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Jesús Ferro Bayona

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Una tertulia que nos trajo a la memoria épocas y momentos que marcaron nuestras vidas y que fueron base de la inspiración y las realizaciones educativas de nuestro compañero y amigo Jesús Ferro. El reciente lanzamiento del libro de Noor Naissir sobre su vida y obra, fue el detonante de esta tertulia sincera y genuina de Chucho, la cual hoy compartimos con nuestros lectores con mucho orgullo.

Para apreciar el video, por favor haz click aqui: https://youtu.be/QMEj4DJ221M

Exjesuitas en tertulia- 30 de Octubre, 2025

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Impresionantes las imágenes del féretro de Francisco publicadas en la prensa mundial. Parece dormir con el rosario en las manos ante el altar de La Confesión de Bernini. 

No hay que confundirse. Es la confesión de fe de San Pedro en la colina vaticana donde hoy se halla su tumba, y la de los mártires cristianos que les decían en voz alta a sus verdugos: “Los que vamos a morir, os saludan”. Cantaban en el mismo espacio donde el emperador Cómodo alucinaba al pueblo con el pan y el circo. El espectáculo se replica infinitamente. Donde hay un tirano, hay un circo. La estrategia no falla en política.

El féretro abierto de Francisco atravesó la plaza de San Pedro. Una procesión conmovedora. Multitudes extendían sus manos intentando tocar aunque fuera el madero bendito del pontífice fallecido. Los portadores entraron a la basílica por la puerta santa. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Francisco se consagró a predicar el mensaje central del cristianismo. 

Filas interminables de fieles se acercaban hasta la madrugada a hacer una venia ante el cuerpo del papa difunto. Y a invocar el “descansa en paz, Francisco”. O al revés: tú que descansas en paz, ora por nosotros que estamos en guerra. El pensador Immanuel Kant pedía a los lectores de su libro La paz perpetua que no lo leyeran como una invitación a la paz de los cementerios. Quería que se entendiera el título como un llamado a la paz viviente de los pueblos. Un deseo eternamente válido en los confines de la utopía. 

Francisco instó sin descanso a detener las guerras de este mundo. A implorar la paz. Él no tenía sino el poder de la palabra, Fratelli tutti. Los poderosos sí pueden imponerla, si quisieran. El poderoso Trump le escribió un mensaje a otro poderoso hace poco: “Vladimir, para”. La escritora ucraniana Victoria Amelina expresó algo parecido en una de sus novelas. Le cayó una bomba en un restaurante de Kiev. Se silenció a una voz sin poder.

La paz de Francisco I, que no temió predicarla de cara a los beligerantes jefes de las naciones, será llevada en las plegarias de los seguidores de su legado. Ojalá esa energía espiritual sea una barrera contra las violencias de este mundo. Francisco tomó el nombre del santo de Asís para llamarse como él cuando fue elegido papa. Para indicar que ese es el camino, la verdad, y la vida. 

Habrá escépticos. Pero muchos, muchísimos, seguirán esperando que Francisco, ya en paz, sea un símbolo para los que quedamos sufriendo la violencia verbal y física a la que estamos sometidos. Ora por nuestra esperanza, Francisco, para que descansemos en la paz de acá.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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Al darle la bienvenida en mi despacho, miró hacia el fondo buscando su cuadro del Torocóndor. “Ya no está aquí, maestro”, le dije. Sonrió simulando sorpresa. Bajamos sin más protocolo para entregarle, en presencia del consejo directivo y académico y demás invitados, el título de Doctor honoris causa en Arte.

La tarde del 29 de agosto de 1986 cayó en Barranquilla un tremendo aguacero. Lo recuerdo sin perder detalle. Hubo que recoger de prisa los asientos dispuestos en la explanada. Se improvisó un salón de actos en un pasillo. Alejandro Obregón subió a la rectoría de Uninorte, acompañado de Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas, amigos del grupo La Cueva. Al darle la bienvenida en mi despacho miró hacia el fondo buscando su cuadro el Torocóndor. “Ya no está aquí, maestro”, le dije. Sonrió simulando sorpresa. Bajamos sin más protocolo para entregarle, en presencia del consejo directivo y académico y demás invitados, el título de Doctor honoris causa en Arte.

En mis palabras dije que queríamos distinguirlo, a él que era un maestro sin necesidad de títulos, para celebrar la omnipresencia de su pintura en nuestro paisaje cultural, que con sus ojos de luz y de noche flota en nuestro Mediterráneo que es el Caribe.

También dije que, en más de cuarenta años de creación, su pintura había deslumbrado a artistas y críticos de arte. En lo nacional y en lo internacional. Y me atreví a resumir esa historia con imágenes de sus cuadros como los cóndores y toros, barracudas y mojarras, caimanes apesadumbrados, Bolívar y Blas de Lezo, aves cayendo al mar, el gavilán pollero, la magia del Caribe con sus náufragos, sus volcanes submarinos, memorias y victorias y cosas de la luna, que viven en sus pinturas con la transformación que realiza el arte.

Un arte suyo tan independiente y original que mira con otros ojos lo mismo que los nuestros miran todos los días. Nacido en Barcelona en 1920, vino a nuestras tierras a cumplir con su destino personal. No le importó que su padre, dueño de una fábrica de textiles, lo tuviera destinado a ser su gerente. En la fábrica “respiraba algodón todo el día”.

Se fue al Catatumbo. “Me fui a manejar camiones de veinte toneladas, a cargar tuberías…abismos de cuatro kilómetros. Los indios motilones…la magia y el misterio. ¡Carajo, eso pone a pintar a cualquiera!”, confesó en una entrevista. Cuando regresó, su padre le preguntó qué iba a hacer. “Voy a estudiar pintura”, respondió. Intentó hacerle cambiar de opinión. No lo logró. En 1945 haría su primera exposición individual. Después, siguió una trayectoria fascinante. Una vida consagrada a su destino.

Despedida.

Esta columna no volverá a aparecer. Agradecimientos al doctor Juan B. Fernández R. que me invitó a escribir en el periódico, a la directora Érika Fontalvo, a su asistente Anita González, a los amigos entrañables de EL HERALDO. Me dedicaré a completar escritos y memorias que no dan más espera.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Estamos asistiendo al ocaso de la Feria del Libro. ¿No podrá el Distrito, en asocio con el sector privado, revivirla? Sigo creyendo que la ciudad tiene expresiones culturales que no se pueden medir con la vara del pasado.

Cifras oficiales recientes dicen que el Festival Cordillera de Bogotá, con variedad de música, atrajo a 75 mil personas. La Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín fue visitada por 500 mil lectores y el Festival de Jazz de Mompox logró, en su décima edición, que más de 30 mil personas lo disfrutaran. No mencionan a la ciudad que tuvo recientemente la Feria del Sabor Barranquilla y el Barranquijazz, único en su género y el más importante de Colombia.

El titular de la nota se refiere a “las cifras de la cultura”. La cultura no se reduce a cifras, que son válidas, pero no es lo único. Barranquilla tiene expresiones culturales como son, estirando el concepto de cultura, los partidos de la selección para el mundial de fútbol. Podrían considerarse cultura deportiva. Cepeda Samudio lo evidenció cuando escribió un reportaje a Garrincha, el astro brasilero. 

El Carnaval es un patrimonio cultural intangible, con la particularidad de que las cumbiambas de los barrios de la ciudad, y de las poblaciones del río Magdalena, realzan la creatividad de los pobladores que sueñan todo el año con el escenario que les ofrece nuestra ciudad festiva.

Otra pregunta es si estamos en un declive de la cultura en el sentido tradicional. Barranquilla tuvo un gran momento cultural en los años pasados, cuando era más pequeña, valga anotarlo. En la música clásica el maestro Pedro Biava, director de la Orquesta Filarmónica, de la Ópera y el Cuarteto de Cuerdas del conservatorio de la ciudad, de 1943 a 1970, es referente obligado. 

Echamos de menos al profesor Assa. A finales del siglo pasado organizaba sin descanso el Concierto del Mes, cuyas presentaciones sufrieron la mala suerte del Teatro Amira, cerrado desde 2016. Un golpe a la cultura citadina, pese a la promesa de su reapertura en 2027. 

En el arte pictórico no faltan creadores, sino los espacios adecuados para mostrar los cuadros de los más famosos de la Costa Caribe. No obstante, el Museo de Arte Moderno, cuya construcción se terminará pronto según palabras del alcalde, llenará otro vacío que se ha prolongado por mucho tiempo. 

Otro vacío es el ocaso de la Feria del Libro, que duró muy poco. ¿No podrá el Distrito en asocio con el sector privado revivirla? Sigo creyendo que la ciudad tiene expresiones culturales que no se pueden medir con la vara del pasado. 

En la década de 1960 nacieron varias universidades que hoy desarrollan actividades culturales que trascienden sus claustros. Las universidades son también un hecho cultural. El pasado de la cultura de la ciudad es memorable. Pero el futuro que se avecina puede ser mejor.

Jesús Ferro Bayona

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Era una persona de una gran sencillez. No presumía de haber sido integrante del Grupo de Barranquilla sobre el cual escribió unas Crónicas que son testimonio personal y directo de lo que fue La Cueva en su mejor momento. 

El pasado viernes se cumplieron 30 años del fallecimiento de Alfonso Fuenmayor. Cuando regresé a Barranquilla en los años setenta, después de una ausencia larga, me leía sin falta su columna semanal en el Diario del Caribe que tituló “Ni más acá más allá”, fiel reflejo de su talante ponderado.  

Escribía con una prosa que parecía verso. Poseía, con naturalidad, una riqueza idiomática y un saber desbordante para citar a los más diversos escritores. Intelectuales desconocidos del mundo parecían sus amigos más cercanos. Se notaba que era un lector que amanecía leyendo en horas imprecisas de la madrugada. 

Tuve el privilegio de conocerlo personalmente cuando el Diario nos invitó a dirigir juntos el semanario cultural Intermedio. Me di cuenta de que a su lado yo aprendía más que dirigía. En julio de 1979, una semana después de tomar las riendas del hebdomadario, estábamos inmersos en un mar de creaciones literarias, artísticas, musicales y todo ese mundo de la cultura que no tiene nombre propio. Nos veíamos todos los fines de semana para armar Intermedio, en compañía de Gilberto Marenco en la primera planta del periódico que quedaba en el Barrio Abajo. Entre semana lo visitaba en su biblioteca de la carrera 54 con 72, instalada en la parte trasera de la casa, repleta de libros, bajo un techo translúcido. A mí me parecía un invernadero de plantas de los más variados colores. Pensé que aquella debía ser la materialización de la biblioteca universal que Borges imaginó como el lugar del mundo que ocupa todos los lugares. 

Era una persona de una gran sencillez. No presumía de haber sido integrante del Grupo de Barranquilla sobre el cual escribió unas Crónicas que son testimonio personal y directo de lo que fue La Cueva en su mejor momento, una especie de zona mítica en donde se reunían el escritor Álvaro Cepeda Samudio, el pintor Alejandro Obregón, el periodista Germán Vargas, el intelectual del grupo que era Fuenmayor y García Márquez quien lo llamaba Maestro, como quien se quita el sombrero para saludar a alguien superior. Y lo era sin aspavientos. Su padre José Félix Fuenmayor, a quien se refiere sin falsa modestia al comienzo de su libro de  Crónicas, que cité, sigue siendo un escritor de lectura ineludible, como fue para el Grupo, cuya influencia desde el punto de vista narrativo asemeja a la de Faulkner en su época. Todavía hoy. Las últimas ocasiones que lo traté fueron cuando era miembro del consejo directivo de Uninorte. Entablábamos conversaciones con el Negro Bonnet en las que Fuenmayor brillaba por su memoria increíblemente prodigiosa. 

Jesús Ferro Bayona 

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Lo sabemos por la historia de las migraciones, pero leerlo en un escrito de esa época parece una fotografía de actualidad.

Viajar en velero, mar abierto, no es aventura para quienes solo somos navegantes en la imaginación. Joseph Conrad viajó por muchos mares. De ahí salió Nostromo, novela de nuestro Caribe, de Santa Marta a Panamá. En cambio, Élisée Reclus, geógrafo francés, viajó en sentido contrario. Se embarcó en Panamá. Pasó por Sabanilla y Cartagena. Llegó a Riohacha. Al sur de Dibulla compró tierras para la agricultura. Realizó un sueño, que describió en Viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta. Lleva una frase abajo: Paisajes de la naturaleza tropical, inspirada en Rousseau pero en clave poética. Tras recorrer pantanos y sufrir los mosquitos, le bajó el tono al entusiasmo inicial por estas tierras para anotar que “la naturaleza virgen es bella, pero de una tristeza infinita”.

Exalta la belleza de nuestro territorio. A través de inmensas selvas logró penetrar hasta esas montañas de la Sierra, que se elevan como ciudadelas, pero puntualiza que le impresionó más “la vista del pueblo que se forma en esas soledades”. Un gran pueblo en medio del aislamiento en que lo tenía el mundo a su parecer. Su relato de geógrafo francés del siglo XIX es rico en detalles que asombran al lector de nuestro tiempo por las observaciones que consigna sobre distintos sitios que visitó en el caribe colombiano (1855 a 1857). 

Al pasar en una goleta por Sabanilla, vio una casa blanca construida para el servicio de la Aduana -que hoy llamamos Castillo de Salgar-. Vio también una larga hilera de chozas cubiertas de palma, antes de llegar a Barranquilla, en donde desembarcó para andar por sus calles, destacando su pujanza comercial e industrial, y el vecindario de casas de piedra y peristilo. Anota que la importancia de Barranquilla se debe casi exclusivamente a los comerciantes extranjeros, ingleses, americanos, alemanes, holandeses. Lo sabemos por la historia de las migraciones, pero leerlo en un escrito de esa época parece una fotografía de actualidad. 

Yendo para Santa Marta, navegó por los caños, como el Clarín, que comunican al río Magdalena con la Ciénaga Grande, consignando detalles sobre las “calles de árboles” que los sombrean. Pasando por Ciénaga, continuó su viaje a Santa Marta montado en una mula. 

El relato es el de un viajero lleno de ciencia, en prosa diáfana que ilustra sobre nuestra tierra a la que llama un paraíso. En el prefacio dice que su relato es para dar a conocer un país admirable que considera solitario. El viaje a la Sierra Nevada de Reclus semeja un anticipo del discurso de García Márquez al recibir el premio Nobel: La soledad de América Latina.

Jesús Ferro Bayona

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El Nostromo de Conrad, que ya cumple 120 años de su publicación, sirve de referente a nuestra historia, sin perder actualidad.

Han pasado cien años de la muerte de Joseph Conrad, el escritor anglo-polaco que sigue vivo en sus novelas de exploraciones marítimas. Él mismo fue un marino que recorrió los mares del océano Índico, los del Atlántico sur y los del Caribe, entre otros. 

Algunos de sus biógrafos afirman que sus viajes hacen parte más de la leyenda que de la realidad. De su imaginación que era inagotable. Siendo apenas un inmigrante polaco, nacido en Ucrania cuando la región era parte del imperio ruso en el siglo XIX,-otra paradoja- escribió en un inglés que muchos escritores británicos quisieran dominar mejor que él. Su escritura admirable “fluye con delicada maestría” según atestigua Borges en el prólogo de El Corazón de las tinieblas.  

No obstante, sus escritos de aventuras de viajero interminable se comentan en la actualidad, más por sus dimensiones políticas, que por la belleza de su lenguaje. Es lo que está pasando con Nostromo, otra de sus novelas, publicada en 1904, donde narra un viaje en velero por el mar Caribe, con descripciones vívidas que suponen al mismo Conrad desembarcando en Cartagena, imaginándose que ya había hecho antes lo mismo en Santa Marta y Sabanilla. 

Pero su objetivo era, ante todo, arribar a Panamá antes de su separación de Colombia, para construir en la ficción una república llamada Costaguana, escenario del furor de la riqueza y el poder, la corrupción y la explotación de los indígenas en la extracción de las minas de plata que son la figura elocuente de lo sucedido con la construcción del canal de Panamá. 

Este último suceso no es invención de la narrativa de Conrad. Hace parte de la historia del fracaso de la compañía francesa que quebró en el intento de construir el canal interoceánico que los Estados Unidos realizó exitosamente. El Teatro Popular de Bogotá escenificó ese éxito con la sátira que lleva por título I took Panama, del zarpazo político y económico que el presidente Theodore Roosevelt le dio a nuestro país.

El Nostromo de Conrad, que ya cumple 120 años de su publicación, sirve de referente a nuestra historia, sin perder actualidad: los “piratas” del Caribe cuyos asaltos y saqueos mantienen en la pobreza a nuestra región, la ceguera de gobiernos que hicieron perder tesoros a nuestro territorio por un puñado de dólares, el infierno de la codicia y la corrupción políticas a la orden del día, las “revoluciones” que hubo y se siguen dando en nombre de utopías que llevan el nombre de tantas fantasías electorales. 

El Nostromo sería la visión de un navegante que pisó nuestras costas. Producto quizás, de su bien fundada imaginación.  

Jesús Ferro Bayona

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Kamala Harris, María Corina Machado, dos mujeres que están marcando la historia, gracias a que… Dios creó a la mujer.

La muerte del actor Alain Delon se propagó por las noticias del espectáculo. Las nuevas generaciones probablemente no saben quién era, pero los veteranos cinéfilos nos acordamos de sus películas en la que destaca El gatopardo en la que hizo un papel notorio frente a Burt Lancaster. A la hora de la verdad, es a Brigitte Bardot, la amiga que le sobrevive, defensora de los derechos de los animales, a quien más recordamos. En particular a quienes íbamos al teatro San Jorge en la esquina del Veinte de Julio con la 68.

Yo vivía en una época en el barrio Boston. Iba a pie al teatro. Cuando en la cartelera se anunciaban las películas de la diva Bardot, buscaba la forma de ir a escondidas de mi madre para no perderme ninguna de las películas de Brigitte, considerada por una vieja moral como una actriz impúdica. Falso. 

Era una hermosa fémina que despertaba el imaginario de una adolescencia en hervor. El pecado, si lo había, era de uno. Una vez, sin darme cuenta de la referencia bíblica, fui a ver la película que le hizo Roger Vadim titulada Y Dios..creó a  la mujer.  Fue en ese filme donde se dio a conocer la joven de 22 años, símbolo de todo lo que se podía imaginar uno como la belleza hecha mujer. En las palabras que le dedicó a Alain Delon -y a sus 89 años con el rostro cuarteado por el implacable paso del tiempo- escribió un mensaje emotivo sobre su amigo, donde expresa que, “al morir (Alain) acaba un capítulo magnífico de una época pasada de la que fue un monumento soberano”.

Un capítulo nuestro también. Desde otra perspectiva, aprendimos a admirar figuras como Flora Tristán, feminista y lideresa de los obreros en la Francia del siglo XIX, ignorada y desheredada por su padre, maltratada por su esposo. 

A la poeta argentina Alejandra Pizarnik, “poco sé de la noche, pero la noche parece saber de mí”. A dejarnos envolver desde Woodstock de 1969 por las canciones de Joan Báez. A fijarnos, con sus luces y sombras, en Teresa de Calcuta, y con miedo en las Charlotte Corday y Mata Hari que en el mundo perduran. 

Y así, sin parar, hasta llegar a dos mujeres de quienes todos hablan hoy, Kamala Harris, aclamada candidata por el partido demócrata a la presidencia de Estados Unidos, estrella en ascenso, y a la infatigable María Corina Machado, nuestra suramericana, luchadora que recorre las calles de Caracas sin temor a las amenazas, seguida por multitudes fervientes y por los que esperan una oportunidad para la democracia pisoteada. Admiradas no solo por ser mujeres que se han ganado por sí mismas un lugar en la historia. 

Y… Dios creó a la mujer.

Jesús Ferro Bayona

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Este año se conmemora el centenario de la muerte de Joseph Conrad y el de la publicación de La Vorágine de José Eustasio Rivera. El final de un escritor y la salida a la luz de una novela. Dos momentos que remiten al trayecto de la vida que es viajar.

De la prolífica obra de Conrad se puede decir que es una travesía por los mares del mundo. Navegante en lo real y en lo simbólico, Conrad   relata en sus novelas  Nostromo  y  El corazón de las tinieblas, por mencionar apenas dos, su experiencia de navegaciones, sin que sean transposiciones exactas de su vida errante por los mares.  

En  La Vorágine, la selva de los caucheros amazónicos no es tampoco la copia de la vida del funcionario de gobierno que fue Rivera, a quien se le encomendó la misión de viajar al corazón de la selva para informar al ministerio de las condiciones en que convivían los colonos y sus explotados trabajadores en las regiones fronterizas colombianas donde la violencia era la ley. Y lo es hasta ahora, no termina. Arturo Cova, el personaje principal, recorre la manigua inhóspita de ese suroriente colombiano, que no sabemos cómo es realmente según los mapas oficiales o si es exageración de las cartografías que rebasan nuestra comprensión endeble de un país enorme. 

El protagonista de  El corazón de las tinieblas se interna en las selvas del Congo belga donde reina el horror, -¡el horror se repite al final del relato!-. Encuentra la tiranía de un traficante de marfil que misteriosa y disparatadamente es adorado por los nativos que lo tienen por un dios. Marlow va en busca del traficante Kurtz, remontando ríos inconcebibles para un europeo. La imagen de Kurtz se agranda como la violencia misma, hasta que el mito de su ser invulnerable se desmorona bajo la enfermedad. Lo recogen en un barco para sacarlo de la jungla sin que llegue a salir porque muere. Sus restos quedan sepultados en la maleza. Por su parte, el Arturo Cova de La Vorágine busca cómo huir de la violencia selvática. Como una paradoja, acaba refugiándose en ella con su esposa y su pequeño hijo. La novela termina comunicándole al señor ministro que a Arturo Cova y su familia los devoró la selva. 

La oscuridad y la selva son comunes a las novelas del colombiano Rivera y del anglo-polaco Conrad. Ambas son el lazo de unión entre dos escritores que no se conocieron, por la lejanía entre el Amazonas y el Congo. Pero las distancias y las épocas se rompen con la lectura de sus novelas.  

Solo hace falta que en el indiferente universo, el libro dé con un lector destinado a comprender sus símbolos y a imaginarlos como propios, dijo Borges. 

Jesús Ferro Bayona 

Publicado en El Heraldo, Barranquilla 

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Una publicación reciente de Loor Naissir, “Sin retorno”, da buena cuenta de la inmigración libanesa al narrar la historia de sus ancestros. Ilustra las de otras muchas poblaciones árabes, provenientes del Imperio Otomano, que acá abreviamos con el apelativo de “turcos”.

En recientes declaraciones, María Corina Machado expresó que si Maduro se aferra al poder, veremos una gran ola migratoria. Añadió que por el bien de la región y de Colombia, “nos conviene a todos avanzar hacia una transición democrática”. 

La migración de venezolanos hacia nuestro país viene desde que el chavismo llegó al poder. ¿Podremos seguir con los brazos abiertos como ha sido hasta ahora o habrá una reacción antiinmigrante por falta de una reactivación económica que ya muestra altas cifras de desempleados? La reciente violencia antiinmigrante que se dio en el Reino Unido con protestas de individuos armados con palos, bombas molotov y toda suerte de incendios y saqueos de comercios de inmigrantes, parecen imágenes tercermundistas a las que estamos acostumbrados, o resignados.No las vemos propias de un país como Inglaterra, calificado de multicultural.

La nuestra, en cambio, no es vista como una sociedad multicultural. Basta con recordar los prejuicios del intelectual Luis López de Mesa que vio en la heterogeneidad racial y geográfica un lastre para las naciones. Siendo ministro de relaciones exteriores en plena segunda guerra mundial, cerró las puertas a la inmigración europea. Dio instrucciones a los consulados colombianos en Europa para no extender visas a los judíos que buscaban escapar de la persecución nazi, según comenta Azriel Bibliowicz en varios escritos suyos. 

Cargamos con el calificativo de país cerrado a la inmigración extranjera, como se cree que pasó con los españoles durante la Guerra Civil. Desmintiendo la leyenda, Barranquilla, cosmopolita, acogió a muchos, creándose incluso una comunidad que se reunía en la “Unión Española”. Sería errado, por tanto, desconocer la acogida a los inmigrantes que entraron al país en el siglo XIX. Alemanes, franceses, españoles, judíos, árabes, llegaron al país en barcos que atracaban en el muelle de Puerto Colombia. 

Una publicación reciente de Loor Naissir, “Sin retorno”, da buena cuenta de la inmigración libanesa al narrar la historia de sus ancestros. Ilustra las de otras muchas poblaciones árabes, provenientes del Imperio Otomano, que acá abreviamos con el apelativo de “turcos”. Eran sirios, palestinos, libaneses, cuyos nombres en los pasaportes eran ilegibles para los funcionarios. “Traducían” sus nombres al español, sin tomarlo como un prejuicio racial. 

No hay que olvidar las migraciones provenientes del interior del país, por causa de la violencia. La apertura no se puede ignorar. Ha sido pilar de la historia multicultural del Caribe colombiano, crisol de nuestra identidad.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo de Barranquilla

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Las dictaduras: comedia de formalidades para aparentar su legitimidad.

Desde que se dieron los resultados fraudulentos de las elecciones del pasado 28 de julio en Venezuela, las noticias de horrores son cotidianas. Las ilusiones de un final feliz son muy débiles, dadas las atrocidades cometidas por el régimen contra el descontento del pueblo y contra los líderes de la oposición. La propaganda oficial ha convertido la maldad de sus actos en obra de quienes se oponen al régimen. Son maniobras burlescas que las toman por serias quienes aplauden desde la galería, que no son pocos, lamentablemente.

El poder por el poder, pugna que ha durado siglos y continuará como atributo de la humanidad demasiado humana, suele tomar la forma de una comedia. En los comienzos del siglo XIX, Napoleón, ávido de absolutismo, se hizo emperador. Persuadió al papa Pio VII para que fuera a París a coronarlo en Notre Dame. El papa acudió con candidez. Pero Napoleón cogió de las manos del pontífice la corona, se coronó a sí mismo y la puso en las sienes de Josefina, su esposa. El acto fue una comedia que dejó pasmados a los presentes y, sin duda, satisfechos a sus admiradores. 

Un día de agosto de 1934, hace hoy 90 años, la afición por las formalidades llevó a Adolf Hitler, que era entonces canciller -o primer ministro como decimos comúnmente- a visitar en persona en su lecho de moribundo al presidente Hindenburg, en un pueblo cercano a Berlín. No fue una visita de caridad. Quería cerciorarse de que al presidente le quedaban pocas horas de vida. Logró que el agonizante anciano diera su acuerdo para que Hitler asumiera la presidencia, conservando las facultades de canciller. Sus ministros firmaron sin leer el acuerdo. Fue así como llegó a concentrar en él todos los poderes del Estado. 

El totalitarismo hitleriano empezó con una farsa. Lo que siguió después, la locura de los campos de concentración, las invasiones, la segunda guerra mundial para abreviar, lo sabemos de sobra. Maquiavelo decía que el poder se conserva con el ejército y la fortuna, es decir, con las armas y la buena suerte. 

Con el primero a su favor y a sus órdenes, y la segunda asegurada ficticiamente, el régimen de Maduro se está imponiendo. Puede ser que no. Es la apuesta de la oposición. 

En El otoño del patriarca, que parece inspirada, entre otros, en el dictador Juan Vicente Gómez, la narración de García Márquez tiene tonos burlescos: el déspota gobernaba como si no fuera a morirse jamás, en un palacio que era un mercado de burros y de gallinas, de boñigas de vacas, a pesar de tener blindados los portones. 

Las dictaduras: comedia de formalidades para aparentar su legitimidad.

Jesús Ferro Bayona

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La desgracia de Venezuela sucede fuera de foco en la actualidad mundial. Es triste decirlo. En Estados Unidos la atención de la opinión se centra en la contienda presidencial por las elecciones de noviembre próximo. Aunque el gobierno del presidente Biden declaró que Edmundo González fue el ganador de las elecciones, poca mella hará la declaratoria en el régimen de Maduro. 

La dictadura se ha prolongado en Venezuela. Son perturbadoras las protestas masivas y las amenazas feroces del gobierno de Maduro contra María Corina Machado. La capacidad del régimen para torcer la interpretación de los hechos violentos, endosando la responsabilidad de incontables heridos y muertos a la oposición de María Corina, no tiene precedente. Pero lo peor de todo es la tragedia humanitaria que sufren a diario los venezolanos por el miedo a perder sus vidas. En el vecindario latinoamericano hay conmoción por la violencia que padece la población del vecino país. 

La desgracia de Venezuela sucede fuera de foco en la actualidad mundial. Es triste decirlo. En Estados Unidos la atención de la opinión se centra en la contienda presidencial por las elecciones de noviembre próximo. Aunque el gobierno del presidente Biden declaró que Edmundo González fue el ganador de las elecciones, poca mella hará la declaratoria en el régimen de Maduro. En la otra orilla del Océano Atlántico, los Juegos Olímpicos de París acaparan el interés del público europeo.  

La dictadura más larga en la historia de Venezuela fue la de Juan Vicente Gómez. Gobernó por cerca de 30 años, desde los inicios del siglo XX, gracias a una astuta toma del poder que se hallaba prácticamente vacante. Manejó el país desde su hacienda de Maracay, a 120 km de Caracas, convertida en poderosa fortaleza militar y sede de sus potreros y ganado. Convirtió a Venezuela en una hacienda grande que él manejaba como un patriarca.  

El escritor Rómulo Gallegos escribió en la prensa de ese momento que el ambiente que el dictador creó era un milagro político que le ofrecía al país “la única solución eficaz del complicado problema de nuestra nacionalidad republicana”. Acudió a muchas artimañas para enmendar la Constitución, para quedarse en el poder y controlar el gobierno a su antojo. Fue tan hábil que cuando sufrió un colapso cardíaco, resultado de un tumor prostático y la diabetes que padecía, “no quiso” morirse sino en la fecha en que murió Simón Bolívar, el 17 de diciembre. Utilizó la fama de Bolívar como ahora que llevan y traen el calificativo de “bolivariano” para un régimen que no tiene nada del ideario del Libertador. 

En la nota periodística citada, Rómulo Gallegos escribió que el prodigio de Juan Vicente Gómez fue “que ayer se habrían apiñado las multitudes airadas para derrocar el régimen tiránico, pero se agrupan hoy en patriótica jornada de civismo en torno al hombre en cuyas manos depositó la suprema voluntad de la ciudadanía”.  

Hoy es al revés. Las dictaduras saben cómo sobrevivir. 

Jesús Ferro Bayona 

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Lo que importa ahora es festejar los 37 años ininterrumpidos de un curso que hemos llamado “Historia de las civilizaciones”. 

Un día de agosto de 1987, en medio de cuadros de Alejandro Obregón, Enrique Grau y otros pintores del Caribe colombiano colgados en la Sala de Arte de la Universidad del Norte, un grupo de amantes de la historia iniciamos un viaje por la historia universal. Empezamos con los pensadores de la filosofía. Al poco tiempo decidimos sobrepasar ese limitado marco para dar un salto a la historia de las civilizaciones, título con el que se distingue el curso hasta ahora.

Hemos recorrido la historia de las civilizaciones antiguas, medievales y modernas del Mediterráneo. Grecia con Heródoto, Roma con los reyes etruscos y sus emperadores, -de la mano de Virgilio y Tito Livio- y su decadencia, si es que la hubo. Del fascinante Renacimiento italiano con Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. Y la música, y el surgimiento del arte barroco. 

También, cómo no, del cristianismo con Pablo de Tarso hablando en Atenas del dios desconocido. Del Vaticano y sus catacumbas, de los papas, tan santos unos como mundanos otros, digamos Alejandro VI y sus hijos, la bella Lucrecia, el sanguinario César. 

Transitamos por la península ibérica de nuestros ancestros, la Galia de Julio César, la Alemania de Germánico, la de Bach y Beethoven, para mencionar a los más encumbrados, y estudiar con horror el nazismo hitleriano -redivivo en tendencias políticas de actualidad-. 

Atravesamos el océano Atlántico, redescubrimos a América navegando por el Caribe con Colón y Vespucci, siguiéndoles los pasos a Pizarro y Hernán Cortés, revalorando las culturas incas, mayas, aztecas, plasmadas en los murales de Rivera y Siqueiros. Frida Kahlo en sus pinturas desgarradoras. Y comprender otra vez a Bolívar, en el amor y en la guerra. 

Nos detuvimos en la Revolución francesa y en su legado universal. Y, claro, en Napoleón, salvador y dictador, -¿los caudillos sudamericanos?-, que inspira aún películas, la más reciente de Ridley Scott. Imposible resumir siquiera un capítulo. Sería interminable citar héroes y pueblos, pinturas y música, poemas y novelas que hay que leer, que otros fingen haber leído.

Lo que importa ahora es festejar los 37 años ininterrumpidos, una historia increíble en su género, desde la primera clase hasta la más reciente de junio pasado, todos los martes, en 16 sesiones, cada semestre. 

Nos asentamos en el histórico barrio el Prado, en la moderna sede de la Universidad Simón Bolívar. Al grupo de estudiantes del origen, se han sumado otros fieles seguidores, y los que vendrán el 30 de julio próximo. Todos tienen motivos de sobra para celebrar que el curso los une, que la historia continúa.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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Hace poco tiempo se regó por las redes sociales el fallecimiento de Noam Chomsky, famoso filósofo, lingüista e infinidad de otros títulos, que está vivo a sus 96 años.  

Algún alarmista se enteró que el intelectual norteamericano fue internado en una clínica de Sao Paulo, en donde se hallaba de visita con su esposa, que es brasilera. Sin verificar en fuentes seguras, lo dio por muerto. Quiso ganarse el dudoso mérito de ser el primero en dar semejante “chiva”. Chomsky mismo desmintió los rumores sobre su muerte. 

Pululan los cazadores de noticias alarmantes en las redes. Como si fuera un ensañamiento, la semana pasada circuló otra noticia donde se citaba una frase suya fuera de contexto: “hay una buena razón por la que nadie estudia historia, simplemente te enseña demasiado”.  

Con los mismos instrumentos que la tecnología provee, un profesor corrigió en pocos minutos la cita de Chomsky después de consultar en ChatGPT. Lo que la frase quiere decir en su contexto, es que en las clases de historia se da demasiada información de fechas, datos, lugares para memorizar. Se deja de lado lo más importante que es la interpretación, y sin duda, la reflexión sobre los hechos que la historia enseña.  

No en vano se ha repetido por años la frase admonitoria atribuida a Santayana: “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”. Es cierto que hay que saber de memoria los datos básicos de la historia, dijo el filósofo Rorty, pero no es necesario que la enseñanza de la historia consista en llenar la mente de datos. Ese es quizás, a mi entender, el sentido de la frase de Chomsky, en el contexto de la actual abundancia esterilizante de información que se arroja en la enseñanza de las ciencias humanas como la filosofía, la literatura, las artes y otras más.  

Lo que no quita que haya profesores con tan buena memoria que saben volver ameno lo que enseñan, con fechas y citas, sin obligar a los estudiantes a memorizarlas. Lo que es peor, a evaluar el aprendizaje con base en la memoria en lugar de la reflexión y el análisis crítico que sustenta lo aprendido. 

Yendo más lejos, en un escrito inspirado en Chomsky, se lee que la educación debería orientarse a ayudar a los alumnos a que lleguen a un punto en el que puedan aprender por sí mismos, porque eso es lo que van a hacer el resto de sus vidas.  

Yo diría que educar hoy se ha vuelto más complejo en un mundo de incertidumbres y de verdades trastocadas. Por esa razón, la tarea de educar tiene que ser una invitación a los estudiantes a ser muy creativos y recursivos.  

Y a estar aprendiendo toda la vida. 

Jesús Ferro Bayona 

Artículo publicado en El Heraldo, Barranquilla 

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El hundimiento del proyecto de la ley estatutaria de la educación presentado por el gobierno no significa ni el fin del problema, ni el agotamiento de su discusión. 

El miércoles pasado se hundió el proyecto de ley estatutaria de la educación. Pese a los consensos de los partidos políticos logrados en torno al proyecto -con disensos de última hora- arrastraba un pesado fardo: las duras críticas formuladas a la indebida intervención del Ministerio de Educación en el nombramiento de un nuevo rector, destituyendo al que ya había sido elegido en la sesión anterior del Consejo Superior de la Universidad Nacional. 

Se vio con razón un atentado a la autonomía universitaria, preanuncio peligroso de más intervencionismos en la dirección de las universidades públicas. 

La errática aplicación de la reforma de la salud, por decreto, acabó fortaleciendo a Fecode, el sindicato más poderoso del sector público educativo. Los maestros sufrieron en carne propia las consecuencias de la pésima atención en salud, por lo que llevaban días de protesta ruidosa en las calles, pese a que el sindicato es, o era, un aliado del Gobierno. 

El Ministerio se jugó todas las cartas a favor de consagrar el derecho fundamental a la educación, sin resolver el problema de la desfinanciación, que a futuro iba a producir el más sonado objetivo del proyecto. Además, tampoco se integró lo más importante de ese derecho que era asegurar la calidad. Por ende, la libertad para elegir dónde y cómo educarse quedaba maltrecha. No se reconocía con claridad que el sistema de educación es mixto, público y privado. El entierro fue de tercera. El presidente del Senado no incluyó en el orden del día el debate para su aprobación faltando pocas horas para terminarse la presente legislatura.

No obstante, la educación necesita transformarse y la superior clama por una reforma de la ley 30 de 1992, que se quedó corta ante el desarrollo vertiginoso de la enseñanza, las nuevas pedagogías y el avance de las tecnologías educativas más recientes, fenómeno que es mundial. Lo que no quiere decir que tras el hundimiento del proyecto de ley estatutaria se acabó el problema y la discusión. 

Por el contrario, la reflexión y las tareas de una renovación a fondo del sistema educativo y sus retos para el futuro apenas comienzan. Son ineludibles. No es una cuestión solo de normas. Es un desafío para asegurar el futuro formativo de niños y jóvenes. No se reduce a un debate ideológico por el poder. Debe ser una discusión política y académica, sin prejuicios, sobre la educación pública y privada, poniendo la capacidad innovadora de líderes, profesores y alumnos, al servicio de una educación humanista y transformadora.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo, Barranquilla

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