El camino hacia la paz interior

Por: Juan Laureano Gomez
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praying hands, faith, hope

Ahora que estamos en pandemia he vuelto a rezar el rosario con mi esposa. Me conforta repasar la vida de Cristo y nos turnamos para hacer peticiones y animarnos a la mejora continua a la luz de la vida de Jesús. También rezo diariamente la “Oración para todas las gracias”, del papa Clemente XI, pues la encuentro completa en todo lo que podamos pedir. Es una perspectiva un poco egoísta, ¿pero no es egoísta todo lo que hacemos si nacemos centrados en nosotros mismos?

¿Por qué pedimos tanto a Dios? Porque nuestra limitación innata necesita una vía de escape y trascendencia. Es cierto: suena extraño… escapar a lo trascendente.

El coronavirus nos ha recordado la enfermedad y la muerte. Ha generado miedo e incertidumbre, la cual debemos aceptar humildemente. La incertidumbre siempre ha estado ahí, agazapada y camuflada entre las múltiples ocupaciones de la vida.  

El trabajo, que entretiene y ocupa la mente al mismo tiempo, me ha generado además la satisfacción de contribuir a la marcha de la vida desde mis habilidades personales (únicas para cada ser, dirán los sicólogos).

En retrospectiva, mi gran satisfacción fue tener una familia e hijos en particular. Son la corona de la vida, digo yo. La trascendencia, la expresión del amor y un valioso agente de renuncia a sí mismo (del amor propio, que muere quince minutos después de que uno fallece, como decía el padre maestro Fernando Londoño) han sido necesarias para acercarme a la paz interior.

El camino hacia esa paz lo recorro cada día con avances, retrocesos, caídas y resbalones. Para poder avanzar en él me he ayudado, particularmente, de tres instrumentos.

El primero, trabajar por una mente sana en un cuerpo sano, con alimentación balanceada, suficiente ejercicio físico y/o prácticas físico-mentales, como el yoga. No me canso de recomendar la práctica yoga de la respiración alterna, de la cual hay mucha información en internet. Baste decir que consiste en turnar la respiración entre las dos fosas o ventanas nasales para equilibrar el lado izquierdo y el derecho del cerebro, mejorar la oxigenación y la presión sanguínea y reducir la ansiedad. Cuerpo y mente sanos son una gran ganancia en la búsqueda de la paz interior.

El segundo es hacernos conscientes de que no somos el centro del universo y, por tanto, no tomar nada personalmente. Este es uno de los acuerdos fundamentales de una de las culturas mexicanas ancestrales, según expone Miguel Ruiz en su libro Los cuatro acuerdos. Un libro de sabiduría tolteca.

Y, finalmente, perdonar setenta veces siete, complemento ideal y casi consecuencia de no tomar nada personalmente.

En cuanto a la religión, siempre la he visto como una necesidad. La historia de las religiones así lo confirma. El mismo evangelio lo ratifica cuando Jesús, después de su discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, donde dijo que es el pan de vida y que el que no cree no tiene vida eterna y muchos no le creyeron, lo que ocasionó que bastantes de sus seguidores decidieran no seguirlo, anuncia su viaje a Jerusalén para ser entregado, pero los discípulos se oponen. Cuando Jesús les responde y les dice pregunta si también van a marcharse, Pedro le contesta: “Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Las religiones son producto de la cultura de los pueblos y por eso se adaptan a sus necesidades; pero como además de expresión cultural son depositarias de la mitología, su evolución es más lenta que la de la cultura en general. Le tomó 500 años al catolicismo levantar la excomunión a Lutero. En ese aspecto podemos considerar al protestantismo y a las múltiples denominaciones “evangélicas” de allí derivadas como vanguardia de la evolución cristiana.

Viví cerca de diez años en Estados Unidos y allá llegué con la idea clara de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Sin embargo, conocí muchos evangélicos (allá los católicos son minoría), íntegros y devotos, lo cual cambió totalmente mi perspectiva.

Tampoco podemos culpar a las religiones de todos los males, como si, por ejemplo, el maltrato a la mujer y la esclavitud fuesen hechos abstractos separados de las culturas de los pueblos. La libertad de conciencia y la libertad de cultos fueron desarrollos que se llevaron a cabo, principalmente, en el período entre las dos guerras mundiales del siglo pasado, cuando se formalizaron en las Naciones Unidas. El catolicismo formalizó también estos derechos una veintena de años después en el Concilio Vaticano II.

Mirada desde esa perspectiva, la religión es tanto más útil al hombre cuanto menos ideologizada esté, aunque el viejo vicio de “ideologizar” los pensamientos hace parte de nuestra naturaleza. Por otra parte, toda organización requiere normas y regulaciones para mantenerse en funcionamiento. El exceso normativo, sin embargo, traba el desarrollo y degrada los ideales.

En la práctica, que sea como decía San Ignacio: “tanto cuanto le sea útil para el fin que fue creado…”.

Juan Laureano Gómez

Noviembre, 2020

3 Comentarios

Carlos Posada 12 noviembre, 2020 - 8:13 pm

Gracias Juan Laureano por tus aportes en la vida había la paz interior.

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Reynaldo Pareja 13 noviembre, 2020 - 12:10 pm

Juan Laureano, ponderada exposicion, con peso y experiencia acumulada que la da el vivir fuera de los confines de la patria. Experiencia bien aprendida e integrada a tu vida personal. Que tu hijas aprendan las lecciones de su padre para que ellas a su vez la enseñen algun dia a sus hijos.

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Hernando Bernal A. 13 noviembre, 2020 - 1:01 pm

Juan: muy importante tu reflexión y comentario sobre la vida interior. Gracias por compartirlo con nosotros. Saludos

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