Home Tags Posts tagged with "dialogos de ultratumba"
Tag:

dialogos de ultratumba

beyond, death, life after death
Download PDF

In memoriam Carlos Enrique Velasco

El martes pasado, 25 de abril, Carlos Enrique Velasco dejó de estar con nosotros. Hoy, Rodolfo Ramón afila su pluma, convoca a personajes del pasado que a veces con solemnidad, otras con desfachatez y otras con gracia, nos muestran las distintas caras que le vemos a la muerte. Seguramente, desde donde esté, Carlos Enrique las sabrá disfrutar.

En la oscura noche, mientras dormía, tuve un sueño profundo, pero tan claro, que no se distingue en nada de la realidad. Varios amigos de Ultratumba me recordaron que el envidioso tiempo todo lo devora y corre más rápido que el viento. Aunque no puedo garantizar la completa exactitud de lo conversado -es flaca mi memoria- tengan bien abiertos los oídos y que no se los tapone doña Cerúmina porque no hay que echar en saco roto los consejos sabios.

KALIMÍA.- Al hombre, con los años, tres cosas se le endurecen y tres se le aflojan. Se le endurece la próstata, se le afloja la rodilla. Se le endurece el cristalino, se le afloja el intestino. Se le endurece el nervio auditivo, se le afloja el ejecutivo.

LUIS DE GÓNGORA.- Por eso mismo, que no os engañe el tiempo, la edad y la confianza. No os dejéis lisonjear de la juventud lozana, porque de caducas flores teje el tiempo sus guirnaldas.

KALIMÍA.- Razón tienes, de modo que les di repetidamente a mis amigas tu consejo: “antes que la edad avara el rubio cabello de oro convierta en luciente plata, quered cuando sois queridas, amad cuando sois amadas”.

GARCILASO.- Y coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto, antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre.

CRISTOBAL DE MESA.- En tanto que el color de nieve y grana adorna vuestro alegre rostro bello, coged el fruto con la breve vida: que la edad pasa y muda toda cosa, y todo, al fin, tras sí lo lleva el tiempo. 

HORACIO.- Y se lo lleva más rápido de lo que piensas. Vive, pues, intensamente el momento que te ha sido dado. Si rico o pobre, nada importa; morirás, víctima del Orco que de nada se apiada. 

CALDERÓN DE LA BARCA.- A florecer las rosas madrugaron, y para envejecerse florecieron: cuna y sepulcro en un botón hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron: en un día nacieron y expiraron, que, pasados los siglos, horas fueron. 

JORGE LUIS BORGES.- Ya somos el olvido que seremos. Ya somos en la tumba las dos fechas del principio y el término. La caja, la obscena corrupción y la mortaja, los triunfos de la muerte y las endechas.

JORGE MANRIQUE.- Aviva tu seso y despierta, contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando.  

HÉCTOR BERLIOZ.- Y aviva tu seso lo más pronto posible pues el tiempo es un gran maestro, lo malo es que va matando a sus discípulos.

HORACIO.- Con paso presuroso se va, huyendo, la vida. Desfallece el tiempo que nos fue asignado, y nunca se renueva.

JORGE MANRIQUE.- No podría ser de otra manera, nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. 

LUIS DE GRANADA.- Día vendrá en que amanezcas y no anochezcas.

FRANCISCO DE QUEVEDO.– Qué mudos pasos traes, oh muerte fría, pues con callado pie todo lo igualas.

JORGE MANRIQUE.- No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera, más que duró lo que vio.

FRANCISCO DE QUEVEDO.- Por necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir; y por malo al que vive sin miedo della como si no la hubiese. Cuerdo es solo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir 

MARCO AURELIO.- Realiza, pues, cada una de tus acciones como si fuera la última de tu vida.

CERVANTES.- Aunque pensándolo bien, la fugacidad de la vida tiene sus ventajas: no hay recuerdo que el tiempo no borre, ni pena que la muerte no acabe. 

KALIMÍA.- Séneca lleva un buen rato levantando la mano. Déjenlo hablar.

SÉNECA.- Sólo quería decirle a nuestro anciano durmiente que el tiempo que tienen los humanos no es corto, es que lo pierden mucho. El tiempo de vida rinde lo suficiente a quien sabe administrarlo.

LORD CHESTERFIELD.- Oye bien lo que te dice Séneca; si cuidas los minutos, las horas se cuidarán de sí mismas.

SÉNECA.- A nadie se hallará que quiera compartir su dinero; ahora bien, ¡con cuántos reparte cada cual su vida! Son de puño cerrado a la hora de mantener el patrimonio y, a la vez, llegado el momento de perder el tiempo, son generosísimos con lo único con lo que la avaricia es honesta.

KALIMÍA.- Lástima que se necesita toda una vida para aprender a vivir, y cuando hemos aprendido la lección ya no nos queda mucho tiempo para practicarla.

COHÉLET.- No te preocupes. Todas las estaciones de la vida tienen sus penas y sus encantos. Todo tiene su momento. Hay un tiempo de nacer, y otro de morir; un tiempo de plantar, y otro de arrancar lo plantado; un tiempo de derribar y otro de edificar; un tiempo de llorar y otro de reír; un tiempo de lamentarse y otro de bailar.

  • En lo que a mí concierne lo bailado bailado está, dije entre gallos y medianoche. Entonces Lao-Tse me tiró suavemente de las orejas y me advirtió: Al igual que inspiramos y exhalamos, hay un momento para moverse y un momento para descansar; hay momentos de vigor y momentos de agotamiento; momentos en los que estamos a salvo y momentos en los que estamos en peligro; hay un momento para estar delante y un momento para estar detrás. 
  • Amigo Lao-Tse -respondí- llegué al momento de estar delante, me encuentro en plena “edad de la volqueta”, cantando “échenme la tierra encima”.
  • Pues hasta que no te la echen, aprovecha las ventajas de la vejez. Te las diré en una próxima ocasión, me dijo un sonriente Cicerón al tiempo que me mostraba su De senectute.

Nuestro diálogo -y mi sueño- fueron interrumpidos por una festiva procesión precedida por la Sonora Matancera. Adelante, Celia Cruz -portando una efigie de la temible Parca- movía frenéticamente sus poderosas caderas y con potente voz cantaba:

Que le den candela,

que le den castigo,

que la cuelguen de una cometa

y luego corten el hilo.

Cerraba el cortejo Pelé haciendo malabarismos con un balón de fútbol. En el dorsal de su camiseta se leía: “No hay partido de vuelta entre el hombre y su destino”.

Rodolfo Ramón de Roux

Mayo, 2023

8 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF
  • ¿Luis? ¿Luis Gonzaga?
  • El mismo.

Casi no te reconozco. La imagen que de ti me transmitieron en el colegio jesuita donde estudié era la de un jovencito cuasi andrógino, de mirada gacha y con un ramo de lirios en las manos, símbolo de tu inigualable pureza. Tus hagiógrafos destacaban con admiración que a los nueve años hiciste voto de virginidad y que desde los catorce años -por modestia- no mirabas al rostro ni de tu señora madre. ¡Quién sabe qué diría Sigmund Freud sobre tu caso!

  • ¿Quién es ése?
  • El inventor del sicoanálisis.
  • ¿Eso qué es?
  • El análisis del inconsciente.
  • O sea, ¿del machismo patriarcal?
  • ¿De dónde sacaste eso?
  • De oír mujeres furiosas gritar: “Abajo el inconsciente machismo patriarcal”.
  • No, no, eso es otro asunto. Mejor dicho, el sicoanálisis es como la confesión, pero pagando para que te escuchen y sin recibir la absolución.
  • El tal Freud puede irse de vacaciones a los cuernos de la Luna pues nada ni nadie podría reemplazar a mi buen confesor el santo Roberto Bellarmino.
  • Tu san Roberto me pone nervioso desde que supe que en 1600 envió a Giordano Bruno a la hoguera, y que años después inició el proceso contra Galileo.
  • Bueno, a mí me consoló en el lecho de muerte cuando le pregunté si se podía ir al Cielo sin pasar por el Purgatorio y me dijo que sí.
  • Sobreentiendo que pensabas en ti mismo. De todas maneras no hubieras estado mucho tiempo en esa estación de descontaminación hacia el Paraíso.
  • ¿Cómo puedes saberlo?
  • Porque en el Purgatorio los ricos arden mejor ya que tienen más fósforo.
  • ¡Si lograras entender tus estupideces, callarías! Pero he escuchado que cada día dices una tontería, y das gracias a Dios el día que no dices dos.
  • Mejor cierro esta boca que se han de comer los gusanos.
  • ¿Quién eres tú para desconfiar del buen Roberto? Era un santo y una lumbrera. Por eso lo canonizó Su Santidad Pío XI en 1930, y lo declaró “Doctor de la Iglesia” al año siguiente. Además, en 1969, el Santo Padre Pablo VI creó el título cardenalicio “San Roberto Bellarmino”, del que mi querido cofrade Jorge Mario Bergoglio era titular cuando fue elegido papa en 2013. 
  • Harto le están pesando las llaves del Reino.
  • Tan pesadas son esas llaves que en un mes me tocó asistir en Roma al funeral de 2 papas y casi asisto al funeral de dos más.
  • ¡Dios mío! Morían como moscas.
  • Pero por causa de los mosquitos. Sixto V murió de malaria el 27 de agosto de 1590. Exactamente un mes después -el 27 de septiembre- murió, también de malaria, Urbano VII. Su pontificado duró solo 12 días y ha sido el más corto de la historia desde que, en 1961 se excluyó de la lista de papas a Esteban II, quien gobernó la Iglesia durante tan solo 3 días en el año 752, sin llegar a ser nombrado formalmente como Papa. 
  • ¿Cuáles son los otros dos papas a los que casi entierras también?
  • A la muerte de Urbano VII eligieron a Gregorio XIV, que falleció el 16 de octubre de 1591, es decir, sólo diez meses después de ser elegido papa. Lo sucedió Inocencio IX que duró 63 días y de quien se sospecha que fue envenenado. 
  • ¡Recórcholis!
  • Ese año de 1591 fue tremendo. En Roma se desató una mortal epidemia de tifo negro. A los hospitales ya existentes se agregó uno, durante el tiempo de la epidemia, atendido por los jesuitas. Un día vi tirado en la calle a un apestado que me causó una gran repulsión. Me acordé del “agere contra” que aconseja nuestro santo padre Ignacio, ese “hacer lo opuesto” para dominar lo que nos impida servir totalmente al Señor. Entonces, para ir radicalmente contra mi repulsión, me eché al hombro al apestado y lo llevé al hospital. Terminé contagiándome y el 21 de junio pasé a mejor vida.
  • Ahora entiendo por qué en esta época postconciliar”, que no insiste en los horrendos pecados de la carne” sino en la opción por los pobres”, se prefiera difundir tu imagen de joven valeroso cargando a un apestado, como aparece en la carátula de tu reciente biografía publicada en 2018 por tu cofrade Giovanni Arledler.
  • Por lo visto cada época se dota de los santos que necesita. 
  • Y no sólo de los santos. El pasado que revisitamos está impregnado de nuestros entusiasmos, rechazos y experiencias. En ese sentido toda historia es contemporánea porque -como decía tu paisano Benedetto Croce- por remotos o remotísimos que parezcan cronológicamente los hechos que entran en ella, es, en realidad, historia referida siempre a la necesidad y a la situación presente. Volviendo a lo del agere contra. Te confieso que es un buen ejercicio espiritual…pero sin exagerar. No hay que olvidar el justo medio: nada en demasía, Luis.
  • Eres un tonto de capirote: Tutto, tutto per le vita eterna. ¿Te olvidaste acaso del “magis” ignaciano? Hay que dar más de nosotros mismos, siempre más. Nada es demasiado para el divino servicio.
  • Perdóname, perdóname.
  • Ego te absolvo ab imbecillitate tua.

Del enfado de Luis -que estaba llamando a Bellarmino para sermonearme- me rescató la suave voz de mi media naranja: “Amorcito, te estás quedando adormilado con mucha frecuencia. Voy a pedirte una cita con el doctor Franco Deterioro para que te examine el coco”. Actuando con machismo patriarcal me reservé el privilegio de pronunciar la última palabra: “Como tú digas, mi reina”. 

Rodolfo Ramon de Roux

Abril, 2023

4 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

En una vitrina del prestigioso Museo del Hombre, en París, se encuentra el cráneo de René Descartes cuyo Discurso del método con su postulado de la “duda metódica” y su “pienso, luego existo” han tenido considerable influjo en la Modernidad. Mirando fijamente las cuencas vacías de su parva calavera me fui deslizando por una de ellas como por un oscuro tobogán, e hipnotizado escuché la voz del filósofo galo que me contó esta fascinante historia:

  • Dieciséis años después de mi muerte acaecida en 1650, mis huesos fueran exhumados, tras de lo cual la gente empezó a llevarse a trozos mis restos, cual reliquias. Mi cráneo terminó circulando clandestinamente en Suecia durante más de siglo y medio antes de ser entregado, en 1821, al ilustre anatomista Georges Cuvier.
  • Después de tantas volteretas ¿cómo supieron que era tu verdadero cráneo?
  • Buena pregunta, pues, para ese entonces, había cuatro cráneos o fragmentos de cráneo supuestamente pertenecientes a mi persona. La situación empezaba a parecerse al tráfico de reliquias, cuando proliferaban los huesos de santos. Mis devotos admiradores necesitaban estar seguros de que iban a conservar preciosamente la calavera correcta.
  • Excitas mi curiosidad. 
  • Para tomar una decisión, la Academia de Ciencias de París se reunió en su sede a orillas del Sena el 30 de abril de 1821. Entre sus miembros figuraban algunos de los nombres más famosos de la historia de la ciencia. Estaban, entre otros, Marcellin Berthelot, uno de los creadores del lenguaje de la química moderna; Jean-Baptiste Lamarck, el de la teoría de la evolución; Joseph-Louis Gay-Lussac, quien formuló varias leyes de la física, codescubrió la verdadera composición del agua y realizó los trabajos que condujeron a establecer la graduación alcohólica, la misma que hoy figura en todas las botellas de vino, cerveza o licor; Pierre Simon Laplace, que continuó la obra de Newton sobre los aspectos matemáticos de la física y teorizó sobre el origen del sistema solar, y André-Marie Ampère, uno de los descubridores del electromagnetismo, que ha dado su nombre a una de las unidades básicas de medida de la electricidad. ¡Cómo te parece la solemnidad y cuidado que le pusieron a mi  calavera!
  • Ya hubiera querido cualquier reliquia de santo que la examinaran tan eminentes científicos. Pero no le des más vueltas al asunto y dime qué pasó.
  • Con mucha coherencia aplicaron la duda metódica a la cabeza misma que la había propuesto  como herramienta para avanzar en el conocimiento. Llegaron a una conclusión positiva que no se basaba en el ideal de la certeza, sino en la noción moderna de la probabilidad. 
  • Me admira que hasta los más incrédulos estén apegados a las reliquias de grandes” personajes.
  • ¿Acaso naciste ayer? ¿No es un gran relicario el Panteón parisino en el cual se encuentran los “santos” laicos de la república francesa? ¿No están llenos de reliquias de próceres patriotas todos los museos nacionales de historia? Eres lo suficientemente grande como para saber que no se deja de creer en Dios para no creer en nada sino para creer en otras cosas. No te sorprendas, entonces, por el ingente número de reliquias laicas que por ahí circulan y que, como en el supuestamente “oscuro” Medioevo, siguen siendo objeto de un lucrativo negocio.
  • Excusa; pensaba que la estupidez no era mi fuerte pero a veces resulta vencedora.
  • Utiliza bien el Internet para desasnarte. Fácilmente te darás cuenta, por ejemplo, que de reliquias de Napoleón está lleno el mundo. Quienes presenciaron la muerte del corso se esforzaron en acapararlas. Unos lo hicieron por devoción y otros, sin duda, por un acertado cálculo de que todo aquello podía acabar valiendo un buen dinero.
  • ¿Y fue así?
  • ¿Lo dudas, alma bendita? El 23 de marzo de 2014 la casa de subastas francesa Osenat puso a la venta el camisón que vestía Bonaparte en el momento de su muerte, lo mismo que su bastón de hueso de cachalote con empuñadura de marfil de morsa. La emoción subió de tono cuando se subastó un medallón que contenía un mechón del pelo de Napoleón. Sobra decirte que muchos otros pelos napoleónicos circulan por el mundo. Algunos de los lotes que se subastaron ese día dan una idea de la febril recolección de reliquias que tuvo lugar en Santa Elena: una botella llena de tierra de la fosa del exemperador, una tabaquera tallada en la madera del sauce que daba sombra a su tumba e incluso un par de rodajas enteras del tronco de aquel árbol. 
  • Increíble.
  • Increíble es la capacidad del humano para creer. En 2005, uno de los colmillos del pequeño gran corso alcanzó los 16.300 euros en una subasta celebrada en el Reino Unido, y eso que algunos expertos discutían la autenticidad de la pieza. Y falta lo mejor.
  • No puede ser.
  • El padre Paul Vignali, el cura que asistía espiritualmente a Napoleón y le dio la extremaunción, se hizo con un interesante muestrario de recuerdos, en el que figuraban un paquetito con «tres tipos de pelo» -de la cabeza, de la barba y del cuerpo- y un misterioso «tendón momificado», que era la manera eufemística de referirse al pene del exemperador.
  • Esto se pone excitante.
  •  No está muy claro quién cercenó el erótico miembro, pero en 1916 se subastó en Londres y emprendió un accidentado itinerario de dueño en dueño. Un periodista de ‘Time’ describió su apariencia como «un trozo maltratado de cordón de zapato o una anguila reseca», y muchos pusieron en duda que se tratase de un pene, pero un examen con rayos X acabó por confirmarlo. Harina de otro costal es que sea realmente el de Napoleón. Lo cual no impidió que en otra subasta, en 1977, lo comprara un urólogo estadounidense que lo retiró de la circulación; pero el hombre ya falleció, así que en cualquier momento puede volver al mercado, por si te interesa. 
  • Voy a comenzar a ahorrar.
  • No te quiero emborrachar enumerando las miles de reliquias laicas existentes. Pero no me aguanto mencionar las de algunos de mis colegas científicos. En el Museo de la Historia de la Ciencia de Florencia, se exhiben tres dedos y un diente de Galileo Galilei. Los ojos de Albert Einstein fueron entregados, como una reliquia, a su oftalmólogo, Henry Abrams. Y, ¡oh, maravilla de la ciencia! en el Museo Henry Ford en Dearborn, Michigan. está un tubo de ensayo bien cerrado que supuestamente contiene el último suspiro de Thomas A. Edison. 
  • Ahora es mi turno de darte algunas novedades. En su último vuelo, el 14 de mayo de 2010, el transbordador espacial Atlantis, de la NASA, llevó al espacio un trozo de la corteza del árbol donde Isaac Newton descansaba cuando vio caer la manzana y se inspiró para formular la ley de la gravitación universal.
  • No me enseñas nada nuevo. Te añado que se hicieron multiplicaciones del manzano de Newton y que en el Real jardín botánico de Kew  uno de esos manzanos  es hoy en día  un árbol histórico y súperprotegido.
  • Pero seguro no sabes que en la Casa Museo Gabriel García Márquez, en Aracataca, se encuentra la cuna de madera donde Gabito tuvo sus primeros sueños. Apareció milagrosamente en 2007, ochenta años después del nacimiento del novelista.
  • ¿Te das cuenta por qué insistí en el recurso a la duda metódica?
  • Sé que buscaste fundamentarlo todo -desde la moral y las leyes hasta la política y la organización social- en la razón. Pero me parece que fuiste muy optimista con tu idea demasiado elevada de nuestra capacidad para usarla. 
  • Ya he tenido suficiente tiempo para apreciar las locuras que se pueden hacer con la Razón pura, o en su nombre. Lo mismo que las que se pueden hacer con la Fe ciega. 
  • Al comenzar nuestra conversación me dijiste que tu cráneo estaba dando vueltas en Suecia. ¿Qué hacía por allá?
  • Me pides recordar un pasado doloroso. 
  • Lo siento. No prosigas si no quieres.
  • A lo hecho, pecho. Me había ido a vivir a los Países Bajos en 1629 buscando un lugar donde pudiera pensar sin poner en peligro mi vida. Inclusive cambiaba de residencia con frecuencia para mantener oculto mi paradero. 
  • He oído que fuiste muy prudente tratando de ocultar tus ideas más radicales en tiempos de aguda intolerancia, y que escribiste la ya legendaria expresiólarvatus prodeo” (avanzo ocultándome).  
  • Por eso me han llamado “el filósofo enmascarado”. Pero fue inevitable el enfrentamiento con los teólogos, temerosos de que adoptar la razón como base válida para la comprensión del mundo conduciría al ateísmo, a una crisis de autoridad y a un mundo plagado de dudas y confusión, sin el arbitraje de la Iglesia jerárquica. En 1637 publiqué mi Discurso del método, “para bien dirigir la razón”, y en 1642 ya se había prohibido formalmente mi filosofía en Utrecht.
  • Sigo sin saber qué tiene que ver esto con Suecia.
  •  Pues que, cansado de la desaprobación a mis teorías y buscando tranquilidad, decidí aceptar la invitación de la joven reina Cristina de Suecia para viajar a Estocolmo y convertirme en su profesor de filosofía. Tenía yo 53 años cuando me fui a esa remota “tierra de osos, entre rocas y hielo”. 
  • ¿De qué te quejas? Muchísimos quisieran tener el honor de ser profesores de una reina. 
  • Eso depende… como todo en la vida.
  • Así es; cada quien habla de la feria según como le va en ella. ¿Cómo te fue en la feria sueca?
  • Fatal. Y no te lo digo en sentido figurado. Cristina era brillante e intelectualmente voraz. Pero se levantaba a las cuatro de la mañana y yo debía comenzar mis clases a partir de las cinco. ¿Te lo imaginas? Estaba acostumbrado a trabajar en la noche y a levantarme tarde en la mañana. Ahora, en el invierno glacial de Estocolmo -donde los pensamientos se congelan como el agua- tenía que recorrer en carruaje el trayecto desde mi casa hasta el palacio real, en la negrura que precedía al alba. No pasé del primer invierno. Me mató una neumonía.
  • Debiste haber ejercitado mejor la duda antes de aceptar la invitación de Cristina.
  • En ese momento la calavera de Descartes empezó a sacudirse frenéticamente y yo salí expulsado por una de sus cavidades oculares. Se me había olvidado que el filósofo era muy quisquilloso con las críticas. Con cierto disgusto el egregio cráneo emitió un gutural “Lo que eres, fui. Lo que soy, serás”. Salí zurumbático del Museo del Hombre. En mi propio cráneo resonaba: “Carpe diem”.

Rodolfo Ramon de Roux

Abril, 2023

3 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

Con Montaigne en su biblioteca

Quedé chorreando babas en la biblioteca de Montaigne, mientras él me platicaba sobre las ventajas de la duda y la finalidad de la vida.

El castillo de Michel Eyquem, Señor de Montaigne (1533-1592) se sitúa en el suroccidente de Francia, muy cerca del famoso viñedo de Saint-Emilion y en el corazón de un agradable parque. Aledaña al castillo, pero separada de él, se encuentra una torre en cuyo último piso, Montaigne se hizo acondicionar una habitación para que contuviera su biblioteca y le sirviera, asimismo, de pabellón de trabajo. En esa habitación, con aberturas a los cuatro puntos cardinales y visión directa de su casa, del patio de armas, de los jardines, y de las viñas, bosques y colinas de sus dominios, nuestro autor pasó “la mayor parte de los días de su vida, y la mayor parte de las horas del día” leyendo, meditando y escribiendo sus famosos “Ensayos” desde que, a los 38 años, cansado de la vida cortesana y de los tribunales, renunció a su cargo de magistrado en Burdeos y se retiró a su castillo, resuelto a consagrar lo que le quedaba de vida a su libertad, su tranquilidad y sus pasatiempos.

El techo de la biblioteca está compuesto por dos vigas maestras y cuarenta y ocho traviesas, pintadas de blanco, en las que están escritas, en negro, 57 sentencias griegas y latinas que Montaigne leía y releía, al tiempo que deambulaba por la habitación. Algunas de esas sentencias se hallan, literales, en los “Ensayos”, a veces al principio o al final de un capítulo; otras veces traducidas, parafraseadas, o asimiladas en el texto. 

La mayoría de sentencias están dedicadas al ejercicio de la duda; una duda activa y corrosiva que reniega de toda pretensión de conocimiento absoluto, o de ínfulas de sabiduría. Los visitantes de finales del siglo XVIII, reseñan que en uno de los plafones de la biblioteca estaba grabado «Que sais-je?» -¿Qué sé yo?-, lema que refleja el escepticismo de Montaigne y que es más radical que el socrático “Sólo sé que nada sé”, el cual es ya un saber.

Con mis dos hijas -Nicole y Denise- fui en peregrinación al castillo de Montaigne. Tras un buen rato mirando hacia el techo de la biblioteca tratando de descifrar las frases allí escritas, me sentí un tanto mareado por la posición de la cabeza y por el agradable vino “Les Essais” que habíamos degustado previamente. De entre las brumas de mi cerebro surgió entonces Montaigne y me señaló las sentencias escépticas que él había escogido de su admirado Sexto Empírico: ENΔEXETAI KAI OYK ENΔEXETAI, Es posible y no es posible; ΑΚΑΤΑΛΗΠΤΩ. No comprendo; ΟΥΔΕΝ ΜΑΛΛΟΝ. Nada es más; ΑΡΡΕΠΩΣ. Sin inclinación; ΟΥ ΚΑΤΑΛΑΜΒΑΝΩ. No aprehendo; ΕΠΕXΩ. Me abstengo; OYΔΕΝ OPIZΩ. Nada determino; ΠΑNTI ΛΟΓΩ ΛΟΓΩΣ IΣOΣ ANTIKEITAI. Contra todo argumento, un argumento igual;  ΣΚΕΠΤΟΜΑΙ. Examino.

El ilustre gascón guiñó un ojo y me dijo: 

– Solo los idiotas no tienen dudas.

– ¿Estás seguro?

– “Segurísimo”, respondió con ironía.

– Eso se parece al “todo es relativo, y ésta es una verdad absoluta”.

– ¡Caramba!  Me topé con un sabelotodo.

– Descuida, no soy tan joven para pretender saberlo todo. Al contrario, asumo la inconmensurable extensión de mi ignorancia: de la cara oculta de las cosas sólo alcanzo a ver unas pocas y minúsculas arrugas. Por eso con el paso de los años mis dudas volvieron a poner en su lugar las montañas que otrora había desplazado mi fe.

– Menos mal, los dogmáticos me ponen nerviosísimo: toman sus esperanzas por certezas y están convencidos de sus propias fábulas.

– Que son irrebatibles…porque son indemostrables.

– Escucha, ejercí de político, de diplomático, de consejero de monarcas en una Francia llena de sangre por las guerras entre católicos y protestantes. Los fanáticos de ambos bandos  -con su sobredosis de convicción- me mostraron cuántas atrocidades se pueden cometer por defender el propio punto de vista convertido en un absoluto no negociable.

– Dicen que es muy cómoda la posición del escéptico, pero al menos hay que agradecerle al escepticismo que en su nombre no se ha asesinado; ese es un triste privilegio de quienes creen poseer la verdad y tener la misión de imponerla a toda costa.

– Que el escepticismo sea una postura demasiado cómoda es algo sobre lo cual soy bastante escéptico. “He experimentado los inconvenientes que conlleva la moderación. Fui azotado por todos: para los gibelinos yo era güelfo, para los güelfos yo era gibelino” (Ensayos III, 12). Los fanáticos no nos perdonan el hecho de no ser unos incondicionales.

– Y, como dijo Nietzsche, “la verdad jamás se ha colgado del brazo de un incondicional”.

– Los incondicionales creen que saben, y no saben que creen.

– Muchos creen saber demasiado para ser escépticos e ignoran que saben demasiado poco para dejar de ser dogmáticos.

– Aclaro que no afirmo la imposibilidad del conocimiento; si lo hiciera incurriría en una contradicción. Un escéptico -skeptikós- es, literalmente, alguien que observa, que examina, que no está dispuesto a tragar entero ni a comulgar con ruedas de molino; pero no es un dogmático del antidogmatismo. Hace siglos Sexto Empírico definió el escepticismo como la actitud mental de investigar y dudar de todo.

– Esa duda metódica para adquirir mayor comprensión de nuestro entorno está en la base de toda la ciencia moderna. 

– Se trata de una duda activa y constructiva; y tus contemporáneos deberían manejarla con   mayor frecuencia, pues desde aquí observo estupefacto la ingente información supuestamente “veraz” y efectivamente falsa o dudosa que circula en las redes sociales y en los medios de comunicación.

– En momentos tan críticos como los que vivimos actualmente los terrícolas -desajustes climáticos, pandemias, guerras, catástrofes naturales- es fácil perder la serenidad y tomar como verdades irrefutables y definitivas lo que es simple posibilidad, opinión, “doxa” como la llamaban los griegos.

– La incapacidad de dudar, de “suspender el juicio” -epochê- nos aleja de la tranquilidad de espíritu que buscaban los escépticos. Te lo digo sin ambages, en el escepticismo  encontré un camino de prudencia intelectual para vivir serenamente en la incertidumbre. 

– En pocas palabras, encontraste una especie de “guía para incrédulos”.

– ¡No te burles! Puede que no haya nada nuevo bajo el sol, pero hay muchas cosas viejas que ignoras. Ve y lee los Esbozos pirrónicos de Sexto Empírico para que aprendas a estar siempre dispuesto a considerar puntos de vista opuestos y no aferrarte a respuestas definitivas, así cultivarás una indispensable apertura mental pues, como dice Esquilo, “oye sólo a medias el que oye sólo una parte”.  Te remito a Sexto porque este asunto de la duda es imposible de tratar  en el escaso tiempo que nos queda.

– No me aceleres el corazón que todavía trotan en mi cabeza muchas preguntas que quiero hacerte y no sé si se me presente otra oportunidad.

– Espabílate, pues.

– ¿Qué fue para ti lo más importante?

– Saborear la belleza de la vida, ese instante efímero “en el curso infinito de una noche eterna”. 

Montaigne me señala en ese momento el madero de su biblioteca donde está escrito: FRUERE IUCUNDE PRAESENTIBUS CAETERA EXTRA TE. ECCL. 3. (Goza del presente, el resto te es ajeno). Y me dice:

– “Me parece que la muerte es el fin y no la finalidad de la vida” (III, 12).  Acuérdate de vivir, pues morirás. 

– Que la finalidad de la vida sea la vida y no la muerte me recuerda aquella frase de Spinoza: “Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”.

– “En mi opinión la felicidad humana consiste en vivir felizmente y no en morir felizmente, como decía Antístenes” (III, 2). Por eso “mi oficio y mi arte, es vivir” (II, 6), consciente de que “la vida es una cosa delicada y fácil de perturbar” (III, 9). Sí, amigo, “hay que ampliar la alegría y restringir, tanto como se pueda, la tristeza” (III, 9). 

– En mi memoria conservo estas hermosas consideraciones que tienes en el ensayo “Sobre la experiencia”: “Nada es tan hermoso ni tan legítimo que desempeñar bien y debidamente el papel de hombre, ni hay ciencia tan ardua como el vivir esta vida de manera perfecta y natural. De nuestras enfermedades, la más salvaje es el menosprecio de nuestro ser”.

– Allí mismo digo lo siguiente, que me gusta mucho:  “Nuestro deber es componer nuestra manera de vivir, no componer libros; y  ganar, no batallas y provincias sino el orden y la tranquilidad por nuestra conducta. Nuestra grande y gloriosa obra de arte consiste en vivir correctamente; todas las demás cosas: reinar, atesorar, edificar y otras mil, no son sino apéndices y adminículos, cuando más”.

– Antes de que esta conversación se nos corte intempestivamente -como ya me ha sucedido en otras ocasiones-  quisiera decirte cuánto aprecio la franqueza y sencillez con la que te  presentas ante nosotros en los Ensayos. Simplemente nos miras de tú a tú y adoptas un tono que se parece al de una charla entre amigos.

– No pretendo convencer ni imponerme, sino intercambiar y deleitar, ser un amable compañero de ruta que, sin mayores pretensiones, habla a calzón quitado sobre su propia existencia: “Soy yo mismo la materia de mi libro”.

– Y, por eso mismo, en una u otra forma, nos vemos reflejados en lo que dices, pues“todo hombre lleva en él la forma entera de la humana condición” (III, 2). 

– En ese momento oí la voz de Nicole que me decía al oído: ¡Papá! ¡Pareces un bobo mirando al techo con la boca abierta! ¡Te chorrean las babas!

– ¡Estás haciendo el oso!, añadió Denise.

Montaigne se esfumó, muerto, pero de risa. Y yo, un tanto avergonzado, descendí como un coco de ultratumba.

Rodolfo Ramón De Roux

Febrero, 2023

10 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

Miraba absorto la extraordinaria foto tomada en 2015 por el astronauta Scott Kelly en la que aparece la Tierra como una canica azul, blanca y verdosa flotando en la inmensidad de la oscuridad espacial. De repente me invadió una especie de “sentimiento oceánico” que vino a ser perturbado por un angustiado Pascal que no cesaba de repetir como si fuera un mantra: el silencio eterno de los espacios infinitos me aterra”. Por fortuna apareció Marco Aurelio quien, con un gesto cortés pero imperial, le dio a entender al francés que mejor fuera a perturbar a otro cristiano. El ataráxico emperador me dijo entonces:

–  Nolite timere. Por el contrario, “ver desde arriba” te ayudará a poner las cosas en perspectiva y aumentar así tu serenidad. Es un viejo ejercicio estoico que me ayudó mucho. Practícalo de vez en cuando.

–  Pero ¿cómo hacerlo?

–  Es muy fácil. Te pones en una posición cómoda, cierras los ojos, haces 3 o 4 respiracionesprofundas para relajarte, y comienzas a ascender con tu imaginación. Primero ves tu casa, luego el barrio, después la ciudad, la región, el país, y así sigues ascendiendo. Puedes incluso imaginarte que sales del planeta y ves la tierra desde el espacio, como en las fotos satelitales.

–  ¿Y todo esto funciona?

–  Sin duda. Pero como cualquier ejercicio, también éste necesita ser practicado. No te digo que diariamente, pero sí de vez en cuando, sobre todo cuando te agobie algún problema.

–  Seguro vas a decirme que si tengo en cuenta la escala del universo mi problema se vuelve insignificante.

–  Que sea trivial no significa que no haya que atenderlo. Pero, al tratar de solucionarlo, lo harás con una disposición mental y emocional completamente diferente, que te ayudará a tomar mejores decisiones.

–  Para ti es fácil decirlo, pues tenías dinero y poder.

–  Eres bien ingenuo si crees que el dinero y el poder están exentos de problemas y temores.Tuve una salud frágil y ninguna experiencia previa de mando militar cuando me vi embarcado en dos guerras de fronteras, una contra los partos en el este del imperio y otra contra los marcomanos y otras tribus germánicas en la frontera norte. Además tuve que sofocar una rebelión iniciada por uno de los gobernadores en quien confiaba.

–  Te pido excusas por lo que te dije. No ignoro que también enfrentaste la pandemia que asoló tu imperio y que dejó unos cinco millones de muertos.

–  Te lo advierto, no te engañes si piensas que “ver desde arriba” resolverá tus problemas. A fin de cuentas tuve que hacer la guerra, tomar medidas contra la peste Antonina y contra mi gobernador. Pero la mirada desde arriba me ayudó a pensar en esos problemas de manera diferente y con más serenidad.

–  Comprendo que observar desde lo alto permita considerar un problema desde perspectivas más amplias. Es como ver el bosque completo y no sólo el árbol que tenemos delante. Pero ¿tomar mucha distancia no es correr el riesgo de hacernos insensibles?

–  Ese riesgo existe, pero no hay que confundir la aspiración a la serenidad con la insensibilidad a los problemas.

–  Cierto, la serenidad ayuda a ser ecuánimes y la ecuanimidad favorece el enfrentarnos mejor a los problemas. Por ello no es fortuito que se hable de tomar la necesaria “distancia crítica”.

–  Añado que ver desde arriba nos baja el ego al mostrarnos que no somos tan importantes como pensamos. Como escribí en este pasaje de mis Meditaciones: “Contempla desde arriba innumerables rebaños, infinidad de ritos y todo tipo de travesía marítima en medio de tempestades y bonanza, diversidad de seres que nacen, conviven y se van. Reflexiona también sobre la vida por otros vivida tiempo ha, sobre la que vivirán con posterioridad a ti y sobre la que actualmente viven en los pueblos extranjeros; y cuántos hombres ni siquiera conocen tu nombre y cuántos lo olvidarán rapidísimamente y cuántos, que tal vez ahora te elogian, muy pronto te vituperarán; y cómo ni el recuerdo ni la fama, ni, en suma, ninguna otra cosa merece ser mencionada”.

–  Lo expresó en bello verso Borges: “Ya somos el olvido que seremos”.

–  Este esfuerzo por mirar la tierra desde arriba nos permite contemplar la totalidad de la realidad humana, en todos sus aspectos geográficos y sociales, como una especie de enjambre anónimo, y situarla en la inmensidad cósmica. Vistas desde la perspectiva de laNaturaleza universal, las cosas que nos perturban vuelven a sus verdaderas proporciones.

–  Y quedamos perplejos ante la incesante ronda de la comedia humana con sus recurrentes glorias y tragedias, imbecilidades y mezquindades.

–  Desde esta Ultratumba -que también me ha dado perspectiva- aprecio que el “mirar desde arriba” ha tenido una larga y rica tradición. Si para nosotros los estoicos fue un ejercicio de serenidad, advierto que para los románticos -con su afición a escalar las más altas cimas- esta mirada desde arriba provoca una especie de arrobamiento, un impulso hacia el infinito, un deslumbramiento ante el esplendor del mundo y de la vida.

Juan Jacobo Rousseau, que se encontraba en la séptima de sus ensoñaciones de paseante solitario, nos confirmó la impresión de disolverse en la inmensidad de la realidad al tomar conciencia de la propia comunión con el Todo y nos dijo emocionado: “Siento éxtasis, arrobamientos inexpresables al fundirme, por así decirlo, en el sistema de los seres, al identificarme con la naturaleza entera”.

Federico Nietzsche, que acababa de bajar de la montaña con Zaratustra, añadió sentencioso:

–  “Me he preguntado a menudo si no estoy más profundamente en deuda con los años más difíciles de mi vida que con cualquiera de los demás. Así es como mi más íntima naturaleza me enseña que todo lo necesario, mirado desde la altura y en el sentido de una gran economía, es también lo útil en sí, —que no sólo hay que soportarlo, que hay que amarlo… Amor fati: ésta es mi más íntima naturaleza”.

–  Mirado desde la altura y en el sentido de una gran economía se comprende tu “repetir con frecuencia y emoción aquellos versos que dicen: Yo te sigo, destino. Y aunque no quisiera, habría de hacerlo por necesidad, aun a costa de mis lágrimas” (Aurora § 195).

–  Hiciste una buena glosa del “Fata volentem ducunt, nolentem trahunt”, murmuró Marco Aurelio al tiempo que alisaba un pliegue de su toga purpúrea.

–  Sí, los hados conducen al que quiere y arrastran al que no quiere.

–  ¡La cena está servida!

–  Y el hada del hogar me condujo al comedor. Si me resisto, me arrastra.

Rodolfo Ramon de Roux

Febrero, 2023

6 Comentarios
1 Linkedin
death, skeleton, skull-5575188.jpg
Download PDF

 Manual de supervivencia de ayer para los lodazales de hoy

En el ultratúmbico “Pabellón de la fama literaria” tuve un agradable encuentro con el jesuita aragonés Baltasar Gracián, gloria del Siglo de Oro español, cuyo Oráculo manual y arte de prudencia se ha vuelto a poner de moda. Sus trescientos agudos aforismos comentados nos ofrecen una serie de consejos prácticos de comportamiento para salir airosos en el cambiante y, muchas veces, inclemente mundo de la vida en sociedad.

Desde su mismo título ‒Oráculo manual y arte de prudencia‒ Gracián hace gala de su ingenioso manejo de las paradojas al convertir en “manual” los arcanos de un oráculo y reducir a “arte” la virtud de la prudencia. Al intentar el diseño de un “saber vivir” en sociedad sin hacer distinciones de clase o de oficio la obrita (que también es manual por lo breve) ha superado con creces la temporalidad de aquel 1647 en que se publicó y sigue tan campante desde el “allá” barroco hasta nuestro “aquí” posmoderno, lo cual es prueba de la genialidad de su autor.

No me alargo en preámbulos pues, como dijo Gracián, “lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y aun lo malo, si poco, no tan malo”. Antes de que sucumba en las telarañas de mi memoria transcribo la charla con el jesuita. Lo primero que recuerdo es su sonrisa de oreja a oreja al comentarme:

Estaba conversando con Arturo Schopenhauer, amable traductor al alemán de mi Oráculo, cuando de repente se acercó Federico Nietzsche y me dijo que Europa no había conocido nada más fino ni más complicado en materia de sutileza moral que mis pensamientos.

Te cuento que en tiempos recientes el Oráculo se ha puesto de moda en Estados Unidos como manual para políticos y “ejecutivos”. En 1992, permaneció dieciocho semanas dos en primera posición en la lista de los libros más vendidos del periódico The Washington Post en el apartado Nonfiction/General. Y en septiembre de 2022 el multimillonario Elon Musk, gurú de Silicon Valley, recomendó su lectura.

‒¡Vaya sorpresa!

Más te sorprenderá saber que en Japón, en 2007, se vendieron 140.000 ejemplares del Oráculo con el título ¿Por qué los ejecutivos juegan al golf? Y en 2013 se publicó en España una selección de tus mejores aforismos bajo el título Gracián: el jesuita que enseñaba a triunfar.

‒Nunca pensé escribir un manual para invertir en bolsa ni para ser un buen manager o un exitoso yuppie. Me enorgullece más el abundante uso que hicieron de mis aforismos los moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII como La Rochefoucauld, Madame de Sablé, La Bruyère, Vauvenargues, Chamfort y Voltaire.

¿A qué piensas que se debe tu éxito?

‒Nadie es buen juez en causa propia, pero me atrevería a decir que ha ayudado mi estilo aforístico, conciso e incisivo.

Tienes verdaderas joyas que, además, son fáciles de memorizar. Como estas que me vienen ahora a la mente:  

  • Más obra lo sustancioso que lo farragoso.
  • No hables escuchándote a ti mismo. Si te elogias a solas es locura, y si delante de los demás, locura doble.
  • Conocer cuándo están las cosas en su punto, en su sazón, y saber disfrutarlas.
  • Busca en tu vida la felicidad en la salida más que el aplauso en la entrada.
  • No esperes a ser un sol que se pone.
  • Aprende más un sabio de sus enemigos que un tonto de sus amigos.

‒Pienso que también ha contribuido a mi éxito una cierta concepción del saber que analizo en el aforismo 232, el cual termina así: “¿De qué sirve el saber si no es práctico? Y el saber vivir es hoy el verdadero saber”.

Saber vivir era el verdadero saber en tu pasado, y sigue siendo el verdadero saber en nuestros días.

‒De esa convicción salen mis “reglas de vivir”, que son un saber: saber decir que no, saber vender los méritos propios, saber pedir, saber olvidar, saber afrontar los problemas, saber servirse de evasivas, saber contar con buenos colaboradores, saber tener reservas para todo, saber retirarse a tiempo. Esas reglas también son un arte, es decir, técnicas para ser dichoso, para ganarse la benevolencia de los demás, para afrontar el desengaño, para extraer de cualquier situación un beneficio, incluso de la privación, del desprecio y hasta de los enemigos.

Saber y arte que esperas podrán ayudarnos a triunfar en el complicado terreno de lo que hoy llamamos “relaciones interpersonales”.

‒Terreno que está lleno de oportunidades, pero también de trampas. De ahí estos consejos que sin duda le gustaron al pesimista de Schopenhauer:

  • Desengáñate, y sé cuidadoso, que los malintencionados te echarán en cara todas las faltas y ninguno de tus logros.
  • Un error te pesará más que cien aciertos. Nadie mira el sol cuando resplandece en el firmamento. Todos, en cambio, lo contemplan cuando está eclipsado.
  • Más se menciona a los malos para murmurar de ellos que a los buenos para elogiarlos.
  • Nunca venerará bien la escultura quien conoció el tronco muerto de donde nació ‒no te hagas, pues, ilusiones con tus coterráneos, que nadie es profeta en su tierra‒.

Tu pesimismo sobre la naturaleza humana se extiende inclusive a la amistad, pues si bien dices que “no hay peor desierto que vivir sin amigos” también afirmas que “pocos son amigos de la persona y muchos de la fortuna”.

‒No se trata de pesimismo, sino de realismo: cuando estés arriba tendrás muchos amigos; cuando estés abajo sabrás quiénes son tus amigos.

Pensándolo bien, no eres tan pesimista, pues crees en la eficacia de tus consejos o no los darías y en la voluntad del lector para ponerlos en práctica.

‒Ese saber práctico que propongo es muy “moderno” por su pragmatismo, interés por la realidad, adaptabilidad a las circunstancias, exaltación del individuo, exploración de las leyes de la seducción y autonomía del comportamiento moral con respecto a las creencias religiosas.

Ya me di cuenta de que no te apoyas en “verdades reveladas”, en ejemplos de santos o en discursos teológicos.

‒El saber práctico que proclamo se sustenta en cuatro pilares. Primero: tener una idea exacta de sí mismo y de sus posibilidades, lo mismo que autocontrol, pues “son los ímpetus de las pasiones deslizaderos de la fortuna”. Segundo: cultivarse de forma permanente y rodearse de sabios de los cuales aprender. Tercero: conocer bien a los demás. Cuarto: Apartarse de los necios, pues la única cosa buena que tienen es que sus errores sirven de experiencia a los sabios.

Todo eso parece sencillo, pero no lo es.

‒Se necesita constancia y esfuerzo: más consigue un talento mediano con dedicada aplicación, que un genio sin ella. Para que no te desanimes ni te confíes, comienza lo difícil como si fuera fácil, y lo fácil como si fuera difícil.

Ardo en deseos de que me aconsejes sobre el trato con los demás.

‒Lo mejor es que releas el Oráculo de vez en cuando.

Dame al menos unos cuantos consejos, así sea de manera deshilvanada.

‒Con mucho gusto:

  • ­Con los demás has de tener precaución para evitar habladurías que dañen tu reputación.
  • No hagas ostentación de tu suerte ni muestres satisfacción de ti mismo.
  • No hay que fiarse del agradecimiento de la gente: olvidadizo es.
  • Por el afecto entra el concepto; es difícil convencer si no te haces querer.
  • Un poco de buen humor todo lo mejora.
  • En las cosas tiene mucho que ver el “cómo”. Los malos modos lo corrompen todo, hasta la razón y la justicia. Los buenos lo remedian todo: doran el no, endulzan la verdad y hasta hermosean la misma vejez.

Tienes razón, la cortesía es la vaselina de las relaciones humanas.

‒Importante para la cortesía es no obstinarse en querer tener siempre la razón. Esa obstinación es un extremo de la necedad y de la grosería.

Baltasar, no quiero ser impertinente, pero hay quienes cuestionan la moralidad de algunos de tus consejos.

‒Precisa.

Por ejemplo, la importancia que le das a la situación concreta, a la circunstancia

‒Pues sí, la circunstancia permite discernir lo que es bueno en cada momento para poder tomar la decisión adecuada. El mundo es una crisis continua, las circunstancias varían y el mismo problema puede requerir, en dos momentos o en dos lugares distintos, soluciones diferentes: “No basta la sustancia: requiérese también la circunstancia” (aforismo 14). Eso lo aprendí con los jesuitas cuando me insistieron en un discernimiento que debía tener en cuenta “tiempos, lugares y personas”.

Por algo los terminaron tratando de reyes de la casuística y favorecedores de una moral acomodaticia. Pero no entremos en la discusión con los jansenistas.

‒También sé que algunos se escandalizan con mis consejos sobre el arte de simular y de disimular, como cuando escribo: “El saber más práctico consiste en disimular. El que juega a juego descubierto tiene riesgo de perder”.  O también: “Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. No basta tener razón si la cara es de malicia”.

¡Qué le vamos a hacer! Simular y disimular son un arte necesario si queremos sobrevivir con éxito en nuestro proceloso mundo. Pero no olvides que digo claramente: “Pelea, pero con juego limpio. Vencer con ruindades no es vencer”. Tal vez por ello han dicho que soy un Maquiavelo con escrúpulos.

Entiendo tus razones, pero es comprensible que los partidarios de una ética kantiana se pongan nerviosos al leer en tu Oráculo manual frases como “Sin mentir, no decir todas las verdades”; “Tu verdad, dila a los menos, y a los más, diles lo que desean oír”; “Que nadie te conozca plenamente. No digas a nadie hasta dónde llega tu máxima capacidad en cualquier cosa, pues corres el riesgo de que lo aprendido lo usen contra ti”; “Todo lo dora un buen fin, aunque lo desmientan los desaciertos en los medios”.

‒¿No es así la verità effettuale della cosa, como decía Maquiavelo? Incluso podrías reprocharme el haber escrito: “Encontrar el punto débil de cada uno. Este es el arte de mover las voluntades.  Es saber por dónde se ha de entrar a cada uno. Primero hay que conocer el carácter, después tocar el punto débil, insistir en él, pues infaliblemente se quedará sin voluntad”.

Frase que te complemento con esta otra de tu cosecha: “Aprende a adaptarte a todos. Sé docto con el docto, y con el santo, santo. Es el secreto para ganártelos a todos, porque la identificación con el otro concita benevolencia”.

‒¿Acaso no estoy glosando el consejo jesuita de “saber entrar con la del otro para salir con la de uno”?  

¡Qué bien tienes introyectado el espíritu jesuítico!, a pesar de que al final de tu vida tus cofrades te hicieron ver las verdes y las maduras con las duras sanciones que te impusieron.

‒Tan duras fueron que pedí salir de la Compañía de Jesús, pero viajé a Ultratumba un año después, sin haber recibido la respuesta.

Las sanciones te las ganaste por pasarte por la faja la obligación de pedirle permiso a tus superiores para publicar tus escritos.

‒Pequé por confiado e imprudente. Y pensar que adquirí fama por mi Arte de prudencia.

En casa de herrero, cuchillo de palo.

‒No seas pesado, que en casa del ahorcado no se mienta la soga.

Dicho esto, Gracián se ajustó su bonete de cuatro picos, se envolvió en su elegante manteo negro y se fue alejando parsimoniosamente hasta que desapareció en medio de una nubecilla.

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2023

9 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

Tanto nomini nullum par elogium (“Ningún elogio es digno de tan gran nombre”). Estaba absorto frente a la tumba de Nicolás Maquiavelo, descifrando su epitafio, cuando él se sentó a mi lado en una de las bancas de la basílica de la Santa Croce, panteón de las glorias de Florencia.

Entablé el siguiente diálogo con un Maquiavelo que no había perdido su sentido del humor, ni su ironía, ni la facilidad de palabra y argumentación que adquirió a lo largo de sus años como secretario de la segunda cancillería de Florencia, donde participó en importantes misiones diplomáticas. Su conocimiento de los intríngulis del poder no era, pues, puramente libresco.

Me admiró verlo igualito al descrito por sus contemporáneos: de mediana estatura, enjuto, de ojos muy vivos, cabellos oscuros, nariz ligeramente aquilina, labios finos y apretados. Todo en él daba la impresión de un pensador agudo; y no fue solamente impresión. Por eso, quiero compartir lo que recuerdo de nuestra conversación sobre su controvertido libro Il Principe.

–Dantesco, kafkiano, sádico, maquiavélico. Es un dudoso privilegio darle su nombre a un temor.

En mi caso no solo es dudoso, sino injusto. Deformaron mi nombre, convirtiéndolo en un “ismo”, pero el maquiavelismo como sinónimo de actuar sin ningún tipo de principios no es mi doctrina, sino un invento de mis adversarios.

–Recuerdo que el término “maquiavélico” comenzó a utilizarse solo cincuenta años después de tu muerte.

El infundio de ser “maquiavélico” se lo debo a un abogado y teólogo protestante que en 1576 inauguró el género de los tratados “antimaquiavélicos”. Ese sujeto tenía un nombre que parecía predestinarlo a luchar contra la maldad del mundo: Innocent Gentillet, Inocente Gentilito.

–Ni tan inocente ni tan gentilito, pues su Anti-Maquiavelo contribuyó a establecer malentendidos duraderos sobre Il Principe.

Que quede bien claro que no escribí un manual para tiranos. Si así fuera, el papa Clemente VII no hubiera aprobado la primera edición impresa de El Príncipe, hecha en Roma cinco años después de mi viaje a ultratumba.

–Pero reconoce que prestaste el flanco a la crítica al separar la acción política de la moral cristiana vigente.

Y asumo esa opción pues, en el contexto de las luchas encarnizadas por el poder que se daban entonces en mi patria, decidí no dejarme encandilar por las grandes declaraciones de principios morales y trabajé arduamente para mostrar sin tapujos ni engaños la verdad concreta monda y lironda de la lucha por el poder.

–Lucha en la que algunos se refugian hábilmente tras rimbombantes declaraciones de principios que terminan manipulando para sacar adelante sus propios designios.

Veo que tienes suficientes canas para haberte dado cuenta de las innumerables masacres y acciones abyectas hechas a lo largo de la historia en nombre de la Justicia, de la Libertad, de la Igualdad, de la Patria y, aun, del Amor al prójimo.

–No vayas a darme ahora una lección sobre las Cruzadas, la Inquisición o las “guerras santas”.

Menos mal que ya eres consciente de que los grandes principios no están fuera del alcance de las garras manipuladoras del poder. Gobernar, o aprender a no dejarse gobernar, es decir, comprender las cosas de la política, exige rasgar el velo de las apariencias.

–¿Acaso quieres hacernos perder la inocencia?

Voy a darte una pista. Las controversias sobre mi supuesto “maquiavelismo” han pasado siempre por saber para quién escribo. ¿Para los príncipes o para aquellos que quieren resistirse a ellos? En el siglo XVIII, Diderot se inclinó por la primera solución y dijo que yo les enseño a los poderosos “una especie de política detestable que podemos sintetizar en cuatro palabras: el arte de tiranizar”. Pero Rousseau le respondió en El contrato social: “Este hombre no les enseña nada a los tiranos, ellos ya saben muy bien lo que tienen que hacer; al contrario, Maquiavelo instruye a los pueblos acerca de lo que deben temer”.

–Y tú, ¿qué dices?

Lee el capítulo XV de Il Principe, dedicado a la descripción de las cualidades que este debe tener para mantenerse en el poder. Allí declaro en el primer párrafo que quiero expresar la “verdad real de las cosas” y no perseguir utopías políticas, pues mi objetivo es escribir algo útil para el lector.

–Tengo entendido que esta es una de las páginas de Il Principe que marcan la separación de la ética religiosa y la política, así como uno de los pasajes que más escándalo causó y que hizo que se hablara en años posteriores de “maquiavelismo”.

Para evitar equívocos, voy a leerte textualmente lo que escribí allí.

En ese momento, Maquiavelo sacó un trajinado ejemplar de El Príncipe y me leyó el comienzo del capítulo XV, cuya traducción al castellano es la siguiente:

“Siendo mi propósito escribir una cosa útil para quien la comprende, he tenido por más conducente seguir la verdad real de la materia (la verità effettuale della cosa) que los desvaríos de la imaginación en lo relativo a ella, porque muchos imaginaron repúblicas y principados que no se vieron ni existieron nunca. Hay tanta distancia entre saber cómo viven los hombres y saber cómo deberían vivir que quien, para gobernarlos, abandona el estudio de lo que se hace para estudiar lo que sería más conveniente hacerse, aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella, puesto que un príncipe que en todo quiere hacer profesión de ser bueno cuando de hecho está rodeado de gentes que no lo son, no puede sino caminar hacia su ruina. Es, pues, necesario que un príncipe que desee mantenerse en el poder aprenda a poder no ser bueno, y a servirse o no servirse de esta facultad, según las circunstancias exijan”.

– Más claro no canta un gallo.

No pretendí escribir un tratado de buen gobierno. En ese sentido rompí el espejo; me refiero al “espejo de príncipes”, ese género de la literatura política medieval que buscaba la educación moral de las cabezas coronadas, predicando la idea simple de que reinar es lo contrario de dominar. Yo, en cambio, digo las cosas como son, no como quisiera que fueran.

–En suma, eres maestro de desencanto.

Ese es el problema de decir cómo funciona el poder y los que nos gobiernan. Lo que debería ser se lo dejo a quienes piensan con el deseo.

–Vaya, vaya. Voy comprendiendo por qué te has hecho tantos enemigos.

Para que abras un poco más tus entendederas te recuerdo que mi libro no se llamaba Il Principe, sino De Principatibus (De los principados). Y no trataba sobre los principados que se heredan, sino sobre aquellos que se conquistan por la astucia, la fuerza o la suerte, esos Estados que se entregan a los audaces, los llamados “príncipes nuevos”.  

Pero más fácil es tomar el poder que conservarlo. Y al explicar qué medios se usan para conservarlo te achacaron el enseñar que el fin justifica los medios.

Frase que nunca escribí. Por otra parte, las cosas no son así porque yo las dije, sino que las dije porque son así.

–No dudo de que los tiranos ni tenían ni tienen necesidad de tus enseñanzas. Recuerdo que cuando le preguntaron a Séneca por qué un maestro como él había formado a un discípulo como Nerón, respondió: “Aun cuando nadie enseñase a los reyes la perfidia y el crimen, el trono se los enseñaría”.

Por mi parte simplemente expongo, a partir del capítulo XV, las “virtudes” que transforman al príncipe en un experto sin escrúpulos de la conservación de su poder. Y advierto en el capítulo XVIII que quienes nos gobiernan saben, según las circunstancias, ser zorros o leones, “porque el león no se defiende de las trampas y el zorro no se defiende de los lobos. Así que hay que ser zorro para conocer las trampas y león para asustar a los lobos”.

El problema es que ese “asustar” implica, como dijiste antes, “aprender a no ser bueno” y estar dispuesto a utilizar según las circunstancias medios poco católicos.

Lo cual no significa incitar al gobernante a ser un déspota desalmado y sin valores.

Reconozco que dejaste bien claro que no le sirve de nada a un príncipe ganarse la envidia de sus súbditos atrincherándose en palacios lujosos o amenazantes, pues la mejor fortaleza que existe es no ser en absoluto odiado por el pueblo. Así que nada de crueldades inútiles, nada de violencia descontrolada.

El gobernante debe saber dosificar la propia fuerza, es decir, aprender a no ser bueno. Lee el capítulo XVII. Ahí manifiesto que la obligación del príncipe “es proceder moderadamente, con prudencia y aun con humanidad”. Pero el príncipe también tiene que estar dispuesto a enfrentar la maldad de los hombres.

Comenzando por la de sus allegados: no hay peor cuña que la del mismo palo.

Por supuesto, más vale ser a la vez amado y temido por los gobernados. Pero si hay que elegir, mejor hacerse temer. Aunque preciso que “el príncipe que se hace temer debe obrar de modo que si no se hace amar al mismo tiempo evite que lo aborrezcan, porque uno puede muy bien ser temido sin ser odioso, y él lo conseguirá siempre si se abstiene de tomar la hacienda de sus gobernados y soldados, así como también de robar sus mujeres o abusar de ellas. A no ser que le sea indispensable derramar la sangre de alguno, no deberá hacerlo nunca sin que para ello haya una conveniente justificación y un patente delito”.

Lo que equivale a decir que no hay poder absoluto.

La moderación y prudencia que le aconsejo al gobernante no es por motivos morales, sino por cálculo político. El uso injustificado y prolongado de la fuerza y del “asustar” es contraproducente.

Como le dijo Talleyrand a Napoleón: “Señor, con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa menos sentarse sobre ellas”.

Por eso afirmo en el capítulo IX: “Un ciudadano, hecho príncipe con el favor del pueblo, debe tender a conservar su afecto, porque el pueblo solo le pide no ser oprimido”. Claro está que también digo que el príncipe debe ponerse en situación de suponer siempre lo peor de parte de aquellos a los que gobierna.

–¡Qué pesimista eres!

Tu mismo Maestro, que proclamaba el Amor incondicional a los demás, le dijo a sus discípulos: “Los envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, sean astutos como serpientes y sencillos como palomas” (Mateo 10,16).

–Tengo que admitirlo: la lucha por el poder transita por caminos tortuosos, ya se trate del poder político, económico o religioso.

No me vengan a decir que le enseñé al príncipe el arte de engañar porque lo previne contra la hipocresía, la alevosía y la deslealtad que reina entre los humanos. Hay que ser angelicales para creer que se puede construir algo totalmente recto con el fuste torcido de la humanidad.

–Me queda claro que, para ti, comprender el implacable engranaje del poder exige describir la fuerza del conflicto, la discordia y la enemistad que acompañan el devenir político de una sociedad.

Modestia aparte, formulo bien esa alternancia de persuasión y temor, de tensión y distensión, de represión y legalidad, de verdad y mentira, de la cual los regímenes autoritarios tienen el secreto, pero que, de manera más suave, también se da en los regímenes democráticos.

–Te advierto que viene hacia acá Innocent Gentillet.

Me esfumo antes de que se me dañe el día. Pero te doy rápido unos últimos consejos. No te dejes engañar por grandes declaraciones de principios o por hermosas promesas; ni juzgues a un gobernante por sus buenas intenciones, sino por sus resultados.

–Sabido es que de buenas intenciones está empedrado el camino que conduce al infierno.

Cuídate de los mesías políticos: hay plomo justiciero en sus albores y plata maloliente en sus ocasos.

–Además, crucifican o son crucificados, pues sus promesas incumplidas de redención engendran odio y destrucción.

¡Caramba!  Se nota que no te contentaste solamente con la lectura de El principito

Maquiavelo esbozó una sonrisa estilo Mona Lisa. Giró los talones y antes de desaparecer exclamó:  Stai sempre attento alla verità effettuale della cosa.

Rodolfo de Roux

7 Comentarios
1 Linkedin
argument, loud, discussion-6080057.jpg
Download PDF

Los mensajes de pocas palabras e inmediatos ‒a los que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación actuales, como Twitter y WhatsApp‒, la demonización del adversario, las falsas noticias y las interpretaciones conspirativas han sustituido frecuentemente el análisis sereno de las posiciones políticas diferentes a las nuestras.

El déficit de argumentación y de debate respetuoso desemboca en el insulto, la repulsa y el enfrentamiento.  Los debates dejan de serlo para convertirse en polémica, literalmente “guerra” (del griego pólemos). En esas guerras verbales rápidamente se sube la voz, se bajan los argumentos y se irrespeta al otro porque no se está buscando la verdad, sino combatir (polemizein) al adversario y hacerlo morder el polvo.

Sobre esas actitudes propias de fanáticos me hicieron las siguientes reflexiones un par de amigos de ultratumba que en vida sufrieron las heridas de agrias polémicas por no haberse alineado incondicionalmente con un bando y haber mantenido su independencia en el análisis honesto de la realidad que les tocó vivir.

Albert Camus me recibe con mucha sencillez, con su cigarrillo Gitanes colgando de la comisura derecha de sus labios. Todavía se le ve afectado por los anatemas de los comunistas y por su ruptura con Jean-Paul Sartre.

Tanto en las controversias públicas como en las discusiones entre amigos me urgieron a ser   incondicionalmente fiel a un bando. Pero vi claramente que la polarización ideológica anula la posibilidad misma de una posición matizada, pues hace que los argumentos sean cada vez más maniqueos: “nosotros” encarnamos el Bien y la Verdad; los “otros” encarnan el Mal y el Error.

‒”Nos asfixiamos entre gente que cree tener toda la razón”, dijiste una vez. Muchos nos sentimos igual hoy. Las redes sociales que posibilitan los mensajes anónimos e inmediatos, cargados de pasión, cuando no de mala fe se han convertido en un escenario en el que fácilmente el debate es sustituido por el combate.

Observo desde estas alturas que incluso más allá de Twitter Facebook, el campo intelectual y mediático se está convirtiendo en un campo de batalla donde todos los golpes son permitidos. Sin embargo, el fenómeno no es nuevo; lo novedoso es su amplitud. En todo tiempo y lugar los predicadores intransigentes de una posición y de unos intereseshan preferido atizar el odio en lugar de iluminar las mentes y de estar dispuestos a cuestionarse.

Nuestras incertidumbres alimentan la búsqueda de respuestas que siempre serán provisorias, pero muchos prefieren encerrarse en la jaula de oro de sus inamovibles posiciones. El problema es que así se aíslan de quienes piensan de manera diferente y, además, se preparan para odiarlos.

Agrega que, como el matizar le pone trabas a la abusiva “claridad” de los fanáticos, quien matiza los saca de casillas.

Ilumíname: ¿cuál es el mecanismo de la polémica, enemiga del matiz?

”Consiste en considerar al adversario como un enemigo, en simplificarlo y en negarse a verlo. Ya no sé el color de los ojos de la persona a la que insulto, ni si sonríe y cómo lo hace. Tres cuartas partes de nosotros nos hemos vuelto ciegos por la gracia de la polémica y ya no vivimos entre los hombres, sino en un mundo de siluetas”.*

A esos excesos nos lleva la fatuidad de las mentes que creen saberlo todo, y de los militantes que creen poderlo todo envalentonados por el grupo al que pertenecen.

Por todo ello considero el deber de dudar primo hermano del coraje de matizar como un imperativo categórico. En la vida tiene nefastas consecuencias tanto la pretensión de encajar la realidad social en una camisa de fuerza teórica como la negativa a admitir que un adversario pueda tener razón. Con tal pretensión y tal negativa se abandona la persuasión por la intimidación.

Así es. Los que viven encerrados en sus propias certezas tienen la manía del “todo o nada”, del blanco o negro, y son incapaces de buscar la parte de verdad que pueden tener los adversarios. Ese dogmatismo es un virus letal que destruye nuestra capacidad de convivencia. ¿Qué puedes decirme al respecto, amigo Georges Orwell, que habiendo participado en la guerra civil española del lado de los republicanos fuiste capaz de ser crítico con tu propio bando?

Vestido de manera desaliñada, y ufanándose con gracia de haber nacido en el seno de una familia de “clase baja medio alta”, Orwell tiene la mirada penetrante del visionario que nos dejó 1984. Habla sin rodeos, de acuerdo con su proverbial franqueza:

El triste efecto de la guerra civil española fue enseñarme que la prensa de izquierdas era tan falsa y deshonesta como la de derechas. Verifiqué lo mismo durante la Segunda Guerra Mundial. No importa cuál fuera la verdad, todo el mundo estaba llamado a alinearse con las posiciones de su propia facción.

Ya lo dijo Esquilo: “En la guerra la primera víctima es la verdad”. Lo mismo puede decirse en tiempo de paz con las polémicas, que son guerras verbales.

Admitir que un adversario pudiera ser honesto e inteligente se consideraba intolerable. Cualquier verdad fáctica, si salía de la boca de un “enemigo”, se decretaba falsa. ¡Ay de quien lo aceptara!

Leyendo tu 1984, uno comprende que esta lógica totalitaria, para triunfar, debe necesariamente acabar con dos cualidades: el arte del diálogo y la capacidad de recordar. Se instaura así una amnesia selectiva, dócil a la propaganda del Partido y a la Policía del Pensamiento. ¡Cuán cierto es aquello de que la historia se hace de memoria y la política sectaria de amnesia!

No hay apertura a los demás sin tener una memoria larga y un lenguaje libre. No silenciemos un desacuerdo ni ocultemos una verdad con el pretexto de que al nombrar las cosas podríamos alejar a alguna persona importante o “hacerle el juego” al adversario.

Nos legaste una concepción del matiz como franqueza sin temores.

Franqueza que nos incluye a nosotros mismos. Nunca se es demasiado precavido con uno mismo, pues somos frágiles y maleables, y capaces de movernos por impulsos inconfesables. Reconocerlo nos obliga a una forma de humildad, y a la vigilancia crítica.

Camus interviene:

Afortunadamente Orwell y yo no cantamos solos en el coro de los matizadores. Hace poco el correo de las brujas nos informó de un estimulante ensayo de Jean Birbaum, titulado Le courage de la nuance. En él, además de nuestros dos casos, se recuerdan los ejemplos de Georges Bernanos, Hannah Arendt, Raymond Aron, Germaine Tillion y Roland Barthes. Todos ellos, en algún momento decisivo de sus vidas, fueron demasiado matizados para alinearse con eslóganes, demasiado libres para soportar la disciplina de un partido, demasiado sinceros para renunciar a la franqueza.

Gracias, amigos. Ojalá el coraje de matizar me permita vivir al abrigo de estereotipos, de dogmas partidistas, de apoyos incondicionales y de solidaridades automáticas.

_________________________

* Albert Camus. (1948). Le témoin de la liberté. En: Albert Camus. (2006). Conférences et discours. Paris: Gallimard, p. 122.

Rodolfo Ramón de Roux

Noviembre, 2022

3 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

En Nápoles ‒donde terminó sus días la sirena Parténope, que intentó enamorar a Ulises‒ se cruzan de manera insólita los caminos de Diego Maradona, Tomás de Aquino y san Genaro, como lo expone este diálogo de ultratumba.

San Genaro no es solo el patrono principal de Nápoles, sino también alguien muy querido por sus habitantes, quienes le atribuyen haber salvado varias veces a la ciudad de las erupciones del Vesubio. Tres veces al año (primer domingo de mayo, 19 de septiembre y 16 de diciembre) los napolitanos se agolpan expectantes para asistir al prodigio de la licuefacción de la sangre del santo que, según la tradición, se produce desde hace 400 años. Esos días se expone en forma solemne una ampolla del tamaño aproximado de una pera que contiene su sangre solidificada. Los presentes empiezan a rezar y la sangre, normalmente sólida y de color negruzco, se vuelve líquida y rojiza.

Mal presagio es que no ocurra el prodigio, como sucedió en septiembre de 1939 (estallido de la Segunda Guerra Mundial), en 1940 (entrada de Italia en la guerra), en 1943 (ocupación nazi de Nápoles) o en 1980 (terremoto de Irpinia). A título compensatorio, a veces se producen licuefacciones “fuera de temporada”, como la del 25 de julio de 2015 durante la visita a Nápoles del papa Francisco, quien al besar la ampolla que contiene la sangre, esta se licuó. El cardenal napolitano Crescenzio Sepe calificó el hecho de milagro y “señal de que san Genaro ama a Francisco”. 

Con todos los enemigos que tiene Francisco en el seno de su propia Iglesia, menos mal lo apoya el santo patrono de los donadores de sangre. Sin embargo, les cuento que desde hace años san Genaro comparte el corazón del pueblo napolitano con Diego Armando Maradona, cuya efigie en todos los tamaños aparece en numerosas calles de la ciudad partenopea, lo mismo que en miles de camisetas y baratijas.

Deseoso de visitar el aposento donde Tomás de Aquino pasó sus dos últimos años de vida en el convento de San Domenico Maggiore, emprendí mi peregrinación abriéndome paso entre el enjambre de turistas que revoloteaban alrededor de los restaurantes y pequeños comercios que pueblan las callejuelas del centro histórico de Nápoles. 

A la algarabía humana se sumaba el ruido constante de decenas de motos que culebreaban hábil, pero asustadoramente, entre los peatones. En el angosto Vico San Domenico Maggiore ‒que ni andenes tiene‒ para evitar que una Vespa me encornara, terminé contra la pared entre los brazos de una enorme efigie de “Santo Diego”. En ella, Maradona aparece exactamente como un Sagrado Corazón, con túnica roja, los brazos abiertos mostrando sus estigmas, la mirada elevada al cielo, la cabeza rodeada de una aureola y, en medio del pecho, el corazón en llamas. Tal vez fue debido al susto que me llevé que oí que Diego Armando me decía:

Porque sos amante del fútbol te salvé de que esa Vespa te dañara del todo el caminado, que ya bastante maltrecho lo tenés.

‒Gracias, Dieguito, le contesté. Estoy admirado del culto popular que te tienen en esta ciudad. Hasta altares tuyos he visto en las calles. ¿Qué hiciste para que te veneren en esa forma que, perdoná, me parece exagerada?

¿Exagerada, che? Gracias a mí el Nápoles ganó los únicos dos Scudettos de la historia del club y su único título internacional, la Copa de la UEFA. Allí desplegué mi mejor fútbol en lo que fue, sin dudas, mi mejor década como futbolista. En mí el zarrapastroso que adquiere fama y dinero se encarnaron las esperanzas de los pobres. ¡Soy un ícono de la lucha de clases! Pero eso no fue todo. También encarné el orgullo de esta región, pues en Italia los de Roma para arriba miran a los del Mezzogiorno como gente de segunda o tercera categoría.  

‒Hacés bien en recordar que el fútbol es más que darle patadas a un balón; es también el espejo donde se reflejan muchas otras realidades sociales. Por eso suscita tantas pasiones.

De eso tengo bastante experiencia. ¿Te acordás del par de goles que le metí a Inglaterra en el Mundial de México en 1986?

‒Inolvidable. Con esos goles eliminaste a Inglaterra. Fue el delirio en Argentina, donde también te ha divinizado el pueblo y contás con muchos altares y hasta con una “iglesia maradoniana”.

Ese partido de cuartos de final entre mi país e Inglaterra tenía un trasfondo más profundo, debido a la Guerra de las Malvinas, en la que perdimos en 1982 las islas y tuvimos 649 muertos, así como 11.313 prisioneros de guerra. Podés imaginarte fácilmente que en México estaba en juego mucho más que un pase a las semifinales del Mundial. Nos jugábamos la posibilidad de una revancha, así fuera simbólica.

‒Además, para furia de los ingleses, en el minuto 51 desequilibraste el partido con un gol que metiste con la mano de manera tan marrullera que ni el árbitro ni el juez de línea se dieron cuenta.

Peor para ellos.

‒Pero el culmen de tu cinismo fue cuando al final del partido te preguntaron por ese polémico gol y respondiste: “Lo marqué un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios”. Respuesta que, hasta el día de hoy, nos ha dejado patidifusos y te ha valido inclusive una película reciente del gran Paolo Sorrentino titulada “È stata la mano di Dio”.

Es justo que recordés también que cuatro minutos después de esa “mano de Dios” les marqué el “gol del siglo”, arrancando solo desde la mitad de la cancha. 

En ese momento apareció Víctor Hugo Morales, narrando agitadísimo:

Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja al tercero y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… Gooooool… Gooooool… ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diegol! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 – Inglaterra 0. ¡Diego!, ¡Diego!, ¡Diego Armando Maradona!… Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 – Inglaterra 0.

De los ojos de Maradona se escurrieron unos lagrimones. Me dio pesar dejarlo en ese estado y tomándolo de la mano lo saqué de la pared y lo invité a que me acompañara a visitar a Tomás de Aquino. Entre sollozos preguntó:

¿Y quién es ese pibe?

‒Jalale al respeto, que es un santo importantísimo y el octavo patrono de esta ciudad. No vayás a embarrarla con chistes de doble sentido, que Tomás es muy pudoroso. 

Dejá de ser ñoño.

‒Te lo digo en serio, pipiloco. Cuando sus hermanos quisieron impedirle que se hiciera fraile dominico, lo secuestraron camino de París, lo encerraron en el castillo de la familia y le enviaron a su habitación una muchacha desnuda y dispuesta a todo.

Esto se puso interesante.  ¿Y qué pasó?

‒Tomás cogió un tizón y se puso a perseguir a la muchacha con la clara intención de quemarle las nalgas.

Entonces, ¿nada de sexo?

‒Vaya usted a saber, pero el hecho lo turbó de tal manera que, a partir de entonces, según cuenta Bernardo Gui, si no eran estrictamente necesarios, evitaba como a serpientes los encuentros con mujeres.

Che, de lo que se perdió.

‒Te advierto, para que no te vayás a burlar, que Tomás es un tipo tan gordo que tenía un escritorio especial y un puesto doble en el comedor del convento. También es muy callado; en la escuela tomaba apuntes en silencio con aire de no entender nada, pero es inteligentísimo. Por lo gordo y callado lo apodaban “el buey mudo”. 

Como de costumbre: los que más hablan son los que menos saben. 

‒Por lo mismo, te pido que no metás tu cucharada cuando esté hablando con Tomás de teología.

¿Hablando de qué?

¿Viste por qué te lo advierto?

Muy pronto nos encontramos en el atrio de la iglesia de San Domenico Maggiore. Entramos a su sacristía y por ahí desembocamos en el dormitorio principal del convento, al fondo del cual se encuentra la celda de Tomás. Tímidamente toqué a su puerta. Al abrirse, apareció la imponente figura del Aquinate.

‒¿Quiénes son ustedes?, preguntó amablemente.

‒Este que anda disfrazado de Sagrado Corazón de Jesús es un especialista en darle patadas a una pelota. Yo soy un simple quidam que se quemó las pestañas leyendo su famosa Summa Theologiae durante interminables horas.

¿Y?

‒Tenía un enorme deseo de saludarlo para decirle que, aunque no comparto todas sus ideas, lo admiro por su audacia intelectual al cristianizar a Aristóteles.

Fui simplemente alguien que concilió a Aristóteles con el cristianismo. 

‒Memorable tarea para su época.

Solo intenté armonizar las relaciones entre la razón y la fe. 

‒Pero lo cierto es que en esa supuesta concordia la razón siempre lleva las de perder.

Jamás pensé que con la razón se pudiera comprender todo, sino que en última instancia todo se comprende con la fe.

‒Por otra parte, si usted hubiera querido demostrar las cuestiones de fe hubiera incurrido en una contradicción, pues no se puede demostrar lo indemostrable. Por eso mismo es fe.

A lo sumo se puede tratar de mostrar que la fe no es necesariamente irracional; ese fue el programa del fides quaerens intellectum (la fe que busca la inteligencia) en el que me inscribí.

‒En su trabajo intelectual aprecio mucho la importancia que le da a la prudencia, virtud a la que usted considera “la más necesaria para la vida humana” (Suma de Teología, I-II, 57, 5).

Así es, pues el cometido de la prudencia es conservar la memoria de las experiencias adquiridas, tener el sentido exacto de los fines, analizar las coyunturas, prever las contingencias futuras, ser circunspectos ante las oportunidades, precavidos ante las complejidades, previsores a través de la incertidumbre. La prudencia nos sirve así para no precipitarnos al vacío de la insensatez o de la improvisación, pues nos enseña a permanecer bien atados a la realidad.

‒Otra cosa que le admiro es su capacidad para alinear las opiniones divergentes, aclarar el sentido de cada una de ellas, enumerar las objeciones posibles e intentar la mediación final. Y todo ello hecho en el público debate de las ‘disputationes’ (controversias) y haciendo funcionar el tribunal de la razón…, aunque ‒leyéndolo bien‒ se evidencia que en cualquier caso el dato de fe prevalece sobre cualquier cosa y guía el desarrollo de la cuestiónes decir, que Dios y la verdad revelada preceden y orientan el movimiento de la razón.

Bueno, por eso no soy príncipe de filósofos, sino de teólogos.

‒Desafortunadamente, los que vinieron después de usted lo momificaron y lo convirtieron en un aburrido recetario.

En parte la culpa es mía, pues le proporcioné al pensamiento católico un arsenal tan completo que en él todo encuentra lugar y explicación.

‒Y así los llamados “tomistas” se convirtieron en los guardianes conservadores de un sistema intocable… que había surgido como una atrevida innovación.

Maradona, que hasta ese momento había estado juiciosamente callado, no se contuvo y alzando la voz exclamó: 

 Ideas, ideas, puras e inútiles ideas.

Como por encanto, apareció intempestivamente entre nosotros Juan Jacobo Rousseau quien, mirando fulminantemente al Pelusa, le dijo: 

Unos años antes de la Revolución francesa escribí un libro, El contrato social, que no contenía sino ideas. La segunda edición fue publicada con la piel de los que se burlaron de la primera.

En el pasillo sonó el ruido seco de una guillotina y una cabeza ensangrentada rodó hasta nuestros pies. Maradona salió disparado como alma que lleva el diablo. Yo volví a mis cabales en brazos de mi media naranja, que me abrazaba diciendo: 

¡Qué susto nos dio esa moto! ¿Te pegó muy duro?

Rodolfo Ramón de Roux

Septiembre, 2022

7 Comentarios
1 Linkedin
couple, love, proposal-3581038.jpg
Download PDF

En su anterior diálogo, Rodolfo Ramón de Roux mencionaba que tenía muchos amigos con los cuales conversaba allende el tiempo y el espacio. El debut de este tipo de “divertimento” versó sobre el sentido de la vida. Ahora, habla familiarmente con otros contertulios sobre el amor y el matrimonio.

En mis diálogos de ultratumba me encontré un buen día charlando con William Shakespeare y Jean-Paul Sartre sobre el amor. Pronto nos vimos rodeados por Blaise Pascal, Pierre-Augustin de Beaumarchais, Francesco Petrarca, el marqués de Sade, Khalil Gibran, Johann Wolfgang von Goethe, Emmanuel Kant y Barbra Streisand, como invitada viviente. He aquí lo que recuerdo.

William: El tiempo es muy lento para los que esperan; muy rápido para los que se lamentan; muy corto para los que festejan; pero, para los que aman, el tiempo es eternidad.

‒ Parece eterno, pero no lo es. El drama del amor es que los que se aman no llegan al final al mismo tiempo. Mejor, entonces, un “te quiero” en vida, que un “te adoro” sobre la tumba.

Jean-Paul: Sostuve que el fondo de la alegría del amor, cuando ella existe, es sentirnos justificados de existir.

‒ Por eso buscamos sin cesar un poco más de amor y algo menos de olvido. Quien recorre su ruta sin amor ya camina amortajado. Excusen que, entre muertos, mencione la mortaja.

Blaise: Cuando no se ama demasiado no se ama lo suficiente.

Pierre-Augustin: En materia de amor, demasiado es todavía poco.

Francesco: Y el que puede decir cómo arde su amor, sufre un fuego pequeño.

Sade: De ahí que en el amor todas las cumbres son borrascosas.

Khalil: El amor es una dicha que tiembla.

‒ Triste es vivir sin esas borrascas y temblores.

Johann: Quisiera añadir que cuando se habla de amor algunos piensan en matrimonio, y son dos cosas distintas. El amor es algo abstracto, el matrimonio es algo real y, quien confunde lo abstracto con lo real, siempre debe pagar un precio.

‒ Si no queremos que el precio sea muy elevado (hablo para los todavía vivos), abramos bien los ojos antes del matrimonio, porque para vivirlo con sosiego tendremos después que cerrarlos muchas veces.

Emmanuel: No sé si para bien o para mal me ahorré esa experiencia. Cuando pude haber disfrutado del matrimonio, no estaba en condiciones de permitírmelo; y cuando pude permitírmelo, ya no estaba en condiciones de disfrutarlo.

‒ Así es la vida: se nos escapa mientras esperamos el “momento oportuno”.

Barbra: Yo sí tuve, Emmanuel, la experiencia del matrimonio. Y no me explico por qué una mujer se pasa diez años intentando cambiar los hábitos de su marido, y luego se queja de que no es el hombre con el que se casó.

‒ Historia antigua: cuando se casa, la mujer espera cambiar al marido, y el marido espera que la mujer no cambie.

Fue interesante ver que tan pronto oyeron la palabra matrimonio, se acercaron otros dialogantes prestos a dar su opinión. Graham Green nos hizo sonreír al decir que el matrimonio es una gran institución… para quienes aman las instituciones. Honoré de Balzac no se le quedó atrás en picardía al añadir: “Complicada institución es el matrimonio. Es mucho más fácil quedar bien como amante que como marido, porque es mucho más fácil ser oportuno e ingenioso de vez en cuando que todos los días”. Sentenció entonces Ambrose Pierce, autor del agudo Diccionario del diablo: “La mujer sería encantadora si uno pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos”. Noel Clarasó acabó de hundir el clavo afirmando que “matrimonio feliz es aquel en el que la mujer manda, el marido obedece y ambos, de buena fe, creen que es al revés”. Un tanto molesta, Katherine Hepburn les refregó enérgicamente: “No se quejen tanto que, para la mujer, casarse es sacrificar la admiración de muchos hombres por la crítica de uno solo”.

Para calmar los ánimos, que empezaban a caldearse, insinué tímidamente que una cosa es posible para que dure el matrimonio: pedir excusas cuando uno se equivoca y callar cuando se tiene la razón. Como buen diplomático que fue, Harold Nicholson agregó: “El gran secreto del éxito en el matrimonio es tratar todos los desastres como incidentes y ninguno de los incidentes como desastre”. “Y tener presente que si el amor fue una comedia, el matrimonio será un drama”, sentenció Armando Palacio Valdés.

En ese caso ‒dije‒ hay que divorciarse, a menos que se prefiera rezar por la conversión o la muerte del cónyuge, utilizando la siguiente plegaria:

Santo Tobías, santo Tobías, o me lo cambias o me lo enfrías.

Desde un rinconcito el irónico Sócrates me dijo: Cásate. Si tu mujer es buena, serás feliz. Si es mala, serás filósofo.

Y en ese momento se desvanecieron las sombras.

Rodolfo Ramón de Roux

Febrero, 2022

16 Comentarios
1 Linkedin
faces, silhouettes, silhouette
Download PDF

He sido afortunado. Tengo muchos amigos con quienes converso sin importar el tiempo ni el espacio. Sus agudezas masajean amablemente mis neuronas pues, por picantes que sean, no pretenden herir a nadie, cosa por lo demás imposible, pues todos ellos están muertos y yo pronto iré a hacerles compañía.

Comparto lo que he logrado recordar de algunos de esos simpáticos diálogos. Comencemos con este sobre el sentido de la vida en el que me crucé con Ayya Khema, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges, Pearl S. Buck, Elías Canetti, Baltasar Gracián, Horacio, Lao-Tse, Jorge Manrique, Marco Aurelio, Monje Manzei, Augusto Monterroso, Octavio Paz, Píndaro, Lucio Anneo Séneca y Mark Twain.

– Me parece que la vida es un árbol frondoso de agridulces pasajeras ilusiones.

Baltasar: Apresúrate, pues, a convertir en placeres los que debían ser pesares.

Pearl: Y no dejes escapar las pequeñas alegrías esperando la gran felicidad.

Elías: Dicho sea de paso, se paga mucho por la falsa pintura de la felicidad.

Píndaro: Yo, por mi parte, canté ciñéndome la melena con coronas, sin dejar que la envidia de los inmortales perturbara el placer de cada día que en paz perseguí en mi camino hacia la vejez y hasta el tiempo que el Destino me deparó.

Ayya: No olvides, Rodolfo, que hoy es el primer día del resto de tu vida. ¿Qué vas a hacer de él?

Séneca: Aprovéchalo a fondo, que la vida es como una obra de teatro: no importa que sea larga, sino que esté bien actuada.

–  De acuerdo, Lucio Anneo, no importa vivir mucho tiempo, sino mucho; lo contrario solo favorece a médicos y farmacias.

Jorge: Ved de cuan poco valor son las cosas tras que andamos y corremos, que en este mundo traidor, aun primero que muramos, las perdemos.

Monje: Así es, Jorge. La vida en este mundo es como una barca de remos que en la mañana blanca se va sin dejar traza.

–  Dicho de manera terrestre: raudos ruedan nuestros años hacia el oscuro callejón del olvido.

Mark: No se me pongan tan trascendentales, que hoy es el mañana que ayer nos preocupaba.

Lao-Tse: Además, sea lo que sea, si tiene solución ¿por qué preocuparse? Y si no tiene solución ¿por qué preocuparse?

Marco Aurelio: Mi estoicismo no llegó a tan ataráxicas alturas, Lao-Tse, pero me serenó tener claro qué dependía de mí y qué no dependía de mí.

Baltasar: Y si lo que no depende de ti te da un mazazo, lo mejor es, Rodolfo, hacer de necesidad virtud: un aprieto oportuno convirtió a muchos en verdaderas personas, igual que estar a punto de ahogarse ha creado buenos nadadores.

– No dudo de que una gran dificultad puede engrandecernos, pero prefiero otras hormonas de crecimiento.

Séneca: Te comprendo, pero ten presente que no hay nadie menos afortunado que el hombre o la mujer a quien la adversidad olvida, pues no tiene oportunidad de ponerse a prueba.

– Tienes razón. Puesto que en la vida no siempre se gana y son más las veces que se pierde que las que se gana, el temple se mide por la capacidad de asimilar derrotas y de construir victorias, no solo a pesar de los fracasos sino a partir de ellos.

Mario: Y eso no solo a nivel individual, sino también colectivo. La historia tañe, sonora, su lección como campana: para gozar el mañana hay que pelear el ahora.

– Dice un adagio latino que el destino conduce a quien lo acepta y arrastra a quien se le resiste. Agrego que quien se resigna a su destino descubre pronto que el destino acepta gustoso su resignación.

Augusto: Interesante este intercambio entre muertos sobre el sentido de la vida. Recuerdo que cuando andaba vivito y coleando escribí que la vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un perpetuo movimiento.

– En ese movimiento, no aguardemos que nuestro cuerpo abdique, que el entusiasmo parta o que nos abandone la memoria de las cosas y de los seres queridos para ofrecernos el derecho de soñar y de ocuparnos de nosotros.

HoracioCarpe diem, amigo mío, que se escurren veloces los años, y no hay piadosa ceremonia que ataje las arrugas ni el avance de la edad o de la indomable muerte.

Octavio: Este instante es una isla combatida por el tiempo incesante.

Horacio: Pero ni los dioses pueden deshacer lo vivido, aunque no podamos retener la hora, el día que fluye, y habiendo fluido no retorna.

Rodolfo Ramón de Roux

Enero, 2022

12 Comentarios
0 Linkedin