Escuchando a Francisco de Roux (1 de 4)

Por: Francisco Jose De Roux S.J.
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Hace pocos días participé en una conferencia virtual del padre Francisco de Roux. “Pacho”, como lo llamamos desde hace mucho tiempo, cuando compartimos algunos años de nuestra juventud, puso ante nosotros lo más genuino y profundo de su trabajo y el impacto que en su corazón de sacerdote y de ciudadano le ha causado esa labor de conocer, de primera mano, el horror que la guerra ha causado entre los colombianos y la ingente tarea que debe cumplirse.

El presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia, Francisco de Roux, nos habló de la tarea que le fue encomendada a la Comisión y de los objetivos que deben cumplir, y respondió varias preguntas que le formulamos en el tiempo que tuvimos para conversar con él. 

El texto que sigue es una transcripción de su charla y de las preguntas que la siguieron. Por su extensión, lo dividí en cuatro partes. El resultado lo comparto con todos aquellos que quieran ver, comprender, asimilar y poner en el corazón, de manera privilegiada, la enorme responsabilidad ética que todos tenemos que emprender, si queremos vivir en paz y reconstruir la Colombia con la que siempre hemos soñado. 

Bernardo Nieto

Tengo la responsabilidad de ser el presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en Colombia. Así se llama. No es Comisión de la Verdad, sino Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

Esta institución nace, como ustedes saben, de los acuerdos de La Habana y, posteriormente, de la firma del Acuerdo de Paz, y se origina cuando en el Acuerdo se toma conciencia de que había que hacer realmente un sistema de verdad, justicia, reparación y no repetición, sustanciado en la verdad. Nosotros formamos así, con la Jurisdicción Especial para la Paz, que es la parte jurídica de esto, y con la Unidad para encontrar a las personas dadas por desaparecidas, ese sistema. La Comisión no es una entidad jurídica. Nosotros no estamos para encontrar culpables, nosotros no condenamos a nadie ni hacemos sentencias sobre nadie, esa es la tarea de la JEP. A nosotros se nos dieron cuatro objetivos distintos. 

El primer objetivo es el esclarecimiento de lo que nos pasó en este conflicto tan largo, por lo menos desde el año 1958 hasta el año 2016, hasta finales de 2016, cuando las Farc pasan a ser el partido de lo que hoy en día se llama el partido Comunes y termina, por lo menos, la guerra central con las Farc.

Esclarecimiento quiere decir lograr una comprensión entre todos nosotros, que sea significativa para el país y que le llegue a la totalidad de los colombianos sobre qué nos ocurrió realmente para que nos viésemos metidos en un conflicto que, según el registro formal de víctimas del Estado, tiene más de nueve millones de víctimas, de las cuales, cerca de un millón, son personas que murieron y la inmensa mayoría, por supuesto, civiles. 

Una comprensión cuyo propósito es avanzar hacia la posibilidad de la convivencia y la reconciliación entre nosotros. No es una comprensión para incentivar entre nosotros odios, apetitos de venganza, señalamientos, recriminaciones, sino una comprensión colectiva. ¿Por qué caímos en esta tragedia que hizo de Colombia una de las crisis humanitarias más profundas que se viven en el mundo? Llegamos a ser, por ejemplo, el segundo país del mundo en minas antipersona. En personas desaparecidas, pasamos de 120.000. Llegamos a tener más de 30.000 secuestros; llegamos a tener más de 2200 masacres. Y así, podríamos traer otras cifras que son realmente muy impresionantes. Ese es el primer objetivo.

El segundo objetivo es la dignificación de las víctimas. Cuando me refiero a eso, hablo del respeto de las víctimas, a acoger a las víctimas que ha habido en el país, de todos los lados. Este es un punto muy importante porque en la situación colombiana las víctimas se dieron a todos los niveles en Colombia. En las clases medias y medias altas y en las clases más pudientes, lo fueron fundamentalmente el secuestro, como ustedes lo saben, la extorsión y también los asesinatos selectivos. 

Pero cuando uno comienza a avanzar hacia sectores de clase media y clase media baja, sectores populares, es el desplazamiento masivo de cerca de ocho millones de personas. Se perdieron más de siete millones de hectáreas que pertenecían a los campesinos y allí sí se encuentra uno, mucho más a fondo, con los golpes durísimos recibidos en los pueblos, muy particularmente las masacres y este tipo de victimización; particularmente las desapariciones y también una de las cosas sobre las cuales quisiera que conversáramos con cuidado: los llamados falsos positivos, cuando jóvenes colombianos fueron tomados por el ejército, llevados a la montaña, asesinados y presentados como guerrilleros dados de baja en combate, dentro de la idea del body count, que consistía en mostrar con cadáveres que se estaba ganando la guerra.

Nosotros tenemos esa tarea: dignificar a las víctimas. No solamente reconocerlas. Y por eso, la Comisión ha hablado personalmente con más de 23.000 personas. Nos hemos encontrado con los empresarios del Valle del Cauca, los empresarios de Antioquia, los empresarios de Barranquilla y de la Costa, los empresarios aquí en Bogotá. Pero, igualmente, hemos tenido conversaciones con las universidades, estudiantes de universidades y universidades en todo el país, con numerosas organizaciones de víctimas, entre otras, la mesa nacional y las mesas regionales de víctimas. Igualmente, con el mundo de las mujeres, el mundo de los niños, el mundo de los negros o afros en sus diferentes organizaciones; el mundo indígena, que es supremamente amplio, y las organizaciones campesinas. Hemos recibido más de 1000 documentos, 1200 documentos de todas estas organizaciones. 

Tenemos un banco de datos que, sin duda, es lo más grande que tiene Colombia sobre el conflicto, en que recogemos todo lo que hay en lo que se llama la Unidad de Víctimas, más de nueve millones de víctimas. Pero, igual, lo que tiene la Fiscalía, lo que tiene la Procuraduría. Hemos recibido cerca de 90 documentos del Ejército, además de las solicitudes especiales que le hemos hecho a las distintas fuerzas. 

Repito, el segundo objetivo es la dignificación de las víctimas. Allí, para nosotros, hay un elemento muy importante. Nosotros no somos la Unidad de Víctimas. No estamos para reparar a las víctimas, sino para responder a algo que las víctimas consideran sustancial y es la verdad de lo que les pasó en el conflicto. 

Yo podría ponerles a ustedes muchos ejemplos lo que continuamente nos ocurre. Les doy un caso de tantos. La señora que está en un pueblo de Antioquia. No quiere hablar. Eso hay que hacerlo con extraordinario respeto. Después de un par de horas de estar acompañándola, una señora que vive sola en una pequeña casita, de pronto nos dice: ¿ustedes vieron el cuarto que está ahí afuera del rancho? Efectivamente, es un cuartico en el que los campesinos guardan sus cosas. Y, sí, vimos un cuartico destrozado. Entonces ella dice: es que cuando yo sentí la explosión, inmediatamente pensé en mi niño de ocho o nueve años. Salí corriendo, pero el cuarto estaba incendiado. Y tuve que esperar a que bajara la temperatura, que el cuarto se enfriara y me permitiera entrar. Y cuando pude entrar, me di cuenta de lo que había pasado. Y lo que se me ocurrió al ver lo que pasó, quedé muy impactada. Fue traer un balde y fui raspando de la pared los pedazos de mi hijo y llenando el balde con lo que iba raspando para tratar de recoger todo lo que pudiera de mi niño. 

Cuando termina de contar eso, muy quebrantada, dice: yo quiero que me digan la verdad. Yo quiero que me digan quién dejó ese artefacto, que debió ser una granada, en el patio de mi casa. ¿Por qué vinieron a meterse en esta vereda, que había sido siempre una vereda que estaba en paz? ¿Qué les interesaba? ¿Querían la tierra? ¿Querían que nosotros nos fuéramos de aquí? ¿Era por razones políticas, por razones militares? Yo quiero que me digan la verdad. 

Y uno, realmente, queda muy impresionado, porque uno podría decir en un primer momento: ¿qué más verdad que el dolor de esta mujer que nos está hablando así? 

Es una cosa mucho más honda. La víctima quiere una explicación de lo que pasó. Y la dignifica conocer esa explicación. Muchísimas veces las personas nos han dicho: nosotros no queremos plata, no queremos cosas que ya sabemos que no podemos tenerlas: nuestras víctimas están muertas. Queremos que nos expliquen qué pasó. Y con eso va, con mucha frecuencia de parte de las víctimas, el reconocimiento de la dignidad de sus seres queridos. 

Muchas personas asesinadas fueron después, supuestamente, presentadas como terroristas o como guerrilleros o paramilitares. La gente necesita que sea honrada la memoria de sus seres queridos. 

Por otra parte, para nosotros la dignificación es lograr que las víctimas pasen de esa situación de postración, de humillación y de dolor, a tomar una posición proactiva, de gran capacidad ética para hablarle a los colombianos. Nadie tiene, nadie, ningún sacerdote, ninguno de nosotros profesionales, nadie tiene la autoridad que tiene la víctima cuando llama a la reconciliación de los colombianos o llama a que veamos las cosas de una forma distinta desde la profundidad de su sufrimiento. 

En eso les puedo poner el ejemplo de lo que viví en La Habana cuando, después de tres años de conversaciones que avanzaban muy poquito en ese momento, entre la gente que estaba por parte del Estado y la que estaba por parte de la insurgencia, se les ocurrió en el empantanamiento en que estaban, en un momento difícil, llamar a las víctimas. Se le pidió a la Iglesia, a Naciones Unidas y también al rector de la Universidad Nacional, que ayudásemos a conformar grupos de víctimas, víctimas de los tres grandes actores que estaban confrontados: las Farc, los paramilitares y las fuerzas de seguridad del Estado. Y que esas víctimas vinieran y hablaran delante de los responsables sobre lo que realmente había acontecido. Entonces vinieron unos grupos grandes.  

Durante seis sesiones seguidas, fue realmente muy interesante. A mí me tocó viajar con los grupos. En un escenario muy respetuoso fueron recibidos delante de los distintos responsables que estaban allí. Desafortunadamente, eso no se filmó. Se quiso mantener en absoluto secreto. Básicamente, lo que las víctimas fueron a decir, si ustedes quieren ‒para traducir eso en términos muy concretos, porque lo explicaron en formas muy distintas‒, fue decir: miren, nosotros sabemos que ustedes están en una discusión de asuntos estructurales. Y es verdad, hay unos problemas estructurales muy grandes en el país que tienen que resolverse para que la tranquilidad de los colombianos sea posible, para que la inclusión de todo el mundo sea verdadera, para que la dignidad de todos sea respetada, pues son problemas económicos, políticos, culturales, que tienen que ver con la corrupción, con el narcotráfico, con los problemas de la tierra; esos problemas estructurales son ciertos. 

Sin embargo, el problema estructural más grave somos nosotros mismos, los colombianos, la manera como nos hemos irrespetado, como nos hemos enfrentado unos a otros, la forma como hemos llegado a desconfiar unos de otros, a matarnos entre nosotros. Resolvamos primero este problema que somos nosotros y después podemos entrarles a los otros problemas estructurales que ustedes están planteando. Ese fue, más o menos, el tipo de discurso que las personas plantearon. 

Y, efectivamente, eso llegó a ser determinante en las conversaciones de La Habana. Porque, ¿qué hacen las víctimas? Las víctimas, en primer lugar. Yo podría ponerles muchos ejemplos…

La señora del club El Nogal que vio en la bomba puesta por las Farc en el Club, a sus dos hijos tremendamente afectados. Uno estaba arriba con la novia, un muchacho de 22 años: la pareja murió; el otro, quedó parapléjico. Y qué les dice a los de las Farc: ¿por qué lo hicieron? Yo era una empresaria, unos medio empresarios, o empresarios medianos que estábamos creando empleo. 

Yineth Bedoya, de la cual han oído ustedes hablar estos días, que cuenta cómo estaba haciendo una investigación en la cárcel sobre cosas que habían vinculado a policías y gente de las fuerzas de seguridad, la cogen a la entrada de la cárcel, se la llevan, la secuestran y cerca de ocho hombres la violan. 

El general Mendieta que cuenta los 12 años que estuvo cautivo entre rejas en la selva, en las humillaciones más profundas.

La indígena de Tierradentro que cuenta cómo a su hijo de 18 años, que estaba con su novia luego de una fiestecita, les echaron bala. Las mamás fueron a recoger sus cadáveres, pero el ejército no los dejó coger. Al día siguiente aparecieron en un periódico de Cali: “¡Terroristas dados de baja en combate…!”. Los dos muchachos fueron vestidos de guerrilleros… 

Leitner Palacio, que perdió 24 familiares en la bomba de Bojayá, y cuenta lo terrible que fue esa bomba cuando cayó sobre el techo de la iglesia.

El campesino sin piernas que dice: ustedes pusieron la mina justo en el sitio donde ordeñábamos las dos vaquitas que teníamos y aquí estoy.

Esto es muy interesante: las víctimas nos hacen sentir muy profundamente lo sucedido. 

El caso del Salado, por ejemplo, en Córdoba. Una mujer cuenta cómo, delante del pequeño parquecito que hay enfrente de la iglesia, colocaron a las mamás y a los niños como en un círculo y en la mitad metieron a los hombres y a los jóvenes mayores y delante de ellos, de las mamás y de los niños, los fueron degollando a todos, en una acción muy cruel de los paramilitares. 

Bien, después de estas cosas, en que las víctimas nos hacen sentir a todos en una forma muy dura la capacidad que tenemos en Colombia de destruir al otro, de romperlo, de humillarlo, de dejarlo sin nada, esas mismas víctimas, es una forma paradójica e inesperada, sin que hubiéramos programado nada, en diversas formas comienzan a dar otro mensaje, dentro de su declaración o su testimonio para decirnos: los colombianos no somos eso. No podemos aceptar que seamos eso. Los colombianos tenemos una grandeza interior que queremos mostrarla nosotros mismos. Nosotros somos capaces de volvernos a mirar a los ojos, somos capaces de darle la mano al que nos hizo tanto daño. Somos capaces de volver a reconstruir este país. Lo que está en juego son nuestros nietos y nuestros hijos para muchos de nosotros. Y nos vamos a quedar aquí para reconstruir esto.

Hay un montón de cosas que a uno lo hacen reflexionar. 

Víctor Jara, secuestrado durante siete años, dice: yo no vengo a pedir aquí que se lleven a la cárcel a ustedes, mis secuestradores: yo vengo a pedir aquí es que nunca más vuelva a haber secuestros en Colombia. Y Léider Palacio dice: yo les adelanto mi perdón, pero ¡por favor, que nunca más haya guerra. La guerra todo lo que tocó lo dañó en este país. La guerra de todos los lados. 

Y la señora que les estaba contando, la indígena que contó lo que había pasado con su hijo, el muchacho de 18 años y la novia a quienes presentaron como guerrilleros dados de baja en combate, toma un velón que había en el centro de la sala y se lo lleva al general Mora que era, entonces, el comandante general del ejército, se lo pone sobre la mesa y le dice: general, yo no vine aquí a que sigamos sumidos en la oscuridad. Le pongo esta luz aquí para que venga con nosotros y vamos a disipar estas tinieblas de la violencia que hay en Colombia, en una posición de buscar la reconciliación entre los colombianos. 

Eso crea un impacto muy profundo. Por supuesto. E, inmediatamente, muestra lo que yo les decía. Las víctimas, cuando toman esta posición y cuando invitan a los colombianos desde su dolor, no solamente desde su dolor físico, no solo desde los impactos emocionales sino, también, la pena de la pérdida de sus seres queridos, cuando toman esta posición, esas afirmaciones tienen una fuerza moral muy grande. 

Ustedes comprenden, la situación de la víctima es parecida. No hay diferencia entre el dolor de la mamá de un muchacho que fue asesinado por un falso positivo del ejército, al dolor de la mamá cuyo hijo fue secuestrado por la guerrilla, nunca pudo volverlo a ver y nunca regresó. O el dolor de la mamá de un guerrillero cuyo hijo murió en la montaña y tampoco sabe dónde quedó su hijo. Son dolores donde la posibilidad de encontrarnos puede ser muy profunda.

Entonces, ese es nuestro segundo objetivo: la dignificación de las víctimas. Que las víctimas comprendan que tienen este estatus tan importante de decirle a Colombia que esto es intolerable; nos pasó y no queremos que jamás vuelva a pasar. Pero queremos que Colombia lo vea y se dé cuenta de lo que nos ha acontecido.

Transcripción de Bernardo Nieto S.

Enero, 2022

2 Comentarios

Marta Helena Andrade 2 enero, 2022 - 6:39 am

Gracias BERNARDO, maravilloso. Un abrazo

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César Vallejo 6 enero, 2022 - 5:33 pm

Excelente tu idea de hacer estas transcripciones, Bernardo. Voy para la segunda. Mil gracias y un abrazo,.

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