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Dario Gamboa

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En nuestra tertulia del 15 de febrero, tuvimos el regalo de conversar con el Padre Arturo Sosa, S.J., general de los jesuitas en el mundo. A raíz de su presencia y de lo que nos dijo, consideramos estimulante traer a nuestro blog “en vivo y en directo”, las manifestaciones de algunos de nosotros.

Gabriel Diaz Ardila- Exjesuitas en tertulia- 22 de Febrero, 2024
Ramiro Valencia Cossio – Exjesuitas en tertulia, 22 de Febrero, 2024
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Cuando estudiaba Comunicación social en la Universidad, muchas veces nos explicaron que el objetivo de la comunicación se lograba, no cuando la persona ‒origen de la comunicación‒ enviaba su mensaje a través del medio que escogiera, sino cuando el receptor demostraba que sí había ocurrido esa comunicación a través de una reacción, física o verbal. Hoy pareciera que el objetivo fuera causar controversia, rabia, ofender y mentir como estrategia para lograr una reacción emocional. ¿Seremos las marionetas de esas estrategias?  

Hasta no hace mucho tendíamos a juzgar talvez inocentemente que todo lo que venía de los medios tradicionales de comunicación “debería ser verdad”. Las opiniones sobre los hechos informados se generaban en nuestra mente gracias a la pluma o la perspectiva del reportero o autor del artículo del periódico de nuestra preferencia, de la revista especializada, de la radio o del canal de televisión favorito, que nos transmitían los últimos acontecimientos sociales, políticos, culturales o económicos del quehacer diario del país y del mundo. Muchas veces ni pensábamos si lo que decían era o no verdad, pues todos ellos nos merecían un gran respeto y confianza por la institución que las comunicaba. Nuestra mente podía confiar en todos o casi todos.

Con el correr de los años y el advenimiento de las redes sociales, dada nuestra limitada capacidad con los aparatos electrónicos, propia de nuestras edades, nos llega rápidamente la informacion después de haberla recibido a veces hasta de nuestros hijos y a veces hasta de los nietos, y la vemos porque no queremos quedar aislados de la sociedad y hasta de la familia. Tuvimos que montarnos en ese tren de la comunicación rápida y casi instantánea de los correos electrónicos, los wasaps, tuits, facebooks, messengers, instagrams, linkedins, tiktoks y casi de inmediato ingresamos (o nos ingresaron) a múltiples cadenas –ahora llamadas chats– de amigos del ayer, compañeros de colegio o de universidad, colegas de trabajo, etc. 

En este mundo de la hipercomunicación, a través no solo de los medios tradicionales (prensa, libros, revistas, radio, televisión, cine), sino sobre todo de esas redes sociales que nos invaden, la confusión y la variedad de noticias nos llegan con frecuencia inesperada, de fuentes múltiples y pareciera que no tuviéramos suficiente tiempo para –como dice un amigo mío– “tratar de beber agua como si proviniera de la boca de una manguera de los bomberos” y muchísimo menos intentar filtrar esa información.

Así comenzó la cantidad de mensajes que inicialmente nos perturbaban, anunciando su llegada, hasta que aprendimos a silenciar y ver solo cuando la curiosidad o la necesidad nos lo dictara… Pero llegaron los mensajes de las campañas políticas, primero en Estados Unidos y luego en casi todos los países, cuyas redes sociales fueron utilizadas, compradas y manipuladas por distintas corrientes políticas… Y ahí empezó la debacle. Comenzaron a llegarnos mensajes escandalosos, casi siempre contra los políticos de turno, ¡por quienes estábamos pensando votar…! ¡Qué curioso! ¡Los mensajes eran increíbles! Nos producían repugnancia, asombro, desconcierto y, claro, nos hacían dudar y a veces cambiar de opinión sobre nuestros políticos favoritos… Todo esto creó furia, desazón, intranquilidad… –y eso que nos los enviaban familiares y amigos–. Entonces, surgieron las divisiones, varios conocidos se salieron de las redes, esa amistad o relación familiar comenzó a resquebrajarse, pues lo que transmitía mi amigo, mi familiar, estaba en contra mis valores o de mis creencias.

Un amigo me envió hace poco un informe muy interesante sobre el modo como se fabrican esas noticias falsas que tienen como objetivo desinformar, desviar la atención, crear desacuerdo; en otras palabras –como decía algún político colombiano– hacer que los electores salieran “emberracados” a votar contra esta u otra alternativa, no a favor de alguna propuesta o candidato¹. 

Recientemente, el asunto de las fábricas o bodegas de noticias falsas me llegó en otro artículo que claramente nos impactó a muchos de nosotros. Se nos demostró cómo se construyó una estrategia coordinada de noticias falsas creadas por varios grupos políticos del país, a través de muchas redes sociales, contra nuestro gran amigo y compañero Francisco de Roux, acusándolo de muchísimas cosas y con una misión clara de desprestigiar su trabajo al frente de la Comisión de la Verdad. El enlace de esta demostración clara y evidente de los alcances de unas mentiras fabricadas contra Pacho puede verse más abajo².  

Uno se pregunta hasta donde hemos llegado en la manipulación de las mentes de muchas personas. Además, lo más grave y serio –y a veces entristecedor–, es seguir encontrando en muchas redes sociales y aun en nuestros grupos de chat de amigos, que son las mismas personas las que una y otra vez continúan siendo “marionetas” de esos creadores de noticias falsas, promotores del desastre, profetas de los apocalipsis que ya llegan, etc. Me pregunto muchísimas veces por qué insisten en hacerlo.  

¿Será una necesidad de su personalidad negativa que quiere “contagiar” a sus amigos de sus temores y ansiedades? ¿Será que pretenden hacerme o hacernos cambiar de opinión para que pensemos igual que ellos? ¿Será que necesitan demostrar que su verdad es la única que vale y que eso que están publicando, la mayoría de las veces sin verificar la autenticidad de lo que reenvían, es una ayuda para “los pobres ignorantes” de sus amigos? O, simplemente, ¿es un afán constante de “permanecer vigentes” ante un determinado grupo para recordarle que su preferencia política es la correcta y que por ella debemos votar en el futuro? 

¿O será que han (hemos) caído sin darnos cuenta en las redes de quienes nos utilizan como sus multiplicadores, como los “idiotas útiles” de los cuales hablaba Lenin, que cooperaban sin saber en la expansión del comunismo, solo que esta vez contribuimos a la expansión de algo verdaderamente falso, manipulado por ideologías radicales, como marionetas, tanto de la derecha como de la izquierda política?

Entonces, ¿cómo recuperar el derecho a tener informaciones serias de fuentes confiables y comprobadas en este mundo en el que cualquiera se convierte instantáneamente en un “influencer” y en el que grupos políticos han decidido dividir a la población para conquistar los votos a su favor? ¿Qué pueden hacer las autoridades para controlar estos delitos infames contra el honor y el prestigio de otros, creados por esas maquinarias políticas que muchas veces tienen nombre propio? ¿Cuándo estos delitos empezarán a ser castigados? Varios amigos me han enviado los enlaces para aprender a hacerlo, para defenderme de esas informaciones maliciosas, para evitar seguir haciendo el papel de “marioneta” de otros y ser responsable con mis amigos y compañeros³. 

Mi única conclusión a las preguntas que he formulado es que YO SOY el único responsable de verificar la veracidad de lo que recibo y retransmito y que soy el único responsable de verificar que lo que envío contribuye a enriquecer a mis amigos y familiares. Mi regla de oro es esta: si es tan grave lo que denuncian, si me produce rechazo porque no me lo esperaba, debo verificarlo antes de apretar el botón de reenvío. Son muchos los casos que conocemos en los cuales tenemos que pedir disculpas por haber creado una disputa entre amigos o familiares por haber sido la “marioneta” de una noticia falsa que me utilizó para dividir y no para construir con mis conocidos y mi familia. 

Solo siendo responsable de lo que comunico, conseguiré el objetivo de transmitir verdades, de construir país, de compartir mis conocimientos, mi vida y el compromiso con el futuro de nuestros hijos y nuestras familias. 

__________________________

¹ Un informe muy completo puede verse en  https://youtu.be/Zsb8WWBWy2E

² https://colombiacheck.com/investigaciones/asi-se-movio-en-redes-la-narrativa-de-desinformacion-en-contra-del-padre-de-roux

³ Dos enlaces para ayudar a mis lectores al trabajo de verificar la veracidad de las noticias recibidas en redes sociales son estos: https://latam.kaspersky.com/resource-center/preemptive-safety/how-to-identify-fake-news y https://www.unicef.org/colombia/casicaigo

Darío Gamboa

Octubre, 2022

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Reseño esta maravillosa carta encíclica, en la cual el papa Francisco nos entrega la profundidad de su pensamiento sobre la fraternidad universal de manera clara, humilde y profunda, como un llamado a la reflexión sobre la situación de la ignorancia del otro y la reacción para crear una nueva sociedad que no se quede en las palabras. 

Comienza con una descripción contextual de las tendencias del mundo actual, muy al estilo de la Composición de lugar jesuítica, constatando lo que son “sueños que se rompen en pedazos”[1] en temas como la integración de las naciones, los nacionalismos, la apertura económica, la pérdida de la conciencia histórica, la colonización cultural y la pugna de intereses, para concluir en esta parte con la necesidad de constituirse en un “nosotros” que habitamos la casa común del planeta. 

Su descripción incluye también la cultura del descarte, el envejecimiento de las poblaciones y el abandono de los ancianos, el racismo y los supuestos avances de la sociedad que no han contribuido al desarrollo integral de los seres humanos. Termina esta parte describiendo la esclavitud moderna en sus diferentes formas, la cultura del miedo y las barreras para la autopreservación, los fenómenos migratorios, el populismo y el consumismo, las ilusiones de la comunicación moderna, el fanatismo y la falta de escucha como los ingredientes que preparan al lector para el tema central de su carta: el diálogo del encuentro humano, en una actitud receptiva de acogida.  

El siguiente párrafo, a mi juicio, resume su introducción al tema central de la carta:

“En este mundo que corre sin un rumbo común, se respira una atmósfera donde «la distancia entre la obsesión por el propio bienestar y la felicidad compartida de la humanidad se amplía hasta tal punto que da la impresión de que se está produciendo un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana. […] Porque una cosa es sentirse obligados a vivir juntos, y otra muy diferente es apreciar la riqueza y la belleza de las semillas de la vida en común que hay que buscar y cultivar juntos»”[2].

Utilizando la parábola del buen samaritano, el Papa hace un recorrido de la Biblia y las tradiciones judías para hacer reflexionar al lector sobre la inclusión o la exclusión de la persona que sufre a la vera del camino en la vida, recordando a los lectores su asombro con el hecho de que a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia y que aún hoy existan cristianos que parecen sentirse autorizados por su fe para vivir nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas y desprecio por los diferentes. 

El tercer capítulo de la encíclica, Pensar y gestar un mundo abierto, fue el que me conmovió más. Comienza con este párrafo cuya profundidad me impactó y que le da sentido a la existencia humana:

“Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud «si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros: solo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro”.[3]

Francisco lanza a sus lectores a la apertura a un mundo amplio e incluyente. Afirma una y otra vez que no se puede vivir solo y que el auténtico amor reside en los corazones que se dejan completar por los otros y no en los grupos herméticos que se cierran contra todo el mundo de manera egoísta y de autoprotección.

La encíclica recorre múltiples aspectos de la interrelación humana, como la solidaridad, la renovación de la afirmación clara de la función social de la propiedad privada y los derechos inalienables del ser humano, independientemente de donde se haya nacido, y el deber de los empresarios de orientarse claramente al desarrollo de las demás personas y a la lucha contra la pobreza, creando trabajo diversificado para todos.  

La apertura al mundo entero del capítulo cuarto, tanto a nivel internacional como local entre regiones de un mismo país, renueva su insistencia en asumir nuevas perspectivas con respecto a los migrantes del mundo, que resume en cuatro verbos: “acoger, proteger, promover e integrar”[4].

En el capítulo quinto de su carta, La mejor política, el Papa insiste en la necesidad de una comunidad mundial al servicio del bien común. Define claramente su percepción y los valores y límites de los populismos y los liberalismos vigentes y sus dificultades para incorporar a los débiles y respetar las diferencias culturales. Retoma su perspectiva política del siglo XXI diciendo:

“… es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico-financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política. En este contexto, se vuelve indispensable la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar “[5].

En el capítulo sexto, Diálogo y amistad social, el Papa entrega una síntesis de su propuesta de solución a las crisis actuales del mundo y la metodología profunda del entendimiento entre hermanos:

Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar”. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar. No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta pensar qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades. El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta”[6].

Respetar al otro suponiendo la posibilidad de que exprese verdades legítimas, construir en común, buscar consensos, desenmascarar las falsas verdades traídas a veces por los poderosos y desarrollar una nueva cultura del encuentro es la fórmula que busca el pontífice, que con la imagen de un poliedro ilustra una 

 “sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible. Esto implica incluir a las periferias”[7].

Dedica Francisco su capitulo séptimo de la encíclica, Caminos de reencuentro, al tema de la paz, el perdón, la guerra y la pena de muerte y concluye su carta con un llamado a las religiones del mundo a unirse en un aporte a la fraternidad universal, rechazando la violencia a nombre de las religiones y la discriminación y el terrorismo fundamentalista:

“En aquel encuentro fraterno que recuerdo gozosamente, con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb «declaramos ‒firmemente‒ que las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre. Estas desgracias son fruto de la desviación de las enseñanzas religiosas, del uso político de las religiones y también de las interpretaciones de grupos religiosos que han abusado ‒en algunas fases de la historia‒ de la influencia del sentimiento religioso en los corazones de los hombres. […] En efecto, Dios, el Omnipotente, no necesita ser defendido por nadie y no desea que su nombre sea usado para aterrorizar a la gente». Por ello quiero retomar aquí́ el llamamiento de paz, justicia y fraternidad que hicimos juntos”[8].

Finaliza su encíclica reconociendo que sus motivaciones especiales para escribirla fueron San Francisco de Asís, Martin Luther King, Desmond Tutu y el Mahatma Mohandas Gandhi y recordando también a Carlos de Foucauld en su camino de transformación hacia sentirse hermano de todos. 

Darío Gamboa

Octubre 6, 2020


[1] Id., n. 10.

[2] Id., n. 31.

[3] Id., n. 87.

[4] Id., n. 129.

[5] Carta encíclica Laudato si, mayo 24, 2015, n. 175. http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

[6] Fratelli Tutti, n. 198.

[7] Id., n. 215.

[8] Id., n. 285.

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Para llegar al momento existencial de mis creencias hoy, debí revisar la evolución y los influjos que tuvieron mi familia, la educación y mis propias vivencias. Fui el menor de una familia de seis hijos cuyos padres eran un Maestro masón, grado 33, y una devota católica tradicional. Desde pequeño viví la contradicción de dos visiones opuestas de lo que entonces pudieran ser mis creencias. 

Mi padre era un liberal convencido, discípulo ferviente de uno de los jefes liberales de la época, banquero y proveniente de familia de poetas y educadores. Mi madre, de escasa educación, estaba determinada a que sus hijos debían triunfar en la vida y obtener la mejor educación. Por eso,  estudiamos en el Liceo Francés Louis Pasteur de Bogotá. Allí aprendí de mis profesores franceses a pensar con libertad, a cuestionar y cuestionarme siempre y a expresar mis pensamientos con sinceridad. 

A mis 14 años conocí a un jesuita que marcó mi vida: Hernán Umaña, director de los Gonzagas, una organización juvenil que me formó en responsabilidad y servicio y me presentó un ideal juvenil, al mejor estilo de los “boy scouts”. Él buscaba jóvenes “con vocación” para ingresar a la Compañía de Jesús. Me apasioné por sus ideales y quise dedicar mi vida al servicio de los demás. Al terminar mi primer año de universidad, a los 20 años decidí ingresar a la comunidad y prepararme para ser sacerdote en la Compañía de Jesús. 

De mis maestros jesuitas recibí excelentes ejemplos de consagración a sus ideales, de profundidad intelectual, de respeto por mi manera de ser y de espiritualidad consistente. Mi maestro de novicios, Fernando Londoño, me regaló el privilegio de la espiritualidad Ignaciana y respetó su manifestación en mí, moldeándome con su sabiduría y ejemplo de vida espiritual. 

En mi vida de jesuita tuve claro que mis preferencias y mis habilidades personales se manifestaban de manera más profunda cuando estaba con grupos de jóvenes, de quienes aprendí y para quienes me fui formando como líder, profesor, facilitador de grupos y comunicador eficaz de los valores religiosos. Siempre quise traducir las verdades del lenguaje eclesial y clerical a un lenguaje que entendieran y a las vivencias personales y grupales de los jóvenes que encontré durante mi carrera. 

Mis propias vivencias religiosas se fueron transformando y adquirieron su pleno sentido en el contacto con grupos juveniles durante mis etapas de magisterio y de formación filosófica y teológica. En mi época de estudios de filosofía me impactó mucho estudiar con alguna profundidad a Teilhard de Chardin, lo que me llevó, poco a poco, al convencimiento actual de que la única realidad fundamental de todo es la Energía y de que somos fruto de una evolución explosiva de esa misma Energía. Al ser Energía e indestructible, la muerte no debe existir: la energía solo se transformará y mi eternidad tendrá sentido al transformarse mi existencia permanentemente.  

Poco después, en Teología, mi fe tradicional había desaparecido. Aunque las experiencias religiosas propias y con los jóvenes me motivaban profundamente en otro tipo de creencias, poco a poco fueron desapareciendo en mi mente el dualismo grecolatino y la culpa cristiana de ese conflicto innecesario en el que fui educado. Descubrí que mi “cuerpo” y mi “alma” no eran dos entidades contradictorias entre el bien y el mal, sino una sola realidad integrada de la Energía que pusieron en mi vida mis creadores naturales de la evolución. 

Entonces, evidentemente dejé mi vocación religiosa después de nueve años de preparación para el sacerdocio y viajé a los Estados Unidos a seguir mis estudios de maestría y doctorado en dos universidades, en Texas y Minnesota. 

Mi vida universitaria en el campo de la educación ‒para la maestría‒ y de las comunicaciones interculturales ‒para el doctorado‒ me ubicaron en medio de comunidades universitarias abiertamente multiculturales, donde mi pasión por los grupos y mi primer trabajo profesional  fueron las vivencias más intensas que se confirmaron al abrir mi mente a los cuestionamientos permanentes de mis creencias anteriores y al descubrimiento de mi crecimiento personal a medida que me abría a escuchar y conocer otras formas de ver la vida y encontrarle sentido a la existencia de tantas personas de tan diferentes partes del mundo, tan diversas en sus creencias y en sus culturas. 

He vivido en Colombia, Brasil y Estados Unidos durante mi carrera profesional de más de 40 años como ejecutivo de empresas multinacionales financieras y educativas, en las áreas de consecución y desarrollo de los mejores talentos para sus objetivos y estrategias en el mundo entero. Aprendí de cada experiencia profesional el profundo respeto al ser y al devenir humano y a la diversidad de culturas y creencias. Por esa misma razón, en mi vida personal, familiar y profesional me he apartado una y otra vez de los fundamentalismos y fanatismos religiosos y políticos del mundo entero, causantes para mí de todas las guerras en diversos rincones de la Tierra y en mi propio país. 

Hace pocos meses, al conocer en Miami a una amiga de mi esposa, que venía de la India, y percibir su carisma intenso de atención y cariño genuino con las personas que entraban en contacto con ella, le pregunté por el origen de la percepción que tuve de su magnetismo personal. Recibí una respuesta que, súbitamente, aclaró mi vivencia espiritual de la vida. Me respondió: “No soy yo quien tiene ese carisma que percibes, son los demás quienes lo tienen y, al relacionarme con ellos, me ayudan a completarme. Cada vez que me abro a conocer y a querer a alguien, siento que me estoy completando y estoy completando al otro”

Entendí entonces que todo tenía sentido en mi “espiritualidad” de ayer, de hoy y de siempre. Comprendí existencialmente que mi vida había sido y seguía siendo un movimiento continuo de salir hacia los demás, aprender de ellos y entregar lo que soy. Mi familia, los grupos de mi juventud y de mi vida de jesuita, las personas, los ejecutivos colegas de las corporaciones, mis amigos de distintas culturas, mi familia, pequeña y extendida, las religiones, el medio ambiente, los países en que he vivido, han sido quienes me han completado a través de esa Energía que vive dentro de mí y de todos en mi universo. 

Puede llamarse de la manera que se quiera, pero esa Energía hace que, al salir hacia ellos y regresar a mí, yo crezca, me enriquezca y los enriquezca con lo que mana de mí hacia ellos. Entendí que lo que me ha hecho feliz, lo que me ha llenado de paz espiritual y que también ha hecho feliz a muchos con quienes me he encontrado en la vida, es esa Energía del Amor que he recibido de tantos amigos, colegas, familia y maestros y que devuelvo a tantos que me llaman su amigo, su hermano, su colega y su maestro. 

He descubierto que entre más lo haga, más me enriquezco; que el darme a los demás, esa energía regresa en un movimiento continuo de diástole y sístole, semejante  al movimiento del corazón humano, movimiento semejante al Big Bang de la creación, que nos trae esa misma Energía que vive dentro de nosotros y en cada ser viviente, en los pensamientos y en el amor,  y que nos une y nos dispersa en ese movimiento creador de características explosivas continuas. 

En esto consiste mi espiritualidad hoy. En eso creo HOY. Mañana, ese pensamiento probablemente evolucionará al salir hacia otros y enriquecerme y enriquecerlos. Mañana seré otro creyente que evoluciona dentro de esa gran Energía, llámese Amor, Dios, Alá, Buda, Yahvé o cualquier otro concepto que respeto en quien lo crea.

Dario Gamboa

Miami, septiembre de 2020

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