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Cuando estudiaba Comunicación social en la Universidad, muchas veces nos explicaron que el objetivo de la comunicación se lograba, no cuando la persona ‒origen de la comunicación‒ enviaba su mensaje a través del medio que escogiera, sino cuando el receptor demostraba que sí había ocurrido esa comunicación a través de una reacción, física o verbal. Hoy pareciera que el objetivo fuera causar controversia, rabia, ofender y mentir como estrategia para lograr una reacción emocional. ¿Seremos las marionetas de esas estrategias?  

Hasta no hace mucho tendíamos a juzgar talvez inocentemente que todo lo que venía de los medios tradicionales de comunicación “debería ser verdad”. Las opiniones sobre los hechos informados se generaban en nuestra mente gracias a la pluma o la perspectiva del reportero o autor del artículo del periódico de nuestra preferencia, de la revista especializada, de la radio o del canal de televisión favorito, que nos transmitían los últimos acontecimientos sociales, políticos, culturales o económicos del quehacer diario del país y del mundo. Muchas veces ni pensábamos si lo que decían era o no verdad, pues todos ellos nos merecían un gran respeto y confianza por la institución que las comunicaba. Nuestra mente podía confiar en todos o casi todos.

Con el correr de los años y el advenimiento de las redes sociales, dada nuestra limitada capacidad con los aparatos electrónicos, propia de nuestras edades, nos llega rápidamente la informacion después de haberla recibido a veces hasta de nuestros hijos y a veces hasta de los nietos, y la vemos porque no queremos quedar aislados de la sociedad y hasta de la familia. Tuvimos que montarnos en ese tren de la comunicación rápida y casi instantánea de los correos electrónicos, los wasaps, tuits, facebooks, messengers, instagrams, linkedins, tiktoks y casi de inmediato ingresamos (o nos ingresaron) a múltiples cadenas –ahora llamadas chats– de amigos del ayer, compañeros de colegio o de universidad, colegas de trabajo, etc. 

En este mundo de la hipercomunicación, a través no solo de los medios tradicionales (prensa, libros, revistas, radio, televisión, cine), sino sobre todo de esas redes sociales que nos invaden, la confusión y la variedad de noticias nos llegan con frecuencia inesperada, de fuentes múltiples y pareciera que no tuviéramos suficiente tiempo para –como dice un amigo mío– “tratar de beber agua como si proviniera de la boca de una manguera de los bomberos” y muchísimo menos intentar filtrar esa información.

Así comenzó la cantidad de mensajes que inicialmente nos perturbaban, anunciando su llegada, hasta que aprendimos a silenciar y ver solo cuando la curiosidad o la necesidad nos lo dictara… Pero llegaron los mensajes de las campañas políticas, primero en Estados Unidos y luego en casi todos los países, cuyas redes sociales fueron utilizadas, compradas y manipuladas por distintas corrientes políticas… Y ahí empezó la debacle. Comenzaron a llegarnos mensajes escandalosos, casi siempre contra los políticos de turno, ¡por quienes estábamos pensando votar…! ¡Qué curioso! ¡Los mensajes eran increíbles! Nos producían repugnancia, asombro, desconcierto y, claro, nos hacían dudar y a veces cambiar de opinión sobre nuestros políticos favoritos… Todo esto creó furia, desazón, intranquilidad… –y eso que nos los enviaban familiares y amigos–. Entonces, surgieron las divisiones, varios conocidos se salieron de las redes, esa amistad o relación familiar comenzó a resquebrajarse, pues lo que transmitía mi amigo, mi familiar, estaba en contra mis valores o de mis creencias.

Un amigo me envió hace poco un informe muy interesante sobre el modo como se fabrican esas noticias falsas que tienen como objetivo desinformar, desviar la atención, crear desacuerdo; en otras palabras –como decía algún político colombiano– hacer que los electores salieran “emberracados” a votar contra esta u otra alternativa, no a favor de alguna propuesta o candidato¹. 

Recientemente, el asunto de las fábricas o bodegas de noticias falsas me llegó en otro artículo que claramente nos impactó a muchos de nosotros. Se nos demostró cómo se construyó una estrategia coordinada de noticias falsas creadas por varios grupos políticos del país, a través de muchas redes sociales, contra nuestro gran amigo y compañero Francisco de Roux, acusándolo de muchísimas cosas y con una misión clara de desprestigiar su trabajo al frente de la Comisión de la Verdad. El enlace de esta demostración clara y evidente de los alcances de unas mentiras fabricadas contra Pacho puede verse más abajo².  

Uno se pregunta hasta donde hemos llegado en la manipulación de las mentes de muchas personas. Además, lo más grave y serio –y a veces entristecedor–, es seguir encontrando en muchas redes sociales y aun en nuestros grupos de chat de amigos, que son las mismas personas las que una y otra vez continúan siendo “marionetas” de esos creadores de noticias falsas, promotores del desastre, profetas de los apocalipsis que ya llegan, etc. Me pregunto muchísimas veces por qué insisten en hacerlo.  

¿Será una necesidad de su personalidad negativa que quiere “contagiar” a sus amigos de sus temores y ansiedades? ¿Será que pretenden hacerme o hacernos cambiar de opinión para que pensemos igual que ellos? ¿Será que necesitan demostrar que su verdad es la única que vale y que eso que están publicando, la mayoría de las veces sin verificar la autenticidad de lo que reenvían, es una ayuda para “los pobres ignorantes” de sus amigos? O, simplemente, ¿es un afán constante de “permanecer vigentes” ante un determinado grupo para recordarle que su preferencia política es la correcta y que por ella debemos votar en el futuro? 

¿O será que han (hemos) caído sin darnos cuenta en las redes de quienes nos utilizan como sus multiplicadores, como los “idiotas útiles” de los cuales hablaba Lenin, que cooperaban sin saber en la expansión del comunismo, solo que esta vez contribuimos a la expansión de algo verdaderamente falso, manipulado por ideologías radicales, como marionetas, tanto de la derecha como de la izquierda política?

Entonces, ¿cómo recuperar el derecho a tener informaciones serias de fuentes confiables y comprobadas en este mundo en el que cualquiera se convierte instantáneamente en un “influencer” y en el que grupos políticos han decidido dividir a la población para conquistar los votos a su favor? ¿Qué pueden hacer las autoridades para controlar estos delitos infames contra el honor y el prestigio de otros, creados por esas maquinarias políticas que muchas veces tienen nombre propio? ¿Cuándo estos delitos empezarán a ser castigados? Varios amigos me han enviado los enlaces para aprender a hacerlo, para defenderme de esas informaciones maliciosas, para evitar seguir haciendo el papel de “marioneta” de otros y ser responsable con mis amigos y compañeros³. 

Mi única conclusión a las preguntas que he formulado es que YO SOY el único responsable de verificar la veracidad de lo que recibo y retransmito y que soy el único responsable de verificar que lo que envío contribuye a enriquecer a mis amigos y familiares. Mi regla de oro es esta: si es tan grave lo que denuncian, si me produce rechazo porque no me lo esperaba, debo verificarlo antes de apretar el botón de reenvío. Son muchos los casos que conocemos en los cuales tenemos que pedir disculpas por haber creado una disputa entre amigos o familiares por haber sido la “marioneta” de una noticia falsa que me utilizó para dividir y no para construir con mis conocidos y mi familia. 

Solo siendo responsable de lo que comunico, conseguiré el objetivo de transmitir verdades, de construir país, de compartir mis conocimientos, mi vida y el compromiso con el futuro de nuestros hijos y nuestras familias. 

__________________________

¹ Un informe muy completo puede verse en  https://youtu.be/Zsb8WWBWy2E

² https://colombiacheck.com/investigaciones/asi-se-movio-en-redes-la-narrativa-de-desinformacion-en-contra-del-padre-de-roux

³ Dos enlaces para ayudar a mis lectores al trabajo de verificar la veracidad de las noticias recibidas en redes sociales son estos: https://latam.kaspersky.com/resource-center/preemptive-safety/how-to-identify-fake-news y https://www.unicef.org/colombia/casicaigo

Darío Gamboa

Octubre, 2022

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El muy escéptico Pilatos le preguntó a Jesús: “¿Y qué es la verdad?”. Enemigo declarado de los judíos, Pilatos había sido designado prefecto de Judea por el emperador Tiberio. Pero el nuevo prefecto estaba ya harto de las presuntas y contradictorias verdades (fake news), tanto de Sejenio, su protector, como de Agripina, su opositora, agriamente polarizados en torno al destino del Imperio. Por lo visto, ¡no hay nada nuevo en el mundo!

Siguiendo el hilo de Pilatos, busco establecer aquí criterios que nos permitan, si es posible, distinguir la verdad del error, porque también hoy la verdad se vuelve ceniza en el volcán de “falsas noticias” que brotan de los miedos y los odios en un mundo polarizado. Señalemos, de paso, la ardua tarea que le espera a la Comisión de la Verdad, que deberá entregar su informe final en julio de 2022, en medio de una apasionada y violenta guerra electoral.

Para los occidentales antiguos, griegos y escolásticos, e incluso para la gente común de hoy y de siempre, el asunto de la verdad es bastante simple. Cada “cosa” es lo que es ‒término en el que se incluye todo lo susceptible de ser conocido: objetos, desde luego, pero también acciones, hechos, sucesos, acontecimientos, situaciones, etc.‒, y para conocerla es indispensable adecuar nuestros juicios a su realidad. Así obtenemos la verdad.

En forma sofisticada, Platón distinguió entre unas Ideas eternas (esencias) de las cosas y sus pasajeras y cambiantes reflejos exteriores (sombras). Sobre las Ideas eternas es posible acceder a la verdad (dogma), mientras que sobre sus móviles atributos solo cabe formarse opiniones (doxa). Algo similar asumió Aristóteles y, con él, toda la tradición escolástica. 

Siglos más tarde, siguiendo el mismo rastro, en su famosa Crítica de la razón pura, Kant supone que nuestro entendimiento no capta las cosas como son en sí mismas, sino solo lo que nos aparece de ellas (sus fenómenos). Más bien, detrás de esas apariencias externas se ocultaría para siempre la enigmática cosa-en-sí, completamente incognoscible. 

Pero entre algunos de los textos tempranos de Hegel, más exactamente en La filosofía de Kant, Fichte y Jacobi (el cuarto escrito publicado en el Diario Crítico de la Filosofía, conjuntamente con el profesor Schelling, en lo que se denomina Escritos de Jena, 1801-1807, Editorial Suhrkamp) introdujo una muy sorprendente y novedosa manera ver el asunto de la verdad. Detrás de lo que percibimos (de los “fenómenos” de Kant o incluso de las “sombras” de Platón, objeto de la doxa) no se oculta ninguna misteriosa cosa-en-sí, ninguna esencia. 

El único y verdadero ser de cada cosa es el cambiante lugar y función que le vamos asignando los seres humanos en una sociedad bien constituida. Hasta el lenguaje sobre cada cosa va cambiando. Desde luego, para que este “punto de vista” sea válido no puede ser meramente individual, debe ser compartido por las mayorías que participan y se insertan en la dinámica cultural y legal de un pueblo o incluso en la cultura dominante de una época mundial. La “verdad” es, entonces, esa especie de acuerdo social mayoritario que va surgiendo y se va transformando al compás de un abierto y continuo debate público. Este clima de libre intercambio de opiniones y la disposición general de los asociados para llegar a acuerdos da origen a la única verdad posible. Sin comunicación y solidaridad social, no es posible alcanzar verdad alguna.

Así, cuando las gentes de un pueblo han perdido su matriz cultural común y cada uno se atrinchera en sus presuntas verdades, eso quiere decir que el vínculo estatal que debería aproximarlas y conjugarlas se ha disuelto y, con él, ha desaparecido también la “sociedad civil” o civilizada. No existe ya societas (asociación); más bien aquí y allá, sin orden alguno, se van agrupando y entremezclando amenazadoras hordas que se enfrentan con furia a sus opuestos o contradictores, hinchas de otro equipo, manifestantes, inconformes sociales o políticos, analistas críticos, militares y policías, funcionarios del disparatado aparato estatal, hoy convertido más bien en “bodega” de mentiras, abusos, corrupción y violencia ‒todos ellos enemigos a los que pretenden aniquilar‒. En su última, más pobre y decadente expresión, se multiplican las bandas armadas, los simples malandros, los extorsionistas, los ladrones y los asesinos. La anarquía y la arbitrariedad se toman entonces por asalto las ciudades y los campos. 

En esas condiciones, para Hegel solo un “genio moral” ‒un individuo que, en virtud de sus propias concepciones morales más o menos arbitrarias, sea capaz de arrancar de raíz y subvertir esa pavorosa realidad‒, podría sembrar las semillas de un nuevo mundo. Pero, según el filósofo, en esa extrema y riesgosa peripecia nada está garantizado, y casi siempre se recae en iguales o peores males. Sísifo viene entonces a la mente, empujando siempre una gran roca hasta la cima de la montaña, roca que ve despeñarse luego, una y otra vez, hasta la más profunda sima. Quizás el reajuste tenga que ser entonces global, forzado por factores no controlables por los humanos, como las repentinas e inesperadas pestes mundiales ‒de las que el Covid-19 es la más reciente, pero no la última‒, un cambio climático cada día más violento o el rápido agotamiento del medio natural. Y aun así, habrá que ver… Es comprensible que aquellos que tienen algún poder, sea económico, social o político, se aferren ansiosos a los bordes abismales de un mundo en extinción, incluso cerrando los ojos y pasando por alto la amenaza de su propia caída.

Pero no todo es lo que parece. En silencio podría estar aconteciendo exactamente lo contrario. Desde luego, el mal siempre es noticia: nos fascinan el horror y el escándalo que incrementan la sintonía en la TV (el famoso rating). Para confirmarlo, basta hoy con asomarse a cualquier enfermizo y nocivo noticiero nacional. Entretanto, se mantiene y multiplica silenciosamente el bien, a contracorriente de las tristes condiciones reinantes. Surgen entonces y se multiplican los reales héroes cotidianos ‒con especial frecuencia mujeres y familias pobres‒, que practican una humilde e incondicional solidaridad y una apertura incansable al necesitado. No faltan tampoco en esas refrescantes aguas mansas ciertos núcleos de clases medias o algunos escasos ricos que no han olvidado su pertenencia a la especie. Son todos ellos los que soportan el peso de la historia y sobre cuyos sus hombros sobrevivimos y marchamos los demás.

Luis Alberto Restrepo Moreno

Enero, 2022

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La política: carreras de caballos de Troya.                                            

S. Jerzy Lec

A propósito del bullshit, las fake news y la posverdad

La mentira, en política, ha existido desde hace siglos. Los políticos son los profesionales de las promesas incumplidas. El arte de la mentira política es el arte de hacerle creer al pueblo “falsedades saludables”. La veracidad nunca ha sido una virtud política. El lenguaje político está diseñado para lograr que las mentiras parezcan verdades.   

Mentiras de ayer       

La mentira en política es arma de vieja data. Eso lo saben de sobra los políticos. Otto von Bismark, canciller de Alemania durante 19 años, decía que en ninguna circunstancia se miente tanto como después de una cacería, durante una guerra o antes de las elecciones. Que los políticos sean profesionales de promesas incumplidas no les quita el sueño pues, como sentenció Jacques Chirac, presidente de Francia durante 12 años, las promesas no comprometen sino a quienes creen en ellas. Pero la mentira en política va más allá que las falsas promesas, como lo deja claro la obrita El arte de la mentira política[1]. Publicada en Amsterdam en 1773 en versión francesa, fue escrita por el escocés John Arbutnoth[2], aunque aparecía como autor Jonathan Swift al que muchos conocen por su novela sobre las aventuras de Gulliver. La mentira está, pues, presente desde la misma carátula del libro.

Según el mencionado panfleto, el arte de la mentira política es el arte de hacerle creer al pueblo “falsedades saludables”, pues se supone que el vulgo no sabe lo que le conviene. Este mentir “por el bien del pueblo” es un arte que exige una sutil técnica de la dosificación. La mentira, para que sea eficaz, debe calcularse, destilarse y proporcionarse sutilmente. El corto tratado de Arbunoth ha conservado su pertinencia, pues las mentiras políticas de hoy se parecen como dos gotas de agua a las de ayer. Basta apreciar algunas de las reglas de este “arte” tal como nos las transmite aquel tratado de hace ya doscientos cincuenta años:  

La mentira que sirve para espantar y aterrorizar, y la que anima y alienta, son ambas extremadamente útiles cuando se las sabe emplear en las ocasiones que conviene. Pero no hay que mostrar frecuentemente al pueblo cosas terribles, para que no se le hagan familiares y termine acostumbrándose a ellas.

En cuanto a las mentiras que se esparcen para animar al pueblo, no deben sobrepasar los grados ordinarios de verosimilitud y deben ser variadas, puesto que es arriesgado insistir en una misma y única mentira. En cuanto a las mentiras que contienen promesas o pronósticos, no es prudente hacer predicciones a corto plazo; eso sería exponerse a la vergüenza de verse pronto contradicho por los hechos y acusado de falsedad.

La mejor manera de hacerle creer al pueblo una mentira no consiste en hacerle tragar todo de un golpe sino a pequeñas dosis. Además de las mentiras que se suministran pública y abiertamente, hay otras que deben esparcirse ocultamente y sin hacer ruido. Es muy útil también hacer mentiras de prueba. Una “mentira de prueba” es como una primera carga de ensayo que se pone en una pieza de artillería; es una mentira que se echa para sondear la credulidad de aquellos a quienes se destina.

Hay que disponer de una masa de seguidores crédulos dispuestos a repetir y diseminar por todas partes las mentiras. Esta tarea de la que se encargan los crédulos es fundamental, pues nadie difunde con mayor eficacia una mentira que quien cree en ella. Inclusive se llega al punto en que el mismo autor de las mentiras termina por creérselas, lo cual es supremamente convincente y constituye el culmen del arte del engaño.

Mentiras de hoy

He dado un pequeño salto al pasado para que tengamos bien presente que la mentira en política es asunto de vieja data, tal como nos lo recuerda Hannah Arendt:

“El secreto […], el engaño, la falsificación deliberada y la mentira pura y simple utilizados        como medios legítimos para alcanzar la realización de objetivos políticos hacen parte de la   historia, tan lejos como podemos recordar. La veracidad nunca ha sido una virtud política, y la mentira ha sido considerada siempre como un medio perfectamente justificado en los asuntos políticos”.[3]

Pero también las mentiras políticas han tenido su revolución industrial. En el siglo XIX, con la prensa escrita, alcanzaron una difusión que nunca antes habían soñado. Ahora, en nuestros días, han entrado en la era de la producción y del consumo de masas. Los medios modernos de comunicación y sus “redes sociales” han multiplicado la rapidez de su difusión y la potencia de su nocividad.

Hemos entrado, pues, en una nueva era tecnológica de la mentira. La falsedad se ha vuelto electrónica, instantánea, global. De ahí que tengamos que redoblar nuestros esfuerzos para luchar contra la superchería y para rectificar inteligentemente lo que leemos u oímos. Bien lo dijo el dramaturgo Bertolt Brecht en los años del ascenso del nazismo en Alemania: “En las épocas que exigen el engaño y favorecen el error, el pensador [y, añado, el ciudadano honesto] se esfuerza por rectificar lo que lee y oye. (…) Frase tras frase, sustituye la verdad a la contra verdad (…)”.[4]  Frase tras frase, pues en política el arte de la mentira exige una corrupción del lenguaje. Sobre esa conexión entre política y degradación del lenguaje sigue siendo saludable leer el ensayo de Georges Orwell, Politics and the English Language, publicado en 1946, y disponible online en español. En dicho ensayo Orwell ‒autor de la conocida novela distópica 1984‒,escribe:

“el lenguaje político y, con variaciones, esto es verdad para todos los partidos políticos, desde los conservadores hasta los anarquistas está diseñado para lograr que las mentiras parezcan verdades y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento”.

Es indudable que verdad y política nunca han sido buenas compañeras[5]. ¿Por qué? Porque la política se hace para actuar sobre la realidad. Y la verdad factual es, por definición, lo que no se puede cambiar[6]. Por eso, porque buscan movilizar y crear opinión pública, los discursos políticos no se reducen a ser un simple reconocimiento de “verdades factuales”. Más aún, utilizan los hechos para crear opiniones. Y las opiniones se alimentan no solo de hechos, sino también de pasiones y de intereses diferentes. Los discursos y opiniones políticas se inscriben en una determinada realidad social donde son utilizados por distintas fuerzas en pugna. Las personas y los grupos se enfrentan precisamente porque valoran y califican diversamente unos mismos hechos. Y esto es lo propio del debate político.

Sin duda, decidir si un hecho social es verdadero o falso puede dar lugar a debates, controversias, argumentaciones y contraargumentaciones. El trabajo intelectual y la vida democrática tienen ese precio: aceptar que sobre un mismo hecho pueden coexistir varios puntos de vista, someterlos a discusión, ponerse o no ponerse de acuerdo, llegar o no llegar a un compromiso. Todo esto, que es propio de una vida en sociedad que no se convierta en una despiadada lucha a muerte, exige

     – tener rigor intelectual y honestidad en el tratamiento de las opiniones contrarias a las nuestras (es decir, aceptar el pluralismo y el diálogo sincero);

     – dejarnos cuestionar por la realidad, sin deformar conscientemente los hechos para ponerlos al servicio de nuestra causa;

     – ser críticos y autocríticos, es decir, ser capaces de nadar contra la corriente y de pensar contra nosotros mismos;

     – buscar informarnos seriamente para no tragar ni difundir estupideces, o como se dice ahora, bullshit. Este bullshiteo, literalmente “hablar mierda”, está ligado al fenómeno de la proliferación de falsas informaciones o fake news, otro anglicismo que ha hecho carrera. Utilizaré el vocablo bullshit no solo porque se ha convertido en un término técnico entre filósofos, lingüistas, psicólogos y especialistas de la comunicación, sino también porque el bullshit no es simplemente la tradicional charlatanería.

Rodolfo Ramón de Roux


[1] Jonathan Swift (2007). L’art du mensonge politique, Grenoble: Editions Jérôme Millon.

[2] John Arbuthnot (1667-1735), médico y autor satírico, pasó a la posteridad como inventor del personaje de John Bull, estereotipo del carácter nacional británico.

[3] Hannah Arendt (1972). Du mensonge à la violence politique, Paris: Calmann-Levy, p. 8-9

[4] Bertolt Brecht, “Le rétablissement de la vérité”, texto publicado en alemán en 1938 y publicado en Écrits sur la politique et la société. Paris: L’Arche, 1970, p. 148.

[5] Sobre el particular hay dos textos iluminadores de Hannah Arendt, destacada figura de la teoría política en el siglo XX. El primero de ellos, “Verdad y política”, fue escrito como respuesta a la controversia causada por la publicación de Eichmann en Jerusalén. El segundo, “La mentira en política”, vio la luz tras la filtración a la prensa de los Documentos del Pentágono a principios de la década de 1970. Ambos textos fueron publicados en Hannah Arendt (2016). Verdad y mentira en la política. Barcelona: Página Indómita, 2016.

[6] He aquí algunos ejemplos que fácilmente podrían multiplicarse: “Bolívar lideró una guerra de independencia contra España a principios del siglo XIX”; “Entre 2003 y 2011 hubo una guerra entre Iraq y una coalición internacional liderada por Estados Unidos de América”; “el COVID-19 causó una pandemia en 2020”, etc. Se trata de verdades factuales que no podemos cambiar, pues lo que fue, fue. Pero los hechos son frágiles y vulnerables.  Todo poder político lo sabe. Por eso a las personas pueden hacerlas desaparecer de unas fotografías; los monumentos conmemorativos pueden ser derrumbados; el significado del lenguaje puede ser manipulado. La propaganda política sabe cómo utilizar las mentiras para erosionar la realidad. Y el poder político no suele tener inconvenientes para sacrificar la verdad de los hechos para el beneficio propio.

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