un nuevo tribunal internacional, sino una Comisión de la verdad independiente de gobiernos, ejércitos o partidos políticos.

Francisco de Roux S.J.

Marzo 20, 2023

Boston College, Estados Unidos

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Pacho y la Comisión se refieren a las reacciones de aquellos actores que consideran importantes para hacer realidad las propuestas del informe. Aquí, mencionan a los empresarios y a la guerrilla.

Actores centrales

Vemos ahora un gran interés en discutir el Informe Final y las recomendaciones de la Comisión en organizaciones sociales y académicas. Sin embargo, hay personas e instituciones que requieren un enfoque especial a la hora de sacar adelante los cambios profundos que la Comisión viene exigiendo. Me refiero a los grandes empresarios, la guerrilla, los militares, los principales partidos políticos, la comunidad internacional y la Iglesia Católica.

Los empresarios esperaban que la Comisión mostrara que las grandes empresas no habían estado involucradas en el conflicto. Les explicamos a los CEOs que la Comisión no estaba en contra de ellos, y visibilizamos los secuestros, extorsiones y muertes que sufrieron en el conflicto, pero luego de escuchar a las víctimas y miembros de las empresas, tambiéencontramos que algunas empresas financiaban a los paramilitares, desplazaron a los campesinos y reorganizaronlos territorios para poder desarrollar proyectos agroindustriales y mineros que afectaron severamente a las comunidades y a la naturaleza.

Los grandes empresarios y el Estado esperaban que la Comisión no cuestionara el sistema económico. Pero al explorar las causas del sufrimiento humano, la Comisión encontró que la exclusión e inequidad del capitalismo en Colombia fue una de las causas del conflicto violento.Colombia tiene un crecimiento económico moderado y estable, pero la concentración de la tierra y de la riqueza hacen del país uno de los más desiguales del planeta.

Los impulsores del modelo económico, el Estado, las grandes empresas productivas, de servicios y la banca, optaron por mantener la situación con el apoyo de las Fuerzas Militares y de los organismos de seguridad privada. El resultado es el desarrollo de un modelo irracional en el que millones quedan fuera del proceso productivo y buscan empleo en actividades ilegales.

Bernard Lonergan ha hecho una brillante contribución para superar esta irracionalidad. Su Ensayo económico sobre el análisis de la circulación, que no se analiza lo suficiente en el Boston College, ofrece, desde mi punto de vista, una ruta sencilla para un país como Colombia. Hemos podido empezar a probar esto, durante quince años, en un programa de demostración, en la región del Magdalena Medio, un territorio del tamaño de Massachusetts.

Cuando comenzamos el programa, había dos mercados separados. En un sector, la producción de bienes de capital en petróleo, minería, energía y agroindustria; en el otro sector, la producción de bienes y servicios para la vida familiar. Hubo ganancias y muy buenos ingresos en el sector de bienes de capital, y mucha pobreza en el sector familias y comunidad. Siguiendo a Lonergan, propusimos una economía de mercado destinada a incorporar a toda la población en la producción del nivel de vida, lo que los aldeanos llaman “la vida que queremos vivir”.

El modelo pretendía unir la producción de bienes industriales y mercancías de exportación, con los bienes y servicios finales que los habitantes consideran para formar su amada vida. Para lograrlo, se invitó al Estado y a los empresarios a participar continuamente en una operación distributiva para lograr que en los momentos de alto ahorro y acumulación industrial, se traslade una inversión importante a la producción campesina, economías étnicas, empresas de clase media y puesta en marcha de emprendimientos populares. Estas empresas de bienes y servicios finales dan empleo a los habitantes populares urbanos y rurales, en lugar de dejar fuera del proceso de producción y demanda efectiva a un grupo significativo de la sociedad.

El proceso es dinámico hacia adelante, invirtiendo en una serie de actividades de creación, además de la producción de bienes materiales finales, como la cultura, el arte, el deporte y la espiritualidad que hacen la vida más plena y más bella. Y el proceso es dinámico hacia atrás y conduce a inversiones en conservación ambiental, protección del planeta, educación, investigación, tecnología, salud e infraestructura, elementos que activan los dos sectores.

Desafortunadamente, los grandes empresarios y el Estado no se atreven a caminar en esa dirección porque les falta conocimiento y porque no confían en la gente. Por eso excluyen a la mitad de la población creativa e inteligente de Colombia. Esta exclusión produjo las protestas generales de jóvenes de 2021 que paralizaron a 600 municipios del país.

Por primera vez, el nuevo gobierno ve la posibilidad de cambiar el modelo de desarrollo en esa dirección, y para ello será determinante el diálogo con los grandes empresarios.

La guerrilla de las FARC esperaba que la Comisión declarara que su guerra de guerrillas era objetivamente justa y que eran víctimas del Estado. A los guerrilleros de las FARC les explicamos que la Comisión no estaba haciendo un relato para demostrar que eran víctimas, ni para agredirlos, sino para explicar la tragedia de la guerra, y establecer las responsabilidades de todos los bandos y fortalecer el proceso de paz que ellos había firmado con el gobierno. La Comisión encontró y reveló los crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad que cometieron los guerrilleros.

La comisión demostró que era un error de la guerrilla creer que la guerra resolvería la injusticia social y política. En lugar de resolver los problemas, la guerra los hizo más grandes y aumentó la desesperanza. La guerra dañó todo lo que tocó, incluidos los actores de la guerra, las guerrillas y los militares, todos ellos inmensamente afectados. Hoy, ante el conflicto de 60 años que aún persiste, mujeres, niños, campesinos y etnias siguen gritando: paren la guerra, paren por todos lados, paren ya.

El camino no es la guerra, el camino es la valentía de una democracia valiente, que confronta la verdad incondicionalmente y busca en el diálogo los cambios que la verdad demanda.

Francisco de Roux S. J.

Marzo 20, 2023

Boston College, Estados Unidos

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El informe de la Comisión de la Verdad presenta desafíos enormes al nuevo gobierno que asume la conducción del país.

Petro nunca antes había hablado con la Comisión pero, al comprometerse con cambios que conduzcan a la paz, encontró en las recomendaciones de la Comisión prioridades claras para enfocar su programa. El gobierno se ha destacado en la implementación de las siguientes recomendaciones:

1. La Comisión recomendó la Gran Paz, que llama a la reconciliación entre todos los colombianos que, sin estar en guerra, están sin embargo divididos por el odio y la desconfianza. Asimismo, la Comisión solicitó que se realicen negociaciones con los restantes grupos políticos armados y el sometimiento a la justicia de los narcotraficantes.

2. Petro hizo un llamado a la Paz Total, lo que significa diálogo con todos los grupos políticos armados y conversaciones para llevar a los narcotraficantes ante la justicia. Inmediatamente reinició las negociaciones con el Ejército de Liberación Nacional, ELN, que habían sido suspendidas por el gobierno anterior, y restableció las relaciones con Venezuela y Cuba, países muy importantes para avanzar en el proceso de paz en Colombia.

3. A 7 meses de esta gestión, la Comisión de la Verdad sigue insistiendo en el pleno cumplimiento del acuerdo entre el Estado y la guerrilla de las FARC y la protección de los excombatientes, pues más de 400 de ellos han sido asesinados. (El acuerdo con las FARC es el ejemplo a seguir, en rigor y método, en las negociaciones con otros grupos armados, siempre que incluyamos las adecuaciones necesarias correspondientes a cada proceso).

4. Cambiar el sistema de seguridad fue identificado por la Comisión de la Verdad como una de las recomendaciones más importantes. El nuevo ministro de Defensa, valiente defensor de los derechos humanos e investigador de los crímenes paramilitares, se erige como prueba de que estos cambios se están produciendo. 50 militares de alto rango han sido apartados de la institución por acusaciones de violaciones a los derechos humanos, y está en marcha el proyecto de la presidencia para cambiar la doctrina militar.

5. La Comisión recomendó la inclusión de los pueblos indígenas y comunidades afrocolombianas que han sufrido el racismo y la destrucción de sus culturas y tradiciones espirituales y que han sido los más afectados por la guerra. El presidente Petro nombró como vicepresidenta a Francia Márquez, la líder que una vez caminó 400 kilómetros en dos semanas, con sus compañeras, para exigir al Estado que destruyera las máquinas de extracción de oro que destruían sus ríos. Hoy el embajador de Colombia en Washington es un hombre negro, la embajadora ante la ONU es una mujer indígena y la ministra de educación es una mujer afrocolombiana.

6. La comisión recomendó una planificación económica basada en la participación de la ciudadanía y las organizaciones de base en los territorios, con el fin de incrementar la democracia, superar la desigualdad entre regiones y garantizar alimentación, educación, vivienda, salud, cuidado de la naturaleza e inversión industrial.

El nuevo Plan de Desarrollo se ha hecho con la implicación de los territorios.

La Comisión recomendó transformar la guerra contra los pequeños cocaleros en programas de desarrollo alternativo. El presidente lo está haciendo, y hoy los campos de coca campesinos solo se destruyen una vez que están en producción diferentes cultivos. La Comisión también pidió una solución integral que incorpore educación, empleo y salud pública para prevenir el consumo de drogas y la participación de jóvenes en el narcotráfico. La Comisión también recomendó el enjuiciamiento legal contra los líderes del cártel y sus aliados. Y a largo plazo, propuso la regulación de los mercados de producción y consumo de cocaína. El nuevo gobierno está trabajando en esa dirección.

La Comisión recomendó transformar la educación, para sensibilizar a los niños y jóvenes sobre la historia y llamó a la formación ética de los estudiantes centrada en la igual dignidad humana y el respeto a la naturaleza, y los hábitos de apertura a la vulnerabilidad y reconciliación. El Ministerio de Educación convirtió el Informe de la Comisión de la Verdad en textos pedagógicos para todas las escuelas públicas del país.

Como dije antes, el presidente Petro tomó en serio las recomendaciones de la Comisión de la Verdad. También ha realizado otros cambios significativos, como reformas fiscales para aumentar los recursos del Estado y corregir la desigualdad. Medidas para la transición de Colombia a otras formas de energía y preparar al país para reemplazar las exportaciones de petróleo y carbón con otros productos básicos de exportación. Y la búsqueda de una alianza latinoamericana para solucionar problemas continentales como la protección de la selva amazónica, que se ha fortalecido con la llegada de Lula a la presidencia de Brasil.

Se esperaba que la nación se uniera en torno al nuevo presidente, durante este tiempo de cambio, pero este no ha sido el caso. El país está dividido.

Debemos mirar este momento como un período en el que Colombia está tratando de avanzar en profundas transformaciones necesarias que se vieron truncadas en el pasado. El diálogo y la negociación son muy importantes. Este es el momento de fortalecer la esperanza en la democracia participativa y justa y generar confianza en quienes quieren seguir invirtiendo en Colombia. Los críticos consideran que el presidente genera expectativas populistas que pueden llevar a una crisis como la de Perú o Chile, pero Colombia ha demostrado que tiene una mayor estabilidad institucional. La discusión pública constructiva sobre cómo gobierna Petro es beneficiosa, siempre que el presidente escuche. El país quiere un líder, que empuje hacia nuevos horizontes, que llame a los acuerdos, capaz de mantener unida a la nación, considerando la inclusión de todos los grupos sociales relevantes, según los diferentes temas. Estas son condiciones necesarias para que los cambios sean posibles y viables.

Francisco de Roux S.J.

Marzo 20, 2023

Boston College, Estados Unidos

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En su introducción, Pacho muestra los retos que tuvo que enfrentar la Comisión de la verdad. En esta segunda entrega nos presenta las estrategias de la Comisión para que el trabajo emprendido fuera asumido por toda la sociedad colombiana.

Primera parte

El impacto externo de la comisión de la verdad

Cuando se constituyó la Comisión de la Verdad en 2018, la sociedad colombiana -salvo importantes excepciones- tenía muy poco interés en conocer la verdad sobre el conflicto y la historia de la tragedia humanitaria del país. La oposición había ganado un referéndum oponiéndose al acuerdo de paz, pero aun cuando el Congreso aceptó la mayoría de sus reclamos, continuaron diciendo que la Comisión de la Verdad y otras instituciones creadas por el acuerdo de paz no eran legítimas. También ganaron las elecciones presidenciales y el proceso de paz perdió el fuerte apoyo que le dio el expresidente Juan Manuel Santos, Premio Nobel de la Paz.

Ante esta situación, la Comisión de la Verdad decidió realizar una movilización educativa nacional, para discutir la realidad de las víctimas y el derecho que tienen a conocer la verdad. Eso era necesario, si queríamos tener paz y democracia. Esta iniciativa se denominó “diálogo social”. Se desarrolló a pesar del COVID, en miles de conversaciones y programas educativos, en redes sociales y televisión, en estaciones de radio y en periódicos. Todos los días durante 40 meses, en algún lugar de Colombia, se llevó a cabo un evento de diálogo social, con niños y jóvenes, mujeres, personas LGBTQ, campesinos, comunidades indígenas y afrocolombianas, sindicalistas, artistas, periodistas, empresarios, miembros de las instituciones militares, ex guerrilleros y ex paramilitares. Los hechos ocurrieron en 24 países donde los colombianos viven en el exilio a causa del conflicto. El diálogo social fue tan crucial como el Informe Final.

La movilización y el diálogo social trajeron consigo un cambio de actitud de la sociedad hacia la verdad del conflicto. A pesar de la oposición del gobierno, y de las dificultades para realizar reuniones públicas durante la pandemia del COVID, la sociedad colombiana pasó de la resistencia y el miedo a la verdad, a un creciente interés, incluso pasión, por comprender y aceptar la realidad de la intolerable crisis humanitaria que vive y que afectó a millones de colombianos.

Miles acudieron a la Comisión de la Verdad para traer sus testimonios. Muchos proporcionaron memorias escritas y análisis. Colombia pudo escuchar a miembros de la guerrilla, paramilitares y militares, compartiendo datos sobre los terribles niveles de violencia. El país se encontró con multitudes de mujeres en busca de sus hijos desaparecidos, campesinos despojados de millones de hectáreas de tierra, soldados sin piernas, exguerrilleros ciegos o sin brazos.

Muchos colombianos entendieron que los logros en el desarrollo económico, la organización de los partidos políticos y la institucionalidad del Estado, se han construido sobre la base del inmenso y prolongado sufrimiento humano de millones de víctimas.

Muchas personas aceptaron, por primera vez, la profundidad de la tragedia humana y sintieron cada vez más que continuar así era intolerable. El resultado de estos años de movilización fue una aceptación general, desde diferentes puntos de vista políticos y sociales, de que el cambio era necesario.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales de mayo de 2022, los colombianos descartaron a los candidatos de los partidos tradicionales y expresaron claramente su esperanza y voluntad de cambio profundo al elegir en su votación final a dos candidatos que apuestan por un cambio radical. Rodolfo Hernández quien prometió cambio acabando con la corrupción, y Gustavo Petro quien prometió cambio logrando la paz total. Petro ganó.

La Comisión de la Verdad no hizo campaña por ningún candidato. Pero es obvio, que la movilización por la verdad y la conciencia nacional de la necesidad de un cambio para detener la tragedia humanitaria, fueron determinantes en la elección del nuevo presidente.

El 28 de junio de 2022, la Comisión entregó su informe final al país. El presidente electo Gustavo Petro fue invitado a la ceremonia y recibió de mis propias manos el libro de conclusiones y recomendaciones de la Comisión. Petro prometió estudiar el documento. 40 días después, en su discurso de toma de posesión como presidente de Colombia, repitió dos veces frente a la comunidad nacional e internacional: Cumpliré al pie de la letra todas las recomendaciones de la Comisión de la Verdad.

Francisco de Roux S.J.

Marzo 20, 2023

Boston College, Estados Unidos

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Con ese título, nuestro querido Pacho presentó esta conferencia invitado por el Boston College de los Estados Unidos, el pasado 20 de marzo. Estamos orgullosos de alojar este documento -en su totalidad- en nuestro blog. Dividido en 7 entregas, a partir de hoy, creemos que su lectura nos puede acompañar durante esta Semana Santa, con la seguridad de fortalecernos y poder contribuir a la construcción de una Colombia mejor.

Los invito a tener presentes durante mi charla, dos interrogantes que están implícitos en el título que anuncia esta conferencia: Primero, ¿qué le sucede a una sociedad que es confrontada en su verdad histórica y ética por un grupo con autoridad pública e institucional? Y también, ¿qué pasa con el grupo de buscadores de la verdad que desafían a esta sociedad, con hallazgos relacionados con años de violencia política y guerra?

Permítanme comenzar con una breve introducción.

Primero, la misión acaba de comenzar.

El informe final debe entenderse como una plataforma de despegue. La tarea de preparación ha terminado. Ya no somos una institución estatal. Somos simples ciudadanos, sin ningún tipo de apoyo o protección particular, pero el camino por delante es inmenso, con muchas tareas nuevas. Debemos profundizar en lo que hemos esclarecido en nuestra investigación, ampliarlo, incorporar datos faltantes, corregir eventuales errores y buscar mejores explicaciones. También tenemos que acompañar al Comité que se creó por ley para dar seguimiento y evaluar la implementación de las recomendaciones de la Comisión.

En segundo lugar, el miedo a la verdad.

Mucha gente en Colombia piensa que sería mejor olvidar lo ocurrido durante el conflicto armado, en la medida en que el recuerdo puede destruir la posibilidad de construir el futuro. Las instituciones temen perder legitimidad una vez que se descubran los crímenes de sus miembros. El miedo de los políticos fue el más fuerte, porque sienten que la verdad puede amenazar su popularidad y destruir su imagen. El miedo finalmente se apodera de todos aquellos que niegan los hechos. Según ellos, nunca hubo masacres, no se maltrató a las mujeres, no hubo desapariciones ni desplazamientos en Colombia. Así como en el caso de Alemania, hay grupos de personas que niegan el holocausto y en el caso de Argentina, Brasil y Chile, hay quienes dicen que nadie fue desaparecido.

Tercero, resistencia a la compasión.

Además del temor a la verdad, la Comisión encontró una falta generalizada de emociones y compasión frente a todo el sufrimiento y la devastación que se encuentra en las personas y comunidades. A veces la verdad no se puede negar, porque es extremadamente brutal o angustiante. Por ejemplo, cuando escuchas a los niños llorar, a las madres desesperadas, o incluso a los perpetradores confundidos. Sin embargo, la mayoría de la sociedad actúa como si estuvieran anestesiados y no sintieran dolor. Uno sabe lo que pasó y está pasando, pero no puede permitir que afloren las emociones correspondientes. Al final no te mueves. En cambio, racionaliza su conducta, pensando que está demasiado ocupado con “cosas realmente importantes”, como una discusión teológica conceptual, una disputa de partidos políticos sobre candidatos o algún tipo de negociación comercial. El sufrimiento es algo real para millones de seres humanos, pero tú pareces pertenecer a un tipo diferente de personas a las que no les importan las trivialidades.

Y si no hay vulnerabilidad frente al sufrimiento, ¿cómo se puede construir una ética humana?

Cuarto, estar al lado de las víctimas

Hemos aprendido que la autenticidad en la búsqueda de la verdad humana sólo está presente cuando hay una comunión diaria con el sufrimiento humano. Entre los vecinos heridos en Colombia hay alrededor de siete mil muertos y 9 millones de sobrevivientes. Estamos en contacto con muchos de ellos. En lugar de abandonarlos, es hora de ponernos completamente a su lado. Y esto no solo pasa en Colombia. Puedes encontrar al prójimo herido -por causas humanas- en todas partes, todos los días y en cualquier camino que tomes. Cuando te vuelves parte del dolor de la víctima y de su sufrimiento, cruzas una línea y entras en un camino que no tiene vuelta atrás.

Francisco de Roux S.J.

Marzo 20, 2023

Boston College, Estados Unidos

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Como es usual en las presentaciones de nuestros invitados a las reuniones de los jueves, terminadas estas sigue una tertulia en la cual dialogamos con ellos a través de comentarios y preguntas. A continuación, presentamos las que se le hicieron al presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia.

¿Qué ha significado para ti como sacerdote jesuita, como colombiano y como ciudadano estar al frente de esta labor tan importante para todo el país?

A mí me ha cuestionado muy profundamente, me ha llevado a una metanoia brutal. Yo conocía la guerra. Estuve durante 14 años en el Magdalena Medio en medio del conflicto, dialogando todos los días. Fue cuando la guerra era más dura, entre 1996 y el año 2006. 24 de las personas que trabajaban en proyectos que estaban haciendo fueron asesinadas por diversos actores. Yo mismo hice los funerales. 

Esto me ha mostrado cosas inauditas: la victimización en todas las direcciones me ha ayudado a comprender la hondura de nuestra tragedia, la dificultad de los colombianos para mirar esto de frente, enrostrarlo y ser capaces de no solo mirar a las víctimas de un lado, sino también a las víctimas de todos los lados y tratar de ponerse en los zapatos de unos y de otros y captar el dolor, la indignación, la rabia, y con eso, también el miedo que existe y esta pregunta inmensa de cómo podemos trabajar nosotros por la reconciliación. 

Me ha cuestionado en muchas cosas muy hondas. Todos los días, a las siete de la mañana con los miembros de la Comisión que quieran, hago un rato de silencio, muy profundo. Luego, generalmente, durante no más de un minuto, hago una pequeña lectura de la Escritura o de Francisco de Asís o de Ignacio de Loyola y luego nos quedamos en silencio. De estas cosas que a uno le quedan leyendo el evangelio ustedes recuerdan cuando, en el evangelio de Mateo, Jesús se plantea el problema de las animadversiones y los odios entre los hermanos y dice: “si estás en el momento del culto y estás ofreciendo el sacrificio y te acuerdas de que tu hermano tiene una ruptura profunda contigo o de que entre tus hermanos hay desavenencias profundas, ¡deja el culto!”. Esto quiere decir “¡detén la misa!”, para ponerlo en términos concretos, y ve primero a reconciliarte con tus hermanos y a luchar por la reconciliación entre ellos.

Es decir, para este misterio de Dios en que nosotros creemos, es mucho más importante la reconciliación entre los hermanos que cualquier otra cosa. ¡Que no vayamos a morir nosotros, que no nos vayamos a encontrar con Dios, estando los unos separados de los otros! 

Se los digo porque yo creo que en La Habana, con todas las deficiencias ‒los procesos de paz están llenos de deficiencias‒, yo le decía a Álvaro Uribe: “hombre, mire”, en el encuentro que tuve con él, porque nos encontramos con los cinco presidentes de Colombia en distintas instancias, de distintas maneras, porque para la Comisión era muy importante haberlos tenido a todos. Yo le decía: ¿por qué, cuando usted hizo el proceso de paz con los paramilitares ‒ese proceso tuvo muchas fallas‒, sin embargo, todos, en gracia de la paz, lo apoyamos. Y fue muy importante haberlo hecho, a pesar de que quedan distintos grupos. Yo les digo: el Magdalena Medio, con el bloque central Bolívar marchando como ejército ‒como decíamos cuando estudiamos latín, como acies ordinata (ejército ordenado)‒, es muy distinto a lo que queda del paramilitarismo de ahora. ¡Es que eran 500 hombres vestidos con prendas militares atacando los pueblos! Entonces, yo le decía: hombre, lo que usted hizo con el proceso de paz con los paramilitares tuvo muchos problemas, pero todos lo apoyamos. Los que queremos la paz, en estos procesos… ¡tenemos que luchar para que esto termine! ¿Usted por qué no apoyó el proceso de La Habana? Entre otras cosas, fíjese que ese proceso no se hubiera podido hacer si usted, con la fuerza que tuvo, no hubiera logrado lo que logró. Es una obra suya que las Farc bajaran de 21.000 a 11.000 hombres. Pero no fue posible. 

Cuando yo le decía a Pastrana: hombre, por qué no hacemos una comida y ustedes, los cinco expresidentes de Colombia vivos, se reúnen ante el país e lo invitan a la reconciliación… No. ¡Ahí hay unos odios humanos muy profundos, muy profundos, muy duros! Yo le decía: hagámoslo en la verdad. Las verdades son bien conocidas. Es verdad que Samper ganó las elecciones con plata del narcotráfico, es decir, hay un montón de verdades que son verdad, pero ¡reconciliémonos! Quiero decirles que en La Habana se ganó una cosa que es muy distinta. Hoy en día hay masacres en Colombia: más o menos una mensual; son masacres de tres personas o cuatro personas. ¡Eso es durísimo! Más o menos cada semana matan un líder. Nosotros venimos de una época en que las masacres eran de 100 personas, de 120, de 70. O la masacre de Barrancabermeja en nuestra parroquia, de 34 personas. De donde los secuestros eran todos los días. Los asesinatos a líderes eran todos los días. El Hospital Militar mantenía 2000 hombres heridos. ¡Y hoy en día hay 12! Es decir, ahí hubo un cambio, ¡sin lugar a dudas!, a pesar de que 20 % de la gente de las Farc volvió a la guerra, como suele pasar en estos acuerdos. 

Colombia está partida, Colombia está dividida. Las acrimonias y los señalamientos uno los encuentra continuamente en Twitter, en Facebook, en WhatsApp. ¡Y yo siento en eso una responsabilidad muy grande de trabajar por la reconciliación como jesuita y como sacerdote!

Antes de la prolongación otorgada por la Corte para proseguir las actividades de la Comisión, se notaba un abrumador fortalecimiento de asociaciones ciudadanas contra la guerra y la muerte. ¿Este legado de la Comisión podrá mantenerse luego de su existencia?

Jorge Luis, tenemos tres cosas en las que estamos trabajando. Estamos tratando de conformar una red de aliados. Yo quiero invitarles a ustedes a que sean parte de esa red. Cada red y cada grupo humano de la manera cómo funcionen. Es una red que recoja el legado de la Comisión y continúe trabajándolo. Nosotros, de ninguna manera, pensamos que vamos a llegar a un punto final. No habrá una verdad de Estado. Sería lo más estúpido. Quedan unas búsquedas de verdad para continuar profundizándolas y estamos conformando una red de aliados de muchas organizaciones, de muy distintas clases, para continuar en eso. Queda un comité de monitoreo y seguimiento institucional, pagado por el Estado, que durará siete años. Estamos trabajando para dejarlo establecido, como está dentro de nuestro mandato. Su responsabilidad es cuidar que las recomendaciones que dejemos sean monitoreadas y se les haga seguimiento en su puesta en práctica. Vamos a dejar un sistema colocado en la web lo llamamos la transmedia; es una masa de información que contiene de todo. No solo los datos, los testimonios y las entrevistas habladas, sino también películas, pequeños videos, para que cualquier persona del mundo, si quiere hacer una tesis sobre lo que pasó en Colombia durante el conflicto o si quiere seguir profundizando en lo que hicimos y darle nuevas interpretaciones, pueda continuar esta tarea. Y, por supuesto, también vamos a publicar en varios idiomas y también en lenguas indígenas los resultados finales. 

¿Qué le dirías a los que tachan de guerrilleros o de izquierdistas camuflados a los líderes sociales que matan?

Pues yo les diría que estas cosas tienen que hacerse desde un análisis riguroso sobre los distintos casos o sobre los diferentes grupos de casos y que cualquier afirmación precipitada es temeraria e irresponsable. Es temeraria porque puede traer como consecuencia la activación de procesos de asesinatos. El asesinato de los líderes en Colombia es muy doloroso porque ¡por ningún motivo se puede matar a una persona!: en Colombia no hay pena de muerte. Y porque en muchísimos casos, como me tocó ver en el Magdalena Medio, los líderes son muy incómodos para la gente que está armada. Porque la gente sin armas le pone la cara al armado y le dice: usted puede tener armas, pero yo vengo aquí a defender a una comunidad. Por supuesto, las defensas son de muy distintas clases: hay líderes que están luchando por el medio ambiente; otros, para que los procesos de erradicación de la coca puedan llevarse a cabo con toda determinación; otros están luchando por la tierra, en escenarios a veces muy oscuros, porque en este país donde el catastro nunca se estableció con rigor, los problemas de tierras son complicadísimos. Otros están en otras actitudes y defienden a los sembradores de coca porque dicen que no tienen una forma distinta de ganarse la vida y no van a dejar que la coca se la toquen. Hay otros que dejaron las armas de las Farc y con toda seriedad están en un proceso de paz, pero han matado más de 300. Esta semana asesinaron a un par de mujeres. Son situaciones muy dolorosas; los matan con mucha frecuencia disidencias de la misma guerrilla.  

Independientemente de las tradicionales causas de la violencia, con base en las realidades que ustedes han conocido y sentido, ¿cuáles se destacan como causas para que nos hayamos portado tan inhumanamente?

Gracias, Edmundo, por esa pregunta. Una de las cosas ‒hablando de causas‒ que hemos encontrado es que no vemos razones, como si dijésemos modelos lineales que expliquen lo que está pasando, de manera que por una razón única una persona sale a matar a otras en Colombia. No es porque me dieron una orden y fui a matar o porque se me ocurrió durante la noche que tenía que meterme en la guerra y salir a matar personas, sino que son entramados muy complejos de causas, en las que juegan simultáneamente elementos subjetivos, elementos estructurales, elementos culturales, elementos políticos, presiones de la guerra y en ese conjunto se producen estas realidades tan duras. 

Mi sentir personal es que sí hay un problema muy hondo entre los colombianos, que juega un papel, porque cada una de estas cosas necesita de otras para explicarse, pero nos es muy difícil aceptar en la vida concreta. Teóricamente lo aceptamos, y más los que hemos pasado por la Compañía de Jesús, que todos los seres humanos y todos los colombianos nos merecemos el mismo respeto y que debemos tratarnos con la misma acogida. Yo lo que siento ‒y se los digo con sinceridad, créanme‒, es que eso no se da así. Se da, de pronto, en algunas familias, en algunos asuntos individuales, en algunas personas conscientes pero, en general, el sentir general ‒es lo que yo siento‒ es que no todo el mundo se merece el mismo respeto. Los indígenas no se merecen el mismo respeto que los blancos, ni los negros del Chocó se merecen el mismo respeto. ¿Qué se traen ustedes cuando vienen a exigir…? ¡Eso es para la gente respetable!: los que tienen plata, han hecho carrera, han estado en las universidades, vienen de familias buenas, son sacerdotes, obispos o empresarios; pero ustedes, ¿de dónde vienen aquí a pedir que se los trate con el mismo respeto, si eso no es lo normal?

Por otra parte, creo que la guerra sí se nos metió muy profundamente. Esa es una pena muy honda, porque todo lo que la guerra tocó en Colombia, lo dañó. Y creo que ahí hay un problema muy delicado. Tenemos problemas de inequidad social durísima. Miren las cifras internacionales. Eso está divulgado y se hallan en Google. Colombia, desde hace mucho, se mantiene dentro de los 10 países más inequitativos del mundo, incluso entre los seis más inequitativos, pues compartimos el sexto lugar con otros cuatro. Los países más inequitativos son los más violentos, son los países que, paradójicamente, tienen dificultades para ampliar sus mercados, para ser más tranquilos. Eso es una pena, porque este es un país de una extraordinaria creatividad, de una fuerza cultural inmensa. 

Pero eso no es razón para que haya guerra. La mayor parte de los otros nueve países inequitativos no tienen guerra. ¿Por qué eso en Colombia se mezcla con la guerra? El narcotráfico juega un papel muy importante en esto y, desafortunadamente, se ha acrecentado, entre otras, también, porque la forma como se trató el narcotráfico en La Habana dio un aliciente perverso para que se sembrara coca, con la expectativa de que al campesino que se lo encontrara con coca no iban a penalizarlo. 

Otro elemento muy fuerte es la corrupción, que en Colombia es tan profunda. Otro elemento importante es que al desbaratarse los partidos tradicionales ‒que jugaron un papel hasta bien entrado el Frente Nacional‒, las formas como se comunicaban las regiones a través de las dos grandes colectividades políticas se fragmentaron inmensamente y las cosas quedaron en manos de gamonales donde la corrupción tomó muchísima fuerza y el narcotráfico también, y las mezclas de eso con el paramilitarismo complicaron inmensamente los asuntos. 

Otro elemento es la mezcla de las Fuerzas Armadas con el narcotráfico, como nos decía uno de los generales en servicio, porque otros no han querido reconocer, fue: el enemigo de mi enemigo es mi amigo y nosotros nos cruzamos con ellos. Para poder ganar la guerra la combinación con los paramilitares fue indispensable, porque la derrota era inaceptable. Ustedes se acuerdan…, Bogotá estuvo al borde de ser tomada por la guerrilla cuando la guerra fue grande. Todas estas cosas, Edmundo, se mezclan y el punto es cómo desagregarlas y. además, se dan de formas distintas según las regiones. 

Transcripción de Bernardo Nieto S.

Enero, 2022

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En el blog de ayer, Francisco de Roux, el presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, expuso dos de los cuatro objetivos de esta Comisión y se extendió en el relato que hicieron las víctimas cuando fueron invitadas a las conversaciones de La Habana que estaban llevando a cabo el gobierno y las Farc. A continuación, desarrolla el tercer y cuarto objetivos.

El tercer objetivo que se nos pide es la reconciliación. Dificilísima, para una entidad a la que le dan tres años, en una tarea que, por supuesto, es de muy largo plazo y que nos ha llevado a acompañar algunos procesos en el país. Es una labor impresionante. En el país, en medio de todas estas cosas tan dolorosas, hemos estado conversando con más de 1000 iniciativas distintas. En medio del conflicto, los colombianos y colombianas en diversas formas, en diversas instancias, estaban haciendo museos de la memoria, estaban haciendo organización, estaban construyendo propuestas de paz, en organizaciones afro, en organizaciones indígenas, entre campesinos, entre universitarios, en empresas. La misma Constitución de 1991 fue un esfuerzo de los colombianos para tratar de encontrar salidas hacia la paz. 

Para nosotros, la reconciliación tiene tres elementos muy importantes. Entre otras cosas, la Compañía de Jesús hoy en día está trabajando la reconciliación como uno de los objetivos más profundos a nivel mundial. Las tres cosas son:

1. La coexistencia. Que no nos matemos. Que podamos coexistir sin agredirnos y sin destruir la vida entre nosotros por ningún motivo. 

2. La convivencia. En el sentido de que, bueno…, pensamos distinto, pero somos capaces de tolerarnos y capaces de aceptar que esto se construye desde puntos de vista distintos. A unos les gusta más Uribe o la señora Cabal, a otros les gusta más Petro, a otros les gusta más qué se yo…, Gaviria, a otros les gustan más los verdes; unos son indígenas, otros son negros, otros son mestizos, otros son blancos, otros tenemos distintas posiciones de género: mujeres, hombres, gays, lesbianas, distintas edades, distintas culturas… Entonces, construyamos, convivamos en esta maravilla. Y sabemos que es bonito, que esto nos enriquece. 

Entonces, primero coexistamos; segundo, convivamos y, tercero, 

3. Construyamos comunidad. Esto ya son palabras mayores, por supuesto, y tiene mucho que ver con el desarrollo territorial, regional. Hagamos de Popayán una ciudad feliz, de todo el Cauca. Hagámoslo de Antioquia, hagámoslo de Arauca, de Nariño, construyamos una comunidad colectiva entre el Huila y el Tolima; en fin, ese es el tercer objetivo nuestro. 

Y la última tarea, el cuarto objetivo, es presentar propuestas para la no repetición. En ello, por supuesto, me encantaría que ustedes nos ayudaran, en todos, pero particularmente en este. ¿Qué hacer? Hemos podido identificar dinámicas históricas, sociales, profundas, de muy diverso orden, que están en el origen del conflicto colombiano y se han ido prolongando, manteniendo a lo largo del tiempo en forma diferente, según los territorios, evolucionando, porque el país de hoy no es el país de 1960, 61, 62, cuando el Frente Nacional; es otra cosa. Sin embargo, muchas de esas dinámicas, transformadas, han permanecido en algunas formas. 

Podría decirles muchas cosas en este esfuerzo, empezando por comentarles la forma como nosotros fuimos escogidos, porque esa es una pregunta que, a veces, la gente se hace.

En La Habana, para tratar de conseguir la forma como habría de conformarse el grupo de magistrados de la Jurisdicción Especial para la Paz y el grupo de personas que iban a conformar los integrantes de la Comisión de la Verdad, se creó un comité de escogencia. Se trató de que ese comité no tuviera nada que ver ni con el gobierno de Santos ni con las Farc. Entonces, se escogieron tres especialistas de cortes internacionales, dos europeos y un argentino, que habían participado en cuerpos de legislación internacional, y dos colombianos: un magistrado, que fue elegido por los magistrados de todas las cortes colombianas, y un científico o científica escogido por los rectores de las universidades públicas. Ellos escogieron a una mujer que no tenía nada que ver ni con ciencias políticas ni con ciencias sociales, pero que resultó ser realmente muy valiosa: una doctora en química.

Esas cinco personas recibieron las hojas de vida de distintas gentes que en una llamada amplia a todo el país se presentaron a este comité. Para ser miembros de la Comisión de la Verdad se presentaron un poco más de 300 personas para escoger once comisionados. Yo no me presenté, pero amigos de Bogotá y de Medellín presentaron mi nombre y llenaron los formatos. A mí me llamaron, finalmente, para preguntarme si aceptaba estar. Y, como nos pasa a nosotros, se hizo una consulta con el provincial de la Compañía de Jesús para saber si estar ahí fuera como una misión y dije que sí. Vinieron las entrevistas…, ustedes pueden ver esas entrevistas, están en Youtube. Entrevistaron a 30 personas; a mí me entrevistaron entre ellas y de ahí nos escogieron a los once. Y a mí, de una vez, además de escogerme, ellos mismos me nombraron presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, lo cual fue un trago duro, créanme, porque yo no había querido presentarme, porque era perfectamente consciente de lo difícil de esta tarea. Pero terminé siendo, además, el que tiene la responsabilidad de la presidencia de la Comisión. 

Los comisionados son un grupo de personas francamente muy serias. Ninguno de nosotros pertenece a partido político alguno, ni tenemos nada que ver con las elecciones presidenciales que se vienen. Tampoco somos doctores en ciencias sociales. Estamos dos que hemos hecho doctorados, pero no somos profesores de universidad; no tenemos ningún historiador, pero lo que tenemos como cualidad más seria es que sí hemos recorrido este país y nos hemos andado a Colombia y conocemos, por lo menos de andadas y de ir y venir por Colombia, la realidad de lo que ha pasado en nuestro país. Nos falta muchísimo o nos faltaba y todavía nos falta para tener una comprensión más honda de los grandes desafíos que tenemos que ayudar a que el país entienda. Sin embargo, después de oír a tantas víctimas y ver tantos documentos, conversar con tantas personas y contrastar tantos puntos de vista, pues uno sí va sacando clarificaciones básicas. 

Todos los días estamos recibiendo cosas muy duras. Hemos procurado acelerar en los meses que nos quedan, aprovechando que la Corte Constitucional, por votación unánime, prolongó el mandato de la Comisión para que podamos entregar los resultados a finales de junio del año entrante, cuando ya haya sido elegido el nuevo presidente, cosa que a mí me satisfizo mucho, porque yo no quería salir con los resultados de la Comisión de la Verdad en plena campaña, ustedes comprenderán por qué. En la campaña la gente prácticamente no piensa: discutir ideas es lo que menos importa. Una vez que se pone en marcha la campaña, lo que le interesa a la gente es vender a su candidato. Y lo de menos son las ideas. Los candidatos están atentos a las encuestas para saber de qué está hablando la gente para hablar de eso. Lo que importa en ese momento es ganarle a los demás en votos y esto es una cosa muy distinta. 

La Comisión de la Verdad va detrás, realmente, de asuntos muy delicados, muy hondos. Nuestro mandato no nos pide establecer responsabilidades individuales, sino responsabilidades de orden, si ustedes quieren, de orden institucional, de orden organizacional sobre cosas muy delicadas que son más bien de ética pública, que son de ética política, que son responsabilidades históricas. Tenemos que señalar estas cosas durísimas y, por supuesto, vamos a decir cosas que les molestarán mucho a las Farc, les molestarán mucho al Eln, les molestarán mucho a los paramilitares y a sectores políticos de todos los lados, les molestarán a presidentes de la República, les molestarán a algunos empresarios, les molestarán a algunas universidades, les molestará a algunos indígenas y les molestará porque así es la realidad de lo que hemos tenido que vivir. Es decir lo que ha pasado en Colombia,

Pero, una vez más, nuestro planteamiento, nuestro discurso es una palabra para decir: miren, comprendamos lo que nos pasó…, pero comprendámoslo no para incentivar apetitos de venganza o de odio, sino para ver qué hacemos nosotros. Un poco como nos pasa con la historia personal de cada uno, que es un asunto que yo trato de trabajar mucho dentro de la Comisión. Mientras uno no acepta la verdad de uno mismo ‒todos nosotros, los seres humanos, conocemos nuestra historia, que es una historia, como lo sabemos, de cosas bellas, de cosas grandes, de ilusiones y de pecado‒, uno solo comienza realmente a construir cuando acepta sinceramente lo que es, se presenta como un libro abierto y permite que los demás conozcan la verdad de uno. Entonces, si uno se comprende, puede comprender los errores de otros, porque se da cuenta de que esto lo construimos entre seres humanos falibles. Esto: una nación. Y todos nos hemos equivocado, pero también todos podemos ayudarnos a construir colectivamente lo que soñamos.

Recientemente estuvimos en Caicedo, Antioquia. Ustedes saben, Caicedo era el sitio donde marchaba el gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, con Gilberto Echeverri en una marcha por la paz. Esa es una historia de hace unos doce años. Y cuando iban llegando al sitio donde comienza uno a subir hacia el pueblo (las Farc sabían que no llevaban armas, ni los acompañaba una fuerza de seguridad), a las 400 personas que venían marchando se les aparecieron las Farc, secuestraron a Guillermo y a Gilberto. El pueblo se quedó esperándolos porque iba a haber una celebración de la no violencia. Las Farc los tuvieron retenidos durante 14 meses y en el mes catorce los asesinaron. En ese contexto, nosotros hicimos un acto de reconocimiento, en el que el frente de las Farc que los asesino subió al pueblo. Hizo los cuatro kilómetros de subida. Nos encontramos con el pueblo. Estaban las familias de Gilberto y de Guillermo. Los de las Farc reconocieron y contaron en detalle, que es lo que esperan las víctimas, lo que habían hecho.

Y así también fue en el pueblo de Caldono, por ejemplo, al cual las Farc los golpearon 76 veces y destruyeron muchas cosas, entre ellas el colegio de las Lauritas, y se llevaron a muchos niños a la guerra. También fue un acto de reconocimiento muy serio.

También hicimos en Cartagena, hace un par de semanas, un acto muy, muy duro. Puedo mandárselos, porque de todo eso tenemos grabaciones. Durante tres horas, paramilitares de Colombia, contaron los horrores que hicieron en la guerra, cosas supremamente duras. Recuerdo, por ejemplo, para simplemente darles una idea de esto, porque uno tiene que sentir lo que ha pasado en el país, que un hombre nos contó cómo, cuando ellos avanzaban hacia Toluviejo, les dieron esta orden: estamos haciendo una operación en el pueblo, hay que matar a la persona que salga del pueblo o a la que ustedes se encuentren saliendo en la carretera. Y entonces dice: venían un par de muchachas, quinceañeras, avanzando hacia nosotros. Entonces, yo di orden de dispararle a la más alta. La otra, una morenita, viene corriendo hacia nosotros, se me arrodilla y me dice: por favor, no me mate. Yo me le entrego, yo me le entrego. Yo nunca he estado con ningún hombre, yo me le entrego, pero por favor no me mate. Y si yo no soy virgen, le dice, y si yo no soy virgen, asesíneme. Y el tipo dice: yo no podía dejar de matarla, porque, si no, a mí me mataban. Y saqué el arma y le pegué un tiro en el cráneo. Y luego, la descuarticé, que era lo que tenía ordenado hacer.

Bueno…, podría seguirles contando infinidad de cosas. El viernes pasado, aquí en la casa de los jesuitas ‒estoy hablándoles desde la curia provincial‒, tuve una misa con madres de una organización que se llama Mafapo (Madres de falsos positivos). Aquí tengo sobre la mesa la lista de los muchachos. Vinieron también militares que han reconocido lo que hicieron. Fue una misa de reconciliación. Luego, siguió el acto público ‒porque momentos como estos, cuando me piden una misa, los hago en privado‒, porque la Comisión es una institución del Estado y el Estado es un Estado laico. Después nos fuimos al parque de los novios aquí en Bogotá para el acto donde las mamás intercambiaron con los militares que les reconocieron las cosas que habían hecho.

Es muy impresionante porque es ver, por un lado, cómo las mamás cuentan el episodio último con sus hijos, cuando, de formas distintas, los reclutadores pagados por el Ejército se llevaron a los muchachos, porque les habían ofrecido empleo o los invitaban a un paseo. Y luego, el militar contando la forma como fue el asunto, ¿verdad?

No pocos de estos muchachos habían prestado su servicio militar. Por eso, los habían seguido hasta los barrios pobres aquí en Bogotá y sabían dónde vivían. Pero esto fue fortísimo en las comunas de Medellín y en muchos otros sitios del país. Y, sobre todo, en los pueblos y sobre todo en los barrios pobres, porque se llevaban personas, por supuesto, que esperaban que no causaran ningún conflicto social, ningún problema, pues eran personas desconocidas. Estos militares cuentan la sorpresa de estos muchachos cuando llegan a un sitio y se dan cuenta de que los van a matar en absoluta indefensión. La forma como los matan y la forma como después de matarlos los visten de guerrilleros y les ponen un arma. La forma como la Fiscalía cómplice viene a recoger los cadáveres, la manera como fingen el combate y, por supuesto, para ser presentados como guerrilleros dados de baja, porque la orden corporativa es: “resultados son muertos”. Para que ustedes realmente puedan tener ascensos o reconocimientos, tienen que presentar muertos. La lista que tiene la Jurisdicción Especial para la Paz, la JEP, y que nosotros conocemos ‒las cosas de la JEP nos las pasan a nosotros, con nombres propios, lugares, brigadas‒, es una lista de 6403 casos de falsos positivos. Es una de las cosas más dolorosas.

Y créanme que yo, oyendo esto, en la misa leí el texto del profeta Isaías que ustedes muchas veces lo meditaron, ¿verdad?: “fue cogido como un cordero y fue llevado como se lleva un cordero al matadero”. Así llevaron a estos muchachos: al matadero. 

Yo pensaba también en los aztecas, ¿verdad? En cómo los aztecas sacrificaban jóvenes a los dioses. Ahora esto se hace en el altar de la patria, porque la patria está necesitando muertos para presentarlos como personas muertas en combate. Eso me dolía inmensamente o me hacía pensar en el circo romano: Ave Cesar, imperator. Morituri te salutant (Dios te guarde, César emperador. Los que van a morir te saludan). Es una cosa muy espantosa.

Esto pónganlo al lado de las familias de Cali a las que se les llevaron 52 niños secuestrados o el caso de los miembros de la Asamblea del Valle del Cauca, que los secuestraron a todos, los tuvieron más de cinco años secuestrados, los mataron en la última semana cuando se suponía que iban a entregarlos. Nos hemos encontrado con esos niños destrozados por los asesinatos de sus papás…

El punto que quiero expresar aquí, para terminar, porque ya me pasé del tiempo que me dieron, es simplemente invitarlos a conocer que la Comisión avanzará por supuesto sobre esto. La Comisión tiene dividido todo esto en capítulos. El propósito es: por favor, colombianos, miremos lo que realmente somos y nos ha pasado. Y también decirle a los jóvenes: ustedes no son responsables de esta realidad tan difícil, pero si no conocen lo que pasó, esto puede volver a acontecer entre nosotros.

Estaremos entregando el documento final a finales de junio del año entrante. Luego, durante los meses de julio y agosto, los comisionados iremos por el país presentándolo en detalle.  

Estamos también haciendo una película. Si ustedes entran a la página de la Comisión, poniendo en una sola frase en Facebook, Comisióndelaverdad, encontrarán que todos los días estamos poniendo testimonios: ¡todo esto se filma! Ustedes encontrarán películas, programas radiales con las víctimas, testimonios de responsables, documentos, blog. Es una cosa supremamente rica… y con la idea muy honda de que Colombia sí podemos construirla hacia adelante, pero tenemos que partir de la verdad de lo que somos. 

Tenemos que contar esta verdad tan dura, pero de una manera que la misma verdad nos ayude a comprender lo que nos pasó y cómo podemos juntos, desde nuestras diferencias, construir realmente el país que se merecen los hijos y los nietos de ustedes.

Transcripción de Bernardo Nieto S.

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Hace pocos días participé en una conferencia virtual del padre Francisco de Roux. “Pacho”, como lo llamamos desde hace mucho tiempo, cuando compartimos algunos años de nuestra juventud, puso ante nosotros lo más genuino y profundo de su trabajo y el impacto que en su corazón de sacerdote y de ciudadano le ha causado esa labor de conocer, de primera mano, el horror que la guerra ha causado entre los colombianos y la ingente tarea que debe cumplirse.

El presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia, Francisco de Roux, nos habló de la tarea que le fue encomendada a la Comisión y de los objetivos que deben cumplir, y respondió varias preguntas que le formulamos en el tiempo que tuvimos para conversar con él. 

El texto que sigue es una transcripción de su charla y de las preguntas que la siguieron. Por su extensión, lo dividí en cuatro partes. El resultado lo comparto con todos aquellos que quieran ver, comprender, asimilar y poner en el corazón, de manera privilegiada, la enorme responsabilidad ética que todos tenemos que emprender, si queremos vivir en paz y reconstruir la Colombia con la que siempre hemos soñado. 

Bernardo Nieto

Tengo la responsabilidad de ser el presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia. Así se llama. No es Comisión de la Verdad, sino Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

Esta institución nace, como ustedes saben, de los acuerdos de La Habana y, posteriormente, de la firma del Acuerdo de Paz, y se origina cuando en el Acuerdo se toma conciencia de que había que hacer realmente un sistema de verdad, justicia, reparación y no repetición, sustanciado en la verdad. Nosotros formamos así, con la Jurisdicción Especial para la Paz, que es la parte jurídica de esto, y con la Unidad para encontrar a las personas dadas por desaparecidas, ese sistema. La Comisión no es una entidad jurídica. Nosotros no estamos para encontrar culpables, nosotros no condenamos a nadie ni hacemos sentencias sobre nadie, esa es la tarea de la JEP. A nosotros se nos dieron cuatro objetivos distintos. 

El primer objetivo es el esclarecimiento de lo que nos pasó en este conflicto tan largo, por lo menos desde el año 1958 hasta el año 2016, hasta finales de 2016, cuando las Farc pasan a ser el partido de lo que hoy en día se llama el partido Comunes y termina, por lo menos, la guerra central con las Farc.

Esclarecimiento quiere decir lograr una comprensión entre todos nosotros, que sea significativa para el país y que le llegue a la totalidad de los colombianos sobre qué nos ocurrió realmente para que nos viésemos metidos en un conflicto que, según el registro formal de víctimas del Estado, tiene más de nueve millones de víctimas, de las cuales, cerca de un millón, son personas que murieron y la inmensa mayoría, por supuesto, civiles. 

Una comprensión cuyo propósito es avanzar hacia la posibilidad de la convivencia y la reconciliación entre nosotros. No es una comprensión para incentivar entre nosotros odios, apetitos de venganza, señalamientos, recriminaciones, sino una comprensión colectiva. ¿Por qué caímos en esta tragedia que hizo de Colombia una de las crisis humanitarias más profundas que se viven en el mundo? Llegamos a ser, por ejemplo, el segundo país del mundo en minas antipersona. En personas desaparecidas, pasamos de 120.000. Llegamos a tener más de 30.000 secuestros; llegamos a tener más de 2200 masacres. Y así, podríamos traer otras cifras que son realmente muy impresionantes. Ese es el primer objetivo.

El segundo objetivo es la dignificación de las víctimas. Cuando me refiero a eso, hablo del respeto de las víctimas, a acoger a las víctimas que ha habido en el país, de todos los lados. Este es un punto muy importante porque en la situación colombiana las víctimas se dieron a todos los niveles en Colombia. En las clases medias y medias altas y en las clases más pudientes, lo fueron fundamentalmente el secuestro, como ustedes lo saben, la extorsión y también los asesinatos selectivos. 

Pero cuando uno comienza a avanzar hacia sectores de clase media y clase media baja, sectores populares, es el desplazamiento masivo de cerca de ocho millones de personas. Se perdieron más de siete millones de hectáreas que pertenecían a los campesinos y allí sí se encuentra uno, mucho más a fondo, con los golpes durísimos recibidos en los pueblos, muy particularmente las masacres y este tipo de victimización; particularmente las desapariciones y también una de las cosas sobre las cuales quisiera que conversáramos con cuidado: los llamados falsos positivos, cuando jóvenes colombianos fueron tomados por el ejército, llevados a la montaña, asesinados y presentados como guerrilleros dados de baja en combate, dentro de la idea del body count, que consistía en mostrar con cadáveres que se estaba ganando la guerra.

Nosotros tenemos esa tarea: dignificar a las víctimas. No solamente reconocerlas. Y por eso, la Comisión ha hablado personalmente con más de 23.000 personas. Nos hemos encontrado con los empresarios del Valle del Cauca, los empresarios de Antioquia, los empresarios de Barranquilla y de la Costa, los empresarios aquí en Bogotá. Pero, igualmente, hemos tenido conversaciones con las universidades, estudiantes de universidades y universidades en todo el país, con numerosas organizaciones de víctimas, entre otras, la mesa nacional y las mesas regionales de víctimas. Igualmente, con el mundo de las mujeres, el mundo de los niños, el mundo de los negros o afros en sus diferentes organizaciones; el mundo indígena, que es supremamente amplio, y las organizaciones campesinas. Hemos recibido más de 1000 documentos, 1200 documentos de todas estas organizaciones. 

Tenemos un banco de datos que, sin duda, es lo más grande que tiene Colombia sobre el conflicto, en que recogemos todo lo que hay en lo que se llama la Unidad de Víctimas, más de nueve millones de víctimas. Pero, igual, lo que tiene la Fiscalía, lo que tiene la Procuraduría. Hemos recibido cerca de 90 documentos del Ejército, además de las solicitudes especiales que le hemos hecho a las distintas fuerzas. 

Repito, el segundo objetivo es la dignificación de las víctimas. Allí, para nosotros, hay un elemento muy importante. Nosotros no somos la Unidad de Víctimas. No estamos para reparar a las víctimas, sino para responder a algo que las víctimas consideran sustancial y es la verdad de lo que les pasó en el conflicto. 

Yo podría ponerles a ustedes muchos ejemplos lo que continuamente nos ocurre. Les doy un caso de tantos. La señora que está en un pueblo de Antioquia. No quiere hablar. Eso hay que hacerlo con extraordinario respeto. Después de un par de horas de estar acompañándola, una señora que vive sola en una pequeña casita, de pronto nos dice: ¿ustedes vieron el cuarto que está ahí afuera del rancho? Efectivamente, es un cuartico en el que los campesinos guardan sus cosas. Y, sí, vimos un cuartico destrozado. Entonces ella dice: es que cuando yo sentí la explosión, inmediatamente pensé en mi niño de ocho o nueve años. Salí corriendo, pero el cuarto estaba incendiado. Y tuve que esperar a que bajara la temperatura, que el cuarto se enfriara y me permitiera entrar. Y cuando pude entrar, me di cuenta de lo que había pasado. Y lo que se me ocurrió al ver lo que pasó, quedé muy impactada. Fue traer un balde y fui raspando de la pared los pedazos de mi hijo y llenando el balde con lo que iba raspando para tratar de recoger todo lo que pudiera de mi niño. 

Cuando termina de contar eso, muy quebrantada, dice: yo quiero que me digan la verdad. Yo quiero que me digan quién dejó ese artefacto, que debió ser una granada, en el patio de mi casa. ¿Por qué vinieron a meterse en esta vereda, que había sido siempre una vereda que estaba en paz? ¿Qué les interesaba? ¿Querían la tierra? ¿Querían que nosotros nos fuéramos de aquí? ¿Era por razones políticas, por razones militares? Yo quiero que me digan la verdad. 

Y uno, realmente, queda muy impresionado, porque uno podría decir en un primer momento: ¿qué más verdad que el dolor de esta mujer que nos está hablando así? 

Es una cosa mucho más honda. La víctima quiere una explicación de lo que pasó. Y la dignifica conocer esa explicación. Muchísimas veces las personas nos han dicho: nosotros no queremos plata, no queremos cosas que ya sabemos que no podemos tenerlas: nuestras víctimas están muertas. Queremos que nos expliquen qué pasó. Y con eso va, con mucha frecuencia de parte de las víctimas, el reconocimiento de la dignidad de sus seres queridos. 

Muchas personas asesinadas fueron después, supuestamente, presentadas como terroristas o como guerrilleros o paramilitares. La gente necesita que sea honrada la memoria de sus seres queridos. 

Por otra parte, para nosotros la dignificación es lograr que las víctimas pasen de esa situación de postración, de humillación y de dolor, a tomar una posición proactiva, de gran capacidad ética para hablarle a los colombianos. Nadie tiene, nadie, ningún sacerdote, ninguno de nosotros profesionales, nadie tiene la autoridad que tiene la víctima cuando llama a la reconciliación de los colombianos o llama a que veamos las cosas de una forma distinta desde la profundidad de su sufrimiento. 

En eso les puedo poner el ejemplo de lo que viví en La Habana cuando, después de tres años de conversaciones que avanzaban muy poquito en ese momento, entre la gente que estaba por parte del Estado y la que estaba por parte de la insurgencia, se les ocurrió en el empantanamiento en que estaban, en un momento difícil, llamar a las víctimas. Se le pidió a la Iglesia, a Naciones Unidas y también al rector de la Universidad Nacional, que ayudásemos a conformar grupos de víctimas, víctimas de los tres grandes actores que estaban confrontados: las Farc, los paramilitares y las fuerzas de seguridad del Estado. Y que esas víctimas vinieran y hablaran delante de los responsables sobre lo que realmente había acontecido. Entonces vinieron unos grupos grandes.  

Durante seis sesiones seguidas, fue realmente muy interesante. A mí me tocó viajar con los grupos. En un escenario muy respetuoso fueron recibidos delante de los distintos responsables que estaban allí. Desafortunadamente, eso no se filmó. Se quiso mantener en absoluto secreto. Básicamente, lo que las víctimas fueron a decir, si ustedes quieren ‒para traducir eso en términos muy concretos, porque lo explicaron en formas muy distintas‒, fue decir: miren, nosotros sabemos que ustedes están en una discusión de asuntos estructurales. Y es verdad, hay unos problemas estructurales muy grandes en el país que tienen que resolverse para que la tranquilidad de los colombianos sea posible, para que la inclusión de todo el mundo sea verdadera, para que la dignidad de todos sea respetada, pues son problemas económicos, políticos, culturales, que tienen que ver con la corrupción, con el narcotráfico, con los problemas de la tierra; esos problemas estructurales son ciertos. 

Sin embargo, el problema estructural más grave somos nosotros mismos, los colombianos, la manera como nos hemos irrespetado, como nos hemos enfrentado unos a otros, la forma como hemos llegado a desconfiar unos de otros, a matarnos entre nosotros. Resolvamos primero este problema que somos nosotros y después podemos entrarles a los otros problemas estructurales que ustedes están planteando. Ese fue, más o menos, el tipo de discurso que las personas plantearon. 

Y, efectivamente, eso llegó a ser determinante en las conversaciones de La Habana. Porque, ¿qué hacen las víctimas? Las víctimas, en primer lugar. Yo podría ponerles muchos ejemplos…

La señora del club El Nogal que vio en la bomba puesta por las Farc en el Club, a sus dos hijos tremendamente afectados. Uno estaba arriba con la novia, un muchacho de 22 años: la pareja murió; el otro, quedó parapléjico. Y qué les dice a los de las Farc: ¿por qué lo hicieron? Yo era una empresaria, unos medio empresarios, o empresarios medianos que estábamos creando empleo. 

Yineth Bedoya, de la cual han oído ustedes hablar estos días, que cuenta cómo estaba haciendo una investigación en la cárcel sobre cosas que habían vinculado a policías y gente de las fuerzas de seguridad, la cogen a la entrada de la cárcel, se la llevan, la secuestran y cerca de ocho hombres la violan. 

El general Mendieta que cuenta los 12 años que estuvo cautivo entre rejas en la selva, en las humillaciones más profundas.

La indígena de Tierradentro que cuenta cómo a su hijo de 18 años, que estaba con su novia luego de una fiestecita, les echaron bala. Las mamás fueron a recoger sus cadáveres, pero el ejército no los dejó coger. Al día siguiente aparecieron en un periódico de Cali: “¡Terroristas dados de baja en combate…!”. Los dos muchachos fueron vestidos de guerrilleros… 

Leitner Palacio, que perdió 24 familiares en la bomba de Bojayá, y cuenta lo terrible que fue esa bomba cuando cayó sobre el techo de la iglesia.

El campesino sin piernas que dice: ustedes pusieron la mina justo en el sitio donde ordeñábamos las dos vaquitas que teníamos y aquí estoy.

Esto es muy interesante: las víctimas nos hacen sentir muy profundamente lo sucedido. 

El caso del Salado, por ejemplo, en Córdoba. Una mujer cuenta cómo, delante del pequeño parquecito que hay enfrente de la iglesia, colocaron a las mamás y a los niños como en un círculo y en la mitad metieron a los hombres y a los jóvenes mayores y delante de ellos, de las mamás y de los niños, los fueron degollando a todos, en una acción muy cruel de los paramilitares. 

Bien, después de estas cosas, en que las víctimas nos hacen sentir a todos en una forma muy dura la capacidad que tenemos en Colombia de destruir al otro, de romperlo, de humillarlo, de dejarlo sin nada, esas mismas víctimas, es una forma paradójica e inesperada, sin que hubiéramos programado nada, en diversas formas comienzan a dar otro mensaje, dentro de su declaración o su testimonio para decirnos: los colombianos no somos eso. No podemos aceptar que seamos eso. Los colombianos tenemos una grandeza interior que queremos mostrarla nosotros mismos. Nosotros somos capaces de volvernos a mirar a los ojos, somos capaces de darle la mano al que nos hizo tanto daño. Somos capaces de volver a reconstruir este país. Lo que está en juego son nuestros nietos y nuestros hijos para muchos de nosotros. Y nos vamos a quedar aquí para reconstruir esto.

Hay un montón de cosas que a uno lo hacen reflexionar. 

Víctor Jara, secuestrado durante siete años, dice: yo no vengo a pedir aquí que se lleven a la cárcel a ustedes, mis secuestradores: yo vengo a pedir aquí es que nunca más vuelva a haber secuestros en Colombia. Y Léider Palacio dice: yo les adelanto mi perdón, pero ¡por favor, que nunca más haya guerra. La guerra todo lo que tocó lo dañó en este país. La guerra de todos los lados. 

Y la señora que les estaba contando, la indígena que contó lo que había pasado con su hijo, el muchacho de 18 años y la novia a quienes presentaron como guerrilleros dados de baja en combate, toma un velón que había en el centro de la sala y se lo lleva al general Mora que era, entonces, el comandante general del ejército, se lo pone sobre la mesa y le dice: general, yo no vine aquí a que sigamos sumidos en la oscuridad. Le pongo esta luz aquí para que venga con nosotros y vamos a disipar estas tinieblas de la violencia que hay en Colombia, en una posición de buscar la reconciliación entre los colombianos. 

Eso crea un impacto muy profundo. Por supuesto. E, inmediatamente, muestra lo que yo les decía. Las víctimas, cuando toman esta posición y cuando invitan a los colombianos desde su dolor, no solamente desde su dolor físico, no solo desde los impactos emocionales sino, también, la pena de la pérdida de sus seres queridos, cuando toman esta posición, esas afirmaciones tienen una fuerza moral muy grande. 

Ustedes comprenden, la situación de la víctima es parecida. No hay diferencia entre el dolor de la mamá de un muchacho que fue asesinado por un falso positivo del ejército, al dolor de la mamá cuyo hijo fue secuestrado por la guerrilla, nunca pudo volverlo a ver y nunca regresó. O el dolor de la mamá de un guerrillero cuyo hijo murió en la montaña y tampoco sabe dónde quedó su hijo. Son dolores donde la posibilidad de encontrarnos puede ser muy profunda.

Entonces, ese es nuestro segundo objetivo: la dignificación de las víctimas. Que las víctimas comprendan que tienen este estatus tan importante de decirle a Colombia que esto es intolerable; nos pasó y no queremos que jamás vuelva a pasar. Pero queremos que Colombia lo vea y se dé cuenta de lo que nos ha acontecido.

Transcripción de Bernardo Nieto S.

Enero, 2022

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Nuestro amigo y compañero, el padre Francisco de Roux, S.J., Presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia, nos acompañó recientemente en nuestra sesión del 21 de octubre, para conversar con nosotros sobre el camino recorrido, la situación actual y las perspectivas de su gran responsabilidad con nuestro país. Su intervención fue de enorme impacto entre los más de 100 amigos con quienes Pacho conversó y a quienes respondió las preguntas que le hicimos sobre el trabajo de la Comisión y el impacto de esta labor en su vida sacerdotal y personal.

Conversatorio con nuestro grupo, 21 de Octubre, 2021
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