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Psicología, educación y política

Por Francisco Cajiao
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La manera como una sociedad educa define el tipo de ciudadanos que forma y, por tanto, el rumbo de su democracia.

Se inicia este año con un puñado de gobernantes que parecieran competir por el premio al más desquiciado. Algunos como Putin, Trump o Netanyahu tienen juguetes que los convierten en los peores matones del barrio, mientras otros hacen sus escenificaciones en espacios más reducidos, pues sus países no están para disparar misiles, pasear portaviones o al menos entender el alcance de sus bravuconadas en la vida cotidiana. Todo esto viene adornado, desde luego, con una total ausencia de vergüenza para decir tonterías, tomar decisiones que violentan no solo el sentido común, sino las leyes propias y las ajenas, sin hablar de la irrefrenable propensión a adueñarse de los bienes comunes como si por algún extraño derecho les pertenecieran.

Cada uno reclama el apoyo de su pueblo: este para invadir, aquel para que lo liberen, el de allí para que no lo amenacen, mientras cada quien a su modo se ha propuesto agredir sistemáticamente a una porción de ciudadanos que generalmente crece con más velocidad que aquella a la cual le piden adoración, entronizándose como emperadores, semidioses, reyes o cualquier forma de imagen autocrática que les permita ponerse por encima de los pactos entre naciones, o de la Constitución y las leyes que rigen sus propios países. Todos se parecen, aunque todos se critiquen, porque la estupidez no tiene ideología.

En este escenario del nuevo año es imposible no relacionar la política con la educación, como lo sugiere Martha Nussbaum en su libro Sin fines de lucro, especialmente cuando habla de los sentimientos morales. Allí dice que “en numerosas ocasiones, Gandhi señaló la relación existente entre el equilibrio psicológico y el equilibrio político, argumentando que el deseo de riqueza, la agresión y la preocupación narcisista son fuerzas enemigas de la construcción de una sociedad libre y democrática”. En este ensayo advierte que la educación no es un asunto técnico ni neutral sino, ante todo, una cuestión política. La manera como una sociedad educa define el tipo de ciudadanos que forma y, por tanto, el rumbo de su democracia. Cuando la escuela se reduce a producir competencias útiles para el mercado, la política se empobrece y la vida pública se vuelve frágil.

Esta reflexión, en la actual coyuntura electoral, tiene que ver no solo con quienes aspiran al poder, cuya madurez y perfil psicológico resultan de enorme importancia, sino con las motivaciones de quienes depositan su voto. Nos invitan a votar por amor, por odio, por venganza o por miedo, pero mucho menos por aquellas cosas que interpelan el ejercicio de la razón, generalmente menos estridentes, pero con mucho mayor alcance para el bienestar general y el camino a la equidad.

Nussbaum insiste en que la educación debe cultivar los sentimientos morales: la empatía, la compasión, la capacidad de ponerse en el lugar del otro y de reconocer su dignidad. Sin estas disposiciones, el ciudadano puede ser eficiente, pero difícilmente será justo, porque la democracia no se sostiene solo con normas e instituciones, sino con personas capaces de sentir auténtica responsabilidad por el destino común. En este sentido, la educación humanista –las artes, la literatura, la filosofía, la historia– cumple una función política decisiva. No adoctrina, pero sí forma el juicio crítico y la sensibilidad frente a la desigualdad, la exclusión y el sufrimiento ajeno.

Cuando la política desprecia esta dimensión formativa y la educación renuncia a ella, se abre el camino al autoritarismo y a la indiferencia moral. Nussbaum nos recuerda que educar para la democracia es educar el corazón y la razón a la vez, porque sin sentimientos morales no hay política digna de ese nombre. Podría decirse que el estilo de educación que reciben los niños desde sus primeros años es una especie de bola de cristal en la que se ve qué clase de dirigentes y de ciudadanos tendrá un país.

Enero, 2026

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1 comentario

John Arbeláez Ochoa 16 enero, 2026 - 8:58 am

Pacho excelentes todas tus reflexiones sobre la educación. Si esa bola de cristal está incentivada mediante medallas por logros estrictamente personales, así será nuestra civilización: individualismo y falta de solidaridad y de empatía. La competencia a ultranza separa las voluntades y debilita la fraternidad y el apoyo mutuo para conseguir los objetivos, aunque sea una tendencia natural del ser humano.

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