En interacción con el Chat GTP escribí este artículo que me permito compartir con ustedes.
Dos jugadores, dos estilos
El jugador de póker no vive de la certeza sino de la ilusión. Su maestría radica en esconder la fragilidad de su mano, en aparentar fortaleza aun cuando sus cartas son mediocres, en hacer que los demás crean que está ganando mientras en realidad depende de un farol bien colocado. Si trasladamos esta figura al mundo político, el retrato se parece mucho a Donald Trump. Empresario, celebridad televisiva y presidente de Estados Unidos entre 2017 y 2021, Trump construyó su marca en torno a la imprevisibilidad. Al igual que un jugador de póker, su estrategia se basa en desestabilizar la mesa, en que nadie sepa exactamente qué cartas tiene ni cuál será su próximo movimiento. El ruido, la exageración, la amenaza y la teatralidad son parte de su arsenal.
El jugador de ajedrez, en cambio, no puede confiar en el azar. Su tablero es transparente: todas las piezas están a la vista y cada movimiento genera un registro que los demás pueden analizar. No hay faroles, sino estrategia a largo plazo. Este perfil encaja con Xi Jinping, presidente de la República Popular China y secretario general del Partido Comunista desde 2012. Xi es un estratega de procesos prolongados: fortalece instituciones, concentra poder y piensa en décadas más que en ciclos electorales. Como en el ajedrez, donde cada jugada inicial puede definir el desenlace mucho tiempo después, sus políticas parecen diseñadas para consolidar una victoria estructural y lenta, más que para lograr un golpe inmediato.
En esta oposición, Trump es el jugador del instante —improvisador, ruidoso, con habilidad para leer emociones—, mientras Xi es el jugador de la estructura —metódico, paciente, convencido de que el tiempo está de su lado.
2. Dos juegos con datos reales
El póker de Trump
Durante su presidencia, Trump usó la lógica del póker en la política internacional. Un ejemplo evidente fue la guerra comercial con China (2018–2019). Impuso aranceles del 25% a productos por valor de más de 250.000 millones de dólares, con la expectativa de que Pekín cediera. En 2025, un nuevo round de tarifas con alzas rápidas amenazó con llegar a un 145%, un movimiento de presión extrema que generó inestabilidad en los mercados.
Los ultimátums se convirtieron en una herramienta recurrente. “En 90 días negociaremos tarifas con todos los países”, anunció en una ocasión; “Rusia debe firmar un cese al fuego en 50 días”, advirtió después, para luego reducir el plazo a apenas 12 días, bajo amenaza de “consecuencias severas”. En una cumbre en Alaska, convocó sin agenda previa, sin acuerdos preparados y sin consecuencias tangibles para Moscú: un gesto de improvisación más cercano a un farol que a una jugada sostenida.
Su estilo también se reflejó en el ámbito interno. Trump mantuvo conflictos constantes con los bufetes de abogados que lo representaban: muchos renunciaron por sus demandas imposibles o por el riesgo reputacional, dejando ver que su forma de negociar era un juego de presión y desgaste. Con los empleados federales recurrió a despidos abruptos y a declaraciones incendiarias: en 2018 provocó el cierre gubernamental más largo de la historia de EE. UU. (35 días), al negarse a firmar un presupuesto sin fondos para el muro fronterizo. Con las universidades, descalificó públicamente a instituciones críticas, retiró fondos a programas de investigación y amenazó con revisar visas estudiantiles para presionar en el debate sobre la ideología en los campus.
La esencia del “póker Trump” es esa: movimientos llamativos, ultimátums drásticos, presión directa y capacidad de alterar la dinámica de la mesa, pero con resultados volátiles y difícilmente sostenibles
El ajedrez de Xi
Xi Jinping, en contraste, juega al ajedrez. No se trata del movimiento improvisado de un individuo aislado, sino de la acción coordinada de una institución poderosa: el Partido Comunista Chino y su órgano central, el Politburó. Xi actúa como su rostro visible, pero las piezas se mueven con disciplina colectiva y con un plan que puede extenderse décadas. Cada movimiento no es fruto del azar, sino de cálculos previos, de escenarios anticipados y de una convicción: el tiempo está del lado de China.
Un ejemplo central de esta lógica es la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés), lanzada en 2013. Este megaproyecto ha financiado puertos, carreteras, ferrocarriles y centrales energéticas en más de 150 países, con inversiones acumuladas que superan el billón de dólares. Más que un golpe inmediato, la BRI se asemeja a una partida en la que se van colocando torres, caballos y alfiles a lo largo del tablero, consolidando posiciones hasta volver a China un actor indispensable en el comercio y la infraestructura global.
Otro movimiento fue la modernización del Ejército Popular de Liberación (EPL). Entre 2015 y 2021, Xi reorganizó las estructuras militares, priorizando la inteligencia artificial, la guerra cibernética y la capacidad naval en el mar del Sur de China. Cada inversión funciona como una pieza avanzada que, aunque discreta en el corto plazo, redefine el equilibrio estratégico a largo plazo.
El Politburó también respondió con método a la amenaza arancelaria de Trump en 2017. En ese año, alrededor del 19% de las exportaciones chinas tenía como destino Estados Unidos. En 2024, esa proporción había descendido a 12%, gracias a una política deliberada de desacople comercial y diversificación hacia Asia, África y América Latina. En términos de ajedrez, mientras Trump buscaba un jaque inmediato, China ya había diseñado un sistema defensivo de varias jugadas por adelantado.
Otros ejemplos refuerzan esta visión de largo plazo. El impulso a la autosuficiencia tecnológica —con programas como “Made in China 2025”—, la apuesta por dominar sectores como semiconductores, energías renovables y telecomunicaciones 5G, y la consolidación de alianzas financieras a través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura son parte de un tablero global en expansión. Cada pieza avanza de manera gradual, pero su efecto acumulativo resulta innegable.
Finalmente, el control interno sigue siendo una jugada estratégica. La campaña anticorrupción, que desde 2012 ha sancionado a más de 1,5 millones de funcionarios, no solo eliminó rivales, sino que aseguró la cohesión del Partido antes de dar pasos decisivos hacia afuera. Xi y el Politburó entienden que, en ajedrez, las piezas débiles son un riesgo: limpiarlas del tablero es condición necesaria para aspirar al jaque mate.
Conclusión: ¿quién gana?
Si este enfrentamiento fuera una partida literal entre póker y ajedrez, la pregunta central es: ¿vale más la capacidad de improvisar y desestabilizar, o la capacidad de planear y resistir?
En el corto plazo, el estilo póker de Trump puede dar resultados impactantes. Un buen farol en el momento preciso puede cambiar la percepción de la mesa y generar concesiones rápidas. Su carisma mediático, su habilidad para leer el ánimo de las audiencias y con el garrote poderoso de la mayor economía del mundo, le han permitido dominar titulares, marcar la agenda y condicionar a sus rivales. Sin embargo, como ocurre en el póker, la suerte y el cálculo psicológico tienen límites: una vez reveladas las cartas, los efectos suelen diluirse.
En el largo plazo, el estilo ajedrez de Xi muestra más consistencia. China ha pasado de representar el 4% del PIB mundial en 2000 a superar el 18% en 2024, con una trayectoria sostenida. Sus inversiones estratégicas, su disciplina organizativa y su control político interno le dan estabilidad frente a la volatilidad de un liderazgo que depende del golpe de efecto.
La respuesta, entonces, es que Xi Jinping —el jugador de ajedrez— tiene más probabilidades de ganar la partida global. No porque el póker sea irrelevante, sino porque en un mundo interconectado y de procesos largos, la capacidad de tejer estructuras duraderas suele imponerse sobre el impacto momentáneo del farol. Trump puede ganar rondas; Xi, con paciencia, se encamina a ganar el tablero.
Silvio Zuluaga
Septiembre, 2025


2 Comentarios
Silvio: Un gran artículo, con una visión muy clara sobre la realidad y el momento de cambios profundos que vive la humanidad. Creo que la debilidad del juego de poker de Trump se le está devolviendo a nivel interno en contra de su estabilidad a largo plazo, mientras que la visión ponderada y prospectiva de Xi Jinping realiza y promete resultados profundos y decisivos. Gracias. Hernando
Silvio, excelente análisis el que nos das en esta ocasión sobre la puja entre las dos grandes potencias del momento. La cultura China con milenios de perseverancia y de estrategia ya nos habían asombrado con sus realizaciones culturales a lo largo de los siglos. Trump representa a los recién llegados que aún tienen mucho qué aprender desde el punto de vista humanístico y de respeto y comprensión por la idiosincracia de otras naciones que no comparten su “ideología”.