Cuando la política abandona el ejemplo y se refugia en la arrogancia, prepara el terreno para que los extremos aparezcan como una alternativa.
Las grandes lecciones sobre la política no suelen venir de las aulas escolares, sino de la vida misma en la polis. En este escenario los ciudadanos forjamos nuestro destino colectivo y tomamos las decisiones que marcan la identidad de los pueblos. Por eso conviene reflexionar sobre lo que ha venido ocurriendo en estos últimos años.
Hay momentos en la historia de los países en que las urnas no expresan tanto una esperanza como un castigo. El nuevo gobierno llega envuelto en el temor de millones de ciudadanos que ven en sus postulados ultraderechistas una amenaza para conquistas democráticas que parecían consolidadas, pero sería un grave error creer que este desenlace nació de la nada o que fue simplemente el producto de una campaña eficaz. También es la consecuencia de una profunda decepción.
Durante décadas, la izquierda democrática construyó un discurso basado en la superioridad ética frente a las viejas prácticas del poder. Su mayor capital no era un programa económico ni una doctrina política: era la promesa de gobernar con decencia. Esa expectativa despertó el entusiasmo de muchos ciudadanos que jamás habían militado en la izquierda, pero que sí anhelaban un Estado menos clientelista, más transparente y más respetuoso de los recursos públicos.
Esa promesa terminó desfigurada por una sucesión de escándalos que fueron acercándose, cada vez más, al círculo íntimo del presidente. Lo que comenzó como episodios aislados terminó proyectando la imagen de un gobierno incapaz de distinguirse de aquello que durante años denunció. Muchos de sus avances en política social quedaron eclipsados por la sensación de que la ética había dejado de ser una convicción para convertirse en un eslogan de campaña.
Las formas también terminaron pesando. Un estilo de gobierno basado en la confrontación permanente, el desprecio por las instituciones y la polarización cotidiana fue erosionando la autoridad moral que alguna vez acompañó el proyecto del cambio. Cuando la política abandona el ejemplo y se refugia en la arrogancia, prepara el terreno para que los extremos opuestos aparezcan como una alternativa legítima. Mientras el país contemplaba el derrumbe de sus promesas en manos de un presidente delirante, irresponsable e iracundo, apareció la otra orilla.
Por eso el nuevo gobierno no solo es hijo de sus propias ideas. También es hijo de las frustraciones que produjo el anterior. Quienes hoy celebran la llegada de una agenda radicalmente distinta no significa que abrazan todas sus tesis; muchos simplemente dejaron de creer que la izquierda fuera capaz de cumplir aquello que prometía. La indignación cambió de destinatario y la esperanza cambió de bandera.
En ese contexto, la oposición enfrentará un enorme desafío moral. Resulta comprensible que dirigentes como Iván Cepeda anuncien una vigilancia estricta frente a cualquier intento de restringir derechos o debilitar las instituciones democráticas. Esa es la función de una oposición responsable.
Lo difícil será ejercer esa autoridad moral sin hacer antes un examen severo del gobierno que termina. La denuncia pierde fuerza cuando omite las responsabilidades propias. La resistencia democrática corre el riesgo de convertirse en un discurso selectivo si solo reconoce los abusos del adversario mientras guarda silencio cómplice frente a los errores, los excesos y los escándalos cometidos por quienes compartieron proyecto político. El país necesita una oposición firme, pero también intelectualmente honesta.
Quizás esa sea la principal lección de este cambio de ciclo. Las democracias no suelen caer únicamente por la fuerza de los extremismos; muchas veces llegan hasta ellos porque quienes tenían la responsabilidad de defender el centro moral de la política terminaron abandonándolo. Y cuando la confianza pública se rompe, los ciudadanos pueden terminar buscando refugio, precisamente, en la boca del lobo.
Publicado en EL TIEMPO, Colombia

