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Francisco Cajiao

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El desafío es diseñar ambientes de aprendizaje donde la equivocación no sea motivo de sanción, sino parte natural del proceso.

En la tradición educativa solemos ver el error como una falla que debe corregirse cuanto antes. Sin embargo, esta mirada reduce el papel que el error desempeña en el aprendizaje y empobrece las posibilidades de desarrollo de quienes aprenden. Richard Sennett, en su libro El artesano, recuerda que toda destreza, sea manual, intelectual o artística, se forma a partir de la repetición y la tolerancia frente a la imperfección. La práctica no es solo acumulación de intentos; es también la aceptación de que cada error abre una puerta para mejorar, pues muestra los límites de lo que ya sabemos hacer y los caminos posibles para hacerlo mejor.

Aprender a trabajar la madera, a tocar un instrumento o a escribir un texto requiere miles de repeticiones y, con ellas, innumerables equivocaciones. El error, lejos de ser un enemigo, es un aliado que guía al aprendiz a refinar la técnica. Esta visión contrasta con la lógica de la inmediatez y la eficiencia que domina muchas instituciones educativas, donde se privilegia el resultado correcto por encima de la exploración del proceso. Para los maestros, recuperar la idea de la práctica repetitiva y del error como fuente de aprendizaje implica volver a poner en el centro la experiencia y la paciencia en la formación, así como la autoconciencia del estudiante sobre sus propios progresos y hallazgos.

Uno de los aportes más provocadores de Sennett es señalar que la repetición no debe ser entendida como una mera rutina mecánica, sino como una disciplina creadora. Cada repetición, incluso cuando parece idéntica a la anterior, introduce variaciones mínimas que enriquecen la comprensión de la tarea. El violinista que ensaya una pieza una y otra vez no está repitiendo en sentido literal; está explorando matices de sonido, afinando el oído, ajustando la posición de sus manos. El carpintero que lija una tabla varias veces no está repitiendo un gesto inútil, sino descubriendo cómo la madera responde a diferentes presiones y movimientos. De la misma manera, los estudiantes, al repetir un cálculo matemático, un párrafo escrito o un ejercicio físico, están cultivando no solo la memoria, sino también la sensibilidad hacia la calidad de lo que hacen.

Para los educadores, esto plantea el desafío de diseñar ambientes de aprendizaje donde la equivocación no sea motivo de sanción a través de evaluaciones inapropiadas, sino parte natural del proceso. Si el aula se convierte en un espacio donde se permite la exploración y se valora la constancia, los estudiantes aprenderán a convivir con la frustración y a reconocer la satisfacción de la mejora gradual. La repetición y el error enseñan, además, un tipo de paciencia que se opone al mito de la genialidad instantánea: nadie se convierte en experto de la noche a la mañana, y la maestría se alcanza solo con tiempo, práctica y humildad. Nadie interpreta un concierto la primera vez que se sienta frente a un piano.

El mensaje de Sennett es especialmente pertinente en una época cuando la educación tiende a la aceleración y a la búsqueda de resultados rápidos y medibles. Recuperar la pedagogía del error y la repetición significa reconciliarse con el tiempo largo del aprendizaje y reconocer que enseñar no es producir respuestas correctas, sino acompañar procesos que, a veces, avanzan con pasos torpes. El error, entonces, deja de ser un signo de fracaso para convertirse en una huella de la transformación. Y la repetición, en lugar de ser vista como castigo, se vuelve la vía por la cual los estudiantes construyen confianza en sí mismos y en sus capacidades.

La pedagogía del error y la repetición es, en última instancia, una pedagogía de la paciencia y de la esperanza: una invitación a ver en cada intento una oportunidad de crecer. La evaluación, en este contexto, se convierte en el diálogo que maestro y estudiante pueden establecer acerca de las dificultades, los logros y los retos sucesivos para avanzar en la búsqueda de la excelencia.

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá

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La escuela es mucho más que un lugar de enseñanza académica: es un escenario de formación humana profunda.

Una pregunta que nos acompaña toda la vida es aquella que intenta definir quiénes somos frente a nosotros mismos, frente a los demás y frente al conjunto de circunstancias en las que se desenvuelve la vida. Eso es lo que se ha llamado la identidad, que en un sentido, nos hace únicos e irrepetibles y en otro nos hace parte de un grupo con el que compartimos valores, creencias o intereses comunes.

La identidad es el resultado de un proceso complejo, profundamente influido por las relaciones sociales, las experiencias vitales y los contextos culturales. En este proceso, la escuela es uno de los escenarios más significativos para la construcción de la identidad individual y colectiva, especialmente durante la infancia y la adolescencia.

En la infancia, señala Erik Erikson, especialmente entre los seis y doce años, el niño enfrenta el dilema entre la “laboriosidad” y el “sentimiento de inferioridad”. La escuela juega aquí un papel central, ya que es el espacio donde se reconocen el esfuerzo, la creatividad, el cumplimiento de objetivos y la capacidad para resolver problemas. 

Cuando la experiencia escolar es positiva –cuando se valida el esfuerzo, se celebran los logros y se brinda apoyo en las dificultades–, los niños desarrollan una imagen de sí mismos como competentes, capaces y valiosos. Esta imagen es clave para la autoestima y para la construcción de una identidad coherente. 

Por el contrario, experiencias escolares marcadas por el fracaso, la discriminación o la rigidez pueden generar sentimientos de ineptitud que afectan la confianza personal y limitan la exploración del propio potencial. La identidad en esta etapa también se relaciona con la percepción del niño como parte de grupos: la clase, el curso, el colegio, y más adelante, categorías más amplias como el género, la etnia o la clase social. La manera como la escuela nombra, agrupa o distingue a los estudiantes (por su rendimiento, conducta, habilidades, origen o apariencia) influye poderosamente en cómo ellos mismos se definen.

En la adolescencia, el proceso de construcción de identidad se intensifica. El adolescente se pregunta quién es, qué quiere ser, cuál es su lugar en el mundo, para qué es bueno. En esta búsqueda, la escuela se convierte en un espacio clave, pero también en un terreno de tensiones que actualmente se agudizan con las redes sociales y los paradigmas que desde allí se plantean con respecto al cuerpo, la sexualidad y el mismo sentido de la vida. Desde la psicología, se reconoce que el adolescente necesita explorar distintos roles y formas de expresión. La escuela, cuando es flexible, inclusiva y reconoce la diversidad, puede ofrecer oportunidades para esta exploración: grupos artísticos, científicos, deportivos, proyectos colaborativos y debates. Todo ello ayuda a que el joven pruebe distintas formas de ser y se apropie de aquellas con las que se identifica.

La escuela no forma únicamente identidades individuales, sino también identidades colectivas. La cultura escolar permite que los estudiantes se identifiquen con un nosotros, que se reconozcan como parte de una comunidad con historia, valores y propósitos. Cuando los estudiantes sienten que su escuela representa algo digno, que les habla de sus raíces y sus aspiraciones, se fortalece la identidad colectiva. Este sentimiento puede ser muy potente, especialmente en contextos de exclusión social, donde la escuela es uno de los pocos espacios que ofrecen estabilidad, respeto y posibilidad de futuro.

La escuela es mucho más que un lugar de enseñanza académica: es un escenario de formación humana profunda. Por ello, construir una escuela más humana, inclusiva, crítica y diversa no es solo una tarea pedagógica, sino una apuesta por una sociedad más justa. Cómo formamos la identidad en las aulas define, en última instancia, la clase de ciudadanos y ciudadanas que tendremos.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá, Colombia

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Bajar los estándares a los funcionarios del Estado da a entender que los pobres no pueden alcanzar la excelencia.

La disciplina es esencial en la educación, así haya diferentes formas de entenderla. Para Aristóteles era un componente central del desarrollo humano, pues a través de la formación de hábitos virtuosos, la capacidad de controlar las pasiones y ser la guía de la razón se lograba alcanzar la excelencia en todas las áreas de la vida.

Kant, el gran filósofo de la Ilustración, afirma que “la disciplina o la crianza transforman la animalidad en humanidad” y que “la disciplina tiene que ser aplicada muy pronto; pues si ello no ocurre, es entonces difícil modificar después al hombre, que luego seguirá todos sus caprichos”. Menciona a los príncipes a quienes no se pone límite cuando niños y luego se convierten en peligrosos tiranos, pero su mayor énfasis está en la convicción de que el verdadero progreso humano radica en el perfeccionamiento de la educación a lo largo de las generaciones.

Es urgente insistir en la disciplina, entendida como condición ineludible para superar los retos y desafíos que presenta un mundo cada vez más complejo y competitivo en todos los aspectos de la vida. No es posible desarrollar un deporte, interpretar un instrumento musical, avanzar en un campo científico o tener éxito en un negocio sin una enorme constancia y todo el esfuerzo y sacrificio requeridos. Si desde la infancia no se adquiere la disposición necesaria para sortear los obstáculos, superar las frustraciones y aprender de los errores, tendremos muy pocas posibilidades de progresar al ritmo de las sociedades que inculcan esto en la mayoría de sus ciudadanos.

La disciplina implica sacrificar muchos impulsos espontáneos y someterse a normas, procedimientos y límites, dentro de los cuales es posible avanzar hacia metas cada vez más ambiciosas. Según Kant, el salvaje es el que vive sin ley, concepto que se extiende a los límites éticos que permiten vivir en sociedad en un clima de confianza mutua. Deportistas, profesionales y científicos progresan en el marco regulatorio de su “disciplina” y eso es lo que da valor a sus logros. Un ciclista no puede poner motor a su máquina alegando que los otros no lo dejan ganar; un científico no puede falsear los datos de su investigación porque está enfermo, ni quien comanda un avión de pasajeros puede cancelar un vuelo porque estaba de fiesta. Y, por supuesto, un gobernante disperso que se rodea de gente ignorante, corrupta o incapaz de cumplir con eficiencia y disciplina sus funciones no puede decir que no lo dejan gobernar.

En su Estudio de la historia, Arnold Toynbee señalaba que los pueblos ubicados en las zonas templadas, donde el invierno era una gran amenaza para la supervivencia, lograron enormes avances tecnológicos y sociales al verse forzados a una estricta disciplina de ahorro y previsión, frente a otros pueblos que no requerían esforzarse para sobrevivir en medio de la abundancia ofrecida por su entorno natural durante todo el año.

Sobrevivir y progresar hoy es imposible a partir de la improvisación. Entender cómo funcionan las instituciones, los conflictos sociales, los procesos productivos, las comunicaciones, las relaciones internacionales, los intercambios comerciales o las implicaciones de decisiones económicas o políticas en el largo plazo, requiere gente muy bien preparada, sin importar si su origen es rico o pobre, urbano o rural. A esto se le llama sociedad del conocimiento.

Bajar los estándares de exigencia en las condiciones profesionales y éticas de los funcionarios del Estado, responsables del destino común, con el argumento de dar oportunidad a los pobres o a quienes están en rehabilitación es estúpido y tramposo, porque da a entender que los pobres nunca podrán conseguir la excelencia en lo que se propongan. 

Lo que se debe asegurar es que la educación pública sea de excelente calidad para que todos los niños puedan acceder a las mejores oportunidades de progreso individual y colectivo.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá, Colombia

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El respeto por la legalidad sigue siendo una lucha constante que requiere compromiso con la ética y la educación.

En mis primeras lecturas apareció el Libro de la selva de Kipling y, desde entonces, memoricé parte del poema que dice: “Esta es la ley que en nuestra selva rige, / y que es antigua como el mismo cielo; / prosperarán los lobos que la cumplan, / pero aquel que la infrinja será muerto”. Con esto accedí a la mejor experiencia educativa de mi infancia, formando parte del movimiento scout donde incorporé valores como ser digno de confianza, ser leal a la palabra empeñada, defender la verdad y, por encima de todo, conocer y respetar la ley, principio esencial de convivencia.

En los más de cincuenta años dedicados a la educación he reafirmado mi convicción de que el propósito de formar ciudadanos libres, capaces de hacer avanzar a la sociedad hacia horizontes de equidad y convivencia pacífica, solo es posible cuando desde la primera infancia se pueda confiar en unas autoridades capaces de ofrecer garantías de seguridad y ejercicio de sus derechos a todos, sin discriminación alguna. Eso riñe con el autoritarismo, la arbitrariedad y el capricho de quienes ostentan el poder en cualquier ámbito de la vida. Con ese propósito se inventaron las leyes, y eso permitió pasar de sociedades salvajes a civilizaciones cada vez más exigentes en sus aspiraciones éticas.

Las primeras leyes escritas, como el Código de Hammurabi en Babilonia (aprox. 1750 a. C.), reflejan un orden jurídico que aspiraba a establecer justicia y equidad. La historia del pueblo de Israel tiene su culmen cuando Moisés recibe de su Dios las tablas de la ley en el monte Sinaí. Y es que el surgimiento de normas jurídicas ha estado ligado al intento de las sociedades humanas por regular la convivencia, resolver conflictos y establecer límites al poder. En etapas tempranas la ley estuvo subordinada al monarca o al emperador, considerado a menudo figura divina o semidivina. La ley, entonces, no era un límite al poder, sino una extensión de éste. Esta condición cambió a medida que el progreso del pensamiento filosófico y político comenzó a demandar normas que trascendieran la voluntad de los gobernantes.

Hoy, los desafíos del populismo, la polarización y las redes sociales plantean nuevas amenazas al equilibrio entre ley y civilización.

Con el pensamiento ilustrado, autores como Locke, Montesquieu y Rousseau defendieron que la ley debía ser el producto de la voluntad general, aprobada por mecanismos de representación y sujeta a controles. Esta concepción permitió que la ley se transformara en garantía de libertad, y no solo en mecanismo de orden. La noción de Estado de derecho, tal como se entiende hoy, implica que todos –ciudadanos y gobernantes– están sometidos a la ley. Esta idea es central en cualquier sociedad democrática moderna. En este sentido, el respeto a la ley se convierte en una condición indispensable de progreso y civilidad, ya que asegura previsibilidad, protección de derechos y resolución pacífica de los conflictos.

La historia también demuestra que el avance técnico o cultural no siempre viene acompañado de respeto a la ley ni de formas democráticas de gobierno. Incluso en regímenes democráticos, el autoritarismo puede resurgir si se debilita el control ciudadano sobre los poderes públicos. La concentración de poder, la manipulación de la justicia y el uso de la ley para perseguir opositores son síntomas de regresión civilizatoria, aunque se mantenga una fachada institucional.

Hoy, los desafíos del populismo, la polarización y las redes sociales plantean nuevas amenazas al equilibrio entre ley y civilización. En muchos países, el debilitamiento del poder judicial, el desprecio por las normas constitucionales o el uso discrecional de la ley para fines políticos muestran que el respeto por la legalidad sigue siendo una lucha constante que requiere un compromiso continuo con la ética pública, la educación ciudadana y la defensa activa del Estado de derecho. 

Sin estos pilares, caudillos autoritarios como los que pululan en estos tiempos tratarán de burlar hasta la ley de la gravedad.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Colombia

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Se equivoca al afirmar que durante décadas el Estado ha financiado la universidad privada.

En el foro ‘Retos de la descentralización’, realizado por la Contraloría General el 22 de mayo en la Universidad Católica de Bogotá, el Presidente dijo haberse equivocado al nombrar como ministros de Educación a Alejandro Gaviria y a Aurora Vergara, según él, por no haber cumplido con la visión que tenía proyectada. Dijo textualmente: “Es que si nosotros no creamos el cerebro colectivo, no tenemos nación. La política hecha durante décadas de financiar la universidad privada, con el respeto que esta universidad y el profe y el rector, no es buena, no es buena. Los datos que tenemos hasta la fecha. Y eso que nos ha faltado audacia porque puse unos ministros de Educación malos. Me equivoqué”.

Como es usual, no todo se entiende bien, porque su falta de rigor le hace pensar que la improvisación es una cualidad o, tal vez, una manifestación de genialidad, frente a la anticuada costumbre de mandatarios que escriben y leen sus discursos para que ninguna palabra sea distorsionada en las transcripciones, o por vanidad, para tener un archivo completo de un pensamiento político coherente susceptible de ser publicado para las generaciones venideras. Pues bien, ahora anda con lo del cerebro colectivo, que sería interesante si él no se hiciera cargo de atizar una guerra de neuronas en cuanta ocasión se le atraviesa.

Se equivoca al afirmar que durante décadas el Estado ha financiado la universidad privada. Ha correspondido a las familias –en su mayoría de recursos escasos– hacer esfuerzos económicos enormes para asegurar la educación superior a sus hijos y el crédito que se ha ofrecido a través de Icetex lo han tenido que pagar con sus ingresos, así como muchas de las actividades de investigación y proyección a la comunidad, indispensables para las licencias y acreditaciones. Claro que son imperdonables la insuficiencia de la oferta pública a lo largo de décadas y el mal manejo de muchos de estos recursos a lo largo del tiempo. Pero creer que es mejor que los jóvenes no vayan a la universidad hasta que no haya los 500 000 cupos que prometió en universidades inexistentes, merecería un calificativo que prefiero omitir.

Sorprende que, a juicio del Presidente, haber tenido ministros preparados haya sido su gran error: ¿mejor ignorantes en este ministerio? Lo que suele ocurrir es que la gente preparada distingue la fantasía de la realidad, y esta se construye con recursos materiales, mucho conocimiento y una disciplina que no suele coincidir con los discursos entonados al calor de las multitudes. La visión del Presidente no tenía recursos, conocimiento ni disciplina. Y eso se le hizo saber desde todas las orillas, incluyendo las universidades públicas, que hoy declaran un déficit acumulado de $ 19 billones sin incrementar su cobertura. Sería bueno saber si se reunía con sus ministros para que no actuaran como rueda suelta. ¿No era él su jefe? Es evidente que no ha podido armar ni el pequeño cerebro colectivo bajo su mando.

También se lamentó que la Universidad Nacional sea elitista, en vez de albergar especialmente a los estudiantes más pobres, pero olvida o ignora mencionar que lo que hace excepcionales a las buenas universidades públicas es la gran diversidad cultural y económica de su comunidad: ahí radican su carácter verdaderamente democrático y su capacidad de generar condiciones para el conocimiento y el progreso colectivo. Y claro que es elitista, pues se entra por mérito académico y se culmina gracias al esfuerzo personal y a las condiciones previas que se adquieren en la educación básica. Si la que reciben los más pobres, a cargo del Estado, es de mala calidad, menos jóvenes de escasos recursos podrán acceder al privilegio de estar en universidades como la Nacional. Y esto se les olvidó desde el principio.

Si le hubieran explicado estas cosas al candidato, tal vez no se hubiera equivocado tanto como presidente.

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá

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Hay muchos factores que inciden en la preocupante fragilidad que muestran nuestras democracias pero, sin duda, una de ellas es la irrupción de las redes sociales y su capacidad para invadir, de manera permanente, el espacio personal y el estado mental de los ciudadanos.

 En el libro Educación universal, los autores Juan Manuel Moreno y Lucas Gortázar afirman que “mientras que el nexo entre la expansión de los sistemas educativos y el crecimiento económico está demostrado en las investigaciones sobre el tema, no ocurre igual con la relación entre educación de las masas y avance hacia la democracia en las naciones contemporáneas”. Semejante afirmación es inquietante para quienes hemos trabajado por décadas buscando que el mundo que dejamos a las nuevas generaciones sea mejor que el que hemos vivido nosotros.

Hemos tenido la convicción de que la democracia se sostiene sobre pilares como la libertad de expresión, la deliberación informada, el respeto por los derechos humanos y la participación ciudadana, valores y prácticas que solo pueden ser ejercidos plenamente por ciudadanos capaces de pensar críticamente, evaluar información y discernir entre hechos y opiniones. En este contexto, la educación juega un rol esencial, al formar ciudadanos que no solo adquieran conocimientos, sino que también desarrollen competencias fundamentales para la vida democrática.

En un estudio realizado en 150 países desde 1980 hasta 2019 sobre el crecimiento económico, la reducción de la pobreza global y la igualdad, Amory Gethin muestra que democratizar la educación aparece como el factor más poderoso y la inversión más rentable para reducir la pobreza. No parecen tan optimistas los efectos de la expansión educativa sobre la cantidad y la calidad de las democracias en el mundo, si se tiene en cuenta que, según Freedom House, en los últimos 15 años el número de países en los que la democracia se deteriora, crece de forma inexorable, mientras disminuyen los que muestran una democracia estable o en expansión.

Hay muchos factores que inciden en la preocupante fragilidad que muestran nuestras democracias pero, sin duda, una de ellas es la irrupción de las redes sociales y su capacidad para invadir, de manera permanente, el espacio personal y el estado mental de los ciudadanos con un cúmulo de falsedades que algunos han decidido llamar “verdades alternativas”. Desde luego, la fabricación de verdades convenientes para quienes detentan el poder no es nueva y se le puede seguir la pista hasta el Imperio romano, pero nunca había contado con tantas herramientas y con una capacidad de penetración como en la actualidad. Inteligencia artificial, redes sociales, bodegas de fanáticos contratadas para engañar y gobernantes con ambiciones mesiánicas y muy precarias convicciones éticas, constituyen un coctel demoledor ante personas ingenuas y ávidas de confirmar que sus creencias son ciertas.

En la prueba Pisa 2018 se evaluó en qué medida los estudiantes pueden distinguir hechos de opiniones en textos complejos. Los resultados revelaron que solo 47 % de estudiantes en los países miembros de la OCDE fueron capaces de identificar con claridad cuándo una afirmación era un hecho verificable y cuándo era una opinión o una afirmación subjetiva. Y para esa fecha no habían hecho su aparición las aplicaciones de IA que pueden tergiversar la realidad de forma más radical.

El panorama no es alentador. Sin embargo, sigue siendo válido pensar que la única defensa posible frente a los abusos de quienes detentan el poder y amenazan la democracia desde las ideologías más diversas es una población con un elevado nivel de pensamiento crítico unido a un respeto general sobre las reglas del juego democrático, que se convierten en el eje central de toda discusión, pues lo primero que intentan los inventores de verdades es cambiar las reglas que les molestan para imponer sus obsesiones y sus caprichos.

La primera gran trampa, en nuestro caso, es la permanente amenaza de recurrir al “pueblo” para eliminar la independencia de las ramas del poder, sin decir nunca qué entelequia es esa, quiénes hacen parte o quiénes son excluidos por el caudillo de ese “pueblo” inventado por él para vivir en su delirante metaverso.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá

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El problema es que los ideales de equidad, acceso a oportunidades, la ciencia y el trabajo están naufragando.

Cada vez aparecen con mayor frecuencia informes preocupantes sobre la educación y ellos hacen referencia al aumento de brechas de calidad, deserción en la educación superior, cierre de colegios, renuencia de los adolescentes que terminan el bachillerato para ingresar a la universidad, aumento de casos graves de salud mental en estudiantes y maestros, amén de los múltiples problemas administrativos que afectan al sector.

En los niveles institucionales los rectores y sus equipos suelen verse literalmente acorralados por una creciente tendencia a judicializar la acción educativa en una bien intencionada búsqueda de protección de los derechos de los estudiantes, a quienes es cada día más difícil corregir, orientar o sancionar sin exponerse a tutelas y demandas en la Fiscalía. 

Es cierto que en la educación tradicional el autoritarismo reinante daba a los adultos un poder cuyo ejercicio arbitrario era inaceptable, pero invadir el universo escolar de procedimientos judiciales propios del ámbito delictivo ha privado de sensatez y sentido pedagógico el proceso de acompañamiento que requieren niños y adolescentes hacia su crecimiento intelectual y su madurez social.

Que los conflictos entre niños de primaria deban resolverse ante autoridades del ICBF, los casos de indisciplina o diferencias entre adolescentes terminen en los juzgados y los eventuales accidentes que pueden darse en patios de recreo y canchas deportivas en las que juegan centenares de niños expongan a millonarias demandas a los colegios, es algo que debería hacernos pensar seriamente sobre el rol de las instituciones y el de los educadores.

La protección y la seguridad son imperativos en el mundo escolar, pero eso depende de un alto nivel de exigencia profesional y no de una serie de amenazas y restricciones que, lejos de promover los procesos de formación de niños y jóvenes, generan en los educadores una actitud defensiva y distante para no “meterse en problemas”. 

La experiencia de muchos años me ha enseñado que la única salvación de algunos pequeños está en la manifestación afectuosa de una maestra o en la posibilidad de compartir con un profesor algún problema familiar o una angustia íntima. Pero ahora hay protocolos, reglamentos y códigos que prohíben la cercanía por miedo a las denuncias personales e institucionales. Se espera que la escuela sea el reino perfecto donde no haya errores ni imperfecciones y, por supuesto, que nunca un niño sea contrariado. Sin contar con que cada familia desearía ser la única importante.

Es el momento de preguntarse una vez más qué es educar, cuál es la forma de hacerlo y qué rol cumplen los diversos miembros de la sociedad. Sería bueno saber qué imagen tienen los niños y los jóvenes de la autoridad, de las leyes y normas que regulan las instituciones, del trabajo y la disciplina requeridos para conseguir logros, del valor de lo colectivo y el sacrificio del capricho individual, de la generosidad, del reconocimiento de los errores para poder progresar… Estos son asuntos esenciales de los cuales tendría que ocuparse la educación para formar las nuevas generaciones de ciudadanos.

El problema es que los ideales de equidad, acceso a las mejores oportunidades de la cultura, la ciencia y el trabajo productivo contenidos en la Constitución están naufragando por el aumento de las brechas de calidad, la pérdida de confianza en la educación formal, la carencia de oportunidades para quienes han hecho grandes esfuerzos en llegar a los mejores niveles educativos y el desprecio que muestra el Gobierno por el conocimiento y la preparación de quienes se ocupan de administrar los bienes públicos. Ya ni siquiera es claro si los jueces reemplazarán a los maestros, mientras estos se hacen cargo de lo que no hacen las familias. Tal vez sea hora de repensar todo nuestro sistema educativo.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá

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Estamos garantizando la reproducción de la pobreza, mientras hacemos discursos sobre la igualdad.

Es útil mirar lo que ocurre en el mundo para saber cómo nos va en diversos aspectos de nuestra agenda de país. Las noticias suelen referirse a la economía mundial, al comercio o a los vaivenes políticos de muy diversas naciones que de alguna manera nos afectan, pero poco se habla de la educación en esta sociedad globalizada.

Para llenar ese vacío resulta de gran interés el libro Educación universal, de Juan Manuel Moreno y Lucas Cortázar, quienes analizan los desafíos y paradojas de la educación pública universal en el siglo XXI. A pesar de los avances logrados desde la Ilustración, los autores destacan que el sistema educativo actual enfrenta tensiones entre la igualdad de oportunidades y la búsqueda de distinción en resultados y estatus.

En el centro de esta tensión se levantan voces desencantadas por la incapacidad de progreso en los aprendizajes que puede evidenciarse a través de los resultados de pruebas como PISA, que muestran el estancamiento e incluso el retroceso de algunos países en los cuales las brechas sociales se amplían. Otros se muestran descontentos con los procesos de masificación, pues a su juicio conducen a un deterioro de la calidad que siempre estará atada a un cierto grado de elitismo.

Uno de los capítulos más interesantes del texto es el dedicado a la “educación en la sombra”, que hace referencia a la competencia que libran hoy las familias, especialmente en países de Asia y África, para llevar a sus hijos a competir por los mejores lugares en aquellas universidades que garantizan éxito en los mundos elitistas de la tecnología y la administración.

Se hace referencia al mercado privado de clases particulares y servicios educativos complementarios donde las familias invierten cada vez mayores sumas de dinero, reflejando una preocupación por el retorno privado de la educación, pasando a menudo por encima del beneficio público en términos de igualdad e inclusión. En países como India o China los institutos dedicados a preparar a los chicos para los exámenes de ingreso a las universidades están sustituyendo, en muchos casos, a las escuelas formales en las cuales ya no se tiene confianza.

Esta tendencia se relaciona tanto con el éxito económico de quienes han obtenido sus ingresos en virtud de sus méritos académicos -entre los cuales figuran los multimillonarios del mundo de la tecnología- como con una economía que privilegia la meritocracia, y da mayores oportunidades laborales a quienes tienen mejores trayectorias educativas. Aunque no es claro que la meritocracia sea un factor que garantice la igualdad, es un hecho que quienes tienen peores resultados académicos están en desventaja frente a quienes han logrado mayores niveles de cualificación.

El libro trae reflexiones muy valiosas sobre el dilema entre los modelos colectivos y las exigencias identitarias que se convierten en un campo de batalla político, cultural y económico. Se habla de las nuevas alfabetizaciones y del fracaso de las reformas impuestas desde arriba, sin contar con los docentes y las familias. En fin, demasiados temas para abordar en una columna de prensa, pero suficientes para señalar que mirar lo que ocurre más allá de las fronteras conduce a ampliar el marco de referencia que deberíamos tener.

Mi mayor preocupación desde hace tiempo es el deterioro relativo de los sistemas de educación pública en muchos países, frente a las ventajas que adquieren aquellos que pueden y están dispuestos a pagar más y más para que sus hijos accedan al conocimiento y a las mejores oportunidades. 

En el ámbito global es evidente que estaremos cada vez más rezagados, pues los mejores puntajes de nuestros jóvenes están en los niveles medios de la educación pública de los países avanzados. Como no estamos empeñados en resolverlo, estamos garantizando la reproducción de la pobreza, mientras hacemos discursos sobre la igualdad.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá 

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El crecimiento de las tasas de repetición y deserción en la educación básica, la desfinanciación de Icetex, el desastre del Icfes y, recientemente, los datos sobre deserción en la educación superior contrastan con las mil y una promesas a los jóvenes a quienes se invitó a votar por el cambio, ofreciendo ríos que manarían leche y miel, como en el Antiguo Testamento.

No es lo mismo repetir que la educación es un asunto prioritario con el más alto presupuesto del país, que conseguir avances significativos evidenciados en los resultados de aprendizaje de niños, niñas y jóvenes, dando verdaderas oportunidades de progreso a las comunidades menos favorecidas. 

Lo que muestran los datos es que los resultados están empeorando: la repetición escolar denota profundas fallas en la calidad y es mucho mayor en la educación pública y en las regiones más apartadas. Otro tanto ocurre con la deserción. Esto significa que los más pobres tendrán un futuro de pobreza garantizado, como lo han demostrado decenas de estudios realizados en todo el mundo.

Pero en los reclamos del Presidente por el bajo desempeño del ministerio no se menciona esto. Tampoco la modorra con que avanzan los programas de primera infancia. Hace bromas públicas sobre el fracaso académico del ministro, restando importancia al buen desempeño en los estudios de quienes asumen el destino de ese pueblo al que tanto invoca, pero quiere que, mágicamente, aparezcan edificios para inaugurar en regiones apartadas, como si ellos por sí solos fueran universidades.

Es claro que no se ha entendido que los cambios en educación requieren gente preparada, capacidad de liderazgo en un sistema muy descentralizado, continuidad y persistencia. Parece que sigue primando la idea de que cualquiera puede dirigir la educación si tiene buena voluntad, porque la ignorancia sobre las complejidades de este sector es enorme.

Por desgracia, la información que fluye desde las instituciones y las regiones hacia los que toman las decisiones no está mediada por organizaciones profesionales, sino por una única e interesada mediación sindical a la que poco le interesa el progreso de las comunidades, como lo demuestran los datos. Esto hace que las decisiones del alto gobierno, aun si son positivas, no lleguen a materializarse en la cotidianidad de la vida escolar. Si se acogieran las políticas de evaluación, por ejemplo, no habría los índices de repetición que tenemos. Pero a veces ni los propios funcionarios entienden las normas.

Además de conocimiento y liderazgo se requieren continuidad y persistencia. Con un ministro cada diez meses, y decenas de subalternos y contratistas de paso, lo que se consigue es una poderosa agencia de empleo y no un plan serio que suele requerir períodos que van de quinquenios a décadas. 

Un cambio curricular, la creación de una institución de educación superior o el montaje de un modelo de evaluación solo maduran en períodos de seis a diez años y no son susceptibles de inauguraciones y discursos altisonantes. Pero, en cambio, son los únicos caminos eficaces para transformar el curso de miles de vidas humanas y allí es donde reside su trascendencia política.

Resulta por eso muy cuestionable el tremendo descuido de la educación básica en un gobierno que pretende mostrarse revolucionario. Si ello fuera verdad, el Presidente y sus ministros estarían ocupados evaluando los resultados del aprendizaje con las mejores herramientas disponibles (como se hizo hasta hace unos años), y les estarían pidiendo a los maestros trabajar más horas diarias y conseguir mejores resultados, ya que habiendo manifestado su afinidad política, sería la gran oportunidad de mostrar el valor de la educación pública. Pero lo que vemos es un sistema que agranda las brechas que el cambio iba a eliminar, dejando el conocimiento en manos de quienes puedan pagar.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá

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¿De qué manera afecta el predominio de las ideologías dogmáticas sobre el conocimiento a las nuevas generaciones?

Desde el 2020 parece que el mundo se está convirtiendo en un lugar muy difícil de descifrar. Niños, jóvenes y adultos estuvimos confinados y aterrorizados mientras cada día se contaban por miles los muertos en decenas de países con detalles de origen, género y edad. Aún no sabemos si este cataclismo contribuyó a disparar la locura universal, a incrementar la arrogancia de los autócratas del mundo, la virulencia de las confrontaciones sociales, el retroceso en el respeto de los derechos humanos y el poder desmesurado de los archimillonarios que cuentan con recursos suficientes para controlar gobiernos y comprar países.

Al dictador perpetuo de Rusia se le ocurrió iniciar por Ucrania una reconstrucción del imperio de los zares y amenaza con estrenar sus armas nucleares si el resto del mundo no se pliega a su capricho. A los fanáticos de Hamás les pareció oportuno hacer una masacre contra miles de ciudadanos civiles de Israel, y el gobierno de ese país en manos de un delirante ángel exterminador decidió emular al Dios bíblico que envió las plagas a Egipto, borrando del mapa cuanto estuviera en pie en la Franja de Gaza y en cualquier lugar donde imaginara una amenaza.

Por estos lados, Venezuela ha dado su mejor ejemplo de robo descarado del poder por parte de un ignorante y abusivo dictador de zarzuela, mientras en el país más poderoso del mundo se hace presidente un delincuente condenado por la justicia de una nación que proclama sin la menor vergüenza defender la democracia y el imperio de la ley. Y entre nosotros, el presidente Petro, sin pudor alguno, se muestra cada vez más insensato, profundizando la desconfianza de todos los sectores, incluyendo a sus electores, con lo cual la pobreza y la violencia se siguen afianzando hacia el futuro. Pareciera que su idea de gobernar integra de manera muy creativa al autócrata, al demagogo, al anarquista y al cómico, porque sus trinos y disertaciones serían motivo de carcajadas, si no afectaran a millones de vidas y al futuro inmediato de la nación.

Cuando se observa el deterioro de la democracia en todos los continentes y el predominio de las ideologías dogmáticas sobre el conocimiento y el uso de la razón, es indispensable preguntarse de qué manera afecta esto a las nuevas generaciones que están creciendo en un mundo tan difícil de descifrar. Los asombrosos avances científicos y tecnológicos (la inteligencia artificial, la biotecnología, la robótica, la ingeniería) ofrecen promesas de solución a gravísimos problemas de salud, alimentación y nuevas fuentes de energía, pero por otro lado suprimen empleos, crean nuevos problemas ambientales y modifican profundamente las estructuras familiares, sociales y políticas.

Cuando las guerras, la pérdida de confianza en las instituciones y los gobernantes y las catástrofes naturales acechan continuamente generando miedo, amenazando la seguridad y la vida, ¿qué mensaje puede transmitir la educación a niños y jóvenes? ¿Qué decir sobre la familia, el amor o el compromiso a unas generaciones que prefieren las mascotas a los hijos? ¿Qué tanto se afectan las instituciones educativas con lo que ocurre en los contextos sociales y políticos donde desarrollan sus actividades? ¿Qué papel tienen los educadores en una sociedad invadida por redes sociales que atizan las confrontaciones y desestimulan el aprendizaje que requiere esfuerzo, constancia y disciplina?

Francisco Cajiao

Publicado en El Tiempo, Bogotá, febrero 10, 2025

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Es el momento de recordar con urgencia que las escuelas son lugares en los cuales debe cultivarse la esperanza.

Por estos días regresan millones de niños, niñas y jóvenes a iniciar o continuar sus estudios en los diferentes ciclos y modalidades que ofrece la educación formal y, en cada caso, suele haber grandes expectativas e ilusiones tanto de los estudiantes como de sus familias. Los colegios, las universidades, los centros de formación técnica y los institutos para adultos se convierten en recintos para la esperanza y allí, quienes han dedicado su vida a la enseñanza, deben asumir la responsabilidad de ayudar a que muchos sueños se conviertan en realidad.

Muchos recordamos los días de infancia cuando el ingreso a clases estaba acompañado de los útiles para estrenar o los libros del nuevo curso, que cada vez parecían más retadores. El regreso de vacaciones y el deseo de reencontrarse con los compañeros tenía, y seguramente sigue teniendo, esa ambigüedad de no estar completamente seguros de si todo será como lo dejamos al final del año anterior o si el ambiente del grupo habrá cambiado, si la convivencia será más difícil, si habrá compañeros nuevos…

Hay múltiples estudios que indican que una actitud positiva frente al estudio contribuye de manera muy clara a conseguir notables progresos y asumir retos mayores, pues los estudiantes creen en su capacidad para aprender, lo que los motiva a participar activamente y completar tareas con mayor dedicación. Una actitud optimista fortalece la confianza en las propias habilidades, y esta les ayuda a abordar nuevos temas o problemas con menos miedo al fracaso, aparte de que suelen establecer relaciones más saludables con compañeros y maestros. Esto facilita el trabajo en equipo y el acceso a apoyo emocional o académico.

Sin embargo, es bueno resaltar que el optimismo y las actitudes positivas no suelen prosperar si no se crean condiciones apropiadas. Los niños más pequeños deben ir aprendiendo que la vida escolar es gratificante, que sus maestros y familiares creen en ellos y valoran sus logros y aprendizajes, que el contacto con los compañeros es una fuente de felicidad y enriquecimiento en la medida en que se aprendan a resolver los conflictos cotidianos que son parte de la vida. El juego en los primeros años es indispensable para aprender las mejores lecciones de convivencia, de trabajo en equipo, de desarrollo de habilidades, de respeto por los demás…

En cada ciclo escolar hay características de cada edad que, estimuladas con estrategias pedagógicas adecuadas, contribuyen a fortalecer la autoestima y el placer de asumir retos cada vez mayores que van configurando proyectos de vida ambiciosos y convicción sobre la posibilidad de mejorar individual y colectivamente. Cuando la vida escolar es rica, las expectativas pueden crecer y con ellas surgen ideas y proyectos que se convierten en aspiraciones profesionales, científicas, empresariales y políticas que cumplen con los propósitos de progreso social que tiene la educación.

Por desgracia, no siempre predomina este clima en el cual florece el optimismo, y los factores de conflictividad reiterados, incumplimiento de compromisos y promesas, la carencia de recursos fundamentales o el descuido y la desidia en la prestación del servicio se convierten en factores que frustran las esperanzas de comunidades enteras. No es fácil imaginar lo que podrán sentir hoy los miles de familias desplazadas en el Catatumbo frente a la imposibilidad de tener una educación en condiciones normales, o los campesinos de las zonas en las que el Estado ha perdido el control frente a grupos empeñados en reclutar niños para sus filas.

Este es el momento de recordar con urgencia que las escuelas y todas las instituciones en las cuales el conocimiento circula como la mayor riqueza de los seres humanos, son lugares en los cuales deben cultivarse la esperanza, el respeto, la ilusión por todo lo que juntos somos capaces de construir y la certeza de que la razón es nuestra mayor fortaleza para avanzar hacia una sociedad más equitativa y más humana.

Francisco Cajiao

Publicado en El Tiempo, Bogotá

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Un día especial

Por Francisco Cajiao
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Cada lugar tiene sus tradiciones y rituales dependiendo de la forma como su cultura interpreta el paso del tiempo.

La fecha de hoy ejerce un curioso efecto social en las diferentes partes del mundo donde se va marcando la medianoche de acuerdo con la zona horaria en que se encuentren. Cuando en un lugar se están abriendo botellas de champaña, iluminando el cielo con luces de colores y se abunda en abrazos, risas y llantos, todavía en otros lugares hay gente dando las últimas puntadas a sus labores para asegurarse de estar a paz y salvo con sus empleos antes de terminar el año.

El gran simbolismo del paso de un año a otro es sin duda la constatación individual y colectiva del paso del tiempo, con todo lo que significa la conciencia de lo que se deja atrás, de lo que se ha perdido irremediablemente, de lo que no se hizo. Pero también es el momento de la esperanza, de la posibilidad de transformar los problemas en soluciones, de exorcizar las malas experiencias recientes en una suerte de renacimiento lleno de buenos propósitos.

En ciertas culturas el año se recibe en un ambiente de reflexión, como en Japón, donde se habla de la noche vieja silenciosa y el inicio limpio. Los templos budistas hacen sonar sus campanas 108 veces, simbolizando la purificación de los pecados y deseos terrenales. Cuando le llega el turno a Brasil, miles de personas en Río de Janeiro se visten de blanco, simbolizando la paz y la purificación y lanzan flores al océano como ofrendas a Yemayá, la diosa del mar en la religión afrobrasileña.

En Sídney (Australia) han hecho un impresionante espectáculo de fuegos artificiales para dar la bienvenida al año nuevo que ha llegado mucho antes que en España, donde todo el mundo está pendiente de comerse las doce uvas al ritmo de campanadas de la medianoche, representando los meses del año. Y así, cada lugar tiene sus tradiciones y rituales dependiendo de su religión y de la forma como su cultura interpreta el paso del tiempo.

En toda la cultura occidental es innegable la influencia del pensamiento griego. Cronos, en la mitología, simboliza el paso inclemente del tiempo y el ciclo inevitable de creación y destrucción. Es una imagen profunda que trasciende el mito y nos sitúa en una experiencia interior tremendamente ambigua: nuestra vida es esencialmente tiempo, lo necesitamos para crear, para construir, para inventar; pero, a la vez, todo aquello que logramos, todas las metas que creímos alcanzar inexorablemente se las lleva el tiempo. Cronos devoraba a sus hijos para evitar que lo destronaran, que es la alegoría del tiempo que consume todo lo que crea.

No es de extrañar que los seres humanos que de una u otra forma han creído tener momentos de gloria o felicidad se aferren con uñas y dientes a aquello que apenas anunciado ya comienza a desaparecer. Es la tragedia del amor que tan pronto se muestra como la promesa del paraíso comienza a convertirse en soledad. O, peor aún, la enfermedad del poderoso que se aferra al fantasma de un triunfo que un día estuvo rodeado de aplausos y adulaciones y luego comienza a agrietarse porque jamás el tiempo es suficiente para hacer realidad sus delirios, ni dócil para tratar bien lo que se hace sin su ayuda. Decía la sabiduría popular que lo que no se hace con tiempo no lo respeta el tiempo.

Así como unos se apegan a lo que creen haber conseguido, otros entienden que el mejor tiempo es el que está por venir, pues tendrá la benevolencia de ir borrando los malos momentos y seguramente permitirá aprovechar la memoria de lo que se hizo bien para reciclar la vida y de lo que se hizo mal para intentar no repetirlo.

A fin de cuentas, somos material biológico con conciencia de transitoriedad y por eso cada año que termina es un hijo que Cronos devora para dar paso a nuevas cosas. Ojalá vengan las mejores.

¡Feliz año!

30 de diciembre 2024

https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/un-dia-especial-3413562
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Es un contrasentido político asegurar que la educación privada sea mucho mejor que la pública.

Hace días se cocina en el Ministerio de Educación un decreto que reduce la jornada de los maestros en los colegios a seis horas.

En la actualidad los maestros deben permanecer en los colegios ocho horas durante cinco días de la semana para un total de 40 horas, distribuidas entre trabajo académico y actividades complementarias. El número de horas de clase a la semana varía dependiendo del nivel educativo, el tipo de jornada y las normas establecidas en el Decreto 1850 de 2002 que regula el trabajo en las instituciones educativas oficiales. En preescolar y primaria tienen un máximo de 25 horas semanales y en secundaria y media de 22 horas. El resto del tiempo (15 y 18 horas, respectivamente) se debe dedicar a actividades complementarias que incluyen acompañamiento a los descansos, atención a los estudiantes, reuniones y formación continua.

Sé, por experiencia propia, que es un trabajo duro y exigente, pues requiere no solo una sólida formación académica, sino dedicación, convicción profesional y condiciones éticas consistentes, con la misión de garantizar un derecho fundamental del cual dependerá, muchas veces, el destino de comunidades enteras. La vida me ha permitido conocer centenares de hombres y mujeres que en todo el país cumplen su tarea con un compromiso que en muchas ocasiones va más allá de lo que algunos imaginan. Y, desde luego, una actividad de semejante importancia merece un reconocimiento social y económico satisfactorio. La encuesta realizada por Empresarios por la Educación muestra que buena parte de los docentes tiene una muy aceptable remuneración y que se sienten muy apreciados por estudiantes, compañeros y comunidades. Todos los avances logrados para los maestros en los últimos lustros sean bienvenidos.

Pero nada de eso tiene sentido si no se traduce en un progreso claro de los niños y jóvenes, que son los titulares del derecho fundamental a la educación. Colombia tiene grandes brechas de calidad que se traducen en insalvables distancias sociales. Los más pobres tienen menos oportunidades que quienes pueden pagar una educación con mayor tiempo escolar, menos interrupciones, estrategias pedagógicas y planes de estudio más flexibles. Las evaluaciones muestran que, en promedio, los colegios privados tienen mejores resultados, a pesar de que la mayoría de ellos son de población de estratos dos, tres y cuatro, muy similar a la que asiste a los colegios oficiales de las grandes ciudades, y sus maestros tienen peores condiciones laborales.

Lo que ahora quieren en el ministerio es que los rectores, según su criterio, puedan liberar dos horas diarias a sus docentes de la pesada carga de estar con los niños. Que además los recreos se tomen como parte de las horas académicas y que reuniones y cosas así, medio aburridas, sean casi excepcionales. Esto, en contravía de las promesas de jornada completa para los colegios públicos, del trabajo en equipo, de ofrecer actividades electivas o vocacionales, de ampliar el acceso al arte y los deportes. Y que esas dos horas las usen en su casa para pensar, prepararse o lo que sea, siempre y cuando sea lejos de los estudiantes.

Como si no hubiera nada que hacer en relación con el urgente mejoramiento de la calidad, por ejemplo restituir las evaluaciones que se hacían en tercero, quinto y noveno a fin de que sepamos si se está garantizando el aprendizaje.

No se sabe bien si se trata de un generoso regalo de Navidad para unas directivas sindicales urgidas de mostrar algo a sus afiliados, así se deteriore lo que se ofrece a los niños y jóvenes de las clases trabajadoras, o si es una cuenta de cobro por los apoyos financieros a la campaña. Pero, sea lo que sea, es el más grande contrasentido político: en épocas de exaltación popular asegurar que la educación de aquellos que pagan sea mucho mejor que la que ofrece el Estado. Sobra decir que una medida de estas nadie podría revertirla en el futuro.

Publicado en El TIEMPO, Bogotá

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El gran fiasco

Por Francisco Cajiao
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Las grandes promesas del Gobierno sobre la educación parecen hacer agua por todas partes, pero lo que ocurre con la educación superior es incomprensible.

Se ofrecieron un millón de cupos nuevos, que luego se convirtieron en 500 000. Se invitó a los alcaldes a conseguir lotes para nuevas universidades y sedes que se harían por doquier. Se tramitó una ley de gratuidad para todas las instituciones de educación superior públicas. Se ofreció un incremento sustancial del presupuesto a las universidades estatales para resolver sus deudas y aumentar su oferta, junto con el trámite de una ley que reemplazara la Ley 30 de 1992. También una reforma del ICETEX hacía parte del ramillete de cambios que favorecería a los jóvenes que esperaban con ansiedad los nuevos horizontes del país.

Desde el comienzo se advirtió que estas promesas, todas muy deseables, no estaban sustentadas financieramente, pues la sola creación de 500 000 cupos nuevos, en aritmética sencilla, podía representar una suma superior a los doce billones de pesos solamente en costos de matrícula. Según diversas fuentes, en los dos primeros años se generaron 65 000 cupos que representan el 13 % de la meta y es dudoso que se pueda ir mucho más lejos en lo que resta del período porque hay serias limitaciones presupuestales y, además, no existe la infraestructura necesaria para una gran expansión de la oferta pública, como lo han manifestado representantes del Sistema Universitario Estatal.

Además de los faltantes que se siguen presentando en las universidades públicas, aparece en primera plana la desfinanciación del ICETEX, que pone en riesgo la posibilidad de acceso para, por lo menos, 40 000 mil jóvenes que acaban de terminar su bachillerato, los cuales no obtendrán cupo en las instituciones públicas y tampoco podrán hacer efectivo ese derecho a la educación que tanto cacarea el Gobierno.

El cuento de que solo la educación pública es pura y sana se parece mucho al discurso medieval de que la verdadera vida y felicidad estaban después de la muerte al entrar al paraíso prometido, siempre y cuando se hubieran vivido la pobreza y el sufrimiento con abnegación y fe en el más allá. Tal parece que el mensaje a los jóvenes adolescentes que, aunque de escasos de recursos, sueñan con estudiar una carrera profesional, desarrollar sus talentos y mejorar sus vidas, es que tengan fe en el progresismo que creará cupos universitarios gratuitos en fantásticas instituciones públicas que todavía no existen, pero que llegarán si se tiene fe suficiente y paciencia de años, en vez de entrar en las fauces de unas universidades privadas en las que hay cupos disponibles, pero que a ojos de la nueva religión son indeseables.

Este gobierno no se ha destacado por su coherencia política, ideológica, ética ni administrativa. Pero el daño que se está haciendo a la educación en todos sus frentes tiene consecuencias muy fuertes hacia el futuro, especialmente en la ampliación de las brechas sociales, que ya vienen siendo enormes desde hace décadas. Hacer que decenas de miles de jóvenes desistan de seguir sus estudios superiores es un atentado contra los más pobres, a quienes se les niega una oportunidad por la cual están dispuestos a pagar si las condiciones son razonables. Se prefiere reducir a cero las matrículas casi simbólicas que pagaban cientos de miles de estudiantes en las instituciones públicas, sin que eso permita avanzar un milímetro en cobertura. Ahora han decidido reducir a seis horas la jornada de los maestros de la educación básica, con lo cual es posible que se siga deteriorando la calidad para los chicos de condiciones más frágiles y con ello sus posibilidades de transitar a la superior.

Pero en vísperas de iniciarse una campaña electoral los aplausos de unos cuantos parecen más importantes que las promesas de equidad que adornan los discursos.

Francisco Cajiao

Publicado en ELTIEMPO.COM

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