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Lenguaje, pensamiento y acción

Por Francisco Cajiao
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Educar el lenguaje desde los primeros años es el primer paso para convivir en paz.

Al hablar no solo movemos la lengua: movemos el mundo que llevamos dentro. Cada palabra que pronunciamos evoca imágenes, recuerdos y hasta movimientos. La ciencia del cerebro lo ha demostrado con claridad. Cuando una persona escucha o lee verbos como correr o agarrar, no solo se activan las zonas del lenguaje, sino también las áreas motoras que controlan las piernas o las manos. Es decir, el cerebro “ensaya” la acción al pensarla o al nombrarla.

Esto nos dice algo profundo: el pensamiento no ocurre solo en la cabeza, sino en el cuerpo entero. Las palabras no son etiquetas pegadas a las cosas, sino experiencias condensadas. Por eso, los niños aprenden mejor cuando hablan, se mueven, representan o manipulan objetos. No es casual que los objetos ayuden a entender las matemáticas o que una dramatización haga más claro un texto literario. El lenguaje, la acción y la emoción forman una unidad que construye el sentido.

La neurociencia ha confirmado que las experiencias corporales dejan huellas que se reactivan con el lenguaje. Cuando un niño usa sus manos para contar, su cerebro está integrando sistemas motores y conceptuales; cuando dramatiza una historia, no solo recuerda palabras, sino que revive el significado desde la acción. Aprender así no es jugar a enseñar, es enseñar de verdad, porque el cuerpo participa del pensamiento.

Sin embargo, en muchas aulas todavía se educa como si pensar fuera una tarea exclusivamente mental. Se exigen silencio y quietud, olvidando que la mente necesita moverse, experimentar, equivocarse y volver a intentar. Lo que muestran los estudios neurolingüísticos es que el aprendizaje no se reduce a la memoria verbal. Entender una idea implica relacionarla con lo que el cuerpo ha vivido.

Si los maestros asumen esta conexión entre lenguaje, pensamiento y acción, la enseñanza podrá transformarse. Basta incorporar gestos, materiales, dramatizaciones y conversaciones significativas para que las palabras dejen de ser abstractas y se conviertan en experiencias. En un mundo donde se confunde hablar mucho con pensar bien, vale la pena recordar que las palabras solo adquieren sentido cuando se hacen vida. Y eso empieza en la escuela, donde aprender debería ser, ante todo, una forma de actuar y de sentir el pensamiento.

Por esto no resulta trivial que en el proceso educativo se deba tener el mayor cuidado con el lenguaje desde la primera infancia. El uso de un vocabulario procaz, el insulto como estrategia de descalificación o la invitación verbal a rechazar o a dañar a otros tiende a configurar un mundo interior agresivo que, a su vez, busca convertirse en acción. Esto lo saben muy bien los activistas de toda clase cuando a través de sus instigaciones verbales buscan azuzar a las multitudes en nombre de un dios, una ideología o el culto a un equipo deportivo.

Por el contrario, el hábito temprano de usar palabras amables y saber elegir la forma más cordial para expresar diferencias de ideas o destacar oportunidades de construir proyectos comunes es el arte de la diplomacia, cuyo fin último es la convivencia pacífica y el desarrollo verdaderamente humano entre comunidades y naciones.

Aprender a vivir como seres civilizados y construir oportunidades de progreso sostenibles en un mundo tan complejo como el actual implica superar las experiencias históricas de quienes han generado en el pasado y el presente el exterminio de pueblos enteros por razones étnicas, religiosas o políticas usando el lenguaje como el arma más eficaz para convertir gente normal en asesinos y monstruos de crueldad. Educar el lenguaje desde los primeros años es el primer paso para convivir en paz. Por el contrario, creer que la paz puede florecer en medio de la vulgaridad y el insulto constantes es, por lo menos, una estupidez.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Bogotá, Colombia

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1 comentario

Vicente Alcalá 22 octubre, 2025 - 9:16 am

Pacho, excelente artículo. Eres, no solo “experto y administrador” de educación, sino educador. Me recordaste el adagio chino “Lo que oigo lo olvido, lo que veo lo recuerdo, lo que hago lo aprendo” Pero tu artículo se oye, se ve y es un hecho !

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