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La ley y la educación ciudadana

Por Francisco Cajiao
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El respeto por la legalidad sigue siendo una lucha constante que requiere compromiso con la ética y la educación.

En mis primeras lecturas apareció el Libro de la selva de Kipling y, desde entonces, memoricé parte del poema que dice: “Esta es la ley que en nuestra selva rige, / y que es antigua como el mismo cielo; / prosperarán los lobos que la cumplan, / pero aquel que la infrinja será muerto”. Con esto accedí a la mejor experiencia educativa de mi infancia, formando parte del movimiento scout donde incorporé valores como ser digno de confianza, ser leal a la palabra empeñada, defender la verdad y, por encima de todo, conocer y respetar la ley, principio esencial de convivencia.

En los más de cincuenta años dedicados a la educación he reafirmado mi convicción de que el propósito de formar ciudadanos libres, capaces de hacer avanzar a la sociedad hacia horizontes de equidad y convivencia pacífica, solo es posible cuando desde la primera infancia se pueda confiar en unas autoridades capaces de ofrecer garantías de seguridad y ejercicio de sus derechos a todos, sin discriminación alguna. Eso riñe con el autoritarismo, la arbitrariedad y el capricho de quienes ostentan el poder en cualquier ámbito de la vida. Con ese propósito se inventaron las leyes, y eso permitió pasar de sociedades salvajes a civilizaciones cada vez más exigentes en sus aspiraciones éticas.

Las primeras leyes escritas, como el Código de Hammurabi en Babilonia (aprox. 1750 a. C.), reflejan un orden jurídico que aspiraba a establecer justicia y equidad. La historia del pueblo de Israel tiene su culmen cuando Moisés recibe de su Dios las tablas de la ley en el monte Sinaí. Y es que el surgimiento de normas jurídicas ha estado ligado al intento de las sociedades humanas por regular la convivencia, resolver conflictos y establecer límites al poder. En etapas tempranas la ley estuvo subordinada al monarca o al emperador, considerado a menudo figura divina o semidivina. La ley, entonces, no era un límite al poder, sino una extensión de éste. Esta condición cambió a medida que el progreso del pensamiento filosófico y político comenzó a demandar normas que trascendieran la voluntad de los gobernantes.

Hoy, los desafíos del populismo, la polarización y las redes sociales plantean nuevas amenazas al equilibrio entre ley y civilización.

Con el pensamiento ilustrado, autores como Locke, Montesquieu y Rousseau defendieron que la ley debía ser el producto de la voluntad general, aprobada por mecanismos de representación y sujeta a controles. Esta concepción permitió que la ley se transformara en garantía de libertad, y no solo en mecanismo de orden. La noción de Estado de derecho, tal como se entiende hoy, implica que todos –ciudadanos y gobernantes– están sometidos a la ley. Esta idea es central en cualquier sociedad democrática moderna. En este sentido, el respeto a la ley se convierte en una condición indispensable de progreso y civilidad, ya que asegura previsibilidad, protección de derechos y resolución pacífica de los conflictos.

La historia también demuestra que el avance técnico o cultural no siempre viene acompañado de respeto a la ley ni de formas democráticas de gobierno. Incluso en regímenes democráticos, el autoritarismo puede resurgir si se debilita el control ciudadano sobre los poderes públicos. La concentración de poder, la manipulación de la justicia y el uso de la ley para perseguir opositores son síntomas de regresión civilizatoria, aunque se mantenga una fachada institucional.

Hoy, los desafíos del populismo, la polarización y las redes sociales plantean nuevas amenazas al equilibrio entre ley y civilización. En muchos países, el debilitamiento del poder judicial, el desprecio por las normas constitucionales o el uso discrecional de la ley para fines políticos muestran que el respeto por la legalidad sigue siendo una lucha constante que requiere un compromiso continuo con la ética pública, la educación ciudadana y la defensa activa del Estado de derecho. 

Sin estos pilares, caudillos autoritarios como los que pululan en estos tiempos tratarán de burlar hasta la ley de la gravedad.

Francisco Cajiao

Publicado en EL TIEMPO, Colombia

4 Comentarios
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4 Comentarios

Hernando Bernal Alarcón 23 junio, 2025 - 3:55 am

La gravedad está en que infringen la ley, porque consideran que son solo leyes transitorias y acomodaticias que solo tienen valor cuando se acomodan a sus propias ideologías. Saludos

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John Arbeláez Ochoa 23 junio, 2025 - 9:00 am

Hasta la ley de la gravedad la rompen cuando los populistas que mencionas deambulan obsesos por la lejanía sideral, alucinando y recitando soliloquios incomprensibles cercanos a las pesadillas.

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Edna Cristina Bonilla Sebá 23 junio, 2025 - 12:11 pm

Gran columna querido Pacho!! Los peligros del caudillismos son evidentes y son muy cercanos a nuestra realidad.

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Vicente Alcalá 24 junio, 2025 - 7:50 am

Pacho, educación ciudadana, gran necesidad con todos sus aspectos y sus grandes repercusiones. Muchas gracias

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