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Jesús Ferro Bayona

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El desempleo es una dura realidad contra la que se estrellan los sueños de los jóvenes.

En las fotos de graduación, los profesionales recién graduados muestran con orgullo sus diplomas. Transmiten su alegría por el logro alcanzado con la esperanza de un futuro mejor. Es lo que uno espera para el verdadero cambio del país. Sin embargo, la realidad del desempleo está golpeando las expectativas de los jóvenes. Según estadísticas recientes del DANE, en la actualidad hay 2,9 millones de colombianos que no tienen empleo. Es una cifra preocupante, si se tiene en cuenta que se han perdido 255 mil puestos de trabajo para jóvenes de 15 a 24 años en estos primeros meses del año.

El desempleo es una dura realidad contra la que se estrellan los sueños de los jóvenes. Pero no solamente es la falta de ofertas para ubicarse en el mundo laboral.

En la encuesta que comenté en mi columna anterior, entre los 3 820 jóvenes, de 11 a 28 años que ya están empleados, un 59% afirma que existe una desconexión entre el trabajo y la educación que recibieron. Que el trabajo que tienen no está relacionado en nada con el área de sus estudios. La expresión es muy fuerte. Puede parecerles exagerada a los educadores. Pero esa es su percepción. Que no es tan negativa, porque un 62% asegura que la educación que recibió lo preparó para el mundo laboral. Paradójico. No cuestionan a profesores y formadores. Dicen que fueron muy buenos. El problema consiste, según un porcentaje grande, en que se hallan en el lugar equivocado, en un puesto de trabajo para el que no estudiaron.

Uno diría que ese “fuera de lugar” es casi tan frustrante como estar desempleado. He tenido esa percepción cuando he hablado con muchos profesionales jóvenes. Excúsenme que lo diga, es sin ánimo de menospreciar el oficio, muchos jóvenes profesionales trabajan en centros de atención al cliente porque toca. Fue lo único que encontraron. Siguen ahí mientras aparece lo que llene sus expectativas. Un profesional no se gradúa tras años de estudios para desempeñarse en un área de atención por teléfono. No es un empleo que ponga a soñar a un joven mientras estudia una profesión.

En las universidades de calidad que conozco, existen desde hace tiempo los semestres de práctica profesional. Sin graduarse aún, los jóvenes ponen a prueba lo que saben en teoría en empresas e instituciones y estas calibran sus competencias aún en formación. No son pocas las que los enganchan después de graduarse. Esa es una conexión de la educación con el mundo laboral. El problema ahora es que se dé una reactivación económica. Con menos empresas y en crisis económica, habrá menos ofertas de empleo.

Jesús Ferro Bayona

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Los jóvenes dicen que quieren estudiar, que les gusta estudiar, pero que no encuentran la financiación necesaria para hacerlo.

Se dice que los jóvenes no quieren hacer estudios universitarios. Que esa es la razón de la baja de matriculados. Una encuesta reciente de opinión realizada por Empresarios por la Educación y el Centro Nacional de Nacional de Consultoría entre 3.820 jóvenes de 11 a 28 años (una muestra representativa de cerca de 10 millones de personas) contradice esa percepción.

Los jóvenes dicen que quieren estudiar, que les gusta estudiar, pero no encuentran la financiación necesaria para hacerlo. El proyecto de ley estatutaria que se presentó al Congreso tiene como objetivo establecer que la educación es un derecho fundamental. Incurre en un desacierto cuando no reconoce explícitamente que el sistema de educación superior colombiano es mixto, es decir, de instituciones públicas y privadas.

La financiación se restringe a las universidades estatales. Aunque tampoco se muestra el impacto fiscal que la gratuidad de la educación pública va a costarle al Estado. Se aduce que la ley no implica un gasto adicional. Que se sepa, los rectores de universidades públicas llevan años quejándose de que sus instituciones están desfinanciadas. Algunos se han atrevido a afirmar en voz alta que el faltante es tan grande que no han tenido cómo pagar la nómina de profesores de este semestre.

¿Cómo será entonces con las nuevas circunstancias que la ley estatutaria va a crear? En el proyecto de ley, a las universidades privadas no se les reconoce explícitamente con ese nombre. ¿Acaso no están matriculados en ellas un millón 200 mil estudiantes? Son cerca del 50% del total de la población estudiantil universitaria. Necesitan financiar las matrículas que sus familias pagan con muchos sacrificios, por lo que requieren de créditos bancarios y de organismos estatales. Pese a los créditos que otorga el Icetex a los estudiantes de las privadas, para este año se llegó a un acuerdo inédito: las privadas deberán pagar los intereses causados por los préstamos que ese organismo da a los estudiantes.

Es una carga financiera para las instituciones privadas que se suma a las que ya afrontan muchas de ellas que han tenido que hacer recortes de profesores, puntales de la calidad educativa. ¿Se fortalecerá el Icetex con más recursos económicos? ¿Aguantarán las universidades privadas los aprietos financieros por los que atraviesan?

Está bien que el proyecto de ley estatutaria apunte a establecer prioritariamente que la educación es un derecho fundamental. Pero que sea un derecho a una educación con calidad. Y también a la libertad de elegir dónde estudiar con calidad, asegurando el apoyo financiero para poder ejercer esa libertad.

Jesús Ferro Bayona

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“Murió en casa en la habitación que amaba, la biblioteca, una habitación con libros en cada pared, desde el suelo hasta el techo, pero también altas ventanas que dejaban entrar la luz”. Así dio la noticia de su muerte, su propia esposa, la también escritora Siri Hustved. Fue el 30 de abril, a las 18:58 de la tarde en Nueva York.

Cuando me enteré de la muerte del escritor Paul Auster, me sentí muy abatido. Era la noche y me puse a leer algunas páginas de su libro La invención de la soledad. Di primero con el párrafo donde se refiere a la muerte de su padre. Cuando supo la noticia, escribe: “no se me ocurrió un solo pensamiento noble”. Continúa: “su muerte no ha cambiado nada; la única diferencia es que me he quedado sin tiempo. Había vivido durante quince años una vida tenaz y opaca, como si fuera inmune al mundo”. Un sentimiento de orfandad recorre el libro. Permanente desencuentro con su padre.

Los buenos escritores tienen la virtud de hacernos confidencias a los lectores como si fuéramos sus cómplices. Y eso era lo que sentía con las lecturas de las novelas del escritor nacido en New Jersey, pero neoyorkino en el fondo de todo. Uno de los que mejor ha escrito sobre esa compleja y fascinante metrópoli del mundo contemporáneo, como son por ejemplo las tres novelas que conforman La Trilogía de Nueva York, sobre la cual dice a través de su personaje que “el movimiento era lo esencial”; (…) “en sus mejores paseos conseguía sentir que no estaba en ningún sitio”. Me hizo recordar a Heráclito el filósofo, para quien nada en la vida es permanente, ni puede serlo. Todo se mueve en un fluir.

Nueva York no es ningún sitio y todos los sitios, yo también lo he sentido. Las veces que he estado en ella no he tenido necesidad de una guía turística, solo la red del subway para ir de un lado a otro. Con los libros de Auster uno tiene un conocimiento vital sobre Manhattan, Soho y de todo lo que se guarda en la memoria de los sitios que él amaba como la calle Brooklyn Heights donde Walt Whitman compuso a mano la edición de Hojas de hierba en 1855, que cita en Fantasmas de la Trilogía.

Nueva York ostenta los sitios más refinados del mundo, museos con piezas artísticas de todas las épocas, music halls innumerables, restaurantes de clase

mundial. Hay de todo en sus calles por donde transita día y noche un río de individuos, perdidos cada uno en el anonimato. Entre ellos, mendigos, gente que gime, que maldice, que habla sola. “Mujeres con bolsas de plástico y hombres con cajas de cartón, que cargan con sus pertenencias de un sitio a otro, siempre en movimiento”. Cada uno piensa que es importante, que sin ellos “la ciudad se vendría abajo. Quizás la luna se saldría de su órbita y se estrellaría contra la tierra”, escribió en LaTrilogía. Paul Auster fue un escritor que puso a Nueva York, con toda su verdad real e imaginaria, en el centro de sus escritos. Nos va a hacer falta.

Jesús Ferro Bayona

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No podía ser de otra manera. Adela Renowitzky llevaba el arte en su alma. Era una pintora. Había mostrado sus creaciones en diversas salas de exposiciones fuera del país y otras muchas aquí, en Barranquilla. 

La mirada que tuve sobre sus cuadros no fue complaciente. Se había salido de los moldes de la pintura que adorna los interiores de las casas. 

El pasado martes a las 5:50 p.m., Adela y yo tuvimos, sin preverlo, nuestra última conversación, antes de empezar la clase de Historia. Desde hace más de 35 años se sentaba en la primera fila, ritual que siempre cumplió, y cruzábamos algunas palabras, unas veces en serio, otras en broma. Le dije que íbamos a ver la pintura de Goya de 1800. Se veía feliz. Iniciada la clase, analicé los cuadros de Goya, La maja desnuda y La maja vestida. Sobre la desnuda dije que era una obra artística, que había que apreciar como tal, sin juzgarla con criterios moralistas. Adela me guiñó el ojo en señal de aprobación. Me sentí apoyado. 

No podía ser de otra manera. Adela Renowitzky llevaba el arte en su alma. Era una pintora. Había mostrado sus creaciones en diversas salas de exposiciones fuera del país y otras muchas aquí en Barranquilla. La mirada que tuve sobre sus cuadros no fue complaciente. Se había salido de los moldes de la pintura que adorna los eeevgvv√interiores de las casas. Les dio a sus cuadros una perspectiva que a mi modo de ver es legado del impresionismo y le imprimió su sentir artístico, a su manera. 

Hace poco, a comienzos de mayo, le pregunté en el chat del grupo de dónde provenía su apellido. “De Prusia”, me contestó de inmediato. Le comenté que yo pensaba que el origen era también judío. Se nos quedó pendiente esa discusión. Me gustaba mucho su afición a la lectura. Otra vez la vi, llevando en la mano, el Napoleón de André Maurois. 

“Es el libro que nos recomendaste al grupo de lectura que coordino”, me dijo. Yo conocía ya su interés por leer. Comentando mi columna sobre el libro El acontecimiento de la francesa Annie Ernaux, acerca de la experiencia del aborto, me escribió: “difícil estar en semejante situación…y tener que tomar una decisión con las consecuencias para toda una vida”.  

Sentí que era la mujer y la madre la que me hablaba así. Con honestidad, sin sesgos. Me insistió a renglón seguido que estaba a la espera de mis recomendaciones de lectura para el grupo. Le sugerí el libro de Ernaux, motivo de mi columna, y La mancha humana de Philipe Roth. Era una lectora fuera de serie, una persona intelectualmente inquieta, no me cabe la menor duda. 

Por esa razón no me sentía extraño todas las veces que conversábamos sobre sus lecturas y las mías. Nos sentíamos cercanos, sin suposiciones arbitrarias. Cuando supe la mañana del jueves que había fallecido de muerte repentina, di gracias a la vida por permitirle ese final. Sin sufrimiento. Adiós, Adela. 

Jesús Ferro Bayona 

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¿No se podría inventar una feria de libros que no son una novedad pero a los que hay que volver sin pausa porque no envejecen?

Terminó la semana pasada la Feria del Libro de Bogotá. Leí dos versiones encontradas. Una dice que para entrar al recinto había que hacer colas interminables y que se notaba la excesiva publicidad de las casas editoriales para vender. Otra dice que la Filbo es el espectáculo más grande del mundo. Y las ferias de Fráncfort y Guadalajara en México, ¿nada qué ver? El ánimo de vender para el consumo, sin importar el mérito del libro, devenido objeto, es inquietud de muchos lectores entre los que me cuento.

Pero es válido soñar con una feria de libros sin novedad aparente. Los que son imprescindibles. En el ámbito latinoamericano hay libros de autores que no pierden vigencia. Elijo unos sin ánimo de sentar cátedra y con el peso del gusto que es subjetivo: Pedro Páramo de Juan Rulfo es una narración, si no la mejor, por lo menos una de las mejores sobre el mundo rural latinoamericano y su realismo mágico antes de que se inventara la expresión. 

A su lado está La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, que es sin duda la historia descarnada de la Revolución mexicana contada desde la agonía de un revolucionario. 

La definición más certera de lo que es nuestro país, sí el nuestro, es del argentino Jorge Luis Borges en El libro de arena cuando en uno de sus cuentos, -en los que era un maestro- pone, en boca de un profesor colombiano ficticio, una respuesta inédita a la pregunta que le hace Ulrica: “¿qué es ser colombiano?”. “No sé, -le respondí-. Es un acto de fe”. No hay manual de historia que lo diga en tan cortas palabras. Con precisión y actualidad impresionantes, además. 

El chileno Roberto Bolaño escribió una novela a finales del siglo pasado Los detectives salvajes, que no se considera parte del canon del “boom literario” latinoamericano, pero que debería serlo por su estilo francamente vanguardista y el realismo visceral como el mismo Bolaño lo llamó a través de sus personajes. 

¿Cómo dejar de lado Rayuela de Julio Cortázar, novela que marcó la identidad de quienes, estudiando en Europa, tuvimos que buscarla para no quedar a la intemperie? En el género de las biografías, la de Barba Jacob, El Mensajero de Fernando Vallejo no tiene igual por lo bien documentada y mejor escrita.

No obstante, la reedición por Editorial Planeta de La Vorágine, de José Eustasio Rivera, al cumplirse cien años de su publicación en 1924, mereció digna celebración en la Filbo. Obra cumbre de la literatura colombiana, libro centenario con ropaje nuevo. 

¿No se podría inventar una feria de libros que no son una novedad pero a los que hay que volver sin pausa porque no envejecen?

Jesús Ferro Bayona

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Con razón la frase “la revolución ha terminado” se volvió la expresión común del nuevo estado de cosas, que a su vez Bonaparte mencionaba para no dejar ninguna duda sobre la moderna era que él inauguraba. 

En la historia de los golpes de Estado, el que dio Napoleón Bonaparte el 9 de noviembre de 1799 ha quedado para la posteridad de los amigos de fechas memorables, como un referente. Se conoce como el golpe de Estado del 18 Brumario, nombre este último con el que la Revolución francesa bautizó el mes de brumas otoñales, que es noviembre, en los países con cambios estacionales. Para borrar los vestigios del cristianismo, los revolucionarios cambiaron los nombres de los meses con los que el papa Gregorio XIII había cristianizado el calendario romano de Julio César. 

Pero Napoleón Bonaparte, que se hallaba en un momento crítico de su trayectoria política, necesitaba una constitución que legitimara la toma del poder y fortaleciera su imparable carrera hacia los poderes omnímodos. En poco menos de un mes, una comisión nombrada por él preparó un proyecto de constitución conocido como la constitución del año VIII según el conteo de los años de la Revolución.  

Una vez aprobado el proyecto por Bonaparte, se llamó a plebiscito a la población con derecho a voto, de los cuales 3.011.077 electores votaron por el  sí  contra 1.562 que votaron por el  no. Fue aprobada la nueva constitución a la medida de Napoleón.  

Empleando una figura de la antigua Roma, el plebiscito aprobó que el poder ejecutivo quedara en manos de tres cónsules, de los cuales Napoleón era el primero en dignidad y gobierno. Con ello, Bonaparte se adueñó del poder resultante del golpe de Estado de Brumario, asegurándose la legitimidad del golpe, evitando aventuras electorales futuras y teniendo para su beneficio una constitución de 95 artículos que, por donde se la mire, lo convertía en el titular de la legalidad y de paso daba entierro a la Revolución de 1789 y los principios que la sostenían.  

Con razón la frase “la Revolución ha terminado” se volvió la expresión común del nuevo estado de cosas, que a su vez Bonaparte mencionaba para no dejar ninguna duda sobre la moderna era que él inauguraba. 

El control sobre el poder legislativo del Estado quedó establecido en un Senado con miembros que eran cooptados de listas elaboradas por Bonaparte, cuya misión era velar por la constitucionalidad de las leyes y designar a los miembros de dos órganos: el tribunado y el cuerpo legislativo. Los tribunos discutían los proyectos de ley y los enviaban al cuerpo legislativo que votaba los proyectos enviados por el tribunado, sin derecho a discutirlos. Una pirámide perfecta para un dictador astuto que soñaba con ir más lejos:  su perpetuación en el poder cuando fue elegido cónsul vitalicio. 

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla 

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Al fin, el tres de abril pasado, el alcalde Char anunció la apertura del proceso de licitación de los acabados que parecía que iba a tener igual suerte que la larga espera de la restauración del Teatro Amira.

“Esperando a Godot” la obra de teatro escrita por Beckett es una metáfora de la espera para que se muestre el arte moderno en recintos públicos adecuados de la ciudad. Se aproxima el final deseado.

Trabajar en una oficina con la presencia de obras originales de grandes pintores del Caribe es regalo a los sentidos y placer anímico. Empleo la palabra presencia, no digo adorno, porque el arte, como decía Nietzsche, es la tarea suprema y la actividad metafísica de la vida, del sentido de la vida. El arte no se reduce a ser un objeto decorativo, como erradamente lo consideran quienes mercadean con él.

Tuve el privilegio de contemplarlo cuando fui rector de la Universidad del Norte. Todos los días, durante diez años, cuando abría la puerta de mi despacho veía en su esplendor, frente a mí, el cuadro Torocóndor de Alejandro Obregón, colgado en la pared, detrás del escritorio. No podía seguir viéndolo mientras trabajaba. Entonces cambiaba de posición para seguir mirando. Presentía que su permanencia ahí era transitoria.

En los años setenta del siglo pasado, una colección significativa de cuadros del Centro Artístico de Barranquilla fue entregada en custodia a la universidad, a falta de un lugar adecuado donde ubicarla. Eran obras principalmente de Obregón, Enrique Grau, Ángel Lockhart que hacían presencia en clave artística en la que se llamaba por ese motivo Sala de Arte, donde se reunían los Consejos directivos y académicos. Confieso que, en muchos momentos, se me iba la mirada hacia la pared donde colgaban las pinturas para distraer el tedio que producen reuniones tan formales.

Al finalizar la década de 1980, y por solicitud del Centro Artístico, la colección pasó a Comfamilar en donde fue expuesta por un tiempo, pasando luego al local actual de la carrera 56, Alto Prado, a la espera de la terminación de la sede definitiva, situada en el Parque Cultural del Caribe y diseñada por el arquitecto Giancarlo Mazzanti.

Los museos de arte son espacios para la contemplación. Los visitantes de museos como el MoMA de Nueva York, el MAMBO de Bogotá, se sientan a mirar sus obras por horas. Se tiran al suelo para disfrutarlas mejor. En todo caso, la contemplación del arte en un museo no es como ver en sus jaulas a los colibríes que pierden la libertad de volar.

Los cuadros en un museo público están colgados para que los contemplativos vuelen con su imaginación.

Jesús Ferro Bayona

Artículo publicado en El Heraldo, Barranquilla

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La selva que describe magistralmente Rivera recobra actualidad porque queremos que ella en sus distintas metamorfosis, la del narcotráfico, la de los clanes violentos, la de la corrupción, no nos trague como un destino irreversible.

Se cumplen cien años de la publicación, en 1924, de La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera. Se la considera un clásico de la literatura colombiana. Tuve de profesor a un coterráneo de Rivera que parecía haber nacido para dedicarle su vida a comentar y divulgar la obra del escritor y poeta huilense. Nos leía a sus alumnos párrafos enteros de sus relatos y se sabía de memoria incontables sonetos suyos como el que dice sonoramente: “Soy un grávido río, y a la luz meridiana ruedo bajo los ámbitos reflejando el paisaje”. Soneto inspirado en el río Vaupés y en el Guainía. En otros más cuyos nombres desconocemos.

La interminable selva de esos territorios es el lugar donde la Casa Arana se adueña, con violencia, de todas las tierras sin límites como una república infernal donde la única ley son ellos. Aunque les llegó el momento en que se produjo una matazón “a tal punto “que hasta los asesinos se asesinaron”.

La Vorágine es una de las tres novelas donde se manifiestan contextos sociológicos de nuestra historia: María de Jorge Isaacs, en una hacienda de la caña de azúcar del Occidente; La Vorágine de los años de la producción afiebrada del caucho llanero y selvático, y Cien años de Soledad, un cuento de la tradición oral del Caribe, en donde las bananeras son un referente ineludible.

Pero hay que tener cautela para no caer en el reduccionismo histórico. La Vorágine es una novela en la que el amor, con trasfondo de la violencia cauchera, domina a su vez el escenario de las relaciones humanas. Comienza para probarlo con esta indudable frase : “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”. Frase que signa la tragedia del relato, cuando Arturo Cova completa las palabras de inicio: “Más que el enamorado, fui siempre el dominador”. Violencia, quién va a negarlo, que subsiste hasta nuestros días inoculada en los meandros del amor que son los meandros de la selva. Hoy no hemos podido erradicar esa dura realidad con la búsqueda incesante de la paz, de la convivencia, por siempre deseada, que se ha llegado a denominar la paz total.

No llega la paz, el acuerdo de todos los que de una vez por todas queremos una sociedad pacífica. La selva que describe magistralmente Rivera recobra actualidad porque queremos que ella en sus distintas metamorfosis, la del narcotráfico, la de los clanes violentos, la de la corrupción, no nos trague como un destino irreversible. El que al final de La Vorágine hace trizas el empeño de sus personajes que no encuentran salida porque “¡Los devoró la selva!”.

Jesús Ferro Bayona

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Como quien se anticipa al futuro por su sabiduría, von Humboldt se refería con admiración a la vegetación de los bosques secos y anotaba que “la mano del hombre no ha contribuido absolutamente en nada, todo es, hasta ahora, obra de la naturaleza”. Y sigue siendo hasta ahora cierto.

En sus notas de viaje por la Costa colombiana, y antes de subir al champán hacia Mompós, Alexander von Humboldt escribió que como el bosque en Turbaco está por todas partes tan cerca, en tiempos de lluvia se padece enormemente por los mosquitos y culebras. Sin embargo, von Humboldt tenía la mirada del sabio viajero que armonizaba la experiencia de los bosques plácidos de su tierra natal con las selvas ardientes de nuestra región. Por eso se maravillaba mirando las altas copas de los árboles y le parecía raro que en ningún lugar, excepto aquí, hubiera visto bosques tan espléndidos y ligeros que se tienden al cielo.

Ese contraste entre las selvas del río Magdalena, en cuyas riberas nací, y los bosques apacibles del Rin, en donde estudié, es lo que caracteriza a nuestros bosques secos tropicales en donde habitamos: los árboles, la vegetación, la fauna son exuberantes. Hacen sentir como propias las palabras de un pensador de Norteamérica, Henry David Thoreau que escribió: “Fui a los bosques porque quería vivir …a enfrentar solo los hechos esenciales de la vida”.

Como quien se anticipa al futuro por su sabiduría, von Humboldt se refería con admiración a la vegetación de los bosques secos y anotaba que “la mano del hombre no ha contribuido absolutamente en nada, todo es, hasta ahora, obra de la naturaleza”. Y sigue siendo hasta ahora cierto.

Para corroborar lo que el sabio alemán afirmaba, basta con mirar lo que acontece en la Isla de Salamanca, un ecosistema que alcanza a sobrevivir a pesar de las quemas periódicas que el humano le hace padecer, para mal de nuestros pulmones, en aras de obtener tierra para sembrar, se supone.

Eterna roturación de los montes en la que los romanos sobresalían por su técnica para instalar ejércitos y preparar la tierra conquistada para la agricultura. Nada ha cambiado. En la margen izquierda del río Magdalena, la Ciénaga de Mallorquín se deterioró tras la construcción de los tajamares que volvieron salobres y pobres las aguas para la pesca. Apenas anunciado el rescate de este olvidado ecosistema con el regreso de la vida silvestre, la fauna, la recuperación de manglares, la adecuación de senderos para recorrer su ribera, la opinión pública se ha enterado del ecocidio que se producirá con la construcción de una ciudadela de cemento y de pocas vías que traerán el caos, dando al traste con la iniciativa de “biodiversidad”. A pesar de denuncias de los ecologistas, de columnistas que aman la ciudad y de ciudadanos que soñaban quizás con Thoreau, “fui a los bosques porque quería vivir”, se hallará que todo fue una ilusión.

Jesús Ferro Bayona

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En esta novela póstuma palpé con más placer aún la musicalidad que impregna el lenguaje del relato, el estilo y poesía únicos de García Márquez, hasta en sus últimos años, antes de perder la memoria.

Leí sin parar la novela póstuma de García Márquez que salió al público el pasado miércoles 6 de marzo. Repasando la lectura me di cuenta de que había subrayado y hecho anotaciones en todas las páginas en las que menciona a un compositor, una pieza de jazz, una salsa, un bolero.

Cuando llegó a la isla, que Ana Magdalena Bach, la protagonista, visita el 16 de agosto de cada año para poner un ramo de gladiolos en la tumba de su madre, escuchó en el piano del bar del hotel el Claro de luna de Debussy, en arreglo atrevido para bolero, y terminó la noche con el hombre que conoció horas antes de irse a acostar con él en su habitación.

Ana Magdalena, está casada con un músico que es director del Conservatorio Provincial, madre de Micaela, novia de un virtuoso del jazz y tiene un hijo primer chelo de la Orquesta Sinfónica Nacional, habiendo ella misma intentado sin suerte ser trompetista. Con el nombre de Ana Magdalena Bach en la boca, -saboreado en la mente desde mis años de colegio cuando lo encontré en una biografía del músico alemán- cómo no evocar la familia del compositor Johann Sebastian Bach cuya segunda esposa Anna Magdalena era una joven soprano que le dio cinco hijos, sobrevivientes, que se añadieron a los cuatro que había tenido con la primera esposa de la que enviudó. El paralelismo entre las dos familias de músicos, la alemana y la caribeña, es inevitable.

Rebosante de música, En agosto nos vemos se mencionan, sin forzar la escritura, nombres de compositores de música clásica como Grieg, Mozart, Schubert, Dvorâk. En algún lugar de sus entrevistas, García Márquez dijo una vez que aprendió a escribir con un fondo musical acorde con lo que escribía.

La novela revela esas devociones otras veces confesadas por él. Al marido de Ana Magdalena le hace decir que la obra más inspirada de Brahms es su “concierto para violín”, lo que seguramente es otra referencia al “sexteto para tardes felices”, -qué título más hermoso y seductor- del mismo compositor. No es solo la música clásica. Ana Magdalena baila con sus amantes, diferentes y fugaces que encuentra en la isla, adonde lleva el ramo de gladiolos a la tumba de su madre, boleros de Agustín Lara y salsas de Celia Cruz, sin que falten valses bailados al modo antiguo, ni piezas de jazz.

Pero no son menciones de nombres de compositores ni de boleros lo que pretendo destacar. En esta novela póstuma palpé, con más placer aún, la musicalidad que impregna el lenguaje del relato, el estilo y poesía únicos de García Márquez, hasta en sus últimos años antes de perder la memoria.

Jesús Ferro Bayona

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Santa Teresa de Jesús, Margarita Hickey, Safo, Meira del Mar, Gabriela Mistral, nos han dejados huellas místicas, imborrables, del amor.

Celebrado internacionalmente, el ocho de marzo le pertenece a la mujer. Y se ha vuelto todo marzo el mes suyo. Con razón, deberían ser los 365 días del año: mujeres son la madre, la esposa, la novia, la amiga, la hija, la amante y también la femme fatale, como la definió en el diccionario el escritor George Bernard Shaw, un día de 1912.

Mucho antes de eso, la poeta española Margarita Hickey dijo con acritud en una Décima del siglo XVIII: “Huye del lazo humano / que el amante más rendido / es, transformado en marido / un insufrible tirano”. Se anticipó dos siglos a las poetas feministas del siglo XX, si es que antes de Margarita no se considera feminista a Safo de Lesbos, la más venerada de las poetas de la antigua Grecia que rogaba a Afrodita que la llevara al amor porque el amor no la encontraba a ella.

Aunque no pareciera una poeta del amor profano que poetiza con ímpetu amoroso, el que brota de las entrañas y el corazón enamorado, Teresa de Jesús, catalogada como mística, santa pero antes mujer, exclamaba en versos inconfundibles en español: “vivo ya fuera de mí / después que muero de amor”.

La pasión se revela en poemas destinados enteramente al esposo místico que es Dios. Es que Teresa no tiene más alternativa que comunicarse en lenguaje de humanidad: “esta divina prisión / del amor en que yo vivo”.

En un poema de nuestro tiempo, aquí mismo entre nosotros sus contemporáneos, Meira Delmar le imprimía al amor y al sufrimiento, sublimados por Teresa de Ávila, un halo de misterio, encarnado discretamente en cuerpo de mujer: “Más allá de la espina y de la rosa, / Más allá -¡mucho más!- de la emoción…/ Lejos ya del silencio y lo que rompe / la forma del silencio… Allí el amor”. Recuerda a la uruguaya Juana de Ibarbourou cuando intenta describir el arrebato femenino : “El amor es fragante como un ramo de rosas /…¡Toda mi joven carne se impregna de esa esencia! /.

Por su parte, Gabriela Mistral, desde Chile, a quien Meira Delmar admiraba, les dará realidad abrasadora a sus versos como si fuera un bolero : Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñar a besar con besos míos / inventados por mí, para tu boca. Las mujeres poetas saben declarar el amor en la palabra. Efusión del sentimiento.

Pero el amor sufre quebrantos, traición, olvido: mujeres poetas como Meira se duelen que el amor de una mujer llegue a ser el amor ignorado que ella delata: Tú ves mi rostro nada más. / Mi rostro, que todo calla./ Ay, si pudieras mirarme el alma.

Reclamo que la moderna poesía feminista se agranda con sabor a resistencia.

Jesús Ferro Bayona

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Los gobiernos nacionales no han asumido con rigor y firmeza la defensa de unos de los proyectos arqueológicos subacuáticos más importantes de nuestra historia cultural.

En inmediaciones de las Islas del Rosario, una emboscada inglesa hundió el galeón español San José, en junio de 1708. Naufragaron 600 personas, entre tripulantes y pasajeros, que tuvieron el infortunio de que el galeón llevara una carga de joyas, oro, plata, piedras preciosas, cañones de guerra, cerámicas y quién sabe qué más objetos cuantiosos que traía de la feria de Portobelo, en la actual Panamá.

Algunas publicaciones dicen que el cargamento se valora en más de diez mil millones de dólares. La empresa cazatesoros Sea Search Armada, que reclama desde 1982 el descubrimiento del galeón sumergido, alegó en febrero pasado que el monto que ellos pretenden obtener es del 50% por ciento.

Si no fuera por declaraciones recientes del Ministerio de Cultura que dicen que el galeón San José no es un tesoro, sino un patrimonio histórico y cultural de la Nación, uno diría que los gobiernos del país no han asumido con rigor y firmeza la defensa de unos de los proyectos arqueológicos subacuáticos más importantes de nuestra historia cultural, incluida la dación de una ley de 2013 que abrió la puerta a la posible comercialización de ese patrimonio inalienable de los colombianos.

Por fortuna, investigadores de la Armada Nacional están a cargo. Se pronunciaron los académicos especialistas en arqueología subacuática entre quienes destaca el profesor y experto Juan Guillermo Martin, PhD en Patrimonio Histórico y Cultural y con prestigio internacional. El diario español ABC publicó hace poco un ensayo riguroso y preciso sobre las complejidades jurídicas y técnicas del asunto del Galeón San José, pese a que España tiene una posición diferente a la colombiana, dado que el barco fue hundido por los ingleses en la época de la Colonia, pero no ha hecho una reclamación formal a las autoridades colombianas.

Tengo mucho aprecio por la trayectoria de Juan Guillermo Martin. Ingresó en 2011 a la Universidad del Norte y le encomendé como rector, la misión de desarrollar un museo arqueológico desde la dirección del grupo investigativo que había iniciado décadas atrás el profesor Carlos Angulo Valdés.

El resultado ha sido la creación y apertura de Mapuka -Museo Arqueológico de los Pueblos del Caribe- que muestra e ilustra nuestra historia con materiales extraídos de las excavaciones que por años han recolectado investigadores de la universidad. Tratándose de un bien cultural de nuestra historia como el Galeón San José, el profesor Martin y su grupo son autoridad para escuchar y alentar la defensa transparente de nuestro patrimonio histórico y cultural.

Jesús Ferro Bayona

Marzo, 2024

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El anuncio de la construcción de nuevas sedes universitarias en las regiones del país (El Tiempo, 17 de febrero) como parte de la política “Universidad en su territorio” del gobierno, es el origen del texto presentado aquí.

En los últimos 40 años no ha habido gobierno en Colombia que no le haya apostado al aumento de matriculados en las universidades públicas. En otras palabras, apostarle a la cantidad, en especial con estudiantes de menores recursos económicos. Pero detrás de ese loable propósito social se disimulan objetivos políticos para mostrar resultados con cientos de miles de más estudiantes registrados en las estadísticas, prueba de que los gobiernos sí funcionan.

Hasta en informes internacionales sobre competitividad educativa de los países, los porcentajes de matriculados en universidades parecen más importantes que los de profesores con postgrado, sus publicaciones investigativas, laboratorios, libros y computadores.

El anuncio de la construcción de nuevas sedes universitarias en las regiones del país (El Tiempo, 17 de febrero) como parte de la política “Universidad en su territorio”, que arrancaría con un presupuesto de inversión de 95 mil millones hasta los 5 billones de pesos en el período 2023-2026, busca avanzar en “materia de cobertura”, aunque “esté lejos aún de cumplirse la meta”, cito, que es la construcción y dotación de más de 100 sedes educativas.

Se ratifica que seguirá la tradicional dirección cuantitativa de gobiernos anteriores a la que me referí al comienzo: construir edificios para más estudiantes. Se trataría de aumentar los índices de cobertura, dándose por descontado que el aumento de estudiantes es una “oferta académica de alta calidad que abarcará lo técnico, tecnológico y profesional”(sic).

Es de lamentar que así como se dan cifras multimillonarias de inversión para las distintas sedes regionales que se mencionan -incluida “una nueva Universidad del Caribe”- no se dice prácticamente nada sobre las inversiones que se harían en número de profesores (y si serán con postgrados), de bibliotecas con libros y revistas, de laboratorios de prácticas y de equipos de computación, por poner un ejemplo, para los cuales parece que no hay aún partidas en el mencionado presupuesto de inversión.

Se le abona al Ministerio de Educación la mejor intención en el propósito de aumentar la cobertura de estudiantes en universidades mediante la construcción de más sedes. Pero seguimos confundiendo escolaridad con educación, es decir, más estudiantes con más edificios sin evidencia de más educación con calidad.

Falta, pues, información pública sobre el presupuesto que demuestre que hay partidas multimillonarias para el mejoramiento cualitativo de la educación universitaria, lo que es más importante y crucial que el número de aulas construidas.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Barranquilla ha empezado a marcar puntos en la lista de ciudades colombianas con número ascendente de visitantes, un dato que sin duda está asociado al carnaval, pero que puede convertirse en una ventaja turística en el curso del año.

Terminadas las fiestas del carnaval queda la sensación de vacío, debido quizás a los excesos, que el cristianismo ha interpretado por siglos como arrepentimiento de los pecados cometidos. El Miércoles de Ceniza compensa el vacío espiritual con los rituales de la imposición del “polvo en que te vas a convertir”, con los que se inicia la Cuaresma, del latín Quadragesima, es decir los cuarenta días que preceden al Jueves y Viernes Santo de la Semana Mayor, cuando finaliza el ciclo religioso del desierto de la purificación y de la penitencia antes de celebrar la resurrección de Jesucristo. Acá en el trópico no tenemos las cuatro estaciones del norte transmutadas en las notas musicales de Vivaldi que impregnan el carnaval de Venecia.

Pero sí tenemos a cambio la música salsera con las palabras sonoras “la vida es un carnaval” que Celia Cruz canta con su potente voz. Una invitación festiva a pasar el resto del año con sentimiento de plenitud, compensando el vacío dejado por el carnaval entre las dos estaciones de la sequía y de las lluvias, nuestros verano e inviernos tropicales, porque “la vida es una hermosura”. Esa plenitud que Esthercita Forero transmitió cantándole a mi vieja Barranquilla, a sus caños saludando al Magdalena, mantiene vivas las imágenes y recuerdos de “las cumbias de mi pueblo currambero”. Imágenes que perduran durante el año que queda hasta la próxima cita de los carnavales. Son palabras inspiradoras que se ajustan con acierto al atractivo que ya ejerce la ciudad en tiempos en los que aumentan los viajeros por el mundo.

Barranquilla ha empezado a marcar puntos en la lista de ciudades colombianas con número ascendente de visitantes, un dato que sin duda está asociado al carnaval, pero que puede convertirse en una ventaja turística en el curso del año. Cuando uno visita ciudades brasileras como Río de Janeiro se encuentra con que a la belleza de su bahía y vegetación exuberante se suman los espectáculos nocturnos de las escuelas de samba que se presentan en hoteles y cabarets donde disfruté una vez la muestra en pequeña escala de sus carnavales gigantes.

En New Orleans se descubre que todos los días son el Mardi Gras que continúa vivo en las calles como Bourbon Street. En Barranquilla podrían prolongarse en espectáculos durante el año ya que la música y las comparsas son un atractivo turístico ahora cuando tenemos el Malecón y el Ecoparque de la Ciénaga de Mallorquín para no ir más lejos. En todo caso, “la vida es un carnaval” de Celia Cruz, también es un estado del alma: “ay, no hay que llorar…es más bello vivir cantando”.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla.

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En las fiestas de aquí -el carnaval de Barranquilla- confluyen innumerables bailes, comparsas, rituales, disfraces, y esa música exclusiva de la tambora y la flauta de millo que baja por el río.

Si uno no podía participar como actor, los desfiles de carrozas y comparsas del carnaval se disfrutaban mucho desde el bordillo siguiendo la antigua tradición. Esa era mi felicidad en la infancia cuando me llevaban a verlos en la carrera 44. Pero como cada uno lo vive a su manera, y quien lo vive es quien lo goza, no se puede dictar cátedra sobre cuál es la mejor forma de vivirlo.

Lo que sí es indiscutible, y la Unesco lo ratificó cuando declaró que los carnavales de Barranquilla son patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad, es que el río Magdalena y sus pueblos ribereños tienen una influencia categórica en el carnaval barranquillero.

En las fiestas de aquí confluyen innumerables bailes, comparsas, rituales, disfraces, y esa música exclusiva de la tambora y la flauta de millo que baja por el río.

Cuando en un escenario más reciente en años, como es el de la Vía 40, empiezan a desfilar los grupos folclóricos como la Danza de los Goleros, con sus ojos saltones, o de los Coyongos, las aves zancudas, detrás del tumulto de carrozas y comparsas que salen en la Batalla de Flores, siento que estoy viviendo la auténtica tradición de nuestro carnaval que es bien distinta a la de Río de Janeiro o de cualquier otra parte.

En el carnaval de Barranquilla se da un despliegue de fauna y flora en los disfraces que hace recordar lo más conmovedor y pegajoso de composiciones como se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla, nada menos. Lo cantan los colombianos inmigrantes en Madrid o en Nueva York. Es inconfundible como la piragua, la piragua, que repite todo el mundo.

De la depresión momposina brotan las danzas que desde años atrás son la vida de fiestas como las del 11 de noviembre de Magangué con su Gigantona que asusta a todos pero

también divierte. Ni hablar de los carnavales de Tamalameque (donde “sale una llorona loca”) que desde épocas inmemoriales con danzas como el Torito y la de Negros hacen bajar por el río a multitudes apretadas en lanchas que casi se estrellan entre sí para desembarcar primeros en el pueblo.

Por el Magdalena bajó la cumbia que es el corazón del carnaval, es su distintivo, madre de todos los ritmos que mueven a las comparsas y las ponen a vibrar. En todo caso, el río es el gran contador de historias, como dice Wade Davis, y por eso hay que prestarle atención a las danzas que llegan de distintos municipios ribereños a mostrarse en el carnaval de Barranquilla. La mayoría de los danzantes han estado preparándose durante meses para venir al escenario barranquillero a ganarse aplausos. Se los merecen.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla.

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