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Jesus Ferro

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¿No se podría inventar una feria de libros que no son una novedad pero a los que hay que volver sin pausa porque no envejecen?

Terminó la semana pasada la Feria del Libro de Bogotá. Leí dos versiones encontradas. Una dice que para entrar al recinto había que hacer colas interminables y que se notaba la excesiva publicidad de las casas editoriales para vender. Otra dice que la Filbo es el espectáculo más grande del mundo. Y las ferias de Fráncfort y Guadalajara en México, ¿nada qué ver? El ánimo de vender para el consumo, sin importar el mérito del libro, devenido objeto, es inquietud de muchos lectores entre los que me cuento.

Pero es válido soñar con una feria de libros sin novedad aparente. Los que son imprescindibles. En el ámbito latinoamericano hay libros de autores que no pierden vigencia. Elijo unos sin ánimo de sentar cátedra y con el peso del gusto que es subjetivo: Pedro Páramo de Juan Rulfo es una narración, si no la mejor, por lo menos una de las mejores sobre el mundo rural latinoamericano y su realismo mágico antes de que se inventara la expresión. 

A su lado está La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, que es sin duda la historia descarnada de la Revolución mexicana contada desde la agonía de un revolucionario. 

La definición más certera de lo que es nuestro país, sí el nuestro, es del argentino Jorge Luis Borges en El libro de arena cuando en uno de sus cuentos, -en los que era un maestro- pone, en boca de un profesor colombiano ficticio, una respuesta inédita a la pregunta que le hace Ulrica: “¿qué es ser colombiano?”. “No sé, -le respondí-. Es un acto de fe”. No hay manual de historia que lo diga en tan cortas palabras. Con precisión y actualidad impresionantes, además. 

El chileno Roberto Bolaño escribió una novela a finales del siglo pasado Los detectives salvajes, que no se considera parte del canon del “boom literario” latinoamericano, pero que debería serlo por su estilo francamente vanguardista y el realismo visceral como el mismo Bolaño lo llamó a través de sus personajes. 

¿Cómo dejar de lado Rayuela de Julio Cortázar, novela que marcó la identidad de quienes, estudiando en Europa, tuvimos que buscarla para no quedar a la intemperie? En el género de las biografías, la de Barba Jacob, El Mensajero de Fernando Vallejo no tiene igual por lo bien documentada y mejor escrita.

No obstante, la reedición por Editorial Planeta de La Vorágine, de José Eustasio Rivera, al cumplirse cien años de su publicación en 1924, mereció digna celebración en la Filbo. Obra cumbre de la literatura colombiana, libro centenario con ropaje nuevo. 

¿No se podría inventar una feria de libros que no son una novedad pero a los que hay que volver sin pausa porque no envejecen?

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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Carta a mi Padre

Por Dario Gamboa
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El evocador artículo publicado por Chucho Ferro el reciente Día del Padre, nos animó para compartir en una tertulia de nuestro grupo, los mensajes que tendríamos para nuestros padres, resumiendo nuestra experiencia de vida con ellos. Pedro Benítez, Marta Helena Ferro, Samuel Arango, Jorge Luis Puerta, Juan Gregorio Vélez, Jesús Ferro, Rosario (Ro) Rodríguez, Julio Hidalgo, Alfredo Cortés, Bernardo Nieto, Darío Gamboa, Reynaldo Pareja y Vicente Alcalá leyeron en este orden sus cartas en una tertulia emotiva y profunda que compartimos con nuestros lectores.

Exjesuitas en tertulia, Jueves 6 de Julio, 2023
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La Feria del Libro de Bogotá -FILBO- se está consolidando como evento de importancia internacional…las ferias regionales, ¿para cuándo?

En casi todas las entrevistas a escritores y escritoras que he leído por años, aparece la infancia como el lugar privilegiado, origen mítico, del hábito de leer que adquirieron para toda la vida. Nuccio Ordine, gran maestro del humanismo, profesor universitario en Calabria e invitado como conferencista a la actual Feria del Libro de Bogotá, confiesa en una entrevista a propósito de su libro más reciente “Los hombres no son islas” que fue una maestra quien hizo nacer en él su amor por el conocimiento, mostrándole las páginas de su lectura más entrañable de niño: “Corazón” de Edmundo de Amicis, un libro de niños escrito al ritmo de los meses del año que leí en mi infancia.

No quiero posar de intelectual prematuro. Gozaba también durante la niñez con los cómics publicados en los periódicos que retrataban las aventuras de Tarzán, que hacían volar mi imaginación por selvas inauditas, y, cómo no, las pesquisas de criminales de Dick Tracy, que pudo ser parte de lo que despertó en mí el espíritu inquisitivo que siento como llama de la curiosidad, esa sí intelectual, que se volvió inherente a mi vida.

Es cosa sabida y repetida por los grandes pedagogos que el ambiente familiar es definitivo en la construcción de los hábitos que para bien o para mal forman al ser humano desde la primera infancia. Los padres, antes que los maestros de las escuelas, pero sin que falten estos últimos, son figuras que, como el escultor, moldean la mente infantil y por ende el comportamiento humano. 

Por esa razón, el hábito de la lectura, rotundamente se puede decir, nace en el hogar, aunque con raras excepciones se rehace un poco más tarde. Y cuando hablamos de ambiente, nos referimos ciertamente al ámbito social donde crecemos. Un contexto que brinde espacios como son las bibliotecas infantiles de barrios, escuelas primarias, bibliotecas públicas municipales, afianzan por su lado el hábito de leer en los niños. 

Sin lugar a dudas, un maestro de escuela primaria o secundaria se convierte para muchos, en el mejor recuerdo de quien fue el guía clave para abrir horizontes mentales y sensibles en los jóvenes cuando una vez nos leyeron en voz alta y con emoción un párrafo entero de la Odisea de Homero o una página de Cien años de soledad. 

Las ferias de libros se han convertido en espacios maravillosos de promoción de la lectura. Es la sana envidia que produce la recién abierta Feria del Libro en Bogotá, y las que se anuncian para este año en Medellín, Cali y Bucaramanga. Pero en lo local, nuestra feria  brilla por su ausencia. Barranquilla, ¿cómo vamos?

Jesus Ferro Bayona

Abril, 2023

Publicado en El Heraldo, de Barranquilla.

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Si la población más pobre del planeta tiene más acceso a la educación, su crecimiento ilimitado se regulará y no será una carga para el Estado por la vía de los subsidios y de otros costos, porque subsiste la duda sobre el refrán muy optimista que decía hasta hace poco que todo niño nace con un pan debajo del brazo.

El 15 de noviembre pasado, en la clínica de Nuestra Señora de la Altagracia, Santo Domingo, República Dominicana, nació Damián, el primer bebé que anotó el número ocho mil millones a los que llegó ese día la población mundial. El hito que marcó Damián era simbólico porque cada segundo nacen dos niños y cada cuatro minutos mil bebés en algunos de los cuatro puntos cardinales de la Tierra. Cuando se dio la noticia sobre Damián ya habían nacido mil bebés más y la cifra subió cuatro minutos después. 

Las cuentas que registra Worldmeter, uno de los mejores sitios web de referencia de datos sobre la población mundial, muestran un crecimiento poblacional vertiginoso: en un día nacen 270.000 personas y mueren 115.000. Por lo tanto, cada 24 horas el crecimiento mundial de individuos es mayor en 150.000 personas. 

Si Thomas Robert Malthus se hubiera levantado de su tumba en la que fue enterrado en 1834, al leer las noticias sobre el nacimiento del niño ocho mil millones, se habría devuelto aterrado a su lugar de reposo eterno. En efecto, el erudito británico Malthus había dedicado su vida al estudio de la economía política y demográfica de su tiempo. En 1798, en su libro Ensayo sobre el principio de la población, sostiene que la población mundial tiende a crecer en progresión geométrica mientras que los alimentos aumentan solo en progresión aritmética, un principio que tiene una actualidad impresionante ahora cuando han surgido los temores bien fundados de que el hambre aumente exorbitantemente en el mundo, dado que la población se encuentra siempre limitada por los medios de subsistencia, que son menores que el crecimiento demográfico de los individuos del planeta. No puede pronosticarse razonablemente, por tanto, la sostenibilidad alimentaria mundial, uno de los graves problemas de la humanidad que se añade a los del cambio climático.

De los estudios del investigador británico surgió el maltusianismo, el cual señala que los recursos de la Tierra no serán suficientes para alimentar a la población creciente del mundo. De ese principio se concluyó posteriormente que la única forma de lograr la supervivencia humana es con el control de la natalidad. Se formó una polvareda ‒que dura hasta nuestros días‒ con el pronunciamiento de Malthus porque, además, señalaba que eran los pobres los que se multiplicaban en mayor número debido en gran parte a que el instinto de reproducción era más fuerte que la razón para controlarlo, una afirmación que ha creado prejuicios en contra de la población más pobre del planeta. 

Al día de hoy, es más positivo pensar que con más educación para todos en control de la natalidad y planificación familiar se puede crear conciencia sobre una problemática que atemoriza frente al futuro. Si la población más pobre del planeta tiene más acceso a la educación, su crecimiento ilimitado se regulará y no será una carga para el Estado por la vía de los subsidios y de otros costos, porque subsiste la duda sobre el refrán muy optimista que decía hasta hace poco que todo niño nace con un pan debajo del brazo.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Diciembre, 2022

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Existen condiciones favorables para consolidar en el Caribe comunidades de enseñanza del idioma español e igualmente del estudio de la lingüística, la filología, la literatura, las humanidades y la historia de la cultura colombiana de manera intensiva, que es labor esencial que lleva a cabo el Instituto Caro y Cuervo. 

El pasado 25 de agosto, el Instituto Caro y Cuervo cumplió 80 años de haber sido fundado. Me gusta el sitio donde funciona la sede de Chía, en una hacienda al norte de la sabana de Bogotá, a la que llaman Yerbabuena, que con solo pronunciar su nombre hace que penetre con magia imaginada por el olfato el aroma de mentol y el limón de un jardín apenas humedecido por las gotas de un rocío mañanero.

En Yerbabuena, el Caro y Cuervo realiza la labor encomiable con la lengua española, que es la conservación y análisis de su incesante invención de palabras, de su volver a nacer, subirse por las ramas de las etimologías para conocer mejor no solo sus orígenes, sino también los cambios continuos con los que el habla común y popular la va tejiendo, a veces atropellando, para mantenerla viva en nuestros labios porque su destino es resurgir a diario para no caer en la fosa de las lenguas muertas. 

Una vez, en una tertulia con el expresidente Belisario Betancur, cuando se hallaba en los últimos años de su vida, se levantó con energía del asiento y se despidió de sus contertulios diciendo que ya se le estaba haciendo tarde para ir a Yerbabuena. Otro día me contó que ir a estudiar y a leer en la hacienda del Instituto Caro y Cuervo era un placer del alma del que no se quería privar en el ocaso de sus días. El entorno campestre del Caro y Cuervo ofrece la tranquilidad necesaria para la investigación y el estudio como debe pasar en las universidades que son claustros y ambientes de paz y reflexión.

Por esa razón, me pareció afortunada la idea que en la Academia Colombiana de la Lengua me insinuaron cuando fui elegido para ingresar como miembro correspondiente: que las universidades podrían replicar en las regiones la labor que realiza el Caro y Cuervo en Bogotá. Existen condiciones favorables para consolidar en el Caribe comunidades de enseñanza del idioma español e igualmente del estudio de la lingüística, la filología, la literatura, las humanidades y la historia de la cultura colombiana de manera intensiva, que es labor esencial que lleva a cabo el Caro y Cuervo. A ello se suman los aportes creativos que ha hecho nuestra región a la lengua castellana: nada menos que un Nobel de Literatura con García Márquez y ser tierra fecunda de escritores como Rojas Herazo, José Félix y Alfonso Fuenmayor, Cepeda Samudio, la poetisa Meira Delmar y Juan Gossaín, miembros estos últimos de la Academia de la Lengua, para mencionar algunos.

La Costa no es ajena a la producción de estudios filológicos del castellano, que creemos erróneamente propios del altiplano. Un ejemplo destacado es el Lexicón de colombianismos de Mario Alario di Filippo, nacido en Mompox, obra de obligada referencia en la materia, que el padre jesuita Félix Restrepo, autoridad de nuestro idioma, elogió cuando se publicó en 1964. Yo estudiaba ese año en la Javeriana y los elogios del padre Restrepo me rozaron cuando supo que yo era coterráneo de Mario di Filippo. Me imagino apenas lo que me hubiera dicho, si García Márquez ya fuera para entonces el Nobel de Literatura.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Octubre, 2022

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En la vitrina encontré el libro que recoge sonetos inéditos del amor oscuro, que para el momento era una novedad recién salida de la imprenta y lo compré. Sucedió hace años en Granada.

Una vez, durante un viaje por España, estuve en Granada. Fui a ver en Fuente Vaqueros la casa donde nació el poeta García Lorca y en la que vivió cortos años, así como fue de corta su vida. En una esquina de la planta baja de la casa-museo actual, vi de reojo uno de sus dibujos, el de Soledad Montoya con su cabellera negra muy larga cayendo sobre el vestido rojo. Cuando me acerqué y lo vi en detalle, recordé que en el poema, Soledad corre en su casa como una loca, “mis dos trenzas por el suelo/de la cocina a la alcoba”*. El dibujo es la expresión pictórica en colores tenues de la pena de cauce oculto que es la de Soledad Montoya.

En la vitrina encontré el libro que recoge sonetos inéditos del amor oscuro, que para el momento era una novedad recién salida de la imprenta y lo compré. En los poemas, García Lorca abre las ventanas de su alma para decir la pena oculta en poesías que no se habían publicado antes en edición independiente, ni más allá del ocultamiento de su pena más honda, como pasa en otros poemarios como los del Romancero gitano

En cierto modo es la pena de un cauce oculto, que dice al fin la verdad del poeta: “quiero llorar mi pena y te lo digo/para que tú me quieras y me llores/en un anochecer de ruiseñores/con un puñal, con besos y contigo”**. Puro y ardiente monumento al amor, que el poeta Vicente Aleixandre bautizó como Sonetos del amor oscuro, nombre que se ha visto como una velada alusión a una homosexualidad que ningún verso desmiente, ninguno afirma, pero que se sabe que está ahí como una energía que mueve a expresar lo que para la época de su creación era una transgresión social intolerable.

Efectivamente, era una transgresión que tuvo consecuencias políticas implicadas en su fusilamiento apenas estallada la Guerra Civil española en 1936. El 18 de agosto pasado se conmemoraron 86 años de la madrugada en que fue sacado de la celda donde se encontraba preso hacía dos días por fuerzas vinculadas con el régimen franquista.  Lo condujeron en un coche por un camino de olivares que lleva por las laderas cerca de Granada, y luego de hacerlo bajar y caminar junto a otro detenido político, le dispararon por la espalda. Su cuerpo fue enterrado en un barranco en las inmediaciones, pero hasta el día de hoy se desconoce dónde quedaron los restos de Lorca. Las circunstancias sociopolíticas en las que sucedió su fusilamiento han sido investigadas y expuestas por el historiador e hispanista británico Ian Gibson en una de las más completas biografías que hay sobre el poeta español. 

Al momento de morir, García Lorca tenía 38 años, pero ya era célebre por sus obras de teatro, poesía y prosa. Gibson anota que el poeta no tuvo el consuelo de ver la luna porque esta, en su último cuarto menguante, se había puesto antes de las dos de la madrugada. Detalle narrativo que no se limitó a la mera descripción, para envolverse en un halo poético, como si el biógrafo se hubiera metido en su corazón sintiendo con palabras del poeta aquel trance de su dolor: “Por el cielo va la luna/ con un niño de la mano”***, había escrito Lorca.

Romance de la pena negra: https://poetasandaluces.com/poena/1747/

** Soneto del amor oscuro: https://ciudadseva.com/texto/quiero-llorar-mi-pena-y-te-lo-digo/

*** Romance de la luna, luna: https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/ab11e33f-32de-4f0a-87c5-8b34498d9758/romance-de-la-luna-luna

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla

Noviembre, 2022

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Cuando le otorgaron a Gabo el premio Nobel, los académicos suecos le hacían un reconocimiento a las tradiciones orales de la Costa y, por ende, a las del país que teje las suyas. La historia de esa tradición necesitaba un artífice que enhebrara sus leyendas en la escritura y ese fue García Márquez. 

El 21 de octubre pasado, hace cuarenta años, la Academia Sueca anunció que le otorgaba el Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez. La noticia se regó como pólvora en la prensa y, en particular en la Costa, donde se llegó casi al paroxismo de la alegría. El hijo del boticario y telegrafista de Aracataca, un coterráneo nuestro, había alcanzado el máximo galardón al que la mayoría de los escritores del mundo aspira, aunque no lo confiese en público. 

Una de las frases más dicientes que pronunció el portavoz de la Academia fue que se le otorgó el premio por sus novelas e historias cortas en las que la fantasía y la realidad se combinan en un mundo rico de imaginación. Una frase que lleva implícito lo que todos aquí sabemos: que la Costa es una región del Caribe colombiano donde la cultura popular se nutre de la narración oral y de los cuentos y leyendas que recorren el territorio donde muchas veces no se sabe qué es lo real y cuál es la ficción. 

En la década de los años cincuenta en la que mis compañeros de generación y yo crecimos, el cuento y la leyenda eran pan cotidiano y nuestra alimento cultural era esa tradición oral, por lo que no nos sorprendía que las novelas de Gabito fueran producto de su imaginación creativa afincada en las leyendas populares.

El cuento de La hojarasca me dejó encantado. Leí y releí sus páginas con devoción porque las sentí como algo que ya me era familiar. La historia del médico tan odiado que una vez muerto el pueblo de Macondo no quiere sepultar se enlaza con los temas ubicuos de las tragedias griegas, como el de la historia de Edipo en Colono de Sófocles, rechazado por sus habitantes que no quieren enterrarlo cuando muere. Sin que nos demos acaso cuenta son temas inagotables que van y vuelven como en la rueda del tiempo, repitiendo a su manera el sentir omnipresente de los dramas populares que escuchamos contados sin descanso por las abuelas, las comadres, las madrinas de toda nuestra infancia.

Cuando le otorgaron a Gabo el premio Nobel, los académicos suecos le hacían un reconocimiento a las tradiciones orales de la Costa y por ende a las del país que teje las suyas. La historia de esa tradición necesitaba un artífice que enhebrara sus leyendas en la escritura y ese fue García Márquez; pero Gabito tenía que nacer y crecer en el cauce de un pueblo cuya cultura narrativa fuera tan rica que diera a luz al cantor que supiera contárselas a la humanidad. En ese entonces, hace cuarenta años, miré hacia atrás y recorrí de memoria sus narraciones y comprendí mejor que sus cuentos y novelas estaban engranados entre sí como un rosario de palabras que contaban un cuento largo. O como el mismo Gabo lo dijera mejor una vez cuando expresó que Cien años de soledad era un vallenato de 400 páginas.

Cuarenta años después me pregunto si seguimos siendo un pueblo que cuida su tradición oral comunicativa. No tengo la respuesta. Pero me inquieta que hayamos perdido mucho cuando observo cómo se pasa la gente mirando más tiempo las pantallas de los celulares que hablando viéndose los rostros. 

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Octubre, 2022

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La poesía de Meira se volvió memoria simbólica de Barranquilla, como pasó con sus ancestros venidos del Líbano. En Inmigrantes canta: “una tierra con cedros, con olivos, una dulce región de frescas viñas, dejaron junto al mar, abandonaron por el fuego de América (…) hasta llegar por fin a la candente orilla”, donde “el fragor de los ríos remedaba el rugido del jaguar y del puma ocultos en la selva”.

Hace pocas semanas se conmemoraron los cien años del natalicio de Meira Delmar, la gran poeta de Barranquilla: “Porque nació frente al alba y en el sitio de la brisa, le dieron un nombre claro de flor o de lluvia fina”. Esa es la Barranquilla* de Meira. Y también porque el alba es su buena madrina frente al mar: “El mar de gritos azules, el mar del habla encendida, le trae canciones remotas y barcas de otras orillas”.

Palabras que celebran, al contrario de lo que mucho se ha dicho sin pensarlo bien: que la nuestra es una ciudad que no tiene mar. Sí que lo tiene. Y que corrigen otra expresión que hemos repetido taxativamente: que Barranquilla le dio la espalda al río. ¿Qué hace ahí en pie, entonces, la Intendencia Fluvial, edificio restaurado que repara la memoria esquiva? Meira lo canta en el poema: “El río, tenaz viajero, con largo asombro la mira, y le regala blancura de garzas estremecidas”. 

Guardo en mis recuerdos una madrugada en que llegué muy niño a Barranquilla de la mano de mi madre. El barco de vapor en que veníamos, con el corazón palpitante de alegría, encalló en la margen oriental del río Magdalena, despertándonos con un ruido estremecedor que nos hizo temer que la embarcación se iba a pique. Al frente estaba Barranquilla, casi inalcanzable. Salimos al fin de aquel barranco y atravesamos el río caudaloso y rugiente, para arribar sonrientes a la ciudad. “Porque el alba madrina, le dio aquel nombre que pide para decirlo, sonrisa…”, repito recordando aquellos momentos en sus versos que impregnan mi historia personal. 

La poesía de Meira se volvió memoria simbólica de Barranquilla, como pasó con sus ancestros venidos del Líbano. En Inmigrantes**canta: “una tierra con cedros, con olivos, una dulce región de frescas viñas, dejaron junto al mar, abandonaron por el fuego de América (…) hasta llegar por fin a la candente orilla”, donde “el fragor de los ríos remedaba el rugido del jaguar y del puma ocultos en la selva” de este trópico.

Los abuelos trocaron las viejas palabras “por las palabras nuevas para llamar las cosas, y el corazón supieron compartir con largueza” ‒dice Meira en el poema‒ y lo han contado sin cesar los descendientes de familias palestinas, hebreas, sirias, alemanas, interminables apellidos que hoy son el tejido de la genealogía barranquillera, sin dejar por fuera las familias de distintas regiones del país que migraron hacia acá buscando una ciudad que los acogiera con la generosidad que la caracteriza.

En esa memoria simbólica aparecen constantemente el mar, como en Presencia: “Mar delirante, navegante de mi bahía desvelada”; el río, en Encantamiento: “a la orillita del río, mirando correr el agua”; las islas secretas, los navíos, las lluvias de abril y mayo, los brisas únicas de aquí, como en Diciembre: “ya mi Diciembre costero (…) sal y sol derramándose en la playa”; y el sitio del amor, que está allí, gozoso o herido, en Corazón***: “yo tengo el corazón para que tú lo tomes, como el cuerpo del mar, multiforme”. 

¡Qué más pedirle al que ama, si responde: “estoy, amor, en ti”! 

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https://www.poemas-del-alma.com/meira-delmar-romance-de-barranquilla.htm

** https://www.poeticous.com/meira-delmar/inmigrantes?locale=es

*** https://www.poesi.as/Meira_Delmar_CORAZON_Este_es_mi_corazon_Mi_enamorado.htm

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Octubre, 2022

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La imagen de la galaxia captada por el telescopio James Webb y que difundió oficialmente la NASA por intermedio del presidente Joe Biden el pasado 12 de julio, ha llegado a las pantallas de nuestros computadores de forma sencillamente asombrosa. 

Es increíblemente maravilloso que uno pueda ver imágenes del universo captadas por el telescopio espacial James Webb, que el científico danés Gabriel Brammer logró procesar para que el común de los mortales viéramos la imagen infrarroja más profunda y nítida de una galaxia nunca antes vista desde que los humanos se hayan pasado millones de años escrutando el cosmos, llenos de curiosidad y asombro. 

Entretanto, han sucedido casos tan cómicos como el de Tales de Mileto, el filósofo griego, siete siglos antes de nuestra, que se cayó en un pozo por estar deambulando por el jardín de su casa abstraído en la observación de las estrellas. Su criada se rió a carcajadas cuando vio a su señor de pies a cabeza en el hueco. Por fortuna, la ciencia ha dado saltos cualitativos tan enormes que no es necesario andar exponiéndose para observar el cielo estrellado, una práctica tan antigua que se podría contar la historia de la humanidad desde el solo punto de vista de la astronomía que ha subyugado a pueblos e individuos.  

La imagen de la galaxia captada por el telescopio James Webb y que difundió oficialmente la NASA por intermedio del presidente Joe Biden el pasado 12 de julio, ha llegado a las pantallas de nuestros computadores de forma sencillamente asombrosa. Uno podría pasar interminables horas contemplando puntos blancos, estrellas titilantes, cruces suspendidas, luminarias colgadas en la oscuridad de una noche eterna que tuvo lugar hace más de 35.000 millones de años luz. Para qué hacer cuentas sin fin, si Paul Valéry lo había cantado: “Que al cielo alce mi vista y en él trace mi templo”.  

En las altas montañas del Perú, a 2430 metros de altura sobre el nivel del mar, y antes de la llegada de los conquistadores españoles, los incas levantaron un reloj solar en forma de polígono tallado en la roca para hacer mediciones del clima y los cambios estacionales, y para observar los movimientos del Sol, su dios sagrado, y las estrellas y astros en las noches despejadas. Lo llamaron Intihuatana, que en quechua significa “donde se amarra el sol”. Al norte de Lima se ha encontrado otro observatorio astronómico más complejo, Chankillo, esta vez en un desierto de arena, desde donde los pueblos preincaicos venían observando desde hace 2300 años el Sol y los astros. 

Los pueblos de Suramérica se conectaron, sin que sepamos todavía cómo lo hicieron, con otros pueblos muy antiguos, como mayas, babilónicos, egipcios, chinos y mesopotámicos, donde observatorios más elementales ofrecían satisfacción práctica al deseo incontenible del ser humano de trascender su existencia terrenal elevándose al cosmos sin límites para responder a preguntas más acuciantes. 

Sin duda alguna, el telescopio James Webb hace parte del engranaje de la ciencia que logrará en el futuro más lejano descubrimientos del universo todavía más sorprendentes que los alcanzados hasta hoy. Lo cierto es que la frase magistral del filósofo Immanuel Kant seguirá gravitando sin cesar en la mente del ser humano: “el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. 

Jesús Ferro Bayona

Octubre, 2022

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

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Recordando la obra de Bernardino de Sahagún, la educación, 500 años después, sigue siendo, principal ‒y ahora crucialmente‒, un intercambio dinámico entre profesores y estudiantes, entre maestros y alumnos. Es un apostolado, pese a la carga religiosa que se da a la palabra. 

La historia se cuenta siempre ‒casi siempre‒, desde los vencedores: Alejandro Magno, Napoleón, Carlos V, Julio César, por ejemplo. Cuando aconteció la conquista de México, un fraile se dio a la tarea de escribirla desde la visión de los vencidos, los aztecas, dominados por Hernán Cortés en el siglo XVI. El fraile franciscano Bernardino de Sahagún no se limitó a evangelizar a los indígenas, como era lo usual en la época. 

Creó el Colegio de la Santa Cruz y en su cátedra recogió por muchos años los testimonios de sus alumnos mexicas y los consignó en su lengua, el náhuatl. Hoy es una de las mejores crónicas sobre México recién conquistado*. Cada página está acompañada ‒no son adornos, porque no están ahí con ese fin‒, por dibujos, pintados por los indígenas, en los que dejaron a modo de narración lo que sintieron, sufrieron y pensaron bajo el yugo de una cruel conquista y ante la destrucción de su civilización, una de las más grandes de América prehispánica.  

El fraile Bernardino no fue el único. También el fraile dominico Diego Durán y el jesuita Juan de Tovar, contemporáneos suyos, escribieron obras similares con dibujos coloridos que revelan la forma como los mexicas entendían su mundo y lo expresaban por medio de pictogramas. Los religiosos tradujeron el testimonio invaluable de sus discípulos al castellano y por esa razón hoy podemos conocer su historia, contada desde el punto de vista de los que fueron vencidos, pero que pudieron alzar su voz para no quedarse “contados” por otros, los vencedores. Pasaron a la historia como los intérpretes, dolorosamente, de su derrota, pero al fin y al cabo como los testigos fidedignos de su propia cultura, de su pasado, de su pensamiento sobre sí mismos.

A Bernardino de Sahagún se le considera con justa causa el primer antropólogo de América: su misión no se limitó a evangelizar y a convertir a la fe católica a los “indios”, como debían hacerlo los religiosos que vinieron con los conquistadores al Nuevo Mundo. Sahagún, Durán, Tovar, les dieron una voz a quienes no la tenían en una civilización sometida por las armas del más fuerte. Compartieron sus conocimientos para no quedarse del lado conquistador, de los dueños del saber que se impone como único. Fueron a su vez alumnos de sus alumnos. Eso es lo que contiene la definición más auténtica de lo que significa ser un maestro. 

Recordando la obra de Bernardino de Sahagún (Historia general de las cosas de la Nueva España), la educación, quinientos años después, sigue siendo, principal y ahora crucialmente, un intercambio dinámico entre profesores y estudiantes, entre maestros y alumnos. Es un apostolado, pese a la carga religiosa que se da a la palabra. A través del término, se comprende el sentido creativo y de entrega a los demás que trasciende la simple funcionalidad de enseñar, como lo entendieron los frailes que fueron más que unos evangelizadores. Transformaron el contexto en que estaban, cediendo la palabra a los supervivientes de civilizaciones vencidas, pero todavía vivientes, para que expresaran su conciencia de sí, la comprensión de su historia, sus esperanzas. 

Historia general de las cosas de la Nueva España.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Agosto, 2022

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La nuestra no es la historia de la violencia. Por lo mismo, ¿no deben niños y jóvenes conocer igualmente la historia de la paz y convivencia republicanas, la de nuestra literatura con María y Cien años de Soledad, las artes y la cultura, los hitos científicos de Mutis y Caldas, la navegación por el Magdalena y la aviación con Scadta, la industrialización del país, el progreso con el café, el potencial de nuestra biodiversidad, única en el mundo? 

De los malos profesores de historia en el colegio, lo peor no fueron las listas de fechas de batallas y nombres que había que aprenderse de memoria, sino lo desenfocada que era su enseñanza, reducida a enumerar sus partes como si fueran las de un esqueleto que ha perdido toda vida. Después de esa experiencia escolar no es de extrañar que a los sobrevivientes no nos haya quedado ningún gusto por conocerla, confirmando la sentencia atribuida a Santayana: “quien no recuerda el pasado está condenado a repetirlo”.

Por eso, no sorprende que en el Informe de la Comisión de la Verdad, una de las conclusiones que uno puede destacar es que las violencias cometidas en cincuenta y más años son la repetición de matanzas y sufrimientos infames que los victimarios más feroces han infligido a cientos de miles colombianos inermes y vulnerables, particularmente campesinos y habitantes de poblaciones perdidas en la geografía tan extensa que tiene al país. Los testimonios innumerables y dolorosos que se recogieron entre las víctimas, durante un tiempo largo de indagación, rompen el alma.

A raíz de la publicación del Informe se ha abierto un debate, que como suele pasar cuando se mezclan hechos con ideologías, ha desviado la atención sobre lo realmente importante que es la tragedia infinita de las víctimas que no necesitan de discusiones doctrinarias y polarizadas entre quienes son buenos y malos, sin que deje de ser central saber quiénes son los victimarios, individual o grupalmente tomados, ideológicamente de izquierdas o de derechas. En fin de cuentas, el objetivo esencial que se le asignó a la Comisión fue “el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición” de lo que sucedió en el conflicto armado colombiano. 

El Ministerio de Educación del gobierno entrante se ha propuesto llevar al conocimiento de niños y jóvenes el Informe de la Comisión. Está bien el propósito si no se distorsiona el objetivo pedagógico. El problema radica en que la transmisión de ese conocimiento histórico es muy sensible en términos sociales y políticos. Se requiere que se haga con pedagogía sin partidos para que no vuelva a darse lo que decía al inicio de este escrito: la ignorancia de la historia, una de las formas del adoctrinamiento. La enseñanza dogmática de la historia no solo lleva a la ignorancia; también conduce a repetir lo malo que sucedió en ella, como fueron las violencias del conflicto armado. Volveríamos al eterno retorno de las tragedias humanas por causa de la reproducción de victimarios. 

Vale decir que la nuestra no es la historia de la violencia. Por lo mismo, ¿no deben los niños y jóvenes conocer igualmente la historia de la paz y convivencia republicanas, la de nuestra literatura con María y Cien años de Soledad, las artes y la cultura, los hitos científicos de un Mutis y un Caldas, la navegación por el Magdalena y la aviación con Scadta, la industrialización del país, el progreso con el café, el potencial de nuestra biodiversidad única en el mundo? Hay que conocer sin parcialidad la verdad de nuestra historia. 

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Septiembre, 2022

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Por las noticias nos enteramos en tiempo real de que autoridades alemanas y terroristas habían iniciado negociaciones. Estos habían lanzado sus demandas por una ventana del apartamento donde estaban: pedían liberar 236 presos palestinos en Israel. No aceptaban intercambio de rehenes ni entrega de dinero como rescate.

Hoy, 5 de septiembre, se cumplen 50 años de la masacre de Múnich en los XX Juegos Olímpicos de 1972. Once deportistas del equipo olímpico de Israel fueron asesinados por el grupo terrorista Septiembre Negro.  

Yo me encontraba ahí en ese momento. Había llegado a la capital bávara un mes antes para continuar el aprendizaje de la lengua alemana que inicié con el profesor Alberto Assa en el Colegio de San José de Barranquilla. Me alojé en la casa de los jesuitas, donde funciona la Facultad de Filosofía todavía hoy. Un profesor austríaco nos enseñaba a hablar en alemán siguiendo un método coloquial acompañado de lecturas. Por las noches, la cena era con yogur, quesos, pan campesino y frutas frescas. Lo inédito era que la alimentación llegaba cada día en furgonetas repartidoras de los restaurantes de la villa olímpica y que evidentemente era parte de la abundante comida que los deportistas no consumían en su totalidad y que se distribuía en colegios, universidades, residencias de estudiantes y muchos otros centros juveniles.

Antes de empezar las clases del lunes 5, fuimos sorprendidos con la noticia aterradora de que varios miembros del equipo olímpico israelí habían sido asaltados a las 4 a.m., mientras dormían en sus apartamentos, por un grupo de ocho fedayines que habían escalado las rejas de dos metros de altura del complejo olímpico, vestidos con trajes deportivos para camuflarse entre los deportistas, pero que iban armados con pistolas y granadas que supieron esconder. A las 9 a.m., cuando vimos las imágenes, los terroristas habían matado ya a un atleta y al entrenador del equipo de lucha, y tenían como rehenes a nueve integrantes del equipo israelí. Solo ocho atletas pudieron escapar del asalto de los fedayines a los dormitorios de los deportistas.  Siguieron horas de espanto y zozobra, acrecentadas por la proximidad en que nos encontrábamos del lugar de los hechos y por la enorme cantidad de gente que había llegado a Múnich para los Juegos entre deportistas de muchos países, visitantes internacionales y prensa mundial. Unas 80.000 personas.

Por las noticias nos enteramos en tiempo real de que se habían iniciado negociaciones entre las autoridades alemanas y los terroristas, que habían lanzado sus demandas por una de las ventanas del apartamento en que se encontraban: pedían la liberación de 236 presos palestinos en Israel, sin aceptar intercambio de rehenes ni entrega de dinero como rescate. La televisión mostraba escenas angustiosas de la villa olímpica, despliegue de fuerzas de seguridad sobre las casas, helicópteros sobrevolando la ciudad. 

Cuando pensamos que la masacre había terminado, 24 horas después, murieron otros israelíes y varios secuestradores en medio de una balacera en el aeropuerto antes de subir a los aviones que los sacarían de Alemania. Imposible narrar aquí la historia completa. La contaré en un libro de relatos que preparo. No olvidaré jamás el final triste de los Juegos Olímpicos en el estadio de Múnich, acentuado por la marcha fúnebre de la Heroica de Beethoven. 

Jesús Ferro Bayona

septiembre, 2022

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

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Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos esta tarde en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores los videos de estas muestras especiales para cada uno. 

Exjesuitas en tertulia- 7 de Julio, 2022

              Extravío

Vida frágil y breve, 

mientras se filtra en mi corazón

una frase que no se escribe,

malestar infinito

como un invierno, 

se retuerce en una calle anónima.

Dolor sin direcciones,

El amor que duele 

como herida milenaria.

No encuentro el libro de los océanos,

ni de los territorios que viví sonámbulo,

surcador de precipicios dislocados.

Busco la frase que no se escribe

entre la lluvia eterna

de mi extravío sin límites.

El patio de la infancia

Hubo un tiempo perdido, 

momentos poblados por la dicha,

un patio inagotable

de matarratones torcidos,

de escondites inventados.

No había mañana peligroso,

ni amanecer acongojado,

ni noche de terrores.

Solo el patio, el placer, las grutas.

El atardecer era infinito

ebrio de un múltiple amor

entre la brisa cándida

de una risa intemporal.

Te busco a medianoche,

patio mío,

para encontrar mis ojos inocentes,

mi cuerpo estremecido

por los resplandores de la luna.

Espacio de mi invención endiosada,

te siento como el eco

de la palpitación ausente,

suprema invitación que lastima

en la piel calcinada del abandono.

               Pérdida

Castillo de mi reino desolado

Cuando la lluvia invoca las estrellas

Un sabor melancólico se mezcla 

Con la memoria de mis versos.

Ahí están tu mirada, 

las flores deshojadas,

Las promesas de mi infancia,

Todo ha perdido su misterio.

Petrificada está mi mansedumbre.

No soy feliz. Tal vez una aurora

Vendrá con sus monedas circulares.

Quedan la luna y los recuerdos 

Temblando en la espesura de este vino,

Dicha crepuscular de los salones

Sin muebles, sin cortinas, solo un eco.

Jesús Ferro

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El solo penacho de plumas de quetzal, igualmente colorido, del emperador azteca Moctezuma, que se exhibe permanentemente en un museo de Austria, era hasta ahora uno de los testimonios de adornos indígenas más visibles, pero tristes, de lo que fue la destrucción de una de las civilizaciones precolombinas más importante y extendida del continente americano.  

La foto de un indígena con su penacho de plumas coloridas inclinándose para saludar al papa Francisco, a su vez tocado por otro penacho y sentado en una silla de ruedas, durante la reciente visita del Pontífice a una de las comunidades nativas en la provincia de Alberta, Canadá, me trajo el recuerdo de la imagen de las cajetillas de cigarrillos Pielroja, que hace años eran los que fumaba la mayoría de fumadores del país. 

Pero la imagen de las cajetillas Pielroja que la memoria guarda de otras épocas no encaja ahora en las  viles historias de cuando los niños eran llevados a los internados indígenas del país nórdico de América a recibir una educación que en el interior de los claustros terminaba convirtiéndose en abusos y maltratos sistemáticos a los que los educadores los sometían siguiendo los dictados de una política de asimilación cultural forzada de menores que se veía con ojos benignos, o “por medio de la indiferencia”, según lo expresó el papa Francisco quien, pese a sus dolencias físicas en una de las rodillas fue a Canadá a pedir perdón por los atropellos cometidos por clérigos de la iglesia. 

Lo que sucedía en la red de internados de las 139 instituciones canadienses similares a las que el papa visitó en la región de Alberta fueron actividades de educación perversa, según los informes de las investigaciones históricas realizadas desde hace algunos años en torno a las prácticas  escolares residenciales desde el siglo XIX hasta 1990 en Canadá. Hay que reconocerle al papa Francisco el valor moral de ir a afrontar en persona una oprobiosa culpa comunitaria del pasado eclesial. La historia de la conquista y colonización de América se ha ensañado más que todo en las iniquidades de líderes militares españoles como Hernán Cortés en México o Francisco Pizarro en Perú, para citar apenas un par de ejemplos dramáticos. El solo penacho de plumas de quetzal, igualmente colorido, del emperador azteca Moctezuma, que se exhibe permanentemente en un museo de Austria, era hasta ahora uno de los testimonios de adornos indígenas más visibles pero tristes de lo que fue la destrucción de una de las civilizaciones precolombinas más importante y extendida del continente americano.  

No todo fue destrucción y exterminio. La obra educativa de frailes franciscanos, dominicos y jesuitas fue un valioso rescate y revaloración de las culturas de comunidades mayas, incaicas y guaraníes durante la época de la conquista y la colonia. Un fraile como Bernardino de Sahagún, que convirtió una escuela de nativos mexicanos en lo que puede llamarse la primera universidad de México, o las misiones de los jesuitas en el Paraguay, y la Orinoquia colombiana, son ejemplos de respeto y conservación de los valores culturales de los pueblos nativos dignos de admiración, como lo atestigua el misionero jesuita Joseph Gumilla en su libro sobre la Historia natural, civil y geográfica de las naciones de las riberas del río Orinoco. Que reconocer y expiar las infamias del pasado sirva para distinguir lo que fue bueno y debe ser mejor en la educación.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Agosto, 2022

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Panel de exjesuitas exrectores de universidades en Colombia

Al constatar en nuestro grupo de compañeros que un buen número de ellos había desempeñado  las responsabilidades de rector de una o varias universidades, le solicitamos a Jesús Ferro, Francisco Cajiao, César Vallejo, Hernando Bernal y Luis Hernando Rodríguez participar en una sesión para obtener una síntesis de sus experiencias y aprendizajes al liderar sus instituciones y un breve diagnóstico de las necesidades que enfrenta este sector tan importante para la transformación del país. Ellos aceptaron nuestra invitación y nos regalaron una tarde de mucha información y análisis profundos en un panel cargado de sinceridad, objetividad e ideas que pueden canalizar los responsables actuales o futuros de la educación superior en Colombia. 

Exjesuitas en tertulia- Sesion# 103- Junio 2, 2022
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