De mayo del 68 a octubre de 2022 (4 de 4)

Por: Luis Alberto Restrepo
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Mientras Juan Pablo II promovía movimientos tradicionalistas y se rodeaba de ellos, la Congregación de la Fe y el CELAM perseguían y silenciaban a destacados teólogos de la liberación latinoamericanos o a serios críticos de los desvíos de la Iglesia, como el brillante teólogo suizo Hans Küng, ya fallecido. 

Obispos como Helder Cámara y Pedro Casaldáliga, o curas como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Jon Sobrino, se convirtieron en blanco de sospechas y terminaron marginados o sancionados. Muchos curas de base y numerosas monjas, sobre todo de América Latina, sintiéndose ignorados o perseguidos por la Iglesia misma, tomaron distancia interior del aparato eclesiástico y se sumaron a la ola revolucionaria y secular en curso. 

Víctimas de la política pontificia fueron, entre muchos otros, el superior general de los jesuitas, el español Pedro Arrupe, y la misma Compañía de Jesús. Al iniciar su pontificado, el nuevo Papa, además de excluir a los jesuitas de su entorno inmediato y suplirlos por miembros del Opus Dei, puso en entredicho al General jesuita y a toda la Compañía de Jesús. 

En 1979, Juan Pablo II citó al Vaticano al incómodo vasco y mantuvo con él una reunión de un día a puerta cerrada, reunión de la que Arrupe nunca dio a conocer ni una sola palabra. Quizás como única respuesta a las presiones papales, al comienzo de 1980, Arrupe quiso renunciar y dio los primeros pasos en ese sentido, pero el Papa insistió en que, antes de su renuncia, Arrupe mismo debía clarificar “ciertas cosas”. 

El nuevo enfoque del trabajo de los jesuitas iba en directa contravía de la concepción que el papa Wojtyła tenía de la Iglesia. Desde entonces la comunicación entre los dos se hizo muy difícil. Un año largo más tarde, el 7 de agosto de 1981, en el aeropuerto de Roma, Arrupe sufrió una repentina trombosis cerebral. La mitad de su cuerpo quedó paralizada y comenzó a perder el habla. El resto de sus días lo pasaría en una silla de ruedas, necesitado de ayuda permanente. Aunque no se pueda probar, muy probablemente el ataque cerebral fue producto de la insoportable presión a la que Wojtyła lo sometió.

Un hecho escandaloso lo confirma. El 6 de octubre de 1981, apenas un mes después de que hubiera sufrido la trombosis, fue a visitarle en la enfermería el cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado. Como regalo, le entregó una carta autógrafa del Papa en la que nombraba al padre Paolo Dezza como delegado personal del Papa al frente de la Compañía de Jesús, con plenos poderes de Superior General de la Orden hasta la convocatoria de una nueva Congregación General. Dezza había sido el candidato de los jesuitas conservadores en la misma Congregación que eligió a Arrupe. Ya mayor y completamente ciego, el italiano era bien conocido en la Compañía por su conservadurismo a ultranza y porque se había convertido en asiduo “corre-ve-y-dile” a la curia vaticana de todos los chismes contra la Orden y contra su General. 

El gesto del Papa era, pues, no solo descortés sino cínico. Su intromisión iba en contravía de las Constituciones y de la tradición secular de la Compañía de Jesús, según las cuales el superior debía ser elegido mediante votación de los delegados de toda la comunidad en una nueva Congregación General. El nombramiento de Dezza como interventor papal fue un insulto para todos los jesuitas en el mundo. Sin embargo, de acuerdo con el cuarto voto de lealtad y obediencia al papa, ninguno protestó. Dos años más tarde, la Congregación General 33, que pudo llevarse por fin a cabo en el otoño de 1983, eligió a un discreto y prudente holandés como nuevo superior general, que mantuvo un bajo perfil para no reavivar las iras del Vaticano. 

El 5 de octubre de 1991, casi diez años después de la trombosis, falleció Arrupe en la curia general de la Compañía. Sus últimas palabras antes de morir fueron: “Por el presente, Amén, y por el futuro, Aleluya”. Los numerosos jesuitas presentes en el sepelio lo despidieron con un inhabitual y prolongado aplauso. Quien debería haber sido proclamado santo por la Iglesia es Arrupe y no Wojtyła, pero la santidad no es en la Iglesia católica un simple título religioso sino también, con mucha frecuencia, una exaltación política. Antes de que se llegue a reconocer el carácter ejemplar de la vida de Arrupe, el Vaticano tendría que haber vuelto a la figura de Jesús de Nazaret. El papa Francisco lo ha intentado con mucho coraje, pero el hecho mismo de ser jesuita le impide corregir ese error en beneficio de quien fuera su superior. 

La Iglesia católica comenzó a rectificar algunos de los inmensos errores cometidos por Juan Pablo II, y por su adlátere, Joseph L. Ratzinger, luego Benedicto XVI. Sin confesarlo abiertamente, ambos pusieron en sordina el Concilio Vaticano II y prefirieron retornar a la hipocresía y la seguridad aparente de la Iglesia constantiniana. Como herencia de sus dos pontificados dejaron a la Iglesia sumida en una profunda crisis de credibilidad y agobiada por los escándalos de curas, obispos y cardenales pedófilos, abusadores de mujeres o ambiciosos y corruptos. 

¡Ironías de la vida! Para que tratara de enderezar esa deplorable situación fue elegido Papa, por primera vez en la historia… un jesuita y, para colmo, también por primera vez, un latinoamericano. Jorge Mario Bergoglio, ahora Francisco, ha estado intentando una reforma evangélica de la Iglesia. Inició la lucha contra la corrupción y comenzó a retomar ‒¡nueva ironía!‒ el camino trazado por Arrupe, con quien el mismo Bergoglio había mantenido discrepancias siendo superior provincial de los jesuitas argentinos y luego obispo y cardenal. Emprendió un camino de humildad y compromiso con los pobres y desheredados del mundo, pero ahora ya no desde la dirección de una mera orden religiosa, sino desde el mismo solio pontificio.

 
Para equilibrar la promoción de Wojtyła y de toda su línea política a los altares, apenas iniciado su pontificado, Bergoglio decidió canonizar a Juan XXIII, el humilde inspirador del Concilio Vaticano II, sin exigir siquiera milagros. Asimismo, reactivó el proceso de beatificación de monseñor Romero, el obispo mártir salvadoreño, ignorado por Juan Pablo II. Y, lo más significativo, Francisco ha multiplicado los gestos de acercamiento prioritario a los más abandonados de la tierra pasando por encima de las diferencias de credo religioso. 

El mensaje es claro. Sin embargo, el camino es largo y lleno de formidables tropiezos. Los imperios siempre se resisten a morir y para ello no paran en medios. Esperemos que Bergoglio quiera y pueda continuar y profundizar su tarea, pero no le será fácil. Antes, la Iglesia católica tendrá que regresar a las catacumbas. Lamentablemente, la salud le está jugando una mala pasada. Una artrosis aguda le ha inmovilizado una pierna, lo ha obligado a desplazarse en silla de ruedas y le ha hecho imposible moverse por el mundo para continuar su importante tarea ecuménica de reunificación de las iglesias y acercamiento a otros tipos de confesiones como el Islam, así como a los no creyentes, sean ateos o indiferentes ante el tema religioso. Para Francisco, todos, incluyendo a los peores criminales, somos hermanos con distintos rostros. 

Tanto en la curia vaticana como en algunas Iglesias como la gringa y la española, el papa cuenta con poderosos opositores que intentan desacreditarlo, descalificarlo y frenar sus reformas. De hecho, han frustrado algunas. Como quiera que sea, parece que su legado pueda ser conservado y prolongado por cardenales de la India, Corea del Sur y Vietnam, donde, según creo, el catolicismo viene extendiéndose con rapidez. De todos modos, a su muerte se suscitará un fuerte conflicto entre las distintas tendencias católicas. El humo blanco tardará en salir de las chimeneas vaticanas. Al Espíritu Santo le tocará revolar para soplar la hoguera.

Si bien me extiendo en estas quisicosas de la Iglesia católica, lo hago entre otras razones porque en el total desconcierto universal sobre el sentido de la vida humana, no son muchas las instancias que puedan ofrecer alguna luz de esperanza y fortalecer a mucha gente para no decaer en la lucha cotidiana. Esto es particularmente cierto en países como Colombia, donde la Iglesia sigue teniendo un gran peso sobre todo en los pueblos. En este sentido, la suerte de un catolicismo renovado tiene un claro alcance político. Finalmente, la Iglesia es la multinacional más antigua, más poderosa y más extendida por todo el mundo. Si bien su poder financiero no es el mayor, sí lo es su influencia cultural y religiosa. Desde mucho antes de Apple, Amazon, Tesla y todos los demás gigantes, la Iglesia católica ya estaba no solo en toda Europa, sino también en China, Japón y Corea. En la isla china de Shangchuan fue a morir Francisco Javier, el santo jesuita, compañero de universidad y amigo de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Aún hoy hay misiones de distintas órdenes religiosas en Japón y Corea.

 
Esta presencia global de la Iglesia católica no deja de tener un significado muy ambiguo. En algunos aspectos abre puertas como ahora –octubre de 2022– en el apoyo a la ‘paz total’ en la Colombia de Petro. Pero así mismo podría revertirse en el recorte de muchas de aquellas justas libertades que en Colombia han obtenido reconocimiento y respeto. A modo de ejemplo, los movimientos provida harán presencia cada día más visible, comenzando por el exembajador en la OEA, Alejandro Ordóñez, hasta el nuevo director de la policía, el general Henry Armando Sanabria. “El nuevo director de la Policía deja muy preocupado al movimiento LGBTIQ+, pues mientras lideró las acciones policiales en Cartagena actuó en orden a sus prejuicios personales, en vez de aplicar los derechos humanos y ser garante de libertades” afirmaba el diario español El País, el 25 de agosto de 2022. 

Sin embargo, la Corporación Caribe Afirmativo, que lleva ya 13 años trabajando en defensa del movimiento, reconoce que el nuevo gobierno ha mostrado su intención de cambio con el nombramiento de la coronel Sandra Mora, que se ha declarado públicamente lesbiana, como la persona a cargo del Fondo Rotatorio de la Policía Nacional, que tiene en sus manos la producción o compras de las armas, uniformes y otros equipos de la Policía. No me adentro en el tema porque tomo las de Villadiego.


Y aquí pongo punto final a estos cuatro artículos. Hasta la próxima amigos, si aún sigo sacudiendo la palestra.

Luis Alberto Restrepo M.

Octubre, 2022

6 Comentarios

Rodolfo de Roux 31 octubre, 2022 - 4:21 am

Que sigas sacudiendo la palestra. Gracias por tus cuestionadoras crónicas.

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Javier Escobar Isaza 31 octubre, 2022 - 10:17 am

Como de costumbre, este cuarto artículo de la serie se caracteriza por su agradable lectura, y por la claridad y equilibrio, a pesar de que más de uno estará inconforme con tu tratamiento del papa polaco y de Ratzinger, lo mismo que con tu acertada valoración de Francisco. La imagen de Arrupe es conmovedora y la de Wojtyla muestra la dureza de la que es capaz un político convencido de sus ideas… Y mientras afirmo la santidad de Arrupe y me parece participar en las luchas silenciosas pero intensas que tú recreas, voy recordando a Nietzsche, y su “humano, demasiado humano”.
Javier Escobar

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LUIS GUILLERMO ARANGO LONDOÑO 31 octubre, 2022 - 11:56 am

Excelentes los 4 tiempos que dedicaste a este tema y que sigas “sacudiendo la palestra” por varios años más para ilustración y disfrute de tus muchos seguidores y amigos.

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Arturo Arango 31 octubre, 2022 - 6:41 pm

Mientras estuve en el noviciado (1964-1966) fui testigo, con todos mis compañeros, del cambio radical y meditado de nuestro padre maestro, Chucho Caycedo, hombre santo y muy humano, quien pasó por un proceso admirable de aceptación de la necesidad de la iglesia católica de cambiar para acercarse al pueblo de Dios encarnado en los más pobres y necesitados.
Mi primera gran sorpresa fue su alegría espontánea cuando se dio la elección del P. Arrupe como Superior General de la Compañía y las razones que nos expuso: un santo cercano a las realidades del mundo y de la iglesia, forjado en su experiencia como misionero en Japón y testigo presencial del desastre de la bomba atómica de Hiroshima. Su espíritu jesuítico creció con entusiasmo a medida que los nuevos provinciales colombianos lideraban el “aggiornamento” de los jesuitas en nuestro país.
Afortunadamente no le tocó vivir el desastre del papado de Juan Pablo II y sus actitudes y decisiones contra la orden y contra los avances de la iglesia latinoamericana en el campo social. Ojalá hubiera podido vivir el papado de Francisco, comprometido con los pobres y con el regreso de la iglesia a sus orígenes comunitarios.

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Guillermo Sanz 4 noviembre, 2022 - 7:36 am

Gracias Luis Alberto por tus entretenidos y eruditos 4 artículos.. En ellos te eriges como ensayista ilustrado y ameno en tu vision de los devenires politicos y religiosos que nos envuelven.
Yo soy de los que piensan que a Occidente le llego su ocaso.
La entrada de la China como potencia mundial es un hecho irrefutable.
Lo que viene es solo el preámbulo. La partida de fondo, a mi modo de ver, la jugara la Madre India. Como prueba un botón : el nuevo primer ministro de Reino Unido Rishi Sunak.
Ojala tengamos tiempo de ver la sacudida de la palestra…!

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Eduardo Jimenez 4 noviembre, 2022 - 2:12 pm

Muy a destiempo pues he estado ocupado, pero nuevamente encantado con tus artículos. Efectivamente Woytila fue un personaje funesto, casi comparable a otro santo, San José María Escrivá de Balaguer, personaje de una arrogancia increíble. Creo que Francisco podría hacer, o talvez mejor podría haber hecho más, pero algo se ha avanzado,. Un Abrazo

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