Orden, religión y violencia. La cultura política colombiana en transición (11)

Por: Luis Alberto Restrepo
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Terminar este extenso ensayo, que ya ha comprendido 11 textos, amerita varias conclusiones, que aparecen en este artículo, el cual cierra una visión hasta cierto punto novedosa y discutible sobre el papel de la Iglesia católica en la historia de Colombia.

Conclusiones

1. Clerocracias y democraduras en América Latina

Desalojada la Corona española de América Latina, las instituciones democráticas se implantaron en el continente hispanoamericano cuando el sujeto social que debía darles contenido real era todavía inexistente. Por ello, desde sus orígenes se las combinó con las dos formas básicas del absolutismo premoderno: el autoritarismo cultural del clero y el autoritarismo coercitivo del Estado. A estos dos estilos de autoritarismo, conjugados con las normas e instituciones democráticas, se los denominó clerocracias y democraduras.

2. La clerocracia en Colombia

Con el respaldo de la Constitución de 1886 y el Concordato de 1887, la Iglesia católica implantó en el país una cultura antimoderna, dogmática y autoritaria, reacia a toda crítica y disidencia. Esta cultura marcó a los partidos políticos, hasta el punto de convertirlos en sectas seudorreligiosas, clericales o anticlericales. Así como la Iglesia garantizó hasta mediados del siglo XX la cohesión social de la nación y la estabilidad de las instituciones, se convirtió también en fuente de periódicas explosiones de violencia interpartidista y de posteriores reconciliaciones. Su dialéctica religioso-política de mutuo rechazo y reconciliación se agotó finalmente en La Violencia y el Frente Nacional. 

3. Instauración de la democradura en Colombia

Para sustituir el vacío cultural dejado por la quiebra de la clerocracia, el Frente Nacional no desarrolló una nueva cultura política basada en ideas y valores de carácter moderno. Más bien, instauró una forma mitigada de democradura. Puso en funcionamiento un sistema político basado en el clientelismo corrupto, la repartición burocrática del poder y la coerción militar. 

4. La democracia posible

La nueva Constitución de 1991 señala caminos de una democracia posible, pero sus buenos propósitos se enfrentan a retos difíciles. Los militares conservan aún su lugar central en el régimen gracias sobre todo a la perduración de guerrillas y disidencias de las exFarc, de grupos paramilitares y de organizaciones armadas criminales (GAO), que tienden a transformarse en formas estables de vida, y debido también y quizás sobre todo a los oscuros intereses de empresarios, terratenientes y gobernantes que las promueven o amparan. 

A la inercia de ese conflicto se suma el poder ascendente del narcotráfico que, con sus hábitos de ilegalidad, violencia y corrupción, viene incidiendo cada vez más en las costumbres políticas de los colombianos. Esperamos que, a partir de 2022, el nuevo gobierno, que trata de romper hasta cierto punto con las tradiciones políticas nacionales, tenga éxito en sus esfuerzos por crear y consolidar una democracia mucho más real.

5. La Iglesia católica hoy

Ya desde el Concilio Vaticano II, la elección de Pedro Arrupe como superior de los jesuitas y la elección posterior del papa Francisco, la Iglesia católica se ha transformado radicalmente y hoy es el más sólido soporte de la paz y la democracia. Sin embargo, no sabemos qué haya de seguir después de Francisco. Fuertes corrientes conservadoras, sobre todo norteamericanas, podrían intentar una recuperación del antiguo poder imperial de la Iglesia, aunque chocarían quizás, no solo con nuevos candidatos latinoamericanos, sino también con indios y coreanos, donde la Iglesia ha avanzado bastante.

Luis Alberto Restrepo M.

Septiembre, 2022

1 Comentario

EDUARDO JIMENEZ 21 septiembre, 2022 - 8:33 pm

Muy de acuerdo con los comentarios de Luis Alberto. Hemos cambiado, aunque talvez no lo suficiente.
Todavía recuerdo a LLeras Camargo arrodillado en un reclinatorio consagrando el país al Sagrado Corazón de Jesús, obligación que logró imponer la iglesia al Estado entre 1902 y 1994. ¿Qué puede querer decir consagrar alguien, o algo, a algo que se llama “el Sagrado Corazón de Jesús”? No lo sé ni lo entiendo, y afortunadamente hemos cambiado, y esta práctica fue declarada anticonstitucional.
Sobre el comentario que Francisco sea garante de la democracia, pienso que sus intenciones son seguramente muy buenas, pero a ratos ha sido lento en condenar lo que sucede en Nicaragua o Venezuela. Tampoco tengo muy claro qué hizo Arrupe por la democracia.
Quien, en cambio, ha sido crítico constante del desastre venezolano es el nuevo general de los jesuitas, el venezolano Arturo Sosa, que repetidamente no ha tenido pelos en la lengua para calificar a Maduro de dictador, y para lamentar la destrucción que “el socialismo del Siglo XXI” ha causado al país. Cordiales Saludos

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