Santos Domingo y Roque

Por: Samuel Arango
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Después de cierta edad ‒de los 70 normalmente‒, la madrugada no es problema. A las cuatro o cinco ya estamos conectados a las noticias, mala forma de iniciar el día, arreglando la casa u organizando las pastillas nuestras de cada día. “Pareces de 15”, me dijo un día un amigo. Si, de 15 pastillas al día, le contesté.

Muy temprano miramos a dónde hay que ir en la mañana y en la tarde. Casi seguro a reclamar medicinas a la EPS ‒en donde usualmente nos encontramos con compañeros de colegio o universidad, o con las antiguas novias‒, a comprar tierra y abono para las maticas, a buscar el regalo de cumpleaños de la nieta. 

Pero sin duda, una de las mejores maneras de amanecer temprano es para encontrarse a las cinco y media con los amigos puebliadores y salir sin desayunar para el norte, para el sur, para el oriente o para el occidente de Antioquia. Mi preferido para madrugar es el oriente, porque a esa hora se levanta el sol y los arreboles son orgásmicos, sensacionales. A esa hora, cuando se mira el cielo, no se duda de la existencia de Dios. A veces la neblina se entromete por entre las montañas como cobija de algodón y nos hace sentir en el cielo o como los cóndores de los Andes.

En esta oportunidad, la trompa de la camioneta de Carlos Eugenio, el conductor elegido, se enrutó hacia el noreste, vía Bello, Copacabana, Girardota, Barbosa, La Pradera, Santo Domingo. Nos topamos con el río Medellín acabado de afeitar, espumas que se van y que luego se convierte en el río Porce. Recordamos a Cisneros y el viejo Túnel de la Quiebra, que pasamos cuando niños y del que salíamos negros por el tizne del humo de la locomotora. El desayuno recalentao viene humeante y aromoso, con todas las de la ley, es decir acompañado con chorizo, arepa, quesito, chocolate espumoso. Por esta región atienden en los buenos restaurantes de carretera unas bellas venezolanas, jóvenes, sonrientes, atentas. Nos cuentan su historia y manifiestan su agradecimiento por poder trabajar y sostener a algunos parientes que vinieron con ellas. como la mamá o los hermanos. y los lejanos a quienes pueden enviarles algunos pesitos. Esperan volver cuando no tengan que aguantar hambre en su bello país. Gente hermosa.

Llegando ya a Santo Domingo, el médico Germán Gonzalo González (GGG) chicanea al ofrecer una frutica pequeña, parecida al mortiño y con sabor a guayaba agria, llamada jaboticaba. Esta es la primera vez que la veo y disfruto. Hablamos de las onces o mediamañana y Juan Santiago Chef nos explica que el vero nombre de onces viene de las once letras que tiene la palabra aguardiente… Será creerle. Ya empiezan a aparecer los cañaduzales, los nuevos sembrados de cacao y la tierra del mejor escritor que ha tenido Colombia en toda su historia. Ya brillan allá sus cúpulas…

Santo Domingo de Guzmán

La población la fundó en 1778 una familia Duque. La capilla se nominó en honor de Santo Domingo de Guzmán, nacido en 1170, fundador de la Orden de los Predicadores o Dominicos. Contemporáneo de ese gran santo Francisco de Asís. Se dedicó a la defensa de la religión católica debido a la influencia que estaban tomando los herejes, los gnósticos y maniqueos. Una monja dominica de la época lo describió así: “estatura media, cuerpo delgado, rostro hermoso y ligeramente colorado, cabellos y barba casi rojos, bellos ojos luminosos”.

Santo Domingo se precia con razón de haber sido cuna de personajes insignes como los escritores Francisco de Paula Rendón, Magda Moreno y el nunca bien ponderado Tomás Carrasquilla. Allí vio la luz, como decían las mamás, el obispo posiblemente asesinado Gerardo Valencia Cano, el beato y mártir Jesús Emilio Jaramillo, y Augusto López Valencia, empresario cercano a los bien vivientes pasiadores. 

Don Tomás María Carrasquilla Naranjo

Merece capítulo aparte este escritor a quien el investigador canadiense Kurt Levi le dedicó dos sesudos libros. Tuve la oportunidad de visitar a Levi en su oficina de la Universidad de Toronto. Me dio media hora de tiempo y conversamos tres horas. Me enseñó mucho sobre Carrasquilla y me regaló los dos libros, con dedicatoria, que había escrito. Adoraba a Medellín, en donde estuvo en varias oportunidades. Su lección principal: Carrasquilla no es un autor costumbrista como lo han etiquetado; es un autor universal, comparable con Cervantes. La perfección y la riqueza de sus personajes me permiten asegurar que es uno de los mejores escritores de la lengua española de todos los tiempos…

Visitamos en esta puebliada la casa museo, en una esquina de la plaza. Museo bien organizado y cuidado, con elementos valiosos que recuerdan al escritor de La Marquesa de Yolombó y de tantos textos poderosos como A la diestra de Dios Padre y San Antoñito, que Teleantioquia llevó a las pantallas. Recordamos su vida, sus cualidades y sus perversiones. Esta visita fue en realidad un baño de cultura y humanismo profundo.

Olguita, la encargada del museo donde hay libros como estos, nos ofreció ingenuamente el “bizcochito encoñador” (sic): un bizcochuelo típico, que obliga a comerse más de uno.

San Roque y su perro

San Roque fue un santo francés nacido en Montpellier, pero cuya vida transcurrió en Italia a donde viajó y se encontró con la peste que azotaba la región. Se dedicó muchos años a atender a los enfermos hasta que él mismo se contagiaó. Se retiró a la montaña, a una cabaña aislada y solitaria. A San Roque se le representa acompañado por un perro, porque dicen que cuando en su aislamiento ya no podía valerse por sí mismo debido a la enfermedad, un misterioso perro le llevaba cada día un pan, que él remojaba en una fuente de agua que milagrosamente brotaba al lado de su lecho. De allí lo rescató un noble de la región. Logró curarse, pero luego lo confundieron con un espía. Llevado a la cárcel, murió tras cinco años de prisión. 

San Roque, el antioqueño, fue creado en 1880 por zambullidores, cateadores y barequeros que buscaban oro. Tierra “cañera” por excelencia. “El trapiche muele y muele la caña y vuelve a empezar, la pena que estoy sintiendo, quién la pudiera calmar…”.  La zona huele a miel, panela, blanquiao y velitas. El templo es uno de los más bellos de Antioquia, sin duda. La cúpula es copia de la de Florencia, Italia. Es enorme, magnífica, extravagante, 

En la carretera, el agua brota de las alturas y se atraviesa en el camino. Es abundante, clara, danzarina. También se ve café, cacao, lulo, fique y pastizales.

Tomamos una vía destapada, de las que le gustan al experto e incansable conductor elegido. Es como montar en una licuadora, pero nos lleva al corregimiento de Cristales, en donde se desatienden las penas y se olvidan los coscorrones.

Para terminar, me piden que cuente que a un gato que tenía 16 vidas lo mató una 4×4, como la camioneta de Carlos Eugenio. No hay que reírse y mejor paro acá, antes de que se me ocurra otro “chistemalo”.

Texto y fotos: Samuel Arango M.

Agosto, 2021

5 Comentarios

Hernando+Bernal+A. 17 agosto, 2021 - 7:58 am

Hermosísimo recuento de historia, costumbres y paisajes de una hermosa región. Saludos.

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John+Arbeláez 17 agosto, 2021 - 11:36 am

En tu relato has reencarnado al fabuloso y prolífico Don Tomás Carrasquilla. Ameno, colorido y pleno de imágenes sonoras, tu estilo refleja una bien cimentada trayectoria. Maravilloso tu relato fruto de una excelente investigación sobre los dos bonitos pueblos antioqueños. En lontananza parece anunciarse un excelente libro costumbrista

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 17 agosto, 2021 - 4:45 pm

Excelente relato típico tuyo. Hace renacer los deseos de volver a puebliar por Antioquia.
Un abrazo

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Hernando+Bernal+A. 18 agosto, 2021 - 3:35 am

Apreciado Hernando
Leí tu comentario al artículo de Samuel Arango y quise enviarle el mío según datos al final de la página; me lo rechazó… ¿Cómo lo hiciste tú? Quiero comentarle a Samuel que la famosa “uvita”, la jaboticava tiene la particularidad de que no se da en las ramas sino pegadas al tronco… En el terrenito familiar cerca a Pacho (nuestro Tusculum) tengo un ejemplar en desarrollo y espero que el año entrante dé sus primeros frutos. También quería comentarle de su entrevista con Kurt Lewin quien llegó a exacerbar mis inquietudes intelectuales por allá por los años de 1961 o 1962 de manos de Jesús Andrés Vela, S.J. quien nos trajo la “Dinámica de Grupos” y los “Tgrups”. Leí entonces cuanto estaba disponible en ese momento, en español pues en el momento era imposible de conseguirlo en inglés. Pasaron los años y cuando Angelo Neglia abrió Sociología en el Rosario, Lewin fue mi “biblia” y luego, en Codecal, su enfoque de “aprendizaje por experiencias”, junto con el aforismo aquel de Freire “Nadie enseña a nadie; todos aprendemos mediados por la experiencia”, me sirvió para “defenderme” un poco de los cuestionamientos “comunistas” que se le hacían a Freire… Qué suerte la de Samuel haberlo tratado “en vivo y en directo” y deseo preguntarle qué lo llevó a buscar ese encuentro y por qué derivó en la obra de Tomás Carrasquilla… Me ha llamado muchísimo la atención del Lewin sociólogo o sicólogo social -¿En últimas cuál será la diferencia?- a crítico literario… eso ¿cómo y por qué? ¿No te parece? Feliz resto de semana.

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Juan+Gregorio+Velez 21 agosto, 2021 - 5:08 pm

Creo que el comentario anterior es de Jaime Escobar.
Por mi parte me parece fabuloso ese “puebliado” compartido con nosotros a través del relato. Esperamos Samuel que te repongas muy bien para que lo sigas haciendo y mejor si algunas veces te podemos acompañar.

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