Extrañamente privilegiado 

Por: Silvio Zuluaga
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No hay duda de que soy un privilegiado. Nací en una familia en donde los hijos eran una fortuna y un tesoro añorado. Tuve lo que todo niño debería tener: comida, abrigo, juguetes y cariño; padres llenos de ternura, abuelitos alcahuetas y hermanos juguetones y peleones y, además y por supuesto, las fábulas y las ilusiones correteaban por todos los rincones de las casonas que habitamos. 

Hace 66 años, cuando frisaba los 12, en medio de la inocencia infantil de aquellas épocas, entré al Seminario Menor de los jesuitas y empecé a sumergirme en un mundo fascinante donde conocí a los amigos de toda la vida, con quienes todavía comparto momentos inolvidables. Corrí con entusiasmo por campos verdes, por quebradas cristalinas y durante 17 años crecí dentro de una burbuja fascinante, cuando pensábamos que iríamos a salvar al mundo del pecado mientras nos dedicábamos desinteresadamente a ayudar al prójimo. Era algo de otro mundo.

Con el tiempo y con tranquilidad me fui escabullando y apartando de aquella vida bucólica y encontré unos horizontes fascinantes, como fueron la competencia y el amor. Me encantaron los trabajos que disfruté por cerca de 50 años, los cuales adelanté con pasión y siempre colaborando. Competía con fruición e innovación. ¡Qué tiempos tan agradables fueron aquellas jornadas productivas, viviendo en escenarios multiculturales en Colombia, México, Estados Unidos y Brasil! No solo fue un goce continuo trabajar por medio siglo, sino que con ello la familia disfrutó de un nivel de vida placentero, confortable y lleno de ilusiones. Finalmente, este período me permitió acopiar los recursos financieros para una vejez apacible, lo cual considero, además, otra faceta de mi vida llena de privilegios.

Luego apareció la bondad de Kathy, mi primera esposa, con quien transitamos sendas inusitadas y descubrimos parajes espléndidos y nos regalamos dos muchachos, Marc y David, quienes son nuestra alegría, acompañados por sus cómplices compañeras y sus hijos, nuestros nietos. El mundo del amor, de la convivencia, de la planeación de aventuras, de la búsqueda de nuevas fronteras nos mantenían ocupados y felices hasta que se nos fue agotando el amor mutuo.

Ahora bien, con Ro, mi segunda esposa, nos conocimos cuando ya ambos teníamos cuantiosos recuerdos en las mochilas y cada uno había trasegado por senderos diferentes. Ella llegaba con Silvia, su hija, quien después nos daría tres nuevos nietos y a su esposo. Ro, festiva y sensible, llega a la edad de la jubilación, la cual vivimos apoyándonos mutuamente y aventurando por doquier. Tenemos una afición especial y es la de visitar a nuestros hijos en Estados Unidos y en Suiza cada año y a renglón seguido nos escabullimos a otras culturas, a saborear cocinas diversas, a dejarnos sorprender por encantos naturales y sofisticados, tanto en Colombia como en más de los 30 países que hasta ahora hemos visitado juntos. 

¡Cómo no sentirme privilegiado con mi familia de nacimiento, con mis papás y hermanos, con los amigos de toda la vida, con mis dos esposas, hijos y nietos, con mis amigos y trabajos, que se han entrecruzado aleatoriamente, para generar un entramado de vivencias energizantes y positivas que se han convertido en una vida henchida de privilegios!

Ahora bien, mirando por el retrovisor los pasos vividos en estos 78 años me encuentro con un mundo extraño. Mi entrada a la Compañía de Jesús parece haber sido el producto de la metodología de búsqueda de personas con un perfil muy definido por parte de los jesuitas y la identificación de un niño juicioso en el seno de una familia de clase media católica-practicante. Con toda sinceridad les comento que nunca oí o sentí ese llamado explícito de Dios, llamado vocación, aunque eso sí, viví pleno en la compañía de Jesús.

 El Cristo que me llamaba la atención no era el Buen Pastor, ni el Cristo Rey, sino el Cristo de los pobres, figura que también se desvaneció con el pasar de los acontecimientos. A los 17 años hice votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, sin percatarme muy bien de lo que hacía. Por ejemplo, nunca me imaginé que el voto de pobreza era tener comida, abrigo, estudios, vejez y vacaciones seguras y de excelente nivel, a diferencia de las afugias, tensiones y limitaciones de quienes no habían profesado el voto de pobreza. Asimismo, las exigencias del voto de castidad y de obediencia iban apareciendo poco y se iban asimilando con naturalidad, entusiasmo y con la fortaleza que nos daban los ideales para los cuales nos estábamos formando. 

Del seminario menor pasé al noviciado, luego el estudio de filosofía y letras y después dos años de trabajo en las obras de la Compañía de Jesús. El último peldaño era estudiar teología para culminar con el sacerdocio. En ese momento se interpuso el padre Provincial para negarme la entrada al teologado. Al ver cerrada esa puerta le solicité al Provincial que me dejara estudiar economía, profesión que nunca he ejercido. 

Coincidencialmente, el agregado cultural de la embajada de Estados Unidos me ofreció una beca para optar a un magister en economía en el exterior y pude viajar por una carambola a cuatro o cinco bandas, debido a una pelea encarnizada entre el padre Provincial, que no quería dejarme ir, y mi padre espiritual, que reemplazó al Provincial por un mes y me facilitó la salida del país en forma apresurada ‒y diría que furtiva‒ a la Universidad de St. Louis en Estados Unidos para estudiar inglés. 

Después de tres meses de inmersión viajé al Departamento de Estado en Washington para reclamar la beca como era lo acordado y para gran sorpresa mía me dijeron que había habido un malentendido con el Icetex y que ahora ellos debían asignar las becas. Era preciso, entonces, hacer una llamada urgente al recién nombrado director del Icetex y hablar con el nuevo director, Augusto Franco. Increíble, pero cierto: Augusto había sido profesor mío en quinto de primaria en el colegio San Luis en Manizales. Quedé admirado al saber que se acordaba de mí y me aseguró que él se encargarìa del proceso, que no me preocupara, lo cual cumplió cabalmente. No sé si calificar esta situación como caótica o resultado del azar; ciertamente, estaba fuera de todo proceso racional de planeación. La inmersión en una cultura diferente, el inglés y el magister abrieron, sin planearlo, horizontes inesperados. 

El matrimonio con Kathy fue planeado para toda la vida y no resultó así. Mirando hacia atrás, de nuevo la obediencia, la castidad y el proceso de generar y administrar recursos económicos me parecieron más fáciles de cumplir dentro del ámbito de la Compañía de Jesús que fuera de ella y eso no sé si se debió a la diferencia de edad o al enclaustramiento e imaginarios potentes que manejábamos como religiosos.

El inicio de mi vida laboral fue azaroso y tortuoso. Dos veces fui despedido de mi trabajo, aunque me encontraba muy a gusto en ambas empresas. Llegué a Estados Unidos en la recesión de 1982 y la dificultad de encontrar trabajo me llevó a aplicar como vendedor de seguros de vida puerta a puerta, profesión que se catalogaba como la de mayor deserción laboral en Estados Unidos. En esa empresa llegué a vicepresidente comercial para las subsidiarias de MetLife ubicadas en América Latina, España y Portugal. 

Ya en edad de jubilación regresé a Colombia y coincidí en una reunión con César Vallejo, compañero exjesuita y rector de la Universidad Autónoma de Manizales quien me ofreció el trabajo de mi vida, en donde laboré hasta los 75 años cumplidos. Se trataba de coordinar un programa por medio del cual todos los estudiantes de todas las carreras universitarias se vinculaban a proyectos de paz y desarrollo en los municipios del Eje Cafetero durante un semestre completo. Un gran proceso de formación para los estudiantes y mucha huella en las instituciones y en las gentes de los municipios, veredas y resguardos indígenas del país. Disfruté esta época laboral como ninguna otra.

Como ven, la ejecución de lo poco que he planeado en mi vida ha resultado en logros diferentes a las metas originales. El azar ha jugado un papel preponderante en mi camino, lo mismo que la agilidad para responder a la cotidianidad del caos y la rapidez para usufructuar las oportunidades inesperadas. Los productos, por supuesto, han sido admirables: una niñez de ensueño; una juventud bucólica; una edad adulta energizante y amorosa, y una vejez saludable, confortable, amando y siendo amado y, por supuesto, plena de alternativas. Es patente que en todas las sendas en donde me he aventurado el azar, la casualidad y el caos han jugado un papel definitivo. 

Por eso, considero que el manejo adecuado del caos y del azar son indispensables en la vida, pero tampoco suficientes para garantizar el éxito. Reflexionando alrededor en cada instancia de mi vida, me he preguntado una y otra vez: ¿por qué he sido tan afortunado y por qué un número tan significativo de personas no ha sido tan privilegiado como yo? Sé que vivo en un mundo inequitativo e injusto. La realidad es un bicho extravagante, extraño e inexplicable, pero sin duda alguna la he disfrutado inmensamente en cada uno de sus estadios y, sin saber por qué, me ha beneficiado de manera desproporcionada.

Silvio Zuluaga

Diciembre, 2022

3 Comentarios

EDUARDO JIMENEZ 2 diciembre, 2022 - 6:03 am

Increbile periplo y narrado en forma amena y cautivante. ¡De verdad Silvio, hemos sido unos privilegiados, démosle gracias a Dios!

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Hernando+Bernal+A. 2 diciembre, 2022 - 11:54 am

Silvio: al hacer un recuento de tu exitosa vida planteas una serie significativa de temas sobre los cuales es preciso reflexionar y sacar conclusiones. Para mí uno de ellos es el de haber “vivido contento” en la Compañia, sin realmente haber “tenido vocación” para ello. Es algo que a mi manera también comparto plenamente contigo. El segundo tema que comparto es el del servicio a los más necesitados, sin pretender para ello sacrificar el modus vivendi, que te ha llevado a idear y realizar actividades, que también comparto contigo, como es la formación universitaria con inmersión en la realidad de las localidades y regiones. Graias por este relato sincero y provocativo. Saludos. Hernando

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John Arbeláez Ochoa 2 diciembre, 2022 - 6:15 pm

Silvio, más afortunados somos quienes hemos tenido el privilegio de caminar a tu lado por algunas de esas bonitas épocas que has descrito. Oh tu fortunate senex!!!
Tu espíritu positivo y propositivo es el que te ha abierto tantas puertas hacia la felicidad y hasta las ventanas están abiertas para una persona tan alegre y humanista como tú !!!
Es un honor haber compartido contigo y con todos los Nostrates momentos de felicidad, entrega e ilusiones. No importa el final, porque “se hace camino al andar” ,pero tu reflexión bien podría ser firmada por la mayoría de nosotros. Claro que eres y somos afortunados y muy afortunados!!!

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