Home Autor
Autor

Luis Alberto Restrepo

athens art school, raphael, italian painter-1143741.jpg
Download PDF

Mucha gente ‒sin excluir filósofos‒ se imaginan que un sistema filosófico surge como por encanto de una sopa de letras que revuelve, modifica y cambia un sistema ya superado por otro. 

Intentaré mostrar que lo que conocemos como auténtica filosofía ha sido siempre la respuesta teórica a los dilemas y conflictos que enfrentan las sociedades en el Occidente avanzado. Esos dilemas giran, en último término, en torno a la vigencia de las normas morales que aseguren una pacífica convivencia en la sociedad humana.

En América Latina, en cambio, nos hemos limitado a aprender y repetir, con ligeras modificaciones, filosofías ajenas a nuestra situación real. Nos ha faltado la limpia mirada y el ímpetu teórico necesarios para encarar, examinar y buscarle soluciones, al menos especulativas, a los conflictos y dilemas morales que se presentan de nuestras sociedades. 

1. En primer término, es indispensable tener en cuenta que la idea de un moderno sujeto moral autónomo ‒que obrara por convicción y cuyos principios no dependieran de ninguna autoridad, ni divina ni humana‒, fue producto de una historia particular: surgió en la Europa central de fines del medioevo cristiano como un repudio a la moral religiosa de la época, experimentada por muchos como arbitraria y autoritaria. La moral civil se desarrolló entonces como una rebelión contra la fragmentación, polarización y violencia que se desataron en virtud de la disolución del antiguo orden impuesto por la Cristiandad. 

En aquella región del mundo, la reacción en contra del orden medieval y de la violencia que acompañó su prolongada disolución condujeron al desarrollo de muy amplios movimientos sociales, intelectuales y culturales que dieron origen a la idea de una razón moral autónoma. Ya desde fines del siglo XV la Reforma protestante había desligado la conciencia moral de la autoridad eclesiástica, aunque había conservado sus vínculos con la suprema autoridad de Dios. Más tarde, en el siglo XVIII, la Ilustración inglesa, la francesa y la germana consumaron el movimiento de emancipación intelectual iniciado por la Reforma. Se apropiaron de los ideales cristianos de responsabilidad, libertad e igualdad meramente morales y, despojándolos de toda referencia religiosa, los convirtieron en el horizonte de una supuesta razón natural como motores de la Historia. Finalmente, la Revolución francesa se propuso realizarlos en las instituciones políticas del Estado. 

Sin el poder despótico de la Cristiandad europea y su violenta disolución, sin la reacción emancipatoria de los movimientos que dieron origen a la Reforma, la Ilustración y la Revolución, muy probablemente el sujeto moral moderno ideado por los filósofos jamás habría visto la luz. Por fuera de ellas, carece de contexto. A fin de cuentas, la razón moral de los filósofos no es otra cosa que la imagen invertida del Dios cristiano y de la autoridad eclesiástica, despojados ya de todo carácter trascendente e interiorizados en la intimidad del sujeto centroeuropeo de los siglos XVIII y XIX, bajo la forma de una ‘facultad’ de estilo kantiano, supuestamente inherente a todo sujeto humano.

2. Debo añadir, en segundo lugar, que el movimiento cultural y filosófico creador del sujeto moral y su razón emancipadora tuvo una expansión geográfica limitada. Al calor de la Reforma, la Ilustración y la Revolución, ese movimiento penetró ampliamente en la consciencia de los pueblos europeos del norte. Como trofeo de su victoria contra la Cristiandad, aquellos desarrollaron e interiorizaron una cierta moral civil, supuestamente basada en la pura razón, como lo propuso Kant, pero no sucedió otro tanto en las naciones europeas del sur, como España o Italia, en donde aquellos movimientos no encontraron un eco similar, y en los que la Iglesia católica de la Contrarreforma conservó un predominio indiscutible. Allí nunca llegó a consolidarse una moral pública. Aún hoy, Italia y ciertas regiones de la España contemporánea constituyen un buen ejemplo de esta situación.

Menos aún podía surgir una moral civil moderna en el Nuevo Continente. En América Latina echó anclas una Cristiandad tardía, ya debilitada por su proceso de disolución interna, por los movimientos externos de oposición que se levantaban en el centro de Europa y por su actitud defensiva ante ambos fenómenos. La fe había dejado de ser una mística en expansión para convertirse en la fortaleza defensiva de la Contrarreforma, amurallada tras sus leyes, ritos y poderes. No difundía una fe contagiosa; catequizaba imponiendo su doctrina a la población nativa, amparada por la Inquisición y las armas imperiales. 

Por otra parte, en la Nueva Cristiandad americana tampoco llegó a generarse una clara reacción masiva, social, cultural e intelectual en contra del poder eclesiástico. Como en España, tampoco en América Latina prendió la Reforma; las ideas de la Ilustración solo tuvieron un eco superficial entre las mismas élites dominantes, no en los sectores subordinados y, en consecuencia, la Independencia política de la Corona española no tuvo el ímpetu emancipador de una revolución social como la acontecida en Francia. En ausencia, pues, de un poder sólidamente constituido y de su rechazo colectivo, la supuesta razón y su moral civil no llegaron a desarrollarse nunca con fuerza social en el Nuevo Continente. 

3. En tercer término conviene añadir que, incluso en la misma Europa del norte, que lo vio nacer, el sujeto moral moderno se encuentra en crisis. Desde el siglo XVIII hasta mediados del XX, los ideales libertarios de la modernidad no cesaban de expandirse, convirtiendo el acontecer de la humanidad en escenario de incesantes rupturas revolucionarias. La historia entera tendía a ser concebida como revolución y esta era interpretada, en su sentido moderno, como un ‘progreso’, un salto cualitativo hacia adelante en el camino de la emancipación y la libertad. Esta era la ilusión de Fichte. Sin embargo, desde la mitad del siglo XX, por decir lo menos, la razón moderna entró en franca decadencia y fue siendo sustituida por lo que se ha dado en llamar la posmodernidad.

Por una parte, la lenta extinción de la influencia política, social y cultural de la Iglesia católica le hizo perder interés y contenido a su adversario inicial, la razón ilustrada. En ausencia de un verdadero poder eclesiástico, la reivindicación de la razón dejó de ser bandera de oposición, liberación y emancipación. Por otra parte ‒y sobre todo‒ los propios fracasos de la razón moderna la hicieron volverse contra sí misma. Fenómenos como el colonialismo, las dos guerras mundiales, el armamentismo y el descalabro de las revoluciones emprendidas en nombre de la razón contribuyeron a su descrédito. 

Para escapar a su total autodestrucción, la razón ha intentado desdoblarse ahora en dos dimensiones: una, instrumental o técnica, positivizada y dominadora, causante de todos los desvíos de la modernidad (‘Teoría crítica’ de la Escuela de Frankfurt), y otra, moral o ‘práctica’, portadora impertérrita de los eternos ideales de libertad e igualdad. Esta sutil peripecia de algunos destacados intelectuales como Jürgen Habermas no ha constituido la expresión teórica de un movimiento cultural y social comparable a los que precedieron y acompañaron a los pensadores de la modernidad. Y no es seguro tampoco que logre ahorrarle a la civilización occidental contemporánea la evasión romántica hacia formas arcaicas de socialización y convivencia como las que se inspiran en comunidades étnicas o en el cínico escepticismo que se expresa en el espíritu ‘avanzado’, posmoderno, individualista y neoliberal.

El ejemplo más dramático de posmodernidad lo han dado, en efecto, las mismas sociedades del antiguo Este socialista, otrora abanderadas fervientes de la razón, la revolución y el progreso. Mientras las revoluciones francesa y soviética se realizaron al conjuro de la libertad y la igualdad, la involución y colapso de los países el antiguo Este socialista ‒ahora, cuando conmemoramos a Mijaíl Gorbachov, recientemente fallecido‒, apuntó y sigue buscando la acumulación y el consumo occidentales como suprema aspiración. La esperanza del consumo ha sustituido el deseo de libertad. Y la agitación que, ya en el siglo XXI, sacude cada vez más al mundo entero, no expresa un vigoroso renacimiento de viejos ideales emancipatorios de la razón moderna sino, más bien, un amargo resentimiento de las mayorías empobrecidas ante el esquivo crecimiento y consumo, del que sí disfrutan algunos empresarios y políticos superpoderosos de hoy, con frecuencia corruptos. 

El fenómeno es universal. En todas partes, la emancipación y la autonomía humanas, que constituían el proyecto moral de la ‘modernidad’, han sido arrasadas. En último término, el ansia de bienestar y consumo devora al sujeto moral. El sujeto moderno, en otros tiempos sepulturero de Dios declarado muerto por Nietzsche, perece ahora a manos de sus propios productos. 

4. A estas alturas podemos incluso preguntarnos si en realidad existió alguna vez en alguna región del mundo aquel sujeto moral autónomo soñado por Kant. Mirando bien las cosas, parece muy posible que nunca haya existido como fenómeno social masivo, ni siquiera en el norte de Europa. El fin de la tutela eclesiástica no trajo jamás la pretendida autonomía y responsabilidad de una razón capaz de garantizar por si misma el orden social. Desde el siglo XVII, la responsabilidad racional del ciudadano moderno ha venido demandando el creciente soporte de la coerción, la autoridad y la fuerza.

En efecto, si miramos la historia moderna y contemporánea podemos concluir que Dios, el cielo y el infierno no fueron eliminados de las sociedades modernas centroeuropeas; fueron más bien suplantados por otras fuerzas materiales e históricas encargadas de imponer nuevas normas y distribuir nuevos premios y castigos. El infierno fue sustituido primero por la Inquisición eclesiástica y luego por las leyes, los tribunales, la policía y las cárceles del Estado moderno y contemporáneo. El cielo, que había encontrado su sucedáneo en las utopías políticas, va siendo desplazado por los halagos del mercado y el consumo cotidiano. Muy a pesar de las ilusiones de muchos, las grandes masas contemporáneas no parecen anhelar tanto su participación democrática en las responsabilidades públicas como la elevación de sus niveles de ingreso y de consumo. Estado y mercado, justicia y consumo han suplido la antigua dialéctica de cielo e infierno. Es de anotar que, en la Colombia de hoy, sí hay un reclamo de participación democrática en la conducción del Estado, sobre todo por parte de los jóvenes. Falta ver cuánto perdura. La situación es más confusa en Chile y Perú y, en general, en el cono sur.

De hecho, pues, la razón moderna se ha mostrado frágil para garantizar por sí sola la convivencia civilizada. Efectivamente se hizo laica, es decir, no religiosa. Pero no ha logrado ser tan autónoma y ‘madura’ que no requiera de autoridad, halago y coerción para realizar sus fines. 

5. En América Latina la situación moral contemporánea es todavía más dramática. Dios, cielo e infierno nunca crearon en el Nuevo Continente una mística colectiva comparable a la de la Europa cristiana de los primeros siglos. La fe, que fortaleció la resistencia de los esclavos a los emperadores romanos, se impuso en América Latina, muchas veces con violencia, como doctrina y rito anquilosado de los invasores. Por otra parte, como sucede también en Europa, en las últimas décadas las fuentes eclesiásticas de autoridad han perdido buena parte de su ya limitada fuerza social. La crisis moral, en especial del clero católico, le ha hecho perder millones de antiguos creyentes. El papa Francisco le ha dado un nuevo estilo más cercano a la gente del común y adelanta una cada día más profunda y audaz democratización de la Iglesia, incluyendo la participación creciente de mujeres en la administración eclesiástica, cuya suerte en el más largo plazo pesará de forma decisiva en el destino de la institución e incluso en la de un mundo que avanza a pasos agigantados en el camino de la ciencia y la tecnología, mientras va de tumbo en tumbo en el terreno de la cultura y la política.

Sin embargo, a pesar de la lenta extinción del poder eclesiástico, este no ha sido reemplazado por la irrupción masiva y entusiasta de una razón moral autónoma, así fuera ilusoria. Tampoco se ha desarrollado un Estado bien constituido, dotado de un sistema jurisdiccional adecuado y eficaz. El consumo, privilegio de las élites, para la mayoría solo constituye una ilusión. En consecuencia, grandes masas desarraigadas de su ética comunitaria y religiosa de origen rural no han encontrado en la ciudad el punto de partida para una nueva moral pública. Más bien avanzamos en la anarquía, el caos y la violencia, sobre todo en Colombia.

6. Si las consideraciones anteriores tienen algún grado de verdad, podemos concluir que el presunto sujeto moral moderno fue más bien un típico ‘fetiche’ intelectual: constituye la fijación mental, universal y eterna del tratado histórico de paz –‘pacto social’‒ en el que, desde mediados del siglo XX, habían desembocado algunas sociedades centroeuropeas tras siglos de terror e inseguridad colectivas. Y solo una consideración abstracta podría atribuirle a una supuesta ‘facultad’ o a una ‘estructura comunicativa del lenguaje’, virtudes y atributos que solo recibió en el seno de una historia concreta y que, con el paso del tiempo, han ido desapareciendo. 

En consecuencia, sin sujeto moral no parece tarea fácil la de construir una moral civil para sociedades en conflicto, y mucho menos una ética que logre hacer de los principios morales abstractos que rigen la conducta individual, costumbres vivas de los pueblos. La ley es hoy: ¡sálvese el que pueda!

Luis Alberto Restrepo M.

Noviembre, 2022

2 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Mientras Juan Pablo II promovía movimientos tradicionalistas y se rodeaba de ellos, la Congregación de la Fe y el CELAM perseguían y silenciaban a destacados teólogos de la liberación latinoamericanos o a serios críticos de los desvíos de la Iglesia, como el brillante teólogo suizo Hans Küng, ya fallecido. 

Obispos como Helder Cámara y Pedro Casaldáliga, o curas como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Jon Sobrino, se convirtieron en blanco de sospechas y terminaron marginados o sancionados. Muchos curas de base y numerosas monjas, sobre todo de América Latina, sintiéndose ignorados o perseguidos por la Iglesia misma, tomaron distancia interior del aparato eclesiástico y se sumaron a la ola revolucionaria y secular en curso. 

Víctimas de la política pontificia fueron, entre muchos otros, el superior general de los jesuitas, el español Pedro Arrupe, y la misma Compañía de Jesús. Al iniciar su pontificado, el nuevo Papa, además de excluir a los jesuitas de su entorno inmediato y suplirlos por miembros del Opus Dei, puso en entredicho al General jesuita y a toda la Compañía de Jesús. 

En 1979, Juan Pablo II citó al Vaticano al incómodo vasco y mantuvo con él una reunión de un día a puerta cerrada, reunión de la que Arrupe nunca dio a conocer ni una sola palabra. Quizás como única respuesta a las presiones papales, al comienzo de 1980, Arrupe quiso renunciar y dio los primeros pasos en ese sentido, pero el Papa insistió en que, antes de su renuncia, Arrupe mismo debía clarificar “ciertas cosas”. 

El nuevo enfoque del trabajo de los jesuitas iba en directa contravía de la concepción que el papa Wojtyła tenía de la Iglesia. Desde entonces la comunicación entre los dos se hizo muy difícil. Un año largo más tarde, el 7 de agosto de 1981, en el aeropuerto de Roma, Arrupe sufrió una repentina trombosis cerebral. La mitad de su cuerpo quedó paralizada y comenzó a perder el habla. El resto de sus días lo pasaría en una silla de ruedas, necesitado de ayuda permanente. Aunque no se pueda probar, muy probablemente el ataque cerebral fue producto de la insoportable presión a la que Wojtyła lo sometió.

Un hecho escandaloso lo confirma. El 6 de octubre de 1981, apenas un mes después de que hubiera sufrido la trombosis, fue a visitarle en la enfermería el cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado. Como regalo, le entregó una carta autógrafa del Papa en la que nombraba al padre Paolo Dezza como delegado personal del Papa al frente de la Compañía de Jesús, con plenos poderes de Superior General de la Orden hasta la convocatoria de una nueva Congregación General. Dezza había sido el candidato de los jesuitas conservadores en la misma Congregación que eligió a Arrupe. Ya mayor y completamente ciego, el italiano era bien conocido en la Compañía por su conservadurismo a ultranza y porque se había convertido en asiduo “corre-ve-y-dile” a la curia vaticana de todos los chismes contra la Orden y contra su General. 

El gesto del Papa era, pues, no solo descortés sino cínico. Su intromisión iba en contravía de las Constituciones y de la tradición secular de la Compañía de Jesús, según las cuales el superior debía ser elegido mediante votación de los delegados de toda la comunidad en una nueva Congregación General. El nombramiento de Dezza como interventor papal fue un insulto para todos los jesuitas en el mundo. Sin embargo, de acuerdo con el cuarto voto de lealtad y obediencia al papa, ninguno protestó. Dos años más tarde, la Congregación General 33, que pudo llevarse por fin a cabo en el otoño de 1983, eligió a un discreto y prudente holandés como nuevo superior general, que mantuvo un bajo perfil para no reavivar las iras del Vaticano. 

El 5 de octubre de 1991, casi diez años después de la trombosis, falleció Arrupe en la curia general de la Compañía. Sus últimas palabras antes de morir fueron: “Por el presente, Amén, y por el futuro, Aleluya”. Los numerosos jesuitas presentes en el sepelio lo despidieron con un inhabitual y prolongado aplauso. Quien debería haber sido proclamado santo por la Iglesia es Arrupe y no Wojtyła, pero la santidad no es en la Iglesia católica un simple título religioso sino también, con mucha frecuencia, una exaltación política. Antes de que se llegue a reconocer el carácter ejemplar de la vida de Arrupe, el Vaticano tendría que haber vuelto a la figura de Jesús de Nazaret. El papa Francisco lo ha intentado con mucho coraje, pero el hecho mismo de ser jesuita le impide corregir ese error en beneficio de quien fuera su superior. 

La Iglesia católica comenzó a rectificar algunos de los inmensos errores cometidos por Juan Pablo II, y por su adlátere, Joseph L. Ratzinger, luego Benedicto XVI. Sin confesarlo abiertamente, ambos pusieron en sordina el Concilio Vaticano II y prefirieron retornar a la hipocresía y la seguridad aparente de la Iglesia constantiniana. Como herencia de sus dos pontificados dejaron a la Iglesia sumida en una profunda crisis de credibilidad y agobiada por los escándalos de curas, obispos y cardenales pedófilos, abusadores de mujeres o ambiciosos y corruptos. 

¡Ironías de la vida! Para que tratara de enderezar esa deplorable situación fue elegido Papa, por primera vez en la historia… un jesuita y, para colmo, también por primera vez, un latinoamericano. Jorge Mario Bergoglio, ahora Francisco, ha estado intentando una reforma evangélica de la Iglesia. Inició la lucha contra la corrupción y comenzó a retomar ‒¡nueva ironía!‒ el camino trazado por Arrupe, con quien el mismo Bergoglio había mantenido discrepancias siendo superior provincial de los jesuitas argentinos y luego obispo y cardenal. Emprendió un camino de humildad y compromiso con los pobres y desheredados del mundo, pero ahora ya no desde la dirección de una mera orden religiosa, sino desde el mismo solio pontificio.

 
Para equilibrar la promoción de Wojtyła y de toda su línea política a los altares, apenas iniciado su pontificado, Bergoglio decidió canonizar a Juan XXIII, el humilde inspirador del Concilio Vaticano II, sin exigir siquiera milagros. Asimismo, reactivó el proceso de beatificación de monseñor Romero, el obispo mártir salvadoreño, ignorado por Juan Pablo II. Y, lo más significativo, Francisco ha multiplicado los gestos de acercamiento prioritario a los más abandonados de la tierra pasando por encima de las diferencias de credo religioso. 

El mensaje es claro. Sin embargo, el camino es largo y lleno de formidables tropiezos. Los imperios siempre se resisten a morir y para ello no paran en medios. Esperemos que Bergoglio quiera y pueda continuar y profundizar su tarea, pero no le será fácil. Antes, la Iglesia católica tendrá que regresar a las catacumbas. Lamentablemente, la salud le está jugando una mala pasada. Una artrosis aguda le ha inmovilizado una pierna, lo ha obligado a desplazarse en silla de ruedas y le ha hecho imposible moverse por el mundo para continuar su importante tarea ecuménica de reunificación de las iglesias y acercamiento a otros tipos de confesiones como el Islam, así como a los no creyentes, sean ateos o indiferentes ante el tema religioso. Para Francisco, todos, incluyendo a los peores criminales, somos hermanos con distintos rostros. 

Tanto en la curia vaticana como en algunas Iglesias como la gringa y la española, el papa cuenta con poderosos opositores que intentan desacreditarlo, descalificarlo y frenar sus reformas. De hecho, han frustrado algunas. Como quiera que sea, parece que su legado pueda ser conservado y prolongado por cardenales de la India, Corea del Sur y Vietnam, donde, según creo, el catolicismo viene extendiéndose con rapidez. De todos modos, a su muerte se suscitará un fuerte conflicto entre las distintas tendencias católicas. El humo blanco tardará en salir de las chimeneas vaticanas. Al Espíritu Santo le tocará revolar para soplar la hoguera.

Si bien me extiendo en estas quisicosas de la Iglesia católica, lo hago entre otras razones porque en el total desconcierto universal sobre el sentido de la vida humana, no son muchas las instancias que puedan ofrecer alguna luz de esperanza y fortalecer a mucha gente para no decaer en la lucha cotidiana. Esto es particularmente cierto en países como Colombia, donde la Iglesia sigue teniendo un gran peso sobre todo en los pueblos. En este sentido, la suerte de un catolicismo renovado tiene un claro alcance político. Finalmente, la Iglesia es la multinacional más antigua, más poderosa y más extendida por todo el mundo. Si bien su poder financiero no es el mayor, sí lo es su influencia cultural y religiosa. Desde mucho antes de Apple, Amazon, Tesla y todos los demás gigantes, la Iglesia católica ya estaba no solo en toda Europa, sino también en China, Japón y Corea. En la isla china de Shangchuan fue a morir Francisco Javier, el santo jesuita, compañero de universidad y amigo de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Aún hoy hay misiones de distintas órdenes religiosas en Japón y Corea.

 
Esta presencia global de la Iglesia católica no deja de tener un significado muy ambiguo. En algunos aspectos abre puertas como ahora –octubre de 2022– en el apoyo a la ‘paz total’ en la Colombia de Petro. Pero así mismo podría revertirse en el recorte de muchas de aquellas justas libertades que en Colombia han obtenido reconocimiento y respeto. A modo de ejemplo, los movimientos provida harán presencia cada día más visible, comenzando por el exembajador en la OEA, Alejandro Ordóñez, hasta el nuevo director de la policía, el general Henry Armando Sanabria. “El nuevo director de la Policía deja muy preocupado al movimiento LGBTIQ+, pues mientras lideró las acciones policiales en Cartagena actuó en orden a sus prejuicios personales, en vez de aplicar los derechos humanos y ser garante de libertades” afirmaba el diario español El País, el 25 de agosto de 2022. 

Sin embargo, la Corporación Caribe Afirmativo, que lleva ya 13 años trabajando en defensa del movimiento, reconoce que el nuevo gobierno ha mostrado su intención de cambio con el nombramiento de la coronel Sandra Mora, que se ha declarado públicamente lesbiana, como la persona a cargo del Fondo Rotatorio de la Policía Nacional, que tiene en sus manos la producción o compras de las armas, uniformes y otros equipos de la Policía. No me adentro en el tema porque tomo las de Villadiego.


Y aquí pongo punto final a estos cuatro artículos. Hasta la próxima amigos, si aún sigo sacudiendo la palestra.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

6 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Mientas el mundo se sacudía, en la Iglesia católica se sentían las réplicas. El concilio Vaticano II, instalado en 1962 por Juan XIII, había sido llevado a buen término en 1965 por Pablo VI y suscitaba en el clero joven muchas esperanzas de renovación y de mayor sintonía con el mundo moderno. En contraste, Juan Pablo II adoptó el gran estilo imperial de una Iglesia neoconstantiniana y centró su pontificado en la lucha político-religiosa contra el comunismo.

Al tratar de poner en práctica el aggiornamento dispuesto por el concilio Vaticano II, el papa Montini (1963-1978) tuvo que hacer maromas entre una corriente deseosa de poner en marcha la ‘actualización’ de la Iglesia y otra, muy conservadora y poderosa, incrustada en todas las instancias del Vaticano y opuesta al espíritu del Concilio. 

Resultado y símbolo dramático de esta sorda lucha fue el sospechoso destino de Albino Luciani, Juan Pablo I (26 de agosto-28 de septiembre de 1978). Antes de empezar a hablar por primera vez desde el balcón vaticano, ‘el Papa de la sonrisa’ ya se había ganado a la multitud y en particular a la prensa con su simpatía y sencillez. Abandonó el plural mayestático y utilizó el ‘yo’, aunque sus ayudantes volvieron al plural (‘nos’) en la edición de sus discursos. Contra su deseo, se vio obligado a utilizar la silla gestatoria, pero rechazó la coronación y la tiara papal en la ceremonia de entronización y optó más bien por una simple misa de inauguración. 

Alcanzó a lanzar algunas iniciativas sociales como la devolución del 1 % de los ingresos de todas las iglesias nacionales a las iglesias del Tercer Mundo. La clarificación de las cuentas vaticanas era una de sus prioridades. Y ya desde antes, siendo patriarca de Venecia, había mantenido desavenencias con el arzobispo norteamericano Marcinkus, responsable por entonces de la turbia administración vaticana. 

Albino Luciani, elegido sucesor de Pablo VI en el cónclave más corto del siglo XX, solo alcanzó a ocupar el cargo durante 33 días. El 28 de septiembre de 1978 fue encontrado muerto en su habitación. Su fallecimiento no ha sido esclarecido aún. Luciani había sido elegido para solucionar la pugna entre los candidatos de las dos corrientes opuestas y es posible que haya muerto víctima de ese mismo conflicto, por causas naturales o por manos criminales. 

Como quiera que sea, la reacción de los más tradicionalistas le abrió paso a la elección de una personalidad totalmente opuesta, la de Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II (16 de octubre de 1978-abril 2 de 2005). No le falta cierta razón al escritor pastuso Evelio Rosero cuando, con un énfasis muy colombiano, respondió en una entrevista: “El papa Juan Pablo II (…) no investigó la muerte de Luciani. Complació a la curia, echó tierra a la verdad y la escondió con su escoba debajo de una alfombra del Vaticano”*. 

En agudo contraste con su simpático y modesto antecesor, el imponente Wojtyła adoptó el gran estilo imperial de una Iglesia neoconstantiniana y centró su pontificado en la lucha político-religiosa contra el comunismo y la real o supuesta expansión del marxismo en Iberoamérica. De hecho, jugó un papel importante en la caída del régimen en Polonia, su tierra natal, y emprendió el combate contra la teología de la liberación en América Latina, apoyándose en quien sería su sucesor, Joseph Ratzinger ‒después Benedicto XVI‒, así como en Alfonso López Trujillo, secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) desde 1972 hasta 1984. 

En agosto de 1968, siendo aún papa Pablo VI, los obispos de América Latina habían celebrado en Medellín la segunda conferencia del CELAM con el propósito de aplicar los principios del Concilio a la realidad continental. De esa conferencia surgió la famosa “opción preferencial” de la Iglesia latinoamericana por los pobres, en la que se apoyarían los teólogos de la liberación. Desde la secretaría del Consejo, López Trujillo emprendió la persecución de todos los curas y obispos radicales y organizó incluso una nueva conferencia del CELAM en 1979, en Puebla, México, destinada a limar los colmillos de los documentos emanados de Medellín. 

A la par con su activismo político externo, Juan Pablo II impulsó un fuerte cambio de dirección y de guardia en el seno de la Iglesia. Promovió al Opus Dei y a un gran número de nuevos movimientos católicos, marcadamente conservadores, mientras perseguía sin cuartel a los obispos, curas y congregaciones más comprometidas con los pobres. 

El Opus había sido fundado en 1928 por el cura español Josemaría Escrivá de Balaguer, canonizado por Juan Pablo II. El movimiento busca un objetivo razonable y valioso: sacar los ideales cristianos de los conventos y llevarlos a la vida ordinaria del católico común. Sin embargo, su noción de ‘santidad’ es marcadamente conservadora. En su mayoría, sus miembros son fieles custodios de la disciplina y el orden, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Gracias a la pertinencia actual de su objetivo, pero en parte también al apoyo papal, el Opus experimentó un vertiginoso desarrollo. En 2012, contaba con 2051 sacerdotes en el mundo y un total de 89.909 miembros. 55 % de ellos eran mujeres y cerca de 90 % vivían en Europa y América. 

Los nuevos movimientos católicos, espiritualistas y conservadores, son miles. El apoyo del Vaticano a unos pocos quedó ‘oficializado’ en el Congreso Internacional de los Movimientos Eclesiales, celebrado en Roma en mayo de 1998. El Papa se reunió en público con líderes de siete de ellos, escogidos “en virtud de su extensión y representatividad universal”.

Absorbido por su activismo político-religioso y empeñado en preservar una falsa imagen de la Iglesia, durante el pontificado de Juan Pablo II prosperó la pederastia entre el clero católico. El caso más notorio fue el del cura mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, quien –según confesión de su propio movimiento– tuvo tres hijos de dos mujeres, abusó sexualmente de seminaristas y otros jóvenes, se aprovechó de su autoridad y de los bienes de la comunidad, consumía abundantes medicamentos adictivos y presentó como propios escritos de terceros. A pesar de las acusaciones de pederastia en contra de Maciel, Juan Pablo II lo protegió. Los Legionarios de Cristo y su institución Regnum Christi contaban con 67.000 miembros laicos, 893 sacerdotes y 2371 seminaristas. La organización era propietaria de 15 universidades alrededor del mundo y 172 colegios con 122.000 estudiantes. 

Durante tres años la congregación fue sometida por el Vaticano a una profunda revisión y el papa Francisco decidió su futuro. Difícil arbitraje, que terminó por una aprobación condicionada.

https://www.elcolombiano.com/historico/evelio_rosero_el_descreido-MWEC_280682

Luis Alberto Restrepo

Octubre, 2022

1 comentario
1 Linkedin
Download PDF

Desde los años ochenta, los grandes ‘capos’ de la droga se abrieron paso en la economía, la sociedad y la política, a punta de ‘plata y plomo’ –soborno y bala–, generando de ese modo el más radical y perdurable cambio de valores y costumbres en la sociedad y el Estado colombianos. 

Colombia había sido una nación encerrada en sí misma, conservadora, pacata en sus costumbres, pero estructurada por ciertos valores religiosos y políticos, así no fueran los mejores. Con la expansión del narcotráfico, el país comenzó a transformarse en una sociedad mafiosa regida por la ley del dinero rápido a cualquier costo y mundialmente marcada por una oscura reputación. Hoy, avanzado el siglo XXI, esa ‘sociedad sombra’ sigue rigiendo buena parte de los destinos nacionales, aunque haya aprendido a mimetizarse de mil maneras. Nutre ampliamente la economía ilegal y la legal y se ha infiltrado directa o indirectamente en todos los campos: la política, las distintas ramas del poder público, la justicia, la empresa privada. Ha logrado incluso a trastocar y confundir la lógica del conflicto armado interno que, de ser una lucha entre insurgentes y contrainsurgentes, pasó a convertirse en buena medida en una competencia violenta entre poderosos grupos armados por el control de cultivos, laboratorios, cargamentos y rutas. De esa competición no escapan siquiera importantes sectores de los aparatos armados del Estado. Solo algunos políticos y economistas siguen empeñados en ignorarlo… o en encubrirlo.

Esos dos tipos de cáncer nacional ‒guerrilla y narcotráfico‒, seguidos luego por los grupos de autodefensa y paramilitares, no pelecharon en los años 70 por azar. Sus semillas fueron sembradas en el país por las agudas frustraciones políticas que padecieron amplios sectores campesinos y de clases medias bajas de las grandes ciudades. Vale la pena traer a la memoria esos hechos, que modelaron el escenario social y político en el que comencé a actuar y que contribuyeron a formar mi visión del país.

Guerrillas, narcotráfico y paramilitares 

En 1968, el presidente Carlos Lleras Restrepo había retomado la vieja idea de Alfonso López Pumarejo, de realizar una reforma agraria. Logró la aprobación de la Ley 1ª de ese año, puso en marcha el programa y creó la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) como fuerza social de apoyo a la reforma. En un escrito que se encontraba en la web (NB: en 2022 ya desapareció), Apolinar Díaz Callejas, militante y dirigente por entonces de la izquierda liberal, cuenta una anécdota que ilustra la clarividencia de Lleras. El presidente lo convocó a su despacho para ofrecerle la gobernación del recién creado departamento de Sucre, y al momento de despedirse le dijo: “Piénselo bien, si no hacemos la reforma agraria en Colombia nos lleva el Diablo (…)”. La reforma agraria no se pudo hacer, y el Diablo nos llevó.

Entre 1971 y 1972, el gobierno conservador de Misael Pastrana Borrero, con el apoyo de los jefes liberales Alfonso López Michelsen y Julio César Turbay Ayala, canceló la reforma agraria iniciada por Lleras. Con el auspicio gubernamental, el 9 de enero de 1972, los partidos tradicionales y los grandes propietarios de la tierra ‒ganaderos, bananeros y arroceros‒, firmaron el llamado Pacto de Chicoral. El acuerdo enterró la redistribución de la propiedad rural, aceleró su concentración y condujo a la expulsión de campesinos y comunidades indígenas y negras de sus territorios. Los latifundistas contrataron a muchos de ellos como trabajadores que, al mismo tiempo, podían cultivar una pequeña parcela (‘aparceros’) para su mantenimiento y el de sus familias, y los convirtieron en rebaños de electores cautivos. 

Al mismo tiempo, para debilitar a la ANUC creada por Lleras, el gobierno de Pastrana creó una rama oficialista de la Asociación (‘línea Armenia’), mientras la organización originaria (‘línea Sincelejo’) continuaba su lucha, desde entonces en franca oposición al gobierno. Los dos presidentes posteriores, los mismos López Michelsen (1974-1978) y Turbay Ayala (1978-1982), ambos liberales, mantendrían las iniciativas del conservador Pastrana. Y así, de la mano de ‘Satanás’ –como acertadamente denominaba el sacrificado exministro Rodrigo Lara Bonilla a López Michelsen‒, ¡nos llevó el Diablo!

Dicho sea de paso, López fue en mi opinión uno de los dirigentes más infaustos que tuvo Colombia en el siglo XX. Para muchos opinadores y políticos del país, se trataba de un brillante intelectual y un estadista que “ponía a pensar a Colombia”. Yo diría más bien que era un entretenido contertulio con boutades* y afirmaciones desconcertantes. 

Creó y dirigió el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), al que luego traicionó para convertirse en candidato oficial del partido liberal. Frustrados, muchos de los jóvenes que lo habían seguido se fueron al monte con el ELN. López le bloqueó el camino a la reforma agraria y a su clarividente promotor, Lleras Restrepo. Con el programa de Desarrollo Rural Integrado (DRI) propició el latifundismo y por esa vía contribuyó a amarrarnos al siglo XIX; impulsó el clientelismo y la corrupción turbayista del Estado y de los electores; abrió una ‘ventanilla siniestra’ en el Banco de la República, que propició el incipiente lavado de activos ilegales derivados de la marihuana.

En 1974, Lleras Restrepo quiso postularse por segunda vez como candidato del partido liberal a la presidencia, pero se estrelló de nuevo con la funesta alianza de López y Turbay. López fue el escogido y resultó elegido presidente (1974-1978). Muchos viejos campesinos y obreros liberales le dieron su voto con la ilusión de que su gobierno, como el de su padre, promovería serias reformas sociales, pero muy pronto vieron frustradas sus esperanzas. El desengaño desembocó, el 14 de septiembre en 1977, en la mayor protesta urbana del siglo XX en Colombia, apenas superada por la revuelta que siguió al asesinato de Gaitán. Al final de su gobierno, López fue despedido en el estadio de Bogotá con una poderosa silbatina del público bogotano. 

En 1978, Lleras insistió por tercera vez en ser el candidato del partido pero, gracias al apoyo de López, el escogido fue Turbay. El aparato clientelista impulsado por los terratenientes se disparó entonces a todo vapor para las elecciones y Turbay fue elegido presidente (1978-1982). Para hacer frente a la inconformidad popular y a la beligerancia urbana del M-19, Turbay cedió a las presiones del ejército, impuso el llamado Estatuto de Seguridad (versión criolla de la Seguridad Nacional gringa) y le dio vía libre a una vasta represión de la que muchos inocentes resultarían víctimas.

Durante esos tres gobiernos ‒uno conservador y dos liberales‒, la expansión del latifundio y la consiguiente dispersión y desempleo del campesinado se convirtieron en el terreno abonado para el brote y la multiplicación feraz, por un lado, de las guerrillas y, por el otro, del narcotráfico y el paramilitarismo. Esta tenebrosa combinación de grupos armados y narcotráfico contribuyó además al desplazamiento forzado y a la emigración de nacionales, que en los años siguientes alcanzó cifras sin precedentes a escala nacional. 

­­­­­­­­­­­­­­­________________

* Intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

0 comentario
0 Linkedin
Download PDF

El espíritu hedonista, libertario e individualista del movimiento estudiantil de mayo de 1968 había comenzado a poner radicalmente en cuestión la política, la cultura, la moral y las costumbres de la época. 

El movimiento estudiantil de 1968 sacudió las raíces de la modernidad occidental. O mejor, la modernidad llegaba a su plenitud y dejaba al descubierto sus raíces autodestructivas. La democracia moderna comenzaba a marchar con dificultad, embarazada como estaba del anarquismo liberal que lleva en las entrañas desde sus orígenes en el siglo XVIII. Las ideologías y los grandes proyectos políticos colectivos caían a pedazos. Individuos y ‘minorías’ comenzaban a enarbolar cada uno sus propios derechos y a protestar por fuera de los partidos, haciendo más compleja y difícil la famosa gobernabilidad. La liberación sexual era la punta de lanza de todas las libertades individuales. En palabras del inolvidable Gabo, 

“el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles comenzaron a cantar. Todo cambió entonces, los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar”. 

La escena internacional invitaba a la rebeldía contra las instituciones. La prepotente U.S. Army se veía cada día más acorralada en Vietnam por un hormiguero de implacables insectos orientales, mientras la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ‒de árabes en su mayoría‒ elevaba el precio del crudo y generaba una aguda crisis energética en los países industrializados. 

América Latina no escapaba a los remezones y sacudimientos. El modelo económico instaurado en la región después de la Segunda Guerra Mundial –por el cual numerosos artículos antes importados se sustituían por productos nacionales–, generaba todavía ilusiones de un crecimiento más autónomo, pero sus corrientes profundas arrastraban silenciosamente al continente hacia el abismo. Era un crecimiento ‘al debe’, a crédito, insostenible. 

A fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, el modelo derivó hacia la azarosa crisis de la deuda externa iniciada en México y saltó en pedazos ante el rápido desbarajuste de las economías. Colombia escapó parcialmente de la crisis de la deuda por la puerta de atrás, gracias en buena medida a otro mal mayor: los dineros del narcotráfico, aunque esto no haya sido casi nunca reconocido en toda su dimensión por los políticos ni por los economistas. 

Un buen reflejo del desasosiego continental fue el auge de los movimientos guerrilleros. Se extendía el descontento popular. Las guerrillas se multiplicaban a la sombra de Cuba, del Che Guevara, de la revolución china, de la expansión comunista en el Tercer Mundo. En 1961, se había creado en Nicaragua el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que, en 1979, convertido en Movimiento Sandinista de Liberación Nacional (MSLN), conquistaría el poder; en Guatemala, operaba la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG); desde fines de los años sesenta, los peruanos se estremecían cada mañana con la escena macabra de los perros que amanecían colgando de las lámparas públicas de Lima, degollados por Sendero Luminoso; en Argentina, dos organizaciones guerrilleras de clases medias –los muy católicos Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)– asombraban al continente con sus golpes de novela policíaca; en Chile, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) –formado en 1965 y desarticulado tras el golpe militar de 1973–, volvió a la lucha armada contra la dictadura y después de la caída de Pinochet se transformó en el grupo político que existió por largo tiempo; en Uruguay, a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, el Movimiento de Liberación Nacional (MLN)-Tupamaros, desplegó su acción armada; en 1973, sus integrantes fueron encarcelados o se exiliaron y, en 1985, se transformaron en el grupo político que hoy gobierna en ese pequeño y pacífico país; de allí salió el inolvidable Mujica.

Durante los primeros años de la década, se formó en México la Liga Comunista 23 de Septiembre, el único movimiento guerrillero totalmente urbano con presencia en grandes ciudades, como Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México; en la década anterior habían actuado en Venezuela las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), oficialmente disueltas en febrero de 1969. En suma, el continente ardía, se extendía el humo por todos los rincones y parecía que solo hiciera falta un poco de brisa para que se encendiera el bosque. La revolución estaba a la vuelta de la esquina. Era un destino.

En Colombia, la década había comenzado mal. En las reñidas elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970, la Alianza Nacional Popular (ANAPO), fundada en 1962 por el exdictador Gustavo Rojas Pinilla, había obtenido un elevado número de votos. Hasta la medianoche, los escrutinios le daban la ventaja a Rojas frente al candidato del Frente Nacional, el conservador Misael Pastrana Borrero. En los sectores dominantes crecían el nerviosismo y la expectativa. Yo me encontraba en Bélgica y cuando fui a votar a la embajada, un funcionario exclamó en voz alta para que todos lo oyéramos: “no hay problema, si gana Rojas, las ‘gentes de bien’ (!) no permitiremos que se posesione”. Esa siguió siendo la consigna de las oligarquías nacionales hasta no hace mucho tiempo, aunque cada vez más interferida por la opinión pública. En vista de que los escrutinios comenzaban a dar una importante ventaja a Rojas, el presidente Carlos Lleras Restrepo ordenó suspender las transmisiones, y a la mañana siguiente amaneció como ganador el eternamente sonriente candidato oficialista Misael Pastrana Borrero. De inmediato, en Nariño se formularon denuncias de fraude y cundió la agitación e inconformidad en las huestes anapistas. 

Aduciendo fraude electoral, tres años más tarde, de los representantes del ala socialista de la ANAPO y del vientre del partido comunista colombiano surgieron los dirigentes del ‘Movimiento 19 de abril’ (M-19). El 17 de enero de 1974 se lanzaron a la arena pública con el espectacular robo de la espada del Libertador que reposaba en la Quinta de Bolívar, que hace poco más de un mes fue objeto de disputa entre el presidente saliente, Iván Duque, y el entrante, Gustavo Petro. La espada reposa ahora en una urna de vidrio reforzado a la vista del pueblo colombiano. En las paredes el M-19 dejó marcada su consigna: “Con el pueblo, con las armas, al poder”. Desde entonces y hasta mediados de los años ochenta, este grupo supo captar vastas simpatías entre intelectuales, comunicadores, clases medias y gente del pueblo. 

Diez años antes, en 1964, habían nacido en Colombia otras dos guerrillas: las FARC y el ELN, las primeras orientadas inicialmente por el partido comunista colombiano y su visión prosoviética, y el segundo inspirado en el modelo ‘foquista’ de la revolución cubana. Sin embargo, una y otra permanecían enquistadas por entonces en remotas y desconocidas zonas rurales. Pocos años después se había conformado el EPL, de inspiración maoísta, así como otros grupos menores. Mientras las dos primeras organizaciones se fortalecieron con el tiempo, los demás grupos han desaparecido casi por completo, incluido el M-19, algunos de cuyos militantes todavía enarbolan sus banderas en las manifestaciones populares, sobre todo ahora, en el gobierno de Petro. 

Forzados por las importantes y numerosas bajas producidas por el Ejército, las Farc-EP terminaron negociando la paz en 2016. Ni el segundo gobierno de Juan Manuel Santos (2014-2018), que desde la presidencia promovió y firmó la paz, ni el de Iván Duque (2018-2022), que hizo todo lo posible por desconocerla, cumplieron debidamente el pacto. Con todo, la mayor parte de los dirigentes de las Farc, y casi todos sus militantes de base, unos 13.000, han permanecido fieles al compromiso, a pesar de los continuos atentados y asesinatos de los que han sido víctimas los combatientes.

Sin embargo, la vida nacional de esos años, vista en perspectiva, no giró en torno al conflicto armado y su espectacular irrupción en las ciudades. Entre tanto, en silencio y bajo tierra, extendía sus tentáculos el verdadero eje de una Colombia totalmente trastocada y desconocida: el narcotráfico. El muy rentable negocio ilegal perforaba como los topos todo el subsuelo de la vida nacional. Aflojaba y removía la tierra bajo nuestros pies y su demoledora incidencia no era inicialmente reconocida por destacados académicos colombianos. No captaban todavía las verdaderas dimensiones del fenómeno y la nefasta influencia que –bajo las absurdas condiciones impuestas por Washington– ese tráfico comenzaba a ejercer en la vida nacional. 

El reconocimiento tardó muchos años. Demasiados. Y solo ahora se empieza a examinar con timidez y vacilaciones el fracaso de las políticas que convirtieron esa maligna anomalía en el más poderoso y destructivo árbitro del destino nacional y regional. Petro está ensayando otra política con su ‘paz total’ y hasta ahora ha ido avanzando lentamente con Washington.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Los jóvenes de hoy, y talvez algunos no tan jóvenes, quizá no recuerden los acontecimientos libertarios de esa época que, por un largo período, transformaron el mundo, y que ahora, fuera de los que acontece en América Latina, vive una profunda reacción conservadora, autoritaria y con frecuencia dictatorial.

En el mes de mayo de 1968, de la ciudad alemana de Frankfurt a.M. partió un movimiento intelectual y social que marcaría el fin de la modernidad, una larga época histórica en Occidente, y el inicio de su larga decadencia ‒denominada por el francés Jean-François Lyotard ‘postmodernidad’‒, en la que aún estamos embarcados. 

Todos los días se sucedían nuevos acontecimientos en Frankfurt y en otras ciudades de la Alemania occidental de entonces. Las manifestaciones estudiantiles se multiplicaban, grupos de jóvenes armaban discusiones en tranvías, calles y plazas de las que fui testigo en algunas ocasiones; los debates y las críticas a la sociedad capitalista se filtraban en los bastiones de la prensa y eran ampliamente recogidos en la importante revista semanal Der Spiegel (El Espejo).

Ese vasto movimiento había encontrado su legitimación y su cauce ideológico en la llamada Teoría Crítica. Desde 1931, en el Instituto para la Investigación Social vinculado a la Universidad de Frankfurt, había comenzado a desarrollarse lo que se denominaría más tarde la ‘Escuela de Frankfurt’, cuyos miembros más conocidos fueron Max Horkheimer, Theodor W. Adorno y Herbert Marcuse. Junto con otros destacados colegas, estos tres investigadores se propusieron elaborar una teoría que permitiera comprender la evolución de la sociedad capitalista de los países avanzados. 

Según la Escuela, las profecías centrales de Marx no habían funcionado. El acelerado desarrollo de los ‘medios de producción’ no había agudizado las contradicciones entre capitalistas y trabajadores, ni había conducido a la revolución. Más bien, toda la sociedad –incluyendo a los trabajadores mismos– había quedado atrapada en una poderosa maquinaria social cuya única finalidad era la de garantizar, por una parte, el consumo embrutecedor a las masas y, por otra, la ganancia de grandes empresas transnacionales. Los ciudadanos, presuntamente libres, se habían convertido en meras piezas de la maquinaria. Y el precio que había que pagar era exorbitante. La vida individual y social había perdido sus objetivos profundos como la amistad, el conocimiento, la alegría de vivir, entre otros, y la naturaleza estaba pagando un alto precio.

Ante las clases sociales educadas el tipo de vida actual se presentaba ataviado con el ropaje seductor del progreso científico y técnico. En el siglo XVIII, los filósofos europeos de la Ilustración habían anunciado una pronta liberación de los seres humanos gracias a la ciencia, frente a la esclavitud impuesta por las leyes de la naturaleza; y en el XIX, habían prometido incluso su emancipación frente a la dominación de unos por otros, pero el resultado había sido más bien el contrario: los extraordinarios avances de la ciencia y la técnica las habían convertido en el único tipo de racionalidad socialmente aceptado y las habían transformado en la justificación tácita de un estilo de vida esclavizante y sin sentido  que, además, destruye nuestro entorno natural. A este tipo de racionalidad los autores de la Escuela la denominan ‘razón instrumental’, a la que le contraponen una ‘razón crítica’, que buscaría develar los mecanismos contemporáneos de dominación social.

Si el avance científico y técnico ilusionaba a las clases altas, los medios de comunicación ‒y en primer lugar la televisión‒ se habían convertido en una industria promotora de la nueva cultura encargada de distraer a las masas y de imponerles cada día nuevas ‘necesidades’ inútiles a través de la publicidad. Basta ver en la actualidad cualquier noticiero. La mujer es el perchero de la mayor parte de la publicidad: cremas para la piel, humidificantes, exfoliantes, etc., etc. Para los varones, perfumes y líquidos contra el sudor.

En 1968, el movimiento alemán de protesta estudiantil contra la sociedad capitalista se desplazó a Francia y, como según Hegel, “los franceses tienen la cabeza caliente”, durante los meses de mayo y junio se desató en el país galo y especialmente en París una cadena de protestas multitudinarias contra el imponente, poderoso y dictatorial general Charles de Gaulle. A las movilizaciones iniciadas por grupos estudiantiles se unieron obreros industriales, sindicatos y el Partido Comunista francés.

La protesta se vinculó, además, con el movimiento hippie, y de ese concubinato brotó la gozosa consigna que marcaría el espíritu de una generación e incluso el de toda la cultura occidental contemporánea: “Haz el amor y no la guerra”. La magnitud del fenómeno puso contra las cuerdas al gobierno del presidente, quien llegó a temer una insurrección revolucionaria. El grueso de las protestas finalizó cuando el De Gaulle anunció las elecciones anticipadas, que tuvieron lugar a fines de junio. 

La ola se extendió por el mundo. Sucesos parecidos se reprodujeron en Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, la antigua Checoslovaquia y Ecuador, y luego retornaron a la República Federal Alemana, para solo nombrar los casos más destacados. En Der Spiegel yo seguía con creciente interés el movimiento y los debates planteados por los líderes estudiantiles de Alemania, Alfred Willi Rudolf “Rudi” Dutschke y Daniel Cohn-Bendit.

El autor que alcanzó mayor influencia fue Herbert Marcuse. Miembro de la Escuela desde 1933, tras el ascenso de Hitler al poder, Marcuse se exilió a Estados Unidos y se radicó allí de manera permanente. El filósofo introdujo elementos de Freud en la teoría crítica de la Escuela. Para él, la razón crítica debía liberar de nuevo la fuerza creativa de Eros, ‘principio de placer’ reprimido por el ‘principio de realidad’, derivado de Thanatos

Esta perspectiva le dio al movimiento de mayo del 68 una dimensión erótica que, conjugada con el movimiento hippie, le abrió el camino a la liberación de la sexualidad frente a las normas establecidas. Las faldas femeninas comenzaron a trepar pierna arriba con rapidez, el cuerpo de la mujer empezó a exhibirse casi sin tapujos en el cine (aunque se ocultaba todavía el triángulo de las Bermudas) y las carteleras competían en el afán por desvestirlo. Incluso, un día cualquiera un grupo de muchachos y muchachas ‘hicieron el amor’ a pleno día en la calle, frente al cementerio de Frankfurt, como si el amor se pudiera ‘hacer’ y deshacer tan fácilmente.

A partir de mayo de 1968 se derrumbaron en Occidente las grandes utopías colectivas que, desde el siglo XVIII, habían guiado las luchas sociales y políticas de la modernidad. En su lugar se entronizaron los derechos de las llamadas ‘minorías’ y, en última instancia, los del individuo (el “libre desarrollo de la personalidad” del izquierdista radical Carlos Gaviria). La democracia liberal, como gobierno de las mayorías, comenzaba así a disolverse en su fundamento originario: el presunto valor absoluto de la libertad y la ‘felicidad’ individuales, entronizando un hedonismo que hoy corroe la cultura occidental moderna y presagia su fin. 

De hecho, la natalidad de los europeos se ha reducido drásticamente, la población envejece y va siendo sustituida por una avalancha de poblaciones de Asia, África y América Latina, que se multiplican sin freno en una especie de silenciosa guerra demográfica. Algo similar sucede en Estados Unidos, invadido sobre todo por amplios sectores de población mexicana, centroamericana y ahora también venezolana y colombiana. Una erosión parecida padeció, quince siglos atrás, el poderoso y vasto imperio romano, hasta quedar convertido en una inmensa arena de bandidos, asesinos y ladrones de alta y baja ralea, que abrió las puertas a la caótica y peligrosa Alta Edad Media. Toda aquella agitación era el primer esbozo de procesos históricos de trascendencia universal, pero a mí se me escapaba en buena medida su significado profundo.

Los remedos de socialismo que en la actualidad se desarrollan en América Latina, aunque representan una búsqueda legítima de alternativas a la penetración acelerada de la ‘razón instrumental’ controlada por las grandes transnacionales y las potencias económicas de hoy, tienden a transformarse más bien en una triste repetición menor de pasadas tragedias convertidas en comedias.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

4 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

Continuando con nuestra tarde de poetas, hemos decidido abrir estas tardes a las expresiones poéticas de los miembros de nuestro grupo con recuerdos imborrables de inspiraciones de mucho tiempo atrás o de recientes creaciones. Las compartimos orgullosos con nuestros lectores.

Temblor 

– ¿Tiemblas?… 

– Sí… de temor, no de frío. 

Entonces, sonrío, 

pues a quien tiembla de frío 

lo ha besado ya la muerte; 

pero el temor de la muerte 

¿no es tu vida, corazón?… 

No temblarás cuando mueras, 

y si vives: ¿por qué tiemblas? 

Santa Rosa de Viterbo, 1958 

Mi guitarra trovadora 

Quise cantarte unas coplas, 

más la guitarra, Señora, 

mi guitarra trovadora… 

¿Para qué voy a contártelo? 

Ya lo sabes tú, Señora. 

mi pobre guitarra vieja, 

mírala allí, 

empolvada, 

en el rincón de mi alcoba. 

¿Te acuerdas cuando las notas 

vibraban limpias, sonoras, 

en los nervios de sus cuerdas, 

… cuando en las noches oscuras, 

sin estrellas ni luceros, 

rasgueaba yo mis penas 

en sus cuerdas, con mis dedos? 

¡Mi guitarra trovadora!… 

mírala: 

sola, 

desvencijada, 

rota, 

se envejece allí, olvidada, 

en el rincón de mi alcoba. 

Hazme un favor, Señora: 

llévala tú al mayoral. 

Dile que ajuste su caja: 

le faltan algunas cuerdas 

y otras están destempladas. 

Dile que le ponga nuevas… 

otras que canten como estas… 

y que vuelva él a mi estancia 

para que cante con ella 

cuando escancien los luceros, 

las estrellas y la luna, 

sus blancos rayos de plata 

por los oscuros senderos. 

Mas, óyeme, espera un poco: 

¡y si él no accede a mis ruegos, 

… pues, que se quede con ella! 

(Versos a la Virgen en el mes de mayo) 

Santa Rosa de Viterbo, 31 mayo de 1958.

Luis Alberto Restrepo

2 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Continuando con nuestra tarde de poetas, hemos decidido abrir estas tardes a las expresiones poéticas de los miembros de nuestro grupo con recuerdos imborrables de inspiraciones de mucho tiempo atrás o de recientes creaciones. Las compartimos orgullosos con nuestros lectores.

Mayo

Los meses vienen tan pronto… 

tan pronto como se van. 

Ayer, albores de mayo, 

hoy mayo se aleja ya. 

……. 

Virgencita: 

solo un mes guardo en el alma… 

jamás lo podré olvidar: 

¿Recuerdas cuando un pequeño 

rezaba al pie de tu altar? 

Yo sí me acuerdo, Señora… 

Era mayo, 

¿cómo me habré de olvidar? 

Virgencita: 

¿por qué mayo no se olvida 

también como los demás? 

…….. 

De nuevo corren los días 

al mar de la eternidad, 

pero han dejado una estela 

que nunca se borrará. 

Este año no volvió el niño 

con su rosario al altar, 

ni hubo estrellitas y flores 

en el cielo artificial. 

Fueron distintas las flores, 

Pero fueron de verdad, 

Porque las flores del alma 

Son flores de santidad. 

Ya no hubo altar. Corazones, 

ardiendo en amor filial, 

te sirvieron, Virgencita, 

de sencillo pedestal. 

Rosario de corazones 

unidos al ideal, 

en vez del viejo rosario 

transparente y de cristal. 

……… 

Mayo ha vuelto ya otra página 

en un libro sin final; 

la letra es tuya, Señora, 

el libro, la santidad. 

(Versos a la Virgen en el mes de mayo, a mis 19 años) 

31 de mayo de l957

Luis Alberto Restrepo

0 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Terminar este extenso ensayo, que ya ha comprendido 11 textos, amerita varias conclusiones, que aparecen en este artículo, el cual cierra una visión hasta cierto punto novedosa y discutible sobre el papel de la Iglesia católica en la historia de Colombia.

Conclusiones

1. Clerocracias y democraduras en América Latina

Desalojada la Corona española de América Latina, las instituciones democráticas se implantaron en el continente hispanoamericano cuando el sujeto social que debía darles contenido real era todavía inexistente. Por ello, desde sus orígenes se las combinó con las dos formas básicas del absolutismo premoderno: el autoritarismo cultural del clero y el autoritarismo coercitivo del Estado. A estos dos estilos de autoritarismo, conjugados con las normas e instituciones democráticas, se los denominó clerocracias y democraduras.

2. La clerocracia en Colombia

Con el respaldo de la Constitución de 1886 y el Concordato de 1887, la Iglesia católica implantó en el país una cultura antimoderna, dogmática y autoritaria, reacia a toda crítica y disidencia. Esta cultura marcó a los partidos políticos, hasta el punto de convertirlos en sectas seudorreligiosas, clericales o anticlericales. Así como la Iglesia garantizó hasta mediados del siglo XX la cohesión social de la nación y la estabilidad de las instituciones, se convirtió también en fuente de periódicas explosiones de violencia interpartidista y de posteriores reconciliaciones. Su dialéctica religioso-política de mutuo rechazo y reconciliación se agotó finalmente en La Violencia y el Frente Nacional. 

3. Instauración de la democradura en Colombia

Para sustituir el vacío cultural dejado por la quiebra de la clerocracia, el Frente Nacional no desarrolló una nueva cultura política basada en ideas y valores de carácter moderno. Más bien, instauró una forma mitigada de democradura. Puso en funcionamiento un sistema político basado en el clientelismo corrupto, la repartición burocrática del poder y la coerción militar. 

4. La democracia posible

La nueva Constitución de 1991 señala caminos de una democracia posible, pero sus buenos propósitos se enfrentan a retos difíciles. Los militares conservan aún su lugar central en el régimen gracias sobre todo a la perduración de guerrillas y disidencias de las exFarc, de grupos paramilitares y de organizaciones armadas criminales (GAO), que tienden a transformarse en formas estables de vida, y debido también y quizás sobre todo a los oscuros intereses de empresarios, terratenientes y gobernantes que las promueven o amparan. 

A la inercia de ese conflicto se suma el poder ascendente del narcotráfico que, con sus hábitos de ilegalidad, violencia y corrupción, viene incidiendo cada vez más en las costumbres políticas de los colombianos. Esperamos que, a partir de 2022, el nuevo gobierno, que trata de romper hasta cierto punto con las tradiciones políticas nacionales, tenga éxito en sus esfuerzos por crear y consolidar una democracia mucho más real.

5. La Iglesia católica hoy

Ya desde el Concilio Vaticano II, la elección de Pedro Arrupe como superior de los jesuitas y la elección posterior del papa Francisco, la Iglesia católica se ha transformado radicalmente y hoy es el más sólido soporte de la paz y la democracia. Sin embargo, no sabemos qué haya de seguir después de Francisco. Fuertes corrientes conservadoras, sobre todo norteamericanas, podrían intentar una recuperación del antiguo poder imperial de la Iglesia, aunque chocarían quizás, no solo con nuevos candidatos latinoamericanos, sino también con indios y coreanos, donde la Iglesia ha avanzado bastante.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Solo hay un factor que apunta con algún grado de certidumbre que Colombia va hacia una cultura política democrática, que no es una vigencia de nuevas ideas, valores y comportamientos, sino el total agotamiento de las formas que habían encauzado hasta ahora la actividad social y política de los colombianos.

IV. Gérmenes de una nueva cultura política

1. ¿Hacia una nueva cultura política?

El único factor que nos indica con alguna certeza que Colombia se encuentra en un tránsito hacia una cultura política democrática, distinta al autoritarismo tradicional o al sistema clientelista-utilitario implantado por el Frente Nacional, no es una clara vigencia de nuevas ideas, valores y comportamientos, sino el total agotamiento de las formas que habían encauzado hasta ahora la actividad social y política de los colombianos. Este es, a mi juicio, el único argumento convincente. Esa falta de aliento democrático pone a los colombianos ante la alternativa de cambio o barbarie. El presidente Petro le está apostando al gigantesco reto del cambio. Por el bien de Colombia me parece indispensable que tenga éxito, así sea parcial. El reto es enorme y tiene enemigos muy poderosos, comenzando por sus propios planes demasiado ambiciosos, algunos de los cuales suenan a utopía.

Ante todo, es claro que la cultura colombiana en general y, en particular, la cultura política, se han secularizado definitivamente. Además, la secularización de Colombia quedó consagrada en la nueva Constitución de 1991. Ningún otro actor tradicional ‒ni los partidos, ni los militares, ni los gremios‒ perdió tanto terreno en la nueva Constitución como la Iglesia católica. Del proemio de la Carta se suprimió el nombre de Dios para reivindicar en su lugar la soberanía del pueblo; Colombia se reconoció como nación pluricultural; se aceptó la libertad religiosa y de cultos; la Iglesia dejó de ser considerada como fundamento del orden social. En este campo, la Carta fundamental no hizo sino consagrar procesos sociales y políticos ya cumplidos de tiempo atrás en amplios y poderosos círculos el país.

Esto no quiere decir que la Iglesia católica haya dejado de ser una institución importante en la vida nacional. A pesar de su pérdida de poder político e influencia social, sigue siendo la institución de interés público más orgánica de Colombia, tanto en su funcionamiento interno como en sus nexos culturales y morales con la sociedad. Las élites laicas del país, sean económicas, políticas o militares, están muy lejos de emular el grado de cohesión, penetración social y eficacia operativa de la Iglesia colombiana. Ahora, cuando animada de manera constante desde el Vaticano y la Nunciatura, se preocupa menos por sus propios problemas y más por los de todos los colombianos, en especial por la paz, los obispos y el clero ‒con muy pocas excepciones‒ están jugando un papel significativo en la paz y la reconstrucción nacional. Pero ya no busca adquirir poder, sino servir*.

Si la clerocracia desapareció para siempre de los círculos de poder, tampoco es posible la restauración completa de la alianza burocrático-militar, la democratura. Instaurada por el Frente Nacional, su poder, sin embargo, podría prolongarse a término indefinido si no avanzaran alternativas creíbles, como las que promete Petro. Los numerosos y pequeños partidos y movimientos están en crisis. El abandono del serio debate político y el omnipresente clientelismo han dado de tiempo atrás rienda suelta a las ambiciones personales y la corrupción, que no cesan de generar divisiones internas. Ahora amenazan incluso al Pacto Histórico, que avanza por aguas pantanosas. Espero que no se ahogue. Las actuales circunstancias internacionales no les facilitan a las dos grandes vertientes de todo pensamiento político, una liberal y la otra conservadora, la tarea de redefinir su identidad: los conservadores del mundo son hoy los más acérrimos neoliberales, razón por la cual muchos liberales son en realidad conservadores, o viceversa. Esta confusión se refleja hoy en casi todos los partidos, los políticos y los gobernantes de Colombia. Sin embargo, las alternativas apenas comienzan a surgir.

Así, pues, militares y policías continúan siendo el último recurso para la estabilidad de todos los gobiernos. Los gobernantes civiles se han sentido hasta ahora obligados a “cogerle el paso” a los militares. Solo si el nuevo gobierno logra la paz completa y el desarme de todos los grupos armados ilegales como lo anuncia, será posible desarrollar una democracia más real e incluyente. En esa eventualidad se abriría paso un profundo replanteamiento de la función militar y del concepto tradicional de Seguridad fundado en las armas, para construir una Seguridad Humana, que incluya en primer lugar la presencia integral del Estado en los territorios y el bienestar social de las mayorías. Sin embargo, esta noble aspiración tiene visos de utopía. 

Tanto el agotamiento de los antiguos mecanismos de funcionamiento político como el surgimiento aún vacilante de nuevas instituciones constituyen, sin duda, indicios de una transición hacia nueva cultura política, que ya no puede ser sino de carácter moderno y democrático. Con todo, estos gérmenes enfrentan tres obstáculos considerables.

2. Obstáculos a la democracia en Colombia

El primer tropiezo para el desarrollo de una cultura democrática en Colombia proviene de la persistencia de guerrillas y de la transformación que han sufrido las que continúan en la lucha: el ELN, las disidencias de las exFARC y un pequeño reducto del EPL en el Catatumbo. En los últimos años estas estructuras se han fortalecido económicamente en virtud del secuestro, la extorsión y el narcotráfico, y esto les ha permitido adquirir armas más modernas y reclutar jóvenes marginados o de clases medias, que carecen de ideales políticos, pero encuentran en la guerra un empleo remunerado, sentido de pertenencia a un colectivo poderoso y un cierto poder personal. La guerra se torna entonces para ellos más estimulante y mucho más rentable que la paz. A estas organizaciones se les suman, como ya dije, numerosos y diversos grupos paramilitares y criminales. El clima de guerra y el enquistamiento o la descomposición de una guerrilla enriquecida han llevado también al fortalecimiento de unas Fuerzas Armadas que, con el auspicio de empresarios, funcionarios y gobiernos, vienen ejerciendo con frecuencia una violencia desproporcionada e ilegal y conspiran contra la gestación de una cultura democrática que pondría en cuestión su papel actual y sus grandes privilegios. Sin embargo, no pretendo desconocer que muchos de ellos asumen graves riesgos, exponen y pierden fácilmente la vida. 

El segundo gran obstáculo para un tránsito hacia una democracia más efectiva es el narcotráfico. Hasta ahora se ha hablado sobre todo de sus efectos inmediatos: el impacto económico y su aporte al clima de violencia en el país. Los ingresos que genera ese tipo de contrabando han contribuido a mantener cierto crecimiento económico en Colombia. Ahora, cuando el crecimiento se encuentra gravemente amenazado por un altísimo déficit fiscal del Estado, un fuerte desequilibrio en el comercio internacional y una creciente inflación nacional que se suma a la inflación importada por las medidas tardías que han tomado la FED y también el Banco de la República, tampoco parece que se hayan ponderado suficientemente los efectos políticos y culturales de esa situación, previsibles en el mediano y largo plazo. 

En la medida en que la economía legal cae en barrena crecerán la influencia y el poder de los narcotraficantes. Los narcos colombianos han aprendido a mimetizarse y están presentes entre empresarios, dirigentes políticos y autoridades como forma de irradiación espontánea de su poder económico y como condición para protegerse a sí mismos y sus negocios. El fenómeno es urbano y rural, pero resulta particularmente perceptible en provincia y en el ámbito local y regional. Desde ese punto de vista, la descentralización y democratización del Estado, aunque no carezcan de potencialidades democráticas, han ofrecido también los escenarios más propicios para el desarrollo silencioso del poder político del narcotráfico. De tal manera que, si durante el Frente Nacional surgió una clase política que ejercía el poder en su propio beneficio, más recientemente se ha gestado una nueva élite puesta directamente al servicio de sus mecenas, los narcotraficantes. Más que el testaferrato económico, Colombia padece un testaferrato político.

Como quiera que sea, es indudable que los narcotraficantes han impuesto sus patrones culturales a las nuevas generaciones: enriquecimiento rápido, alto consumo sin demasiada ostentación, corrupción y, en casos extremos, violencia como método de resolución de conflictos. El tradicional santanderismo o el nuñizmo de los colombianos tendrá que retorcerse si se propone continuar encubriendo esta nueva dosis de barbarie que amenaza gravemente el desarrollo de una cultura democrática.

Finalmente, todos los obstáculos anteriores, aunque graves, no lo serían tanto si Colombia contara con una nueva élite dirigente sólidamente formada en los principios democráticos y con un medio cultural que le fuera favorable. En el país parece estar irrumpiendo una cultura democrática, aunque todavía es precaria y superficial. Es importante contribuir a su consolidación.

3. Cambio en la Iglesia

Con todo, en esta historia se impone un paréntesis. Hay que reconocer que, ya desde comienzos de los años 60, la Iglesia católica comenzó un importante proceso de apertura a la modernidad. El 25 de enero de 1959, el papa Juan XXIII anunció la celebración del Concilio Vaticano II. Sin embargo, “el papa bueno” falleció un año después (1963). Las otras tres etapas fueron convocadas y presididas por su sucesor, el papa hamletiano Pablo VI, hasta su clausura en diciembre de 1965. 

En 1968, se realizó en Medellín la Segunda Conferencia del Episcopado de América Latina (CELAM), que buscó aplicar al continente las determinaciones del Concilio Vaticano II. En esa reunión los obispos reconocieron que la Iglesia como institución había estado vinculada a las clases dirigentes de la época, desconociendo la “violencia institucionalizada” e ignorando a la gran cantidad de latinoamericanos pobres. De aquí surgió la bien conocida “opción preferencial (de la Iglesia) por los pobres”, contra la cual se levantaría luego, en la reunión del CELAM en Puebla (México, 1979) el oscuro cardenal Alfonso López Trujillo con el apoyo del mismo papa Juan Pablo II, que pretendía mantener el mismo modelo de Iglesia medieval que gobernaba el mundo. Con sus contemporáneos, Reagan y Tatcher, padres del neoliberalismo, el Papa inhibió todos los intentos de reacción en contra del sistema vigente, acusándolos de marxistas y comunistas

Además, en 1965, había sido elegido el padre Pedro Arrupe, S.J., como superior General de los jesuitas. Lo primero que hizo Arrupe fue convocar a todos los superiores provinciales de América Latina a una reunión de un mes en Rio de Janeiro, asamblea dirigida por un psicólogo, y el mensaje que les transmitió el General fue ‒palabras más, palabras menos‒ el siguiente: “Durante siglos, los jesuitas hemos querido formar a las élites para que, desde la fe, transformaran sus sociedades. Entre tanto, dejamos de lado a los pobres. Pues nos hemos equivocado radicalmente. Las élites se engolosinaron con el poder y se olvidaron de su gente. Ahora debemos dar un giro de 180 grados a nuestro trabajo, y dedicarnos a formar, ante todo, a los pobres y olvidados”. 

El nuevo rumbo de los jesuitas tuvo amplia influencia en numerosas comunidades religiosas femeninas y masculinas, y también en los obispos que luego se reunieron en Medellín. 

Trece años después, en 1978, accedió a la sede pontificia el arzobispo de Cracovia, Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II. De inmediato, el papa polaco frenó en seco a Arrupe, lo encerró con él durante tres días y lo presionó de tal manera para que le diera contraorden a todos los jesuitas del mundo, que Arrupe padeció un derrame cerebral y quedó en silla de ruedas, casi sin habla. El Papa sacó a la mayor parte de los jesuitas del Vaticano y los humilló de muchas maneras. 

Wojtyła falleció en 2005. Ironías de la vida: ocho años más tarde, en marzo de 2013, otro jesuita ‒por lo demás latinoamericano (argentino) ‒, Jorge Mario Bergoglio, fue elegido papa (marzo de 2013-…) y adoptó el nombre Francisco I en memoria del santo de Asís. Ya desde el Vaticano, Francisco profundizó el cambio y sigue reformando sustancialmente la herencia colonial. 

Esperemos que su legado perdure más allá de su fallecimiento. 

_____________________

* Aunque esta nota no hace parte del ensayo, me parece oportuno aclarar mi relación ambivalente con el cristianismo y en especial con la Iglesia. Aprecio la figura de Jesús de Nazaret (como también la de Buda Gautama), los evangelios ‒a pesar de que los leo muy rara vez‒ y recuerdo con alguna frecuencia sus sabias sentencias. Pero no me gusta para nada el Cristo que se inventó Pablo y ratificó Constantino I con el Concilio de Nicea. De ahí en adelante, la Iglesia perdió su rumbo. Nada que ver con Jesús, el fiel judío y carpintero de Nazaret. Por fin, el papa Francisco ha seguido desandando el camino de la Iglesia hacia su origen. Me parece un proceso que, si perdura, a mediano y largo plazo tendrá una enorme incidencia en Colombia y en otras partes del mundo. Con todo, no ignoro que la ciencia derribó desde hace tiempos todo el edificio dogmático. Ya ni siquiera merece revisión. Por eso, simplemente creo en La Vida, en esa misteriosa energía que desde nuestro interior impulsa La Vida, aunque no sepamos qué es ni para dónde va. Parece más bien una energía loca, desatada, pero quién sabe las que se trae. A veces da vueltas inesperadas.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

5 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Una vez consumado el papel mediador para recomponer el poder oligárquico, a los militares se les confió la tarea que cumplió antes la Iglesia católica, pero con su propia y muy distinta visión de país y sus peculiares métodos de fuerza. En adelante, los militares se convertirían en los garantes de la integración nacional.

11. Articulación subordinada de militares e Iglesia

Una vez cumplido el papel de mediadores para la recomposición del poder oligárquico, a los militares se les confió la tarea que antes cumplía la Iglesia católica, aunque, desde luego, con su propia y muy diferente visión de país y sus peculiares métodos de fuerza. En adelante, los militares se convertirían en los garantes de la integración nacional, ya no por el consenso horizontal de una sociedad sociológicamente católica, sino por la fuerza vertical de las armas sobre una sociedad cada día más heterogénea y, hasta hace poco, más bien desvalida. Los militares y una policía militarizada pasaron a mirar a la sociedad civil ‒en particular a los más pobres y a la clase media baja‒, no como ciudadanos con derechos, sino como virtuales “enemigos internos”, tanto del Estado como de la misma fuerza pública. Del autoritarismo cultural del clero, Colombia pasó, pues, a la otra cara del absolutismo: al autoritarismo estatal ejercido por élites políticas que han instrumentalizado la fuerza pública. Las recientes movilizaciones y paros de más de un mes han puesto de manifiesto a una sociedad que ya no se somete tan fácilmente.

Sentadas las bases de la pacificación de los dos partidos tradicionales gracias al Frente Nacional, las élites políticas se desentendieron en buena medida de la inconformidad social para confiársela, como problema de “orden público”, a la represión policiva y militar. Rígida división del trabajo establecida por Lleras Camargo, que tuvo sus virtudes, pero también enormes falencias. Por lo menos hasta 2002, sustrajo a los militares de la política, de modo que ante los distintos partidos y opciones políticas ‒en principio‒ se mantuviesen neutrales pero, al mismo tiempo, hizo que los civiles se desentendiesen del Ejército y sus distintas fuerzas, abandonando además la preocupación y el esfuerzo por elaborar una verdadera estrategia político-militar de largo plazo.

En el nuevo contexto nacional, entre obispos y altos mandos militares surgió entonces una cierta convergencia ideológica. Si se comparan las cartas episcopales de los años 60 y 70 con las declaraciones y escritos de altos mandos militares se percibe en ellas una creciente coincidencia de perspectivas y, a veces, casi una copia. La prédica anticomunista de la jerarquía y de los capellanes militares de la Brigada en Bogotá fue particularmente bien acogida por los militares. Sumado el nacionalismo inherente a la función de todos los Ejércitos del mundo, los sermones y exhortaciones de obispos y capellanes militares se convirtieron por esos años en la principal fuente de su motivación para la defensa de las instituciones. A la hora de la verdad, al menos hasta mediados de los años ochenta del siglo pasado, talvez más que en teorías importadas de Seguridad Nacional, que tuvieron sin duda influencia, es en este tipo de convicciones y sentimientos tradicionales de los militares colombianos donde posiblemente haya que buscar la inspiración de su lucha antisubversiva. Desde entonces los mueve un anticomunismo puro y duro, sumado con frecuencia al auspicio que les prestan algunos gobernantes, así como a los intereses oscuros y bastante extendidos de algunos de sus mandos. A la par con el anticomunismo, fue creciendo en obispos y mandos militares la desafección por una clase política incapaz y corrupta, así como el anhelo de un orden coercitivo y de cierto cambio social. Jerarquía y cúpulas castrenses fueron construyéndose una especie de limbo político desde el cual defendían instituciones democráticas sin sujeto.

El control del orden público asignado a los militares por el Frente Nacional se vio también aparentemente justificado desde los años 60 por la oleada revolucionaria de América Latina y por la expansión de las concepciones norteamericanas de Seguridad Nacional, propias de la Guerra Fría, relativamente adaptadas a las condiciones del país. De conformidad con las concepciones difundidas después de la Segunda Guerra Mundial en todo el Tercer Mundo, los ejércitos debían reorientar sus esfuerzos a la lucha contra el “enemigo interno”: el comunismo internacional. En consecuencia, en América Latina, policías y militares se vieron convertidos en una especie de policía política. Formados para la guerra, su actividad represiva y violenta se fue extendiendo en contra de las más diversas formas de organización, movilización y protesta popular. Así, la Guerra Fría resultó enormemente funcional a las necesidades del bipartidismo colombiano en el poder. Otro tanto podemos decir del fervor de izquierda o incluso guerrillero en una porción reducida de la juventud en esa época.

12. La generación de los años 60 y 70

Las décadas de los 60 y 70 les ofrecían a las jóvenes generaciones una excepcional oportunidad histórica. La dialéctica religioso-política, que le había dado vigencia a los partidos tradicionales durante más de un siglo, se encontraba agotada; en su reemplazo, liberales y conservadores habían establecido un pacto de dudosa legitimidad democrática; pronto había comenzado a manifestarse el deterioro ético y político del contubernio bipartidista y su deriva hacia un vulgar clientelismo corrupto. 

Nuevos sujetos sociales ‒como sindicatos, juntas de acción comunal, movimiento estudiantil‒ presionaban con paros regionales y nacionales por una mayor democracia. Se hacía entonces urgente asentar la nación sobre nuevos fundamentos éticos y políticos, ahora sí, de carácter laico, moderno y democrático. Sin embargo, la aparición de guerrillas revolucionarias (FARC, ELN, EPL y otros grupos menores) a mediados de los 60, condujeron a la sociedad civil emergente a una especie de callejón sin salida. Las guerrillas, aisladas en selvas lejanas y en regiones de compleja geografía, no preocupaban a los centros del poder nacional y fueron entrando a formar parte natural del paisaje nacional, pero los gobiernos y la fuerza militar encontraron en su existencia el mejor argumento para consolidar regímenes represivos y corruptos, que bloqueaban a los movimientos sociales. La sociedad civil entró en una parálisis que duró hasta poco después de los acuerdos de La Habana y la desmovilización de las FARC. 

Conviene añadir que la actividad guerrillera en su conjunto fue ‒y en mucho menor medida lo sigue siendo con el ELN y las disidencias‒ uno de los más sólidos y constantes soportes políticos del régimen clientelista instalado en el poder desde el Frente Nacional y del papel fuertemente coercitivo que este le confirió a las fuerzas militares y de policía. La lucha armada ha servido, además, como el mejor pretexto de los dirigentes políticos para criminalizar toda forma de organización y protesta popular y para abandonar, en manos de la policía y los militares, el manejo de un mal definido problema de “orden público”. Con tal que el Estado frene a las guerrillas, parte importante de la sociedad colombiana ‒no solo las élites, sino también las clases medias e incluso sectores pobres‒ le han dado su respaldo electoral al clientelismo y han impulsado o se han resignado al fortalecimiento del aparato militar. Así pues, a la par con el clientelismo y el narcotráfico, la guerrilla ha sido el tapón de la democratización en Colombia y el mayor estímulo para el desarrollo de una derecha recalcitrante, digna sucesora de Laureano Gómez y de otros bien conocidos dirigentes de la actualidad. 

La contradictoria alianza bipartidista (fragmentada luego en pequeños movimientos y seudopartidos), el aparato militar y la lucha guerrillera fueron el pilar esencial del régimen político establecido en Colombia desde el Frente Nacional hasta 1991 e incluso hasta hoy. Los tres se realimentaron incesantemente e, incluso, siguen haciéndolo. Tanto la concepción estadounidense de Seguridad Nacional como la efervescencia revolucionaria y de izquierda de los años 60 y 70 le vinieron, pues, como anillo al dedo, al régimen bipartidista y a la fuerza pública, necesitados de legitimación. 

13. Resultados globales del Frente Nacional

El resultado político global del Frente Nacional fue, pues, como ya señalamos, el debilitamiento del Estado. De un orden social y político cimentado en la hegemonía cultural del catolicismo se hizo tránsito a un Estado precario, ausente de la mitad del país, pero sostenido por la maquinaria de clientelas políticas corruptas y la incierta fortaleza de las Fuerzas Armadas, cada vez más erosionadas por la corrupción y la ilegalidad, lo que no excluye en modo alguno la existencia de militares y policías heroicos que exponen su vida en defensa de los colombianos. Las élites políticas y empresariales pusieron una confianza creciente en las medidas de fuerza, ahorrándose casi siempre los costos políticos y económicos de una mayor democratización; los militares y una policía militarizada hallaron en el orden público su razón de ser; a unos y otros se los preparaba y se los sigue preparando para la guerra. Se impuso en el país un círculo vicioso: las organizaciones guerrilleras le daban argumentos a la represión oficial, y en los excesos de esta encontraron el mejor argumento a su favor. La actual violencia generalizada, confusa y dispersa ‒próxima a la anarquía‒ se deriva, en buena medida, de esa dialéctica clientelista-militar instaurada por el Frente Nacional.

La consecuencia quizás más importante del Frente Nacional fue su impacto en la sociedad misma. Tanto el régimen bipartidista como sus enemigos propiciaron la disolución de los principios en los que se había basado hasta entonces la convivencia social sin que, entre tanto, se gestaran otros nuevos. Los códigos morales de la Iglesia católica perdieron vigencia. Aunque el bipartidismo enarbolaba la defensa de la democracia, no lo hacía de manera creíble: centraba sus preocupaciones en la defensa de sus privilegios económicos y burocráticos y no tenía reparo en violar los principios y derechos fundamentales que decía defender. Sustituyó las convicciones partidarias por el frío utilitarismo clientelista, sinónimo de corrupción. En la medida en que se fueron disolviendo los códigos normativos, la violencia se apoderó de las relaciones sociales. Por fortuna, hoy la mayor parte de la juventud parece estar reclamando la construcción de una verdadera democracia. El resultado de las recientes elecciones así lo demuestra, aunque casi medio país de adultos o de viejos (“adultos mayores”), aún se resiste.

En suma, aunque el Frente Nacional superó la violenta crisis final del orden antiguo, contribuyó a gestar otra nueva, todavía más honda: la corrupción se desbordó y le abrió el camino a la violencia política, el terrorismo y el narcotráfico, el cual acabó de difundirse por todos los circuitos de la vida nacional. Parte importante de las élites, incluso en altos niveles empresariales, políticos, gubernamentales, policivos y militares, se benefician hoy, directa o indirectamente, de los recursos de la droga que han aprendido a mimetizar. En esta crisis nos encontramos.

14. Bases de una nueva cultura política y sus obstáculos (1991)

No resulta fácil fijar el término real del régimen político implantado por el Frente Nacional y determinar el punto de partida de una nueva época. Formalmente, el Frente Nacional concluyó en 1974 por disposición constitucional. Pero, como sucede con frecuencia en la historia, el pacto bipartidista alcanzó su más perfecta realización después de concluido, en el gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978-1982), aupado por su antecesor, Alfonso López Michelsen (1974-1978).

López hizo abrir la “ventana siniestra” en el Banco de la República para recibir y legitimar los dineros de la marihuana sin necesidad de declarar su origen, opción que luego se iría transvasando a todas las drogas, ya no por la famosa ventana sino por los muy diversos canales del establecimiento. Durante el gobierno de Turbay llegaron a su apogeo la distribución burocrática del poder entre los dos partidos, las maquinarias clientelistas y la ciega alianza de la clase política con las fuerzas militares en contra de los sectores sociales subalternos. Turbay le entregó el gobierno al general Camacho Leyva y a las fuerzas militares. Este clímax del clientelismo bipartidista y su descrédito nacional e internacional abrieron las puertas a su franca descomposición. 

Algunos de los gobiernos posteriores trataron de superar la crisis rompiendo con determinados elementos del régimen, pero se vieron obligados a apoyarse en otros para poder gobernar. Finalmente, los intentos de modernización han sucumbido a los intereses creados, la interesada inercia de políticos y gobernantes, y la aparente ausencia de alternativas. Adoptamos aquí la Constitución del 91 como punto de inflexión histórica, aunque desde su promulgación, esta ha sido reiteradamente reformada y deformada. Solo ahora, en 2022, el nuevo presidente electo promete rescatarla y cumplirla a cabalidad. Esperamos que así suceda.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

1 comentario
1 Linkedin
Download PDF

La violencia se ha reiterado en el título de este extenso ensayo, que ya va más allá de la mitad. El siguiente texto entra de lleno en La Violencia (con mayúscula) que llevó a su consumación el orden establecido por la Regeneración y la tradicional dialéctica colombiana de enfrentamiento y reconciliación entre conservadores y liberales.

8. La Violencia, consumación de la Regeneración

Gaitán fue asesinado el 9 de abril de 1948. Su inesperada muerte dio rienda suelta a conflictos largamente postergados. La ira del pueblo contra la oligarquía, alimentada por Gaitán, se dirigió contra los jefes del orden oligárquico y sus símbolos: fue atacado el Palacio donde residía el presidente Ospina (1946-1950); periódicos y residencias de notables conservadores y de algunos liberales, templos e imágenes sagradas, fueron asediados y algunos fueron destruidos. Las masas enfurecidas arrasaron e incendiaron barrios enteros de la antigua Bogotá. 

El imperturbable Ospina respondió a la turba enfurecida y ebria con una masacre indiscriminada. Los dirigentes liberales se dividieron: un sector entró a participar en el gobierno, con el propósito de garantizar la estabilidad institucional, mientras el otro auspiciaba la conformación de guerrillas liberales y comunistas. Gracias a la división de los enardecidos gaitanistas, las élites liberales recuperaron el control de sus dos vertientes: la antioligárquica del primer Gaitán y la oficialista del segundo, cuando se convirtió en jefe del directorio Liberal. La reacción del pueblo se combinó con un violento y último enfrentamiento entre liberales y conservadores. Además, en ese conflicto se anudaron pasiones religioso-políticas y conflicto de intereses de terratenientes que aprovecharon el caos para incrementar sus propiedades, como lo analizan muy bien Gonzalo Sánchez y Donny Maertens. A partir de entonces, se desató una violencia sanguinaria que duraría por lo menos hasta 1953. 

En La Violencia, con mayúsculas (1948-1953), llegó a su consumación el orden establecido por la Regeneración y la tradicional dialéctica colombiana de enfrentamiento y reconciliación entre conservadores y liberales. La cifra de sus víctimas, que oscila entre 200.000 y 400.000 muertos, constituyó su holocausto final. La salvaje brutalidad desplegada en las masacres desbordó con mucho los imperativos de la guerra y revistió, más bien, el carácter cuasirreligioso de un sacrificio expiatorio o de una retaliación absoluta entre el bien y el mal. Revelaba, de este modo, la quintaesencia religiosa de la lucha entre los partidos. La Violencia y sus increíbles excesos, que amenazaban la estabilidad institucional, la agotaron como recurso para la relación entre los partidos. No era posible seguirla utilizando por más tiempo. Había que buscar caminos de reconciliación.

En 1950, triunfó Laureano Gómez con una escasa votación frente a un partido liberal disminuido y en desbandada. A la vez que acentuaba la violencia oficial contra liberales y comunistas, Gómez pretendió ‒como ya sugerí‒ implantar un régimen de cristiandad que reviviera, tardíamente, el espíritu católico de la Contrarreforma y la Regeneración. Sin embargo, la descomposición de la guerrilla en bandidaje y su parcial transformación en lucha campesina contra el poder terrateniente condujo al comandante de las Fuerzas Armadas, general Gustavo Rojas Pinilla, a deponer a Gómez mediante el golpe militar de 1953 y a buscar la “pacificación” del país a sangre y fuego. Los obispos, el alto clero y los conservadores ospinistas saludaron el golpe, aunque luego, cuando Rojas comenzó a matar estudiantes y obreros, manifestando a la vez su propósito de permanecer en el poder, lo declararon dictador. Masivas y continuas protestas ‒animadas además por una parte del clero‒ lo obligaron a renunciar y fue reemplazado por una Junta de cinco altos mandos militares que le darían paso a un arreglo entre los dirigentes políticos de los dos partidos tradicionales.

El orden establecido por la Regeneración y su dinámica de enfrentamiento y reconciliación, que ya describí, permiten comprender la coexistencia de estabilidad institucional y crónica violencia interpartidista, que sacudió a Colombia desde el siglo XIX hasta 1953 e incluso más allá. El mutuo respaldo entre Iglesia y Estado perduraría con altibajos incluso después de concluido el monopolio conservador del poder y condicionaría, en adelante, la cultura y el régimen político colombianos, por lo menos hasta mediados del Frente Nacional (1958-1974). Incluso el partido Liberal y hasta los mismos comunistas terminarían amoldándose a las pautas de comportamiento definidas por la cultura de la Regeneración. Tan profundas raíces echó el pacto entre Iglesia y Estado en la nación que ‒a pesar de sus numerosas reformas‒ le dio vigencia al espíritu de la Constitución de 1886 durante más de un siglo, hasta 1991. 

Más que Bolívar o Santander, fue esta alianza entre Iglesia y partido Conservador, impulsada por el cartagenero Núñez, la que marcó la cultura política colombiana. Como ya expresé, no tanto el “santanderismo” sino el “nuñizmo” católico ofrece la clave para descifrar la índole de las élites colombianas y su estilo de conducción política.

Para poner fin a una Violencia que se tornaba amenazante, las élites de los partidos tradicionales comenzaron a buscar su reconciliación definitiva. 

9. Mediación militar para la reconciliación bipartidista (1953-1991)

Tras la Junta militar, los jefes de los dos partidos, el conservador Laureano Gómez y el liberal Alberto Lleras, lanzaron el Frente Nacional (1958-1974), que consagró como norma constitucional el monopolio bipartidista del poder que duraría, formalmente, 16 años y, en la realidad, algo menos de 30, hasta la nueva Constitución de 1991, cuando ya los dos partidos tradicionales habían desaparecido y se habían subdividido en numerosos y pequeños grupos, de intereses con frecuencia oscuros, que reclamaban para sí el nombre de “partidos”. Esa mutante carioquinesis política de partidos y movimientos sigue avanzando sin cesar.

De este modo, la antigua y fanática cultura política reacia a la modernidad, que sin embargo estaba basada convicciones y valores, fue reemplazada por empresas electoreras que intercambiaban plata, tejas de zinc, almuerzos y traslados a pie de urna, por votos ya marcados y controlados; para ello contaban además con el apoyo de la fuerza pública ‒prácticas a la vez clientelares y coercitivas, a las que solo por analogía podríamos asignarles el nombre de cultura política‒. La agotada clerocracia colombiana le cedió entonces el paso a la democradura, editada en su original formato civil. 

Si damos una mirada muy general a los gobiernos militares de los años 50 y a los gobiernos civiles del Frente Nacional podemos decir que sus numerosas diferencias constituyen apenas distintos énfasis dentro de un largo período de transición burocrático-militar, que va desde el agotamiento y la quiebra del antiguo orden clerical de la Regeneración, producidos por La Violencia (1953), hasta la implosión final de la democradura, que dio lugar a una nueva Constitución (1991), totalmente opuesta a la de 1886.

10. La alianza bipartidista y la Iglesia

Los efectos del Frente Nacional fueron múltiples, inesperados y, a mi juicio, no suficientemente analizados. Subrayo tres que contribuyeron de modo particular a vaciar de contenido la tradicional cultura política y a debilitar, de paso, la legitimidad del Estado. El pacto bipartidista no solamente selló la paz entre liberales y conservadores como se suele repetir, sino que, de paso, suprimió también sus diferencias y los vació de contenido, socavando su arraigo en el sentimiento y la pasión popular. Mucha gente comenzó a mirar a los partidos como simples maquinarias electoreras de políticos corruptos. En segundo término, el Frente Nacional abandonó parcialmente los intentos modernizadores emprendidos por “la revolución en marcha” del primer López Pumarejo, y convirtió al Estado en simple botín burocrático de los dirigentes políticos y sus clientelas. Finalmente, el Frente Nacional trajo consigo una consecuencia habitualmente ignorada: una forzada secularización de la actividad política y, en consecuencia, la pérdida del antiguo principio seudorreligioso de identidad nacional, cohesión social y legitimación política. 

En la Regeneración, la Iglesia había desempeñado un lugar central. Constituía el núcleo legitimador del régimen político y la instancia integradora de la cultura y la sociedad nacionales. El pacto bipartidista la desalojó de su lugar de privilegio. Ante todo, eliminó su arbitraje entre los partidos y una parte significativa de su influencia en el manejo del poder. Liberales y conservadores aprendieron a perpetuarse en el gobierno prescindiendo de la Iglesia y sin recurrir casi nunca a los encontrados sentimientos religiosos del pueblo colombiano. El Frente Nacional introdujo, pues, una secularización desde arriba que le sobrevino repentinamente a una sociedad arcaica, no preparada para asumir la política con criterios modernos.

A esta súbita desacralización de la política se sumó luego la secularización inducida por la rápida y desordenada “modernización” de la sociedad colombiana. La violencia en el campo, sumada al desarrollo industrial de la ciudad que demandaba mano de obra, aceleró el éxodo campesino, el proceso de urbanización y la rápida pérdida de los valores rurales de carácter comunitario. De contera, podemos añadir que la inmigración campesina amontonó inorgánicamente en torno a las ciudades las llamadas “clases populares”, potencial sujeto de una verdadera democracia o carne de cañón de un clientelismo demagógico y finalmente autoritario, apoyado por la coerción de la fuerza pública.

La alianza bipartidista tuvo también altos costos internos para la Iglesia. Al perder su exclusiva referencia al partido Conservador, la Iglesia dejó de constituir un bloque políticamente unificado. Fueron apareciendo en ella divisiones políticas que contribuyeron a restarle cohesión, fuerza y credibilidad. Comenzando por Camilo Torres, algunos sacerdotes, religiosas y laicos se acercaron al ELN de la época. Y esas actitudes contestatarias reforzaron a su vez en los obispos, durante los años 70 y 80, la postura defensiva y francamente reaccionaria que les era habitual. El resultado fue la fragmentación y polarización de la Iglesia. 

Por la brecha abierta en la unidad y el poder de la Iglesia católica penetraron en Colombia otras confesiones e iglesias cristianas, numerosas sectas, innumerables creencias e increencias y ritos de toda naturaleza. El papel de cohesión cultural que desempeñaba el catolicismo se debilitó sustancialmente y, en su lugar, encontramos hoy una extendida atomización de la antigua consciencia religioso-política nacional. Hasta hace poco perduraba, sin embargo, en la cultura colombiana su antiguo talante católico, es decir, dogmático y autoritario, sobre todo en las élites de Antioquia, del eje cafetero, el Tolima y el Huila, así como también en los Santanderes y el Cauca. 

En suma, la Iglesia católica dejó de ser el “fundamento del orden social” colombiano sin que su papel de cohesión cultural fuera sustituido por una racionalidad política moderna ni por una élite dispuesta a desarrollarla. Su desdibujamiento fue dejando tras de sí un enorme vacío de valores y normas compartidas, y un notorio déficit de legitimación del régimen político. En suma, legó división, caos y virtual anarquía. En reemplazo de la Iglesia, el Frente Nacional desarrolló una formidable maquinaria bipartidista de legitimación electoral a punta de compra de votos y, en su respaldo, acudió a la coerción policiva y militar. La fuerza pública adquirió entonces la importancia y el peso que no había tenido hasta ese momento y que se incrementaría de manera alarmante desde fines del siglo XX y primeras décadas del XXI.

Al mismo tiempo, desde mediados de los 50 se multiplicaron los centros educativos de orientación laica y tuvieron un notable desarrollo los medios de comunicación masiva, como la radio, la televisión y el cine, con lo cual el monopolio cultural ejercido desde el púlpito, la cátedra y el confesionario se vio rápidamente barrido por una intensa competencia multicéntrica y una cotidiana penetración doméstica de nuevas informaciones y opiniones plurales. 

Ni qué decir del imperio actual de los celulares, que de una generación a otra van rompiendo los lazos de los jóvenes no solo con las iglesias y sus propios padres y maestros, sino incluso con la generación precedente. Estamos ante una sociedad nacional y mundial en acelerada y constante transformación. Podemos hacer parte del proceso o, desorientados, optar simplemente por ser sus espectadores.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

3 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

Aunque las reformas promovidas por la Revolución en Marcha no fueron radicales, enfurecieron al clero ‒que vio recortados sus privilegios‒, indignaron a los conservadores, irritaron a los grandes terratenientes y a los industriales de las ciudades y decepcionaron a los sectores populares y obreros, que esperaban mucho más de sus promesas. 

A pesar de que las reformas impulsadas por la Revolución en Marcha no eran radicales, enfurecieron al clero que veía recortados sus privilegios, indignaron a los conservadores e irritaron a los grandes terratenientes y a los industriales de las ciudades. Algo similar podría producirse ahora, en 2022. Al mismo tiempo, las reformas decepcionaron a los sectores populares y obreros, que esperaban mucho más de sus promesas. El conservatismo, unificado bajo Laureano, se endureció cada vez más mientras, al mismo tiempo, el impulso reformista del gobierno se agotaba. En 1938, la “pausa” en las reformas decretada por López pasó a convertirse en programa de gobierno de su sucesor Eduardo Santos, cabeza de los liberales moderados.

Santos (1938-1942), dueño del diario El Tiempo, fue elegido presidente en sustitución de Olaya (que murió siendo el candidato del liberalismo). Conforme a su talante, pretendía hacer un gobierno moderado, que contribuyera a llevar al país a la tolerancia civilizada. Eso mismo había pretendido tiempo atrás la difunta Unión Republicana de Carlos E. Restrepo.

Pero la oposición conservadora no se lo permitió. Con motivo de un tiroteo en Gachetá, que dejó varios muertos en las elecciones parlamentarias del año 39, Gómez acusó a Santos de haber gobernado sobre un charco de sangre conservadora. La convención del partido bajo su dirección decretó: “Debemos armarnos por todos los medios posibles”. Y en el Senado, Laureano anunció su programa opositor: recurrir a “la acción directa y el atentado personal” con el objeto de “hacer invivible la república” hasta que el poder volviera a las manos del conservatismo. Con ese propósito fundó el periódico El Siglo en Bogotá, al que le hacía eco la prensa conservadora: La Patria de Manizales, El Colombiano de Medellín, Claridad de Popayán. Y, por supuesto, los curas desde los púlpitos.

Para complicar las cosas, estalló la Segunda Guerra Mundial, pero Roosevelt inventó la “Política del Buen Vecino” para proteger las repúblicas americanas contra la posible tentación germanófila, cuyo representante en Colombia era Laureano Gómez. 

El verdadero adversario al que apuntaba Gómez era López Pumarejo, a quien Gómez acusaba de ser comunista. Para evitar el retorno de López al poder, Laureano le confió al embajador de Roosevelt que López pondría a Colombia bajo el imperio del comunismo bolchevique, que los conservadores estaban decididos a emprender una guerra civil y esperaban contar para ello con la ayuda norteamericana. El embajador gringo le aseguró (sin sonrojarse) que su gobierno nunca intervenía en asuntos internos de países soberanos. Laureano dijo que entonces buscarían las armas “en donde las había encontrado Franco” para ganar su guerra en España. Todavía no había entrado Estados Unidos en el conflicto mundial y aún creía Gómez, como muchos en el mundo, que el vencedor sería Alemania.

Llegó, pues, en 1942, el segundo gobierno de López, pero no trajo el bolchevismo, y ni siquiera la profundización de las reformas sociales que esperaban las masas liberales que habían respaldado la Revolución en Marcha. Él mismo había hecho un diagnóstico algunos años antes: “No encuentro en la historia nacional el ejemplo de un período de gobierno que no se haya constituido como una oligarquía, olvidando sus obligaciones para con sus electores”. 

Siguiendo a Washington, Colombia declaró la guerra a Alemania. Como resultado, un submarino alemán hundió un buque mercante colombiano, y un destructor colombiano hundió un submarino alemán. Y de rebote, tuvo un sonoro escándalo financiero sobre los bienes incautados a los nazis, que enredó a López Michelsen, hijo del presidente, a quien llamaban “el hijo del Ejecutivo”. ¡Cómo se aprende de la historia! Con pequeñas modificaciones, lo que sucede en Colombia casi nunca es nuevo.

De nuevo, Laureano mezcló acusaciones y denuncias de toda clase. Acusado de haber sido el inspirador de una intentona de golpe militar que, en julio de 1944, tuvo al presidente López preso por dos días en Pasto, Gómez tuvo que refugiarse en Brasil. Sería el primero de sus varios exilios.

En el otro extremo del abanico político estaba también Gaitán, parlamentario izquierdista venido de las clases medias bogotanas, que había iniciado su carrera con las denuncias contra la United Fruit Company por la matanza de las bananeras a finales de los años 20. Ante su creciente fuerza política, era visto por sus críticos del conservatismo o de sectores del liberalismo como un simple demagogo de ascendencia indígena, con ínfulas de caudillo mussoliniano (había estudiado en Italia en los años del auge del fascismo). Un orador a quien amaban las masas populares cuando peroraba: “¡Yo no soy un hombre, yo soy un pueblo!”. Un serio pensador socialista ‒como lo demostraba su tesis sobre las ideas socialistas en Colombia‒ y un político ambicioso, odiado por unos y adorado por otros.

Desde los fracasos electorales de su movimiento UNIR de los años 30, Gaitán se había reincorporado al partido Liberal y había venido mitigando su radicalismo. No predicaba ya la lucha de clases, proletariado contra burguesía, sino una vaga lucha del pueblo contra las oligarquías, por igual conservadoras y liberales, sin dejar de colaborar con los gobiernos liberales, que lo hicieron alcalde de Bogotá en el año 36 durante el primer gobierno de López, ministro de Educación de Santos en el 40, ministro de trabajo del presidente interino Darío Echandía en 1944. Hacia el final del gobierno de López, Gaitán escogió la oposición radical: “¡Por la restauración moral de la república, contra las oligarquías, a la carga!”.

Un año antes de terminar su período, López Pumarejo renunció a la presidencia. Lo sustituyó su ministro de Gobierno, Alberto Lleras Camargo. Y ante las elecciones del año 46, el partido Liberal se dividió entre dos candidatos: a la derecha, Gabriel Turbay, respaldado por los grandes diarios El Tiempo y El Espectador, por el director del partido Eduardo Santos y por todo el aparato liberal. Y a la izquierda, Jorge Eliécer Gaitán, apoyado por los sectores populares y los sindicatos. El expresidente López solo se pronunció en contra de ambos. Contra “el turco Turbay” nacido en Colombia de padres libaneses, “que tiene narices de turco” ‒un extranjero‒; y contra “el negro Gaitán”, de modesto origen social y cara de indio ‒un pobre‒.

El partido Conservador había anunciado su abstención, como venía haciéndolo desde 1934 con el argumento del previsible fraude que iban a cometer los liberales. Pero en las últimas semanas Laureano designó como candidato a Mariano Ospina Pérez, de la estirpe presidencial de los Ospinas. Un rico, pacífico y solemne hombre de negocios de Medellín, que no despertaba más odios que el que le guardaba el propio Laureano, que lo promovía esperando manejarlo cuando llegara el caso.

Ganó Ospina, como dieciséis años antes había ganado Olaya frente a la división conservadora. Y así terminó, melancólicamente, la República Liberal que iba a cambiar la historia de Colombia.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Desde 1910, empezaron en Colombia los primeros esfuerzos en favor de una cierta modernización y alguna democracia que, sin embargo, terminaron estrellándose contra los representantes del antiguo orden oligárquico. 

7. Regeneración contra modernización (1910-1946)

Desde 1910, comenzaron a desarrollarse en Colombia los primeros esfuerzos en favor de una cierta modernización y alguna democracia, que sin embargo terminaron estrellándose contra los representantes del antiguo orden oligárquico. 

En décadas iniciales del siglo XX irrumpió en el escenario público el primer sujeto real de la democracia colombiana: un incipiente movimiento obrero, capaz de reivindicar sus derechos frente a los abusos de los enclaves norteamericanos del banano y el petróleo, abusos cometidos bajo el auspicio de las oligarquías locales que resultaban “favorecidas” (sobornadas) por las multinacionales. Finalmente, en 1930, el partido conservador llegó dividido a las elecciones y perdió el poder. Retornó al gobierno ‒hasta 1946‒ un liberalismo atemperado, como señalé, por la derrota política y militar de comienzos del siglo, por más de cuarenta años de imperio del orden conservador y de su reeducación en la familia y la escuela católicas.

Desde los años treinta, la constitución del sujeto social de la democracia colombiana seguiría un doble movimiento convergente: desde abajo, avanzaría la organización campesina, obrera y popular conducida por Jorge Eliécer Gaitán y el Partido Comunista de Colombia (PCC). Mientras, desde el gobierno, el liberal López Pumarejo (1934-1938) lanzó la “Revolución en marcha” con la que intentaba modernizar el Estado y adelantar una reforma agraria que le diera cauce institucional a la inconformidad de obreros y campesinos. Tanto su presunta revolución como la lucha proclamada por Gaitán contra la oligarquía convocaron y movilizaron al naciente sujeto social de la democracia colombiana, con mayor eficacia que la ortodoxia de los comunistas. Comenzaban a esbozarse, pues, dinámicas modernas de confrontación e integración social, aunque todavía percibidas con la radicalidad de la pasión seudorreligiosa propia del siglo XIX. 

Los dieciséis años de la República Liberal (1930-1946) fueron complejos y cambiantes. Para empezar, fueron numerosos los recelos y críticas entre sus distintos y sucesivos gobernantes, Olaya Herrera, López Pumarejo I, Santos Montejo y López Pumarejo II. Este es uno de los graves males políticos de Colombia: que casi ningún expresidente –con la excepción de Belisario Betancur y Virgilio Barco‒ se resigna a no seguir gobernando o al menos a permitir que su sucesor lo haga sin obstaculizarlo. Así lo estamos viendo desde ya con el gobierno saliente y podemos suponer cómo será más adelante. 

Graves acontecimientos mundiales contribuyeron a complicar el periodo que se inició en Colombia en 1930. La crisis del año 1929 en la Bolsa de Nueva York dio comienzo a la Gran Depresión económica, al desempleo y el hambre en el mundo entero. En Estados Unidos, el demócrata Franklin Roosevelt fue elegido presidente e inició el New Deal (el nuevo contrato social). En toda América Latina florecían las dictaduras militares –salvo en México, donde imperaba la dictadura civil del Partido Revolucionario Institucional, PRI–, pero la Colombia liberal permaneció inconmovible. Como dice un historiador: “Todo era conservador: el Congreso, la Corte Suprema, el Consejo de Estado, el Ejército, la Policía, la burocracia”.

En 1929, el Partido Conservador se dividió en dos candidatos: el general Alfredo Vásquez Cobo y el poeta Guillermo Valencia (abuelo de Paloma). Ante la falta del arbitraje eclesiástico, los dos aspirantes conservadores decidieron presentarse por separado. 

Los liberales lanzaron a Enrique Olaya Herrera, que arrasó en las elecciones. La prolongada hegemonía conservadora, empujada por la crisis económica que disparó el desempleo en las industrias y en las obras públicas, culminó en un vuelco electoral. Los liberales obtuvieron claras mayorías en las elecciones.

El partido Conservador entregó el poder sin resistencia. Sin embargo, poco después empezó la violencia partidista en los pueblos de los Santanderes, mientras en las ciudades crecía la agitación social, alentada por el desempleo y el hambre provocados por la Gran Depresión. El ministro de Hacienda ‒el conservador Esteban Jaramillo‒ lo resumiría más tarde: “Rugía la revolución social, que en otros países no pudo conjurarse”. En Colombia sí, gracias a que el gobierno de Olaya recurría a la colaboración bipartidista, tantas veces repetida desde mediados del siglo XIX, esta vez bajo el nombre de “Concentración Nacional”. A conjurar la revolución en Colombia contribuyó asimismo la guerra fronteriza con Perú. Tropas del ejército peruano invadieron Leticia y en las fronteras murieron unos pocos soldados peruanos y colombianos; en Colombia los partidos y todas las clases sociales se unieron en una exaltación nacionalista. Hasta Laureano Gómez, el nuevo caudillo conservador, implacable crítico del gobierno de Olaya (del que venía de ser su embajador en Alemania), se unió al coro patriótico: “¡Paz! ¡Paz en lo interior ‒clamó en el Senado‒! ¡Y guerra! ¡Guerra en la frontera contra el enemigo felón!”. Poco después, cuando se hizo la paz, Gómez denunció violentamente al gobierno por haberla hecho y volvió a desatar la guerra interna, temiendo que los éxitos de Olaya hubieran abierto el camino para un gobierno liberal, no de coalición, sino claramente “de partido”, que a continuación encabezaría Alfonso López Pumarejo y su Revolución en Marcha.

Interrumpiendo el relato, presento aquí al señor Gómez, fundador de la ultraderecha conservadora, uno de los personajes más influyentes y poderosos del siglo XX. Junto con López Pumarejo y Gaitán, marcaría el siglo pasado e inspiraría La Violencia. De padres santandereanos nacido en Bogotá, Laureano Gómez fue un católico batallador, formado por los jesuitas en el Colegio Mayor de San Bartolomé. Concluido el bachillerato, estudió Ingeniería Civil en la Universidad Nacional de Colombia. Como político heredó los rasgos de la Iglesia combativa del siglo XIX, impulsada especialmente por Pío IX y luego, en el XX, por Pío X; una Iglesia cuya tradición se enlaza con las Cruzadas y la Inquisición. 

Gómez acusó en repetidas ocasiones al Partido Liberal de incitar a la violencia, pero pasaba por alto las prédicas del clero a favor de una declaración de guerra contra el liberalismo. El dirigente conservador promovió una reforma constitucional por la cual se le devolverían a la Iglesia los privilegios que los concordatos le habían otorgado y los liberales habían derogado durante sus administraciones. Sin embargo, la jerarquía se mantuvo neutral durante su gobierno. Fervoroso antiyanqui, para Gómez era preferible que el Canal de Panamá estuviera en manos alemanas o japonesas (las fuerzas del “Eje” Berlín-Roma-Tokio) a que lo siguieran administrando Estados Unidos. 

En cambio, Eduardo Santos, que también había sido antiyanqui, aunque guardó neutralidad verbal en la gran guerra, en la práctica tomó partido por los aliados, siguiendo el camino marcado por Estados Unidos, al cual desde entonces –y desde mucho antes: desde Suárez, Ospina Rodríguez y Santander–, permaneció unida Colombia. A diferencia del resto de Hispanoamérica, el país convirtió a la nación del Norte en su “estrella polar”, que casi siempre ha guiado sus pasos, al menos hasta hoy. El gobierno saliente de Colombia ha sido un ejemplo insigne de esta vergonzosa sumisión, a pesar de la patente y prolongada distancia del presidente Biden. Ahora, apenas Gustavo Petro resultó elegido como nuevo presidente, fue inmediata y amablemente felicitado por Biden y su secretario de Estado, marcando así la diferencia con su predecesor. Falta ver si Petro y su canciller Leyva logran construir, como lo pretenden, relaciones de igualdad con Washington. Es de temer que bajo cuidadosas formas diplomáticas, la vacilante democracia norteamericana siga imponiendo sus intereses en Colombia.

Vuelvo a la historia de López Pumarejo. Alfonso López Michelsen diría cuarenta años después que su padre era “un burgués progresista”. En efecto, hijo de uno de los colombianos más ricos de su tiempo, López Pumarejo se consagró a la política. Su gobierno (1934-1938), conformado con jóvenes liberales de izquierda, intelectuales, periodistas y estudiantes, y con dirigentes sindicales, llegó proponiendo reformas basadas en la intervención resuelta del Estado en el ámbito político, económico y social. Como lo anunció en su discurso de posesión: “El deber del hombre de Estado es efectuar por medios pacíficos y constitucionales todo lo que haría una revolución por medios violentos”.

No obstante, su partido Liberal seguía siendo mayoritariamente un partido de gamonales, abogados y terratenientes, como en los tiempos de Murillo Toro o del general Santander. Por esta razón, mediada su administración, López mismo se vio obligado a anunciar una “pausa” en las reformas ya que, pese a tener un Congreso homogéneamente liberal (Laureano Gómez había ordenado la abstención electoral de su partido), este se componía de liberales de muy distintos matices, y predominaban en él los liberales radicales tipo Manchester, que rechazaban la intervención del Estado. Así que, de las reformas anunciadas, no fue mucho lo que se realizó. 

Una reforma agraria que ‒por enésima vez, desde el siglo XVI‒ proponía redistribuir la tierra, tampoco en esta ocasión lo consiguió: su famosa ley 200 de 1936 fue revertida a los pocos años por la Ley 100 de 1944, durante el segundo gobierno del mismo López Pumarejo. Mejor suerte tuvieron una reforma tributaria que por primera vez puso a los ricos a pagar impuesto de renta y patrimonio, una reforma laboral que consagraba el derecho a la huelga y la reforma de la educación universitaria. Finalmente, la medida que más encendió a Laureano y su partido fue la reforma del concordato con el Vaticano que protocolizaba la separación de Iglesia y Estado. La Santa Sede y el papa Pío XII lo aprobaron, no así los conservadores.

Luis Alberto Restrepo M

Septiembre, 2022

4 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Hasta el comienzo del Frente Nacional, la Iglesia no reconocía categorías distintas a la de verdad y error, bien y mal, blanco y negro. En el seno de esos antagonismos se autoconsideraba como la única e incuestionable portadora de la Verdad y del Bien, en constante lucha contra el mal y el error y contra herejes y pecadores de carne y hueso.

4. Regeneración y violencia

Con todo, volvamos al pasado. Hasta los inicios del Frente Nacional (1958), la Iglesia no reconocía categorías distintas a la de verdad y error, bien y mal, blanco y negro. Y, en el seno de esas oposiciones radicales, se consideraba a sí misma como la única e incuestionable portadora de la Verdad y el Bien, en constante lucha, no solo contra el mal y el error en abstracto, sino contra “herejes” y “pecadores” de carne y hueso. Hasta simples críticos eran considerados como “enemigos” de la Iglesia. Mientras existió la Inquisición, estos se exponían a severos castigos que podían llegar a la tortura y la muerte. Una vez desaparecido el tenebroso engendro, la Iglesia optó por imponerles la “excomunión” pública, lo cual equivalía, en naciones mayoritariamente católicas, a su exclusión y señalamiento social. La Regeneración consolidó y radicalizó ese espíritu en Colombia. 

Durante el siglo XIX y hasta los inicios de la segunda mitad del XX, la intransigencia eclesiástica se tornó particularmente beligerante en contra de las ideas modernas y de sus expresiones revolucionarias. El Concilio Vaticano I (1869-1870) reafirmó a la Iglesia como la portadora exclusiva de la Verdad, elevó a dogma la infalibilidad del Papa y condenó nuevamente los errores de sus enemigos. Desde entonces y hasta los años 60 del siglo XX, en el instante mismo en que un miembro del clero procedía a recibir del obispo la ordenación sacerdotal, arrodillado junto al presbiterio del templo, debía prestar en voz alta un “juramento antimodernista”, por el que rechazaba, entre otras, las expresiones políticas de la modernidad. Democracia, liberalismo, socialismo y comunismo se convirtieron, todos por igual, en objeto de reiteradas condenas eclesiásticas. La confrontación cobró visos de cruzada. 

Un buen ejemplo del clima político-religioso de la época lo constituye fray Ezequiel Moreno y Díez, obispo de Pasto a comienzos del siglo XX. Para el fraile carlista español ‒promovido a los altares por los capuchinos españoles y finalmente declarado “santo” (!) por Juan Pablo II‒, hubiera sido mejor continuar la Guerra de los Mil días con los liberales que firmar con ellos la paz. En su tumba hizo poner el epitafio: “ser liberal es pecado”. 

Actitudes y consignas similares siguieron reiterándose hasta los tiempos del obispo Miguel Ángel Builes en los años 60, y de algunos de sus sucesores como el turbio y amanerado cardenal Alfonso López Trujillo, de influencia más reciente en la Iglesia colombiana y mundial. Las condenas episcopales contra el liberalismo y la masonería se prolongaron hasta el advenimiento del Frente Nacional y, después de instaurado este, se volvieron en contra del marxismo y el comunismo “ateos”. 

En Colombia, el sectarismo religioso contribuyó decisivamente a la exaltación de las pasiones políticas y a sus violentos estallidos periódicos. Le confirió a la actividad política un carácter sagrado, de enfrentamiento absoluto entre la verdad y el error, el bien y el mal. Por esta razón, los dos partidos tradicionales no se conformaron como simples asociaciones de intereses susceptibles de ser representados y negociados, sino como sectas seudorreligiosas, depositarias de cosmovisiones y convicciones inalterables. Los obispos y los curas, quién más, quién menos, se consideraban portadores de la salvación o la condenación eternas. 

Desde sus orígenes en el siglo XIX, tanto los liberales como los conservadores se confesaban católicos, pero mientras los conservadores defendían al clero, los liberales se oponían a sus privilegios: clericales y anticlericales enfrentados. Con una dosis de humor se afirmaba que, en la misa de los domingos, los primeros ocupaban los asientos de adelante y pasaban a comulgar, mientras los segundos atendían el rito desde la puerta del templo y se abstenían de recibir la hostia. Más allá de estas versiones picarescas, asuntos tan serios como los bienes de la Iglesia, el matrimonio o la educación católica obligatoria ‒y quizá no tanto los acalorados debates económicos y políticos de las élites‒ definieron en buena medida el perfil de los partidos y les dieron su arraigo popular. Incluso las elecciones se transformaron en una expresión de fe religiosa. Hasta fines del siglo XX, y aun después, el clero prescribía por quién se debía votar y por quién no. Desde el púlpito y la cátedra se ejercía una especie de tutela electoral sobre el pueblo simple y sobre conservadores educados y cultos. En este contexto, un choque brutal entre las pasiones anticlericales de algunas corrientes liberales y el fanatismo integrista de la Iglesia y sus fieles conservadores se transfirió a la contienda política. 

Teniendo en cuenta el monopolio cultural ejercido por la Iglesia en Colombia, es posible comprender por qué los conflictos de interés entre los colombianos se han visto transfigurados en luchas a muerte entre los supuestos representantes de Dios y los voceros del demonio. Esta actitud maniquea, de carácter seudorreligioso, fue la pólvora emocional de las ocho grandes guerras civiles y las decenas de rebeliones locales del siglo XIX, y continuó inspirando las confrontaciones armadas del XX, que culminaron en el holocausto nacional de La Violencia en los años 50. 

6. Regeneración y reconciliación

Paradójicamente, hay que señalar de nuevo que, a la par con la lógica de confrontación, condena y exclusión, la Iglesia también ha infundido en la cultura política colombiana la disposición contraria, que se inclina a la reincorporación del pecador arrepentido en la comunidad. Para la Iglesia, las condenas y excomuniones no son un fin en sí mismas: buscan la conversión del pecador. No hay pecado ni delito que no pueda ser perdonado, a condición, eso sí, de que el pecador confiese su delito o “abjure” públicamente de sus errores y se someta de nuevo, humildemente, a la autoridad de la Iglesia.

En el ámbito político, la casi ilimitada capacidad de perdón del Estado colombiano ‒que no es frecuente en otros países‒, condicionada a la previa sumisión del enemigo, ha encontrado quizás su expresión en las innumerables amnistías que han puesto fin a las guerras entre nacionales promovidas por las mismas élites, y a las condiciones que suelen acompañarlas. Durante la primera mitad del siglo XX los acuerdos y amnistías entre liberales y conservadores fueron denominados con el refinado nombre de “pactos de caballeros”, que incluían el secreto sobre las responsabilidades últimas de los enfrentamientos armados.

Sin embargo, las nuevas guerras que comienzan en los años 60 no enfrentan como antaño a las élites entre sí, sino a estas con las clases populares o medias, lo que imposibilita alcanzar acuerdos ocultos. En el fondo, de la criminalización radical del enemigo, de la condena absoluta y los enfrentamientos insuperables, los colombianos pasamos a negociar y a reconciliarnos a condición de que el delincuente se someta a la autoridad legítima o al menos haga los gestos públicos equivalentes al sometimiento. Confesión de los pecados, arrepentimiento y penitencia. En otras naciones, como en Estados Unidos, no tienen reato en imponer al delincuente la cadena perpetua o la pena de muerte. Ni qué hablar de China donde la pena de muerte es la solución preferida.

Vale la pena añadir que la Iglesia y el Estado no siempre coinciden en sus condenas y absoluciones. En ocasiones, la Iglesia condena a quienes el Estado está dispuesto a perdonar ‒como a la mujer que aborta y al médico que la ayuda‒, y viceversa, la jerarquía se muestra a veces dispuesta a absolver a quienes el Estado persigue, como sucede con algunos promotores del paro y el desorden público o con los criminales de guerra. No hay duda de que en los países de tradición católica esta doble y contrapuesta norma de la vida pública dificulta la consolidación de la ley civil en la consciencia de los ciudadanos. La España franquista y sus efectos son un ejemplo extremo de esta situación.

La dialéctica pasional de enfrentamientos y reconciliaciones ahondó en los colombianos una absoluta adhesión a los partidos liberal y conservador, hasta llegar a convertirlos en pasiones ancestrales de carácter familiar, local o incluso regional o ‒como dice Daniel Pécaut‒ en verdaderas “subculturas” contrapuestas dentro de una sola cultura nacional. Hasta fines de los años 50, a través de los partidos tradicionales, liberal y conservador, el colombiano se hacía partícipe de la nación y, movido por ellos, la escindía en periódicas confrontaciones armadas. Sin embargo, solo gracias a los mismos partidos era posible reconstruir la unidad nacional y la paz. 

La militante adhesión religioso-política de los colombianos a los partidos le garantizó a las élites, durante más de medio siglo, la lealtad de las clases subalternas. De este modo, el orden de la Regeneración, quizá más que el “santanderismo” elitista, pudo servir de fundamento a la estabilidad institucional de Colombia y, a la vez, propiciar las recurrentes confrontaciones armadas entre sus pobladores. Estabilidad institucional y violencia llegaron a ser características inseparables y duraderas del orden político colombiano.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

1 comentario
0 Linkedin