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LA MUERTE DIGNA – O la superación del masoquismo

Por Silvio Zuluaga
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Colombia se ha convertido en uno de los países más avanzados del mundo en materia de legislación sobre eutanasia y muerte digna. Mientras en muchas naciones el tema sigue atrapado entre prohibiciones absolutas, silencios políticos o discusiones religiosas, Colombia abrió un camino jurídico y ético que reconoce que el ser humano tiene derecho no solo a vivir con dignidad, sino también a decidir cuándo el sufrimiento ha dejado de tener sentido.

La Corte Constitucional colombiana, a través de varias sentencias, ha ido ampliando progresivamente este derecho. Primero se habló de pacientes terminales; después, de enfermedades graves e incurables; más adelante, del sufrimiento intenso físico o psíquico. El debate dejó de ser exclusivamente médico para convertirse en una reflexión profundamente humana: ¿hasta qué punto la vida biológica debe mantenerse cuando la persona siente que ha desaparecido aquello que hacía valiosa su existencia?

Sin embargo, aunque la legislación ha avanzado, todavía existe una pregunta incómoda que pocas personas se atreven a formular con serenidad: ¿cuál es el momento adecuado para tomar la decisión de solicitar la eutanasia?

. Muchas veces se glorifica la resistencia ilimitada, como si soportar el dolor fuera una prueba moral superior. Existe una especie de admiración silenciosa por el aguante extremo, incluso cuando ese aguante destruye la dignidad de las personas. Y ahí aparece un problema profundo: la dificultad de separar la dignidad del masoquismo.

En la vida cotidiana, los seres humanos normalmente no esperan a que las situaciones sean absolutamente intolerables para hacer cambios. En una relación de pareja, una persona sensata no debería esperar a llegar a la violencia física o a la destrucción emocional total para decidir un divorcio. Cuando el deterioro se vuelve permanente, cuando desaparece el respeto, cuando la relación deja heridas profundas, lo razonable es actuar antes de que la situación se convierta en una tragedia, en una relación indigna.

En el trabajo ocurre algo parecido. Si un jefe humilla constantemente, si el ambiente se vuelve tóxico, si el trato destruye la autoestima y la tranquilidad mental, la mayoría de las personas buscan una salida antes de quedar completamente destrozada. Nadie considera heroico permitir indefinidamente el atropello a la propia dignidad.

Con las amistades sucede igual. Las relaciones humanas sanas no exigen soportar abusos permanentes. Cuando una amistad se vuelve manipuladora, humillante o emocionalmente destructiva, lo natural es tomar distancia antes de terminar devastado y la relación se pueda calificar como indigna.

Entonces surge una contradicción evidente. ¿Por qué frente al sufrimiento extremo asociado a enfermedades irreversibles muchas personas consideran que solo es legítimo decidir cuando ya no queda ningún rastro de autonomía, lucidez o dignidad? ¿Por qué pareciera existir la obligación moral de esperar hasta el límite absoluto del deterioro? Tal vez porque todavía confundimos el valor de la vida con la obligación de soportar cualquier nivel de sufrimiento, con la aceptación del masoquismo.

El momento de decidir la eutanasia no debería ser necesariamente cuando la persona ya se encuentra en un estado completamente indigno, incapaz de comunicarse, atrapada en dolores insoportables o convertida en alguien que ya no reconoce su propia existencia. Esperar siempre hasta ese punto puede ser, en algunos casos, una forma de crueldad disfrazada de virtud. Sencillamente masoquismo.

Por supuesto, una decisión tan trascendental no puede tomarse impulsivamente. Requiere reflexión profunda, acompañamiento médico, diálogo familiar y claridad emocional. Pero también necesita criterios humanos razonables que permitan actuar antes de llegar al colapso total de la dignidad personal.

Algunos criterios podrían ayudar a orientar esa decisión.

El primero es la pérdida irreversible de autonomía. Hay personas para quienes la posibilidad mínima de decidir sobre su cuerpo y su cotidianidad constituye un núcleo esencial de su dignidad. Cuando la enfermedad destruye definitivamente esa capacidad y no existe expectativa real de recuperación, el sufrimiento puede adquirir una dimensión distinta y puede ser la señal de partir.

Un segundo criterio es el dolor permanente e intratable. No se trata solo del dolor físico. También existe el sufrimiento psicológico profundo derivado de la degradación progresiva de la existencia, del aislamiento, de la dependencia absoluta o de la pérdida total de sentido. Ha llegado el momento de tomar la decisión de optar por la eutanasia.

Un tercer criterio podría ser la desaparición irreversible del proyecto de vida. Algunas enfermedades no matan rápidamente, pero destruyen aquello que la persona consideraba esencial para vivir: la comunicación, la conciencia, la movilidad, la interacción afectiva o intelectual. La certeza de un futuro indigno nos da la pista para decidir con tranquilidad.

Y quizás un cuarto criterio sea el deseo persistente, libre y consciente de no prolongar artificialmente una situación que la propia persona considera incompatible con su idea de dignidad.

La discusión sobre la eutanasia no debería centrarse únicamente en cuánto puede resistir un cuerpo humano. La verdadera pregunta es cuánto sufrimiento está obligado moralmente a soportar un ser humano para que la persona considere legítima su decisión de partir.

Defender la muerte digna no significa despreciar la vida. Por el contrario, significa valorar tanto la dignidad humana que se reconoce que existen situaciones en las cuales prolongar el sufrimiento deja de ser un acto de amor y se convierte en una imposición.

Quizás una sociedad más madura sea aquella que aprenda a distinguir entre fortaleza y masoquismo. Porque resistir tiene sentido cuando existe esperanza, propósito o posibilidad de reconstrucción. Pero cuando solo queda la prolongación inútil del dolor, tal vez la verdadera dignidad consista precisamente en poder decidir hasta dónde continuar.

No veo esa decisión como una renuncia a la vida, sino como una manera consciente de proteger aquello que precisamente le da valor: la dignidad, la libertad y la posibilidad de elegir. Así como en otros ámbitos de la existencia las personas toman decisiones antes de que el sufrimiento destruya totalmente su integridad, también creo que debería existir el derecho sereno y humano de decidir cuándo el dolor, la dependencia absoluta o la pérdida irreversible del sentido han cruzado un límite personal.

Por mi parte, no quisiera asumir el sufrimiento como una obligación, ni convertirme en un masoquista, ni prolongar una situación que, para mí, termine siendo indigna. Me estoy preparando psicológicamente para comprender que, llegado el momento, quizá tendré que tomar una decisión cuando vea que mi condición entra en una etapa de sufrimiento irreversible y prolongado. He comenzado a imaginar cuáles serían esas circunstancias que marcarían, para mí, la señal de partida. Lo hago porque deseo morir como he vivido: con dignidad, antes de llegar a una condición humana que considere indigna.

Superar el masoquismo  frente al sufrimiento no significa amar menos la vida. Tal vez significa respetarla lo suficiente como para no convertir el dolor inútil y sin sentido en una indignidad temporal o prolongada.

Silvio Zuluaga

Junio, 2026

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2 Comentarios

ALEJANDRO GAMBOA ALDER 10 junio, 2026 - 4:12 am

Excelente Silvio. Me encantaron tus reflexiones. Al masoquismo del propio ser humano yo agregaría el “amor egoísta” de los seres queridos del que está partiendo de retenerlo junto a ellos el mayor tiempo posible, así no gocen ya ,por imposibilidad humana y animal, de los atributos físicos, intelectuales y afectivos de su ser amado.
Por eso las decisiones sobre el particu.ar deben pactarse siempre bajo plenas facultades, sobre todo mentales, por escrito, de ser posible ante notario, y sobre todo, consejo de viejo negociador, con la firma de un número impar de personas para evitar empates cuando llegue ese momento donde todo es ya irreversible y sería sufrimiento hasta el paso al Oriente Eterno. Y cada testigo con copia auténtica de esa voluntad del fuero personalísimo. Solo así se preserva la dignidad de la persona, a la cual se ha referido tanto el Papa León durante su visita a España.
Aunque aclaro, en su discurso ante el Congreso de los diputados, defendió la posición de la iglesia sobre el aborto y la eutanasia. Algo de contradicción entre dignidad y muerte voluntaria?
Doctores tiene este grupo para dilucidar estos aspectos.
Abrazo fraterno
Alejandro

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EDUARDO JIMENEZ 10 junio, 2026 - 10:58 am

El “suicidio asistido” es ya legal en unos 7 u 8 países. En Suiza te colocan una vía intravenosa, pero le piden a la persona que sea ella quien pulse el botón que va a inyectarle la solución final.
Es una decisión que uno respeta. Probablemente, no estoy seguro, es mejor y más sano que la solución por la que optó hace unos meses la sobrina de una parienta que, luego de varios años de depresión por problemas económicos causados por la pandemia, se lanzó desde el décimo piso del apartamento de una hermana. Solución dramática (como la que tomaron hace un tiempo Robin Williams o Anthony Bourdain) aunque muy definitiva y con pocos, o ningún, trámite previo. Saludos.

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