No suele sorprenderse la gente del hecho que, en las fotos así llamadas de reconocimiento, las publicadas con ocasión de algún delito, suela oscurecerse el rostro de quienes acompañan al acusado o la acusada. Sobre todo, si se trata de niñas o niños. En el fondo, porque afirmamos que el rostro define la identidad.
Sin embargo, hay investigadores, sobre todo policiales, que prefieren el ADN, esas informaciones genéticas que todos llevamos desde el nacimiento, más todavía, desde la misma concepción, y que nunca permiten una confusión entre distintas identidades. A partir de entonces, y peor aún tras la irrupción de los celulares con cámara fotográfica, nuestras caras se han convertido en algo “sélfico”, merecedoras de un selfie para encantar a alguien, así sea un desconocido.
A lo largo de la historia abundan quienes han buscado el verdadero rostro de Jesús de Nazaret. Es sabido que no existían en su tiempo las fotografías que podrían garantizarnos datos más precisos. Para muchos continúa siendo un misterio que no nos hayan trasmitido las generaciones de primeros cristianos alguna pintura o un diseño del rostro del Maestro que ellos amaban. Al fin de cuentas los hebreos -de ellos venía más de uno de los primeros discípulos entre los cristianos, y el hebraísmo continuó influyendo en la iglesia naciente- rechazaban las representaciones de la divinidad y preferían a ellas las figuraciones simbólicas. De estas existen por centenares de los antiguos tiempos.
Ese hecho ha tenido una negativa consecuencia sobre los actuales cristianos: nunca falta alguno que quiere apropiarse de la persona de Jesús porque “lo ha visto” en una revelación que, ¡vaya casualidad!, es siempre privada. Si los normales ciudadanos desconfiamos gustosamente de las fake news, no sucede lo mismo con estas visiones y comunicaciones originadas en el más allá. Que si no son reconocidas por la autoridad eclesiástica, migran de buena gana hacia la Virgen María. Ejemplos de estos elegidos y elegidas, beneficiarios de milagros de ese tipo, tenemos por cantidades, sobre todo en los “países católicos”, entre ellos Colombia.
Razón tenían, y tienen todavía, los hebreos: delante de Yahvé Dios hay que cubrirse el rostro, so pena de la muerte. Porque solo él conoce, y en demasía, el nuestro, nuestra verdadera identidad.
Alberto Echeverri
Febrero, 2026


6 Comentarios
Gracias, Alberto, por tu reflexión identitaria. Difícil es conocer “nuestra verdadera identidad”: somos una superposición de máscaras (“personas”, literalmente) que van cambiando a lo largo de la vida. Si es complicadísimo conocerse a si mismo, más ilusorio es pretender conocer la “verdadera identidad” de los demás.
De connotado psiquiatra tu afirmaciòn, querido Rodolfo. Un abrazo.
Gracias Alberto. Los estudiosos de la sábana de Turin con ayuda de técnicas modernas han rescatado un rostro que podría acercarse mucho al Jesús de la historia.
Exitos.
Y sin embargo… querido Goyo, el buen Moisès, que no era un aparecido, tuvo que cubrirse el rostro delante de Dios, y a Jacob le tocò la mera espalda. El “No me toques” (en realidad “No me retengas”) del Resucitado es muy diciente.
Gracias, Alberto, por tu artículo. Si cada uno de nosotros es un misterio, cuánto más Jesucristo y sus facciones árabes y no las de una persona de pelo largo y ojos claros; estas no cuadran.
Te pido que me cuentes, también, qué querías comentar sobre mi receta de pastas al burro..
Con muuuuucho retardo, querido Julio, lo de la pasta al burro me encantò por lo sencillo de tu receta. Un abrazo.