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Alfredo Cortes Daza

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Nuestro blog se llena de alegría al recibir este aporte poético de nuestro gran amigo Alfredo Cortés. Tiene, además, el regalo de la musicalización del poema, hecha y cantada por Javier Jiménez, hermano de Eduardo, exjesuita.

Deja mis libros abiertos con las páginas extendidas listas para abrazar.

Deja mis libros abiertos,

están llenos de notas al margen,

frases subrayadas, signos de admiración y de interrogación

son las señales que voy dejando porque me marcan la senda

que volveré a recorrer

una y otra vez

mientras los ojos me acompañen.

Deja mis libros abiertos en cualquier página son mi otra memoria.

No nacieron para el silencio

ni para los soliloquios

tocaron a mi puerta

y fueron llenando los espacios que les correspondían,

que son todos.

Cuando mueven sus labios y olvidan su timidez

me van contando su historia

atienden mis preguntas con resignación

porque saben que ya nada se podrá modificar.

Les he dicho

que sus relatos

los puedo asumir como propios porque me ayudan a descifrar las “cartas marcadas”

de mi existencia…

deja mis libros abiertos

son una extensión de mis manos acercan mi vida a las palabras

y la convierten en un sueño

del que no quiero despertar

deja mis libros abiertos ya nadie los puede cerrar.

Alfredo Cortés Daza

Noviembre 2022

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Escribir y publicar mi primera novela significó para mí aprovechar la oportunidad de contar, con palabras, la dura y extrema realidad de vivir, a la fuerza, un voto de castidad que negaba y condenaba el amor humano y de los esfuerzos que tuve que realizar para encontrarlo y rehacer mi vida.

Esta historia comienza en un lejano mes de marzo de 2009, en Cartagena, adonde nos habíamos ido a vivir con la ayuda de una neumóloga que me aseguró que teníamos que abandonar Chía cuanto antes, y buscar algo al pie del mar. “Póngalo, por escrito, le dije, será como una orden para Elsa, mi querida compañera de viaje”. 

Esa mañana, a mis sesenta y cinco años, sentado en el balcón del apartamento, sentí que pronto sería tarde, muy tarde, para contar lo más importante de mi historia, la búsqueda y el encuentro del amor humano y, sin pensarlo, me acordé de aquellos versos de Hölderlin, de su Himno al amor y los escogí como epígrafe de una novela que aún no tenía nombre y mucho menos personajes, ni trama alguna: 

“Dejad de lado a los amigos, ofended a parientes, agraviad a los poetas
¡qué agradecidos!, 

y que Dios absuelva.
Pero debéis respetar
el alma de los que se aman”. 

Tema resuelto. El Amor. Protagonista: un sacerdote. Y me acordé entonces de George Bernanos: “ma paroisse est une paroisse come les autres”, la primera frase de su novela “Diario de un cura de aldea”. El título se impuso: IN AETERNUM. 

Fue así, por generación espontánea, como cobró vida un sacerdote jesuita, párroco de una iglesia al sur de Bogotá, quien tenía que ir un día a la semana a Chapinero a rendir cuentas de su trabajo, a recibir instrucciones para el mejor desempeño de sus labores. 

Hasta que un día empieza a aburrirse de su vida de párroco. 

“Ya estoy viejo. Pero como una gota de agua fría que cae segundo a segundo sobre mi cuello, repito diariamente las palabras del Introito: 

Introibo ad altare Dei
Ad Deum qui laetificat iuventutem meam. 

No quiero acordarme de una juventud que ya no existe, que duró menos que un relámpago y cuya luz no descubre ningún camino, porque ya se extinguió. 

Los altares no se hicieron para la alegría sino para el sacrificio.” 

Y un día de descanso toma la decisión de irse de viaje, cerca al mar pues, como decía Virgilio: “Simula un rostro esperanzado pero un profundo dolor le oprime el corazón”. (La Eneida I, 209). 

Cerca a Tolú, conoce a la dueña del rancho donde se hospeda, se enamora sin freno de Valeria y descubre, por fin, el amor humano, con todas sus felices consecuencias. 

Pág.142… mi protagonista resume muy bien, al final de la novela, lo que significó para él encontrar y vivir el amor humano. 

“De este cuerpo, al que me enseñaron a despreciar y a castigar, nacieron las caricias más puras que pude imaginar, gracias a este cuerpo que se estiraba en mis manos, traté de entender un mundo que pretendieron negarme, por la inquietud de estas pupilas reorienté mis miradas a la mujer que quisimos ignorar, de esta boca, que perdonó tantos pecados inexistentes, brotaron sin control los besos más esperados, más buscados, nunca temidos sino deseados, como si los acabara yo mismo de inventar. 

Gracias a este cuerpo, cargado de sentimientos y emociones, pude reconocer y disfrutar los abismos inexplorados del cuerpo de Valeria, feliz en mi frenesí, dispuesto a escudriñar sus secretos una y mil veces, sin pretender que fueran respuestas a nada o a nadie, solo para reafirmar la locura del amor. 

Ya el cirio se había desprendido de mis manos, ya el espiral de su fuego se había tropezado con las lenguas de paja que caían del techo, la vida se sacudía de mi muerte, miraba para otro lado como ignorándome, pero solo esas llamas sabían interpretar y festejar la emoción de mi partida. 

Ya no había olvido ni memoria, apenas la soledad del fuego que todo lo consumía y las consabidas preguntas de los que aún quedaban en esta tierra. 

Este cuerpo y esta sangre, que ya empiezan a desaparecer conmigo, y a quienes tuve que zafar de su supuesta realidad para llevarlos al abismo, serán tierra o ceniza, pero desde allí entonarán en silencio y por siempre, el canto de mi amor por Valeria”. 

Terminé la novela en Alicante, en noviembre de 2010 y, con la ayuda de Elsa y de mis hijos, la publiqué en Bubok.

Alfredo Cortes Daza

Agosto, 2023

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Recibimos y publicamos con alborozo, esta poética colaboración de Alfredo. Siempre habrá un rincón del blog abierto a la poesía, como este homenaje a la palabra.

Y viviré en cada instante el “carpe verbum” 

y no quedará un rincón de la tierra 

ni una sima en el mar 

ni una cumbre altiva 

que no se reconozca 

en mis pasos, en mi aliento, 

en mis palabras. 

Cultivaré amigos para confundir el tiempo 

que entra empujando por mi ventana, 

lo enredaremos en discusiones inútiles, 

en historias sin principio y sin fin conocido, 

en avivar con furia los recuerdos 

para que no los borre ni el fuego 

ni el viento. 

Y escribiré versos en el lienzo del aire 

para que calmen la soledad del espacio 

y el extravío de las nubes, 

para que mis palabras reemplacen las estrellas 

y un pregón de fiesta se apodere 

de la boca del silencio. 

Es el día el que ahora toca 

a mi puerta y goza mis palabras 

porque no sabe si amanecerá mañana.

Alfredo Cortés

Marzo, 2023

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Esa Cartagena que nunca deja de darnos sorpresas, nos revela aquí que también alimenta la poesía y la imaginación de los buenos escritores.

Brígida Entralgo volvió a sentir esa mañana el mismo dolor que casi la desbaratara dos meses atrás. Le empezaba en el tobillo izquierdo y luego se convertía en un tornado que le revolvía la rodilla y no la dejaba caminar.

Pero caminaba sin descanso, como las vendedoras de frutas de la playa, repitiéndoles de memoria a los turistas las historias oscuras del Palacio de la Inquisición, la construcción de la catedral, la ascensión a los cielos de Lucas y Juan, apostados a lado y lado del campanario, la ventana diminuta por donde Pedro Claver divisaba la mancha negra de los barcos negreros, Santo Domingo, Santo Toribio de Mogrovejo, y lo poco que se sabía de las frescas casas coloniales, donde las familias poderosas gozaban en silencio sus historias particulares y se asomaban a los balcones para pregonar una inocencia en la que nadie creía.

Después del mediodía, el dolor la obligó a suspender sus relatos a un grupo de turistas españoles que se enteraban, con una envidia cargada de nostalgia, de la aparente buena estrella de sus antepasados.

Faltaban dos días para el festejo grande de la Virgen de la Candelaria. El olor de los fritos tomaba posesión de las alamedas que rodeaban el castillo de San Felipe, de los caños del mercado de los pobres y de los barrios, como corrales de gallinas, donde se multiplicaba la desesperanza y la angustia de los desposeídos.

“Este año sí me hace el milagro”, se dijo Brígida y, con la misma resolución que le había permitido superar sus desgracias, se apoyó en las muletas cansadas que le prestó una vecina y se dedicó a lavar y planchar su mejor vestido, a sacar un lustre imposible a sus únicos zapatos de cuero y a recomponer un sombrero de caña-flecha para protegerse del sol de febrero.

El sábado la ciudad se despertó temprano, envuelta en un aire transparente, como si hubiera dormido en el fondo del mar, despojándose de su cansancio y de sus vergüenzas.

Brígida se vistió de prisa, apuró un desayuno ligero y salió a la calle a embarcarse en el primer colectivo que la dejara a los pies del Cerro de la Popa, donde la Virgen reinaba en su santuario. Plena de energía, ahogando las muecas de dolor en una sonrisa inalterable, comenzó el ascenso en medio de una multitud ruidosa, que rezaba el rosario como si fuera la letra de una champeta* y tomaba agua de coco “bendecida”  por todos los santos de la ciudad.

Ya se aproximaban a la cima, cuando un murmullo ronco y con cara de rabia se fue apoderando de los peregrinos y la noticia se regó como un incendio que nadie se atrevía apagar.

“La Virgen vuelve mañana”, le alcanzó a escuchar a un cura desgarbado que extendía sus brazos como un espantapájaros para aplacar a la multitud.

La romería se enroscó entonces como una serpiente venenosa, reventó los goznes de las puertas seculares del claustro de Santa Catalina y se apoderó del santuario, decidida a no marcharse de allí hasta que apareciera la imagen prófuga. Brígida se vió de pronto en el centro del remolino. Los más revoltosos empezaron a rasgar las pocas cortinas que se mecían en los corredores, a desbaratar altares y veladoras, a no dejar ni el rastro de las cayenas en los floreros, en un carnaval de candelabros caídos y reclinatorios convertidos en astillas, donde los monjes guardianes no habían sido invitados.

Alguien gritó desde el púlpito: “El cerro es nuestro. Que arda el santuario!”

‘No estando la Entralgo viva’ respondió Brígida, trepada en el Altar Mayor.

Y blandiendo sus muletas como aspas de un molino enceguecido, se enfrentó sola a la romería engañada y la obligó a abandonar el recinto, bajo un murmullo de maldiciones y de advertencias iracundas.

Salió de última, cerró con su escaso aliento el portón del santuario, engarzó muletas y sombrero en los candados herrumbrosos y con el ocre de una piedra escribió con rabia en la pared blanca del convento:

“Brígida no vuelve mañana ni nunca. El milagro ya está hecho!”

* La Champeta es un género musical y cultural colombiano, de hecho social y musical. Culturalmente, se originó en los barrios marginales de Cartagena de Indias y musicalmente en las zonas afrodescendientes (cf. Google).

Alfredo Cortés

Febrero, 2023

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Te hablo de mi madre,
la que inventaba paraísos
para esconder su dolor.

Te hablo de sus manos
que cosían sonrisas
y pegaban botones
como pequeños trofeos
de íntimos triunfos
que nadie comprendía…

Te hablo de mi madre,
la que corría a enfrentar
los aguaceros
y tapaba los espejos de la casa
con sábanas blancas,
iluminaba nuestro temor
con veladoras
y rezaba el rosario de prisa
para que ocurriera el milagro,
antes de que los relámpagos
se apoderaran de nuestro aburrimiento.

Te hablo de mi madre, 

la que alargaba el carnaval todo el año,
imaginando vestidos
con telas disfrazadas de mar,
y acallando el desespero de las ollas
ya listas para el alimento y el fuego…

Te hablo de mi madre,
porque ella era el tiempo,
era la ciudad
y era el mundo.
Era la semana entera,
la misa del domingo,
el rosario de la aurora
y la bendición del niño Jesús de Praga.

Era los cuarenta centavos
que costaba ir a cine
y la que nos pagaba ilusiones
en la tienda de la esquina.

Te hablo de mi madre,
porque enmudeció hace años
cuando el tiempo y el espacio
enredaron sus días
y mezclaron la infancia
con su edad madura,
el río y la casa de su pueblo
con la soledad de sus últimas horas…

De eso te hablo…
antes de que la memoria
me abandone
y se consuma para siempre
el inventario de mis alegrías.

Memoria del amor

Con solo doblar la cabeza
y mirar distraído por la ventana,
adivino en el aire las huellas de tu aliento.

Con solo desviar la mirada
y escudriñar sobre los árboles
el camino de las nubes,
imagino, entre la niebla,
los secretos de tu rostro.

Con solo estirar los brazos
y palpar las sombras de la noche,
encuentro, entre el silencio,
el apoyo de tus manos.

Con solo aguzar el oído
y perseguir, a escondidas,
el murmullo de la brisa,
me golpea de repente el regocijo
de tu corazón.

Con solo mojar mis labios
y esperar el paso de una romería de amantes,
me tropiezo con los tuyos
y recupero la esperanza.

Con solo tocar la tristeza
y alborotar las espinas
me envuelves en un carnaval
de alegría y de sonrisas.

Con solo escribir
estos versos, solo estos versos,
me aferro a la memoria de la palabra
para no olvidar nunca
el camino que me trajo hasta ti.

En la tumba del poeta desconocido

“Polvo también es la palabra escrita
por tu mano o el verbo pronunciado
por tu boca”.
J. L. Borges

Hoy he traído mis últimos versos
a la tumba del poeta desconocido.
No había nadie,
solo su lápida hecha de sombras
‒sin epitafio alguno‒
y el murmullo del viento
repitiendo los poemas
que nunca escribió.

Algunos aseguran
que lo vieron abandonar
‒siendo aún un infante‒
su rancho de tablas
y que desistieron en su empeño
de encontrarlo
cuando sus huellas desaparecieron
bajo la bruma.

Pero yo sé
que él está ahí;
compartimos versos
‒los que se aferran a nuestra memoria‒
y guardamos silencio
cuando alguien se acerca.

Mañana vendrán los del pueblo
con ofrendas florales
y un discurso
‒repetido todos los años‒
con palabras de afecto
y admiración
por el que consideran
uno de los suyos,
aunque nadie haya leído
ninguno de sus poemas.

Pero el poeta se ríe
porque él no ha muerto;
camina feliz por el bosque,
consciente de que no puede desperdiciar
ni uno solo
de sus solitarios instantes.

Llegada la noche
se refugia en su tumba
y repite en silencio
los versos que imaginó.

Su materia no es el tiempo,
sino las incesantes preguntas,
las dudas aceptadas
y multiplicadas;
no quiere respuestas,
solo reclama para sí
el enigma,
la soledad del verso
y la felicidad inquebrantable
de ser siempre
un desconocido.

Alfredo Cortés Daza

Nota del editor: para los interesados, el poema completo de Borges ‒El ápice‒ se encuentra en https://www.poeticous.com/borges/el-apice?locale=es

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Creo que el orgullo va muy unido a la satisfacción. Por eso, no puedo afirmar que me sienta orgulloso de haber nacido en mi país, de ser colombiano. Y no hablo de la satisfacción personal, de haber tenido un buen trabajo, de haber formado una familia feliz y de disfrutar ahora de hijos y nietos. Y de seguir viajando hasta el último extravío.

“No amo mi patria… 

pero (aunque suene mal) 

daría la vida 

por diez lugares suyos… 

varias figuras de su historia 

montañas

– y tres o cuatro ríos”. 

José Emilio Pacheco 

Alta traición 

No me siento satisfecho con la historia de mi país. Ni con lo que preveo de su futuro. Hablo como un colombiano más. No pretendo sentar cátedra. 

A veces pienso que nos parecemos a ese fabricante de espejos del que habla el poeta Juan Manuel Roca: “yo fabrico espejos, al horror agrego más horror…”. 

“Ulrica”, un personaje de ficción de Borges, le pregunta a Javier Otálora, profesor de los Andes, qué es ser colombiano. “No sé ‒le respondí‒, es un acto de fe”. 

Una fe que no hemos tenido. A veces pareciera que no creemos ni en nosotros mismos, como si un complejo de inferioridad nos superara. 

No, no puedo amar a una Colombia que afirma ser uno de los países más felices del mundo como si la corrupción rampante, la desigualdad, la indiferencia ante los más necesitados, la pobreza, la concentración de la riqueza en pocas manos y el miedo a sellar la paz no existieran, como si fueran falacias inventadas por los organismos internacionales o por los mal llamados movimientos de izquierda. 

Nunca habrá un camino definitivo y seguro hacia la paz. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. 

No amo mi patria, pero daría la vida por ver a todos mis compatriotas unidos, dispuestos a sacrificar bienestar y eso que llamamos suerte, para trabajar sin condiciones por el perdón y la paz definitivas. 

Y recordemos que todavía estamos a tiempo pues, como dijo Buñuel, la edad es lo que menos importa, a menos que sea usted un queso.

Alfredo Cortés Daza

Diciembre, 2022

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Ante la propuesta de dedicar dos sesiones para compartir las poesías favoritas de nuestra autoría o de algún poeta preferido, nuestro grupo tuvo dos “Tardes de poesía” o “Patio de los poetas”. Se presentaron inspiraciones escritas hace muchos años o recientes, o escritas por otros poetas ‒famosos o no, familiares o compañeros jesuitas‒ a quienes admiramos y de quienes aprendimos a colocar en el papel los pensamientos y sentimientos de momentos y circunstancias especiales. En este Patio de los Poetas que iniciamos esta tarde en nuestra sección de cultura compartiremos con nuestros lectores los videos de estas muestras especiales para cada uno. 

Exjesuitas en tertulia- 7 de Julio, 2022

Orfandad del viento

Después de la explosión
solo se oía la noche
en el silencio del pueblo
y los pasos del espanto
en los senderos del bosque

y vimos al viento
llorar su orfandad
en un país de sordos

buscó los últimos árboles
para acariciarlos
y se durmió a sus pies

y se convirtió en semillas
que brotaron en la aurora
habrá que esperar
cien años a que se recupere
el bosque

habrá que vivir
cien vidas para volver
a creer.

Alfredo Cortés

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Guimaraes Rosa dijo: “De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas…”. 

He limpiado la mesa y no ha quedado nada. Sacudí el mantel con todas mis fuerzas y se escaparon las últimas palabras, las que no alcanzaron a decir los comensales, los adioses mutilados, las citas que no terminaron de concretarse. La luz, hace unos minutos intensa y dueña absoluta de la ventana, se fugó con las esperanzas, las hizo suyas y prometió no volver sino hasta el día siguiente. Que es lo mismo que no volver. No volver nunca. En los asientos, el calor se resistía a marcharse, pero el dueño fue implacable: es hora de dormir. 

Mi patrono no lo sabe pero, entre los comensales, está la mujer de mis sueños. Siempre la invitan, yo me hago el desentendido, pero reservo para ella las mejores presas, las frutas más dulces y la porción de queso que no ha dejado escapar su aroma. Por eso, cuando el patrono dice “es hora de dormir”, yo me apresuro a recoger la vajilla, sacudir el mantel y confundir, en el cesto de la basura, un revuelto de recuerdos y nostalgias. 

Salgo por la puerta trasera y la alcanzo, aunque ella casi nunca se percata de mi presencia. O sería mejor decir que nunca. Pero eso no me afecta porque la acompaño hasta la puerta de su casa, atravesando el bosque, y ella va hablando sola, pero yo imagino que es a mí a quien habla y entonces yo le contesto entre dientes y nuestros sueños coinciden y también las preocupaciones y los temores, pero yo le digo que eso no importa, que entre los dos es más fácil desenredar el camino, ir por el borde para que las lechuzas no nos oigan y no se roben nuestros besos y ella sacude su hermosa cabellera negra y yo le ayudo, sin que ella lo note, a recogerla hacia un lado para que no le tape la frente y pueda ver con firmeza para que no tropiece con el aburrimiento que han dejado los paseantes de la tarde con sus perros y, de tanto acercarme a ella, desaparece mi sombra y se confunde con la de ella y entonces ya no temo nada porque no puede verme y cree que va sola y yo aprovecho la oscuridad para ceñir su talle y rescatar por un instante el olor a azahares de su cuerpo y trato de confundirla y hacer que pase de largo, que se distraiga y crea que su casa está mucho más allá y le ayudo, con mi sombra, a ensayar unos pasos ligeros, como si caminara sin pisar.

Aún no llegamos, le digo. Ella se asusta, decide descansar unos minutos sobre el banco junto a la fuente para orientarse y retomar el camino correcto y yo me siento a su lado y le leo, o hago como si le leyera, las poesías que más nos gustaban y ella sonríe, se lleva un dedo a la boca y se hace una con mi voz, y cuando reacciona, como si volviera en sí, mira el reloj y se da cuenta de que la noche ya está entera sobre sus hombros, como un abrigo heredado, acelera el paso y solo atino a decirle hasta mañana cuando ya ha cerrado la puerta de su casa y me ahogo en mi desconsuelo por no saber si me ha escuchado y me pierdo en una levedad tan profunda que ya no produzco ni sombra. 

Renuncio y de manera irrevocable, le he dicho hoy al señor de los manteles. Me he instalado en el bosque donde trabajo ahora sin contrato alguno, donde nadie notará mi presencia porque no dejo huellas ni sugiero sombras, pero sé de memoria la hora exacta en que lo atraviesas –le he confesado a ella hoy– y mientras te vea no necesitaré recordarte y cuando hayas pasado, alimentaré mi vigilia con la materia vegetal de nuestros sueños. 

Alfredo Cortés Daza

Julio, 2022

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Göreme

Por Alfredo Cortes Daza
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Relato del viaje de una pareja a Capadocia y de las anécdotas que tuvieron que vivir en un pueblo de espanto cuando rehusaron entrar en una ciudad subterránea.

Cuando bajábamos de las áridas colinas del centro de la Capadocia, después de visitar Derinkuyu, la ciudad subterránea a la que me resistí a entrar por una claustrofobia inesperada, el guía turístico preguntó si alguien prefería quedarse, por su cuenta, en la pequeña ciudad de Göreme, camino del hotel en Ábanos, o si ya el cansancio reclamaba descansar en el silencio de la habitación. 

Más se demoró el turco en hacer la propuesta que levantarnos los dos de nuestro asiento y bajarnos en la primera esquina de esta población extraña y misteriosa. Y distinta a todo lo que habíamos visto hasta ahora, no solo en Turquía sino en los países adonde nos había llevado nuestra tardía vocación de gitanos. Allí, cada calle decidía su propio derrotero, achicándose o ensanchándose de acuerdo con los caprichos del terreno, o desapareciendo a la entrada de las famosas “chimeneas”, como llaman a esas formaciones fantasmales, altas y delgadas, labradas hace siglos en un descuido de la naturaleza, para asombro y admiración de la humanidad. 

Nos desentendimos del polvorín de las calles y del furioso calor del verano para poder entrar en ese laberinto sobrecogedor donde, al lado de tiendas mal surtidas y ventorrillos de jugos milagrosos, hoteles “boutique” sin estrellas ofrecían comodidades difíciles de creer, más propias de Alí Babá y sus cuarenta ladrones. 

Pero allí estaban y eran muchos, algunos con nombres cargados de historia como el Spelunca (cueva, en latín), como si hubiera sido fundado por un romano en los tiempos remotos del Imperio. 

Más arriba, coronando una pequeña cuesta, una delgada mujer nos invitaba a conocer su hogar, que no era otra cosa que el remate de una “chimenea” convertido en una sola habitación cubierta de alfombras, ya sin fuerzas para emprender el vuelo soñado en nuestra infancia. 

‒Huele y no a ámbar, le dije a mi esposa Elsa, pues allí no se veía nada que se pareciera a un baño y el fuerte olor de la dueña de casa lo confirmaba. 

‒Tenga usted estas monedas, mi señora, y adiós. 

En turco solo sé decir Galatasaray, el nombre del equipo donde jugó Farid Mondragón como portero, de manera que lo único que hice fue pasarle en silencio dos liras a la supuesta odalisca de la chimenea y retomar el camino escaleras abajo. 

Mientras nos resguardábamos del sol bajo un alero primitivo, una voz fuerte y destemplada, como de alguien a quien estuvieran ahorcando, llenó todos los espacios a nuestro alrededor y reafirmó nuestros temores de que aún nos esperaban más sorpresas en este pueblo de espanto. 

Pero no había tal. La población seguía sin inmutarse, como pudimos comprobarlo en una pequeña explanada, a la que llamaban parque, donde envejecían dos árboles añosos y dos bancas de madera descoloridas. A un costado, un minarete esbelto se imponía desde el techo de la mezquita, invitando, casi mejor, obligando a todos a acudir a la oración. 

De allí venía esa voz que se regó por todos los rincones y que me fue sumiendo en una fascinación que luego me dejó perplejo. Sin duda, a un músico de profesión le debía parecer un abuso de estridencias y de pésimos acordes. A mí, un descubrimiento cargado de interrogantes. 

Estaba recibiendo, a través de mis sentidos, la realidad del mundo musulmán, de su religión, definida en un libro escrito por el analfabeta Mahoma bajo la inspiración, el dictado infalible de un ser superior, como en muchas de las grandes religiones.

Y esa era, en el fondo, la razón de ser de ese pequeña y sucia fuente de las abluciones, instalada bajo la sombra de los árboles del parque, donde todos debían ir cinco veces al día a lavarse pies, manos y cara porque así estaba escrito desde el siglo octavo después de Cristo. 

Solo atiné a ver dos ancianos despojándose de sus medias para poder purificar su cuerpo y entrar, con ellas al hombro, a la casa de Alá, el grande, el único, el todopoderoso. 

Era, pues, el mismo dios el que se acercaba al hombre, lo llamaba a comunicarse con Él para que lo alabara, lo bendijera y se postrara sumiso ante su magnificencia, así tuviera que vivir en esta tierra que, de ser la prometida, según el Profeta, habría que pensar más bien en devolverla, porque no había en ella ríos de miel ni cuernos de la abundancia. 

Con mucho sigilo avancé hacia la mezquita. Solo vi hombres dejando sus zapatos en la entrada y, cuando quise seguirlos, fue el mismo Imán quien se interpuso en mi camino. 

Not for tourists…! 

Me volví a poner los zapatos, caminé hasta el parque y me senté, mudo y pensativo, en unas de las bancas milenarias. 

‒¿Cómo te fue?, me dijo Elsa, mientras me ofrecía unos dátiles exquisitos. 

‒Esta tierra ya tiene dueño, le dije. Alá es grande y caprichoso, pero no deja de ser simpático. Hasta muy humano me parece, pues tiene sus preferencias. Es él quien define cuándo y con quién comunicarse. Y está claro que con turistas como nosotros, nunca. Es posible que esta tierra se comprenda mejor desde el aire, desde el globo que ayer nos dejó ver el amanecer, en un cielo azul y libre de parlantes, por donde grita un dios fanático y discriminador.

 Goreme, tierra apasionante y perturbadora, una síntesis quizá de este mundo en que vivimos. En la ciudad subterránea, retazos de frescos pintados por los primeros cristianos mientras se refugiaban allí de sus perseguidores, que no aceptaban el mensaje de Jesucristo. Hasta que Constantino la convirtió (aunque él nunca lo hizo) en religión del Imperio y los papeles se trocaron y fueron los infieles los que tenían que esconderse de las amenazas y condenas de los seguidores del Evangelio. 

Ruinas de la arquitectura romana, y también de la griega y de regiones vecinas, y el recuerdo del imperio otomano que se vive todavía en el aire seco y caliente de esta tarde de verano. 

‒Invítame más bien a un helado, le supliqué a Elsa, antes de que me suba a ese minarete, el más alto de todos, y me dé por gritarle al mundo que hagan lo que quieran con sus dioses y sus religiones, pero que ¡no olviden que los turistas somos gente decente, que nos bañamos todos los días con agua y jabón!

Alfredo Cortés Daza

Mayo, 2022

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Los recuerdos de la Navidad están vinculados a distintos momentos de nuestra vida. En el caso de una persona que ingresó hace 52 años a la Compañía de Jesús (diciembre 8 de 1959) se asocia con una experiencia vivida en la primera etapa de la formación jesuita: el noviciado, en La Ceja (Antioquia).

Una mañana de diciembre de 1960, oí que alguien tocaba a la puerta de mi camarilla. Al abrirla, me encontré de frente con el padre Alfonso Llano, Ayudante de Novicios. ¿Me acompaña, hermano? Claro que quiero acompañarlo, le contesté. Muy bien, me dijo, pero caminaremos en silencio. 

Ahora, tome este costal, me ordenó cuando llegamos a la puerta de la cocina. Llénelo de comida, de la que encuentre en la despensa ‒papas, arroz, verduras, huevos, frutas‒, ciérrelo bien y vamos andando. 

Era esa la hora en que la comunidad entera de novicios se refugiaba en la lectura del libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del padre Alonso Rodríguez y el silencio se escondía en todos los rincones. 

Cuando salimos de la casa del Noviciado y dejamos atrás la estatua de nuestro fundador, me reveló que íbamos a visitar una familia, de padre ausente o inexistente, que no preguntara nada, que me limitara a dejar el costal en la puerta de entrada y que él se encargaría del resto. 

Cuando vi a la mujer, que sostenía a un bebé en sus brazos y rodeada por otros cuatro hijos de poca edad, pensé que se iba a desmayar, pues la lividez de su rostro y el cansancio de sus ojos hacían presentir lo peor. 

El padre Llano le habló de fortaleza, de no perder la esperanza, de que volveríamos. 

Cabizbajos y en silencio, regresamos al Noviciado. No se te olvide la promesa, me dijo, y que nadie se entere de lo que hicimos. 

Esa noche, mientras entonábamos villancicos y degustábamos unos platos típicos navideños, me alejé del grupo y me acerqué hasta el pesebre, hecho con musgos y madera delgada que habíamos recogido en El Capiro. Entonces, pensé en silencio en esa otra familia incompleta, que moriría de hambre si no volvíamos antes de Nochebuena.

Alfredo Cortés Daza

Diciembre, 2021

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Viento a favor

Por Alfredo Cortes Daza
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El siguiente texto, que combina poesía y un relato sobre los migrantes, nació para ser presentado en un concurso en Galicia y obtuvo un reconocimiento para publicarse en castellano y en gallego. Su autor vive hace más de 10 años en Alicante, la tierra de sus ancestros.

Cuando fuimos conscientes de que la decisión estaba tomada, de que ya habíamos pagado los cuatro pasajes en el barco que zarparía en dos semanas desde el puerto de Santa María, irrumpieron las dudas, las angustias y las culpas reprimidas, pues nunca imaginamos que abandonar la patria se pareciera tanto a una muerte anticipada. 

Al dejar atrás las Azores y fijar el rumbo definitivo hacia el nuevo hogar, caímos en una suerte de sonambulismo descontrolado, saturados los sentidos por tanta mar, tanta soledad y rutina. Solo nos quedaba la placidez equívoca de las noches, el repaso a las fotografías de los que habíamos abandonado y el refugio último de las palabras para confundir nuestro dolor y aceptar el azar o el destino. 

Meses más tarde, hecho ya realidad nuestro sueño de emigrar, el mayor de nosotros nos invitó a su pequeña casa de bahareque y techo de paja en la hermosa costa de La Guajira colombiana, y releyó estos versos que habíamos compuesto entre todos en medio de nuestra desesperanza y que habíamos olvidado, no sé si a propósito, cuando ya el barco que nos había traído había levado anclas para volver a España. 

Señor, confunde las brújulas

y haz que su norte sea solo España.

Desorienta las aves migratorias

para que vuelvan a su nido.

Echa por la borda al astrolabio del timonel para

que solo se guíe por el instinto de su corazón.

Pero si ya la suerte está echada

y sea imposible mirar para atrás,

si nada hará que el viento cambie su rumbo

porque él también quiere emigrar,

desbarata entonces a tu antojo todas las tormentas,

confunde noches y días en un solo paréntesis del tiempo,

que anclemos deprisa en la orilla desconocida.

Y el primer amanecer en la nueva tierra

nos confirme que no estábamos equivocados. 

Que donde se juntan mar y montañas,

por donde navegan ríos como espejos ambulantes,

debemos construir nuestra nueva morada.

Mientras, vamos escribiendo cartas, 

las únicas que han resuelto volver a

las manos que nos suplicaban que

nunca partiéramos.

Hoy, cuando han pasado más de 50 años, les releo estos versos a mis nietos, ya mayores, y adivino en sus ojos un deseo irrefrenable de viajar, viajar para no llegar nunca.

Alfredo Cortés Daza

Noviembre, 2021

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