El desafío es diseñar ambientes de aprendizaje donde la equivocación no sea motivo de sanción, sino parte natural del proceso.
En la tradición educativa solemos ver el error como una falla que debe corregirse cuanto antes. Sin embargo, esta mirada reduce el papel que el error desempeña en el aprendizaje y empobrece las posibilidades de desarrollo de quienes aprenden. Richard Sennett, en su libro El artesano, recuerda que toda destreza, sea manual, intelectual o artística, se forma a partir de la repetición y la tolerancia frente a la imperfección. La práctica no es solo acumulación de intentos; es también la aceptación de que cada error abre una puerta para mejorar, pues muestra los límites de lo que ya sabemos hacer y los caminos posibles para hacerlo mejor.
Aprender a trabajar la madera, a tocar un instrumento o a escribir un texto requiere miles de repeticiones y, con ellas, innumerables equivocaciones. El error, lejos de ser un enemigo, es un aliado que guía al aprendiz a refinar la técnica. Esta visión contrasta con la lógica de la inmediatez y la eficiencia que domina muchas instituciones educativas, donde se privilegia el resultado correcto por encima de la exploración del proceso. Para los maestros, recuperar la idea de la práctica repetitiva y del error como fuente de aprendizaje implica volver a poner en el centro la experiencia y la paciencia en la formación, así como la autoconciencia del estudiante sobre sus propios progresos y hallazgos.
Uno de los aportes más provocadores de Sennett es señalar que la repetición no debe ser entendida como una mera rutina mecánica, sino como una disciplina creadora. Cada repetición, incluso cuando parece idéntica a la anterior, introduce variaciones mínimas que enriquecen la comprensión de la tarea. El violinista que ensaya una pieza una y otra vez no está repitiendo en sentido literal; está explorando matices de sonido, afinando el oído, ajustando la posición de sus manos. El carpintero que lija una tabla varias veces no está repitiendo un gesto inútil, sino descubriendo cómo la madera responde a diferentes presiones y movimientos. De la misma manera, los estudiantes, al repetir un cálculo matemático, un párrafo escrito o un ejercicio físico, están cultivando no solo la memoria, sino también la sensibilidad hacia la calidad de lo que hacen.
Para los educadores, esto plantea el desafío de diseñar ambientes de aprendizaje donde la equivocación no sea motivo de sanción a través de evaluaciones inapropiadas, sino parte natural del proceso. Si el aula se convierte en un espacio donde se permite la exploración y se valora la constancia, los estudiantes aprenderán a convivir con la frustración y a reconocer la satisfacción de la mejora gradual. La repetición y el error enseñan, además, un tipo de paciencia que se opone al mito de la genialidad instantánea: nadie se convierte en experto de la noche a la mañana, y la maestría se alcanza solo con tiempo, práctica y humildad. Nadie interpreta un concierto la primera vez que se sienta frente a un piano.
El mensaje de Sennett es especialmente pertinente en una época cuando la educación tiende a la aceleración y a la búsqueda de resultados rápidos y medibles. Recuperar la pedagogía del error y la repetición significa reconciliarse con el tiempo largo del aprendizaje y reconocer que enseñar no es producir respuestas correctas, sino acompañar procesos que, a veces, avanzan con pasos torpes. El error, entonces, deja de ser un signo de fracaso para convertirse en una huella de la transformación. Y la repetición, en lugar de ser vista como castigo, se vuelve la vía por la cual los estudiantes construyen confianza en sí mismos y en sus capacidades.
La pedagogía del error y la repetición es, en última instancia, una pedagogía de la paciencia y de la esperanza: una invitación a ver en cada intento una oportunidad de crecer. La evaluación, en este contexto, se convierte en el diálogo que maestro y estudiante pueden establecer acerca de las dificultades, los logros y los retos sucesivos para avanzar en la búsqueda de la excelencia.
Publicado en EL TIEMPO, Bogotá

