Visión de los vencidos

Por: Jesus Ferro Bayona
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Recordando la obra de Bernardino de Sahagún, la educación, 500 años después, sigue siendo, principal ‒y ahora crucialmente‒, un intercambio dinámico entre profesores y estudiantes, entre maestros y alumnos. Es un apostolado, pese a la carga religiosa que se da a la palabra. 

La historia se cuenta siempre ‒casi siempre‒, desde los vencedores: Alejandro Magno, Napoleón, Carlos V, Julio César, por ejemplo. Cuando aconteció la conquista de México, un fraile se dio a la tarea de escribirla desde la visión de los vencidos, los aztecas, dominados por Hernán Cortés en el siglo XVI. El fraile franciscano Bernardino de Sahagún no se limitó a evangelizar a los indígenas, como era lo usual en la época. 

Creó el Colegio de la Santa Cruz y en su cátedra recogió por muchos años los testimonios de sus alumnos mexicas y los consignó en su lengua, el náhuatl. Hoy es una de las mejores crónicas sobre México recién conquistado*. Cada página está acompañada ‒no son adornos, porque no están ahí con ese fin‒, por dibujos, pintados por los indígenas, en los que dejaron a modo de narración lo que sintieron, sufrieron y pensaron bajo el yugo de una cruel conquista y ante la destrucción de su civilización, una de las más grandes de América prehispánica.  

El fraile Bernardino no fue el único. También el fraile dominico Diego Durán y el jesuita Juan de Tovar, contemporáneos suyos, escribieron obras similares con dibujos coloridos que revelan la forma como los mexicas entendían su mundo y lo expresaban por medio de pictogramas. Los religiosos tradujeron el testimonio invaluable de sus discípulos al castellano y por esa razón hoy podemos conocer su historia, contada desde el punto de vista de los que fueron vencidos, pero que pudieron alzar su voz para no quedarse “contados” por otros, los vencedores. Pasaron a la historia como los intérpretes, dolorosamente, de su derrota, pero al fin y al cabo como los testigos fidedignos de su propia cultura, de su pasado, de su pensamiento sobre sí mismos.

A Bernardino de Sahagún se le considera con justa causa el primer antropólogo de América: su misión no se limitó a evangelizar y a convertir a la fe católica a los “indios”, como debían hacerlo los religiosos que vinieron con los conquistadores al Nuevo Mundo. Sahagún, Durán, Tovar, les dieron una voz a quienes no la tenían en una civilización sometida por las armas del más fuerte. Compartieron sus conocimientos para no quedarse del lado conquistador, de los dueños del saber que se impone como único. Fueron a su vez alumnos de sus alumnos. Eso es lo que contiene la definición más auténtica de lo que significa ser un maestro. 

Recordando la obra de Bernardino de Sahagún (Historia general de las cosas de la Nueva España), la educación, quinientos años después, sigue siendo, principal y ahora crucialmente, un intercambio dinámico entre profesores y estudiantes, entre maestros y alumnos. Es un apostolado, pese a la carga religiosa que se da a la palabra. A través del término, se comprende el sentido creativo y de entrega a los demás que trasciende la simple funcionalidad de enseñar, como lo entendieron los frailes que fueron más que unos evangelizadores. Transformaron el contexto en que estaban, cediendo la palabra a los supervivientes de civilizaciones vencidas, pero todavía vivientes, para que expresaran su conciencia de sí, la comprensión de su historia, sus esperanzas. 

Historia general de las cosas de la Nueva España.

Jesús Ferro Bayona

Publicado en El Heraldo (Barranquilla)

Agosto, 2022

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