Antes de entrar en materia de una interpretación alternativa a la tradicional religiosa del episodio de la creación del hombre y la mujer, su subsiguiente caída y expulsión del Jardín del Edén, es necesario situar la redacción del Génesis en el contexto histórico y cultural donde se desarrolla.
La desnudez
Con este marco de referencia, inicio mi interpretación alternativa proponiendo que el episodio del mandato divino de no comer del árbol y su transgresión, representa la infancia de la conciencia humana. ¿Por qué me animo a hacer esta interpretación? Primero, porque el estadio de inconciencia de Adán y Eva es tal que no sienten pena o vergüenza por estar desnudos, como lo expresa el final del capítulo 2 del Génesis cuando dice: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro” (Génesis 2, 25).
Enseguida nos podemos preguntar: ¿Quiénes andan desnudos sin tener la más mínima conciencia ni preocupación por estarlo? Los infantes, cuyo estadio de inocencia inconsciente les permite no sentir la más mínima vergüenza ni preocupación al andar desnudos. La conciencia de su desnudez y de que no deben andar sin ropa la adquieren cuando han crecido y los padres o familiares les han dicho muchas veces que uno no puede andar desnudo, que eso no está bien visto, que la gente se va a reír de ellos, que es indecente, inmoral, etc.
De ahí pues, el diálogo de Dios cuando llama al hombre al final del día y le pregunta «¿Dónde estás?» y él responde: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.» Él replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” (Gen. 3, 9-11).
Caer en la cuenta de estar desnudos y sentir miedo se debe a que ambos toman conciencia de su desnudez, que va acoplada al sentimiento de culpabilidad por haber transgredido un mandato divino. En la etapa de crecimiento del infante, la reacción es similar. Los infantes toman conciencia de su desnudez prohibida cuando se dan cuenta de que han transgredido el mandato paterno o familiar de que no es aceptable andar desnudos en el mundo de los adultos.
La familia se encarga de vestirla con connotaciones de culpabilidad, de vergüenza e inaceptabilidad social. La religión después le añade la dimensión de pecado. Es en ese momento cuando el infante toma conciencia de su cuerpo y de cómo debe manejar socialmente la despreocupación inocente de su desnudez anterior.
Analicemos ahora el mandato de no comer: “Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque si comieres de él morirás sin remedio” (Gen 2, 16-17). Esta advertencia anterior al capítulo 3, se anticipa al razonamiento que Dios le hace a Adán: “Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.» Él replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” (Gene, 3, 9-11)
Esta pregunta de Dios vincula la prohibición de comer del árbol con la inocencia de su desnudez. La respuesta de Adán, en cierta medida, demuestra que se queda sin defensa (desnudo) delante de Dios porque no tiene justificación valedera de su acción. O sea que, en términos de análisis alternativo, la inocencia de andar desnudos se pierde cuando se adquiere el conocimiento discerniente entre el bien y el mal, “del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás porque si comieres de él, morirás sin remedio”. (Gen 2, 16). Antes de analizar a qué se muere, puede ponerse de relieve el paralelismo entre el mandato divino y el que se da cuando los padres imponen a los hijos una prohibición que deben obedecer, aunque no tengan pleno conocimiento de por qué.
¿A qué se muere? Al estadio de la evolución de la conciencia que “muere” a la inocencia de la infancia, cuando adquiere el discernimiento entre el bien y el mal, ligado a una directriz divina, pero que, una vez adquirido dicho discernimiento, ya no se puede volver al estadio de inocencia previa que no asumía la responsabilidad de sus actos. No hay otra forma de crecer en la conciencia sino cuando ésta, en el ejercicio del libre albedrío, lleva a cabo una acción, aun contraviniendo el mandato divino o humano de no hacerlo.
Una vez que se da este paso, “se muere” simbólicamente al estadio de inconsciencia del infante. Cuando Eva y Adán comen del fruto del “árbol de la ciencia del bien y del mal”, “mueren” al estado de inocencia inconsciente y se ven abocados a asumir la responsabilidad por esa y por las decisiones futuras tomadas mediante el ejercicio del libre albedrío. Con ese tipo de decisiones, tienen que asumir las consecuencias ineludibles que conllevan.
La serpiente
Este personaje merece un análisis detallado para apreciar cómo es un símbolo y no una serpiente física o real. Lo primero que hay que destacar es que no existe una documentación científica que afirme que haya existido una serpiente que pueda hablar y mucho menos con la capacidad de exponer unos argumentos tan persuasivos para que una persona se comporte como lo expresa el texto bíblico: 1La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?»
Respondió la mujer a la serpiente: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.».
Replicó la serpiente a la mujer: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiéreis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gen. 3, 1-5).
El solo hecho de que el texto comience calificando a la serpiente como “el más astuto de todos los animales del campo” es ya un claro indicio de que esta afirmación no corresponde a la clasificación de la inteligencia animal establecida por la ciencia moderna. Entre los animales más inteligentes, la ciencia ha descubierto que el delfín y el chimpancé superan a la serpiente. Lo que sí tenemos documentado es que, cuando se escribió el Génesis, la cultura de los pueblos circundantes otorgaba a la serpiente un puesto de preeminencia elevadísimo. La serpiente simbolizaba sabiduría, fertilidad, curación, renovación (por el cambio de piel) e inmortalidad.
No es pues extraño que el autor (o autores) del Génesis haya escogido a la serpiente como el animal tan sabio que era capaz de retar a Eva con el clásico argumento “De ninguna manera moriréis”. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”. El excelente razonamiento de la serpiente consiste en abrir el entendimiento de Eva para considerar que el mandato divino no es la muerte, sino, por el contrario, es adquirir un conocimiento mucho más profundo, hasta el punto de ser “como dioses”, lo cual se hacía extensivo implícitamente a Adán, aunque en ese momento no estuviese presente.
El castigo que inmediatamente Dios le da a la serpiente también pone de relieve que es un símbolo y no un animal real cuando le dijo, “Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida« (Genesis 3, 14).
Esta declaración implicaría que la serpiente, antes del castigo, fuera un animal que caminara sobre sus extremidades. Pero esto no es lo que demuestra la ciencia. La condición de las serpientes, según los restos encontrados por arqueólogos y biólogos, siempre han existido animales que se mueven sobre su vientre. Es el caso de los invertebrados como lombrices, caracoles y babosas. Ninguno de ellos sufrió un castigo divino que lo obligara a desplazarse de esa manera. Simplemente fueron diseñados así para cumplir una función específica.
Veamos cuál puede ser una interpretación alternativa de la capacidad de razonamiento de la serpiente. Lo primero que hay que enfatizar es que su reflexión es de tal profundidad teológica que resulta insostenible que una serpiente pueda hacerla.
La respuesta que Eva da a Dios «La serpiente me sedujo y comí», es la respuesta típica de la persona que no acepta la culpa de su acto de transgresión, sea de alguna norma divina o de una ley justa creada por el hombre, porque no quiere tomar responsabilidad de las consecuencias de su infracción. Culpar a otro es el mecanismo de defensa para eximirse de las consecuencias de la transgresión.
Entonces, ¿qué puede simbolizar la serpiente? Propongo que es el ego personal, que siempre busca la gratificación constante, sin tener en cuenta el impacto de su comportamiento, tanto en sí mismo como en los demás. En ese sentido, el ego humano es irracional. Obra por impulso ciego de adquirir aquello apetecible, a cualquier precio, sin sopesar el daño que pueda causar a los demás. Es el comportamiento de Eva: “Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió”.
Eva en ningún momento refutó a la serpiente el razonamiento de que sería “como dios”. Más bien, la posibilidad de convertirse en dios fue mayor y más apetecible que el darse cuenta del absurdo del argumento serpentino. Nada de lo que humanamente elegimos hacer nos convierte en Dios. Podemos asemejarnos a Él cuando obramos con los atributos divinos impresos en nuestra alma, como la compasión, el perdón, la humildad, la paciencia, la empatía, el sacrificio amoroso, la defensa del oprimido y la denuncia de la injusticia. Pero de ninguna manera obrar así nos convierte literalmente en “dios”.
La literatura y la psicología nos dan la imagen de que “oímos” dentro de nosotros una voz que nos incita a obrar en contra de las normas establecidas consideradas necesarias y deseables para una convivencia de amor y tolerancia. Esa “voz” es nuestra conciencia en el diálogo argumentativo sobre hacer o no hacer aquello que nos apetece. Cuando cedemos y nos damos cuenta del error cometido, lo típico, es decir: “el diablo me tentó y no pude resistir”. Es el equivalente hoy día de aquel momento en que Eva dijo: “La serpiente me sedujo y comí».


1 comentario
Reynaldo, espero con interés la tercera entrega.