A raíz de la triste desaparición de Paula Ordóñez, hija de nuestro compañero de toda la vida, Gustavo Adolfo, Silvio Zuluaga nos ofrece esta reflexión.
Hace sesenta años la muerte era un acontecimiento dramático. Cuando alguien moría, por lo regular en su residencia, el ámbito familiar cambiaba su entorno: el féretro se instalaba en la sala, las cortinas se bajaban y la noche de velación era interminable. Alrededor del ataúd se arrumaban sillas; se pasaba café, el humo del cigarrillo era penetrante y, hacia la alborada, se ofrecía comida y no faltaba el aguardiente. Se rezaba, se imploraba y, sobre todo, la casa se abarrotaba de familiares, amigos y vecinos, era una romería interminable. Las lágrimas y los quejidos le daban un carácter dramático, a veces espeluznante, durante toda la noche.Definitivamente, un escenario conmovedor y estremecedor a la vez.
Vestir de luto negro era una obligación, costumbre que duraba meses y años. La tristeza no se disimulaba: era el lenguaje común. Nadie esperaba que la viuda o el papá superaran la pérdida en pocas semanas. Todo giraba alrededor del dolor. La muerte era un hecho natural, sagrado y sobrecogedor. Para completar la escena dramática, a los cinco años se exhumaban los restos del ser querido: un recuerdo macabro, con un escenario escalofriante que reavivaba la ausencia.
Paradójicamente, en aquella cultura profundamente religiosa el “paso a la gloria de Dios” se mencionaba, pero quedaba ahogado por la intensidad del dolor humano. La experiencia dominante era la ausencia.
En aquellos días la muerte era algo que ocurría: no se elegía ni se programaba. Solo se aceptaba la muerte natural. La eutanasia y el suicidio eran moralmente rechazados, culturalmente silenciados, hasta se consideraban como vergüenza social. La vida pertenecía a Dios, tanto en su creación como en su término; el ser humano no podía siquiera pensar en decidir sobre su muerte.
Hoy el paisaje es distinto. La muerte se ha institucionalizado. Lo más frecuente es que la persona muera en un hospital, el féretro pasa rápidamente, después de la autopsia, a una sala de velación tranquila y organizada, con luces tenues y bellos ramos de flores.
Ahora la muerte se mira no solo como un final, sino también —para la gran mayoría— como una solución. Es el desenlace de la vida natural, pero al mismo tiempo puede verse como la salida a las limitaciones físicas y mentales de la vejez. Hay sufrimiento y dolor por la partida, pero su manifestación es menos dramática, más contenida, más racional. Los recuerdos de quien muere también dejan un gran sentimiento de gratitud por la belleza de los momentos compartidos.
Cuando la muerte se acepta de esta forma, su narrativa pasa del dolor desgarrador a un tono más reflexivo. Y no es solo descanso para quien ha llegado al final de su vida por causas naturales; también puede convertirse en una decisión personal, a través de la eutanasia, eligiendo el momento en que el sufrimiento debe cesar. El cambio ha sido tan sustancial que está reglamentado jurídicamente. Incluso en el caso de la auto-eutanasia existe una creciente comprensión social de la decisión como una forma de libertad: la búsqueda de la solución que la persona considera más conveniente para sí misma y para sus seres queridos.
Obviamente, hay situaciones de muerte que pertenecen a otra categoría: las muertes accidentales que generan una disrupción familiar profunda y las muertes en la guerra, crueles e inexplicables, que merecerían otro análisis.
Mientras que hace sesenta años predominaba la resignación ante el designio divino, hoy predomina la deliberación sobre la calidad de vida. En aparente contradicción, hoy en un mundo más secularizado, las referencias al más allá y a la existencia futura con Dios, expresadas por los creyentes, se escuchan con mayor claridad. Antes la muerte se vivía como una ruptura; hoy, con mayor serenidad, se interpreta como la culminación de un proceso, como una solución.
Silvio Zuluaga
Febrero, 2026


5 Comentarios
El comentario de Silvio me toca muy de cerca, pues hace solo un par de días falleció en Cali un primo, que fue prácticamente mi hermano mayor pues gran parte de mi infancia vivió en nuestra casa.
Hace dos días él estaba bien, repentinamente “se complicó” y falleció. Me queda ahora el recuerdo de cuando hace unos 6 meses vino a Barranquilla, según dicen algunos, “a despedirse”.
Tal vez fue la culminación de un proceso, como dice Silvio, pero, a estas alturas del partido, algo que va uno viendo como inevitable o tal vez mejor inexorable. Saludos
Silvio, muy bien hecha la comparación entre la reacción social ante la muerte hace 60 años y la actual. Nos ayudas a varias reflexiones: la muerte sigue siendo un misterio como tantos otros (le llamo misterio a lo que no comprendemos, pero se nos impone como una realidad innegable); sigue siendo un momento muy doloroso para los más cercanos; es culminación de un proceso, al modo de una meta que se logra, pero la meta no es el final, sino una etapa o un recorrido que da paso a otro periodo; más que existencia futura con Dios, yo digo, es paso a la existencia clara y definitiva con Dios, quien ahora es también misterio, pero innegable fundamento de nuestra vida.
GRACIAS, SILVIO, por ayudarnos a pensar en la muerte en las diversas culturas y el tiempo. Como somos trascendentes, la muerte es el final de nuestra vida temporal para pasar a un estado superior donde seguiremos creciendo continuamente cerca de Dios. Nuestra muerte, para mí, debe ser recibida con alegría como la toman nuestros antepasados y en la mayor parte de los pueblos…
Silvio, excelente autopsia de un evento ineludible que puede percibirse desde una perspectiva nueva, como la que planteas. En ella individual y colectivamente podemos pasar del dolor desgarrador por la ausencia a la contemplación activa de la nueva dimensión de existencia. Y si se le añade a ese paso la aceptación consciente de ser una transición de crecimiento y no de término, qué diferente sería el cambio de actitud y de reflexión sobre algo tan natural, como ineludible, que un día todos, todos hacemos esa transición natural. Entre más conscientes seamos de ello, cuán más plenamente la humanizamos.
Ese paso se explica mejor ahora que hace 60 años, pues la conciencia de la humanidad crece y comprende mejor los “misterios” de la vida. El hecho de morir, es un paso ineludible hacia la unión con la madre Naturaleza quien inicialmente permitió nuestra venida y quien nos espera para el momento definitivo de nuestra partida. Así nos integramos al Cosmos, a la Conciencia Universal.