Mis vivencias musicales

Por: Alberto Betancourt
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Cuando era pequeño en Medellín, Colombia, mi papá me llevaba los domingos a misa a la Catedral Metropolitana, donde escuchábamos el gran órgano y después pasábamos al Parque Bolívar para escuchar la retreta de la banda municipal. Cuando había conciertos en los teatros Bolívar, Junín o Bellas Artes a mi papá le encantaba asistir y me llevaba de compañía, despertando así en mí el interés por la música.

En 1949 ingresé al Colegio de San Ignacio a cursar primero de bachillerato, donde era obligatoria la asistencia a la misa dominical en la iglesia del mismo nombre. Me encantaba escuchar el sonido del órgano de tubos y me quedaba a escucharlo en otras misas seguidas, lo que llamó la atención a un Jesuíta viejito, quien un día me fue a buscar al salón de clases y me dijo que había visto que Dios me llamaba a su servicio y llamó por teléfono a mi papá a decírselo e invitarlo a que me dejara ingresar al Seminario Menor, en El Mortiño, Zipaquirá.

Después de El Mortiño ingresé en 1952 en la Compañía de Jesús en el noviciado de Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá. Allí le tenía mucha envidia a Hernando Bernal porque tocaba el armonio. Un día le pedí que me enseñara, pero me respondió que a mi edad de 16 años ya era muy tarde para empezar, pues para aprender a tocar el piano se necesitaba tener cuatro años por lo menos. Otro día estábamos en el campo de básquet con piso de arena aplanada y le insistí que me enseñara las notas. Él, con un palito dibujó un teclado, un pentagrama con las notas y unas flechitas uniendo las notas con las teclas. Me grabé esa imagen en la memoria y todos los jueves iba al pueblito de Tobasía a practicar en el armonio de la Iglesia, devorando todas las partituras de música religiosa que encontraba allí.

Al pasar al juniorado me nombraron encargado del archivo de música. Era el responsable de proporcionar las partituras al coro y tenerlas debidamente ordenadas y clasificadas. En los recreos le ponía una cortina a los martillitos del piano para que no se escuchara afuera y comencé a estudiar los métodos de Czerny y de Hanon, y todas las partituras clásicas que me encontraba, pues eso me servía para clasificar mejor las partituras de mi oficio.

En una ida a la finca de San Rafael, a orillas del río Chicamocha, tomé un acordeón y me puse a tratar de tocar melodías y acompañamientos. Resulté tocando todos los cantos del repertorio de la comunidad. El hermano bedel me vio tocando y se emocionó, pues me dijo que había varios hermanos con permiso del Provincial, pero ninguno había podido aprender y para él era muy útil tenerme para los festejos de la comunidad. Entonces me enteré que para aprender piano y acordeón se necesitaba permiso del padre Provincial, pero como ya había aprendido, no tuve necesidad de pedirlo.

Cuando estrenaron el gran órgano Wurlitzer en la nueva capilla gótica, pedí permiso de tocarlo al padre Rector, pero me dijo que con el hermano Bernal era suficiente y no era necesario que yo aprendiera a tocarlo. Con gran frustración me tocó resignarme, hasta que un día el director del coro le ordenó a Hernando bajarle un tono a la misa pontifical de Perosi. Él me preguntó que si podía hacerlo y le respondí que con mucho gusto, pero si me conseguía con el rector el permiso para tocar el órgano. Hernando cumplió su promesa y me nombraron “viceorganista”.

Cuando estaba en tercer año de juniorado, llegó a Santa Rosa el padre Mihaljevic a hacer su tercera probación. Era un concertista de órgano, argentino-eslavo. Nos dio a Hernando y a mí unas clases interesantísimas sobre cómo tocar el órgano. Esa fue nuestra gran escuela de órgano. 

Cuando pasé a la casa jesuita de Chapinero a las Facultades Eclesiásticas, me nombraron viceorganista. El titular era el padre Valserra, estudiante de teología, quien a los pocos meses me entregó las llaves del órgano y me dijo que yo podía desempeñarme solo en el cargo. Entonces me sentí muy feliz con un gran órgano tubular a mi disposición. Como ese instrumento retumbaba en todo el convento, yo ensayaba con el órgano apagado, viendo la partitura y tocando las teclas mudas, pero imaginando el sonido, desarrollando así un gran oído interno. Cuando algunos entraban a orar en el coro de la capilla se quedaban viéndome como un loco que creía que el órgano apagado estaba sonando. Algunos se acercaban a decirme que el órgano estaba apagado. Yo les respondía “por supuesto, para que no oiga la comunidad lo que estoy ensayando”…

Varias veces tuve el gusto de tocar en el gran órgano en la iglesia de San Ignacio, en la Iglesia de Lourdes y en la Catedral, acompañando al coro de las Facultades Eclesiásticas. Una vez, tocando en la Catedral, el organista titular, que era profesor del Conservatorio me oyó y me preguntó que dónde había estudiado. Le dije que en ninguna parte. Entonces, le dijo al rector, el padre Briceño, que debía ponerme en el Conservatorio, pues veía en mí un gran talento. Al llegar a la casa de Chapinero le pregunté al padre Briceño qué opinaba de eso. Me respondió que con todo lo que yo sabía era suficiente.

Al terminar Filosofía me destinaron al colegio Berchmans en Cali, donde me asignaron la subprefectura de la primera división, las clases de física, latín y todas las matemáticas de 3º a 6º, el servicio de transporte escolar, las noticias de la provincia y la dirección del coro. Además, el padre Sanín me encargó el órgano de la iglesia y disfrutaba mucho tocando en todas las misas del domingo. Al concluir los tres años de magisterio, el Provincial me autorizó pasar a Teología, pero yo preferí pasar a un mundo mejor: me retiré de la Compañía de Jesús.

Viajé a Medellín a casa de mis papás. Buscando donde practicar el órgano, el párroco de El Espíritu Santo me dijo que le caí del cielo, pues el organista había tenido problemas de salud y estaba en incapacidad; me encargó tocar el órgano por una temporada. Mi tío, hermano Cristiano, me consiguió permiso para ir a practicar en el nuevo órgano tubular del Colegio San José, y el hermano encargado de la iglesia me ofreció en venta el viejo órgano Hammond en $60.000. En esa época la importación estaba muy restringida y no se conseguían instrumentos nuevos. Mi mayor posibilidad de trabajo era ser profesor de física y matemáticas, con un sueldo mensual de $300. Me puse a hacer cuentas y ahorrando $100 pesos mensuales tardaría 50 años en reunir la plata para comprar el viejo órgano a mis 76 años.

Entonces, pensé que lo mejor era irme al extranjero, trabajar en lo que fuera para reunir los dólares suficientes para comprar un órgano nuevo y regresar al país bien aperado para iniciar mi vida de músico profesional.

A finales de 1962 viajé a Bogotá para inscribirme en la Universidad Javeriana en los cursos de vacaciones en física e inglés. Al ver allá a mi gran amigo Guillo Hoyos me comentó que los jesuitas de Guatemala estaban buscando importar un maestro de física y matemáticas, y me dio los datos del rector del Liceo Javier. Le escribí una carta comentándole que justamente había concluido con éxito mi magisterio enseñando esas materias. Me contestó diciéndome que me ofrecía un salario de 300 dólares y que pasara a una agencia a reclamar un pasaje de ida a Guatemala.

A principios de enero de 1963 volé a ese bello país. En los primeros días, mientras comenzaba el curso escolar, caminaba por el centro de la ciudad y leía todos los anuncios del periódico Prensa Libre. Vi uno de venta de órganos electrónicos en una casa particular. Fui allá y encontré una gran sala llena de órganos y pianos. Me puse a tocar en el órgano más completo. El propietario del negocio quedó fascinado y me dijo que me necesitaba, pues había adquirido la representación exclusiva de instrumentos musicales Yamaha y no había podido vender ningún órgano porque nadie los sabía manejar y no sonaban bien; en cambio, yo lo hacía sonar como un órgano de catedral. Me preguntó que cuál órgano me gustaba y le respondí que todos, pero que no podía comprar ninguno porque acababa de llegar. 

Le pedí que esperara unos meses para darle la cuota inicial. Me respondió que eligiera uno en ese momento y que esa misma tarde lo llevaría a mi casa, que los sábados en la tarde yo tocaría en su residencia para alguna selecta reunión de posibles clientes ‒entre sacerdotes, pastores, monjas y rectores de colegios‒. Por cada órgano vendido me daría el 5 %, suma que iría abonando a mi deuda. Así, esa noche ya tenía un tremendo órgano fiado en mi pieza de una pensión. Se había cumplido muy pronto mi sueño de poseer un órgano propio.

Cada sábado organizábamos una tertulia y se iban vendiendo los órganos. Una tarde llegó un industrial catalán de apellido Arnau a pedir que le afinaran su piano y se quedó a escucharme. Compró un órgano y me solicitó que fuera a su casa a darle clases a su hijita. Su familia me acogió muy bien: me invitaban a sus festejos familiares y varias veces a su casa de la playa en el Pacífico. En enero del año siguiente llegó a su casa la hija mayor, que estaba estudiando inglés en Nueva York: actualmente llevamos 53 años de feliz matrimonio.

Otro sábado llegó Jorge Hetch, dueño del restaurante El Gaucho, a comprar un piano. Después de escucharme, dijo que quería un órgano, pero con Alberto incluido. Le dije que era imposible porque yo daba clases todo el día y no podía trasnochar. Entonces, me propuso que le enseñara a manejar el órgano a un pianista que contrataría y que cuando tuviera comensales muy especiales me llamaría para una pequeña presentación. Le acepté sus condiciones y se convirtió en mi gran promotor.

Tocando en El Gaucho

Una noche llegó al restaurante el embajador de Argentina, que era amigo de Hecht, y le preguntó por un conjunto musical para una reunión importante en la Embajada. Él me recomendó por lo alto. Al día siguiente recibí una llamada de su secretaria invitándome a almorzar en la residencia del embajador, pues él necesitaba hablar conmigo. Después del saludo, el embajador me dijo que iba a tener un coctel muy importante con todos los diplomáticos, ministros y presidente de la república a bordo. Quería que yo la amenizara y que le dijera el costo del servicio. Yo no tenía la menor idea de precios. Recordando los cinco pesos colombianos que me pagaban en la iglesia de El Espíritu Santo por misa, se me ocurrió decirle el salario mensual que me pagaban en el Liceo Javier, pensando que partiendo de un precio alto podríamos conciliar un ingreso justo. De inmediato me hizo un cheque por 150 dólares y me dijo que el saldo me lo daría la secretaria al terminar el coctel. Ese fue mi primer contrato.

Pedí a la secretaria la lista de los embajadores invitados y busqué piezas de la mayoría de esos países. Fue el secreto de mi gran éxito: nadie había oído tocar música popular en un órgano durante una reunión. Los embajadores se emocionaban visiblemente al escuchar sus piezas favoritas. Allí conocí el champán, el caviar, la langosta y los aplausos. Esa noche no pude dormir pensando que debía cambiar de oficio. Al siguiente día laboral fui donde el padre Rector a decirle que buscara reemplazo para el año siguiente, pues iba a dedicarme por completo a la música. Entonces, el Padre muy preocupado me dijo que yo estaba siendo víctima del estrés y que me iba a llevar donde el mejor psiquiatra de Guatemala para un tratamiento. Le dije que no estaba loco y que en mi primer trabajo como músico había descubierto mi verdadera vocación.

En mis caminatas por el centro de la ciudad había descubierto muy cerca de mi pensión el Conservatorio Nacional de Música. Pregunté al secretario qué debía hacer para inscribirme en órgano, pues tenía conocimientos adquiridos como autodidacta. Me respondió que primero debía cursar y aprobar dos años de solfeo, después cuatro años de piano para así iniciar la carrera de órgano que duraba seis años. Pedí una cita con el director, el maestro José Castañeda. Le comenté mi historia musical y le dije que mi sueño era poder estudiar órgano en el Conservatorio. Él llamó al profesor de órgano, el padre Papinutti y al organista de la catedral, el maestro Elías Blas. Los tres me hicieron un examen de validación en el órgano y me dieron por aprobado el 3er. año y autorizaron matricularme en 4º. En año y medio cursé los grados 4º, 5º y 6º. Al padre Papinutti lo llamó el papa Pablo VI (ahora santo) para hacerse cargo del órgano y los coros de la basílica de San Pedro.

Una noche llegó a El Gaucho el periodista Titus, un famoso crítico musical y Jorge me llamó para que tocara un rato. Al día siguiente publicó un artículo en La Prensa donde hizo muchos elogios. Afirmaba que yo era el mejor organista de Latinoamérica y comentaba algunas piezas que le impresionaron. En la presentación escribió: “Alberto Betancourt es un joven organista colombiano de presencia franciscana y toca los boleros con una profunda espiritualidad”. Esa frase me impactó e hizo que buscara variar mi estilo. Sentí que debía cambiar esa profunda espiritualidad por sensualidad y pasión. 

Averigüé por un buen baterista. Me recomendaron como muy bueno a César, un negro que trabajaba todas las noches en una casa de citas. Fui una noche a su trabajo para verlo y encontré que él era lo que yo necesitaba. Lo llamé a mi mesa, le dije que quería trabajar con él y le pregunté cuánto le pagaban allí. Me respondió que lo explotaban como a un negro y solo le pagaban 30 quetzales mensuales. Le dije que yo le pagaría eso mismo mientras estudiábamos un buen repertorio para lanzarnos y cuando comenzaran a salir fiestas y bailes reconvendríamos un sueldo por cada tocada. Inmediatamente se subió a la tarima a desarmar su batería y la cargamos en mi carro para llevarla a mi casa. Ya para entonces  había alquilado un salón en una bonita casa. Aprendí mucho con César, sobre todo a sentir el ritmo.

Tocando con Cesar

Una noche, mientras ensayaba, el vecino tocó en mi puerta. Él era el presidente de la Sociedad Israelita; me preguntó que de donde salía ese sonido tan especial. Le mostré mi equipo y me pidió la dirección del distribuidor para ir a comprar uno, pero con el compromiso de que yo le diera clases. Pocos meses después nació su primogénito y me pidió que fuera a la sinagoga para amenizar un almuerzo de la comunidad con motivo del Brith Milá (circuncisión). Me prestó unos discos de música judía, me aprendí las piezas y tuve un gran éxito en la reunión: el rabino y muchos asistentes se acercaron a pedirme tarjetas. A partir de ese día toqué en todas las ceremonias y eventos de la comunidad judía.

Una noche fui con mi esposa a cenar en el nuevo Hotel Ritz y encontramos un excelente pianista de jazz que tocaba el piano. Era nada menos que Harold Blanchard, quien acababa de arribar de Nueva York para radicarse en la ciudad. Aproveché el encuentro y le pedí que me diera clases. Aprendí con él los secretos para interpretar el jazz y para improvisar. En tres temporadas de vacaciones viajé a Nueva Orleans, Miami y Nueva York para ver espectáculos musicales y tomar clases con grandes músicos de jazz.

Fui adquiriendo gran popularidad. Tocaba en toda clase de eventos, bailes y fiestas y me sentía muy feliz, hasta que un día el dictador, el general Arana, impuso un toque de queda a las 6.00 p.m. y le ordenó al ejército dispararle a cualquiera que estuviera en la calle. Eso paralizó por completo el trabajo de los músicos. Entonces, se me ocurrió viajar a México para analizar las posibilidades de radicarme allá.

Después de nueve años de vivir muy feliz en Guatemala volé a Ciudad de México. Vi en las páginas amarillas que Hammond tenía allí una fábrica de órganos y una gran sala de ventas. Pedí una entrevista con el gerente y le dije que estaba de paso en la ciudad por una semana, para estudiar las posibilidades de radicarme allí. Enseguida me invitó a la fábrica para mostrarme las instalaciones, me pidió que probara el último modelo y que le diera mi opinión. Le hice una demostración con un trozo de cada estilo de música. Quedó encantado y me dijo que todas las noches fuera a su oficina para que saliéramos a cenar en sitios donde tocaran órgano, pues veía muchas posibilidades de éxito para mí en ese medio. En una de las salidas me llevó al lugar donde tocaba órgano Pérez Prado con su orquesta y nos hicimos amigos. Al final de la semana decidí que mi futuro estaba allí y regresé a Guatemala para organizar el viaje.

Mientras tocaba en una reunión a finales de 1971, se me acercó un diputado mexicano a pedirme una cotización para tocar durante su boda en Tapachula en México. Le dije que si facilitaba el ingreso de mi equipo a México por la aduana, le haría un precio muy especial. Me garantizó el paso libre y así fue como ingresé sin problemas a ese país con todo mi equipo.

Al llegar a Ciudad de México me reporté con mi amigo de Hammond, quien me organizó un recital para la Asociación de Organistas Amateur, conformada por viejitos jubilados, todos con la afición de aprender a tocar y la mayoría de alta posición social. Esos fueron mis primeros fans y amigos; varios me pidieron clases a domicilio. Entonces comenzó el calvario por arreglar los papeles migratorios, pues no podía ejercer ningún trabajo sin la visa y era casi imposible obtenerla, porque exigían un contrato de trabajo, la anuencia del sindicato, una certificación que dijera que sería una fuente de trabajo para los músicos mexicanos, un fiador que respondiera por los gastos de deportación y muchas otras condiciones…

Un día recibí una llamada del gran director artístico y productor de discos, Guillermo (Memo) Acosta Segura, quien acababa de fundar su empresa Discos Gas. Me dijo que tenía muy buenas referencias mías y quería que fuera a su despacho para una audición. Le dije que mi órgano era muy pesado y complicado de transportar; que mejor lo invitaba a almorzar en mi casa para la audición. Al día siguiente llegó y estuvo dos horas escuchándome y solicitándome que interpretara distintos estilos y ritmos. Al terminar la audición me dijo que fuera con su secretaria para firmar un contrato de exclusividad. Me dijo que ese contrato era válido para la visa y para la anuencia del sindicato y, además, que podía hacer de fiador ante migración. En México, él siempre fue mi director artístico y aprendí muchísimo bajo su dirección. Al principio grababa una canción y me decía que estaba tocada con las notas exactas, pero que la gente no compraba solfeo sino melodías con sentimiento, con pasión, con nostalgia, con alegría. Hacía que la repitiera hasta que decía que la sentía bien.

Después de grabar mi segundo álbum noté que las ventas no arrancaban, pues mi nombre no era conocido en el medio y no había demanda de mis discos. Estaba preocupado pensando cómo solucionar ese problema. De repente recibí una llamada del gerente de promoción y publicidad de Seagram ́s de México, la mayor distribuidora de licores del país. Me pidió que fuera a su despacho para hacerme una propuesta. Al llegar me dijo que quería hacer un gran show con una presentación mía en el coliseo de la ciudad de Iguala para promover una marca de whisky, con una tarima en el centro, luces y reflectores, un club de fans especialmente organizado para la ocasión y mis piezas sonando en la radio como los últimos éxitos del momento. Emocionado, le dije que estaba listo para el show. Me respondió que lo malo era que no tenía ni un centavo disponible, pero que yo podía ir a la bodega y escoger todo lo que quisiera para mi bar. Sentí como un rayo de luz en mi cerebro y le pregunté si me daba el licor para un coctel a todos los programadores de radio y a los periodistas de los medios de México. Me dijo que si esa era mi idea, me colaboraba con licor ilimitado y servicio de lujo con reinas de belleza como meseras, vestidas de escocesas, solo con la condición de dejar poner detrás de mí una manta con el logo de Seagram ́s y acepté firmar el contrato.

Fui donde un amigo que había conocido en el recital de los viejitos y le conté el plan. Me consiguió con su hermano Esteban Mayo el teatro de Modas Mayo que tenía en Polanco para desfiles de modas, sin ningún costo y solo debía darle una propina a la aseadora. Luego fui donde Memo Acosta a pedirle que me colaborara con la impresión de las invitaciones. Me respondió que le cediera el lujo de invitar a todos los personajes de los medios como una presentación de Discos Gas de su nuevo artista exclusivo. Ellos se encargarían de invitar personalmente a todos.

La reunión fue un éxito. Al día siguiente apareció una nota en todos los periódicos y revistas de farándula. Mis discos comenzaron a sonar en todas las radios, los almacenes comenzaron a hacer pedidos y a los pocos días estaba grabando mi tercer disco. Durante mis nueve años en México grabé 13 álbumes de larga duración. Con discos que sonaban, comenzaron los contratos para bailes, presentaciones y conciertos por toda la república y algunos otros países. Además, tocaba en ceremonias y eventos en las comunidades judías.

Presentación en Televisa

A finales de 1980 decidí regresar por fin a Bogotá. Allí grabé dos discos de larga duración para Discos FM en mi primer año. Entre las actividades interesantes fui el director musical de los programas de televisión Domingos Gigantes, con Jota Mario, y Animalandia. Permanecí allí durante 27 años tocando en toda clase de fiestas y en ceremonias y recepciones de las comunidades judías. 

En 2008, decidimos con mi esposa regresar definitivamente a Guatemala, su patria.

Algunas de mis producciones
http://albetanbio.blogspot.com/

4 Comentarios

Jolupuster@gmail.com 28 septiembre, 2020 - 9:25 pm

Es tan vívida la narración, que uno queda con ganas de oír aunque sea unos 2 minutos de grabación. Saludos.

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Alberto Betancourt 29 septiembre, 2020 - 4:22 pm

Gracias Jolupuster por tu amable comentario. Allí comparto cómo logré llegar a ser músico a pesar de ser jesuita.

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María del Rosario Rodríguez 1 octubre, 2020 - 6:38 pm

Alberto que buen resumen de tu vida jalonada por la pasión que sientes por la música.
Ya vi algo de tu repertorio de música colombiana sencillamente exquisito.
Gran abrazo y mucha felicidad siempre RO

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Alberto Betancourt 1 octubre, 2020 - 9:43 pm

Gracias María del Rosario por tu amable comentario.

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