De mayo del 68 a octubre de 2022 (3 de 4)

Por: Luis Alberto Restrepo
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Mientas el mundo se sacudía, en la Iglesia católica se sentían las réplicas. El concilio Vaticano II, instalado en 1962 por Juan XIII, había sido llevado a buen término en 1965 por Pablo VI y suscitaba en el clero joven muchas esperanzas de renovación y de mayor sintonía con el mundo moderno. En contraste, Juan Pablo II adoptó el gran estilo imperial de una Iglesia neoconstantiniana y centró su pontificado en la lucha político-religiosa contra el comunismo.

Al tratar de poner en práctica el aggiornamento dispuesto por el concilio Vaticano II, el papa Montini (1963-1978) tuvo que hacer maromas entre una corriente deseosa de poner en marcha la ‘actualización’ de la Iglesia y otra, muy conservadora y poderosa, incrustada en todas las instancias del Vaticano y opuesta al espíritu del Concilio. 

Resultado y símbolo dramático de esta sorda lucha fue el sospechoso destino de Albino Luciani, Juan Pablo I (26 de agosto-28 de septiembre de 1978). Antes de empezar a hablar por primera vez desde el balcón vaticano, ‘el Papa de la sonrisa’ ya se había ganado a la multitud y en particular a la prensa con su simpatía y sencillez. Abandonó el plural mayestático y utilizó el ‘yo’, aunque sus ayudantes volvieron al plural (‘nos’) en la edición de sus discursos. Contra su deseo, se vio obligado a utilizar la silla gestatoria, pero rechazó la coronación y la tiara papal en la ceremonia de entronización y optó más bien por una simple misa de inauguración. 

Alcanzó a lanzar algunas iniciativas sociales como la devolución del 1 % de los ingresos de todas las iglesias nacionales a las iglesias del Tercer Mundo. La clarificación de las cuentas vaticanas era una de sus prioridades. Y ya desde antes, siendo patriarca de Venecia, había mantenido desavenencias con el arzobispo norteamericano Marcinkus, responsable por entonces de la turbia administración vaticana. 

Albino Luciani, elegido sucesor de Pablo VI en el cónclave más corto del siglo XX, solo alcanzó a ocupar el cargo durante 33 días. El 28 de septiembre de 1978 fue encontrado muerto en su habitación. Su fallecimiento no ha sido esclarecido aún. Luciani había sido elegido para solucionar la pugna entre los candidatos de las dos corrientes opuestas y es posible que haya muerto víctima de ese mismo conflicto, por causas naturales o por manos criminales. 

Como quiera que sea, la reacción de los más tradicionalistas le abrió paso a la elección de una personalidad totalmente opuesta, la de Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II (16 de octubre de 1978-abril 2 de 2005). No le falta cierta razón al escritor pastuso Evelio Rosero cuando, con un énfasis muy colombiano, respondió en una entrevista: “El papa Juan Pablo II (…) no investigó la muerte de Luciani. Complació a la curia, echó tierra a la verdad y la escondió con su escoba debajo de una alfombra del Vaticano”*. 

En agudo contraste con su simpático y modesto antecesor, el imponente Wojtyła adoptó el gran estilo imperial de una Iglesia neoconstantiniana y centró su pontificado en la lucha político-religiosa contra el comunismo y la real o supuesta expansión del marxismo en Iberoamérica. De hecho, jugó un papel importante en la caída del régimen en Polonia, su tierra natal, y emprendió el combate contra la teología de la liberación en América Latina, apoyándose en quien sería su sucesor, Joseph Ratzinger ‒después Benedicto XVI‒, así como en Alfonso López Trujillo, secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) desde 1972 hasta 1984. 

En agosto de 1968, siendo aún papa Pablo VI, los obispos de América Latina habían celebrado en Medellín la segunda conferencia del CELAM con el propósito de aplicar los principios del Concilio a la realidad continental. De esa conferencia surgió la famosa “opción preferencial” de la Iglesia latinoamericana por los pobres, en la que se apoyarían los teólogos de la liberación. Desde la secretaría del Consejo, López Trujillo emprendió la persecución de todos los curas y obispos radicales y organizó incluso una nueva conferencia del CELAM en 1979, en Puebla, México, destinada a limar los colmillos de los documentos emanados de Medellín. 

A la par con su activismo político externo, Juan Pablo II impulsó un fuerte cambio de dirección y de guardia en el seno de la Iglesia. Promovió al Opus Dei y a un gran número de nuevos movimientos católicos, marcadamente conservadores, mientras perseguía sin cuartel a los obispos, curas y congregaciones más comprometidas con los pobres. 

El Opus había sido fundado en 1928 por el cura español Josemaría Escrivá de Balaguer, canonizado por Juan Pablo II. El movimiento busca un objetivo razonable y valioso: sacar los ideales cristianos de los conventos y llevarlos a la vida ordinaria del católico común. Sin embargo, su noción de ‘santidad’ es marcadamente conservadora. En su mayoría, sus miembros son fieles custodios de la disciplina y el orden, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Gracias a la pertinencia actual de su objetivo, pero en parte también al apoyo papal, el Opus experimentó un vertiginoso desarrollo. En 2012, contaba con 2051 sacerdotes en el mundo y un total de 89.909 miembros. 55 % de ellos eran mujeres y cerca de 90 % vivían en Europa y América. 

Los nuevos movimientos católicos, espiritualistas y conservadores, son miles. El apoyo del Vaticano a unos pocos quedó ‘oficializado’ en el Congreso Internacional de los Movimientos Eclesiales, celebrado en Roma en mayo de 1998. El Papa se reunió en público con líderes de siete de ellos, escogidos “en virtud de su extensión y representatividad universal”.

Absorbido por su activismo político-religioso y empeñado en preservar una falsa imagen de la Iglesia, durante el pontificado de Juan Pablo II prosperó la pederastia entre el clero católico. El caso más notorio fue el del cura mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, quien –según confesión de su propio movimiento– tuvo tres hijos de dos mujeres, abusó sexualmente de seminaristas y otros jóvenes, se aprovechó de su autoridad y de los bienes de la comunidad, consumía abundantes medicamentos adictivos y presentó como propios escritos de terceros. A pesar de las acusaciones de pederastia en contra de Maciel, Juan Pablo II lo protegió. Los Legionarios de Cristo y su institución Regnum Christi contaban con 67.000 miembros laicos, 893 sacerdotes y 2371 seminaristas. La organización era propietaria de 15 universidades alrededor del mundo y 172 colegios con 122.000 estudiantes. 

Durante tres años la congregación fue sometida por el Vaticano a una profunda revisión y el papa Francisco decidió su futuro. Difícil arbitraje, que terminó por una aprobación condicionada.

https://www.elcolombiano.com/historico/evelio_rosero_el_descreido-MWEC_280682

Luis Alberto Restrepo

Octubre, 2022

1 Comentario

Hernando+Bernal+A. 26 octubre, 2022 - 7:28 am

Luis Alberto: gracias por esta crónica tan significativa sobre la Iglesia, en la época de Juan Pablo II. Fuimos víctimas. Cordiales saludos. Hernando

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