Hace unos meses descubrí, casi por accidente, que mi visión no era la que creía. Al cubrirme el ojo izquierdo, la persona que tenía enfrente se convirtió en una figura borrosa. Consulté al médico y el diagnóstico fue claro: catarata avanzada en ambos ojos. La solución era inevitable: cirugía. El procedimiento fue rápido y el resultado, inmediato. Recuperé la visión. Hoy puedo leer sin gafas. Lo que antes era una limitación seria tuvo una solución sorprendentemente sencilla.
Lo más revelador es que no me había dado cuenta de cuánta visión había perdido. Me había acostumbrado, de manera inconsciente, a ver menos y a vivir con esa limitación como si fuera normal. Ahora, con una visión 20/20, la diferencia es total: los colores son más intensos, los detalles aparecen con claridad, el mundo se siente más nítido. La transformación no solo es real, es profunda. Y me deja una inquietud: ¿en qué otras áreas de la vida nos acostumbramos a vivir con menor calidad de vida y creemos que es suficiente?
Poco después de la intervención en los ojos visitamos a una amiga. Durante años habíamos hablado de la eutanasia. Sin dramatismo. Con argumentos. Ella lo tenía claro: cuando su vida llegara a un punto de deterioro extremo, sin posibilidad de mejora, pediría la eutanasia. Incluso describíamos con precisión diferentes escenarios inaceptables. Sabía —o creíamos saber— cuándo una vida dejaba de ser digna.
Al salir, comenté con mi esposa lo que era evidente: su estado era muy deteriorado. Sin posibilidad de recuperación. Exactamente estaba en una de las situaciones que ella misma había definido como el punto en el que no querría seguir viviendo. Pero durante la visita fue claro que no había pedido la eutanasia. Ni parecía que estuviera en modo de solicitarla.
Ahí aparece una pregunta incómoda: ¿por qué es tan fácil defender la eutanasia en teoría… y tan difícil cuando llega el momento real? El deterioro no ocurre de golpe. No es un antes y un después. Es un proceso lento. Se pierde algo hoy, algo más mañana. Lo que parecía inaceptable empieza a tolerarse. Lo que antes se llamaba indigno se vuelve rutina. Es un tobogán lento por el que nos vamos deslizando paulatinamente. Nos acostumbramos Esa es la frase clave: nos acostumbramos a la indignidad
Nos acostumbramos a vivir con menos autonomía, menos claridad, menos mundo, es decir con menos dignidad. Y en ese proceso, las líneas rojas que habíamos trazado con tanta seguridad empiezan a borrarse. No es falta de coherencia. Es adaptación. Y esa adaptación cambia completamente la percepción del problema.
Porque la eutanasia, en el debate público, se plantea como una decisión racional: una persona evalúa su situación y decide. Pero en la vida real, esa persona está inmersa en un proceso que le modifica el imaginario de lo que es tolerable. Dicho de otra forma: la persona que tomó la decisión en teoría no es la misma que tiene que ejecutarla en la práctica. Por eso existe tanta inconsistencia del dicho al hecho. Nos gusta pensar que sabremos cuándo es suficiente terminar nuestra estadía en esta vida. Que habrá un momento claro, una señal evidente. Pero ese momento rara vez llega con diafanidad como lo imaginamos de antemano.
No es un abismo. Y cuando queremos darnos cuenta, ya estamos adaptados a una nueva realidad. Como la rana en el agua tibia que se calienta poco a poco y llega a tolerar calores antes insoportables, que antes eran inimaginables.
No es solo si la eutanasia debe permitirse o no. Es que, incluso cuando se acepta, no es fácil ejercerla. Porque la vida, incluso en condiciones muy limitadas, conserva una fuerza silenciosa: la de seguir siendo vivida. Y esa fuerza compite con cualquier decisión previa. Por eso, el problema no se resuelve con tener una opinión clara.
Se complica. Porque obliga a reconocer algo incómodo: no podemos confiar del todo en lo que hoy creemos que haríamos en el futuro. El tiempo nos cambia. Nos vuelve más tolerantes a lo que antes rechazábamos. Entonces la pregunta deja de ser teórica. Pasa a ser práctica: ¿cómo prepararse para no quedar atrapado en esa adaptación indigna?
No hay una respuesta única. Pero sí una pista: no basta con decidir. Hay que anticipar que esa decisión, con el tiempo, será objeta de revaluación inconsciente. Eso implica prever dicha situación: hablarla en serio, dejar criterios claros, comentarla con los seres queridos y con las instituciones adecuadas, establecer límites antes de que se vuelvan difusos. Implica, en el fondo, desconfiar un poco de nuestra versión futura. Dejar por escrito y legalizado nuestro deseo de vivir dignamente, lo que facilita la intervención de terceros en momento cruciales. Porque la vida nos transforma. Y no siempre en la dirección que habíamos previsto.
La eutanasia puede ser una discusión jurídica, médica religiosa o ética. Pero, en el fondo, es algo más inquietante: un problema de lucidez frente al paso del tiempo. Porque no es lo mismo dejar de vivir la vida… que seguirla viviendo. Y cuando se vive, todo cambia.
Y entonces la pregunta incómoda vuelve, inevitable: ¿hemos creado realmente los mecanismos para que aquella decisión, que alguna vez tomamos con tanta claridad sobre el momento en que una vida deja de ser digna, se respete y se cumpla?
¿O estamos, más bien, condenados a deslizarnos casi sin darnos cuenta hacia un proceso de deterioro interminable, donde los límites de la indignidad —que en algún momento trazamos con firmeza— se difuminan hasta que la indignidad del vivir se integre, silenciosamente, en lo que terminamos convirtiendo en NUESTRA PROPIA DIGNIDAD?
La verdadera pregunta es si, cuando ese momento llegue, aún seremos capaces de reconocer el punto exacto en el que un día dijimos: HASTA AQUÍ.


6 Comentarios
Silvio hay diversas miradas a la eutanasia. Una de ellas consiste en la actitud sobre la vida digna o indigna. Otra es la concepción de Dios como qué tipo de “dueño” es… pero tu artículo es muy humano, aparte de elucubraciones teóricas.
Estoy de acuerdo con Vicente. Saludos.
Me acuerdo de la historia de quien tomo la decision de auto aplicarse la euthanasia cuando llegara el momento de la “indignidad”y compró las pastillas pertinentes, pero con el tiempo se le olvidó donde estaban las pastillas. Otra forma de verlo es que, a pesar de las circumstancias, siempre seremos dignos.
Yo por ahora, escribi en mi testamento que no me mantuvieran en vida artificial estando entubado.
A mí me parecieron excelentes las reflexiones de Silvio sobre la eutanasia. La verdad, nunca me he planteado seriamente el tener que tomar la decisión de que me la apliquen, aunque teóricamente diría que estaría de acuerdo, vs. una enfermedad denigrante. Pero estoy de acuerdo con Silvio en la realidad del enfrentamiento contra esa decisión. Conozco el caso de un amigo, con su madre enferma por muchos años, prácticamente con vida sostenida. Todos sus hijos opinaban que lo mejor sería “desconectarla” y que descansara en paz. La cuestión era: Quién la desconecta? Ninguno quería cargar con esa responsabilidad. Según supe, un jesuita amigo de la familia se ofreció a desconectarla, y lo hizo. Eso si es verraquera, carajo! Eso si es caridad humana: cargar con la culpa para aliviar la pena del prójimo.
“Un problema de lucidez frente al paso del tiempo”. Excelente página, Silvio, fuera de una muy agradable (y tremenda) lectura. Como decía la colombiana erudita, “muy inclusive”. Un abrazo.