El incremento del salario mínimo es una medicina potente contra males como la pobreza y la concentración del ingreso, y soy de la opinión que su aumento real en los años pasados fue benéfico para los trabajadores y para la economía; pero incluso el mejor medicamento puede ser dañino si se administra sin diagnóstico o en dosis excesivas.
Haber criticado el alza del 23% en el salario mínimo (SMLV) no me convierte en un neoliberal sin corazón ni en enemigo de los trabajadores. Es una opinión que se deriva de la convicción de que no hay reglas universales para las políticas económicas que sean aplicables en todas partes y en cualquier momento. Por el contrario, son como una medicina y las hay eficaces, probadas y necesarias, pero ningún médico serio las recetaría sin diagnóstico ni ajustaría la dosis ignorando el estado del paciente.
Medicinas, diagnóstico y dosis adecuada
El problema tiene que ver con el contexto, es decir, con el estado general de salud del paciente. En medicina hay una regla básica: los pacientes rara vez tienen una sola enfermedad. Y, por eso, ningún médico serio receta pensando en un solo síntoma. Hay medicamentos eficaces que alivian un problema, pero que pueden agravar otro si no se consideran las condiciones coexistentes. Un ejemplo de estos efectos cruzados son los antiinflamatorios, que son muy útiles para disminuir el dolor, pero si la persona tiene gastritis o deficiencias renales no pueden recetársele. La política económica funciona de manera muy parecida aunque a veces se olvida.
En las circunstancias actuales hay, por lo menos, cuatro enfermedades económicas que hacen desaconsejable un alza del 23% del SMLV: uno, el enorme déficit fiscal, porque al aumentar el SMLV no solo sube la nómina estatal, sino otros rubros del gasto público como el subsidio a la pensión mínima o los gastos en salud. $7 billones es el incremento del déficit fiscal que estima el ministro de Hacienda.
Dos, la revaluación del peso, porque si bien es cierto que un mayor SMLV aumenta la capacidad de compra de algunos hogares, con un dólar barato y la invasión de productos chinos, una parte de esa demanda va a destinarse a comprar bienes importados y no de producción nacional. El resultado, un mayor déficit comercial y de balanza de pagos en una economía que ya tiene una alta vulnerabilidad externa.
Tres, las presiones inflacionarias existentes que han impedido que se cumpla la meta de inflación del Banco de la República. En la medida en que todavía existen muchos bienes y servicios atados al SMLV, van a incrementarse esas presiones, lo que llevará al Banco a aumentar su tasa de interés, con el consiguiente impacto de un menor crecimiento económico.
La última, el alto grado de informalidad que existe en el mercado laboral. Con más de la mitad de la fuerza laboral sin contrato formal de trabajo ni prestaciones sociales, y solo un 10% de los trabajadores recibiendo el salario mínimo, mover esta variable deja más perdedores que ganadores, con lo cual el remedio resulta peor que la enfermedad, porque no reduce la pobreza general ni mejora la calidad de vida de la mayoría de la población.
Medicinas diferentes para pacientes diferentes
Otra regla básica de la buena práctica clínica es que no todos los medicamentos sirven para todo el mundo, porque en determinadas circunstancias un medicamento bueno para una persona puede no ser conveniente para otra; por eso, la primera pregunta que hace un doctor antes de recetar algo es preguntar si el paciente es alérgico. Un ejemplo clásico es la penicilina, uno de los antibióticos más eficaces y que ha salvado millones de vidas; sin embargo, una parte de la población es alérgica y en esos casos puede causar reacciones graves.
La analogía es útil para responder a quienes citan el caso mexicano como un ejemplo de cómo se han dado grandes incrementos reales del salario mínimo (SM) sin provocar desequilibrios macroeconómicos. El hecho es cierto en México: en los cuatro últimos años el salario mínimo ha subido en promedio 12% anual y no ha acelerado la inflación ni el desempleo.
Una de las razones que pueden explicar este comportamiento es que el salario mínimo estaba muy por debajo del salario promedio de la economía: solo 28% en 2021, mientras que en Colombia era de 85%, y en el promedio de países de la OECD, 55%. Durante décadas, el salario mínimo mexicano fue uno de los más bajos de América Latina en términos reales. Cuando se empezó a subir con fuerza no estaba encareciendo el trabajo marginal; se estaba corrigiendo una distorsión, no creando otra.
En términos económicos, el salario mínimo pasó de estar muy por debajo de la productividad marginal a acercarse a ella. En 2025 el SM en México llegó a ser el 43% del salario promedio y en Colombia el 93%. En otras palabras, en México había más campo para el aumento que en Colombia.
En cuanto al efecto redistributivo del SM hay un hecho muy preocupante. En 2021, el 72% de los trabajadores ganaba más de un SM; en 2025 ese porcentaje se ha reducido al 60%, lo que significa que un grupo grande de trabajadores tuvo aumentos de ingresos inferiores al del SM.
Con respecto a la inflación, hay dos hechos. Primero, que el aumento del SM no impulsó el consumo de los hogares ni presionó la demanda agregada. En esos años el consumo de los hogares solo creció 2.3%, es decir, muchísimo menos que el SM.
De otra parte, para contrarrestar las eventuales presiones inflacionarias, el Banco Central mantuvo una tasa de interés muy alta (en promedio, 5% por encima de la inflación), lo cual frenó el crecimiento económico. Eso es lo que nos va a pasar en Colombia.
La lección es incómoda pero necesaria. En Colombia, un aumento real del salario mínimo tan elevado, en una economía de bajo crecimiento y alta informalidad, se parece menos a un tratamiento bien calibrado y más a una sobre medicación con efectos secundarios previsibles.
El debate económico serio no es estar “a favor” o “en contra” de un aumento del salario mínimo, que no es bueno o malo en abstracto, sino si esta dosis en este momento es adecuada para este paciente. Esto implica aceptar que, como cualquier medicina, exige diagnóstico y dosis adecuada. Ignorar eso para oponerse a cualquier aumento real del SMLV no es ortodoxia económica; apoyar el 23% no es progresismo. Ambas posiciones son mala práctica.
Mauricio Cabrera Galvis
Publicado en la revista CAMBIO, Colombia


7 Comentarios
Como dijo Paracelso: “Todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace el veneno”. Gracias por el diagnóstico, doctor Mauricio.
Muy buen análisis. Faltó solamente referirse a lo que, en articulo anterior, Mauricio indicaba como la probable razón del aumento del SM: “En esta ocasión el error es hacer un aumento exagerado de casi 5 veces la inflación para hacer campaña electoral, con decisiones económicas que le pueden dar un par de millones de votos, a costa del bienestar de millones de colombianos.” Menos mal que falta poco. Saludos.
Excelente análisis, pero triste que la actual administración no está capacitada para entenderlo. Gracias
LO MALO ES QUE LOS EFECTOS YA SE SIENTEN EN FORMA DESMEDIDA, para alegría de unos pocos y molestias para la gran mayoría.
Nada como un análisis ponderado de un aparente beneficio de la mayoría cuando, en el contexto que haces, Mauricio, se convierte en una sobredosis letal de la que la mayoría de los “beneficiados” ni idea tienen de los nocivos efectos secundarios. Gracias por ayudarnos a entender la dinámica populista escondida.
MAURICIO, muy buen analisis, no he visto en los actuales medios informativos ni en las entrevistas un resumen tan completo y tecnico del problema que hoy se discute. Es un argumento muy importante para que el CONSEJO DE ESTADO tome una decision sabia y tecnica ajustado a derecho en las demandas que ya se presentaron
Muchas gracias a todos por la lectura y los comentarios sobre este tema que va a tener consecuencias negativas. Como saben la medida ya fue demandada, pero el fallo de los jueces puede ser muy demorado para evitar el daño.