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Alberto Betancourt

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Al terminar nuestra etapa en la Apostólica de El Mortiño, en Noviembre de 1951, se cumplía el clímax con el traslado al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo en Boyacá. Nos llevaron a la estación de Cajicá para abordar el tren que nos conduciría a nuestro destino.

Al llegar a Duitama nos bajamos para subirnos a un camión Ford que servía para los transportes de la comunidad, conducido por un hermano coadjutor y que nos llevaría a nuestro destino final, viajando como las reses que van al matadero. Efectivamente, en el postulantado nos explicaron que al ponernos la sotana un hombre nuevo nacería en nosotros y que el hombre viejo moriría. 

En el baño vi que había un instrumento desconocido para mí, consistente en un palo con un churrusco en su extremo, y como debíamos guardar silencio en el postulantado, no pude preguntar para qué servía, pero adiviné que podría servir para enjabonarme el cabello. Al día siguiente al levantarme fui al baño y me enjaboné el pelo para luego disfrutar del churrusco resultando una abundante espuma amarillenta. Un novicio que entró al baño quedó espantado viendo semejante espectáculo y se atrevió a romper el gran silencio advirtiéndome para qué servía ese misterioso aparejo.

Por fín llegó el 8 de Diciembre día de la toma de sotana, y ví nacer dentro de mi a un hombre nuevo. Rápido me adpté a mi nueva vida y me convertí en un novicio observante y muy juicioso. En esa época todavía el edificio del convento estaba en construcción y los novicios durante varias horas cada día, ayudábamos a los albañiles y obreros en su dura faena.

Diariamente dedicábamos una hora a “oficios humildes” para labores de aseo y limpieza del convento. Un día me asignaron el trabajo de barrer la escalera del noviciado, y cuando empezaba mi labor en el cuarto piso, llegó el hermano distributario Javier Osuna y me dijo: “coja el recogedor y la escoba y sígame”. Llegamos a la planta baja y me dijo: “Ahora barra de abajo hacia arriba”. Le dije que eso iba contra la ley de la gravedad, y me respondió: “Aquí la ley de la obediencia ciega prima sobre cualquier otra ley”. Muy obediente comencé a barrer contra  la ley de la gravedad, y me sentía como barriendo el Empire State de Nueva York en reversa. 

Cierto día comencé a sentirme mal y una fiebre altísima me hizo recurrir a la enfermería, atendida entonces por el veterano Hermano Urbano Duque, quien me asignó un cuarto para mi convalescencia. A la hora del almuerzo llegó con un vaso de agua y un pan y me dijo que ese era mi almuerzo. La fiebre siguó subiendo y comencé a delirar… En la capilla había una estatua de San Estanisalo de Kostka, el patrono de los novicios, y yo en mi turbada imaginación veía a la estatua que me tiraba los brazos como invitándome a estar con él, y yo muy emocionado porque sentía que estaba disfrutando del privilegio de la muerte en la Compañía. En el noviciado cada día nos leían un capítulo de La Muerte en la Compañía, un libro de terror con tragedias que sucedían a quienes se retiraban de la Mínima. A la hora de la cena llegó el Hermano Duque con un vaso de agua y un pan y me dijo: “aquí está su cena”. En la noche las tripas me hacía ruido, como reclamando sus derechos, y no pude dormir. Me levanté al sonar la campana decidido a seguir la “vida común” y le dije al Hermano que ya me sentía bien para que me diera de alta. Ese fue un gran enfermero, pues ningún enfermo duró más de un día en sus instalaciones.

Desafortunadamente cambiaron al hermano Duque por un novicio coadjutor quien había ascendido de zapatero a enfermero. Un día comencé a tener un fuerte dolor de muelas y recurrí al hermano enfermero, quien me dijo que la última tecnología era la endodoncia, que consistía en matar el nervio para jamás volver a sentir el dolor. Yo le dije que hiciero lo que fuera para quitarme el dolor y fue siguiendo los pasos de un arículo de una revista para matarme el nervio, y por poco me mata a mí. Se me fue hichando la encía, el dolor aumentaba y no quedó otro remedio que el gatillo para arrancar la muela.

En la clase de latín teníamos como texto el Génesis para aprender a traducir. Un día el profesor le pidió a Cisco Isaza que fuera leyendo y traduciendo un texto: Abraham iam senuerat Abraham ya había cenado, et Sara uxor eius y Sara su esposa, erat sterilis estaba en la estera. Una gran carcajada de todos los compañeros por esa elocuente traducción de Cisco.

Todas las tardes asistíamos al salón de pláticas para escuchar la lectura del Tratado de la Perfección del Padre Rodríguez. Allí se nos infundía terror a la mujer, comparándola con el basilisco, una gran serpíente venenosa de la mitología griega, que mataba con su simple mirada. El Padre Maestro nos decía que siempre había que evitar mirar a los ojos de una mujer, y si teníamos que hablar con ella, debíamos mirar hacia el mentón y jamás a los ojos, pues la mirada femenina induce al pecado. Todas estas consideraciones nos llevaban a concluir que el estado célibe era más perfecto y más del agrado de Dios, ya que la mujer era el origen del pecado.

Al leer el artículo de Jaime Escobar sobre nuestro gran amigo Alberto Alvarado y sus vivencias en el postulantado y noviciado, evoqué estas remembranzas de mis vivencias de pichón de jesuita, que comparto ahora con ustedes.

Alberto Betancourt

Mayo, 2024

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En la tertulia del jueves 14 de marzo quisimos compartir nuestras experiencias de vida, una vez que la edad nos ha permitido “jubilarnos”. Estos son los testimonios de Alberto Betancourt y de Horacio Martínez. 

Exjesuitas en tertulia- 14 de Marzo, 2024
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El acontecimiento que marcó mi vida en la Compañía fue mi encuentro con la música. Cuando estaba en El Mortiño en Zipaquirá, me gustaba oír los cantos del coro del Padre Gorostiza y me inscribí para participar en ellos. Mi amigo Hernando Bernal era quien hacía los acompañamientos del coro y yo sentía cierta envidia por ese privilegio de poder tocar el armonio.

En las vacaciones, en la finca Patasía, circulaba un dinero de fantasía con el que nos pagaban oficios domésticos y premios en los concursos. Con ese dinero podíamos comprar objetos en la tienda de vacaciones y allí obtuve mi primer instrumento, una dulzaina Hohner. Descubrí que soplando salían unos sonidos y otros distintos aspirando, y mientras soplaba y aspiraba, comenzaron a salir de mi dulzaina todas las canciones del repertorio de la comunidad.

Cuando estaba en el Noviciado íbamos a Tobasía todos los jueves y asistíamos a la misa en la Iglesia donde Hernando tocaba el armonio. Un día le pedí que me enseñara a tocar, pero me dijo que era imposible, porque para iniciar el estudio del piano se necesitaba tener 4 años y yo hacía tiempo había pasado esa edad. Días después le insistí para que me enseñara, por lo menos las notas musicales; Hernando tomó un palito y en el piso de arena de la cancha de básquet, dibujó un pentagrama y un teclado. Pintó las notas de la escala con sus nombres en el pentagrama y unas flechitas que las unían con su correspondiente tecla. Yo me concentré fijamente en esa imagen y la grabé en mi mente. 

A partir de entonces, en las misas de Tobasía, yo le pasaba las páginas a Hernando, mientras tocaba el armonio, practicando así mis elementales conocimientos de solfeo, y al terminar la misa,me sentaba a tocar, devorando todas las partituras de cantos sagrados que había en la Iglesia.

Al pasar al Juniorado me encargaron del archivo de música y yo era el encargado de mantener ordenadas todas las partituras para el uso del coro. En los recreos entraba a hacer mi trabajo y ponía una cortina en los martillitos de la maquinaria del piano para amortiguar el sonido, y así poder practicar discretamente. Me fui devorando todos los métodos y partituras que encontraba, y así fue como aprendí a tocar el piano en forma autodidacta. 

Cuando se estrenó el gran órgano Wurlitzer en la nueva capilla doméstica, pedí permiso al padre rector para tocarlo, pero me dijo que no hacía falta que yo lo aprendiera a tocar, porque para eso ya estaba el Hermano Hernando; me tocó resignarme, pensando piadosamente que la voz del Superior era la voz de Dios. Pasado el tiempo, el director del coro pidió a Hernando que bajara un tono a una misa para poderla cantar con el coro y él me preguntó si yo sería capaz de resolver semejante “chicharrón”. Le respondí que sí, pero si me conseguía el permiso para tocar el órgano. Él le dijo al padre rector que me necesitaba como viceorganista, y quedé nombrado en el puesto. 

En mi último año de juniorado llegó a Santa Rosa a hacer su tercera probación el Padre Mihalhevic, un gran organista eslavo-argentino, quien nos dio unas interesantes clases a Hernando y a mí para tocar con técnica el órgano.

Al pasar a Ciencias, en Chapinero me nombraron viceorganista, siendo el titular el teólogo Padre Vall-Serra, quien a los pocos meses me dijo que yo podía encargarme por completo del trabajo y me entregó las llaves del órgano. A partir de entonces tenía a mi cargo un poderoso órgano tubular y como al tocarlo retumbaba todo el convento, yo practicaba con él apagado, imaginando los sonidos, y así fui desarrollando un gran oído interno.

Los 3 años de magisterio los hice en Cali, donde me desempeñé como organista del Templo del Sagrado Corazón, y al concluir esa etapa me retiré de la Compañía.

Durante mi vida en la Compañía siempre fui el músico de la comunidad y debía estudiar mucho para desempeñar mis trabajos de organista y algunos años también de director del coro. Así que fue un gran privilegio brindado por el destino para realizarme como músico en la Compañía; he sido muy feliz con la ejecución musical a lo largo de toda mi vida.

En este blog de Exjesuitas en tertulia escribí el artículo Mis vivencias musicales, donde describo mis aventuras en los inicios de mi vida musical.

Alberto Betancourt

Septiembre, 2023

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Nuestro compañero Alberto Betancourt, en una sesión inolvidable – hasta la fecha vista por casi 500 personas en youtube- nos compartió sus experiencias a través de los años, las cuales también son fruto de sus observaciones y posteriores estudios relacionados con su profesión musical y sus descubrimientos personales sobre el poder de la mente humana. Le presentamos el video de esa memorable sesión a nuestros lectores del blog.

Exjesuitas en tertulia- 10 de Febrero, 2023
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Mientras estudiaba en la Compañía de Jesús fui aprendiendo la música por mi cuenta, convirtiéndome en mi propio maestro, y logré llegar a ser músico a pesar de ser jesuita. 

Al retirarme de la Compañía de Jesús pasé a ser maestro en el Liceo Javier de Guatemala. La pensión donde vivía quedaba muy cerca del Conservatorio. Fui allí a la secretaría para tratar de inscribirme en la carrera de órgano, pero el secretario me dijo que primero debía cursar dos años de solfeo y cuatro de piano antes de iniciar la carrera de seis años de órgano. 

Entonces, pedí una cita con el director, maestro José Castañeda, fundador de la Orquesta Sinfónica de Guatemala. Le conté mi historia musical y le dije que mi gran sueño era estudiar en el Conservatorio. Llamó al maestro de órgano, el padre Emigdio Papinutti, y al organista de la catedral, el maestro Elías Blas, quien también impartía clases allí. Los tres me hicieron un examen de validación, dieron por aprobado el tercer año y autorizaron mi ingreso a cuarto. En tres semestres cursé los tres años finales de la carrera.

El padre Papinutti era el maestro de órgano en la Escuela de Música de Santa Cecilia en Roma. El superior de los Franciscanos lo había enviado como misionero a Guatemala. Por los días en que yo finalizaba el sexto año de órgano, el papa Pablo VI le preguntó al superior de los Franciscanos por el padre Papinutti y él le respondió que estaba en Guatemala como misionero. Pablo VI le ordenó el traslado inmediato a Roma para hacerse cargo del órgano de la Basílica de San Pedro. Ese fue el gran maestro que me había reservado el destino para cumplir mi sueño, con cuyas enseñanzas pude aprender a interpretar las grandes obras de órgano.

En música sacra ya me sentía muy competente en mi profesión, pero mi ambición musical iba mucho más allá. Necesitaba dominar el piano, la armonía moderna, la improvisación y el jazz. Recién casado fui con mi esposa a cenar al restaurante del nuevo Hotel Ritz y encontramos un excelente pianista negro que tocaba un jazz de película. En un descanso lo invité a mi mesa. Era nada menos que Harold Blanchard, un pianista fabuloso de New York, que se había convertido en pastor y lo enviaron de misionero a Guatemala. Otro gran regalo que me tenía reservado el destino para cumplir mi sueño. Fui su primer discípulo en Guatemala: me enseñó los grandes secretos para interpretar el jazz, la improvisación y la armonía moderna.

Otro gran maestro que me tenía reservado el destino era el gran director artístico Guillermo Acosta, dueño de la empresa Discos Gas en México. No daba clases, pero me dio lecciones valiosísimas en las sesiones de grabación que me dirigía. En la primera pieza que grabé bajo su dirección me dijo: Tocaste las notas exactas, pero la gente no compra solfeo, sino pasión, sensualidad, nostalgia, alegría, despecho y sentimientos profundos. 

Cuando sentía que mi interpretación transmitía sentimientos profundos, me la aprobaba. Durante mi estadía de nueve años en México grabé 13 discos de larga duración bajo su dirección artística. Fue mucho lo que aprendí para mi desempeño como músico profesional.

Alberto Betancourt

Mayo, 2022

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Muchos psicólogos usan los términos consciente / inconsciente con base en que el prefijo in implica una negación, como competente / incompetente, o sea, consciente / no consciente.  Debajo del consciente existe otra entidad que no razona y que realiza funciones en nuestro organismo, independientemente del consciente, que es el que razona. Por eso, prefiero usar consciente / subconsciente.

El subconsciente es como una computadora que controla todas las funciones automáticas e instintivas en nuestro organismo, como caminar, conducir un auto, todos los ciclos biológicos, el control del ritmo cardíaco, el ritmo respiratorio, los reflejos, etc.

 Todas las funciones del subconsciente son independientes del razonamiento y, por consiguiente, del consciente. El subconsciente siempre está trabajando de día y de noche en el manejo de todas las funciones de nuestro organismo y si en algún momento deja de funcionar, hay que solicitar los servicios de la funeraria.

Una madre duerme con un sueño profundo, escucha un ruidito y brinca de la cama hacia la cuna del bebé para revisarlo y ver que todo esté bien. La preocupación por el cuidado del bebé, cuando se acostó a dormir, creó una orden al subconsciente y al oír el ruidito la hizo saltar hacia la cuna para revisarlo.

Independencia de consciente y subconsciente ​

El consciente solo puede atender una operación; en cambio, el subconsciente puede atender varias operaciones simultáneamente.​

Para lograr la independencia de consciente y subconsciente yo les pongo a mis alumnos de piano este ejercicio:  ​

  1. Marcar con el pie un pulso cada segundo. ​
  2. Dar 2 golpes por cada pulso con la mano izquierda​.
  3. Dar 3 golpes por cada pulso con la mano derecha​.

Repetir el ejercicio hasta hacerlo con fluidez y sin pensar; entonces lo estaremos haciendo con el subconsciente. Sonará como el ritmo de merengue vallenato colombiano.​

  • Leer en voz alta el presente artículo mientras el subconsciente trabaja.​

Cuando lo logremos hacer con fluidez, estarán trabajando con perfecta independencia el consciente y el subconsciente. ​

Si tengo que ir a una dirección desconocida, miro el sitio en el mapa y luego las arterias, avenidas y calles que debo recorrer para llegar allí. O con la tecnología moderna pongo la dirección en Waze y voy siguiendo las instrucciones de la plataforma hasta llegar allí.  Toda esta primera operación la realizo con el consciente. Pero después de unas pocas veces, simplemente pienso voy a ir a tal sitio y el subconsciente conduce el auto y me lleva hasta allí, mientras el consciente va resolviendo problemas de la empresa por teléfono o escuchando música, conversando o pensando en múltiples ideas.

Programación del subconsciente

El subconsciente puede ser programado por pensamientos positivos repetitivos, generados por el consciente, en estado de relajamiento o por autohipnosis, tal como aprendimos en mi artículo anterior “Control mental sobre la salud”.  Así podremos controlar nuestra salud, curar alguna enfermedad, adquirir una personalidad magnética, eliminar malos hábitos, lograr el éxito en nuestro oficio o profesión, alcanzar la felicidad, mediante la programación del subconsciente.

En estado consciente también puedo programar el subconsciente en cualquier momento con pensamientos repetitivos, pues estos se convierten en órdenes al subconsciente. Por ejemplo: Todos mis órganos y sistemas se están poniendo normales, la causa del dolor de cabeza está desapareciendo, la irrigación sanguínea en el cerebro se está poniendo normal… Al subconsciente se le dan órdenes que irá cumpliendo al pie de la letra y sin razonar.

Uno mismo puede entrar en autohipnosis mediante sugerencias de un sueño profundo: Me duermo profundamente, siento un sueño profundo, mis párpados se están poniendo pesados, cada que me ordene dormir lo haré más profundamente, y pensamientos por el estilo.​ Así va entrando en un relajamiento profundo y su frecuencia cerebral va bajando hasta el nivel alfa, donde el consciente se conecta con el subconsciente, facilitando su programación. ​

Cuando termina sus sugestiones de sanación, se da la orden de despertar: A la cuenta de tres despertaré con todos mis órganos y sistemas en perfecta normalidad.”¡1, 2, 3, despierto​!”​.

El subconsciente conoce todas las funciones de mi organismo. Así, para sanar de una enfermedad, simplemente repito el pensamiento: mi subconsciente está eliminando la causa de la enfermedad… Al eliminar la causa desaparece el efecto, sin necesidad de exámenes de laboratorio, ni radiografías, ni encefalograma, ni resonancia, ni medicinas, ni cirugías, ni conocimientos médicos, pues el subconsciente conoce perfectamente todos mis órganos y sistemas, todas mis células, todas las fallas dentro de mi organismo. Entonces, para lograr una salud perfecta le programo: 

Todos mis órganos y sistemas se están normalizando, mis órganos y sistemas están entrando en armonía, todas mis células se están poniendo normales, las células malignas se están eliminando, las células buenas se están regenerando…

Con la programación del subconsciente me he curado de  artritis reumatoide, cáncer de próstata, diverticulitis, hemorroides; he liberado a mi esposa de tres cirugías ordenadas por los médicos: osteofitos en la columna, túnel carpiano y cálculos en la vesícula. Por medio de hipnosis o de enseñar a programar el subconsciente he ayudado a familiares y amigos a curarse de asma, cálculos, sonambulismo, secuelas de derrame cerebral o de infarto, glaucoma, parálisis, incontinencia urinaria, migrañas y muchas otras enfermedades graves, sin tener conocimientos médicos.

La memoria subconsciente

Cuando alguien que no es músico escucha a un aprendiz tocando una canción en el piano y se equivoca en una nota, inmediatamente se da cuenta del error, y si se acerca al piano puede ayudarle al aprendiz a encontrar la tecla correcta. El subconsciente tiene una memoria poderosísima que guarda como en un disco duro todo lo que ha escuchado en la vida. Este es el gran secreto de los músicos de oído, que cuentan con la facilidad de ir tocando los sonidos que tienen almacenados en ese poderoso disco duro del subconsciente.

La memoria consciente es limitada; en cambio, la memoria subconsciente es infinita. Cuando un músico memoriza una pieza con el consciente, tiene que estar tocándola con frecuencia para no olvidarla. En cambio, si la guarda en el subconsciente, repitiendo cada frase hasta poder tocarla sin pensar, queda grabada en el subconsciente y podrá tocarla con fluidez sin pensar en notas, ni acordes, ni ritmos. Cuanto menos se use el consciente al tocar, aflorará más el subconsciente y la ejecución musical será más fácil.

Programación de una personalidad magnética

Si alguien va a presidir una junta muy complicada, donde van a exponerse serios problemas, o va a dar una conferencia ante un auditorio difícil, puede programar su subconsciente pensando: “Cuando esté en la junta (o en la conferencia), mi mente consciente se conectará con el subconsciente… Así tendré un gran poder de concentración…, una memoria prodigiosa…, un gran poder de deducción…, un gran poder de persuasión… Tendré una personalidad magnética…, gran facilidad para rebatir las objeciones de los opositores…, con un gran poder de persuasión los convenceré de mis ideas…, tendré perfecto control de mi sistema nervioso…”  y así por el estilo.

Después de la junta todos comentarán su personalidad magnética y avasalladora, que tumbó todas las objeciones y todos resultaron aprobando sus proposiciones por unanimidad… ¡Un éxito total en la junta!

Musicoterapia

La musicoterapia consiste en la sanación con ayuda de la música. La música de Bach o de Mozart es de una armonía muy perfecta. Escucharla ayuda a armonizar los órganos y sistemas y, como consecuencia, a mejorar la salud.

La música de Nueva Era (New Age) puede lograr el efecto de bajar la frecuencia de las ondas cerebrales y producir un estado de relajación, de tranquilidad y de paz interior, muy apto para programar el subconsciente con pensamientos positivos como Todos mis órganos se están normalizando, todos mis sistemas se están poniendo normales, mis órganos y sistemas se están poniendo en armonía, mi sistema cardiovascular se está normalizando, las células malignas se están eliminando, el tumor está disminuyendo hasta desaparecer, la causa del dolor está desapareciendo…

Escuche Música de Nueva Era en Youtube².

Grabación de las órdenes al subconsciente

Si cuenta con una grabadora, un reproductor de mp3 o un computador portátil donde pueda grabar sus parlamentos con órdenes de sanación, tiene una herramienta muy eficaz para la programación del subconsciente.

Escriba las órdenes en frases cortas, siempre afirmativas y nunca negativas. Lea despacio cada frase, vocalizando muy bien y haciendo una pausa entre cada frase. Incluya una orden para dormir profundo y haga que cada respiración lo lleve más hondo. Tan pronto termine su parlamento, repítalo dos veces, para completar tres versiones continuas del mismo parlamento.

Cuando entre en estado de relajamiento o se disponga a dormir en la noche, dispare su reproductor de sonido. En muy pocas sesiones comenzará a sentir los efectos positivos.

El subconsciente es una herramienta prodigiosa que en la mayoría de las personas pasa desapercibida y, aunque funcione perfectamente, no se dan cuenta de que la poseen. Aprovéchela y alcanzará el éxito en su vida profesional y el control perfecto de su salud, logrando una vida feliz. 

___________

² https://youtu.be/VhQDPmZua4A 

Alberto Betancourt

Abril, 2022

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El subconsciente trabaja como una computadora controlando todos los procesos biológicos, todos los movimientos rutinarios y rítmicos, las reacciones instintivas y también opera como un programador de nuestra salud.

Podemos programar el subconsciente para curarnos de alguna enfermedad, para normalizar alguno de nuestros sistemas y órganos o para disfrutar de buena salud. Podemos dar órdenes directas al subconsciente o, simplemente, tener pensamientos positivos respecto a nuestra salud. Esos pensamientos se convierten en órdenes que este cumplirá al pie de la letra.

Las ondas cerebrales

Gracias al encefalograma puede comprobarse que en el cerebro se desarrolla una gran actividad eléctrica, pues emite cinco tipos ondas: gama, beta, alfa, theta y delta.

Nivel beta

En estado de vigilia, estado consciente, en una situación normal estando despiertos, nuestro cerebro emite ondas beta con frecuencias de 14 a 30 hertz.

Nivel gama

En caso de un ruido repentino, un susto, un sobresalto o pánico las ondas se aceleran y superan la frecuencia de 30 hertz, convirtiéndose en ondas gama. Estas tienen frecuencias entre 30 y 40 hertz. En ambos casos ‒ondas beta y gama‒ nos hallamos en estado consciente.

Nivel alfa

En el proceso natural del sueño, cuando estamos acostados dispuestos a dormir, las ondas cerebrales comienzan a bajar su frecuencia y entran en el nivel alfa. Las ondas alfa tienen una frecuencia entre 7.5 y 14 hertz. En este nivel convergen el consciente y el subconsciente. El nivel alfa es el estado ideal para programar conscientemente el subconsciente. 

Al nivel alfa se llega por el proceso natural del sueño, pero también por relax, hipnosis o autohipnosis, así como por drogas sicotrópicas.

Cuando en estado consciente conectamos el consciente con el subconsciente tenemos más imaginación y creatividad, una memoria poderosa, una mayor capacidad de concentración, una mejor disposición para el estudio y un mejor comportamiento físico.

Entramos entonces, conscientes, en un estado extraordinario de lucidez mental. Algunos músicos de rock y de jazz llegan a este estado gracias a ciertas drogas, pero es mejor para la salud y para el bolsillo tratar de entrar programando el subconsciente.

Nivel theta

Siguiendo el proceso natural del sueño, la frecuencia de las ondas sigue bajando y entramos a las ondas theta. Estas oscilan entre frecuencias de 3.5 a 7.5 hertz.

Llegamos así a un estado onírico, donde la mente vuela y crea imágenes que se convierten en sueños y fantasías, en medio de una total relajación física y mental. En muchas personas aparece un movimiento orbital rápido en los ojos durante este período de sueño.

Muchos de los grandes genios creadores han generado algunas de sus obras maestras en este estado de las ondas theta. Paul McCartney escuchó, en un sueño, la melodía de Yesterday y al despertar la tocó en su guitarra y la grabó, llevándola luego a una sesión en el estudio de grabación. John Lennon compuso la letra y así nació el mayor éxito de los Beatles. 

Muchas veces nos dormimos preocupados por buscar la solución a un problema y de repente encontramos en sueños una solución muy nítida.

Algunas personas tienen el hábito de dormir con un cuaderno al lado y al despertar de un sueño lo escriben. Hay quienes se dedican a interpretar los sueños como mensajes que vienen del subconsciente.

En estado de relax o hipnosis ligera estamos en nivel alfa. En hipnosis profunda pasamos al nivel theta.

Nivel delta

Por último, pasamos al sueño profundo, cuando el cerebro emite las ondas delta con frecuencias inferiores a 3.5 hertz. En este estado la conciencia está dormida profundamente y todo el cuerpo descansa.

Ejercicio de sanación

Con esta información sobre las frecuencias de las ondas cerebrales, podemos programar fácilmente el subconsciente para controlar nuestra salud. Pongamos un ejemplo: la eliminación de unas células malignas.

Cuando en la noche me acuesto a dormir estoy en estado consciente en nivel beta. Mis músculos se van aflojando, me voy relajando lentamente y la frecuencia cerebral va bajando hasta entrar en nivel alfa, llegando al estado ideal para la programación del subconsciente. Entonces pienso: las células malignas están desapareciendo, mi subconsciente está eliminando las células malignas, mi sistema inmunológico está eliminando las células malignas. Las células buenas se están regenerando… y sigo creando pensamientos positivos respecto al mismo tema. 

Al subconsciente siempre debe hablársele en positivo, pues no capta la palabra NO: Si digo No me dará gripa… el subconsciente capta me dará gripa y enseguida comenzaré a sentir los síntomas de esa enfermedad.

Esos pensamientos se convierten en órdenes al subconsciente y a medida que voy entrando en el sueño voy pasando al nivel theta donde se reafirman con más fuerza esas órdenes, pasando luego al sueño profundo en nivel delta. Así, mientras disfruto de un sueño profundo, mi subconsciente trabaja en la sanación de mi enfermedad.

La hipnoterapia funciona con base en estos principios. El hipnotizador induce rápidamente al sujeto en un estado de hipnosis ligera a nivel alfa, o de hipnosis profunda a nivel theta, y le hace las sugestiones hipnóticas para su pronta sanación.

Esta es la técnica que emplean los pastores evangélicos en sus sesiones de sanación, dando las sugestiones en nombre del Espíritu Santo. Así, cuando el sujeto se acerca a dar las gracias, el pastor le dice que esta es una muestra del poder del Espíritu Santo y que para lograr que su curación dure es necesaria su conversión a la Iglesia y el pago puntual de los diezmos.

Yo he sido muy feliz en la vida por haber logrado el control de la salud y quiero compartir con mis amigos este gran secreto. ¡Salud!

Alberto Betancourt

Febrero, 2022

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Cuando era pequeño en Medellín, Colombia, mi papá me llevaba los domingos a misa a la Catedral Metropolitana, donde escuchábamos el gran órgano y después pasábamos al Parque Bolívar para escuchar la retreta de la banda municipal. Cuando había conciertos en los teatros Bolívar, Junín o Bellas Artes a mi papá le encantaba asistir y me llevaba de compañía, despertando así en mí el interés por la música.

En 1949 ingresé al Colegio de San Ignacio a cursar primero de bachillerato, donde era obligatoria la asistencia a la misa dominical en la iglesia del mismo nombre. Me encantaba escuchar el sonido del órgano de tubos y me quedaba a escucharlo en otras misas seguidas, lo que llamó la atención a un Jesuíta viejito, quien un día me fue a buscar al salón de clases y me dijo que había visto que Dios me llamaba a su servicio y llamó por teléfono a mi papá a decírselo e invitarlo a que me dejara ingresar al Seminario Menor, en El Mortiño, Zipaquirá.

Después de El Mortiño ingresé en 1952 en la Compañía de Jesús en el noviciado de Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Allí le tenía mucha envidia a Hernando Bernal porque tocaba el armonio. Un día le pedí que me enseñara, pero me respondió que a mi edad de 16 años ya era muy tarde para empezar, pues para aprender a tocar el piano se necesitaba tener cuatro años por lo menos. Otro día estábamos en el campo de básquet con piso de arena aplanada y le insistí que me enseñara las notas. Él, con un palito dibujó un teclado, un pentagrama con las notas y unas flechitas uniendo las notas con las teclas. Me grabé esa imagen en la memoria y todos los jueves iba al pueblito de Tobasía a practicar en el armonio de la Iglesia, devorando todas las partituras de música religiosa que encontraba allí.

Al pasar al juniorado me nombraron encargado del archivo de música. Era el responsable de proporcionar las partituras al coro y tenerlas debidamente ordenadas y clasificadas. En los recreos le ponía una cortina a los martillitos del piano para que no se escuchara afuera y comencé a estudiar los métodos de Czerny y de Hanon, y todas las partituras clásicas que me encontraba, pues eso me servía para clasificar mejor las partituras de mi oficio.

En una ida a la finca de San Rafael, a orillas del río Chicamocha, tomé un acordeón y me puse a tratar de tocar melodías y acompañamientos. Resulté tocando todos los cantos del repertorio de la comunidad. El hermano bedel me vio tocando y se emocionó, pues me dijo que había varios hermanos con permiso del Provincial, pero ninguno había podido aprender y para él era muy útil tenerme para los festejos de la comunidad. Entonces me enteré que para aprender piano y acordeón se necesitaba permiso del padre Provincial, pero como ya había aprendido, no tuve necesidad de pedirlo.

Cuando estrenaron el gran órgano Wurlitzer en la nueva capilla gótica, pedí permiso de tocarlo al padre Rector, pero me dijo que con el hermano Bernal era suficiente y no era necesario que yo aprendiera a tocarlo. Con gran frustración me tocó resignarme, hasta que un día el director del coro le ordenó a Hernando bajarle un tono a la misa pontifical de Perosi. Él me preguntó que si podía hacerlo y le respondí que con mucho gusto, pero si me conseguía con el rector el permiso para tocar el órgano. Hernando cumplió su promesa y me nombraron “viceorganista”.

Cuando estaba en tercer año de juniorado, llegó a Santa Rosa el padre Mihaljevic a hacer su tercera probación. Era un concertista de órgano, argentino-eslavo. Nos dio a Hernando y a mí unas clases interesantísimas sobre cómo tocar el órgano. Esa fue nuestra gran escuela de órgano. 

Cuando pasé a la casa jesuita de Chapinero a las Facultades Eclesiásticas, me nombraron viceorganista. El titular era el padre Valserra, estudiante de teología, quien a los pocos meses me entregó las llaves del órgano y me dijo que yo podía desempeñarme solo en el cargo. Entonces me sentí muy feliz con un gran órgano tubular a mi disposición. Como ese instrumento retumbaba en todo el convento, yo ensayaba con el órgano apagado, viendo la partitura y tocando las teclas mudas, pero imaginando el sonido, desarrollando así un gran oído interno. Cuando algunos entraban a orar en el coro de la capilla se quedaban viéndome como un loco que creía que el órgano apagado estaba sonando. Algunos se acercaban a decirme que el órgano estaba apagado. Yo les respondía “por supuesto, para que no oiga la comunidad lo que estoy ensayando”…

Varias veces tuve el gusto de tocar en el gran órgano en la iglesia de San Ignacio, en la Iglesia de Lourdes y en la Catedral, acompañando al coro de las Facultades Eclesiásticas. Una vez, tocando en la Catedral, el organista titular, que era profesor del Conservatorio me oyó y me preguntó que dónde había estudiado. Le dije que en ninguna parte. Entonces, le dijo al rector, el padre Briceño, que debía ponerme en el Conservatorio, pues veía en mí un gran talento. Al llegar a la casa de Chapinero le pregunté al padre Briceño qué opinaba de eso. Me respondió que con todo lo que yo sabía era suficiente.

Al terminar Filosofía me destinaron al colegio Berchmans en Cali, donde me asignaron la subprefectura de la primera división, las clases de física, latín y todas las matemáticas de 3º a 6º, el servicio de transporte escolar, las noticias de la provincia y la dirección del coro. Además, el padre Sanín me encargó el órgano de la iglesia y disfrutaba mucho tocando en todas las misas del domingo. Al concluir los tres años de magisterio, el Provincial me autorizó pasar a Teología, pero yo preferí pasar a un mundo mejor: me retiré de la Compañía de Jesús.

Viajé a Medellín a casa de mis papás. Buscando donde practicar el órgano, el párroco de El Espíritu Santo me dijo que le caí del cielo, pues el organista había tenido problemas de salud y estaba en incapacidad; me encargó tocar el órgano por una temporada. Mi tío, hermano Cristiano, me consiguió permiso para ir a practicar en el nuevo órgano tubular del Colegio San José, y el hermano encargado de la iglesia me ofreció en venta el viejo órgano Hammond en $60.000. En esa época la importación estaba muy restringida y no se conseguían instrumentos nuevos. Mi mayor posibilidad de trabajo era ser profesor de física y matemáticas, con un sueldo mensual de $300. Me puse a hacer cuentas y ahorrando $100 pesos mensuales tardaría 50 años en reunir la plata para comprar el viejo órgano a mis 76 años.

Entonces, pensé que lo mejor era irme al extranjero, trabajar en lo que fuera para reunir los dólares suficientes para comprar un órgano nuevo y regresar al país bien aperado para iniciar mi vida de músico profesional.

A finales de 1962 viajé a Bogotá para inscribirme en la Universidad Javeriana en los cursos de vacaciones en física e inglés. Al ver allá a mi gran amigo Guillo Hoyos me comentó que los jesuitas de Guatemala estaban buscando importar un maestro de física y matemáticas, y me dio los datos del rector del Liceo Javier. Le escribí una carta comentándole que justamente había concluido con éxito mi magisterio enseñando esas materias. Me contestó diciéndome que me ofrecía un salario de 300 dólares y que pasara a una agencia a reclamar un pasaje de ida a Guatemala.

A principios de enero de 1963 volé a ese bello país. En los primeros días, mientras comenzaba el curso escolar, caminaba por el centro de la ciudad y leía todos los anuncios del periódico Prensa Libre. Vi uno de venta de órganos electrónicos en una casa particular. Fui allá y encontré una gran sala llena de órganos y pianos. Me puse a tocar en el órgano más completo. El propietario del negocio quedó fascinado y me dijo que me necesitaba, pues había adquirido la representación exclusiva de instrumentos musicales Yamaha y no había podido vender ningún órgano porque nadie los sabía manejar y no sonaban bien; en cambio, yo lo hacía sonar como un órgano de catedral. Me preguntó que cuál órgano me gustaba y le respondí que todos, pero que no podía comprar ninguno porque acababa de llegar. 

Le pedí que esperara unos meses para darle la cuota inicial. Me respondió que eligiera uno en ese momento y que esa misma tarde lo llevaría a mi casa, que los sábados en la tarde yo tocaría en su residencia para alguna selecta reunión de posibles clientes ‒entre sacerdotes, pastores, monjas y rectores de colegios‒. Por cada órgano vendido me daría el 5 %, suma que iría abonando a mi deuda. Así, esa noche ya tenía un tremendo órgano fiado en mi pieza de una pensión. Se había cumplido muy pronto mi sueño de poseer un órgano propio.

Cada sábado organizábamos una tertulia y se iban vendiendo los órganos. Una tarde llegó un industrial catalán de apellido Arnau a pedir que le afinaran su piano y se quedó a escucharme. Compró un órgano y me solicitó que fuera a su casa a darle clases a su hijita. Su familia me acogió muy bien: me invitaban a sus festejos familiares y varias veces a su casa de la playa en el Pacífico. En enero del año siguiente llegó a su casa la hija mayor, que estaba estudiando inglés en Nueva York: actualmente llevamos 53 años de feliz matrimonio.

Otro sábado llegó Jorge Hetch, dueño del restaurante El Gaucho, a comprar un piano. Después de escucharme, dijo que quería un órgano, pero con Alberto incluido. Le dije que era imposible porque yo daba clases todo el día y no podía trasnochar. Entonces, me propuso que le enseñara a manejar el órgano a un pianista que contrataría y que cuando tuviera comensales muy especiales me llamaría para una pequeña presentación. Le acepté sus condiciones y se convirtió en mi gran promotor.

Tocando en El Gaucho

Una noche llegó al restaurante el embajador de Argentina, que era amigo de Hecht, y le preguntó por un conjunto musical para una reunión importante en la Embajada. Él me recomendó por lo alto. Al día siguiente recibí una llamada de su secretaria invitándome a almorzar en la residencia del embajador, pues él necesitaba hablar conmigo. Después del saludo, el embajador me dijo que iba a tener un coctel muy importante con todos los diplomáticos, ministros y presidente de la república a bordo. Quería que yo la amenizara y que le dijera el costo del servicio. Yo no tenía la menor idea de precios. Recordando los cinco pesos colombianos que me pagaban en la iglesia de El Espíritu Santo por misa, se me ocurrió decirle el salario mensual que me pagaban en el Liceo Javier, pensando que partiendo de un precio alto podríamos conciliar un ingreso justo. De inmediato me hizo un cheque por 150 dólares y me dijo que el saldo me lo daría la secretaria al terminar el coctel. Ese fue mi primer contrato.

Pedí a la secretaria la lista de los embajadores invitados y busqué piezas de la mayoría de esos países. Fue el secreto de mi gran éxito: nadie había oído tocar música popular en un órgano durante una reunión. Los embajadores se emocionaban visiblemente al escuchar sus piezas favoritas. Allí conocí el champán, el caviar, la langosta y los aplausos. Esa noche no pude dormir pensando que debía cambiar de oficio. Al siguiente día laboral fui donde el padre Rector a decirle que buscara reemplazo para el año siguiente, pues iba a dedicarme por completo a la música. Entonces, el Padre muy preocupado me dijo que yo estaba siendo víctima del estrés y que me iba a llevar donde el mejor psiquiatra de Guatemala para un tratamiento. Le dije que no estaba loco y que en mi primer trabajo como músico había descubierto mi verdadera vocación.

En mis caminatas por el centro de la ciudad había descubierto muy cerca de mi pensión el Conservatorio Nacional de Música. Pregunté al secretario qué debía hacer para inscribirme en órgano, pues tenía conocimientos adquiridos como autodidacta. Me respondió que primero debía cursar y aprobar dos años de solfeo, después cuatro años de piano para así iniciar la carrera de órgano que duraba seis años. Pedí una cita con el director, el maestro José Castañeda. Le comenté mi historia musical y le dije que mi sueño era poder estudiar órgano en el Conservatorio. Él llamó al profesor de órgano, el padre Papinutti y al organista de la catedral, el maestro Elías Blas. Los tres me hicieron un examen de validación en el órgano y me dieron por aprobado el 3er. año y autorizaron matricularme en 4º. En año y medio cursé los grados 4º, 5º y 6º. Al padre Papinutti lo llamó el papa Pablo VI (ahora santo) para hacerse cargo del órgano y los coros de la basílica de San Pedro.

Una noche llegó a El Gaucho el periodista Titus, un famoso crítico musical y Jorge me llamó para que tocara un rato. Al día siguiente publicó un artículo en La Prensa donde hizo muchos elogios. Afirmaba que yo era el mejor organista de Latinoamérica y comentaba algunas piezas que le impresionaron. En la presentación escribió: “Alberto Betancourt es un joven organista colombiano de presencia franciscana y toca los boleros con una profunda espiritualidad”. Esa frase me impactó e hizo que buscara variar mi estilo. Sentí que debía cambiar esa profunda espiritualidad por sensualidad y pasión. 

Averigüé por un buen baterista. Me recomendaron como muy bueno a César, un negro que trabajaba todas las noches en una casa de citas. Fui una noche a su trabajo para verlo y encontré que él era lo que yo necesitaba. Lo llamé a mi mesa, le dije que quería trabajar con él y le pregunté cuánto le pagaban allí. Me respondió que lo explotaban como a un negro y solo le pagaban 30 quetzales mensuales. Le dije que yo le pagaría eso mismo mientras estudiábamos un buen repertorio para lanzarnos y cuando comenzaran a salir fiestas y bailes reconvendríamos un sueldo por cada tocada. Inmediatamente se subió a la tarima a desarmar su batería y la cargamos en mi carro para llevarla a mi casa. Ya para entonces  había alquilado un salón en una bonita casa. Aprendí mucho con César, sobre todo a sentir el ritmo.

Tocando con Cesar

Una noche, mientras ensayaba, el vecino tocó en mi puerta. Él era el presidente de la Sociedad Israelita; me preguntó que de donde salía ese sonido tan especial. Le mostré mi equipo y me pidió la dirección del distribuidor para ir a comprar uno, pero con el compromiso de que yo le diera clases. Pocos meses después nació su primogénito y me pidió que fuera a la sinagoga para amenizar un almuerzo de la comunidad con motivo del Brith Milá (circuncisión). Me prestó unos discos de música judía, me aprendí las piezas y tuve un gran éxito en la reunión: el rabino y muchos asistentes se acercaron a pedirme tarjetas. A partir de ese día toqué en todas las ceremonias y eventos de la comunidad judía.

Una noche fui con mi esposa a cenar en el nuevo Hotel Ritz y encontramos un excelente pianista de jazz que tocaba el piano. Era nada menos que Harold Blanchard, quien acababa de arribar de Nueva York para radicarse en la ciudad. Aproveché el encuentro y le pedí que me diera clases. Aprendí con él los secretos para interpretar el jazz y para improvisar. En tres temporadas de vacaciones viajé a Nueva Orleans, Miami y Nueva York para ver espectáculos musicales y tomar clases con grandes músicos de jazz.

Fui adquiriendo gran popularidad. Tocaba en toda clase de eventos, bailes y fiestas y me sentía muy feliz, hasta que un día el dictador, el general Arana, impuso un toque de queda a las 6.00 p.m. y le ordenó al ejército dispararle a cualquiera que estuviera en la calle. Eso paralizó por completo el trabajo de los músicos. Entonces, se me ocurrió viajar a México para analizar las posibilidades de radicarme allá.

Después de nueve años de vivir muy feliz en Guatemala volé a Ciudad de México. Vi en las páginas amarillas que Hammond tenía allí una fábrica de órganos y una gran sala de ventas. Pedí una entrevista con el gerente y le dije que estaba de paso en la ciudad por una semana, para estudiar las posibilidades de radicarme allí. Enseguida me invitó a la fábrica para mostrarme las instalaciones, me pidió que probara el último modelo y que le diera mi opinión. Le hice una demostración con un trozo de cada estilo de música. Quedó encantado y me dijo que todas las noches fuera a su oficina para que saliéramos a cenar en sitios donde tocaran órgano, pues veía muchas posibilidades de éxito para mí en ese medio. En una de las salidas me llevó al lugar donde tocaba órgano Pérez Prado con su orquesta y nos hicimos amigos. Al final de la semana decidí que mi futuro estaba allí y regresé a Guatemala para organizar el viaje.

Mientras tocaba en una reunión a finales de 1971, se me acercó un diputado mexicano a pedirme una cotización para tocar durante su boda en Tapachula en México. Le dije que si facilitaba el ingreso de mi equipo a México por la aduana, le haría un precio muy especial. Me garantizó el paso libre y así fue como ingresé sin problemas a ese país con todo mi equipo.

Al llegar a Ciudad de México me reporté con mi amigo de Hammond, quien me organizó un recital para la Asociación de Organistas Amateur, conformada por viejitos jubilados, todos con la afición de aprender a tocar y la mayoría de alta posición social. Esos fueron mis primeros fans y amigos; varios me pidieron clases a domicilio. Entonces comenzó el calvario por arreglar los papeles migratorios, pues no podía ejercer ningún trabajo sin la visa y era casi imposible obtenerla, porque exigían un contrato de trabajo, la anuencia del sindicato, una certificación que dijera que sería una fuente de trabajo para los músicos mexicanos, un fiador que respondiera por los gastos de deportación y muchas otras condiciones…

Un día recibí una llamada del gran director artístico y productor de discos, Guillermo (Memo) Acosta Segura, quien acababa de fundar su empresa Discos Gas. Me dijo que tenía muy buenas referencias mías y quería que fuera a su despacho para una audición. Le dije que mi órgano era muy pesado y complicado de transportar; que mejor lo invitaba a almorzar en mi casa para la audición. Al día siguiente llegó y estuvo dos horas escuchándome y solicitándome que interpretara distintos estilos y ritmos. Al terminar la audición me dijo que fuera con su secretaria para firmar un contrato de exclusividad. Me dijo que ese contrato era válido para la visa y para la anuencia del sindicato y, además, que podía hacer de fiador ante migración. En México, él siempre fue mi director artístico y aprendí muchísimo bajo su dirección. Al principio grababa una canción y me decía que estaba tocada con las notas exactas, pero que la gente no compraba solfeo sino melodías con sentimiento, con pasión, con nostalgia, con alegría. Hacía que la repitiera hasta que decía que la sentía bien.

Después de grabar mi segundo álbum noté que las ventas no arrancaban, pues mi nombre no era conocido en el medio y no había demanda de mis discos. Estaba preocupado pensando cómo solucionar ese problema. De repente recibí una llamada del gerente de promoción y publicidad de Seagram ́s de México, la mayor distribuidora de licores del país. Me pidió que fuera a su despacho para hacerme una propuesta. Al llegar me dijo que quería hacer un gran show con una presentación mía en el coliseo de la ciudad de Iguala para promover una marca de whisky, con una tarima en el centro, luces y reflectores, un club de fans especialmente organizado para la ocasión y mis piezas sonando en la radio como los últimos éxitos del momento. Emocionado, le dije que estaba listo para el show. Me respondió que lo malo era que no tenía ni un centavo disponible, pero que yo podía ir a la bodega y escoger todo lo que quisiera para mi bar. Sentí como un rayo de luz en mi cerebro y le pregunté si me daba el licor para un coctel a todos los programadores de radio y a los periodistas de los medios de México. Me dijo que si esa era mi idea, me colaboraba con licor ilimitado y servicio de lujo con reinas de belleza como meseras, vestidas de escocesas, solo con la condición de dejar poner detrás de mí una manta con el logo de Seagram ́s y acepté firmar el contrato.

Fui donde un amigo que había conocido en el recital de los viejitos y le conté el plan. Me consiguió con su hermano Esteban Mayo el teatro de Modas Mayo que tenía en Polanco para desfiles de modas, sin ningún costo y solo debía darle una propina a la aseadora. Luego fui donde Memo Acosta a pedirle que me colaborara con la impresión de las invitaciones. Me respondió que le cediera el lujo de invitar a todos los personajes de los medios como una presentación de Discos Gas de su nuevo artista exclusivo. Ellos se encargarían de invitar personalmente a todos.

La reunión fue un éxito. Al día siguiente apareció una nota en todos los periódicos y revistas de farándula. Mis discos comenzaron a sonar en todas las radios, los almacenes comenzaron a hacer pedidos y a los pocos días estaba grabando mi tercer disco. Durante mis nueve años en México grabé 13 álbumes de larga duración. Con discos que sonaban, comenzaron los contratos para bailes, presentaciones y conciertos por toda la república y algunos otros países. Además, tocaba en ceremonias y eventos en las comunidades judías.

Presentación en Televisa

A finales de 1980 decidí regresar por fin a Bogotá. Allí grabé dos discos de larga duración para Discos FM en mi primer año. Entre las actividades interesantes fui el director musical de los programas de televisión Domingos Gigantes, con Jota Mario, y Animalandia. Permanecí allí durante 27 años tocando en toda clase de fiestas y en ceremonias y recepciones de las comunidades judías. 

En 2008, decidimos con mi esposa regresar definitivamente a Guatemala, su patria.

Algunas de mis producciones
http://albetanbio.blogspot.com/

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