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Luis Alberto Restrepo

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El presidente Petro se equivocó al afirmar, el 31 de diciembre pasado, que el ELN habría aceptado el cese al fuego bilateral sin que previamente lo hubiese acordado con esa organización.

Frente a esta situación, la actitud altanera y desafiante asumida por ‘Antonio García’ no se compadece con la situación real del ELN. Los medios se centran en el error de Petro, pero pasan por alto los motivos que muy probablemente, en uno o dos años, impulsarán a los elenos a buscar la paz.

1) En primer lugar, el COCE (Comando Central) ha estado desconectado de sus bases desde hace cinco años, y si la organización ha sido siempre descentralizada, ahora tiende a desarticularse por completo. Cada grupo local lucha con las demás organizaciones ilegales por el control de las mejores rutas para exportar la droga. Y en esa guerra de nunca acabar, se van convirtiendo totalmente en grupos simplemente criminales.

2) En segundo término, deben saber que si no toman este tren, ningún otro volverá a parar en la estación donde se encuentren. Es ahora o nunca.

3) Tercero, a Nicolás Maduro, su actual anfitrión (porque en el pasado hubo muchos otros, como el mismo presidente Rafael Caldera), no le conviene en modo alguno seguir alojando y auspiciando a los elenos. Para el régimen, la relación con Colombia tiene un valor estratégico y, como país garante de las negociaciones con el ELN, queda doblemente obligado a colaborar en ese acuerdo.

4) De no hacerlo, además de entorpecer el acercamiento con Colombia, le dará nuevas razones a Estados Unidos para aumentar las sanciones.

Y dejo este texto aquí, recordando que la política es móvil y que nunca se puede decir ¡basta!, ni ¡hasta aquí llegamos!

Luis Alberto Restrepo

Enero, 2023

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En su novela autobiográfica Libro de un hombre solo, el Nobel chino del año 2000, Gao Xingjian, se refiere a sí mismo en su propia infancia y juventud como a ‘él’, en tercera persona. Otro tanto hace Günther Grass en Pelando la cebolla, aunque el Nobel alemán oscila con frecuencia entre la tercera y la primera persona del singular. 

Los recursos literarios de Gao Xingjian y Günther Grass, al referirse a sí mismos en sus obras, reflejan lo problemática que resulta nuestra identidad. Cuando un escritor mira hacia atrás, deja de ser el actor de la escena para convertirse en espectador de un destino que le resulta parcialmente ajeno. ¿Es acaso el mismo que era hace veinte o treinta años, o incluso en tiempos más recientes, ya no solo en su apariencia física –lo que, obviamente, no es el caso–, sino en cuanto a sus sentimientos, modos de pensar, inclinaciones y gustos? Si volviera a nacer, ¿haría y dejaría de hacer las mismas cosas? Hay quienes aseguran que sí. Probablemente, esta declaración sea quizás un acto de autoafirmación un tanto presuntuoso; más bien, parece un esfuerzo por ocultar sentimientos de disgusto, de culpa o de vergüenza sobre el propio pasado. 

Sin duda, es posible que algunos rasgos de la personalidad sobrevivan a la devastadora voracidad del tiempo, pero con frecuencia son tan débiles que no resulta fácil reconocerlos o tan generales que no imprimen el sello inconfundible de una verdadera identidad. Hasta las fotografías y los videos de hoy, con los que se intenta congelar el tiempo, resultan inútiles. Constituyen más bien una constancia visual del paso implacable de los días, que confirma la evidencia de que ya nadie es el mismo. 

El único hilo conductor de toda existencia radica más bien en una deshilvanada sucesión de hechos con frecuencia inacabados, luego mal confiados a una memoria caprichosa, interesada y fuertemente selectiva, de acuerdo con emociones cambiantes y criterios difíciles de establecer, condimentados por la imaginación e interpretados por una mente que se empeña en reducir todo a la unidad. El Yo no termina por ser otra cosa que un rompecabezas armado con trozos de recuerdos y reacomodado sin cesar conforme a nuevos intereses. Es entonces, en larga medida, un cuento, una ficción, una novela armada a partir de los recuerdos y vista desde hoy. En un relato de esta naturaleza se entremezclan reflexiones de todo orden y simples observaciones o anécdotas curiosas o divertidas, eventos trascendentales para la vida, sean del autor, del país o del mundo, todo ello sin otro principio que el de seguir las huellas de la memoria. “Se hace camino al andar”. 

A juicio de este autor, en una novela no parece bien recurrir a la tercera persona como hacen Xingjian y Grass, porque resulta poco natural. Es preferible acoger esa imagen tan manida y a la vez tan preciada de lo que llamamos el Yo, así se trate de una ilusión y aunque esto no signifique que el escritor deba sentirse siempre solidario con su pasado. El narrador quiere contarse a sí mismo a través de sus personajes, recapitularse, para intentar descubrir quién ha llegado a ser a lo largo de los años como la única manera de llegar a saber quién es. En realidad, nadie tiene una identidad fija e inmutable; esta la vamos construyendo y reconstruyendo día a día. “La esencia (del ser) es lo que (este) ha llegado ser”, dice Hegel. En cada nuevo paso de la vida se recapitulan y condensan, transformados, todos los pasos anteriores. Y nada obsta para que aquel que ha llegado a ser pueda mirar con alguna distancia crítica o con cierta indiferencia al que era en otros tiempos, a esa tercera persona a la que recurren los Nobel ya citados.

Un par de motivos inducen a escribir una novela, o mejor, la serie de historietas que, mal zurcidas, conforman una vida. Por una parte, consciente o inconscientemente, a todo autor lo mueve la sorda pasión que lo habita por algo inasible, que talvez podríamos llamar La Verdad. No por la verdad del ser en abstracto, metafísica y universal, sino por la Verdad de la Vida. Ante todo, de la existencia misma del escritor, pero también de la ajena. Pasión por descubrir lo que se esconde (¿o se manifiesta?) detrás de las apariencias en este gran baile de disfraces al que todos estamos invitados. A través de las páginas de su ficción, el autor irá despojando a sus personajes de sus ocasionales máscaras y explorando su verdadero rostro, si es que este existe. Ese esfuerzo y sus resultados son, en últimas, la esencia y la única verdad del literato. 

No es el novelista quien posee esta pasión por la verdad. Es más bien ella la que lo posee. Con sus diminutos colmillos roedores va penetrando y royendo las propias apariencias, convicciones y costumbres, a la par con las de su entorno. Avanza lentamente en su tarea, pero lo hace sin tregua, con obstinación y en silencio, como las termitas, hasta que un bloque entero del edificio personal se desmorona sin ruido para dar lugar a nuevas construcciones igualmente transitorias. ¿De dónde proviene esta pulsión? Sin duda, obedece en gran medida a una intensa curiosidad natural. Cualquier misterio se convierte para el verdadero escritor en un reto, en un desafío. Y quizás un segundo motivo lo impulse en la tarea. 

Como le sucede a todo el mundo, su vida ha discurrido por muy diversas experiencias y reflexiones que no tendrían cabida en serios textos analíticos. Y son esas elaboraciones muy personales lo que reviste para un escritor el mayor interés y quizá lo único con lo que puede identificarse realmente. Un buen autor no le encuentra gusto a un trabajo que no provenga de la vida misma y que no vuelva a ella. Sus especulaciones, aun las más abstractas, han de tener casi siempre un referente vivencial concreto, así no sea manifiesto. 

Este incipiente esbozo de novelista un poco novelero siempre ha necesitado escribir sus experiencias y reflexiones para tener alguna idea de quién es y para dónde va. Es de esperar que sus relatos le puedan servir al lector, bien sea meramente para satisfacer el ‘voyeurismo’ que nos inclina a escudriñar vidas ajenas, bien como fuente de experiencias y reflexiones que le resulten iluminadoras o al menos como estímulo para reflexionar sobre sí mismo y conocerse mejor. Algunos podrían sentirse quizás menos solos y hasta menos avergonzados de sus incongruencias y contradicciones al descubrir que no son los únicos en incurrir en ellas. Para otros, podría ser una invitación a la sinceridad y la verdad de sus vidas. 

La propia existencia de un escritor, así como la de cada colombiano, hace parte y refleja algunos de los muchos aspectos que conforman esta hermosa y atormentada porción convencional del planeta llamado Colombia. Representa un microscópico fragmento del inmenso espejo colectivo en el que se proyecta la imagen del país. Por eso, este relato intentará rehacer el curso de una vida siguiendo la clave de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”. O como diría Hegel mucho más claramente: “la identidad es la identidad de la identidad y la no identidad” (!?), porque el Yo solo llega a ser cada día lo que es, al ir devorando, asimilando e incorporando en sí mismo todo lo que, en primera instancia, le aparece como distinto de sí y no idéntico consigo: sus circunstancias. Llega a ser él mismo creando su propia fábula a partir de retazos ajenos y diferentes, de los que se apropia transformándolos. 

Lo más interesante del Yo es precisamente ese entorno en el que se moldea, mínima fracción de otro cuento mucho más amplio: la historia local y hasta, si se quiere, la historia nacional, tal como se condensa en un lugar y una época determinada del mundo. Y una nación solo existe como el conjunto articulado de lo que sus pobladores viven, sienten, perciben, piensan, sueñan y hacen de él. Entre todos la diseñan emocional, imaginativa e intelectualmente antes de recrearla o destruirla en la práctica.

Dicho esto, todo novelista se lanza a escribir una historia como si se zambullera en el mar con la esperanza de no naufragar en él.

Luis Alberto Restrepo M.

Enero, 2023

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Bajo el impacto de poderosos narcotraficantes, paramilitares, guerrillas y bandas criminales, la tradicional estructura de poder político y social en el país está sufriendo una revolución silenciosa. El poder viene siendo desde hace buen tiempo controlado cada día más por la mafia.

La nueva estructura de poder en gestación

El embate del narcotráfico al ejecutivo central se inició por la financiación de varias campañas presidenciales (no solo la de Ernesto Samper), tarea que, en los años noventa, sufrió un duro golpe gracias al proceso 8000. Sin embargo, poco a poco, narcotráfico, paramilitares y bandas criminales han ido recuperando su influencia a partir del poder ejecutivo local de muchos alcaldes y algunos gobernadores.

El Congreso fue la primera instancia del Estado en la que, desde fines del siglo pasado, logró instalarse el poder criminal. Hasta julio de 2008, se sindicaba a 68 congresistas ‒la gran mayoría pertenecientes a la coalición de gobierno de Álvaro Uribe‒ por sus vínculos con el paramilitarismo, incluidos tres expresidentes del Congreso. Inicialmente, las investigaciones implicaron a políticos de la Costa Atlántica, más tarde involucraron también a congresistas de Antioquia, Tolima y Norte de Santander, y terminaron extendiéndose por buena parte de los 32 departamentos del país. A fines de 2013, se encontraban ya condenados por la justicia seis senadores y nueve Representantes a la Cámara pertenecientes a Cambio Radical; del Partido Liberal y el Conservador, tres senadores y cinco representantes respectivamente. 

Como se recordará, a mediados del 2004, el Congreso invitó a intervenir en el “templo de la democracia” a tres jefes paramilitares: Salvatore Mancuso, Ernesto Báez y Ramón Isaza. Los tres fueron ovacionados por casi todos los cerca de 60 congresistas presentes y, luego, el presidente Uribe justificó su participación como una “pruebita de democracia”. Según declaración de Salvatore Mancuso en 2005, el 35 % del Congreso era favorable y cercano a los paramilitares. 

Finalmente, en 2014 y 2015, se hizo evidente la penetración de las redes criminales en las altas cortes y en la justicia. Así lo demuestra, entre otros, el caso del entonces presidente de la Corte Constitucional, Jorge I. Pretelt Chaljub, quien fue acusado por la comisión de acusaciones de la Cámara de Representantes. 

En relación con los ‘partidos’ políticos hay que decir que, exceptuando quizás a los partidos de izquierda, estos se convirtieron en tiendas de avales para todo tipo de los más diversos empresarios electorales, fuesen legales, ilegales o criminales. Esto es así porque, como lo expresó cínicamente el exsenador Juan Carlos Martínez Sinisterra, entonces en prisión por vínculos con paramilitares y narcotráfico, “la política es más rentable que el mismo tráfico de drogas”. 

Las elecciones regionales y locales se convirtieron en la demostración desvergonzada del nuevo país. Casi ningún partido había vacilado hasta ahora en repartir avales entre personas sospechosas o sindicadas de distintos delitos, ateniéndose al eslogan que mientras no hayan sido condenadas, “hay que respetar el principio de inocencia”. No había principios éticos, ideologías ni programas. Solo importaban los votos. El único interés era conquistar y retener el poder.

El clientelismo ha existido desde comienzos de la república, pero con el tiempo ha ido modificando su contenido. Hasta mediados de los años cincuenta, la transacción intercambiaba votos por puestos, de acuerdo con lealtades partidarias basadas en odios heredados. Durante el Frente Nacional el sistema fue transformando su contenido en otro más comercial: intercambio de votos por transferencias y contratos del Estado. Y, como se fue revelando luego, ese comercio fue adquiriendo carácter transnacional: ha ido incluyendo multinacionales, que sobornan funcionarios y financian campañas a cambio de contratos. 

Es el caso de la firma brasileña Odebrecht. Algunos países como Venezuela, Cuba e incluso México se han negado de tajo a investigar sus escándalos. Otros, donde el poder ha cambiado de manos de manera drástica recientemente, como Brasil, Ecuador, Argentina, Bolivia y Chile, están investigando personajes de los gobiernos anteriores, pero no a quienes están hoy en el poder. Y hay otros más, donde hay investigaciones abiertas con algunas condenas, como en Colombia, Panamá, Guatemala y República Dominicana. Solo en Perú el escándalo ha tocado y tumbado a personajes de lado y lado, pero no necesariamente porque la investigación sea más independiente, sino porque unos grupos poderosos han podido utilizarla en contra de otros.

Penetración en la sociedad

La penetración de los grupos al margen de la ley y las bandas criminales no se limita a los partidos y al Estado. Han penetrado también, profundamente, en la economía legal. Están presentes en el sector financiero, la Bolsa, grandes centros comerciales, el entretenimiento, la hotelería, el turismo y la construcción, entre otros. No es posible demostrar esta realidad porque se trata justamente de autores clandestinos. Sin embargo, tampoco es posible ignorar que, aun en medio de dificultades económicas, estas inversiones sigan prosperando, pues no se ven muchos más que puedan financiarlas.

Cada día se hace más difusa la frontera entre la economía legal, la ilegal y la abiertamente criminal. Las líneas de separación son grises, desteñidas. Es difícil saber hoy quién es quién y quién hace qué. El engendro resultante es, justamente, lo que llamamos el Estado y la sociedad mafiosos.

Como expresión visible de todo el proceso, las costumbres y los estándares culturales del país han venido cambiando. De ser una sociedad ciertamente muy desigual, pero sencilla y respetuosa, en Colombia se han extendido ahora el lujo, la ostentación, la vulgaridad y la violencia. En ciudades como Medellín o Cali predominan los automóviles de alta gama o las poderosas 4 x 4. Las fiestas derivan con frecuencia en bacanales. Se ha impuesto un modelo plástico de mujer y para alcanzarlo se recurre a todo tipo de cirugías e implantes, que hoy ponen de manifiesto sus males. Entre las mujeres se extendió el lenguaje vulgar. 

Una muestra de la vulgaridad y ramplonería generales, del menosprecio de la legalidad y de la violencia propias de un Estado mafioso se dio en los dos gobiernos de Álvaro Uribe. Su estilo quedó bien resumido en esa frase que le dirigió por el teléfono a un interlocutor: “Le doy en la cara, marica”. Durante varios años lo imitaban sus seguidores en los comentarios on line a las columnas de opinión. Las manifestaciones de una cultura traqueta de nuevos ricos en su más burda expresión se han tomado el país. Nada queda de la otrora “Atenas suramericana”.

Luis Alberto Restrepo Moreno

Diciembre, 2022

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Según lo programado, el pasado 30 de noviembre debían haberse encendido las turbinas 1 y 2 de la represa Hidroituango, aunque hubo que prolongar el plazo para garantizar que las poblaciones de Puerto Valdivia y Tarazá pudieran desalojar sus casas oportunamente, mientras se comprobaba si todo funcionaba de acuerdo a lo esperado. 

En Hidroituango, lo que no está claro es si la Comisión de Regulación de Energía y Gas (CREG) le ampliará el plazo a EPM para que pueda aplazar el encendido sin que le cobre la multa de US$190 millones. A las volandas, a la medianoche del pasado miércoles, EPM Hidroituango le habría demostrado a la CREG que estaba lista para generar energía, y con esto espera haberse ahorrado la multa. A la verdad, más parecía una tragicomedia…

Según el diario El Tiempo del pasado sábado 19 de noviembre, Javier Pava, director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) declaró en el Congreso que “en mi concepto de especialista de este sistema, ese proyecto (Hidroituango) nunca va a ser estable porque hay alteraciones muy graves al macizo rocoso” (…). Y añadió: “no podría uno pensar que esta población viva todo el tiempo en esta incertidumbre”. Con estas afirmaciones, decido publicar un artículo que venía preparando desde hace largo tiempo.

Con todo respeto me atrevo a afirmar que, a quienes idearon, iniciaron y echaron a andar el proyecto de Hidroituango les faltó sindéresis: prudencia, buen juicio, sentido común, una justa evaluación de los enormes riesgos de una represa en ese profundo cañón del Cauca, ponderación de los peligros para la vida de millones de colombianos (10 millones, según se dice ahora), y para la economía de Antioquia y de Colombia entera. 

¿Quién puede asegurar que a largo de los supuestos 60 años de vida útil de la presa, los tremendos sacudones que ya nos está dando el cambio climático no generen de repente una incontenible creciente del río? ¿O que el macizo no comience a derrumbarse y genere un sismo que reviente la presa? ¿Cómo es posible que se pongan a funcionar las turbinas 1 y 2, en medio de serias objeciones de expertos y de polémicas y discusiones entre contratistas y políticos? ¿Acaso se quiere echar a cara y sello la suerte del país y de millones de habitantes? 

Concuerdo plenamente con el justo comentario de algún residente de un pueblo aguas abajo, que decía algo así: “tendremos que vivir por lo menos 60 años con un temor permanente de que el monstruo se nos venga encima; ese miedo continuo ya nos tiene enfermos de incertidumbre y temor, y esto sin contar con que perdimos la mayor parte de la pesca, el recurso que nos permitía vivir”.

Hasta donde he podido averiguar ‒y aquí transcribo literalmente lo que informa El Mundo.com “Hidroituango”, única fuente que pude encontrar sobre los orígenes de la presa‒ “uno de los antecedentes más importantes de Hidroituango es un trabajo en el que participó el ingeniero Lucio Chiquito, titulado: ‘Riqueza hidráulica de Antioquia 1898-2011’ ( https://www.elmundo.com/…/Hidroituango-mas-de…/371331 ). El ingeniero civil Lucio Chiquito Caicedo es “Uno de los personajes más influyentes de la ingeniería en el país durante el siglo XX (…), es socio fundador de Empresas Públicas de Medellín (EPM) y otras firmas, como Integral, Sedic, Camacol y la Escuela de Ingeniería de Antioquia”. “Chiquito nació en Cali, en 1916, y egresó con honores del programa de Ingeniería Civil de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional, sede Medellín” (…) y “pudo acceder a una beca en Inglaterra”.

Lucio Chiquito ‒quien con 106 años aún vive y conserva una perfecta memoria‒ (El Tiempo, 19 de noviembre de 2022) cuenta que “siendo miembro de la firma consultora Integral, de la cual también había sido uno de los fundadores, participó en una reunión de la Sociedad Antioqueña de Ingenieros y Arquitectos (SAI) en el año 1962, en la que se le planteó al entonces gerente de EPM, Luis Echavarría Villegas, un bosquejo preliminar de una central en el río Cauca, que tendría una potencia de 4000 megavatios y una altura de presa de 350 metros.

“No fue sino hasta junio de 1998 que (sic) fue creada la Sociedad Promotora de la Hidroeléctrica Pescadero Ituango, que (sic) se actualizarían los estudios de factibilidad del proyecto y se le diera el empujón inicial para hacerlo realidad”. (Ver: Más de medio siglo tras una idea revolucionaria, por Yenifer Yepes, 20 mayo de 2018, en  https://www.elmundo.com/…/Hidroituango-mas-de…/371331

A continuación, El Mundo.com incurre en lo que parece una contradicción: según el texto “Hidroituango estuvo inicialmente en la cabeza del ingeniero José Tejada Sáenz (¿ya no en la de Lucio Chiquito?), cuando a mediados de 1969 se ideó un plan para construir una serie de centrales hidroeléctricas escalonadas en el Cauca Medio, desde La Virginia hasta Caucasia. (No entiendo esa especie de competencia entre la Escuela de Ingeniería de Antioquia, hoy Universidad EIA, que promueve al caleño Chiquito, y Eafit, que exalta al paisa Tejada). “Para Tejada, este proyecto representaba la ‘fuente potencial de energía hidroeléctrica más importante para el país’, como lo consignan archivos del periódico El Mundo, escritos por el historiador José María Bravo Betancourth.

No puedo dejar de pensar que hubo en los iniciadores e impulsores del proyecto mucha vanidad, deseo desmedido de prestigio, reconocimiento y poder, y desde luego, mucha ambición de dinero ‒sí, en primer lugar, para la empresa, el departamento y la nación‒, pero, de paso, ¿también para sus bolsillos? 

El debate está que arde. Según la ONG Ríos Vivos y su vocera, la senadora del Pacto Histórico, Isabel Zuleta ( https://riosvivoscolombia.org/…/lo-que-debes-saber…/ ) ,“Los principales accionistas de Hidroituango son la Gobernación de Antioquia y Empresas Públicas de Medellín (EPM), que a su vez es ejecutora. EPM durante los últimos años se ha convertido en un grupo empresarial, Grupo EPM, (…) con presencia en distintos países de Latinoamérica y Europa, que al actuar bajo la lógica del lucro (…) ha incurrido en la violación de derechos como resultado de sus emprendimientos empresariales; en Colombia estas violaciones e irregularidades no son evidentes dada la connivencia de las instituciones del Estado y los vacíos de la legislación colombiana en materia de derechos y de la falta de garantías de no repetición para las víctimas del conflicto armado frente a los megaproyectos hidroeléctricos”. ( https://www.senado.gov.co/…/4215-continua-incertidumbre… ). 

A su vez, ante el Congreso (…) “el Gobernador de Antioquia, Aníbal Gaviria Correa, resaltó la importancia de hacer efectivo los seguros del Proyecto hidroeléctrico: Debemos trabajar todos en dos direcciones: 1) El cobro de los seguros de Hidroituango; para eso uno contrata unos seguros, para cobrarlos cuando se produzca un siniestro, y lo que pasó en la represa fue un siniestro. 2) Pongamos a funcionar Hidroituango; la mejor manera de disminuir riesgo es poner en funcionamiento la hidroeléctrica. El mayor riesgo que hay es tener el vertedero al 100 %, sin posibilidad de revisarlo o hacerle mantenimiento”.  

Así, pues, teniendo en cuenta lo afirmado por Pava, director de la UNGRD, me atrevo a afirmar enfáticamente lo que ya han dicho otras personas: más vale DESMONTAR LA REPRESA DE HIDROITUANGO. Hacerlo representará una pérdida gigantesca del dinero invertido: $18,3 billones de pesos, según datos del 14 de julio de 2021 (La República, 19 de noviembre del 2022: https://www.larepublica.co/…/la-inversion-total-del… ) . A esta suma habría que sumarle otra muchísimo mayor: el costo del desmonte, la extracción y adecuada disposición de las turbinas, la destrucción cuidadosa y progresiva de la misma presa, el vertedero, los canales, etc. En fin, el trabajo requerido no sería menor al que fue necesario para construir la presa.

Sin embargo, el costo sería muchísimo menor del que tendría una posible y aterradora hecatombe que devastaría al país. La mera posibilidad de un fracaso tan monumental me disuade de que se enciendan las turbinas 1 y 2. 

Sin duda alguna, una propuesta de desmonte exigiría un debate muy serio entre expertos. Pero incluso, si por un imposible hubiese conceptos favorables y compartidos entre los conocedores, yo conservaría todas mis reservas sobre la viabilidad de la empresa. In dubio, libertas, ante la duda, la libertad (de opciones), dice un adagio latino. En este caso, pienso lo contrario: In dubio, securitas, frente a la duda, es obligatorio optar por lo más seguro.

Desde luego que este artículo no tiene la menor influencia en las decisiones que se están tomando, pero al menos quiero dejar la impotente constancia de mi desacuerdo, y soy muy consciente de la distancia que media entre la libre opinión de un colombiano cualquiera y el alto costo político y moral de la decisión que debe adoptar un gobernante de cualquier nivel. Lo lamento por el presidente Petro, y no descarto que sus frecuentes problemas digestivos y respiratorios sean la expresión corporal de una latente ansiedad ante problemas tan serios como el de Hidroituango, que en días pasados lo retuvo en Medellín durante dos días.

Luis Alberto Restrepo M.

Diciembre, 2022

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Guerrillas y narcotráfico son autónomos respecto a los poderes establecidos: no les deben su poder ni al Estado ni a los partidos nacionales, ni a los terratenientes, comerciantes, urbanizadores piratas, policías o militares locales. Bajo múltiples rostros, estas dos fuerzas heterogéneas llegaron a convertirse en los grandes árbitros del poder nacional y en los puentes que unen –o separan– sus extremos. 

La ruptura del esquema tradicional del poder

Como he dicho, desde mediados de los años setenta, las guerrillas comenzaron a amenazar las estructuras de poder local. En reacción a su asedio, las fuerzas tradicionales de terratenientes, comerciantes y políticos, apoyados por altos sectores de la fuerza pública (como los generales Velandia y Faruk Janine Díaz), se aliaron contra ellas y crearon sus propias organizaciones armadas. En 1981, los Ochoa y otros capos del narcotráfico crearon el MAS (Muerte a Secuestradores), en reacción contra el M-19 por el secuestro de Martha Nieves Ochoa, hermana de los Ochoa. Este sería el germen del moderno paramilitarismo en Colombia. 

El modelo del MAS se aplicaría pronto en la región del Magdalena Medio, donde nació la Acdegam (Asociación campesina de ganaderos y agricultores del Magdalena Medio), una fuerza de autodefensa legal dirigida por el líder liberal Pablo Emilio Guarín y por Henry de Jesús Pérez, encargada de combatir la guerrilla en la zona con apoyo del Ejército. Estos grupos funcionaron, primero, como asociaciones armadas de carácter meramente defensivo (autodefensas) y luego se convirtieron en grupos paramilitares antisubversivos. A su vez, poderosos narcotraficantes ‒sobre todo Gonzalo Rodríguez Gacha, transformado además en terrateniente‒, aprovecharon la circunstancia para darle a esa alianza todo su apoyo financiero y el refuerzo criminal de sus propios grupos armados, buscando así impunidad para sí mismos y complicidad con su negocio. De esta coalición surgió una nueva y poderosa estructura de poder nacional con fuertes implantes en las regiones: el narco-paramilitarismo*

Por decisión de Rodríguez Gacha, en 1986 su ejército paramilitar comenzó a liquidar a los dirigentes y militantes de la Unión Patriótica (UP), grupo político oficialmente creado en 1985 por las FARC durante las negociaciones de paz adelantadas por Belisario Betancur. Por esas mismas fechas, terratenientes y narcotraficantes, casi siempre apoyados por el Ejército o la Policía, fueron extendiendo sus ejércitos privados o ‘paramilitares’ por el Magdalena Medio, el norte de Antioquia, Córdoba y los Santanderes, de donde barrieron al ELN, masacrando y desplazando de paso a numerosas poblaciones campesinas de la región y apoderándose de sus tierras. Más tarde se extendieron también por la Costa Caribe. En abril de 1997, las ‘Autodefensas Campesinas’ de Córdoba y Urabá, las del Magdalena Medio y las de los Llanos Orientales se unieron para conformar las ‘Autodefensas Unidas de Colombia’ (AUC). Como AUC, los grupos paramilitares federados pasaron de una estrategia meramente defensiva a otra de contraguerrilla y, un poco más tarde, de la lucha antisubversiva a otra predominantemente criminal. 

Con el pretexto de la lucha contra las guerrillas, los paramilitares se dedicaron a desplazar poblaciones campesinas y a adueñarse de sus tierras. El nudo mafioso con los paramilitares se extendió entonces a políticos, empresarios y comerciantes. Con el apoyo de las AUC y de amplios sectores de las fuerzas de seguridad del Estado, numerosos jefes políticos, sobre todo del norte del país (parlamentarios, exparlamentarios, gobernadores y alcaldes de la Costa Caribe, Córdoba, Antioquia y los Santanderes), comenzaron a plantearse el propósito estratégico de ‘refundar la nación’. El Pacto fue firmado en Ralito en el año 2001 en un encuentro entre el ‘Estado Mayor de las Autodefensas’ y siete representantes a la Cámara, cuatro senadores, dos gobernadores y cinco alcaldes.

A través de las agrupaciones ‘Convivir’ aprobadas por ley, los paramilitares contaron en sus inicios con la tolerancia o el respaldo de Álvaro Uribe como gobernador de Antioquia (1995-1997) y, luego, más decisivamente como presidente de la república, sobre todo en su primer periodo (2002-2006). Pero desde fines del siglo 20, la concentración de buena parte de los grupos paramilitares en el narcotráfico en desmedro de la lucha antisubversiva comenzó a inducir profundas fracturas en las AUC, que llevaron a pugnas internas y asesinatos de sus líderes por sus compañeros de armas. En estas condiciones, no estuvieron ya en capacidad de hacerle frente a las FARC en el sur del país. De hecho, sufrieron allí sucesivas derrotas. Prefirieron entonces iniciar negociaciones de paz con el presidente Uribe. En 2003, cuando comenzaron a desmovilizarse, contaban con cerca de 40.000 hombres en todo el territorio colombiano. El proceso culminó, después de numerosos incidentes, en el encarcelamiento y la extradición de la mayor parte de sus antiguos jefes a Estados Unidos por el mismo Uribe. Desde ese país ha sido difícil obtener su colaboración con la justicia colombiana para esclarecer lo acontecido en Colombia.

Ese arreglo no puso fin a las bandas paramilitares ligadas al narcotráfico. Antiguos mandos medios y tropas de las AUC siguieron operando por todo el país, se concentraron sobre todo en la actividad criminal, por lo que fueron denominadas desde entonces ‘bandas criminales’ (Bacrim), y fueron diversificando sus movimientos en negocios como el microtráfico de drogas, la trata de personas, la prostitución, el robo de autos y celulares, el contrabando de gasolina, el saqueo del erario, etc. Desde la primera década de los años 2000, extendieron su acción a los cultivos legales de palma de aceite y a la minería ilegal. En 2015 contaban al parecer con más de 3000 empresas de minería ilegal, que les producían rendimientos mayores que el mismo narcotráfico. En su accionar practican el fraude, la estafa, el robo, el soborno, la intimidación, las violaciones y la violencia en general. De paso, le dieron continuidad selectiva al paramilitarismo, amenazando y asesinando a los líderes sociales de sus víctimas en las regiones donde operan.

______________________

*Ronderos, María Teresa. (2014). Guerras recicladas. Una historia periodística del paramilitarismo en Colombia. Bogotá: Aguilar.

Luis Alberto Restrepo M.

Diciembre, 2022

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El lugar central que ha venido ocupando la mafia en el país se comprende mejor si damos una mirada histórica a la estructura del poder en Colombia. Estado y partidos, por un lado, y ‘clases populares’, por otro, son extremos sociales y políticos con muy escasos vínculos recíprocos.

La estructura del poder en Colombia

Entre el poder del Estado central y los partidos políticos, de una parte, y los electores del campo, por otra, existió desde comienzos de la república hasta hoy una brecha casi insalvable. Algo similar puede decirse de la relación del poder con los barrios populares de las grandes ciudades, donde hoy los electores son mucho más numerosos que en el agro. Por una parte, Estado y partidos y, por otra, las ‘clases populares’ ‒ese nombre genérico que recubre sectores sociales muy diferentes‒ son extremos sociales y políticos con muy escasos vínculos recíprocos.

El Estado central y los partidos desconocen casi por completo las poblaciones de la periferia y sus condiciones reales de vida. Tienen de ellas noticias librescas o en el mejor de los casos percepciones de turista o de candidato en campaña. Sus miembros carecen de todo vínculo económico, social o cultural con las bases sociales del país. Viven en un mundo aparte y conocen mejor a Estados Unidos o Europa que a la periferia nacional.

A su vez, las gentes de la periferia apenas si conocen y reconocen a los partidos y sus dirigentes, al Estado y sus normas. Conforman la masa de los No sabe/No responde. Ven a los jefes políticos con ocasión de las campañas electorales. En cuanto a las normas estatales, los pobladores de cada localidad establecen en la práctica las suyas propias. La ley es un cuento. Para ellos, solo existe para su manipulación por abogados y tribunales. No es fácil entender cómo, desde la Independencia (o desde mediados del siglo 20 en lo que toca a los barrios), unos y otros puedan conformar una sola nación. 

Para salvar esa distancia y unir ambos extremos se ha desarrollado desde la Independencia una estructura intermedia: la de los jefes políticos locales. Estos jefes mantienen una doble negociación permanente: por una parte, hacia el centro, con los dirigentes políticos nacionales y sus partidos, y con el gobierno de turno; por otra, en su entorno inmediato, con la población local. A los partidos y los jefes políticos del centro del país les interesan los votos que los políticos locales controlan; de esos votos extraen su precaria legitimidad jurídica y política. A cambio, los jefes políticos regionales y locales reciben puestos y administran transferencias y contratos del Estado. Es decir, poder y riqueza. En esa transacción estructural cada uno aporta lo que el otro desea o necesita. El sistema político que resulta de esa transacción es lo que se denomina clientelismo. 

Hay que añadir que, en cada municipio, el poder de los jefes políticos descansa sobre otros poderes de la localidad, sobre todo económicos. Desde el siglo 19 hasta los años setenta del siglo 20, su poder estuvo ligado casi exclusivamente a los mayores terratenientes, ganaderos y comerciantes del lugar. Recibían de estos apoyo económico y político a cambio de la protección y defensa de sus intereses ante el poder central. Esa alianza contaba además con el respaldo del equipo de gobierno y las elites locales ‒de los alcaldes, los jueces y abogados del pueblo, de los comerciantes, la policía y en muchos casos del mismo ejército‒ en desmedro de los campesinos y los pobladores pobres. 

Se debe tener en cuenta que, hasta fines de los años sesenta del siglo 20, el 70 % de la población colombiana residía en el campo. Desde entonces, la proporción se ha ido modificando rápidamente. Según el último censo realizado por el DANE, en 2018, Colombia tenía 48’258.494 habitantes, de los cuales poco más de 11 millones vivían en las zonas rurales. 

La mayor parte de la nueva población urbana se agolpa ahora en los barrios de invasión o subnormales, donde se generó muy pronto una nueva capa intermediaria de poder: los urbanizadores piratas, apoyados por juntas de acción comunal, y líderes sociales y políticos locales, que obtienen votos a cambio de la legalización de los predios y la instalación de los servicios públicos, mientras ellos mismos reciben contratos y prebendas del poder central. Sin embargo, de estos dos grupos, los intereses de los grandes propietarios de la tierra rural y de los ganaderos siguen siendo predominantes en el Estado central. 

Tales amarres políticos del disparatado andamiaje institucional del país estuvieron tranquilamente vigentes y, bien que mal, aseguraron la marcha del Estado colombiano desde el siglo 19 hasta comienzos de los años ochenta del siglo 20. Estos han lubricado la democracia nacional, tan elogiada e invocada en el país, pero a partir de los años setenta, estos empalmes se vieron desafiados e interferidos por dos nuevos poderes de alcance nacional: las guerrillas y, sobre todo, el narcotráfico. 

Luis Alberto Restrepo M.

Diciembre, 2022

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Hacia 2015, Colombia se había convertido ya en una sociedad y un Estado mafiosos. Aun hoy, mafias de distinto cuño se han infiltrado en todas las formas del poder político y social y tratan por todos los medios de controlarlas y adueñarse de ellas. El proceso es inestable pero cada día se hace más incontrolable. Veremos cómo evoluciona ahora con el gobierno de Gustavo Petro.

Calificar a una sociedad y a un Estado de mafiosos no significa que todos sus ciudadanos o funcionarios estén directamente vinculados a mafias. Ni siquiera significa que lo esté una mayoría. Probablemente, las mafias como tales solo constituyan en Colombia, ahora y en el futuro, una minoría; poderosa sí, pero minoría. Sin embargo, no se puede desconocer que algunas organizaciones mafiosas han adquirido en el país un enorme poder y una creciente capacidad de articulación y conducción de los demás poderes sociales, económicos y políticos, a los que les imprime hoy buena parte de su sentido, dirección y ritmo. 

El poder mafioso, al ser ilegal, es inestable. Existen y existirán siempre en Colombia fuerzas sanas y también poderosas que resisten a su lógica. Aunque no lo veamos, ante nuestros ojos se desarrolla diariamente un continuo forcejeo político y social, con avances y retrocesos de ambas partes. En bastantes casos, una u otra organización mafiosa se ve todavía obligada a replegarse, aunque en algunas circunstancias solo lo haga en apariencia. Pero aun sus relativas derrotas suelen ser aprovechadas para mimetizarse y mimetizar mejor al país bajo trazas de legalidad, mientras continúan con su insidiosa labor de zapa. Sin prisa, pero sin pausa, avanzan en su proyecto de fondo: “refundar la patria”.

Mafia

Surge entonces una primera pregunta. ¿Qué entiendo aquí por mafia? En Sicilia ‒donde nació el término‒ la mafia era una confederación de clanes familiares dedicada inicialmente a la protección de una población mal amparada por el Estado y a la aplicación de la ley por su propia cuenta; más adelante, derivó también hacia el narcotráfico y el crimen organizado. 

Hoy, el término mafia se ha globalizado y se emplea para denominar a grandes grupos dedicados al crimen organizado u otras actividades ilegales mal conocidas, pero su acción no se limita a las actividades ilegales. Característica decisiva de la mafia es que combina sus movimientos turbios con los legales y así va penetrando y apoderándose de distintos ámbitos de una sociedad y de su Estado. 

En Sicilia los miembros de esos grupos se calificaban a sí mismos de ‘mafiosos’, es decir, de ‘hombres de honor’, y entre sus ‘códigos de honor’ el más conocido era la omertà o ley del silencio, basada en la lealtad de las familias. En Colombia las mafias no están integradas por clanes familiares, sino por bandas de delincuentes individuales dedicados ante todo (aunque no solo) al delito y el crimen. La cohesión interna y recíproca de estas bandas no proviene entonces de lealtad alguna o de un código de honor que exija el silencio; se deriva de la ambición de cada individuo, de su deseo de permanecer en la banda para beneficiarse de ella, de aprender y ascender en su escalafón, así como del temor, respeto y disciplina que sea capaz de infundir el jefe a todos sus integrantes. Es, por lo tanto, una cohesión forzada, violenta y quebradiza, muy distinta a la de la mafia siciliana. 

Denomino aquí mafia, en singular, a las diversas mafias que operan en Colombia, por cuanto todas ellas confluyen en la ilegalidad formando así una especie de para-Estado y de para-sociedad. 

Luis Alberto Restrepo M.

Noviembre, 2022

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Mucha gente ‒sin excluir filósofos‒ se imaginan que un sistema filosófico surge como por encanto de una sopa de letras que revuelve, modifica y cambia un sistema ya superado por otro. 

Intentaré mostrar que lo que conocemos como auténtica filosofía ha sido siempre la respuesta teórica a los dilemas y conflictos que enfrentan las sociedades en el Occidente avanzado. Esos dilemas giran, en último término, en torno a la vigencia de las normas morales que aseguren una pacífica convivencia en la sociedad humana.

En América Latina, en cambio, nos hemos limitado a aprender y repetir, con ligeras modificaciones, filosofías ajenas a nuestra situación real. Nos ha faltado la limpia mirada y el ímpetu teórico necesarios para encarar, examinar y buscarle soluciones, al menos especulativas, a los conflictos y dilemas morales que se presentan de nuestras sociedades. 

1. En primer término, es indispensable tener en cuenta que la idea de un moderno sujeto moral autónomo ‒que obrara por convicción y cuyos principios no dependieran de ninguna autoridad, ni divina ni humana‒, fue producto de una historia particular: surgió en la Europa central de fines del medioevo cristiano como un repudio a la moral religiosa de la época, experimentada por muchos como arbitraria y autoritaria. La moral civil se desarrolló entonces como una rebelión contra la fragmentación, polarización y violencia que se desataron en virtud de la disolución del antiguo orden impuesto por la Cristiandad. 

En aquella región del mundo, la reacción en contra del orden medieval y de la violencia que acompañó su prolongada disolución condujeron al desarrollo de muy amplios movimientos sociales, intelectuales y culturales que dieron origen a la idea de una razón moral autónoma. Ya desde fines del siglo XV la Reforma protestante había desligado la conciencia moral de la autoridad eclesiástica, aunque había conservado sus vínculos con la suprema autoridad de Dios. Más tarde, en el siglo XVIII, la Ilustración inglesa, la francesa y la germana consumaron el movimiento de emancipación intelectual iniciado por la Reforma. Se apropiaron de los ideales cristianos de responsabilidad, libertad e igualdad meramente morales y, despojándolos de toda referencia religiosa, los convirtieron en el horizonte de una supuesta razón natural como motores de la Historia. Finalmente, la Revolución francesa se propuso realizarlos en las instituciones políticas del Estado. 

Sin el poder despótico de la Cristiandad europea y su violenta disolución, sin la reacción emancipatoria de los movimientos que dieron origen a la Reforma, la Ilustración y la Revolución, muy probablemente el sujeto moral moderno ideado por los filósofos jamás habría visto la luz. Por fuera de ellas, carece de contexto. A fin de cuentas, la razón moral de los filósofos no es otra cosa que la imagen invertida del Dios cristiano y de la autoridad eclesiástica, despojados ya de todo carácter trascendente e interiorizados en la intimidad del sujeto centroeuropeo de los siglos XVIII y XIX, bajo la forma de una ‘facultad’ de estilo kantiano, supuestamente inherente a todo sujeto humano.

2. Debo añadir, en segundo lugar, que el movimiento cultural y filosófico creador del sujeto moral y su razón emancipadora tuvo una expansión geográfica limitada. Al calor de la Reforma, la Ilustración y la Revolución, ese movimiento penetró ampliamente en la consciencia de los pueblos europeos del norte. Como trofeo de su victoria contra la Cristiandad, aquellos desarrollaron e interiorizaron una cierta moral civil, supuestamente basada en la pura razón, como lo propuso Kant, pero no sucedió otro tanto en las naciones europeas del sur, como España o Italia, en donde aquellos movimientos no encontraron un eco similar, y en los que la Iglesia católica de la Contrarreforma conservó un predominio indiscutible. Allí nunca llegó a consolidarse una moral pública. Aún hoy, Italia y ciertas regiones de la España contemporánea constituyen un buen ejemplo de esta situación.

Menos aún podía surgir una moral civil moderna en el Nuevo Continente. En América Latina echó anclas una Cristiandad tardía, ya debilitada por su proceso de disolución interna, por los movimientos externos de oposición que se levantaban en el centro de Europa y por su actitud defensiva ante ambos fenómenos. La fe había dejado de ser una mística en expansión para convertirse en la fortaleza defensiva de la Contrarreforma, amurallada tras sus leyes, ritos y poderes. No difundía una fe contagiosa; catequizaba imponiendo su doctrina a la población nativa, amparada por la Inquisición y las armas imperiales. 

Por otra parte, en la Nueva Cristiandad americana tampoco llegó a generarse una clara reacción masiva, social, cultural e intelectual en contra del poder eclesiástico. Como en España, tampoco en América Latina prendió la Reforma; las ideas de la Ilustración solo tuvieron un eco superficial entre las mismas élites dominantes, no en los sectores subordinados y, en consecuencia, la Independencia política de la Corona española no tuvo el ímpetu emancipador de una revolución social como la acontecida en Francia. En ausencia, pues, de un poder sólidamente constituido y de su rechazo colectivo, la supuesta razón y su moral civil no llegaron a desarrollarse nunca con fuerza social en el Nuevo Continente. 

3. En tercer término conviene añadir que, incluso en la misma Europa del norte, que lo vio nacer, el sujeto moral moderno se encuentra en crisis. Desde el siglo XVIII hasta mediados del XX, los ideales libertarios de la modernidad no cesaban de expandirse, convirtiendo el acontecer de la humanidad en escenario de incesantes rupturas revolucionarias. La historia entera tendía a ser concebida como revolución y esta era interpretada, en su sentido moderno, como un ‘progreso’, un salto cualitativo hacia adelante en el camino de la emancipación y la libertad. Esta era la ilusión de Fichte. Sin embargo, desde la mitad del siglo XX, por decir lo menos, la razón moderna entró en franca decadencia y fue siendo sustituida por lo que se ha dado en llamar la posmodernidad.

Por una parte, la lenta extinción de la influencia política, social y cultural de la Iglesia católica le hizo perder interés y contenido a su adversario inicial, la razón ilustrada. En ausencia de un verdadero poder eclesiástico, la reivindicación de la razón dejó de ser bandera de oposición, liberación y emancipación. Por otra parte ‒y sobre todo‒ los propios fracasos de la razón moderna la hicieron volverse contra sí misma. Fenómenos como el colonialismo, las dos guerras mundiales, el armamentismo y el descalabro de las revoluciones emprendidas en nombre de la razón contribuyeron a su descrédito. 

Para escapar a su total autodestrucción, la razón ha intentado desdoblarse ahora en dos dimensiones: una, instrumental o técnica, positivizada y dominadora, causante de todos los desvíos de la modernidad (‘Teoría crítica’ de la Escuela de Frankfurt), y otra, moral o ‘práctica’, portadora impertérrita de los eternos ideales de libertad e igualdad. Esta sutil peripecia de algunos destacados intelectuales como Jürgen Habermas no ha constituido la expresión teórica de un movimiento cultural y social comparable a los que precedieron y acompañaron a los pensadores de la modernidad. Y no es seguro tampoco que logre ahorrarle a la civilización occidental contemporánea la evasión romántica hacia formas arcaicas de socialización y convivencia como las que se inspiran en comunidades étnicas o en el cínico escepticismo que se expresa en el espíritu ‘avanzado’, posmoderno, individualista y neoliberal.

El ejemplo más dramático de posmodernidad lo han dado, en efecto, las mismas sociedades del antiguo Este socialista, otrora abanderadas fervientes de la razón, la revolución y el progreso. Mientras las revoluciones francesa y soviética se realizaron al conjuro de la libertad y la igualdad, la involución y colapso de los países el antiguo Este socialista ‒ahora, cuando conmemoramos a Mijaíl Gorbachov, recientemente fallecido‒, apuntó y sigue buscando la acumulación y el consumo occidentales como suprema aspiración. La esperanza del consumo ha sustituido el deseo de libertad. Y la agitación que, ya en el siglo XXI, sacude cada vez más al mundo entero, no expresa un vigoroso renacimiento de viejos ideales emancipatorios de la razón moderna sino, más bien, un amargo resentimiento de las mayorías empobrecidas ante el esquivo crecimiento y consumo, del que sí disfrutan algunos empresarios y políticos superpoderosos de hoy, con frecuencia corruptos. 

El fenómeno es universal. En todas partes, la emancipación y la autonomía humanas, que constituían el proyecto moral de la ‘modernidad’, han sido arrasadas. En último término, el ansia de bienestar y consumo devora al sujeto moral. El sujeto moderno, en otros tiempos sepulturero de Dios declarado muerto por Nietzsche, perece ahora a manos de sus propios productos. 

4. A estas alturas podemos incluso preguntarnos si en realidad existió alguna vez en alguna región del mundo aquel sujeto moral autónomo soñado por Kant. Mirando bien las cosas, parece muy posible que nunca haya existido como fenómeno social masivo, ni siquiera en el norte de Europa. El fin de la tutela eclesiástica no trajo jamás la pretendida autonomía y responsabilidad de una razón capaz de garantizar por si misma el orden social. Desde el siglo XVII, la responsabilidad racional del ciudadano moderno ha venido demandando el creciente soporte de la coerción, la autoridad y la fuerza.

En efecto, si miramos la historia moderna y contemporánea podemos concluir que Dios, el cielo y el infierno no fueron eliminados de las sociedades modernas centroeuropeas; fueron más bien suplantados por otras fuerzas materiales e históricas encargadas de imponer nuevas normas y distribuir nuevos premios y castigos. El infierno fue sustituido primero por la Inquisición eclesiástica y luego por las leyes, los tribunales, la policía y las cárceles del Estado moderno y contemporáneo. El cielo, que había encontrado su sucedáneo en las utopías políticas, va siendo desplazado por los halagos del mercado y el consumo cotidiano. Muy a pesar de las ilusiones de muchos, las grandes masas contemporáneas no parecen anhelar tanto su participación democrática en las responsabilidades públicas como la elevación de sus niveles de ingreso y de consumo. Estado y mercado, justicia y consumo han suplido la antigua dialéctica de cielo e infierno. Es de anotar que, en la Colombia de hoy, sí hay un reclamo de participación democrática en la conducción del Estado, sobre todo por parte de los jóvenes. Falta ver cuánto perdura. La situación es más confusa en Chile y Perú y, en general, en el cono sur.

De hecho, pues, la razón moderna se ha mostrado frágil para garantizar por sí sola la convivencia civilizada. Efectivamente se hizo laica, es decir, no religiosa. Pero no ha logrado ser tan autónoma y ‘madura’ que no requiera de autoridad, halago y coerción para realizar sus fines. 

5. En América Latina la situación moral contemporánea es todavía más dramática. Dios, cielo e infierno nunca crearon en el Nuevo Continente una mística colectiva comparable a la de la Europa cristiana de los primeros siglos. La fe, que fortaleció la resistencia de los esclavos a los emperadores romanos, se impuso en América Latina, muchas veces con violencia, como doctrina y rito anquilosado de los invasores. Por otra parte, como sucede también en Europa, en las últimas décadas las fuentes eclesiásticas de autoridad han perdido buena parte de su ya limitada fuerza social. La crisis moral, en especial del clero católico, le ha hecho perder millones de antiguos creyentes. El papa Francisco le ha dado un nuevo estilo más cercano a la gente del común y adelanta una cada día más profunda y audaz democratización de la Iglesia, incluyendo la participación creciente de mujeres en la administración eclesiástica, cuya suerte en el más largo plazo pesará de forma decisiva en el destino de la institución e incluso en la de un mundo que avanza a pasos agigantados en el camino de la ciencia y la tecnología, mientras va de tumbo en tumbo en el terreno de la cultura y la política.

Sin embargo, a pesar de la lenta extinción del poder eclesiástico, este no ha sido reemplazado por la irrupción masiva y entusiasta de una razón moral autónoma, así fuera ilusoria. Tampoco se ha desarrollado un Estado bien constituido, dotado de un sistema jurisdiccional adecuado y eficaz. El consumo, privilegio de las élites, para la mayoría solo constituye una ilusión. En consecuencia, grandes masas desarraigadas de su ética comunitaria y religiosa de origen rural no han encontrado en la ciudad el punto de partida para una nueva moral pública. Más bien avanzamos en la anarquía, el caos y la violencia, sobre todo en Colombia.

6. Si las consideraciones anteriores tienen algún grado de verdad, podemos concluir que el presunto sujeto moral moderno fue más bien un típico ‘fetiche’ intelectual: constituye la fijación mental, universal y eterna del tratado histórico de paz –‘pacto social’‒ en el que, desde mediados del siglo XX, habían desembocado algunas sociedades centroeuropeas tras siglos de terror e inseguridad colectivas. Y solo una consideración abstracta podría atribuirle a una supuesta ‘facultad’ o a una ‘estructura comunicativa del lenguaje’, virtudes y atributos que solo recibió en el seno de una historia concreta y que, con el paso del tiempo, han ido desapareciendo. 

En consecuencia, sin sujeto moral no parece tarea fácil la de construir una moral civil para sociedades en conflicto, y mucho menos una ética que logre hacer de los principios morales abstractos que rigen la conducta individual, costumbres vivas de los pueblos. La ley es hoy: ¡sálvese el que pueda!

Luis Alberto Restrepo M.

Noviembre, 2022

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Mientras Juan Pablo II promovía movimientos tradicionalistas y se rodeaba de ellos, la Congregación de la Fe y el CELAM perseguían y silenciaban a destacados teólogos de la liberación latinoamericanos o a serios críticos de los desvíos de la Iglesia, como el brillante teólogo suizo Hans Küng, ya fallecido. 

Obispos como Helder Cámara y Pedro Casaldáliga, o curas como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Jon Sobrino, se convirtieron en blanco de sospechas y terminaron marginados o sancionados. Muchos curas de base y numerosas monjas, sobre todo de América Latina, sintiéndose ignorados o perseguidos por la Iglesia misma, tomaron distancia interior del aparato eclesiástico y se sumaron a la ola revolucionaria y secular en curso. 

Víctimas de la política pontificia fueron, entre muchos otros, el superior general de los jesuitas, el español Pedro Arrupe, y la misma Compañía de Jesús. Al iniciar su pontificado, el nuevo Papa, además de excluir a los jesuitas de su entorno inmediato y suplirlos por miembros del Opus Dei, puso en entredicho al General jesuita y a toda la Compañía de Jesús. 

En 1979, Juan Pablo II citó al Vaticano al incómodo vasco y mantuvo con él una reunión de un día a puerta cerrada, reunión de la que Arrupe nunca dio a conocer ni una sola palabra. Quizás como única respuesta a las presiones papales, al comienzo de 1980, Arrupe quiso renunciar y dio los primeros pasos en ese sentido, pero el Papa insistió en que, antes de su renuncia, Arrupe mismo debía clarificar “ciertas cosas”. 

El nuevo enfoque del trabajo de los jesuitas iba en directa contravía de la concepción que el papa Wojtyła tenía de la Iglesia. Desde entonces la comunicación entre los dos se hizo muy difícil. Un año largo más tarde, el 7 de agosto de 1981, en el aeropuerto de Roma, Arrupe sufrió una repentina trombosis cerebral. La mitad de su cuerpo quedó paralizada y comenzó a perder el habla. El resto de sus días lo pasaría en una silla de ruedas, necesitado de ayuda permanente. Aunque no se pueda probar, muy probablemente el ataque cerebral fue producto de la insoportable presión a la que Wojtyła lo sometió.

Un hecho escandaloso lo confirma. El 6 de octubre de 1981, apenas un mes después de que hubiera sufrido la trombosis, fue a visitarle en la enfermería el cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado. Como regalo, le entregó una carta autógrafa del Papa en la que nombraba al padre Paolo Dezza como delegado personal del Papa al frente de la Compañía de Jesús, con plenos poderes de Superior General de la Orden hasta la convocatoria de una nueva Congregación General. Dezza había sido el candidato de los jesuitas conservadores en la misma Congregación que eligió a Arrupe. Ya mayor y completamente ciego, el italiano era bien conocido en la Compañía por su conservadurismo a ultranza y porque se había convertido en asiduo “corre-ve-y-dile” a la curia vaticana de todos los chismes contra la Orden y contra su General. 

El gesto del Papa era, pues, no solo descortés sino cínico. Su intromisión iba en contravía de las Constituciones y de la tradición secular de la Compañía de Jesús, según las cuales el superior debía ser elegido mediante votación de los delegados de toda la comunidad en una nueva Congregación General. El nombramiento de Dezza como interventor papal fue un insulto para todos los jesuitas en el mundo. Sin embargo, de acuerdo con el cuarto voto de lealtad y obediencia al papa, ninguno protestó. Dos años más tarde, la Congregación General 33, que pudo llevarse por fin a cabo en el otoño de 1983, eligió a un discreto y prudente holandés como nuevo superior general, que mantuvo un bajo perfil para no reavivar las iras del Vaticano. 

El 5 de octubre de 1991, casi diez años después de la trombosis, falleció Arrupe en la curia general de la Compañía. Sus últimas palabras antes de morir fueron: “Por el presente, Amén, y por el futuro, Aleluya”. Los numerosos jesuitas presentes en el sepelio lo despidieron con un inhabitual y prolongado aplauso. Quien debería haber sido proclamado santo por la Iglesia es Arrupe y no Wojtyła, pero la santidad no es en la Iglesia católica un simple título religioso sino también, con mucha frecuencia, una exaltación política. Antes de que se llegue a reconocer el carácter ejemplar de la vida de Arrupe, el Vaticano tendría que haber vuelto a la figura de Jesús de Nazaret. El papa Francisco lo ha intentado con mucho coraje, pero el hecho mismo de ser jesuita le impide corregir ese error en beneficio de quien fuera su superior. 

La Iglesia católica comenzó a rectificar algunos de los inmensos errores cometidos por Juan Pablo II, y por su adlátere, Joseph L. Ratzinger, luego Benedicto XVI. Sin confesarlo abiertamente, ambos pusieron en sordina el Concilio Vaticano II y prefirieron retornar a la hipocresía y la seguridad aparente de la Iglesia constantiniana. Como herencia de sus dos pontificados dejaron a la Iglesia sumida en una profunda crisis de credibilidad y agobiada por los escándalos de curas, obispos y cardenales pedófilos, abusadores de mujeres o ambiciosos y corruptos. 

¡Ironías de la vida! Para que tratara de enderezar esa deplorable situación fue elegido Papa, por primera vez en la historia… un jesuita y, para colmo, también por primera vez, un latinoamericano. Jorge Mario Bergoglio, ahora Francisco, ha estado intentando una reforma evangélica de la Iglesia. Inició la lucha contra la corrupción y comenzó a retomar ‒¡nueva ironía!‒ el camino trazado por Arrupe, con quien el mismo Bergoglio había mantenido discrepancias siendo superior provincial de los jesuitas argentinos y luego obispo y cardenal. Emprendió un camino de humildad y compromiso con los pobres y desheredados del mundo, pero ahora ya no desde la dirección de una mera orden religiosa, sino desde el mismo solio pontificio.

 
Para equilibrar la promoción de Wojtyła y de toda su línea política a los altares, apenas iniciado su pontificado, Bergoglio decidió canonizar a Juan XXIII, el humilde inspirador del Concilio Vaticano II, sin exigir siquiera milagros. Asimismo, reactivó el proceso de beatificación de monseñor Romero, el obispo mártir salvadoreño, ignorado por Juan Pablo II. Y, lo más significativo, Francisco ha multiplicado los gestos de acercamiento prioritario a los más abandonados de la tierra pasando por encima de las diferencias de credo religioso. 

El mensaje es claro. Sin embargo, el camino es largo y lleno de formidables tropiezos. Los imperios siempre se resisten a morir y para ello no paran en medios. Esperemos que Bergoglio quiera y pueda continuar y profundizar su tarea, pero no le será fácil. Antes, la Iglesia católica tendrá que regresar a las catacumbas. Lamentablemente, la salud le está jugando una mala pasada. Una artrosis aguda le ha inmovilizado una pierna, lo ha obligado a desplazarse en silla de ruedas y le ha hecho imposible moverse por el mundo para continuar su importante tarea ecuménica de reunificación de las iglesias y acercamiento a otros tipos de confesiones como el Islam, así como a los no creyentes, sean ateos o indiferentes ante el tema religioso. Para Francisco, todos, incluyendo a los peores criminales, somos hermanos con distintos rostros. 

Tanto en la curia vaticana como en algunas Iglesias como la gringa y la española, el papa cuenta con poderosos opositores que intentan desacreditarlo, descalificarlo y frenar sus reformas. De hecho, han frustrado algunas. Como quiera que sea, parece que su legado pueda ser conservado y prolongado por cardenales de la India, Corea del Sur y Vietnam, donde, según creo, el catolicismo viene extendiéndose con rapidez. De todos modos, a su muerte se suscitará un fuerte conflicto entre las distintas tendencias católicas. El humo blanco tardará en salir de las chimeneas vaticanas. Al Espíritu Santo le tocará revolar para soplar la hoguera.

Si bien me extiendo en estas quisicosas de la Iglesia católica, lo hago entre otras razones porque en el total desconcierto universal sobre el sentido de la vida humana, no son muchas las instancias que puedan ofrecer alguna luz de esperanza y fortalecer a mucha gente para no decaer en la lucha cotidiana. Esto es particularmente cierto en países como Colombia, donde la Iglesia sigue teniendo un gran peso sobre todo en los pueblos. En este sentido, la suerte de un catolicismo renovado tiene un claro alcance político. Finalmente, la Iglesia es la multinacional más antigua, más poderosa y más extendida por todo el mundo. Si bien su poder financiero no es el mayor, sí lo es su influencia cultural y religiosa. Desde mucho antes de Apple, Amazon, Tesla y todos los demás gigantes, la Iglesia católica ya estaba no solo en toda Europa, sino también en China, Japón y Corea. En la isla china de Shangchuan fue a morir Francisco Javier, el santo jesuita, compañero de universidad y amigo de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Aún hoy hay misiones de distintas órdenes religiosas en Japón y Corea.

 
Esta presencia global de la Iglesia católica no deja de tener un significado muy ambiguo. En algunos aspectos abre puertas como ahora –octubre de 2022– en el apoyo a la ‘paz total’ en la Colombia de Petro. Pero así mismo podría revertirse en el recorte de muchas de aquellas justas libertades que en Colombia han obtenido reconocimiento y respeto. A modo de ejemplo, los movimientos provida harán presencia cada día más visible, comenzando por el exembajador en la OEA, Alejandro Ordóñez, hasta el nuevo director de la policía, el general Henry Armando Sanabria. “El nuevo director de la Policía deja muy preocupado al movimiento LGBTIQ+, pues mientras lideró las acciones policiales en Cartagena actuó en orden a sus prejuicios personales, en vez de aplicar los derechos humanos y ser garante de libertades” afirmaba el diario español El País, el 25 de agosto de 2022. 

Sin embargo, la Corporación Caribe Afirmativo, que lleva ya 13 años trabajando en defensa del movimiento, reconoce que el nuevo gobierno ha mostrado su intención de cambio con el nombramiento de la coronel Sandra Mora, que se ha declarado públicamente lesbiana, como la persona a cargo del Fondo Rotatorio de la Policía Nacional, que tiene en sus manos la producción o compras de las armas, uniformes y otros equipos de la Policía. No me adentro en el tema porque tomo las de Villadiego.


Y aquí pongo punto final a estos cuatro artículos. Hasta la próxima amigos, si aún sigo sacudiendo la palestra.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

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Mientas el mundo se sacudía, en la Iglesia católica se sentían las réplicas. El concilio Vaticano II, instalado en 1962 por Juan XIII, había sido llevado a buen término en 1965 por Pablo VI y suscitaba en el clero joven muchas esperanzas de renovación y de mayor sintonía con el mundo moderno. En contraste, Juan Pablo II adoptó el gran estilo imperial de una Iglesia neoconstantiniana y centró su pontificado en la lucha político-religiosa contra el comunismo.

Al tratar de poner en práctica el aggiornamento dispuesto por el concilio Vaticano II, el papa Montini (1963-1978) tuvo que hacer maromas entre una corriente deseosa de poner en marcha la ‘actualización’ de la Iglesia y otra, muy conservadora y poderosa, incrustada en todas las instancias del Vaticano y opuesta al espíritu del Concilio. 

Resultado y símbolo dramático de esta sorda lucha fue el sospechoso destino de Albino Luciani, Juan Pablo I (26 de agosto-28 de septiembre de 1978). Antes de empezar a hablar por primera vez desde el balcón vaticano, ‘el Papa de la sonrisa’ ya se había ganado a la multitud y en particular a la prensa con su simpatía y sencillez. Abandonó el plural mayestático y utilizó el ‘yo’, aunque sus ayudantes volvieron al plural (‘nos’) en la edición de sus discursos. Contra su deseo, se vio obligado a utilizar la silla gestatoria, pero rechazó la coronación y la tiara papal en la ceremonia de entronización y optó más bien por una simple misa de inauguración. 

Alcanzó a lanzar algunas iniciativas sociales como la devolución del 1 % de los ingresos de todas las iglesias nacionales a las iglesias del Tercer Mundo. La clarificación de las cuentas vaticanas era una de sus prioridades. Y ya desde antes, siendo patriarca de Venecia, había mantenido desavenencias con el arzobispo norteamericano Marcinkus, responsable por entonces de la turbia administración vaticana. 

Albino Luciani, elegido sucesor de Pablo VI en el cónclave más corto del siglo XX, solo alcanzó a ocupar el cargo durante 33 días. El 28 de septiembre de 1978 fue encontrado muerto en su habitación. Su fallecimiento no ha sido esclarecido aún. Luciani había sido elegido para solucionar la pugna entre los candidatos de las dos corrientes opuestas y es posible que haya muerto víctima de ese mismo conflicto, por causas naturales o por manos criminales. 

Como quiera que sea, la reacción de los más tradicionalistas le abrió paso a la elección de una personalidad totalmente opuesta, la de Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II (16 de octubre de 1978-abril 2 de 2005). No le falta cierta razón al escritor pastuso Evelio Rosero cuando, con un énfasis muy colombiano, respondió en una entrevista: “El papa Juan Pablo II (…) no investigó la muerte de Luciani. Complació a la curia, echó tierra a la verdad y la escondió con su escoba debajo de una alfombra del Vaticano”*. 

En agudo contraste con su simpático y modesto antecesor, el imponente Wojtyła adoptó el gran estilo imperial de una Iglesia neoconstantiniana y centró su pontificado en la lucha político-religiosa contra el comunismo y la real o supuesta expansión del marxismo en Iberoamérica. De hecho, jugó un papel importante en la caída del régimen en Polonia, su tierra natal, y emprendió el combate contra la teología de la liberación en América Latina, apoyándose en quien sería su sucesor, Joseph Ratzinger ‒después Benedicto XVI‒, así como en Alfonso López Trujillo, secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) desde 1972 hasta 1984. 

En agosto de 1968, siendo aún papa Pablo VI, los obispos de América Latina habían celebrado en Medellín la segunda conferencia del CELAM con el propósito de aplicar los principios del Concilio a la realidad continental. De esa conferencia surgió la famosa “opción preferencial” de la Iglesia latinoamericana por los pobres, en la que se apoyarían los teólogos de la liberación. Desde la secretaría del Consejo, López Trujillo emprendió la persecución de todos los curas y obispos radicales y organizó incluso una nueva conferencia del CELAM en 1979, en Puebla, México, destinada a limar los colmillos de los documentos emanados de Medellín. 

A la par con su activismo político externo, Juan Pablo II impulsó un fuerte cambio de dirección y de guardia en el seno de la Iglesia. Promovió al Opus Dei y a un gran número de nuevos movimientos católicos, marcadamente conservadores, mientras perseguía sin cuartel a los obispos, curas y congregaciones más comprometidas con los pobres. 

El Opus había sido fundado en 1928 por el cura español Josemaría Escrivá de Balaguer, canonizado por Juan Pablo II. El movimiento busca un objetivo razonable y valioso: sacar los ideales cristianos de los conventos y llevarlos a la vida ordinaria del católico común. Sin embargo, su noción de ‘santidad’ es marcadamente conservadora. En su mayoría, sus miembros son fieles custodios de la disciplina y el orden, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Gracias a la pertinencia actual de su objetivo, pero en parte también al apoyo papal, el Opus experimentó un vertiginoso desarrollo. En 2012, contaba con 2051 sacerdotes en el mundo y un total de 89.909 miembros. 55 % de ellos eran mujeres y cerca de 90 % vivían en Europa y América. 

Los nuevos movimientos católicos, espiritualistas y conservadores, son miles. El apoyo del Vaticano a unos pocos quedó ‘oficializado’ en el Congreso Internacional de los Movimientos Eclesiales, celebrado en Roma en mayo de 1998. El Papa se reunió en público con líderes de siete de ellos, escogidos “en virtud de su extensión y representatividad universal”.

Absorbido por su activismo político-religioso y empeñado en preservar una falsa imagen de la Iglesia, durante el pontificado de Juan Pablo II prosperó la pederastia entre el clero católico. El caso más notorio fue el del cura mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, quien –según confesión de su propio movimiento– tuvo tres hijos de dos mujeres, abusó sexualmente de seminaristas y otros jóvenes, se aprovechó de su autoridad y de los bienes de la comunidad, consumía abundantes medicamentos adictivos y presentó como propios escritos de terceros. A pesar de las acusaciones de pederastia en contra de Maciel, Juan Pablo II lo protegió. Los Legionarios de Cristo y su institución Regnum Christi contaban con 67.000 miembros laicos, 893 sacerdotes y 2371 seminaristas. La organización era propietaria de 15 universidades alrededor del mundo y 172 colegios con 122.000 estudiantes. 

Durante tres años la congregación fue sometida por el Vaticano a una profunda revisión y el papa Francisco decidió su futuro. Difícil arbitraje, que terminó por una aprobación condicionada.

https://www.elcolombiano.com/historico/evelio_rosero_el_descreido-MWEC_280682

Luis Alberto Restrepo

Octubre, 2022

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Desde los años ochenta, los grandes ‘capos’ de la droga se abrieron paso en la economía, la sociedad y la política, a punta de ‘plata y plomo’ –soborno y bala–, generando de ese modo el más radical y perdurable cambio de valores y costumbres en la sociedad y el Estado colombianos. 

Colombia había sido una nación encerrada en sí misma, conservadora, pacata en sus costumbres, pero estructurada por ciertos valores religiosos y políticos, así no fueran los mejores. Con la expansión del narcotráfico, el país comenzó a transformarse en una sociedad mafiosa regida por la ley del dinero rápido a cualquier costo y mundialmente marcada por una oscura reputación. Hoy, avanzado el siglo XXI, esa ‘sociedad sombra’ sigue rigiendo buena parte de los destinos nacionales, aunque haya aprendido a mimetizarse de mil maneras. Nutre ampliamente la economía ilegal y la legal y se ha infiltrado directa o indirectamente en todos los campos: la política, las distintas ramas del poder público, la justicia, la empresa privada. Ha logrado incluso a trastocar y confundir la lógica del conflicto armado interno que, de ser una lucha entre insurgentes y contrainsurgentes, pasó a convertirse en buena medida en una competencia violenta entre poderosos grupos armados por el control de cultivos, laboratorios, cargamentos y rutas. De esa competición no escapan siquiera importantes sectores de los aparatos armados del Estado. Solo algunos políticos y economistas siguen empeñados en ignorarlo… o en encubrirlo.

Esos dos tipos de cáncer nacional ‒guerrilla y narcotráfico‒, seguidos luego por los grupos de autodefensa y paramilitares, no pelecharon en los años 70 por azar. Sus semillas fueron sembradas en el país por las agudas frustraciones políticas que padecieron amplios sectores campesinos y de clases medias bajas de las grandes ciudades. Vale la pena traer a la memoria esos hechos, que modelaron el escenario social y político en el que comencé a actuar y que contribuyeron a formar mi visión del país.

Guerrillas, narcotráfico y paramilitares 

En 1968, el presidente Carlos Lleras Restrepo había retomado la vieja idea de Alfonso López Pumarejo, de realizar una reforma agraria. Logró la aprobación de la Ley 1ª de ese año, puso en marcha el programa y creó la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) como fuerza social de apoyo a la reforma. En un escrito que se encontraba en la web (NB: en 2022 ya desapareció), Apolinar Díaz Callejas, militante y dirigente por entonces de la izquierda liberal, cuenta una anécdota que ilustra la clarividencia de Lleras. El presidente lo convocó a su despacho para ofrecerle la gobernación del recién creado departamento de Sucre, y al momento de despedirse le dijo: “Piénselo bien, si no hacemos la reforma agraria en Colombia nos lleva el Diablo (…)”. La reforma agraria no se pudo hacer, y el Diablo nos llevó.

Entre 1971 y 1972, el gobierno conservador de Misael Pastrana Borrero, con el apoyo de los jefes liberales Alfonso López Michelsen y Julio César Turbay Ayala, canceló la reforma agraria iniciada por Lleras. Con el auspicio gubernamental, el 9 de enero de 1972, los partidos tradicionales y los grandes propietarios de la tierra ‒ganaderos, bananeros y arroceros‒, firmaron el llamado Pacto de Chicoral. El acuerdo enterró la redistribución de la propiedad rural, aceleró su concentración y condujo a la expulsión de campesinos y comunidades indígenas y negras de sus territorios. Los latifundistas contrataron a muchos de ellos como trabajadores que, al mismo tiempo, podían cultivar una pequeña parcela (‘aparceros’) para su mantenimiento y el de sus familias, y los convirtieron en rebaños de electores cautivos. 

Al mismo tiempo, para debilitar a la ANUC creada por Lleras, el gobierno de Pastrana creó una rama oficialista de la Asociación (‘línea Armenia’), mientras la organización originaria (‘línea Sincelejo’) continuaba su lucha, desde entonces en franca oposición al gobierno. Los dos presidentes posteriores, los mismos López Michelsen (1974-1978) y Turbay Ayala (1978-1982), ambos liberales, mantendrían las iniciativas del conservador Pastrana. Y así, de la mano de ‘Satanás’ –como acertadamente denominaba el sacrificado exministro Rodrigo Lara Bonilla a López Michelsen‒, ¡nos llevó el Diablo!

Dicho sea de paso, López fue en mi opinión uno de los dirigentes más infaustos que tuvo Colombia en el siglo XX. Para muchos opinadores y políticos del país, se trataba de un brillante intelectual y un estadista que “ponía a pensar a Colombia”. Yo diría más bien que era un entretenido contertulio con boutades* y afirmaciones desconcertantes. 

Creó y dirigió el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), al que luego traicionó para convertirse en candidato oficial del partido liberal. Frustrados, muchos de los jóvenes que lo habían seguido se fueron al monte con el ELN. López le bloqueó el camino a la reforma agraria y a su clarividente promotor, Lleras Restrepo. Con el programa de Desarrollo Rural Integrado (DRI) propició el latifundismo y por esa vía contribuyó a amarrarnos al siglo XIX; impulsó el clientelismo y la corrupción turbayista del Estado y de los electores; abrió una ‘ventanilla siniestra’ en el Banco de la República, que propició el incipiente lavado de activos ilegales derivados de la marihuana.

En 1974, Lleras Restrepo quiso postularse por segunda vez como candidato del partido liberal a la presidencia, pero se estrelló de nuevo con la funesta alianza de López y Turbay. López fue el escogido y resultó elegido presidente (1974-1978). Muchos viejos campesinos y obreros liberales le dieron su voto con la ilusión de que su gobierno, como el de su padre, promovería serias reformas sociales, pero muy pronto vieron frustradas sus esperanzas. El desengaño desembocó, el 14 de septiembre en 1977, en la mayor protesta urbana del siglo XX en Colombia, apenas superada por la revuelta que siguió al asesinato de Gaitán. Al final de su gobierno, López fue despedido en el estadio de Bogotá con una poderosa silbatina del público bogotano. 

En 1978, Lleras insistió por tercera vez en ser el candidato del partido pero, gracias al apoyo de López, el escogido fue Turbay. El aparato clientelista impulsado por los terratenientes se disparó entonces a todo vapor para las elecciones y Turbay fue elegido presidente (1978-1982). Para hacer frente a la inconformidad popular y a la beligerancia urbana del M-19, Turbay cedió a las presiones del ejército, impuso el llamado Estatuto de Seguridad (versión criolla de la Seguridad Nacional gringa) y le dio vía libre a una vasta represión de la que muchos inocentes resultarían víctimas.

Durante esos tres gobiernos ‒uno conservador y dos liberales‒, la expansión del latifundio y la consiguiente dispersión y desempleo del campesinado se convirtieron en el terreno abonado para el brote y la multiplicación feraz, por un lado, de las guerrillas y, por el otro, del narcotráfico y el paramilitarismo. Esta tenebrosa combinación de grupos armados y narcotráfico contribuyó además al desplazamiento forzado y a la emigración de nacionales, que en los años siguientes alcanzó cifras sin precedentes a escala nacional. 

­­­­­­­­­­­­­­­________________

* Intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

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El espíritu hedonista, libertario e individualista del movimiento estudiantil de mayo de 1968 había comenzado a poner radicalmente en cuestión la política, la cultura, la moral y las costumbres de la época. 

El movimiento estudiantil de 1968 sacudió las raíces de la modernidad occidental. O mejor, la modernidad llegaba a su plenitud y dejaba al descubierto sus raíces autodestructivas. La democracia moderna comenzaba a marchar con dificultad, embarazada como estaba del anarquismo liberal que lleva en las entrañas desde sus orígenes en el siglo XVIII. Las ideologías y los grandes proyectos políticos colectivos caían a pedazos. Individuos y ‘minorías’ comenzaban a enarbolar cada uno sus propios derechos y a protestar por fuera de los partidos, haciendo más compleja y difícil la famosa gobernabilidad. La liberación sexual era la punta de lanza de todas las libertades individuales. En palabras del inolvidable Gabo, 

“el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles comenzaron a cantar. Todo cambió entonces, los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar”. 

La escena internacional invitaba a la rebeldía contra las instituciones. La prepotente U.S. Army se veía cada día más acorralada en Vietnam por un hormiguero de implacables insectos orientales, mientras la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ‒de árabes en su mayoría‒ elevaba el precio del crudo y generaba una aguda crisis energética en los países industrializados. 

América Latina no escapaba a los remezones y sacudimientos. El modelo económico instaurado en la región después de la Segunda Guerra Mundial –por el cual numerosos artículos antes importados se sustituían por productos nacionales–, generaba todavía ilusiones de un crecimiento más autónomo, pero sus corrientes profundas arrastraban silenciosamente al continente hacia el abismo. Era un crecimiento ‘al debe’, a crédito, insostenible. 

A fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, el modelo derivó hacia la azarosa crisis de la deuda externa iniciada en México y saltó en pedazos ante el rápido desbarajuste de las economías. Colombia escapó parcialmente de la crisis de la deuda por la puerta de atrás, gracias en buena medida a otro mal mayor: los dineros del narcotráfico, aunque esto no haya sido casi nunca reconocido en toda su dimensión por los políticos ni por los economistas. 

Un buen reflejo del desasosiego continental fue el auge de los movimientos guerrilleros. Se extendía el descontento popular. Las guerrillas se multiplicaban a la sombra de Cuba, del Che Guevara, de la revolución china, de la expansión comunista en el Tercer Mundo. En 1961, se había creado en Nicaragua el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que, en 1979, convertido en Movimiento Sandinista de Liberación Nacional (MSLN), conquistaría el poder; en Guatemala, operaba la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG); desde fines de los años sesenta, los peruanos se estremecían cada mañana con la escena macabra de los perros que amanecían colgando de las lámparas públicas de Lima, degollados por Sendero Luminoso; en Argentina, dos organizaciones guerrilleras de clases medias –los muy católicos Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)– asombraban al continente con sus golpes de novela policíaca; en Chile, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) –formado en 1965 y desarticulado tras el golpe militar de 1973–, volvió a la lucha armada contra la dictadura y después de la caída de Pinochet se transformó en el grupo político que existió por largo tiempo; en Uruguay, a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, el Movimiento de Liberación Nacional (MLN)-Tupamaros, desplegó su acción armada; en 1973, sus integrantes fueron encarcelados o se exiliaron y, en 1985, se transformaron en el grupo político que hoy gobierna en ese pequeño y pacífico país; de allí salió el inolvidable Mujica.

Durante los primeros años de la década, se formó en México la Liga Comunista 23 de Septiembre, el único movimiento guerrillero totalmente urbano con presencia en grandes ciudades, como Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México; en la década anterior habían actuado en Venezuela las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), oficialmente disueltas en febrero de 1969. En suma, el continente ardía, se extendía el humo por todos los rincones y parecía que solo hiciera falta un poco de brisa para que se encendiera el bosque. La revolución estaba a la vuelta de la esquina. Era un destino.

En Colombia, la década había comenzado mal. En las reñidas elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970, la Alianza Nacional Popular (ANAPO), fundada en 1962 por el exdictador Gustavo Rojas Pinilla, había obtenido un elevado número de votos. Hasta la medianoche, los escrutinios le daban la ventaja a Rojas frente al candidato del Frente Nacional, el conservador Misael Pastrana Borrero. En los sectores dominantes crecían el nerviosismo y la expectativa. Yo me encontraba en Bélgica y cuando fui a votar a la embajada, un funcionario exclamó en voz alta para que todos lo oyéramos: “no hay problema, si gana Rojas, las ‘gentes de bien’ (!) no permitiremos que se posesione”. Esa siguió siendo la consigna de las oligarquías nacionales hasta no hace mucho tiempo, aunque cada vez más interferida por la opinión pública. En vista de que los escrutinios comenzaban a dar una importante ventaja a Rojas, el presidente Carlos Lleras Restrepo ordenó suspender las transmisiones, y a la mañana siguiente amaneció como ganador el eternamente sonriente candidato oficialista Misael Pastrana Borrero. De inmediato, en Nariño se formularon denuncias de fraude y cundió la agitación e inconformidad en las huestes anapistas. 

Aduciendo fraude electoral, tres años más tarde, de los representantes del ala socialista de la ANAPO y del vientre del partido comunista colombiano surgieron los dirigentes del ‘Movimiento 19 de abril’ (M-19). El 17 de enero de 1974 se lanzaron a la arena pública con el espectacular robo de la espada del Libertador que reposaba en la Quinta de Bolívar, que hace poco más de un mes fue objeto de disputa entre el presidente saliente, Iván Duque, y el entrante, Gustavo Petro. La espada reposa ahora en una urna de vidrio reforzado a la vista del pueblo colombiano. En las paredes el M-19 dejó marcada su consigna: “Con el pueblo, con las armas, al poder”. Desde entonces y hasta mediados de los años ochenta, este grupo supo captar vastas simpatías entre intelectuales, comunicadores, clases medias y gente del pueblo. 

Diez años antes, en 1964, habían nacido en Colombia otras dos guerrillas: las FARC y el ELN, las primeras orientadas inicialmente por el partido comunista colombiano y su visión prosoviética, y el segundo inspirado en el modelo ‘foquista’ de la revolución cubana. Sin embargo, una y otra permanecían enquistadas por entonces en remotas y desconocidas zonas rurales. Pocos años después se había conformado el EPL, de inspiración maoísta, así como otros grupos menores. Mientras las dos primeras organizaciones se fortalecieron con el tiempo, los demás grupos han desaparecido casi por completo, incluido el M-19, algunos de cuyos militantes todavía enarbolan sus banderas en las manifestaciones populares, sobre todo ahora, en el gobierno de Petro. 

Forzados por las importantes y numerosas bajas producidas por el Ejército, las Farc-EP terminaron negociando la paz en 2016. Ni el segundo gobierno de Juan Manuel Santos (2014-2018), que desde la presidencia promovió y firmó la paz, ni el de Iván Duque (2018-2022), que hizo todo lo posible por desconocerla, cumplieron debidamente el pacto. Con todo, la mayor parte de los dirigentes de las Farc, y casi todos sus militantes de base, unos 13.000, han permanecido fieles al compromiso, a pesar de los continuos atentados y asesinatos de los que han sido víctimas los combatientes.

Sin embargo, la vida nacional de esos años, vista en perspectiva, no giró en torno al conflicto armado y su espectacular irrupción en las ciudades. Entre tanto, en silencio y bajo tierra, extendía sus tentáculos el verdadero eje de una Colombia totalmente trastocada y desconocida: el narcotráfico. El muy rentable negocio ilegal perforaba como los topos todo el subsuelo de la vida nacional. Aflojaba y removía la tierra bajo nuestros pies y su demoledora incidencia no era inicialmente reconocida por destacados académicos colombianos. No captaban todavía las verdaderas dimensiones del fenómeno y la nefasta influencia que –bajo las absurdas condiciones impuestas por Washington– ese tráfico comenzaba a ejercer en la vida nacional. 

El reconocimiento tardó muchos años. Demasiados. Y solo ahora se empieza a examinar con timidez y vacilaciones el fracaso de las políticas que convirtieron esa maligna anomalía en el más poderoso y destructivo árbitro del destino nacional y regional. Petro está ensayando otra política con su ‘paz total’ y hasta ahora ha ido avanzando lentamente con Washington.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

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Los jóvenes de hoy, y talvez algunos no tan jóvenes, quizá no recuerden los acontecimientos libertarios de esa época que, por un largo período, transformaron el mundo, y que ahora, fuera de los que acontece en América Latina, vive una profunda reacción conservadora, autoritaria y con frecuencia dictatorial.

En el mes de mayo de 1968, de la ciudad alemana de Frankfurt a.M. partió un movimiento intelectual y social que marcaría el fin de la modernidad, una larga época histórica en Occidente, y el inicio de su larga decadencia ‒denominada por el francés Jean-François Lyotard ‘postmodernidad’‒, en la que aún estamos embarcados. 

Todos los días se sucedían nuevos acontecimientos en Frankfurt y en otras ciudades de la Alemania occidental de entonces. Las manifestaciones estudiantiles se multiplicaban, grupos de jóvenes armaban discusiones en tranvías, calles y plazas de las que fui testigo en algunas ocasiones; los debates y las críticas a la sociedad capitalista se filtraban en los bastiones de la prensa y eran ampliamente recogidos en la importante revista semanal Der Spiegel (El Espejo).

Ese vasto movimiento había encontrado su legitimación y su cauce ideológico en la llamada Teoría Crítica. Desde 1931, en el Instituto para la Investigación Social vinculado a la Universidad de Frankfurt, había comenzado a desarrollarse lo que se denominaría más tarde la ‘Escuela de Frankfurt’, cuyos miembros más conocidos fueron Max Horkheimer, Theodor W. Adorno y Herbert Marcuse. Junto con otros destacados colegas, estos tres investigadores se propusieron elaborar una teoría que permitiera comprender la evolución de la sociedad capitalista de los países avanzados. 

Según la Escuela, las profecías centrales de Marx no habían funcionado. El acelerado desarrollo de los ‘medios de producción’ no había agudizado las contradicciones entre capitalistas y trabajadores, ni había conducido a la revolución. Más bien, toda la sociedad –incluyendo a los trabajadores mismos– había quedado atrapada en una poderosa maquinaria social cuya única finalidad era la de garantizar, por una parte, el consumo embrutecedor a las masas y, por otra, la ganancia de grandes empresas transnacionales. Los ciudadanos, presuntamente libres, se habían convertido en meras piezas de la maquinaria. Y el precio que había que pagar era exorbitante. La vida individual y social había perdido sus objetivos profundos como la amistad, el conocimiento, la alegría de vivir, entre otros, y la naturaleza estaba pagando un alto precio.

Ante las clases sociales educadas el tipo de vida actual se presentaba ataviado con el ropaje seductor del progreso científico y técnico. En el siglo XVIII, los filósofos europeos de la Ilustración habían anunciado una pronta liberación de los seres humanos gracias a la ciencia, frente a la esclavitud impuesta por las leyes de la naturaleza; y en el XIX, habían prometido incluso su emancipación frente a la dominación de unos por otros, pero el resultado había sido más bien el contrario: los extraordinarios avances de la ciencia y la técnica las habían convertido en el único tipo de racionalidad socialmente aceptado y las habían transformado en la justificación tácita de un estilo de vida esclavizante y sin sentido  que, además, destruye nuestro entorno natural. A este tipo de racionalidad los autores de la Escuela la denominan ‘razón instrumental’, a la que le contraponen una ‘razón crítica’, que buscaría develar los mecanismos contemporáneos de dominación social.

Si el avance científico y técnico ilusionaba a las clases altas, los medios de comunicación ‒y en primer lugar la televisión‒ se habían convertido en una industria promotora de la nueva cultura encargada de distraer a las masas y de imponerles cada día nuevas ‘necesidades’ inútiles a través de la publicidad. Basta ver en la actualidad cualquier noticiero. La mujer es el perchero de la mayor parte de la publicidad: cremas para la piel, humidificantes, exfoliantes, etc., etc. Para los varones, perfumes y líquidos contra el sudor.

En 1968, el movimiento alemán de protesta estudiantil contra la sociedad capitalista se desplazó a Francia y, como según Hegel, “los franceses tienen la cabeza caliente”, durante los meses de mayo y junio se desató en el país galo y especialmente en París una cadena de protestas multitudinarias contra el imponente, poderoso y dictatorial general Charles de Gaulle. A las movilizaciones iniciadas por grupos estudiantiles se unieron obreros industriales, sindicatos y el Partido Comunista francés.

La protesta se vinculó, además, con el movimiento hippie, y de ese concubinato brotó la gozosa consigna que marcaría el espíritu de una generación e incluso el de toda la cultura occidental contemporánea: “Haz el amor y no la guerra”. La magnitud del fenómeno puso contra las cuerdas al gobierno del presidente, quien llegó a temer una insurrección revolucionaria. El grueso de las protestas finalizó cuando el De Gaulle anunció las elecciones anticipadas, que tuvieron lugar a fines de junio. 

La ola se extendió por el mundo. Sucesos parecidos se reprodujeron en Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, la antigua Checoslovaquia y Ecuador, y luego retornaron a la República Federal Alemana, para solo nombrar los casos más destacados. En Der Spiegel yo seguía con creciente interés el movimiento y los debates planteados por los líderes estudiantiles de Alemania, Alfred Willi Rudolf “Rudi” Dutschke y Daniel Cohn-Bendit.

El autor que alcanzó mayor influencia fue Herbert Marcuse. Miembro de la Escuela desde 1933, tras el ascenso de Hitler al poder, Marcuse se exilió a Estados Unidos y se radicó allí de manera permanente. El filósofo introdujo elementos de Freud en la teoría crítica de la Escuela. Para él, la razón crítica debía liberar de nuevo la fuerza creativa de Eros, ‘principio de placer’ reprimido por el ‘principio de realidad’, derivado de Thanatos

Esta perspectiva le dio al movimiento de mayo del 68 una dimensión erótica que, conjugada con el movimiento hippie, le abrió el camino a la liberación de la sexualidad frente a las normas establecidas. Las faldas femeninas comenzaron a trepar pierna arriba con rapidez, el cuerpo de la mujer empezó a exhibirse casi sin tapujos en el cine (aunque se ocultaba todavía el triángulo de las Bermudas) y las carteleras competían en el afán por desvestirlo. Incluso, un día cualquiera un grupo de muchachos y muchachas ‘hicieron el amor’ a pleno día en la calle, frente al cementerio de Frankfurt, como si el amor se pudiera ‘hacer’ y deshacer tan fácilmente.

A partir de mayo de 1968 se derrumbaron en Occidente las grandes utopías colectivas que, desde el siglo XVIII, habían guiado las luchas sociales y políticas de la modernidad. En su lugar se entronizaron los derechos de las llamadas ‘minorías’ y, en última instancia, los del individuo (el “libre desarrollo de la personalidad” del izquierdista radical Carlos Gaviria). La democracia liberal, como gobierno de las mayorías, comenzaba así a disolverse en su fundamento originario: el presunto valor absoluto de la libertad y la ‘felicidad’ individuales, entronizando un hedonismo que hoy corroe la cultura occidental moderna y presagia su fin. 

De hecho, la natalidad de los europeos se ha reducido drásticamente, la población envejece y va siendo sustituida por una avalancha de poblaciones de Asia, África y América Latina, que se multiplican sin freno en una especie de silenciosa guerra demográfica. Algo similar sucede en Estados Unidos, invadido sobre todo por amplios sectores de población mexicana, centroamericana y ahora también venezolana y colombiana. Una erosión parecida padeció, quince siglos atrás, el poderoso y vasto imperio romano, hasta quedar convertido en una inmensa arena de bandidos, asesinos y ladrones de alta y baja ralea, que abrió las puertas a la caótica y peligrosa Alta Edad Media. Toda aquella agitación era el primer esbozo de procesos históricos de trascendencia universal, pero a mí se me escapaba en buena medida su significado profundo.

Los remedos de socialismo que en la actualidad se desarrollan en América Latina, aunque representan una búsqueda legítima de alternativas a la penetración acelerada de la ‘razón instrumental’ controlada por las grandes transnacionales y las potencias económicas de hoy, tienden a transformarse más bien en una triste repetición menor de pasadas tragedias convertidas en comedias.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

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Continuando con nuestra tarde de poetas, hemos decidido abrir estas tardes a las expresiones poéticas de los miembros de nuestro grupo con recuerdos imborrables de inspiraciones de mucho tiempo atrás o de recientes creaciones. Las compartimos orgullosos con nuestros lectores.

Temblor 

– ¿Tiemblas?… 

– Sí… de temor, no de frío. 

Entonces, sonrío, 

pues a quien tiembla de frío 

lo ha besado ya la muerte; 

pero el temor de la muerte 

¿no es tu vida, corazón?… 

No temblarás cuando mueras, 

y si vives: ¿por qué tiemblas? 

Santa Rosa de Viterbo, 1958 

Mi guitarra trovadora 

Quise cantarte unas coplas, 

más la guitarra, Señora, 

mi guitarra trovadora… 

¿Para qué voy a contártelo? 

Ya lo sabes tú, Señora. 

mi pobre guitarra vieja, 

mírala allí, 

empolvada, 

en el rincón de mi alcoba. 

¿Te acuerdas cuando las notas 

vibraban limpias, sonoras, 

en los nervios de sus cuerdas, 

… cuando en las noches oscuras, 

sin estrellas ni luceros, 

rasgueaba yo mis penas 

en sus cuerdas, con mis dedos? 

¡Mi guitarra trovadora!… 

mírala: 

sola, 

desvencijada, 

rota, 

se envejece allí, olvidada, 

en el rincón de mi alcoba. 

Hazme un favor, Señora: 

llévala tú al mayoral. 

Dile que ajuste su caja: 

le faltan algunas cuerdas 

y otras están destempladas. 

Dile que le ponga nuevas… 

otras que canten como estas… 

y que vuelva él a mi estancia 

para que cante con ella 

cuando escancien los luceros, 

las estrellas y la luna, 

sus blancos rayos de plata 

por los oscuros senderos. 

Mas, óyeme, espera un poco: 

¡y si él no accede a mis ruegos, 

… pues, que se quede con ella! 

(Versos a la Virgen en el mes de mayo) 

Santa Rosa de Viterbo, 31 mayo de 1958.

Luis Alberto Restrepo

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Continuando con nuestra tarde de poetas, hemos decidido abrir estas tardes a las expresiones poéticas de los miembros de nuestro grupo con recuerdos imborrables de inspiraciones de mucho tiempo atrás o de recientes creaciones. Las compartimos orgullosos con nuestros lectores.

Mayo

Los meses vienen tan pronto… 

tan pronto como se van. 

Ayer, albores de mayo, 

hoy mayo se aleja ya. 

……. 

Virgencita: 

solo un mes guardo en el alma… 

jamás lo podré olvidar: 

¿Recuerdas cuando un pequeño 

rezaba al pie de tu altar? 

Yo sí me acuerdo, Señora… 

Era mayo, 

¿cómo me habré de olvidar? 

Virgencita: 

¿por qué mayo no se olvida 

también como los demás? 

…….. 

De nuevo corren los días 

al mar de la eternidad, 

pero han dejado una estela 

que nunca se borrará. 

Este año no volvió el niño 

con su rosario al altar, 

ni hubo estrellitas y flores 

en el cielo artificial. 

Fueron distintas las flores, 

Pero fueron de verdad, 

Porque las flores del alma 

Son flores de santidad. 

Ya no hubo altar. Corazones, 

ardiendo en amor filial, 

te sirvieron, Virgencita, 

de sencillo pedestal. 

Rosario de corazones 

unidos al ideal, 

en vez del viejo rosario 

transparente y de cristal. 

……… 

Mayo ha vuelto ya otra página 

en un libro sin final; 

la letra es tuya, Señora, 

el libro, la santidad. 

(Versos a la Virgen en el mes de mayo, a mis 19 años) 

31 de mayo de l957

Luis Alberto Restrepo

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