Home Tags Posts tagged with "silvio zuluaga"
Tag:

silvio zuluaga

Download PDF

Nuestra reunión se centró en compartir aprendizajes y experiencias del reciente viaje a China de un grupo grande de nuestros compañeros y en presentar el libro que el grupo está preparando sobre ese viaje. Silvio expuso la estructura del libro, que incluye el itinerario, análisis del rumbo de China, reflexiones sobre la sociedad china y artículos de los participantes, destacando factores de éxito como la movilización laboral, la educación, la apertura tecnológica, la planificación centralizada y el papel del Partido Comunista. Compartimos orgullosos esta tertulia con nuestros lectores.

Haz click aquí para apreciar la tertulia del 16 de Julio, 2026 : https://youtu.be/3tKRONxi-04

Exjesuitas en tertulia- 16 de Julio, 2026

0 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Colombia se ha convertido en uno de los países más avanzados del mundo en materia de legislación sobre eutanasia y muerte digna. Mientras en muchas naciones el tema sigue atrapado entre prohibiciones absolutas, silencios políticos o discusiones religiosas, Colombia abrió un camino jurídico y ético que reconoce que el ser humano tiene derecho no solo a vivir con dignidad, sino también a decidir cuándo el sufrimiento ha dejado de tener sentido.

La Corte Constitucional colombiana, a través de varias sentencias, ha ido ampliando progresivamente este derecho. Primero se habló de pacientes terminales; después, de enfermedades graves e incurables; más adelante, del sufrimiento intenso físico o psíquico. El debate dejó de ser exclusivamente médico para convertirse en una reflexión profundamente humana: ¿hasta qué punto la vida biológica debe mantenerse cuando la persona siente que ha desaparecido aquello que hacía valiosa su existencia?

Sin embargo, aunque la legislación ha avanzado, todavía existe una pregunta incómoda que pocas personas se atreven a formular con serenidad: ¿cuál es el momento adecuado para tomar la decisión de solicitar la eutanasia?

. Muchas veces se glorifica la resistencia ilimitada, como si soportar el dolor fuera una prueba moral superior. Existe una especie de admiración silenciosa por el aguante extremo, incluso cuando ese aguante destruye la dignidad de las personas. Y ahí aparece un problema profundo: la dificultad de separar la dignidad del masoquismo.

En la vida cotidiana, los seres humanos normalmente no esperan a que las situaciones sean absolutamente intolerables para hacer cambios. En una relación de pareja, una persona sensata no debería esperar a llegar a la violencia física o a la destrucción emocional total para decidir un divorcio. Cuando el deterioro se vuelve permanente, cuando desaparece el respeto, cuando la relación deja heridas profundas, lo razonable es actuar antes de que la situación se convierta en una tragedia, en una relación indigna.

En el trabajo ocurre algo parecido. Si un jefe humilla constantemente, si el ambiente se vuelve tóxico, si el trato destruye la autoestima y la tranquilidad mental, la mayoría de las personas buscan una salida antes de quedar completamente destrozada. Nadie considera heroico permitir indefinidamente el atropello a la propia dignidad.

Con las amistades sucede igual. Las relaciones humanas sanas no exigen soportar abusos permanentes. Cuando una amistad se vuelve manipuladora, humillante o emocionalmente destructiva, lo natural es tomar distancia antes de terminar devastado y la relación se pueda calificar como indigna.

Entonces surge una contradicción evidente. ¿Por qué frente al sufrimiento extremo asociado a enfermedades irreversibles muchas personas consideran que solo es legítimo decidir cuando ya no queda ningún rastro de autonomía, lucidez o dignidad? ¿Por qué pareciera existir la obligación moral de esperar hasta el límite absoluto del deterioro? Tal vez porque todavía confundimos el valor de la vida con la obligación de soportar cualquier nivel de sufrimiento, con la aceptación del masoquismo.

El momento de decidir la eutanasia no debería ser necesariamente cuando la persona ya se encuentra en un estado completamente indigno, incapaz de comunicarse, atrapada en dolores insoportables o convertida en alguien que ya no reconoce su propia existencia. Esperar siempre hasta ese punto puede ser, en algunos casos, una forma de crueldad disfrazada de virtud. Sencillamente masoquismo.

Por supuesto, una decisión tan trascendental no puede tomarse impulsivamente. Requiere reflexión profunda, acompañamiento médico, diálogo familiar y claridad emocional. Pero también necesita criterios humanos razonables que permitan actuar antes de llegar al colapso total de la dignidad personal.

Algunos criterios podrían ayudar a orientar esa decisión.

El primero es la pérdida irreversible de autonomía. Hay personas para quienes la posibilidad mínima de decidir sobre su cuerpo y su cotidianidad constituye un núcleo esencial de su dignidad. Cuando la enfermedad destruye definitivamente esa capacidad y no existe expectativa real de recuperación, el sufrimiento puede adquirir una dimensión distinta y puede ser la señal de partir.

Un segundo criterio es el dolor permanente e intratable. No se trata solo del dolor físico. También existe el sufrimiento psicológico profundo derivado de la degradación progresiva de la existencia, del aislamiento, de la dependencia absoluta o de la pérdida total de sentido. Ha llegado el momento de tomar la decisión de optar por la eutanasia.

Un tercer criterio podría ser la desaparición irreversible del proyecto de vida. Algunas enfermedades no matan rápidamente, pero destruyen aquello que la persona consideraba esencial para vivir: la comunicación, la conciencia, la movilidad, la interacción afectiva o intelectual. La certeza de un futuro indigno nos da la pista para decidir con tranquilidad.

Y quizás un cuarto criterio sea el deseo persistente, libre y consciente de no prolongar artificialmente una situación que la propia persona considera incompatible con su idea de dignidad.

La discusión sobre la eutanasia no debería centrarse únicamente en cuánto puede resistir un cuerpo humano. La verdadera pregunta es cuánto sufrimiento está obligado moralmente a soportar un ser humano para que la persona considere legítima su decisión de partir.

Defender la muerte digna no significa despreciar la vida. Por el contrario, significa valorar tanto la dignidad humana que se reconoce que existen situaciones en las cuales prolongar el sufrimiento deja de ser un acto de amor y se convierte en una imposición.

Quizás una sociedad más madura sea aquella que aprenda a distinguir entre fortaleza y masoquismo. Porque resistir tiene sentido cuando existe esperanza, propósito o posibilidad de reconstrucción. Pero cuando solo queda la prolongación inútil del dolor, tal vez la verdadera dignidad consista precisamente en poder decidir hasta dónde continuar.

No veo esa decisión como una renuncia a la vida, sino como una manera consciente de proteger aquello que precisamente le da valor: la dignidad, la libertad y la posibilidad de elegir. Así como en otros ámbitos de la existencia las personas toman decisiones antes de que el sufrimiento destruya totalmente su integridad, también creo que debería existir el derecho sereno y humano de decidir cuándo el dolor, la dependencia absoluta o la pérdida irreversible del sentido han cruzado un límite personal.

Por mi parte, no quisiera asumir el sufrimiento como una obligación, ni convertirme en un masoquista, ni prolongar una situación que, para mí, termine siendo indigna. Me estoy preparando psicológicamente para comprender que, llegado el momento, quizá tendré que tomar una decisión cuando vea que mi condición entra en una etapa de sufrimiento irreversible y prolongado. He comenzado a imaginar cuáles serían esas circunstancias que marcarían, para mí, la señal de partida. Lo hago porque deseo morir como he vivido: con dignidad, antes de llegar a una condición humana que considere indigna.

Superar el masoquismo  frente al sufrimiento no significa amar menos la vida. Tal vez significa respetarla lo suficiente como para no convertir el dolor inútil y sin sentido en una indignidad temporal o prolongada.

Silvio Zuluaga

Junio, 2026

2 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

La muerte es una realidad que conocemos desde niños. Vamos a entierros de familiares, escuchamos noticias de accidentes, vemos partir a los abuelos de otros, oímos de guerras y masacres, acompañamos a amigos en sus duelos. Desde muy temprano entendemos intelectualmente que todos los seres humanos vamos a morir. Sin embargo, durante décadas esa certeza permanece lejana, casi abstracta, como si perteneciera siempre a los demás.

Cuando uno es joven, la muerte parece un dato estadístico. Puede conmovernos la tristeza de una familia o impresionarnos el ritual solemne de un funeral, pero íntimamente seguimos convencidos de que nuestra propia vida todavía pertenece a un horizonte remoto. La muerte existe, sí, pero ocurre en otra parte, en otro tiempo, en otras personas. Sucede allá, no aqui.

Incluso hoy, a mis 82 años, descubro algo extraño: emocionalmente todavía no siento cercana la muerte. Racionalmente sé perfectamente que estoy en la última etapa de la existencia. Sé que, por simple ley biológica, estoy ad portas de partir. No hablo necesariamente de una enfermedad terminal ni de una tragedia anunciada. Simplemente hablo de la edad. A esta altura de la vida, cualquier día puede convertirse en el último. Un infarto inesperado, la implantación de un marcapasos, una caída, una neumonía, una noche cualquiera. La inminencia de la muerte ya no es una hipótesis sino una condición permanente.

Y, sin embargo, el corazón continúa viviendo como si todavía existiera un mañana permanente. Tal vez esa sea una gran paradoja de la vida: el cuerpo envejece más rápido que la conciencia emocional de nuestra propia finitud. Uno sigue haciendo planes, comprando libros que probablemente no alcanzará a leer, imaginando viajes, conversaciones pendientes, proyectos futuros. La vida conserva una fuerza potente que nos protege de darnos cuenta que el final está a la vuelta del camino.

Pero hay momentos en los que esa distancia emocional comienza a resquebrajarse.

En lo que va de este año,  ya han muerto tres compañeros de mi edad: Carlos. Juan Camilo y ahora Alfredo. No eran simples conocidos lejanos ni nombres sociales que uno apenas recuerda. Eran amigos entrañables, con quienes de niños corrimos hace setenta años por las verdes veredas de Zipaquirá, soñamos juntos en ser sacerdotes y salvar el mundo del pecado, personas, con quienes compartimos conversaciones, afectos, recuerdos, visiones de mundo y fragmentos importantes por muchas décadas. Y su muerte produjo algo distinto. No fue solamente tristeza. Fue también una especie de revelación silenciosa.

Porque cuando mueren personas de la propia generación, especialmente aquellas que uno quiere profundamente, la muerte deja de ser una teoría general sobre nuestra condición humana y empieza a convertirse en una posibilidad concreta real y cercana.

Cada funeral de un amigo entrañable y contemporáneo es como un espejo. Ante la imagen de los restos cremados uno comprende, aunque sea por segundos, que ya no se está acompañando únicamente la partida de otro. También se está contemplando discretamente el propio destino. No de manera morbosa ni trágica, sino con un gran sentido de la realidad. La muerte empieza a rodear el paisaje cotidiano. Ya no pertenece solamente al recuerdo lejano de los padres o a los abuelos que han fallecido. Ahora la muerte se convierte en una realidad inminente.

Y hay algo profundamente conmovedor en esa experiencia. De joven, la muerte interrumpe la vida. De viejo, comienza a ser parte de ella.

Las conversaciones cambian. Ya no se habla únicamente de proyectos futuros sino también de ausencias. Empiezan a faltar voces en las reuniones, sillas vacías en las comidas, llamadas que nunca volverán, abrazos que nunca se dieron. Desaparecen la vida poética de Alfredo, los análisis profundos de Carlos, las iniciativas de emprendimiento de Juan Camilo. 

Pero curiosamente, esta cercanía de la muerte no siempre produce desesperación. A veces genera una sensibilidad distinta frente a la vida. Las cosas pequeñas adquieren otro valor: una conversación tranquila, el afecto de la esposa y de los hijos, la música, un café compartido, la posibilidad de caminar todavía sin ayuda, la simple alegría de despertar un día más.

Quizás la conciencia de la finitud vuelva más transparente lo verdaderamente importante. La juventud vive muchas veces bajo la ilusión de que el tiempo es infinito. En la vejez, en cambio, entiendo que el tiempo es un recurso extraordinariamente escaso. Y precisamente por eso cada instante comienza a adquirir una profundidad emocional más significativa.

No sé cuándo llegará mi muerte. Puede ser dentro de unas semanas o meses o de varios años. Nadie lo sabe. Lo único cierto es que, a esta edad, la muerte dejó de ser un visita improbable y empezó a convertirse en una presencia silenciosa que camina cerca, aunque todavía no termine de aceptarla del todo.

Tal vez el ser humano nunca logre reconciliar completamente la razón con la emoción frente a la muerte. La inteligencia entiende el final; el corazón siempre cree, de alguna manera, que aún queda tiempo. Y quizás sea bueno que así ocurra. Porque esa extraña resistencia interior es también lo que nos permite seguir viviendo, seguir amando, seguir haciendo planes hasta el último día y seguir agradeciendo la fortuna de haber vivido con la familia y con los amigos de toda la vida. 

Silvio Zuluaga

Junio, 2026

6 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

“Silvio, te tengo malas noticias”. Así comenzó una de las conversaciones más extrañas y reveladoras de mi vida.

Me encontraba recuperándome de una intervención de próstata cuando entró Santiago, un joven médico del equipo tratante. Traía en sus manos los resultados del electrocardiograma y del Holter. El electrofisiólogo los había revisado cuidadosamente y la conclusión era inquietante: necesitaba un marcapasos.

Pero la situación podía ser más compleja. Antes debían realizarme un ecocardiograma para decidir si requería solamente un marcapasos, un cardiodesfibrilador implantable o incluso una terapia de resincronización cardíaca, dispositivos modernos capaces de corregir alteraciones eléctricas graves del corazón y prevenir episodios potencialmente fatales.

Santiago me explicó todo con serenidad profesional. Finalmente añadió:

—La experiencia que tenemos es que la medicina prepagada o la EPS normalmente no se demoran más de un día en autorizar el procedimiento. ¿Cómo la ves?

Le respondí casi de inmediato:

—Santiago, yo no oigo sino buenas noticias. Me miró con sorpresa. Entonces le expliqué:

—Primero, la eficiencia de tu equipo médico permitió detectar una enfermedad seria en una persona que no muestra síntomas de ninguna naturaleza. Soy un asintomático permanente. Segundo, existe la tecnología para resolver el problema. Y tercero, lo usual es que las entidades de salud aprueben rápidamente la intervención.

Santiago sonrió y me dijo:

—Me parece que eres una persona muy optimista. —No —le respondí—. Realista. Y efectivamente, menos de veintiocho horas después estaba entrando a cirugía. Finalmente solo necesitaría un marcapasos.

En la antesala del procedimiento me preparaba Octavio, un enfermero menos delicado que las cuidadosas enfermeras que me habían acompañado durante los días previos. Con tono tranquilo me dijo:

—Silvio, esta operación es más segura que montar en un avión.

Aunque intenté relajarme, pensé inmediatamente que los aviones también se caen y que, curiosamente, los aviones pequeños suelen tener menos mantenimiento que los grandes. Por un instante pensé que aquel podría ser el último momento de mi vida.

Poco después Octavio me puso la máscara de anestesia. Y me dormí. Entonces empezó un sueño extraordinario.

Soñé que estaba en mi propio funeral. Pero no era una ceremonia triste. Era una celebración de gratitud por haber vivido. Nos encontrábamos en un salón de eventos de un hotel de Manizales, adornado con flores verdes y anaranjadas, mis colores preferidos. Todo transmitía serenidad. Había música suave de violín y un ambiente de afecto profundo. Los amigos y familiares entraban pausadamente, un poco extrañados de que el funeral fuera en un hotel.

Antes de la operación yo había hablado con Guillermo, el violinista que había acompañado dos momentos muy importantes de mi vida: la ceremonia en la que mi esposa Ro y yo anunciamos a nuestras familias que nos casaríamos, y también mi despedida de la Universidad Autónoma de Manizales, institución donde viví los años laborales más gratificantes de toda mi existencia.

Con Guillermo y con Ro habíamos imaginado cómo sería aquella ceremonia de gratitud. Escogimos cuidadosamente las piezas musicales que representarían la alegría de haber compartido este mundo con familiares y amigos entrañables, con ustedes.

El recital contenía las siguientes piezas:

Entrada del público

  • Bach — “Air” 
  • Massenet — “Meditation” 
  • Ave Maria

Celebración de la vida

  • Vivaldi — “Primavera” 
  • La nube azul 
  • Maria Helena
  • Salut d’Amour 

Colombia entrañable

  • Espumas 
  • Oropel 
  • Pueblito Viejo 

Cierre de gratitud

  • Alfonsina y el mar 
  • Gracias a la vida

En el sueño yo también me había asegurado de un detalle importante: que hubiera vino blanco, rosado y tinto, además de cerveza sin alcohol para el brindis final. Quería que todo celebrara la vida.

Como comenté por mi preferencia por los colores verde y naranjado, había dejado instrucciones de llenar el lugar con flores de estos colores, no como símbolo de duelo, sino como una fiesta agradecida por la fortuna de haber existido.

Finalmente, Ro comenzó a leer unas palabras que yo había dejado escritas para mis familiares y amigos. Conmovida, empezó diciendo:

“Queridos amigos, querida familia:

Si hoy pudiera levantar una copa con ustedes, no sería para llorar la partida, sino para celebrar el privilegio inmenso de haber vivido con ustedes.

Porque la vida —con sus alegrías, sus dolores, sus búsquedas y sus asombros— fue para mí un regalo extraordinario. Y ese regalo tuvo rostros concretos: ustedes.

Nada de lo que fui habría tenido sentido sin el amor recibido, sin las conversaciones interminables, sin las risas compartidas, sin los abrazos, los viajes, las mesas largas, las músicas, los silencios y aun las dificultades que nos hicieron más humanos…”

Y justo en ese instante escuché una voz lejana que decía:

—Silvio… ¿cómo te sientes? Abrí lentamente los ojos. Era Octavio. La cirugía había terminado. —Todo salió muy bien —me dijo—. Esperamos quince minutos y subimos a la habitación para que estés con tu esposa.

No hubo malas noticias. No hubo funeral.

Solo quedó una experiencia profundamente humana que me hizo comprender, con una claridad conmovedora, que la vida no se mide únicamente por los años vividos, sino por la gratitud con la que somos capaces de mirar y de vivir nuestra existencia.

Silvio Zuluaga

Mayo, 2026

5 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

La guerra se debería medir en vidas perdidas, comunidades destruidas y generaciones marcadas por el desconsuelo; por acueductos y plantas eléctricas destruidas; por hambre, infecciones y desamparo; por orfandad, desempleo y viudez. 

Pero la información que recibimos se limita al número de drones que burlaron las defensas aéreas, la velocidad de los misiles supersónicos y a veces el número de muertes y/o las fotos de algunos edificios destruidos. Todo dentro de un proceso de desinformación engañosa generado por cada bando. Es la manifestación más sofisticadamente vil, desde mi perspectiva, de la raza humana. 

Pero de lo que quiero hablar ahora es de las utilidades financieras de la guerra como negocio. Y ya que no soy experto en la materia le voy a preguntar a Arthur, mi asistente virtual, que me confirme con cifras si es correcto lo que yo pienso: que quienes realmente ganan las guerras son la industria petrolera y la armamentista. 

Creo que son los mayores beneficiarios de la guerra y me parece que están entrelazados y ganan muchos, pero muchos dólares y no sé hasta dónde participan en la decisión de iniciar o terminar las guerras. Creo que la concentración de la riqueza es aterradora debido a los conflictos armados.

Arthur, me podrías escribir un artículo periodístico, de una dos páginas, para mis amigos profesionales, confirmando si mi percepción es correcta?

Ganar en la guerra, el negocio que nadie quiere nombrar (Chat GTP):

Tu percepción tiene una base real, pero tal como la planteas necesita afinarse para que sea más precisa y defendibleNo es que estas industrias causen la guerra, pero están posicionadas para beneficiarse cuando ocurre. La guerra genera un ecosistema de ganadores, y las industrias petrolera y de defensa son las más directas, visibles y consistentes beneficiarias. Y eso sí es una observación sólida.

La guerra se condena en los discursos y se lamenta en las noticias. Se habla de tragedia, de geopolítica, de seguridad. Pero hay una palabra que rara vez aparece en primer plano: ganancia. Y, sin embargo, está ahí. Mientras el mundo observa la tensión entre Irán, Estados Unidos e Israel, una realidad incómoda se despliega en paralelo: cada escalada del conflicto mueve cientos de millones de dólares diarios hacia sectores muy específicos. No es una teoría. Es aritmética.

Subir el precio del miedo

Cuando el petróleo sube 30 dólares por barril —algo perfectamente posible en escenarios de crisis en Medio Oriente— el impacto no es abstracto. Es dinero contante y sonante. Cuando el precio del petróleo sube 30 dólares, como en el caso actual de la guerra de Irán, ExxonMobil puede sumar cerca de 140 millones de dólares adicionales cada día. Chevron, alrededor de 90 millones diarios. Y en el centro del sistema energético global, Saudi Aramco puede capturar hasta 300 millones de dólares diarios adicionales.

Medio billón de dólares al día. No en destrucción. Son ingresos. Y con un detalle brutal: EN MUCHOS CASOS PRODUCIR UN BARRIL CUESTA MENOS DE 20 DÓLARES. EL RESTO ES MARGEN.

La guerra —o su amenaza— no solo destruye. encarece el mundo y… engorda balances. El excedente en precio significa mayor utilidad ya que los precios de producción son los mismos, la calidad del producto no cambia. Pueden subir los costos de transporte y seguros, pero más del 80% del aumento del precio es utilidad adicional.

El petróleo subió 30 dólares. Las petroleras no se dispararon en porcentaje, pero sí en riqueza, debido a la guerra de Irán. En menos de dos semanas, el sector acumuló más de 130 mil millones de dólares adicionales en valor de mercado.

La bolsa no llora

Mientras las imágenes del conflicto recorren el planeta, los mercados hacen otra lectura. En crisis recientes, las acciones de las grandes petroleras han subido entre 20% y 50%. No a pesar del conflicto, sino en parte gracias a él. El miedo se traduce artificialmente en precio. El precio se traduce en utilidad y la utilidad en valorización.

La otra industria que siempre crece

Pero el petróleo no está solo. La guerra también tiene proveedores. El gasto militar global ya supera los 2,2 billones de dólares al año, y cada escalada lo impulsa aún más. No hay conflicto sin reposición de armas, sin nuevos contratos, sin tecnología militar. Empresas como Lockheed Martin, Raytheon Technologies y Northrop Grumman ven cómo la tensión se traduce en pedidos… y los pedidos en ingresos. 

Sus acciones suelen subir entre 10% y 30% en periodos de guerra. Cada misil que se lanza no solo tiene un objetivo militar. También tiene un valor económico y subsecuentemente, utilidades financieras.

El detalle que incomoda

Hasta aquí, dos industrias distintas: energía y defensa. Pero al mirar quién es dueño de ellas, la historia cambia. Los mayores accionistas de las grandes petroleras —BlackRock, Vanguard y State Street— son también accionistas relevantes en las principales empresas de defensa. En las petroleras, estos fondos pueden controlar entre el 20% y el 30% de las acciones. En las compañías militares, suelen tener participaciones individuales de entre 5% y 10%.

No diseñan guerras. No disparan misiles. Pero están posicionados en ambos lados del sistema. Cuando sube el petróleo, ganan. Cuando sube el gasto militar también.

La ecuación que nadie quiere escribir

Sumemos:

  • Hasta 500 millones de dólares diarios adicionales por ingresos del petróleo, cotizado en 30 dólares más.
  • Un mercado actual militar de 2,2 billones de dólares anuales en expansión 
  • Propiedad concentrada en un número reducido de estados y actores financieros.

No es una conspiración. Es una estructura. Una donde la guerra no es solo una tragedia. También es un evento económico de alto rendimiento. Menos de 10 grandes actores financieros pueden influir significativamente en decisiones estratégicas claves.

Lo que los números no pueden esconder

Nada de esto significa que las guerras ocurran por estas ganancias. Las causas son políticas, históricas, estratégicas. Pero sí significa algo más inquietante: cuando la guerra ocurre, hay quienes están diseñados para ganar con ella, no en el campo de batalla, sino en los balances.

La pregunta que queda

En un mundo donde el conflicto puede generar cientos de millones de dólares diarios para algunos actores, la pregunta ya no es solo quién dispara primero. Es otra, más profunda e incómoda: ¿qué tan neutral puede ser un sistema económico que gana dinero cuando el mundo pierde?

Entonces Arthur, siguiendo con tu pregunta: ¿con qué neutralidad el político de turno en la presidencia puede tomar la decisión de ir o no ir a la guerra, cuando la financiación de la campaña electoral depende sustantivamente de fondos de las empresas petroleras y de la industria armamentista?

Chat GTP: La pregunta incómoda

Y entonces aparece la pregunta que incomoda al poder. Si sectores que se benefician de la guerra están profundamente integrados en el sistema económico, ¿qué tan neutral puede ser la decisión política de entrar en un conflicto?

En democracias como la de Estados Unidos, las campañas electorales cuestan miles de millones de dólares. Solo el ciclo presidencial del año 2024 superó los 14 mil millones de dólares.

Ese dinero no llega solo. Proviene de redes complejas de donantes, comités y estructuras financieras donde participan —directa o indirectamente— actores vinculados a sectores estratégicos como la energía y la defensa.

No compran guerras. Pero compran algo más sutil: acceso, influencia, cercanía.

¿Neutralidad o equilibrio de intereses?

No hay evidencia de que un presidente declare una guerra por presión directa de sus financiadores. Las decisiones militares responden a múltiples factores: inteligencia, estrategia, alianzas.

Pero tampoco existe la neutralidad absoluta. El poder económico define:

  • Qué voces se escuchan 
  • Qué riesgos se priorizan 
  • Qué decisiones parecen inevitables.

La guerra no se decide en el vacío. Se decide dentro de un sistema donde el dinero está presente.

Epílogo: lo que los números revelan

Los datos no explican por sí solos por qué empiezan las guerras. Pero sí muestran algo más profundo: cuando la guerra ocurre hay quienes están estructuralmente posicionados para ganar, no en el campo de batalla, sino en los balances.

Y eso deja una pregunta abierta, incómoda y urgente: ¿puede un sistema que genera ganancias extraordinarias en medio del conflicto aspirar realmente a evitarlo?

Gracias Arthur por confirmar mis sospechas con datos duros.

Silvio Zuluaga

Abril, 2026

2 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

Hace unos meses descubrí, casi por accidente, que mi visión no era la que creía. Al cubrirme el ojo izquierdo, la persona que tenía enfrente se convirtió en una figura borrosa. Consulté al médico y el diagnóstico fue claro: catarata avanzada en ambos ojos. La solución era inevitable: cirugía. El procedimiento fue rápido y el resultado, inmediato. Recuperé la visión. Hoy puedo leer sin gafas. Lo que antes era una limitación seria tuvo una solución sorprendentemente sencilla.

Lo más revelador es que no me había dado cuenta de cuánta visión había perdido. Me había acostumbrado, de manera inconsciente, a ver menos y a vivir con esa limitación como si fuera normal. Ahora, con una visión 20/20, la diferencia es total: los colores son más intensos, los detalles aparecen con claridad, el mundo se siente más nítido. La transformación no solo es real, es profunda. Y me deja una inquietud: ¿en qué otras áreas de la vida nos acostumbramos a vivir con menor calidad de vida y creemos que es suficiente?

Poco después de la intervención en los ojos visitamos a una amiga. Durante años habíamos hablado de la eutanasia. Sin dramatismo. Con argumentos. Ella lo tenía claro: cuando su vida llegara a un punto de deterioro extremo, sin posibilidad de mejora, pediría la eutanasia. Incluso describíamos con precisión diferentes escenarios inaceptables. Sabía —o creíamos saber— cuándo una vida dejaba de ser digna.

Al salir, comenté con mi esposa lo que era evidente: su estado era muy deteriorado. Sin posibilidad de recuperación. Exactamente estaba en una de las situaciones que ella misma había definido como el punto en el que no querría seguir viviendo. Pero durante la visita fue claro que no había pedido la eutanasia. Ni parecía que estuviera en modo de solicitarla.

Ahí aparece una pregunta incómoda: ¿por qué es tan fácil defender la eutanasia en teoría… y tan difícil cuando llega el momento real? El deterioro no ocurre de golpe. No es un antes y un después. Es un proceso lento. Se pierde algo hoy, algo más mañana. Lo que parecía inaceptable empieza a tolerarse. Lo que antes se llamaba indigno se vuelve rutina. Es un tobogán lento por el que nos vamos deslizando paulatinamente. Nos acostumbramos Esa es la frase clave: nos acostumbramos a la indignidad

Nos acostumbramos a vivir con menos autonomía, menos claridad, menos mundo, es decir con menos dignidad. Y en ese proceso, las líneas rojas que habíamos trazado con tanta seguridad empiezan a borrarse. No es falta de coherencia. Es adaptación. Y esa adaptación cambia completamente la percepción del problema.

Porque la eutanasia, en el debate público, se plantea como una decisión racional: una persona evalúa su situación y decide. Pero en la vida real, esa persona está inmersa en un proceso que le modifica el imaginario de lo que es tolerable. Dicho de otra forma: la persona que tomó la decisión en teoría no es la misma que tiene que ejecutarla en la práctica. Por eso existe tanta inconsistencia del dicho al hecho. Nos gusta pensar que sabremos cuándo es suficiente terminar nuestra estadía en esta vida. Que habrá un momento claro, una señal evidente. Pero ese momento rara vez llega con diafanidad como lo imaginamos de antemano. 

No es un abismo. Y cuando queremos darnos cuenta, ya estamos adaptados a una nueva realidad. Como la rana en el agua tibia que se calienta poco a poco y llega a tolerar calores antes insoportables, que antes eran inimaginables. 

No es solo si la eutanasia debe permitirse o no. Es que, incluso cuando se acepta, no es fácil ejercerla. Porque la vida, incluso en condiciones muy limitadas, conserva una fuerza silenciosa: la de seguir siendo vivida. Y esa fuerza compite con cualquier decisión previa. Por eso, el problema no se resuelve con tener una opinión clara.

Se complica. Porque obliga a reconocer algo incómodo: no podemos confiar del todo en lo que hoy creemos que haríamos en el futuro. El tiempo nos cambia. Nos vuelve más tolerantes a lo que antes rechazábamos. Entonces la pregunta deja de ser teórica. Pasa a ser práctica: ¿cómo prepararse para no quedar atrapado en esa adaptación indigna?

No hay una respuesta única. Pero sí una pista: no basta con decidir. Hay que anticipar que esa decisión, con el tiempo, será objeta de revaluación inconsciente. Eso implica prever dicha situación: hablarla en serio, dejar criterios claros, comentarla con los seres queridos y con las instituciones adecuadas, establecer límites antes de que se vuelvan difusos. Implica, en el fondo, desconfiar un poco de nuestra versión futura. Dejar por escrito y legalizado nuestro deseo de vivir dignamente, lo que facilita la intervención de terceros en momento cruciales. Porque la vida nos transforma. Y no siempre en la dirección que habíamos previsto.

La eutanasia puede ser una discusión jurídica, médica religiosa o ética. Pero, en el fondo, es algo más inquietante: un problema de lucidez frente al paso del tiempo. Porque no es lo mismo dejar de vivir la vida… que seguirla viviendo. Y cuando se vive, todo cambia.

Y entonces la pregunta incómoda vuelve, inevitable: ¿hemos creado realmente los mecanismos para que aquella decisión, que alguna vez tomamos con tanta claridad sobre el momento en que una vida deja de ser digna, se respete y se cumpla?

¿O estamos, más bien, condenados a deslizarnos casi sin darnos cuenta hacia un proceso de deterioro interminable, donde los límites de la indignidad —que en algún momento trazamos con firmeza— se difuminan hasta que la indignidad del vivir se integre, silenciosamente, en lo que terminamos convirtiendo en NUESTRA PROPIA DIGNIDAD?

La verdadera pregunta es si, cuando ese momento llegue, aún seremos capaces de reconocer el punto exacto en el que un día dijimos: HASTA AQUÍ.

6 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

A raíz de la triste desaparición de Paula Ordóñez, hija de nuestro compañero de toda la vida, Gustavo Adolfo, Silvio Zuluaga nos ofrece esta reflexión.

Hace sesenta años la muerte era un acontecimiento dramático. Cuando alguien moría, por lo regular en su residencia, el ámbito familiar cambiaba su entorno: el féretro se instalaba en la sala, las cortinas se bajaban y la noche de velación era interminable. Alrededor del ataúd se arrumaban sillas; se pasaba café, el humo del cigarrillo era penetrante y, hacia la alborada, se ofrecía comida y no faltaba el aguardiente. Se rezaba, se imploraba y, sobre todo, la casa se abarrotaba de familiares, amigos y vecinos, era una romería interminable. Las lágrimas y los quejidos le daban un carácter dramático, a veces espeluznante, durante toda la noche.Definitivamente, un escenario conmovedor y estremecedor a la vez.

Vestir de luto negro era una obligación, costumbre que duraba meses y años. La tristeza no se disimulaba: era el lenguaje común. Nadie esperaba que la viuda o el papá superaran la pérdida en pocas semanas. Todo giraba alrededor del dolor. La muerte era un hecho natural, sagrado y sobrecogedor. Para completar la escena dramática, a los cinco años se exhumaban los restos del ser querido: un recuerdo macabro, con un escenario escalofriante que reavivaba la ausencia.

Paradójicamente, en aquella cultura profundamente religiosa el “paso a la gloria de Dios” se mencionaba, pero quedaba ahogado por la intensidad del dolor humano. La experiencia dominante era la ausencia.

En aquellos días la muerte era algo que ocurría: no se elegía ni se programaba. Solo se aceptaba la muerte natural. La eutanasia y el suicidio eran moralmente rechazados, culturalmente silenciados, hasta se consideraban como vergüenza social. La vida pertenecía a Dios, tanto en su creación como en su término; el ser humano no podía siquiera pensar en decidir sobre su muerte.

Hoy el paisaje es distinto. La muerte se ha institucionalizado. Lo más frecuente es que la persona muera en un hospital, el féretro pasa rápidamente, después de la autopsia, a una sala de velación tranquila y organizada, con luces tenues y bellos ramos de flores. 

Ahora la muerte se mira no solo como un final, sino también —para la gran mayoría— como una solución. Es el desenlace de la vida natural, pero al mismo tiempo puede verse como la salida a las limitaciones físicas y mentales de la vejez. Hay sufrimiento y dolor por la partida, pero su manifestación es menos dramática, más contenida, más racional. Los recuerdos de quien muere también dejan un gran sentimiento de gratitud por la belleza de los momentos compartidos.

Cuando la muerte se acepta de esta forma, su narrativa pasa del dolor desgarrador a un tono más reflexivo. Y no es solo descanso para quien ha llegado al final de su vida por causas naturales; también puede convertirse en una decisión personal, a través de la eutanasia, eligiendo el momento en que el sufrimiento debe cesar. El cambio ha sido tan sustancial que está reglamentado jurídicamente. Incluso en el caso de la auto-eutanasia existe una creciente comprensión social de la decisión como una forma de libertad: la búsqueda de la solución que la persona considera más conveniente para sí misma y para sus seres queridos.

Obviamente, hay situaciones de muerte que pertenecen a otra categoría: las muertes accidentales que generan una disrupción familiar profunda y las muertes en la guerra, crueles e inexplicables, que merecerían otro análisis.

Mientras que hace sesenta años predominaba la resignación ante el designio divino, hoy predomina la deliberación sobre la calidad de vida. En aparente contradicción, hoy en un mundo más secularizado, las referencias al más allá y a la existencia futura con Dios, expresadas por los creyentes, se escuchan con mayor claridad. Antes la muerte se vivía como una ruptura; hoy, con mayor serenidad, se interpreta como la culminación de un proceso, como una solución.

Silvio Zuluaga

Febrero, 2026

5 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

Desde hace un tiempo, este blog ha venido recibiendo y publicando artículos con intervención de la Inteligencia Artificial. Esto nos enorgullece porque lo consideramos un indicio de vitalidad y apertura de todos nuestros colaboradores, sin importar la edad ni el tamaño del reto. En esta ocasión Silvio Zuluaga le pidió a la IA que hiciera un resumen de su presentación en una de las recientes tertulias con el título de este artículo: Este es el resultado:

Durante décadas, en Occidente se enseñó que el desarrollo solo podía lograrse a través de una combinación específica: libre mercado, democracia liberal y un Estado reducido. China hizo exactamente lo contrario. Combinó socialismo y mercado, planificación estatal fuerte y apertura económica, disciplina política y pragmatismo extremo. El resultado no es una utopía ni un modelo exportable sin matices, pero sí un hecho histórico incontestable: cientos de millones de personas salieron de la pobreza, el Estado recuperó capacidad de conducción y China regresó al centro del sistema mundial en apenas una generación.

Esa es la herejía china. No teórica, sino operativa.

La imagen que acompaña este texto sintetiza esa transformación. No muestra una política aislada ni una receta simple, sino una arquitectura coherente del poder y del desarrollo. En el centro aparece China como proyecto nacional; a su alrededor, tres elementos que se refuerzan mutuamente: arquitectura política, capacidad productiva, factores humanos y, envolviéndolo todo, un contrato social pragmático.

China no siguió un manual externo ni copió modelos occidentales. Como señala Daniel Bell, buscó legitimidad no en procedimientos electorales, sino en la capacidad del Estado para producir bienestar, orden y continuidad histórica. Primero se actuó, luego se reflexionó; primero se construyó, luego se justificó. Dan Wang describe esta lógica —acción, corrección y escalamiento— como el núcleo del desarrollo chino contemporáneo.

El punto de partida es clave para entenderlo todo. En 1976, China era un país mayoritariamente rural, empobrecido y marcado por el trauma de las hambrunas. La pobreza no era una estadística, sino una experiencia cotidiana. El sistema había prometido igualdad, pero había producido estancamiento. El llamado “milagro chino” no nace del éxito, sino del fracaso profundo. Como señalan Acemoglu y Robinson, las sociedades cambian cuando las élites perciben que el estancamiento amenaza su supervivencia. China cambió por necesidad existencial, no por idealismo.

La imagen ayuda a entender cómo lo hizo. A la izquierda aparece la arquitectura política e institucional: un Partido Comunista que actúa como eje ordenador, un Estado hacedor y una narrativa cohesionadora basada en el rejuvenecimiento nacional. El Partido no es un actor más, sino el articulador del sistema. La política no gira alrededor del ciclo electoral, sino de objetivos históricos de largo plazo.

A la derecha están los elementos logísticos y productivos: planificación central con ejecución descentralizada, infraestructura a escala continental, escalamiento industrial e internacionalización programada. La logística no es un sector secundario, sino una ventaja estratégica. China no creció solo por bajos costos, sino por una capacidad extraordinaria para convertir planificación en resultados.

En la base aparecen los factores humanos: una fuerza laboral capacitada, una apuesta sistemática por el conocimiento y una alta capacidad de ahorro e inversión. Sin esta transformación social, ninguna política habría sido sostenible. El verdadero milagro chino no está solo en el Partido, sino en lo que le ocurrió a su pueblo.

Pero lo más importante es lo que envuelve todo el sistema. El arco superior de la imagen representa el contrato social: estabilidad, crecimiento, empleo e infraestructura a cambio de disciplina, esfuerzo colectivo y restricciones políticas. No es un contrato escrito, sino un pacto implícito profundamente interiorizado. La legitimidad no se mide por el voto, sino por resultados visibles. Mientras el sistema produce bienestar, el pacto se mantiene; cuando falla, la legitimidad se erosiona.

El arco inferior representa el pragmatismo. China subordinó la ideología al resultado. Lo que funcionaba se expandía; lo que no, se corregía o se abandonaba sin culpa doctrinaria. El error no fue visto como fracaso moral, sino como parte del aprendizaje colectivo. Provincias y municipios compitieron entre sí, experimentaron y escalaron políticas exitosas, convirtiendo al país entero en una plataforma de aprendizaje acelerado.

Este enfoque conecta con una tradición confuciana profunda: el buen gobierno se juzga por sus efectos en la vida del pueblo, no por su pureza ideológica. El poder no es un fin en sí mismo, sino una responsabilidad moral. Cuando el gobierno reduce la incertidumbre de la vida cotidiana, gana legitimidad.

El contraste con Occidente es inevitable. Estados Unidos y Europa han privilegiado un modelo que parte del individuo hacia la sociedad: protección de derechos, autonomía personal y confianza en que el mercado coordine el progreso. China parte de la sociedad hacia el individuo: organización colectiva, planificación y sacrificio compartido. Uno mide legitimidad por el procedimiento; el otro, por el resultado.

China dice: si sirves al proyecto nacional, la nación te hará próspero.

Occidente dice: si persigues tu sueño individual, la sociedad prosperará.

Ambos modelos funcionaron durante décadas. Hoy, ambos enfrentan tensiones. El debate real no es moral, sino estratégico: ¿qué modelo demuestra mayor capacidad para organizar el futuro?

China es una herejía que funciona. No exige ser copiada ni idealizada, pero sí tomada en serio. Ignorarla no es una opción intelectual responsable. Su ascenso obliga a repensar el papel del Estado, el mercado, el bien común y la capacidad de acción colectiva en un mundo cada vez más fragmentado. No es el fin de la historia, pero sí una advertencia: el desarrollo no es automático. Se construye.

Silvio Zuluaga

Enero, 2026

3 Comentarios
0 Linkedin
Download PDF

La reunión del grupo de tertulias de exjesuítas celebró su séptimo año de reuniones con una presentación especial de Silvio Zuluaga sobre “China: una herejía que funciona”, analizando cómo China logró transformarse de una economía rural y pobre en 1976 a una potencia global en solo 50 años a través de un modelo híbrido que combina socialismo, mercado y pragmatismo. Silvio explicó los tres pilares del éxito chino: la arquitectura política del Partido Comunista, la potenciación de la fuerza laboral y la planificación a largo plazo, destacando cómo China superó la mentalidad de escasez hacia una mentalidad de posibilidad. Los participantes plantearon preguntas sobre los derechos individuales versus el bien común, el ahorro masivo del 30% de los ingresos chinos, y la posibilidad de aplicar este modelo a América Latina, generando un debate sobre los beneficios del desarrollo a corto plazo versus los costos de la limitación de libertades individuales. Compartimos esta maravillosa tertulia con nuestros amables lectores.

Exjesuitas en tertulia. Jueves 15 de Enero, 2026

Haz click AQUI, pare disfrutar del video de la tertulia: https://youtu.be/n0oSfSYHefw

Resumen de la Tertulia

Transformación China: Socialismo y Meritocracia

El grupo celebró su séptimo año de Tertulias con 273 sesiones hasta ahora, y Dario dio la bienvenida a los participantes y anunció que el tema de la presentación sería “La herejía que funciona”, presentado por Silvio Zuluaga. Silvio explicó cómo China logró transformarse de un país pobre y rural a una potencia global en una generación, destacando la combinación única de socialismo, mercado y planificación estatal fuerte, así como la meritocracia dentro del Partido Comunista chino. La presentación abordó la arquitectura política institucional de China, la importancia de la planificación a largo plazo y cómo el Estado chino opera más como una tecnocracia política que como una democracia electoral.

Modelo Económico y Urbanización China

Silvio presentó una análisis detallado del modelo económico chino, explicando cómo el país construyó un relato nacional basado en soberanía, estabilidad y desarrollo que incluyó la transformación del sector agrícola y una masiva urbanización. Durante la discusión, Silvio destacó cómo la urbanización china generó una dinámica única que reunió personas, capital y conocimiento en espacios urbanos, creando una máquina de aprendizaje social a gran escala. La presentación concluyó con el análisis de cómo este proceso transformó la relación de las personas con el trabajo, convirtiéndolo en una vía de reconocimiento y movilidad, y cómo la productividad se convirtió en una fuente de legitimidad política y cohesión social.

Desarrollo Económico y Tecnológico China

Silvio presentó un análisis detallado de los factores que han contribuido al desarrollo económico de China, destacando tres pilares principales: la potenciación de la fuerza laboral, el conocimiento como recurso estratégico, y la planeación logística y productiva. Silvio explicó cómo China ha superado a Estados Unidos en muchas tecnologías críticas del siglo 21, con un total de 145 puntos versus 126 de Estados Unidos según un sistema occidental de evaluación. La discusión también abordó la estructura institucional china, donde el gobierno central define prioridades estratégicas mientras las provincias y municipios compiten por su ejecución, y cómo China ha logrado escalar tecnologías y modelos productivos de manera masiva a través de decisiones políticas coordinadas.

Análisis Modelo Desarrollo Chino

Silvio presentó un análisis detallado del modelo de desarrollo chino, destacando tres elementos fundamentales: la planificación logística gradual de la integración internacional, el pragmatismo y el contrato social chino. Durante la presentación, Silvio mostró datos que demuestran el significativo progreso de China en áreas como infraestructura, educación, salud y tecnología digital. La presentación concluyó con una comparación entre los modelos de desarrollo chino y estadounidense, señalando que China representa una “herejía” exitosa que combina planificación estatal y mercado. Dario finalizó la sesión indicando que abriría el piso para preguntas del grupo.

Competencia Colectiva vs Derechos Individuales

Silvio discutió la competencia colectiva versus el bien individual como factor fundamental, y cómo estimular la creatividad a través de factores descentralizados del mercado. Explicó que China y Occidente representan dos modelos completamente distintos que requieren un enfoque de ecumenismo para encontrar consensos positivos en ambos sistemas, mencionando ejemplos como la política de un solo hijo y la capacidad de planificación a largo plazo del Estado. Los participantes Cris&Julio y Francisco cuestionaron los excesos en los derechos individuales y el alto ahorro estatal, a lo que Silvio respondió que los derechos individuales pueden tener excesos pero son cuestiones de educación, y explicó que el alto ahorro en China se debe a factores como la red social para la vejez y la desproporción demográfica entre hombres y mujeres.

Modelo Económico Chino Latinoamericano

Los participantes discutieron el modelo económico chino y su éxito en el desarrollo, con Oscar cuestionando si este modelo podría aplicarse en América Latina donde el modelo occidental no ha funcionado bien. Silvio argumentó que China ha adoptado elementos del mercado sin la libertad individual que consideran fundamental, y que el Partido Comunista chino se ha vuelto más pragmático y abierto a consultas, a diferencia de los sistemas políticos occidentales que carecen de diálogo real. La discusión se centró en si los elementos culturales o la institucionalidad son más decisivos para el desarrollo económico.

Comparación de Modelos Sociales Chinos

Silvio presentó una comparación entre los modelos sociales de China y Venezuela, explicando que China tiene un sistema híbrido con meritocracia y planificación a largo plazo, mientras que Venezuela representa un modelo distinto que no es trueca socialista. Francisco comentó sobre la inversión china en Latinoamérica y su enfoque hacia un mundo multipolar, mientras que Goyo destacó la importancia de la meritocracia y la planificación a 5 años en el modelo chino. Hernando aportó perspectivas sobre la cultura china y el papel del Partido Comunista como representante del “cielo” en la sociedad china, comparándolo con el Vaticano más que con otros partidos comunistas.

Comparación China-Occidente Desarrollo Económico

Silvio presentó una comparación detallada entre el desarrollo económico y cultural de China y las diferencias con Occidente, explicando cómo la idiosincrasia cultural y la planificación a largo plazo han sido factores clave en el éxito chino. Los participantes plantearon preguntas sobre el bienestar individual versus colectivo en China, la espiritualidad y la felicidad de la población, y el funcionamiento del centro de planificación chino. Dario anunció dos próximas reuniones: una con Mauricio Cifuentes sobre identidades en conflicto en Estados Unidos y otra sobre la situación en Venezuela con Germán Umaña y otros expertos.

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

En interacción con el Chat GTP escribí este artículo que me permito compartir con ustedes.

Dos jugadores, dos estilos

El jugador de póker no vive de la certeza sino de la ilusión. Su maestría radica en esconder la fragilidad de su mano, en aparentar fortaleza aun cuando sus cartas son mediocres, en hacer que los demás crean que está ganando mientras en realidad depende de un farol bien colocado. Si trasladamos esta figura al mundo político, el retrato se parece mucho a Donald Trump. Empresario, celebridad televisiva y presidente de Estados Unidos entre 2017 y 2021, Trump construyó su marca en torno a la imprevisibilidad. Al igual que un jugador de póker, su estrategia se basa en desestabilizar la mesa, en que nadie sepa exactamente qué cartas tiene ni cuál será su próximo movimiento. El ruido, la exageración, la amenaza y la teatralidad son parte de su arsenal.

El jugador de ajedrez, en cambio, no puede confiar en el azar. Su tablero es transparente: todas las piezas están a la vista y cada movimiento genera un registro que los demás pueden analizar. No hay faroles, sino estrategia a largo plazo. Este perfil encaja con Xi Jinping, presidente de la República Popular China y secretario general del Partido Comunista desde 2012. Xi es un estratega de procesos prolongados: fortalece instituciones, concentra poder y piensa en décadas más que en ciclos electorales. Como en el ajedrez, donde cada jugada inicial puede definir el desenlace mucho tiempo después, sus políticas parecen diseñadas para consolidar una victoria estructural y lenta, más que para lograr un golpe inmediato.

En esta oposición, Trump es el jugador del instante —improvisador, ruidoso, con habilidad para leer emociones—, mientras Xi es el jugador de la estructura —metódico, paciente, convencido de que el tiempo está de su lado.

2. Dos juegos con datos reales

El póker de Trump

Durante su presidencia, Trump usó la lógica del póker en la política internacional. Un ejemplo evidente fue la guerra comercial con China (2018–2019). Impuso aranceles del 25% a productos por valor de más de 250.000 millones de dólares, con la expectativa de que Pekín cediera. En 2025, un nuevo round de tarifas con alzas rápidas amenazó con llegar a un 145%, un movimiento de presión extrema que generó inestabilidad en los mercados.

Los ultimátums se convirtieron en una herramienta recurrente. “En 90 días negociaremos tarifas con todos los países”, anunció en una ocasión; “Rusia debe firmar un cese al fuego en 50 días”, advirtió después, para luego reducir el plazo a apenas 12 días, bajo amenaza de “consecuencias severas”. En una cumbre en Alaska, convocó sin agenda previa, sin acuerdos preparados y sin consecuencias tangibles para Moscú: un gesto de improvisación más cercano a un farol que a una jugada sostenida.

Su estilo también se reflejó en el ámbito interno. Trump mantuvo conflictos constantes con los bufetes de abogados que lo representaban: muchos renunciaron por sus demandas imposibles o por el riesgo reputacional, dejando ver que su forma de negociar era un juego de presión y desgaste. Con los empleados federales recurrió a despidos abruptos y a declaraciones incendiarias: en 2018 provocó el cierre gubernamental más largo de la historia de EE. UU. (35 días), al negarse a firmar un presupuesto sin fondos para el muro fronterizo. Con las universidades, descalificó públicamente a instituciones críticas, retiró fondos a programas de investigación y amenazó con revisar visas estudiantiles para presionar en el debate sobre la ideología en los campus. 

La esencia del “póker Trump” es esa: movimientos llamativos, ultimátums drásticos, presión directa y capacidad de alterar la dinámica de la mesa, pero con resultados volátiles y difícilmente sostenibles

El ajedrez de Xi

Xi Jinping, en contraste, juega al ajedrez. No se trata del movimiento improvisado de un individuo aislado, sino de la acción coordinada de una institución poderosa: el Partido Comunista Chino y su órgano central, el Politburó. Xi actúa como su rostro visible, pero las piezas se mueven con disciplina colectiva y con un plan que puede extenderse décadas. Cada movimiento no es fruto del azar, sino de cálculos previos, de escenarios anticipados y de una convicción: el tiempo está del lado de China.

Un ejemplo central de esta lógica es la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés), lanzada en 2013. Este megaproyecto ha financiado puertos, carreteras, ferrocarriles y centrales energéticas en más de 150 países, con inversiones acumuladas que superan el billón de dólares. Más que un golpe inmediato, la BRI se asemeja a una partida en la que se van colocando torres, caballos y alfiles a lo largo del tablero, consolidando posiciones hasta volver a China un actor indispensable en el comercio y la infraestructura global.

Otro movimiento fue la modernización del Ejército Popular de Liberación (EPL). Entre 2015 y 2021, Xi reorganizó las estructuras militares, priorizando la inteligencia artificial, la guerra cibernética y la capacidad naval en el mar del Sur de China. Cada inversión funciona como una pieza avanzada que, aunque discreta en el corto plazo, redefine el equilibrio estratégico a largo plazo.

El Politburó también respondió con método a la amenaza arancelaria de Trump en 2017. En ese año, alrededor del 19% de las exportaciones chinas tenía como destino Estados Unidos. En 2024, esa proporción había descendido a 12%, gracias a una política deliberada de desacople comercial y diversificación hacia Asia, África y América Latina. En términos de ajedrez, mientras Trump buscaba un jaque inmediato, China ya había diseñado un sistema defensivo de varias jugadas por adelantado.

Otros ejemplos refuerzan esta visión de largo plazo. El impulso a la autosuficiencia tecnológica —con programas como “Made in China 2025”—, la apuesta por dominar sectores como semiconductores, energías renovables y telecomunicaciones 5G, y la consolidación de alianzas financieras a través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura son parte de un tablero global en expansión. Cada pieza avanza de manera gradual, pero su efecto acumulativo resulta innegable.

Finalmente, el control interno sigue siendo una jugada estratégica. La campaña anticorrupción, que desde 2012 ha sancionado a más de 1,5 millones de funcionarios, no solo eliminó rivales, sino que aseguró la cohesión del Partido antes de dar pasos decisivos hacia afuera. Xi y el Politburó entienden que, en ajedrez, las piezas débiles son un riesgo: limpiarlas del tablero es condición necesaria para aspirar al jaque mate.

Conclusión: ¿quién gana?

Si este enfrentamiento fuera una partida literal entre póker y ajedrez, la pregunta central es: ¿vale más la capacidad de improvisar y desestabilizar, o la capacidad de planear y resistir?

En el corto plazo, el estilo póker de Trump puede dar resultados impactantes. Un buen farol en el momento preciso puede cambiar la percepción de la mesa y generar concesiones rápidas. Su carisma mediático, su habilidad para leer el ánimo de las audiencias y con el garrote poderoso de la mayor economía del mundo, le han permitido dominar titulares, marcar la agenda y condicionar a sus rivales. Sin embargo, como ocurre en el póker, la suerte y el cálculo psicológico tienen límites: una vez reveladas las cartas, los efectos suelen diluirse.

En el largo plazo, el estilo ajedrez de Xi muestra más consistencia. China ha pasado de representar el 4% del PIB mundial en 2000 a superar el 18% en 2024, con una trayectoria sostenida. Sus inversiones estratégicas, su disciplina organizativa y su control político interno le dan estabilidad frente a la volatilidad de un liderazgo que depende del golpe de efecto.

La respuesta, entonces, es que Xi Jinping —el jugador de ajedrez— tiene más probabilidades de ganar la partida global. No porque el póker sea irrelevante, sino porque en un mundo interconectado y de procesos largos, la capacidad de tejer estructuras duraderas suele imponerse sobre el impacto momentáneo del farol. Trump puede ganar rondas; Xi, con paciencia, se encamina a ganar el tablero.

Silvio Zuluaga

Septiembre, 2025

2 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

La política exterior del expresidente Donald Trump se caracteriza por una estrategia disruptiva y agresiva. La aplicación de tarifas arancelarias es una muestra clara: medidas brutales, insensibles, confrontativas, unilaterales, improvisadas y punitivas que alteran décadas de consensos en el comercio internacional.

Ese mismo estilo se proyecta ahora hacia el interior de Estados Unidos. Con la mira puesta en transformar la vida social, gubernamental y religiosa del país, la derecha más dura ha puesto en marcha un plan detallado: el Proyecto 2025.

El documento, elaborado por el tanque de pensamiento ultraconservador Heritage Foundationsin dejar nada a la improvisación, condensa en casi 900 páginas una hoja de ruta minuciosa. Su implementación sinembrgo, sigue los parámetros del comportamiento internacional: caótico, insensible, desorganizado y vengativo. Allí se define cómo reconfigurar el Estado estadounidense hacia un modelo más centralizado, culturalmente conservador y nacionalista, con un marcado sesgo religioso judeocristiano ultraconservador y con políticas migratorias mucho más restrictivas y un ejecutivo con poderes incuestionables.

Le solicité al ChatGTP que me hiciera un resumen del Project 2025, el cual me permito compartir.

“Las acciones del presidente Trump con respecto al poder del Ejecutivo están basadas en el Project 2025. Internamente esta es la forma como el presidente Trump visiona su mandato y lo está implementando ferozmente a través del Departamento de Gobierno Eficiente: DOGE.

“Project 2025”, oficialmente llamado “Mandate for Leadership: The Conservative Promise”, es una iniciativa liderada por la Heritage Foundation, una influyente organización conservadora en EE.UU. El proyecto es un plan detallado para una administración presidencial republicana. Tiene como objetivo reformar profundamente la estructura y operación del gobierno federal. A continuación, se resumen sus ejes claves:

1. “Deep State” “Estado Profundo” o Reorganización del Gobierno Federal.

El Project 2025 plantea desmantelar lo que los conservadores llaman el “Estado profundo” (deep state), es decir, una supuesta red de burócratas y agencias federales que, según ellos, operan con independencia y obstaculizan reformas conservadoras. Las propuestas incluyen:

  • Reemplazo masivo de empleados federales por personas leales a la agenda conservadora.
  • Reestructuración o eliminación de agencias consideradas demasiado autónomas o progresistas.
  • Centralización del poder en el presidente, reduciendo el poder de expertos técnicos y de carrera.
  • Uso más agresivo del poder ejecutivo para implementar políticas sin depender del Congreso.

2. Eliminación de Programas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión)

El Project 2025 propone eliminar completamente las políticas y oficinas relacionadas con DEI en el gobierno federal, bajo la premisa de que promueven una ideología identitaria y divisiva y es una discriminación contra las personas de raza blanca. Las medidas incluyen:

  • Eliminar requisitos o incentivos para la contratación basada en raza, género o identidad.
  • Cerrar oficinas y departamentos de Diversidad, Equidad e Inclusión en agencias federales.
  • Prohibir programas de capacitación sobre racismo sistémico, privilegio blanco u otros conceptos similares.
  • Promover el “mérito político” como único criterio de evaluación y contratación.

3. Política climática y energética

  • Reversión de políticas para combatir el cambio climático, la agenda del cambio climática es una farsa.
  • Promoción del uso intensivo de combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón).
  • Eliminación de regulaciones ambientales de la EPA (Agencia de Protección Ambiental).
  • Rechazo de las agendas del Acuerdo de París y el “Green New Deal”.

4. Reforma del sistema educativo

  • Fomento de la educación basada en valores tradicionales como el creacionismo, rechazo a la teoría de la evolución y por otro lado el fomento del valor del patriotismo.
  • Críticas al enfoque actual de aceptación e inclusión de diversas razas, géneros y orientación sexual en las escuelas.
  • Apoyo a escuelas privadas y religiosas mediante vouchers o vales escolares.

5. Restricciones a los derechos reproductivos y LGBTQ+

  • Impulso para restringir el acceso al aborto, incluso a nivel federal.
  • Reversión de protecciones para personas LGBTQ+, especialmente en educación, salud y defensa.
  • Rechazo de las ayudas médicas y sicológicas a los transgéneros.
  • Defensa de la familia “tradicional” como núcleo de la política social.

6. Política migratoria dura

  • Cierre de fronteras y deportaciones más rápidas.
  • Eliminación del asilo como protección generalizada.
  • Ampliación del uso de la Guardia Nacional o del ejército para controlar la migración.

7. Uso del poder ejecutivo como herramienta ideológica

  • Transformar el aparato estatal en una extensión directa de la agenda conservadora.
  • Controlar departamentos como Justicia (el equivalente a nuestra Fiscalía), Defensa, y FBI para que respondan políticamente a las directrices del ejecutivo.
  • Nombrar personas “leales e irrestrictas” en altos cargos.

El Project 2025 es una propuesta radical para reestructurar el gobierno federal de EE.UU. bajo principios conservadores. Su objetivo es reducir la burocracia, aumentar el control presidencial y revertir las políticas progresistas, especialmente en temas de diversidad y gobernanza administrativa.”

Conclusión

El desasosiego en las relaciones internacionales es palpable tras los cambios inesperados en las tarifas comerciales. Pero dentro de Estados Unidos el malestar no es menor.

Los inmigrantes viven con miedo a ser estigmatizados como delincuentes y ser separados de sus hijos nacionales. Los programas de alimentación infantil sufren recortes drásticos. Las personas transgénero ven negados sus tratamientos hormonales. Las parejas del mismo sexo temen que el derecho al matrimonio vuelva a estar en riesgo. Al mismo tiempo millones de ciudadanos pierden cobertura de salud, mientras empleados del sector público enfrentan la inestabilidad de sus puestos y la deslegitimación de su labor, reducidos en el discurso oficial a una supuesta casta de ineficientes y corruptos. 

Las universidades ven amenazada su independencia académica, los grandes bufetes de abogados temen ser censurados y los políticos adversarios de la administración y del propio presidente denuncian persecución. El sistema judicial parece haberse convertido en un sistema de uso personal. De los 56 Fiscales que presentaron cargos a los revoltosos del Capitolio en enero 6 del 2021, más de doce han sido despedidos fulminantemente y de los 1 600 condenados, de los cuales el 85% se declaró culpable, todos fueron perdonados menos 14. Ya en algunos estados se está obligando a colgar cuadros con la lista de los diez mandamientos en las aulas de clase. Incluso, en las leyes se especifica el tamaño del cuadro de 50 x 60 centímetros.

Así como en los pasillos del mundo la política de Trump genera disrupción, en los rincones más íntimos de los hogares estadounidenses, en las aulas de clase, en los corredores de las oficinas gubernamentales, en medio del ruido de las fábricas, también se respira la misma turbulencia desesperanzadora.

Si a nivel internacional hay tormenta, dentro de Estados Unidos las lluvias también son torrenciales. 

Silvio Zuluaga

Septiembre, 2025

1 comentario
0 Linkedin
Download PDF

Coincidiendo nuestra tertulia del 1 de Mayo con la fiesta internacional del trabajo, decidimos centrar nuestra tertulia de ese día en un aporte voluntario de los participantes de las reflexiones que cada uno hizo sobre experiencias positivas y las más desafiantes de sus historias individuales en el mundo del trabajo. Esta perspectiva de un grupo de amigos, ya jubilados casi todos, sobre la riqueza del trabajo y su conexión con la educación, ahora desde una perspectiva más madura y objetiva, la queremos compartir poco a poco en las próximas ediciones de este blog como nuestra contribución para los lectores.

Exjesuitas en tertulia- 1 de Mayo, 2025

0 comentario
1 Linkedin
Download PDF

Volver al pasado simplista, frente a una realidad humana profundamente diversa y compleja.

Cuando los primeros homínidos comenzaron a bajarse de los árboles y a caminar en dos patas -hace cientos de miles de años- eran seres biológicamente complejos, pero socialmente elementales. 

Iniciaban así un recorrido de evolución hacia estructuras cada vez más complejas, donde la cooperación, la confianza y la diversidad serían los pilares de la vida en comunidad. Desde entonces, la humanidad ha avanzado hacia una mayor aceptación de la diferencia, construyendo sociedades cada vez más ricas en matices culturales, sociales y políticos.

A lo largo de milenios, la humanidad ha aprendido a organizarse en comunidades, desarrollar normas colectivas, fomentar la compasión y construir redes sociales de confianza. Según el historiador Yuval Noah Harari, lo que nos ha permitido formar sociedades grandes y funcionales es la capacidad de cooperar de manera flexible e innovadora. Esa cooperación se sostiene sobre la base de un tejido invisible pero poderoso: LA CONFIANZA.

En la actualidad, una de las características esenciales de la sociedad humana es la DIVERSIDAD: hablamos múltiples lenguas, practicamos variadas religiones (o ninguna), comemos diferente, conducimos de maneras distintas, gobernamos bajo múltiples formas, y celebramos una infinita variedad musical y cultural. Aceptar esa variedad no es solo una muestra de tolerancia, es una manifestación de inteligencia colectiva, de madurez social y una oportunidad para admirar lo distinto con fruición.

Sin embargo, recientes decisiones políticas en Estados Unidos, particularmente bajo la administración Trump, parecen representar un “reversazo” contra esa corriente histórica. ¿Estamos asistiendo a un intento de simplificar la complejidad humana en nombre del poder y del control?

Por ello, las políticas recientes del gobierno de Trump parecen estar guiadas por una visión simplista y excluyente. En el plano social, se insiste en categorizar a las personas en dos únicas bolsas: hombres y mujeres, ignorando que al menos el 10% de la población tiene tendencias homosexuales y que un número significativo de personas transgénero experimenta procesos profundamente complejos de identidad, transición y aceptación, lo cual requiere de un tratamiento especial debido a lo traumático y costoso que es el camino de transformación necesario para ubicarse en el género correspondiente. Negar esa diversidad es negar la realidad humana misma, así sea que el transgénero sea una persona que está privada de la libertad.

En el ámbito religioso se observa una preocupante tendencia a suprimir la histórica separación entre Iglesia y Estado, para instalar una visión judeocristiana como eje moral del gobierno norteamericano. Aunque se aceptan otras religiones, estas parecen quedar subordinadas a la narrativa dominante. Y comportamientos humanos que se salgan de una interpretación rígida de la tradición judeo cristiana serán demonizados y producirán cárcel como está sucediendo en Texas y Alabama. Incluso, dentro de la Casa Blanca se ha dispuesto un oratorio exclusivo para evangélicos en el ala oeste. Por otra parte, el pasado atentado fallido contra Trump es constantemente interpretado, por su círculo de adoradores, como una señal divina, alimentando una peligrosa mezcla de política y misticismo, encabezada por una figura que nunca se ha caracterizado por una vida religiosa coherente.

Desde lo económico se ha restringido la libertad empresarial global en nombre del nacionalismo. Las cadenas de producción internacionales, basadas en la eficiencia y en la especialización, se ven amenazadas por un discurso proteccionista que prioriza el “América primero” por encima de los acuerdos internacionales y la estabilidad comercial. 

Sin alianzas ni diálogo, con amenazas unilaterales, se erosiona la confianza de los mercados y se debilita el liderazgo global de Estados Unidos. Qué desviación de la democracia participativa, de la búsqueda de una armonía, la estabilidad y la cooperación global. Esta estrategia no solo es improvisada, sino que EROSIONA LA CONFIANZA de los mercados y desestabiliza el liderazgo global de EE. UU.

Finalmente, en el ámbito de la libertad de expresión se han tomado medidas alarmantes. La Universidad de Columbia fue presionada para reemplazar al director del Departamento de Estudios del Medio Oriente, Asia del Sur y África, acusado de promover una visión crítica del judaísmo. Si no se accedía al cambio, la universidad perdería 400 millones de dólares en ayuda federal. El antisemitismo es considerado como un apoyo al terrorismo y por ende, es un elemento que afecta la seguridad nacional. Sinembargo, otras formas más abiertas de “discriminación y odio” no son condenadas como la islamofobia, el racismo sistémico y la xenofobia. Por otro lado, para continuar en la misma línea, el secretario de Defensa emitió una orden suprimiendo los libros sobre la evolución de las bibliotecas de su departamento.  En un país que se jacta de proteger la libre expresión, este tipo de castigo económico e intelectual, por disenso ideológico, representa una grave contradicción.

Lo que estamos presenciando no es solo un viraje político, sino un retroceso cultural e histórico. Desde los primeros pasos de un ser humano erguido, hasta la construcción de sistemas complejos de cooperación global, la evolución social ha sido una marcha firme hacia la aceptación de la pluralidad. Negar esta complejidad es negar nuestra propia historia como especie.

Las sociedades que prosperan no son las más rígidas ni las más homogéneas, sino las más adaptables y abiertas. Hoy, adaptarse significa comprender, respetar y celebrar la diversidad en todas sus formas. Gobernar desde la nostalgia de un pasado uniforme es una negación peligrosa de la realidad. Y la historia ha demostrado que tales intentos, tarde o temprano, se estrellan contra la fuerza inevitable del cambio social.

Silvio Zuluaga

Mayo, 2025

1 comentario
1 Linkedin
Download PDF

La eficiencia empresarial es la capacidad de una empresa para optimizar sus recursos —humanos, financieros, tecnológicos y materiales— con el fin de maximizar la productividad y minimizar los costos, sin comprometer la calidad de sus productos o servicios. Se logra a través de procesos bien estructurados, innovación, automatización, toma de decisiones basada en datos y una cultura organizacional enfocada en la mejora continua.

Eso es lo que dice perseguir Elon Musk, quien, según él, conoce muy bien el andamiaje corrupto e ineficiente del gobierno federal y de los gobiernos estatales de EE.UU. Después de recibir 38 000 millones de dólares en contratos gubernamentales, préstamos y subsidios para sus empresas, ahora se erige como el gran reformador que pretende “limpiar” el sistema y empezar desde cero, bajo su liderazgo.

Eficiencia sin compasión: el peligro de la lógica empresarial en el gobierno.

La eficiencia en el sector gubernamental no puede medirse bajo los mismos parámetros que en el sector privado. Mientras que las empresas buscan rentabilidad monetaria, el gobierno debe priorizar el bienestar común. No todas las decisiones pueden estar sujetas a la maximización del lucro:

  • Hay que construir carreteras para conectar comunidades aisladas, aunque no sean “rentables”.
  • Hay que brindar atención médica de por vida a personas con discapacidades, aunque nunca hayan aportado un solo dólar a la seguridad social.
  • Hay que garantizar programas de alimentación y educación para quienes no pueden pagarlos, porque el desarrollo de una nación depende de ello.

Esta lógica choca con la mentalidad empresarial que busca resultados inmediatos, optimización de costos y reducción de “ineficiencias”. Sin embargo, un gobierno no se sostiene solo por su capacidad administrativa, sino por la confianza y la cohesión social. La compasión no es un lujo ni una virtud moral, sino un principio fundamental de gobernanza. Sin ella, cualquier estructura política, por sólida que parezca, tarde o temprano se derrumba.

Los actos de Musk: entre la insensibilidad y el desprecio

1. Insensibilidad: la demonización del sector público.

Elon Musk ha calificado a los 2,3 millones de empleados federales como corruptos e ineficientes. Pero si realmente lo fueran, ¿cómo es que sus empresas lograron obtener 38 000 millones de dólares en contratos gubernamentales? Solo hay dos posibilidades:

  • Que el sistema esté realmente plagado de ineptitud y corrupción, y él supo aprovecharlo a su favor.
  • Que haya encontrado casos aislados de ineficiencia y, desde su autosuficiencia moral, haya decidido que todos deben pagar por los pecadores.

Pero más allá del discurso, el impacto real de sus ideas es brutal. Si se desmantela la burocracia estatal de la noche a la mañana, millones de personas perderán su empleo, lo que afectará no solo a los trabajadores sino a sus familias. Un recorte de esta magnitud generaría una crisis social sin precedentes, condenando a millones a la incertidumbre y a la precariedad. Pero eso no importa. Lo importante es ser “eficiente”, aunque sea sin compasión.

2. Desprecio: el impacto de la cancelación de USAID.

La reciente cancelación de 5.200 contratos de USAID afectó a más de 10 millones de personas. En un solo decreto, sin previo aviso, se suspendieron:

  • Los programas de alimentación y nutrición para cientos de miles de personas en extrema pobreza.
  • El cuidado materno-infantil, dejando sin asistencia a mujeres embarazadas y recién nacidos.
  • La prevención y el tratamiento de enfermedades, eliminando programas de lucha contra la malaria, el VIH y otras enfermedades.
  • La ayuda a refugiados y desplazados, dejando en el abandono a comunidades enteras que dependían de esta asistencia.

Todo esto se ejecutó sin plan alternativo, sin transición y sin importar el sufrimiento de quienes dependían de esos programas. Un simple decreto administrativo acabó con la esperanza de millones.

¿Musk y su jefe: una competencia de crueldad?

Elon Musk, con su discurso de eficiencia implacable, parece competir en insensibilidad con su propio jefe. Si desmantelar la administración pública y cortar ayudas esenciales es parte de su visión, su jefe va un paso más allá: propone la erradicación total de Gaza para convertirla en una Riviera turística.

Para la mayoría de las personas, su hogar es su refugio, sin importar su tamaño o condiciones. Ya sea una casa cómoda o un modesto tugurio, el hogar representa estabilidad y seguridad. Destruirlo, arrasarlo por completo y proponer que el terreno donde una vez hubo familias, colegios y hospitales ahora sea un resort de lujo, es la máxima expresión del desprecio por la humanidad. Esa es la propuesta de Trump: quitarles el hogar a dos millones de personas, para construir allí unos condominios lujosos que produzcan mucha rentabilidad. Eso es lo que cuenta.

Así como la eficiencia sin compasión destruye vidas en EE.UU., la misma mentalidad, llevada al extremo, aniquila ciudades enteras en otros lugares del mundo.

Conclusión

La eficiencia es importante, pero sin compasión, se convierte en una herramienta de opresión. Los gobiernos no son empresas, y los ciudadanos no son recursos por optimizar. Un líder que desprecia el sufrimiento humano en nombre de la “eficiencia” no es más que un administrador sin alma, incapaz de comprender que la verdadera estabilidad no se construye con números, sino con justicia y humanidad.

Silvio Zuluaga

Abril, 2025

3 Comentarios
1 Linkedin
Download PDF

He conversado con muchas personas y he leído extensamente sobre el tema. En estos debates, parece haber dos bandos claramente definidos: aquellos que ven en Trump el líder para llegar a una nueva estructura de poder social y quienes, como yo, consideran que tal vía de comportamiento no se dará.

Es innegable que las luchas por los derechos de las mujeres, la aceptación de la diversidad sexual y la búsqueda de una igualdad más justa han generado reacciones encontradas. Ha habido excesos incómodos, sí, pero también avances innegables. La equidad de género, por ejemplo, es hoy una realidad más tangible. Recuerdo la anécdota, hace ya unos 40 años, de un miembro de la Junta Directiva de MetLife en EE.UU., quien me contaba cómo la llegada de la primera mujer a ese órgano directivo generó incomodidad entre sus colegas varones. Tuvieron que modificar su lenguaje, su manera de interactuar y hasta el tipo de reuniones informales después de los Consejos de Administración. Lo mismo sucedió cuando un hombre negro se integró a la Junta: se sintieron incómodos, obligados a ajustar códigos de conducta que antes pasaban inadvertidos.

A pesar de fricciones y abusos, la inclusión ha progresado. La comunidad negra ha conquistado mayor participación en la vida política y económica, aunque la discriminación sigue siendo una sombra persistente tanto en EE.UU. como en Colombia. En cuanto a la diversidad sexual, los esfuerzos por integrar a estos grupos han permitido que su presencia en la sociedad sea percibida con mayor naturalidad. La realidad es que no todos somos hombres-hombres o mujeres-mujeres sin matices. Ha sido un proceso con tropiezos, pero a la lucha por la equidad hay que darle la mano en el camino.

Un nuevo orden social no puede significar un retroceso a las cavernas de los años 50, cuando el Estado y la religión imponían un sistema de discriminación estructural: las mujeres eran relegadas al ámbito doméstico, las diferencias sexuales eras catalogadas como enfermedades mentales o biológicas y hasta eran calificadas como desviaciones morales y finalmente, la población negra era tratada como ciudadanía de segunda categoría.

Ahora bien, Estados Unidos representa apenas el 4.5% de la población mundial, pero cerca del 25% de la economía global. Sin embargo, el movimiento radical que Trump representa no es mayoritario: apenas el 30% de su electorado. Aunque su influencia ha trascendido fronteras, quiero creer que la mayoría de la población mundial no desea regresar a un abismo de desigualdad, intolerancia y opresión.

Aquí radica una de las razones por las que considero que este fenómeno es pasajero: el mensajero de esta supuesta revolución es, en realidad, su mayor debilidad. Como bien dice Yuval Noah Harari, las sociedades funcionan porque existe la confianza. Aceptamos colectivamente que un billete que tiene un número 50 valga cinco veces más que uno que tiene el número 10 porque confiamos en el sistema financiero que lo respalda. Los billetes y su costo de producción son lo mismo, pero todos confiamos en el sistema que dice que de hecho están respaldando valores distintos. Esa misma confianza sostiene a la justicia, al gobierno, a las instituciones. Sin confianza, una sociedad se desmorona. Y Trump está erosionando esa confianza.

¿Cómo pueden sus aliados internacionales confiar en él cuando, tras aportar 128 mil millones de dólares a la guerra de Ucrania —100 mil en donaciones como ayuda humanitaria y el resto en préstamos— ahora exige el reembolso total con intereses usureros, elevando la cifra a 500 mil millones? Y no solo eso: condiciona el pago a la entrega de recursos naturales como “tierras raras, petróleo o lo que sea”, según sus propias palabras.

No conocemos todos los detalles del acuerdo fallido que Trump y Zelensky intentaron negociar en la Casa Blanca, pero los datos que han trascendido son alarmantes. El presupuesto anual de Ucrania en 2024 es de solo 90 mil millones de dólares. Si el país destinara el 20% de su presupuesto anual —18 mil millones, monto astronómico para la economía de ese país — a pagar la deuda exigida por Trump, se vería obligado a hipotecar su economía por casi tres décadas. Y eso sin contar el pago de la deuda europea, que es aún mayor, ni el costo de la reconstrucción de un país devastado por la guerra.

Esta manera de hacer la paz no genera confianza. Más bien, evidencia avidez desmedida y oportunismo en medio de una crisis humanitaria dolorosa.

El panorama no mejora a nivel interno. ¿Qué mensaje transmite un líder que, de un plumazo, convierte a los 23 millones de empleados federales en sospechosos de corrupción y descalifica  a las 430 instituciones que conforman el gobierno federal? ¿Qué estabilidad puede ofrecer una administración, internamente y a nivel internacional, que cataloga a su propio aparato estatal, como de totalmente corrupto e ineficiente, sin fundamentos sólidos?

Es cierto que toda burocracia tiene sus fallos. Pero administrar un país de 330 millones de habitantes requiere estabilidad, conocimiento y experiencia. La gran mayoría de esos 2.3 millones de trabajadores no son corruptos ni ineficientes; son el engranaje que ha permitido que la educación, la salud, la seguridad y la infraestructura funcionen día a día. ¡¡¡La improvisación con la que está haciendo las “reformas” Elon Musk es desconcertante!!! Genera, además de caos, profunda desconfianza, sin saber cuáles son los objetivos y la ruta para lograr una administración eficiente y honesta.

Por otra parte, Trump insiste en que los países con superávit comercial frente a EE.UU. se están aprovechando de la “bondad” estadounidense. Los bandazos que ha habido en la definición de los aranceles a México y Canadá muestran un grado supremo de improvisación y por ende, siembran desconfianza en grado supremo. Pero ¿es justo culpar a otros por el déficit comercial sin antes revisar las causas internas?  Analicemos las causas internas que generan el déficit comercial internacional.

El consumismo despilfarrador de USA es aterrador.

Por ejemplo, el desperdicio anual de alimentos en EE.UU. asciende a 54 millones de toneladas métricas, el equivalente a 408 mil millones de dólares, lo que representa el 45% del déficit comercial de 2024. El consumismo desbordado y el desperdicio estructural son factores claves, para analizar el déficit comercial internacional de USA. Es más barato comprar electrodomésticos nuevos, hechos en China, que repararlos, importaciones innecesarias. 

El consumismo del Pentágono es aterrador. En 1991 tenía 20 000 ojivas nucleares. Ninguna se usó y están desmanteladas y con la utilización del 1% de ellas hubieran podido destruir la civilización existente. Hoy USA tiene 3 784 ojivas nucleares, con una potencia destructiva 30 veces mayor que las de entonces. El uso solamente del 5% de ellas destruiría la viabilidad de la vida humana en nuestro planeta. ¡Qué desperdicio! ¿Para qué ese volumen de armas nucleares? ¿Qué tantos materiales tiene que importar USA, como tierras raras y otros componentes para producir ojivas nucleares y todo tipo de armamento?

La brecha tecnológica con China. 

Mientras el gigante asiático posee el 51% de los robots industriales del mundo —con un promedio de 470 robots por cada 10 000 trabajadores— EE.UU. cuenta con solo 295. Un viaje por China y USA es un contraste desilusionante entre el atraso de la infraestructura de USA en puertos, carreteras, sistema férreo, aeropuertos y la modernidad de la infraestructura en China, en donde se percibe claramente la superioridad de los asiáticos. A manera de ejemplo: China ha construido 50 000 kilómetros de trenes de alta velocidad con tecnología de levitación magnética. En contraste, EE.UU. no tiene ni un solo kilómetro de infraestructura similar.

El atraso en logística también es evidente. China ha optimizado sus puertos, redes de suministro y digitalización de procesos, consolidándose como el mayor productor y exportador de bienes de alta tecnología. La cadena logística de producción de bienes y su comercialización, en China es un ejemplo admirable de eficiencia. 

Como consecuencia, en 2023, las exportaciones estadounidenses de tecnología ascendieron a 208 mil millones de dólares, mientras que las de China alcanzaron los 750 mil millones. La diferencia es abismal: China supera a EE.UU. en exportación de bienes de alta tecnología en una proporción de 3.5 a 1. Si USA exportara el mismo volumen de bienes de alta tecnología que China podría reducir su déficit comercial en un 50%.

Si Trump realmente quisiera reducir el déficit de su balanza comercial internacional, podría enfocarse en fortalecer la innovación, la infraestructura, la eficiencia productiva y en controlar el consumismo depredador de su país en lugar de señalar culpables externos y quejarse del abuso de la “bondad” que tiene USA con otros países. Los Tratados de “Libre” Comercio son un ejercicio en donde Estados Unidos impone más ventajas para su país a medida que los países son más pequeños. Nos imponen la importación de semillas transgénicas que no tienen capacidad de reproducción, obligándonos a comprarlas cada año. Mientras que Cenicafé produce semillas genéticamente mejoradas, con resistencia a insectos, tolerancia a herbicidas y mayor producción de café a un costo de $80 000 por hectárea, la semilla transgénica para una hectárea de maíz cuesta $600 000 producida por Corteva Agriscience, ubicada en Indiana, USA. ¡Vaya muestra de generosidad por parte de los estadounidenses! 

La confianza en un líder no se construye solo con promesas o decisiones económicas. Se edifica con credibilidad, con instituciones sólidas y con respeto por las reglas del juego. Y Trump, con su desprecio por el protocolo y su arrogancia diplomática, no inspira confianza; más bien la destruye.

Sin confianza, ¿sobre qué base puede sostenerse la sociedad?

¿Podemos creer en la estabilidad de un eventual acuerdo entre Trump y Putin si ambos han demostrado reiteradamente desprecio por el orden legal y los compromisos internacionales? ¿Este acuerdo firmado a espaldas de actores importantes generará confianza en el ámbito mundial?

Tal vez algunos consideren esto un pensamiento ilusorio. Sin embargo, no veo el mundo bajo la estructura autoritaria y discriminatoria que Trump pretende imponer. En cambio, percibo el surgimiento de un nuevo equilibrio de poder: no un mundo dominado por una sola nación, sino un orden económico multipolar.

Le pedí a Deepseek, la competencia del Chat GTP, que me produjera una gráfica en la que mostrara el desarrollo histórico del Producto Interno Bruto (PIB) de las economías de China, USA Unión Europea e India como porcentaje del PIB mundial. Esta es la gráfica que elaboró desde 1950 y su proyección hasta el 2050, adjuntando las fuentes de información. 

Las proyecciones lo confirman, la hegemonía económica está cambiando drástica y parece difícil de revertir la tendencia. A partir de 1950 la dirección mostrada en la gráfica es elocuente. La foto del estado de las economías en 1950 es muy distinta a la del 2024 y la tendencia para el 2050 es a su vez diciente: el imperio americano debe compartir el liderazgo. Es uno de los cuatro poderes. Hoy no estamos en el predominio económico de USA del año 1950. Para 2050, China será la mayor economía mundial, seguida por EE.UU., India y la Unión Europea respectivamente. El mundo avanza hacia una distribución más equitativa del poder económico, y las maniobras de Trump no son más que los estertores de un viejo sistema que se resiste a compartir el poder.

Quizás no sea solo un deseo. Tal vez este nuevo orden multipolar parece estar fraguándose irreversiblemente, según lo muestra la gráfica.

Silvio Zuluaga

Marzo, 2025

4 Comentarios
1 Linkedin
Nuevos artículos